martes, 10 de mayo de 2011

¿Tan difícil es encontrar un justo medio?

Como en las películas, a lo bestia y a tiro limpio: van las fuerzas militares de elite de los Estados Unidos, invaden un país soberano, entran a bombazo en el edificio sospechoso, matan a todo bicho viviente y, muy probablemente, “ejecutan”, es decir, asesinan a sangre fría sin más miramientos, al tipo que buscaban. Como este tipo es el malo, y además el más malo de todos los malos, ya está dicho todo. Como en las películas, pero esta vez las de juicios: en España, unos jueces progresistas y bienpensantes, la elite del poder judicial de un Estado de Derecho, consideran que hasta los colaboradores de los terroristas tienen derecho a presentarse a las elecciones. Siguen así la senda de otros jueces que han ido soltando a lo largo de estos años a terroristas confesos, culpables de decenas de crímenes en algunos casos, después de pasar algunos años en prisión. En más de una ocasión, no llegan a cumplir ni un año de reclusión por asesinato. Sale barato matar en España. Antes, las autoridades políticas ya han marcado el camino dejando sueltos a varios criminales de la misma calaña y a sus cómplices, colaboradores o justificadores de múltiples atentados. Debe ser el modo de entender aquí la reconciliación entre víctimas y verdugos: que unos y otros estén en la calle a ver si terminan besándose. Dos maneras de afrontar el desafío de unos fanáticos a una sociedad democrática y a un sistema de convivencia basado en la libertad y la tolerancia: ¿tan difícil es hallar un justo medio?

martes, 12 de abril de 2011

Nostalgia de otra vida

Como en casi toda película que merece la pena, en Mademoiselle Chambon, anodino título para una obra rebosante de sensibilidad, hay múltiples matices o, como podría decirse más pedantemente, múltiples lecturas posibles. No voy a hacer nada que se parezca a una crítica de la película que ha dirigido Stéphane Brizé, ni detenerme en bosquejar esas diversas facetas, que saltarán a la vista de cualquiera que contemple la cinta con una mínima receptividad. Quiero tan sólo resaltar un aspecto que, siendo importante, no tiene por qué ser objetivamente esencial en la construcción de la historia, pero que a mí me parece atractivo objeto de reflexión: un albañil, casado, con una familia cohesionada y una vida estable (podría decirse que moderadamente feliz), se encuentra de pronto sin quererlo ni buscarlo atraído por la maestra de su hijo, una mujer de superior cultura y modales más refinados. La música clásica -en concreto, las piezas para violín que ella ejecuta con pudor de simple aficionada- constituye el ámbito etéreo de una confluencia tan sugestiva como a la postre inviable. El hombre encuentra de ese modo que está viviendo una determinada existencia, pero que otras vidas (¿mejores, peores?) fueron (¡y son!) también posibles. En cualquiera de las opciones, la renuncia es inevitable: existir es siempre elegir y con ello renunciar a otras vidas posibles. Y así, al tiempo que se vive, se deja uno ganar también por la melancolía que genera la conciencia de todo lo que no se vive, todo lo que uno está perdiendo: nostalgia de otra vida. Otras vidas posibles -imaginadas- y sólo una vida realmente vivida.

viernes, 1 de abril de 2011

Pintar el silencio

La exposición que el Museo del Prado dedica a Chardin (1699-1779) nos induce a plantearnos una vez más las grandes cuestiones que suscita siempre la pintura realizada con genio y autenticidad. Uno estaría tentado a decir que en esos lienzos se dibuja el instante como tiempo irrealmente detenido si enseguida no cayera en la cuenta de que eso mismo sería aplicable a una inmensidad de ejecuciones pictóricas, obras maestras o no, porque lo esencial de casi todo cuadro -su misterio, en buena parte- procede de esa sensación de irrealidad que proporciona el tiempo misteriosamente suspendido. Lo que pasa es que en el caso de Chardin descubrimos un tiempo en reposo, casi podría decirse un tiempo en silencio, porque, al contrario de lo que sucede habitualmente, aquí el pintor no detiene nada porque lo que pinta ya está detenido, ingrávido, congelado... No me refiero a sus famosas naturalezas muertas -que no todas me gustan, y que no son mejores que muchos bodegones de nuestro Siglo de Oro- sino que aludo a esos cuadros que retratan escenas domésticas e interiores -La bendición, por ejemplo- que tanto recuerdan a la mejor pintura holandesa del XVII; aludo también a esas telas que muestran a niños absortos en sus juegos; o esa asombrosa Dama tomando el te, con la mirada perdida en el humo que sale de la taza, y que tanto recuerda a determinados lienzos de Veermer, como La encajera. ¿Cómo traducirlo a palabras? La expresión que se me ocurre es sencillamente que en esas tablas podemos observar con arrobo cómo se materializa el silencio.

miércoles, 23 de marzo de 2011

El pueblo unido (?) será vencido

¿Por qué unas revoluciones triunfan y otras no? Para el politólogo, para el historiador, para el simple espectador curioso, lo que está ocurriendo en los países árabes constituye un escenario fascinante para analizar movimientos sociales, para plantearse preguntas, para derribar tópicos. Primero fue Túnez y el conflicto se "resolvió" en las coordenadas que el pensamiento de izquierdas ha idealizado: la protesta popular acaba con la dictadura. Luego fue Egipto: costó más, pero el proceso parecía calcado y el desenlace, el mismo: el dictador salió de estampida. Dejando aparte otros países árabes que nos resultan más lejanos (de Yemen a Catar), luego parecía que le tocaba el turno a Libia. Aquí se vio desde el principio que las cosas iban a ser más difíciles pero el avance de los rebeldes sobre Trípoli dibujaba un escenario básicamente idéntico a los anteriores. Pero hete aquí que, de pronto, se rompió la simetría, el sátrapa resistió y sus fuerzas armadas fueron acorralando a los opositores hasta el punto de que, de no ser por la irrupción del Séptimo de Caballería en el último momento, a estas alturas la revuelta estaría sofocada. En cualquier caso, la presencia occidental ha solucionado un problema a costa de crear otros mucho mayores que nos pasarán factura pronto. No obstante, la cuestión ahora no es ésa, sino la caída del mito del pueblo sublevado que derriba tiranías. Nos formamos ideológicamente en la convicción de que "el pueblo unido jamás será vencido". Es absolutamente falso. El pueblo unido no puede nada contra la fuerza de las armas, aunque sean las armas de unos pocos. Las revoluciones no triunfan de forma idílica. El "The End" de la realidad no es el triunfo de los buenos. En el supuesto de que el "pueblo" y los "revolucionarios" fueran los "buenos", que también eso es mentira.

miércoles, 9 de marzo de 2011

"¡Indignaos!": vale... ¿y ahora qué?

"Indignez vous!" es el título de un opúsculo de un veterano (93 años) de la Resistencia francesa, Stéphane Hessel, que ha tenido una gran repercusión en el país vecino. Se trata de un panfleto en el sentido literal del término, es decir, un brevísimo (algo más de treinta páginas) texto de combate que anima a todos, pero especialmente a los jóvenes, a protestar contra el -se sobreentiende que injusto- orden establecido. Aquí ya han sido varios los que han recogido el llamamiento e incitado a aplicarlo al caso español, que falta hace en verdad. Así, un artículo de ayer en "El mundo" de Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes se titulaba "Corrupción: indignaos!" La corrupción y otras muchas cosas en nuestro país debían llevar en efecto a la más profunda indignación ciudadana, pero me consta que no es indignación lo que falta. Basta hablar con cualquier persona de nuestro entorno para comprobar que de indignación estamos bien servidos. Pero... ¿para qué sirve la indignación si esa energía no se canaliza en sentido constructivo? Cualquiera puede contestar. Yo mismo lo digo: para un cabreo sordo pero a la postre inútil. En España faltan canales de participación ciudadana, mecanismos democráticos de base, asociaciones verdaderamente representativas y que puedan hacer oír su voz... ¿A quiénes podemos recurrir? ¿A los partidos políticos, a los sindicatos, por ejemplo? El español corriente desconfía profundamente de ellos y con razón, porque son organismos cerrados que sirven a los intereses de unos cuantos. Partidos y sindicatos tendrían que estar precisamente entre los primeros objetivos de la indignación. Esto es lo que nos provoca a su vez más indignación. Así que estamos indignados, más que indignados. Vale... ¿y ahora qué?

jueves, 3 de febrero de 2011

Cantar victoria antes de tiempo

No soy muy partidario de la teoría de las generaciones, ya sea en su formulación orteguiana o en una acepción más laxa, pero he de reconocer que en algunos casos concretos sirve como basamento a determinadas hipótesis. Así, tendría por ejemplo que tomar como punto de partida para lo que ahora quiero decir mi pertenencia a un sector social que nació en la segunda parte del franquismo y que vivió su juventud o su primera madurez en el tránsito a la democracia. Como resultado de esta experiencia histórica pasamos de soportar un régimen represivo a disfrutar la democracia sin adjetivos, del mismo modo que vivimos y gozamos de un bienestar social y un progreso en todos los órdenes que era absolutamente impensable desde la perspectiva de nuestra niñez y adolescencia. No resultaba extraño por ello que se proclamara a los cuatro vientos el fin de la excepcionalidad hispana: por fortuna España no era diferente. Tanto se entusiasmaron algunos (más bien muchos) que dieron arriegados pasos por ese sendero: ya no sólo se trataba de negar el atraso español sino, muy al contrario, ufanarnos ante los demás europeos, para que tomaran ejemplo, de lo moderno, dinámico y creativo que era el ejemplar de estas tierras. Algunos dijimos entonces que, con la manía pendular que nos ha caracterizado en tantas épocas históricas, estábamos pasando de juanito a juanón, y que no se trataba de eso. Ahora, con la crisis, parece que se están abriendo muchos ojos, con el asombro que da la ceguera y la ignorancia. Como en los años cincuenta y sesenta, a la juventud española se le abre un horizonte de emigración, para conseguir fuera de nuestras fronteras lo que el país parece incapaz de ofrecer. Incluyendo en este punto lo más elemental: un trabajo, o sea, una manera digna de ganarse la vida. Volvemos a irnos a Alemania, Pepe.

domingo, 16 de enero de 2011

Cultura hispánica

Acabo de ver la exposición "Pintura de los reinos. Identidades compartidas en el mundo hispánico" en el Palacio Real de Madrid. Trata de las influencias e interrelaciones entre España y la América española en el campo pictórico entre los siglos XVI y XVII. Viene a ser una especie de mapa del arte y la cultura hispánica en ese período. Vaya por delante que no soy un experto, ni en historia del arte en general ni en la temática de esta exposición en particular. Hablo, pues, sólo a escala de simple aficionado, curioso o persona con un cierto nivel cultural. Lo que quiero decir tampoco pertenece al orden estético: no quiero entrar en el valor artístico de las pinturas exhibidas, que me parece paupérrimo (pero, como digo, no es ésa la cuestión). Lo que motiva esta nota y lo que me parece más digno de enfatizar de la exhibición de marras es, no por sobradamente sabido, menos impresionante: la abrumadora, obsesiva, asfixiante presencia de la religión en la conformación de la visión española del mundo durante un período de tiempo que abarca todo el despegue de la modernidad. Mientras los países más avanzados de Europa intentaban abrirse a la ciencia, a la libre especulación filosófica, a la experimentación en todos los órdenes, a la innovación técnica, etc., etc., España y el mundo hispánico seguían anclados en los presupuestos más rígidamente contrarreformistas (entiéndase el término con todo su lastre y con todas sus connotaciones inmovilistas). La divergencia no hizo más que agravarse y exacerbarse en los siglos posteriores: de esas raíces vendrían luego las tan traídas y llevadas "diferencias" españolas. ¿Estamos hablando sólo de cosas del pasado?