La daga y la dinamita. Los anarquistas y el nacimiento del terrorismo. Juan Avilés. Tusquets, Barcelona, 2013. 424 pp.
RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO
El Cultural, 1-11-2013.
Tras una fructífera trayectoria como investigador de determinados aspectos de la España contemporánea -en especial los años treinta del s. XX: recordemos su excelente estudio de la “izquierda burguesa” durante la II República, reeditado no hace mucho (Comunidad de Madrid, 2006)- y algunas impecables biografías -sobre la Pasionaria (Mondadori, 2005) y Francisco Ferrer (M. Pons, 2006)-, Juan Avilés (Mataró, 1950) se ha concentrado de unos años a esta parte en la exploración del fenómeno terrorista en general y del submundo anarquista en particular, con la meticulosidad, rigor y constancia que le han distinguido en anteriores ocasiones. Buena muestra de ello -dejando aparte los artículos específicos en revistas especializadas- son la obra colectiva El nacimiento del terrorismo en Occidente (S. XXI, 2008), coeditado con Ángel Herrerín y varias monografías sobre El terrorismo en España y Al Qaeda (Arco, 2010; Catarata, 2011). En cierto modo el libro que ahora comentamos viene a ser la culminación de esa reciente pero ya fértil singladura.
En La daga y la dinamita -acertado título, en la medida que aúna no solo las dos armas arquetípicas de la violencia anarquista, sino que simboliza los dos rostros de la llamada “propaganda por el hecho”, tradición y modernidad-, Avilés hace un minucioso recorrido por los orígenes del terrorismo ácrata. Un par de precisiones se imponen por tanto como punto de partida: en primer lugar, el autor no aborda aquí solo los atentados que tuvieron lugar en suelo hispano; es verdad que el caso español es con mucho el que más extensión ocupa, con capítulos específicos dedicados a los episodios más emblemáticos, empezando por el turbio complot de la “Mano Negra”, siguiendo con el asalto de Jerez y desembocando, como no podía ser de otro modo, en los resonantes sucesos que convirtieron a Barcelona en capital española del terrorismo (agresión contra Martínez Campos, bomba del Liceo, explosión de la procesión del Corpus). El final del recorrido es naturalmente el célebre Proceso de Montjuich. Pero de manera muy adecuada, Avilés sitúa todas esas acciones criminales y hasta la doctrina que las justifica o alienta en un contexto más amplio, que no solo incluye la Europa más próxima, donde también se dejó sentir el latigazo extremista -singularmente Francia: baste recordar la figura mitificada de Ravachol-, sino que se extiende a la Alianza de Bakunin, al caldo de cultivo del nihilismo ruso y al decisivo impulso del príncipe Kropotkin.
En segundo lugar, el contenido del volumen responde plenamente a lo que enuncia el título: no pretende una panorámica del terrorismo en general, ni siquiera del terrorismo libertario en concreto, sino un estudio detallado de sus orígenes y primeros pasos. Abarca por ello un lapso muy definido, grosso modo el último tercio del siglo XIX. Quedan así fuera todas las acciones violentas que, protagonizadas o no por militantes anarquistas, ensangrentaron las primeras décadas del siglo XX en España, como el estremecedor atentado contra Alfonso XIII el día de su boda o los magnicidios de Canalejas y Dato, por citar tres referencias ineludibles. Es verdad que tanto la introducción -“la lógica del terrorismo”- como las conclusiones -“Violencia y altruismo”- contienen unas pertinentes reflexiones que trascienden los límites temporales antedichos pero, desde el punto de vista de los acontecimientos, Avilés se limita a dar cuenta detallada de las dramáticas convulsiones del período, que no fueron pocas, empezando por las osadas operaciones del radicalismo ruso, siguiendo por la estrategia insurreccional italiana, el tibio contagio alemán o las agitaciones norteamericanas -esta es la época de los “mártires de Chicago”- y culminando con los resonantes episodios de Francia y España: téngase en cuenta, por limitarnos tan solo a un dato significativo, que en la década de los noventa, con solo tres años de diferencia, son asesinados el presidente francés Carnot y el jefe del gobierno español, Cánovas del Castillo.
Sobre este mismo tema o diversas vertientes del mismo han escrito mucho y muy bien historiadores como Álvarez Junco, González Calleja, Ángel Herrerín o Antoni Dalmau. El libro de Avilés se integra por derecho propio en este selecto club. Es una síntesis brillante, muy bien estructurada, con una claridad ejemplar y un pulcro lenguaje. Un modelo de cómo se puede hacer compatible la investigación rigurosa con el tono divulgativo.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
viernes, 18 de octubre de 2013
La ciencia del alma
La ciencia del alma. Locura y Modernidad en la cultura española del siglo XIX. Enric Novella. Iberoamericana/Vervuert, Madrid, 2013. 224 pp.
RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO
El Cultural, 11-10-2013.
Los estudios sobre la inserción de la medicina en la sociedad tienen una brillante tradición en nuestro país, que siempre ha contado con un destacado elenco de médicos con inquietudes humanistas y de historiadores con sensibilidad hacia esa faceta científica. Baste recordar, sin remontarnos excesivamente en el tiempo, nombres de la talla de Laín Entralgo, López Piñero, García Ballester, Luis S. Granjel, los hermanos Peset o Diego Gracia. En el ámbito específico de la medicina mental tampoco han faltado notables investigadores, como algunos de los antes mencionados y también Raquel Álvarez, Rafael Huertas, Antonio Rey, González Duro o Álvarez-Uría, por citar diversos autores casi a vuelapluma y admitiendo que dejo muchos otros nombres ilustres en el tintero. Buena parte de ellos han trabajado en el marco del CSIC, del que procede también Enric Novella, filósofo y médico que hace aquí además las funciones de historiador para trazar un cuadro detallado de los primeros pasos de la pomposamente denominada -con la inevitable retórica decimonónica- “ciencia del alma”: lo que hoy llamaríamos, de modo más llano, los inicios o la prehistoria de la psiquiatría en España.
Las consideraciones anteriores no son gratuitas porque el primer y principal acierto de Novella en esta obra es situar adecuada y meticulosamente la eclosión hispana del “alienismo” -fiel aunque pálido reflejo de lo que sucedía en otros países europeos del entorno- en el contexto de la cultura de la época, es decir, una sociedad española, la de mediados del XIX, en la que las nuevas corrientes y la mentalidad positivista en general luchaban arduamente por abrirse camino entre las rémoras de la tradición, la rutina, el autoritarismo y el dogmatismo religioso. El objetivo fundamental en esas circunstancias era lograr la conversión de la figura vulgar del “loco” en “sujeto psicológico” que requería no sólo un estudio específico sino, lo que es más importante, una atención y un tratamiento que sólo un especialista le podía proporcionar. Ese especialista, el médico, reclamaba para sí -para su profesión- un rol y un reconocimiento inéditos en aquel ambiente. Se trataba en suma de la “medicalización” progresiva de un dominio, el del alma, que hasta entonces había estado en manos del pensamiento especulativo y la religión.
Con un enfoque marcadamente empírico y una decidida voluntad sintética -el libro no llega a las doscientas páginas de texto, descontando índice y bibliografía-, Novella hace un recorrido minucioso por esos discursos y prácticas, o sea, las nuevas formas de entender y abordar la perturbación mental, demorándose en el análisis de las publicaciones periódicas y la literatura científica de la época, en la que va abriéndose paso, con dificultad, la “nueva percepción de la locura”. No se pierde de vista en ningún momento el hecho de que dichos enfoques renovadores solo tienen sentido en una época y un contexto -para entendernos, el marco de la sociedad liberal- en los que, aunque sea a trancas y barrancas, resulta patente que gana peso específico una opinión pública que acoge como irrenunciables los principios de libertad, progreso y emancipación de todos los seres humanos.
No hace falta subrayar que la moderna medicina mental se abrió paso en nuestro país con mayores dificultades y resistencias que en los países limítrofes más avanzados, por razones que a todos se nos alcanzan. Pese a ello, un puñado de médicos (no solo alienistas, sino también higienistas y forenses, entre otros) luchó denodadamente para que los nuevos enfoques alcanzaran una consolidación que, ya a fines del XIX, mostraba bien a las claras que no tenía retorno posible. Con todo, es notorio que el proceso de modernización en el caso hispano no pudo desprenderse de un fuerte aroma conservador, producto de los prejuicios seculares. En este sentido, la tentación de asociar causalmente locura y civilización moderna fue irresistible, hasta el punto de que se convirtió durante la segunda mitad del siglo, como documenta Novella, “en un lugar común del pensamiento conservador español”.
RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO
El Cultural, 11-10-2013.
Los estudios sobre la inserción de la medicina en la sociedad tienen una brillante tradición en nuestro país, que siempre ha contado con un destacado elenco de médicos con inquietudes humanistas y de historiadores con sensibilidad hacia esa faceta científica. Baste recordar, sin remontarnos excesivamente en el tiempo, nombres de la talla de Laín Entralgo, López Piñero, García Ballester, Luis S. Granjel, los hermanos Peset o Diego Gracia. En el ámbito específico de la medicina mental tampoco han faltado notables investigadores, como algunos de los antes mencionados y también Raquel Álvarez, Rafael Huertas, Antonio Rey, González Duro o Álvarez-Uría, por citar diversos autores casi a vuelapluma y admitiendo que dejo muchos otros nombres ilustres en el tintero. Buena parte de ellos han trabajado en el marco del CSIC, del que procede también Enric Novella, filósofo y médico que hace aquí además las funciones de historiador para trazar un cuadro detallado de los primeros pasos de la pomposamente denominada -con la inevitable retórica decimonónica- “ciencia del alma”: lo que hoy llamaríamos, de modo más llano, los inicios o la prehistoria de la psiquiatría en España.
Las consideraciones anteriores no son gratuitas porque el primer y principal acierto de Novella en esta obra es situar adecuada y meticulosamente la eclosión hispana del “alienismo” -fiel aunque pálido reflejo de lo que sucedía en otros países europeos del entorno- en el contexto de la cultura de la época, es decir, una sociedad española, la de mediados del XIX, en la que las nuevas corrientes y la mentalidad positivista en general luchaban arduamente por abrirse camino entre las rémoras de la tradición, la rutina, el autoritarismo y el dogmatismo religioso. El objetivo fundamental en esas circunstancias era lograr la conversión de la figura vulgar del “loco” en “sujeto psicológico” que requería no sólo un estudio específico sino, lo que es más importante, una atención y un tratamiento que sólo un especialista le podía proporcionar. Ese especialista, el médico, reclamaba para sí -para su profesión- un rol y un reconocimiento inéditos en aquel ambiente. Se trataba en suma de la “medicalización” progresiva de un dominio, el del alma, que hasta entonces había estado en manos del pensamiento especulativo y la religión.
Con un enfoque marcadamente empírico y una decidida voluntad sintética -el libro no llega a las doscientas páginas de texto, descontando índice y bibliografía-, Novella hace un recorrido minucioso por esos discursos y prácticas, o sea, las nuevas formas de entender y abordar la perturbación mental, demorándose en el análisis de las publicaciones periódicas y la literatura científica de la época, en la que va abriéndose paso, con dificultad, la “nueva percepción de la locura”. No se pierde de vista en ningún momento el hecho de que dichos enfoques renovadores solo tienen sentido en una época y un contexto -para entendernos, el marco de la sociedad liberal- en los que, aunque sea a trancas y barrancas, resulta patente que gana peso específico una opinión pública que acoge como irrenunciables los principios de libertad, progreso y emancipación de todos los seres humanos.
No hace falta subrayar que la moderna medicina mental se abrió paso en nuestro país con mayores dificultades y resistencias que en los países limítrofes más avanzados, por razones que a todos se nos alcanzan. Pese a ello, un puñado de médicos (no solo alienistas, sino también higienistas y forenses, entre otros) luchó denodadamente para que los nuevos enfoques alcanzaran una consolidación que, ya a fines del XIX, mostraba bien a las claras que no tenía retorno posible. Con todo, es notorio que el proceso de modernización en el caso hispano no pudo desprenderse de un fuerte aroma conservador, producto de los prejuicios seculares. En este sentido, la tentación de asociar causalmente locura y civilización moderna fue irresistible, hasta el punto de que se convirtió durante la segunda mitad del siglo, como documenta Novella, “en un lugar común del pensamiento conservador español”.
viernes, 10 de febrero de 2012
Garzón como síntoma
La sentencia del Tribunal Supremo contra el juez Garzón ha polarizado al país. Como era previsible. Pero no tanto por la sentencia en sí como porque el veredicto coincide o se aparta de las posturas a priori que tenían unos y otros. La sentencia y sus fundamentos importan muy poco, por no decir nada. Lo que importa es que se absuelva o condene a "uno de los nuestros" o a "uno de los suyos". Tanto más si ese uno no es uno, sino el adalid, el símbolo, en este caso "el juez progresista" por antonomasia. La justicia en España ha llegado a tal estado de degradación, a tal contaminación partidista (¿recuerdan el chiste de "la ley es igual para todos" que contó el rey en su último mensaje navideño?)que nadie se toma en serio que se juzgue a alguien con imparcialidad y con arreglo a las leyes establecidas, sin favoritismos ni componendas. Los más altos tribunales, empezando por el Constitucional, han marcado la pauta de acomodación vergonzosa a los dictados del ejecutivo o del partido dominante. El mismo Garzón, un juez soberbio, un megalómano insaciable, ha dado múltiples ejemplos en su trayectoria acerca de cómo se aplica la justicia con parcialidad y sectarismo. ¿De qué se queja ahora? ¿De que le apliquen su propia medicina? Y alrededor, a diestra y siniestra, el triste espectáculo de los partidos y otros sectores sociales y políticos felicitándose o escandalizándose por motivos que nada tienen que ver con la justicia. La democracia española no ha entendido todavía lo que es la separación de poderes y el respeto a las reglas. Y sin esto, podrá haber un sistema político para ir tirando, pero no una democracia. Garzón como síntoma... de todo lo que nos queda por aprender y aplicar.
miércoles, 11 de enero de 2012
La mentira como norma
Accede el PP al Gobierno y la primera medida del Consejo de Ministros es subir los impuestos, justo lo contrario de lo que habían prometido en la campaña electoral. Y lo hace un Gobierno que, también en los días previos, se había ufanado de que ellos en todo momento dirían la verdad a los españoles. En el discurso de Navidad, el rey, el jefe del Estado, a propósito de los escándalos desatados en su entorno familiar, proclama que "la justicia es igual para todos", cuando si algo sabe hasta el más lerdo de estos contornos es que en este país, por lo menos aquí y ahora, la justicia dista mucho de ser igual para todos. A estas alturas uno no es tan ingenuo de creerse las promesas electorales ni los discursos institucionales. Es más, no hay que ser puristas ni más papistas que el papa: la vida política, como la vida social, como la vida sin adjetivos, precisa de una cierta dosis de hipocresía. La discreción, las buenas formas, la elegancia y hasta la convivencia misma se nutren de un cierto disimulo. Ir con la verdad por delante a todo trapo nos convertiría al menor descuido en seres zafios y agresivos, poco menos que inaguantables para nuestros semejantes. Pero una cosa es eso y otra muy distinta entronizar la mentira como forma habitual de comportamiento. Porque entonces, en este último caso, es todo el entramado social el que se viene abajo. Tanto poner en primer plano la economía y ahora puede resultar que lo que nos falta para ser un país serio no son sólo los ajustes o el recorte del déficit, sino la capacidad para abordar los asuntos con franqueza, seriedad y rigor. Y un país serio, aparte de tener sus finanzas controladas, tiene que desterrar la mentira como norma.
lunes, 12 de diciembre de 2011
Barcelona o la corrección política
Me encanta Barcelona por tantas razones que no cabría aquí la simple enumeración de ellas. Me gusta volver a Barcelona cada cierto tiempo y tomarle el pulso a la ciudad. Creo que Barcelona no es sólo la ciudad más europea de España (se podría discutir acerca de lo que los españoles entendemos aquí por "europea", pero eso es otro cantar), sino sobre todo la más atractiva desde el punto de vista urbanístico, la más completa desde el punto de vista estético y la más literaria, se mire por dónde se mire. Una de las cosas que no deja nunca de sorprenderme en cada visita es cómo en estos tiempos de globalización y uniformidad Barcelona sigue conservando una serie de rasgos diferenciales con respecto al resto de España y, muy señaladamente, en relación a Madrid. Para lo bueno y para lo malo. El rechazo de las grandes superficies comerciales en forma de hipermercados ha posibilitado la supervivencia de miles de pequeñas tiendas que llenan de tipismo el centro histórico. La recuperación de la zona marítima, donde siempre puede verse algún tio exhibiéndose completamente desnudo, le proporciona encanto y sensualidad. Por todas partes se nota la fructificación de lo políticamente correcto. Barcelona es, de hecho, la capital de la corrección política, entendida claro está en el sentido concreto que le interesa al nacionalismo catalán: bienvenidos y bienvenidas todos y todas al reino y a la reina del buenismo, del ecologismo, del pacifismo, del igualitarismo, del feminismo, del vegetarianismo, del buenrrollismo y, por supuesto, del progresismo. Entendido todo ello, por supuesto, como le conviene a esa clase dominante que utiliza un poder blando y difuso para legitimar su poder. ¿Tolerancia? Bueno, según y cómo. Para los que somos reacios a cualquier bandera (es decir, a todas las banderas), nos parece que esto es comulgar con ruedas de molino. No en vano, por ejemplo, el castellano es facha y el catalán, progresista. Por eso la enseña rojigualda está proscrita, pero en cambio la senyera se halla hasta en la sopa. Es la ley del embudo y mucha vaselina. ¡Ah, y también mucha buena conciencia, digna de mejor causa!
viernes, 11 de noviembre de 2011
El perdón
Me tiene asombrado la ligereza con la que se utiliza en el debate público el concepto de perdón. Con el comunicado de supuesto abandono del terror por parte de ETA muchos se descolgaron diciendo "pero no piden perdón". Si yo soy una víctima del terrorismo, si me han destrozado la vida o han asesinado a alguien próximo, ¿para qué quiero que pidan perdón los asesinos? ¿Para añadir al dolor burla y escarnio? ¿Qué me soluciona que pidan perdón? ¿Cómo me restituyen lo perdido, lo destrozado? Desde mi punto de vista, el perdón necesita una cierta restitución. Se perdona cuando, en cierto modo, se puede volver a la situación anterior. Borrón y cuenta nueva, como se dice cotidianamente. Pero el perdón no se puede otorgar ante una situación irreversible. Ése es el drama de la vida humana, que la vida es única. El que siega una vida la siega una vez, pero para siempre. No hay vuelta atrás. Como mucho, ante una situación así, uno puede renunciar a la venganza. Puede incluso ser generoso con el criminal, no deseando para él el dolor que ha causado. Pero... ¿perdonar? En una obra de teatro que acaban de estrenar, "Purgatorio", de Ariel Dorfman, se aborda el tema del perdón. Su protagonista, Viggo Mortensen, ha declarado incluso que "el perdón con condiciones no es perdón". Se refería a los asesinos de ETA: supuestamente hay que perdonarles sin condiciones. Porque, sigue diciendo el actor, se puede perdonar todo, a los nazis, a tu mujer... He aquí en grado superlativo la confusión del pensamiento moderno. El "totum revolutum", el "todo vale", porque todo se mezcla y se confunde. Ya no estamos siquiera en la "banalidad del mal". Ni siquiera en la trivialidad del "pensamiento líquido". Esto es ya la pura estupidez.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Oporto: el sabor de la decadencia
Pasear por el centro histórico de Oporto invita a la melancolía. Y no me refiero a la melancolía tópica que deriva del fado o del supuesto carácter portugués, sino a una sensación más concreta que surge de la contemplación de una ciudad que, como las antiguas estrellas de cine, tuvo su momento de gloria y hoy sólo puede vivir del recuerdo, como un sueño prestado. Unos edificios que recuerdan al París de la belle époque, unos rincones que rezuman un leve aroma british, unas plazas que fueron señoriales, unas calles antaño concurridas..., todo está impregnado de un ambiente de pérdida. Es evidente que esas calles, plazas, rincones y edificios vivieron mejores épocas y hoy son el testimonio de una prosperidad lejana. ¿No es suficiente el Oporto para levantar Oporto? ¿No es factor dinamizador el turismo? Da la impresión de que todo -el puerto, el comercio, la agricultura y la industria- se ha venido abajo. Esa cuesta abajo, esa persistente caída que se percibe en el conjunto de Portugal. Paseando por estas calles decadentes y observando estas casas abandonadas me acuerdo de Buenos Aires, sumida también en un aura de declive y deterioro. Y me pregunto una vez más el por qué profundo de esa situación, que es como preguntarse sobre lo que hace prósperas y pujantes a las ciudades y a las naciones. ¿Qué es lo que falla? ¿El Estado? ¿La sociedad civil? ¿La cultura, las mentalidades, la ausencia de espíritu emprendedor? Ninguna de las respuestas posibles me resulta satisfactoria. Pero de lo que sí estoy seguro es de que la decadencia es un atractivo tema artístico o literario, no un destino envidiable. Me ha gustado Oporto pero no me gustaría vivir en ella.
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