El laberinto territorial español. Roberto L. Blanco Valdés. Alianza, Madrid, 2014. 472 pp.
El Cultural, 23-5-2014, p. 20.
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/34873/El_laberinto_territorial_espanol
“¡Está buena España!”, decía un personaje de Luces de Bohemia. Blanco Valdés rescata la exclamación como cita preliminar en su nuevo libro, que tiene un sentido distinto de La construcción de la libertad (2010) y una inquietud más acusada que Los rostros del federalismo (2012), ambos en Alianza. Ya en este se dejaba notar la desazón de Blanco –catedrático de Derecho en la Universidad de Santiago- por la deriva centrífuga del sistema político español, caracterizado en su opinión por un federalismo de facto.
Pero no es exactamente ese el problema ni radica ahí la alarma del autor. Un régimen político puede ser federal sin merma alguna de su funcionalidad y sin que el país vea por ello en peligro su unidad –la propia federación sería garante de la misma a partir del reconocimiento de la diversidad-. El problema no está en el grado de descentralización de un sistema sino en la fidelidad al mismo por parte de los protagonistas políticos que lo integran, sea cual sea su nivel de responsabilidad. Y es aquí donde falla no tanto la teoría como nuestra praxis política. La deslealtad de los nacionalismos catalán y vasco no solo se dirige frontalmente contra el artículo 2º de la Constitución –la “indisoluble unidad de la nación española”- sino que dinamita las reglas más elementales del juego democrático, de aquí y de cualquier parte, que establecen cauces determinados para los cambios políticos. Ningún ordenamiento puede transigir con que determinados sectores impongan sus exigencias a las bravas.
Sostiene Blanco que la perplejidad inicial ante esos hechos ha desembocado en irritación y hastío, mientras que los nacionalistas se muestran “siempre ofendidos, insatisfechos, disconformes”. Para estos, argumenta el autor, toda concesión es solo el apoyo de la siguiente exigencia. “¿Cómo hemos llegado a esto?”. La pregunta es la primera frase que el lector encontrará en la introducción y constituye la cuestión que se trata de desentrañar en las densas casi quinientas páginas restantes. Partiendo pues de una realidad incontrovertible, cual es el profundo grado de descentralización acometido por el sistema político español en brevísimo tiempo, el autor se plantea explícitamente cómo, lejos de calmar las aspiraciones particularistas de partidos y movimientos periféricos, dicho proceso ha dado alas al impulso secesionista hasta límites que amenazan los cimientos de la estructura política y nuestra convivencia cívica.
Como es habitual en sus obras, Blanco Valdés realiza un análisis exhaustivo que aúna las dimensiones política, histórica, jurídica y constitucional. Su tono erudito –véanse las cincuenta páginas finales de citas en letra menuda-, no descuida un registro didáctico o divulgativo que permite al lector no especializado transitar por sus páginas sin perderse. El libro se estructura en dos partes claramente diferenciadas: la primera examina los dos momentos históricos anteriores en que se ensayó la descentralización, coincidentes (no por casualidad) con las dos repúblicas que, tan bienintencionada como torpemente aspiraron a democratizar y modernizar España (1873 y 1931-36); la segunda parte, bastante más extensa, examina esa otra “república” figurada que, bajo el ropaje de restauración monárquica, supo aprender de los errores pasados y materializó un reconocimiento de la pluralidad española que satisficiera a todos. El problema actual no radica pues en hallar otra fórmula de respeto a la diversidad sino en la deriva secesionista de los sectores nacionalistas: según el autor, cuando parecía que habíamos encontrado la salida del laberinto territorial –nuestra pesadilla política contemporánea- vivimos uno de los desafíos más graves de nuestra historia.
viernes, 27 de junio de 2014
lunes, 26 de mayo de 2014
Cuadernos de guerra
Louis Barthas: Cuadernos de guerra [1914-1918]. Prólogo de Rémy Cazals. Traducción de Eduardo Berti. Páginas de Espuma, Madrid, 2014. 648 pp.
El Cultural, 23-5-2014, p. 20.
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/34723/Cuadernos_de_guerra_(1914%C2%961918)
Louis Barthas era un tonelero francés nacido en Homps, departamento de Aude, en la región de Languedoc-Rosellón. Tenía treinta y cinco años cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Fui movilizado, primero como parte del ejército de reserva y luego, cuando se produjeron las primeras bajas masivas, en la primera línea de combate. A comienzos de noviembre de 1914 ya estaba participando en la terrible guerra de trincheras y en otras encarnizadas operaciones bélicas. Pasó en esa situación tres años y medio, hasta abril de 1918, fecha en la que fue destinado a la retaguardia. Durante ese período tuvo ocasión de vivir, la mayor parte del tiempo como cabo, los combates más feroces de la Gran Guerra, como las batallas de Verdún y el Somme.
Hasta donde se ha dicho la experiencia de Barthas no fue muy distinta a la de cientos de miles de compatriotas, o incluso millones de europeos de su generación (y otras generaciones más jóvenes incluso), que vivieron, sufrieron y en muchísimos casos murieron en la más cruenta contienda que había conocido hasta entonces el Viejo Continente. Lo que tiene de especial el caso de Barthas es que durante todo el tiempo que estuvo en el frente consignó meticulosamente sus experiencias en unos cuadernos escolares que, luego, terminada la guerra, pasó a limpio con el mismo esmero. El resultado de todo ello son diecinueve cuadernos (nada menos que 1732 páginas manuscritas) que dan cuenta de las vicisitudes del soldado de a pie durante esos terribles años.
Como suele ser habitual en estos casos de personajes sin gran relevancia pública o profesional, el testimonio de Barthas permaneció metido en un cajón, prácticamente inédito, hasta que en 1978 el editor François Maspero, al que algunos amigos de la familia habían hecho llegar el manuscrito, decidió que merecía la pena su publicación. Su éxito fue inmediato y su impacto, más que notable. No puede decirse propiamente que se trate de una obra insólita porque disponemos de otros testimonios semejantes desde la perspectiva de uno y otro bando, pero el libro de Barthas destaca por su amplitud, precisión y minuciosidad. No se le puede pedir desde luego la calidad literaria de –pongamos por caso- un Jünger, cuyo Diario de guerra reseñamos en estas mismas páginas no hace mucho, pero el texto constituye un fresco impresionante de la penosa vida del combatiente, entre inmundicias, lodo, frío, hambre, sed, dolores y todo tipo de angustias y padecimientos, amén naturalmente de la muerte a mansalva que es la cotidianeidad del soldado.
A partir de lo consignado puede entenderse perfectamente que Barthas no sea neutral ni frío en su relato. Todo lo contrario. Su texto está imbuido de un profundo espíritu antimilitarista. Su oposición a la guerra –“la maldita guerra”- tiene un carácter absoluto. Pero no se trata de un rechazo genérico o abstracto, sino sustentado en su experiencia concreta de soldado que ve como se deciden unas ofensivas tan sangrientas como estériles, hasta el punto de que el escenario bélico se convierte simplemente en un inmenso matadero. A tono con ello, la obediencia de los soldados se sustenta no tanto en el respeto a sus superiores como en el terror inmisericorde que estos despliegan para que se cumplan las órdenes, por muy absurdas que sean.
El último cuaderno (el que hace el número diecinueve), significativamente titulado “el final de la pesadilla”, consigna el ansiado momento de la liberación: el 14 de febrero de 1919, “un sargento chupatintas” le extiende una hoja y le dice “queda usted libre”. La página final relata la emoción del hombre que ha estado tentando a la muerte durante más de cuatro años y vuelve a sentir los placeres menudos de la vida: “tras años de pesadillas, disfruto la felicidad de vivir (…) y siento una tierna alegría” con las cosas cotidianas. Simplemente… “sentarme en mi casa, a la mesa; echarme en mi cama para acechar el sueño (…); oír cómo la inofensiva lluvia golpea contra las baldosas; contemplar una noche estrellada, serena, silenciosa”…
El Cultural, 23-5-2014, p. 20.
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/34723/Cuadernos_de_guerra_(1914%C2%961918)
Louis Barthas era un tonelero francés nacido en Homps, departamento de Aude, en la región de Languedoc-Rosellón. Tenía treinta y cinco años cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Fui movilizado, primero como parte del ejército de reserva y luego, cuando se produjeron las primeras bajas masivas, en la primera línea de combate. A comienzos de noviembre de 1914 ya estaba participando en la terrible guerra de trincheras y en otras encarnizadas operaciones bélicas. Pasó en esa situación tres años y medio, hasta abril de 1918, fecha en la que fue destinado a la retaguardia. Durante ese período tuvo ocasión de vivir, la mayor parte del tiempo como cabo, los combates más feroces de la Gran Guerra, como las batallas de Verdún y el Somme.
Hasta donde se ha dicho la experiencia de Barthas no fue muy distinta a la de cientos de miles de compatriotas, o incluso millones de europeos de su generación (y otras generaciones más jóvenes incluso), que vivieron, sufrieron y en muchísimos casos murieron en la más cruenta contienda que había conocido hasta entonces el Viejo Continente. Lo que tiene de especial el caso de Barthas es que durante todo el tiempo que estuvo en el frente consignó meticulosamente sus experiencias en unos cuadernos escolares que, luego, terminada la guerra, pasó a limpio con el mismo esmero. El resultado de todo ello son diecinueve cuadernos (nada menos que 1732 páginas manuscritas) que dan cuenta de las vicisitudes del soldado de a pie durante esos terribles años.
Como suele ser habitual en estos casos de personajes sin gran relevancia pública o profesional, el testimonio de Barthas permaneció metido en un cajón, prácticamente inédito, hasta que en 1978 el editor François Maspero, al que algunos amigos de la familia habían hecho llegar el manuscrito, decidió que merecía la pena su publicación. Su éxito fue inmediato y su impacto, más que notable. No puede decirse propiamente que se trate de una obra insólita porque disponemos de otros testimonios semejantes desde la perspectiva de uno y otro bando, pero el libro de Barthas destaca por su amplitud, precisión y minuciosidad. No se le puede pedir desde luego la calidad literaria de –pongamos por caso- un Jünger, cuyo Diario de guerra reseñamos en estas mismas páginas no hace mucho, pero el texto constituye un fresco impresionante de la penosa vida del combatiente, entre inmundicias, lodo, frío, hambre, sed, dolores y todo tipo de angustias y padecimientos, amén naturalmente de la muerte a mansalva que es la cotidianeidad del soldado.
A partir de lo consignado puede entenderse perfectamente que Barthas no sea neutral ni frío en su relato. Todo lo contrario. Su texto está imbuido de un profundo espíritu antimilitarista. Su oposición a la guerra –“la maldita guerra”- tiene un carácter absoluto. Pero no se trata de un rechazo genérico o abstracto, sino sustentado en su experiencia concreta de soldado que ve como se deciden unas ofensivas tan sangrientas como estériles, hasta el punto de que el escenario bélico se convierte simplemente en un inmenso matadero. A tono con ello, la obediencia de los soldados se sustenta no tanto en el respeto a sus superiores como en el terror inmisericorde que estos despliegan para que se cumplan las órdenes, por muy absurdas que sean.
El último cuaderno (el que hace el número diecinueve), significativamente titulado “el final de la pesadilla”, consigna el ansiado momento de la liberación: el 14 de febrero de 1919, “un sargento chupatintas” le extiende una hoja y le dice “queda usted libre”. La página final relata la emoción del hombre que ha estado tentando a la muerte durante más de cuatro años y vuelve a sentir los placeres menudos de la vida: “tras años de pesadillas, disfruto la felicidad de vivir (…) y siento una tierna alegría” con las cosas cotidianas. Simplemente… “sentarme en mi casa, a la mesa; echarme en mi cama para acechar el sueño (…); oír cómo la inofensiva lluvia golpea contra las baldosas; contemplar una noche estrellada, serena, silenciosa”…
miércoles, 14 de mayo de 2014
¡Viva la muerte! Lo macabro en la historia de España
RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO
Tempora Magazine. http://www.temporamagazine.com/viva-la-muerte-lo-macabro-en-la-historia-de-espana/
El tema de la muerte para un historiador –aquí y ahora- presenta tres grandes dificultades de características claramente diferenciadas. En primer lugar, por ir a lo más obvio, la relativa renuencia que la cuestión en sí genera en muchas personas, mero trasunto de la disposición dominante en la sociedad actual. Con razón se ha acuñado la expresión de “pornografía de la muerte” (Geoffrey Görer, The Pornography of Death), trazando así un revelador paralelismo entre ella y el sexo o, para ser más precisos, contraponiendo la distinta suerte que han corrido una y el otro en el ámbito público: mientras que las relaciones sexuales han salido de las catacumbas al ágora, el asunto de la muerte ha sufrido un proceso opuesto, pasando de ocupar un lugar preeminente en la reflexión humana y en la vida cotidiana a un rincón velado y hasta vergonzante, encomendada a unos fríos especialistas y recluida en recintos cada vez más asépticos. Por decirlo con claridad meridiana, mientras que el hombre de hace pocos siglos convivía de modo natural con la muerte, la sociedad actual la desplaza a los márgenes y, hasta donde es posible, la ignora.
En segundo término, la muerte es un tema complicado para el estudioso porque contiene tantos elementos y presenta tantas derivaciones que resulta tentador acudir a la gastada pero eficaz imagen del agua escurriéndose entre los dedos. Para no irme por las ramas, me ceñiré a un dictamen apuntalado por la experiencia y el prestigio. Quiero referirme, nada menos, que a uno de los grandes sabios en esta materia, el eminente historiador francés Philippe Ariès. En el prefacio de su magistral y ya clásica Historia de la muerte en Occidente, significativamente subtitulado “Historia de un libro que no se acaba nunca”, subraya el profesor Ariès las dificultades de su investigación (la “inmensidad de la tarea”), derivadas en gran medida de “la naturaleza metafísica de la muerte” y sus grandes líneas de fuga. En otras palabras, el estudio de la consideración de la muerte en la historia se abre al examen de las prácticas funerarias, los tipos de enterramientos, las características de los cementerios, las actitudes pías, las creencias religiosas, las ceremonias, la reutilización de las fosas, las cofradías, los testamentos y así un sinfín de factores o elementos que, paradójicamente, plantean, por decirlo con sus propias palabras, más cuestiones de las que resuelven y remiten a las más diversas fuentes, “literarias, arqueológicas, litúrgicas”.
En tercer lugar –y créanme que estoy tratando de ser sintético- pese a todo lo señalado, o como diría un malintencionado, precisamente por ello, estamos ante un campo no diré que sustancialmente desconocido (porque eso sería una exageración), pero sí con lagunas inmensas o con grandes zonas oscuras. Este punto requiere un cierto detenimiento. ¿Qué me dice usted?, pensarán muchos, ¿y qué hay de los Tenenti, Vovelle, Chaunu, el propio Ariès, por recordar ahora tan solo los nombres señeros? ¿Y en nuestro propio país? Aunque aquí no hayamos tenido un equivalente a los Annales, no han faltado contribuciones valiosas en parcelas específicas. En efecto, me apresuro a reconocer. Y no solo eso, sino que es de justicia resaltar algunas de ellas.
Así, en la década final del siglo pasado se publicaron libros tan interesantes como los de Javier Varela (La muerte del rey. El ceremonial funerario de la monarquía española, 1500-1885), F. Martínez Gil (Muerte y sociedad en la España de los Austrias) y M. García Fernández (Los castellanos y la muerte. Religiosidad y comportamientos colectivos en el Antiguo Régimen). Más recientemente, es decir, en los primeros años de nuestro siglo, se han multiplicado las contribuciones, con especial incidencia en la Edad Media (J. Aurell y J. Pavón: Ante la muerte. Actitudes, espacios y formas en la España medieval; J. Pavón Benito: Morir en la Edad Media. La muerte en la Navarra medieval); en el Barroco (J. C. Bermejo de la Cruz: Actitudes ante la muerte en el Ávila del siglo XVII; R. Novero Plaza: Mundo y trasmundo de la muerte. Los ámbitos y recintos funerarios del Barroco español) y, en menor medida, la época contemporánea (J. Casquete y R. Cruz, eds.: Políticas de la muerte. Usos y abusos del ritual fúnebre en la Europa del siglo XX). Y eso citando solo, como quien dice, a vuelapluma. ¿Entonces? ¿No desmiente ese aparente interés en el tema lo dicho hasta ahora?
Seré rotundo: no. En absoluto. Y diré más, aunque reconozco que entro así en una estimación que puede tildarse de parcial o subjetiva. Me atrevo a señalar que podría hasta cierto punto contraponerse el interés por la muerte en el arte (y en especial la pintura) y en otras vertientes del conocimiento (la antropología, la medicina, la psicología clínica, la filosofía, los mismos estudios religiosos y teológicos, hasta la propia literatura y los análisis literarios) con el relativo abandono que ha mostrado hacia ella la historiografía. Por lo menos, si me apuran, la historiografía académica, la tradicional, la más establecida. Evidentemente que hay, pese a ello, algunas obras notables que iluminan determinadas parcelas del asunto –como acabamos de reconocer-, pero no dejan de ser como fogonazos dispersos en un mar de oscuridad.
De la muerte a lo macabro
Llegados a este punto no tengo más remedio que acudir a la experiencia personal. Cuando me planteé hacer una obra de conjunto –podría decirse que algo así como un ensayo interpretativo- sobre la consideración de la muerte en la España contemporánea, el reto se convirtió al mismo tiempo en una limitación insalvable, porque uno y otra –el reto y la limitación- resultaron ser al cabo la misma cosa. Me explico: lo que para mí era el mayor atractivo del tema –el hecho de que fuera un territorio no virgen pero sí poco explorado- constituía inevitablemente un obstáculo descomunal para mis planes, porque pronto constaté que carecía de los necesarios estudios específicos que funcionaran como basamento de mi pretendida construcción. No se puede hacer una obra de síntesis cuando faltan en la medida adecuada los análisis sectoriales y las investigaciones concretas. Hablar de la muerte -en general- en esas condiciones podía trocarse fácilmente en algo tan vacuo como hablar de la vida, sin más: puras elucubraciones, disquisiciones en el vacío o, para decirlo con una expresión popular, poco más que palos de ciego.
De este modo, tras aproximadamente un año de tanteos y de concienzudo examen bibliográfico, fue perfilándose –como se perfilan estas cosas, entre el azar y la necesidad- una dimensión de la muerte que parecía especialmente propicia para mis propósitos, por resultar relativamente abarcable y por gozar de una relevancia incuestionable en nuestra historia: me refiero a la dimensión de lo macabro. Aun así, el objeto de estudio seguía presentando caracteres de excesiva amplitud. Poco a poco se fue perfilando una perspectiva aún más concreta, la utilización de lo macabro en la historia hispana como arma de control político al tiempo que ingrediente fundamental de nuestra cultura y de nuestra concepción del mundo. Por formularlo de un modo claro y expresivo, el objetivo final era el estudio de la “política y cultura de lo macabro”. El punto de partida, al ser un estudio de historia contemporánea, y muy señaladamente circunscrito al siglo XX, no podía ser otro que el grito necrófilo por excelencia (“¡Viva la muerte!”) y el acontecimiento que serviría de pórtico tampoco podía ser congruentemente otro que el famoso incidente de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936 protagonizado por el general Millán Astray y el rector de la misma, don Miguel de Unamuno.
A partir de ese punto puede decirse que, aunque no exactamente todo viniera dado, sí al menos resultaba más diáfano: el fundador de la Legión y el catedrático salmantino representaban, cada cual a su manera, dos modos de entender la muerte y lo macabro que iban a tener una larga estela a lo largo de la centuria. Por esquematizar –e, inevitablemente, simplificar- puede decirse que una de esas líneas es la glorificación de la muerte violenta en el combate, propia sobre todo de las ideologías fascistas, mientras que la otra es la incorporación de lo macabro en la visión del mundo, una característica que acompaña y acentúa el sesgo pesimista de la intelectualidad española, sobre todo a partir del 98. Aquí, sin embargo, aparecía un problema imprevisto, y no precisamente menor. Al examinar, por ejemplo, la producción filosófica de Unamuno, la dramática de Valle-Inclán o la pictórica de Gutiérrez Solana, saltaba a la vista que todos ellos se nutrían de una tradición que a todas luces tenía que explicitarse, porque la vertiente de genios o creadores de cada uno de ellos era también indisociable de la recreación –cada cual a su modo- de una determinada herencia cultural que venía de muchos siglos atrás.
Volviendo una vez más a Ariès, me acordé en esta encrucijada de una de las recomendaciones del maestro, la de abrirse al “tiempo largo” –varios siglos-, porque según él mismo experimentó, los posibles inconvenientes de esa perspectiva quedan sobradamente compensados con una comprensión más cabal de los procesos y las mentalidades. Aquí vino en mi auxilio Elena Núñez, que se encargó de una parte de la obra para la que yo no me consideraba convenientemente preparado: la relativa al Medievo, Barroco y Romanticismo.
No se trataba de hacer una historia lineal sino de efectuar tres calas en el pasado, en momentos simbólicos y en movimientos representativos, para entender mejor -como antes decía- la elaboración que se va a hacer en el siglo XX de unos temas necrófilos que habían marcado profundamente nuestra manera de ser y estar en el mundo: por acudir nuevamente a la mayor brevedad expositiva, las danzas de la muerte medievales, la vanitas barroca y la exacerbación sentimental romántica. Por eso la obra que nos propusimos no obedece una línea cronológica convencional sino que se inicia en el siglo XX y deambula por él hasta que se impone una mirada a un tiempo anterior, a esos tres momentos de la historia, para luego volver, ya con ese arsenal, a un análisis de la guerra civil y de nuestra historia más reciente desde una óptica que creemos convenientemente enriquecida.
Lo macabro en España: ¿hay una especificidad española?
A estas alturas, ustedes se habrán preguntado ya por lo que hay de macabro en la historia hispana. ¿Se distingue España por su propensión macabra, es decir, hay una cierta especificidad española en este sentido? Adelantamos ya nuestra conclusión y la expresamos sin ambages: decididamente no. Otros países, otras sociedades, otras culturas nos han superado y nos superan en ese ámbito. Aunque hay algunas constantes culturales a lo largo de los siglos, sería arriesgado proclamar que estas constituyen un entramado definido y claramente reconocible.
Rechazamos por tanto de modo terminante cualquier esencialismo, porque la metafísica poco o nada tiene que ver con la historia concreta. Ahora bien, del mismo modo tenemos que apresurarnos a fijar nuestra posición contraria al estereotipo opuesto: esa determinada tendencia de la marca España que insiste en un vitalismo unívoco como componente típico del carácter español; o ese tópico que aún perdura –y que incluso se ha potenciado en algunos aspectos- acerca de que este es solo el país del sol, de la alegría, la pasión, la juerga y las ganas de vivir. En definitiva, no suscribimos esa imagen excluyente de una España absolutamente contrapuesta a la muerte que se empeña en presentar una determinada propaganda.
O, mejor dicho, la admitimos solo como una de las diversas caras del país y de sus gentes. Para subrayar seguidamente que, junto a esa faceta, la historia y la cultura española se han distinguido también por todo lo contrario: por enfatizar los aspectos más negros de la existencia (este mundo, “valle de lágrimas”) y hasta solazarse en ellos; por una sostenida pulsión cainita que no solo se ha manifestado en las guerras civiles, sino en la persecución implacable del enemigo interior (los “malos españoles”); y por una fijación morbosa hacia el dolor, la crueldad, el tormento o la represión inmisericorde. Es verdad que en ninguno de estos aspectos España y la historia española son distintas de otras muchas naciones, probablemente la mayoría. Pero conviene no olvidar que, con más o menos razones, este país, el nuestro, sigue siendo identificado por millones de extranjeros como el país de las mazmorras de la Inquisición y de los Autos de fe; la potencia imperial dirigida por la mano de hierro de Felipe II y la saña ejecutora del Duque de Alba; y aún se sigue diciendo que los españoles no conciben la diversión y la fiesta sin derramar sangre, como se hace en la llamada “fiesta nacional”.
Como todo el mundo sabe, la concepción católica de la vida y la muerte ha marcado profunda e indeleblemente el devenir hispano. Aunque España no destacó en especial en las representaciones propiamente macabras –si entendemos por tales, aplicando el sentido etimológico, las danzas de la muerte y sus distintas variantes-, sí que siguió la tendencia general de la cristiandad en el sentido de popularizar las figuras de santos y mártires, que eran comúnmente representados en el momento culminante de sufrir todo tipo de crueldades en aras de la fe. Luego, la pintura del Siglo de Oro llevó ese encarnizamiento –la carne doliente hasta el paroxismo- a su expresión más depurada y conmovedora, hasta el punto de que ese sería uno de los rasgos del arte español que más llamaría la atención posterior de la mirada foránea.
Por otro lado, el espíritu contrarreformista y la sensibilidad barroca, de consuno, crearían el caldo de cultivo para que se potenciara una concepción tenebrista de la existencia. En el caso español a todo ello vino a sumarse el conjunto de reveses políticos y militares que marcaron el siglo XVII (el famoso asunto de la “decadencia”, cuestión objeto de controversia aún hoy), generando un peculiar estado de ánimo que llevó a preferir el sueño sobre la realidad (de Cervantes a Quevedo), a despreciar la vida mundana (de Zurbarán a Mañara), a plasmar los aspectos más deleznables de la materia (bodegones) o, en último término, a regodearse en la putrefacción de la carne (Valdés Leal).
Ese espíritu y ese ambiente se mantendrían a lo largo de todo el Antiguo Régimen. De ellos bebe otro genio, Francisco de Goya, que, a finales del siglo ilustrado (que en nuestro país fue bastante menos ilustrado de lo que suele decirse), halla en lo macabro la expresión última de un país que ha perdido la razón, sueña monstruos, devora a sus hijos, dirime sus diferencias a garrotazos y está poblado de seres espectrales (brujas, locos, sádicos, aquelarres diversos). Quizás por todo ello el romanticismo español se nos muestra marcadamente apesadumbrado, carece del espíritu positivo de un Goethe, del desgarro aventurero de un Byron, del impuso vital de un Víctor Hugo. El romanticismo español, ramplón y alicorto, piensa en el mejor de los casos en muertos y fantasmas (Espronceda, Bécquer), mientras que la mayoría de los autores pone buen cuidado en respetar convenciones y creencias arraigadas (el Tenorio de Zorrilla como paradigma).
España, un país triste, dice poco después Azorín, una nación que vive en la oscuridad (real y figurada) y solo quiere pensar en la muerte. El 98 añade, en efecto, un color aún más oscuro al cristal con el que artistas, literatos, políticos e intelectuales en general miran la realidad presente, pasada y futura de un país de eunucos (Joaquín Costa), sin pulso (Silvela), miserable (Zuloaga) o embrutecido (Baroja). Obsérvese que en todos los casos las caracterizaciones conducen más a la muerte que a la vida. La muerte por consunción, podría decirse, pero eso sería en el mejor de los casos.
Lo macabro y la guerra civil
Al mezclarse con la brutalidad, la pulsión necrófila desemboca en el escenario macabro. La muerte es el gran tema lorquiano, pero es una muerte indisociable de la represión, la violencia, la crueldad. Lo contrario, desde luego, de una muerte apacible. El mismo Lorca va a tener ocasión de comprobarlo en sus propias carnes. Denuncias anónimas, arrestos masivos, sacas, paseos, ley de fugas, fusilamientos al amanecer… No hay que olvidar la otra línea necrófila de la que hablamos antes, la de los vivas a la muerte y los mueras a la inteligencia. Al final, el fanatismo parece ser contagioso. A uno y otro lado del espectro político, constituidos en bandos irreconciliables, cientos de miles de españoles están empeñados en “limpiar” el país a base de liquidar a sus compatriotas. ¿Qué digo liquidar? Eso es un término demasiado aséptico para describir una realidad salvaje, sucia y mezquina. Una vez más, lo macabro se enseñorea del país. Ahora ya no es una metáfora, sino una sanguinaria realidad.
Cualquier guerra es un escenario apropiado para que se desplieguen los elementos macabros, pero indudablemente una guerra civil presenta siempre en este aspecto un plus mórbido y truculento, derivado del hecho de que el enemigo no es alguien ignoto, sino un vecino o hasta un familiar. La cercanía, paradójicamente, exacerba el odio, hasta el punto de que se desencadena una multitudinaria orgía de sangre. Matar no es suficiente, sabe a poco, no colma la sed de odio. En este escenario toman carta de naturaleza las sevicias, las torturas, el sadismo. Siguiendo el símil de la “limpieza”, no basta con cortar las malas hierbas: lo que se quiere es arrancar las raíces. Por eso se persigue al “otro” hasta más allá de él mismo, de manera que su descendencia o parentela sufren las mismas consecuencias. Dicho en plata, se asesina también a los hijos y familiares de aquel a quien se persigue. En ese delirio macabro la razón queda desplazada por el simple impulso visceral. Así, por ejemplo, no es raro que, después de derrotarle, se trate de humillar al vencido, a veces incluso del modo más delirante, hasta más allá de la muerte: de ahí la profanación de tumbas y, en su suprema expresión escatológica, la vejación suprema, el conocido insulto llevado a la realidad: ¡me cago en tus muertos!
No tiene nada de extraño que un acontecimiento como la guerra civil de 1936-39, más la posterior represión franquista –sobre todo en sus primeros lustros, los llamados “años de plomo”- condicione toda la historia española del siglo XX y tiña nuestra reciente trayectoria histórica de rojo y negro, es decir, de tanta sangre derramada y tantas fosas improvisadas a lo largo de los caminos. Y que todo ello afecte a la consideración de nosotros mismos y a nuestras perspectivas de futuro. Los años de posguerra quedan marcados por la conciencia de fracaso colectivo. Lo mejor de nuestras letras, en el exilio interior o exterior, expresan esa realidad de forma descarnada. Cela o Delibes, por poner ejemplos incontestables, se nos presentan obsesionados por la muerte. El tremendismo recoge la herencia de los Solana y Valle-Inclán –en el fondo, la España negra, una vez más- y la eleva a la máxima expresión. Mientras tanto, el régimen franquista -la España oficial- se empeña en conmemorar la muerte a su manera. Primero, en forma de homenaje a los caídos en cada rincón de la geografía española; segundo, como continuación de ese culto, mitificando al caído por antonomasia, José Antonio (cuyos restos son enterrados solemnemente en dos momentos distintos y en dos distintos lugares); por último, construyendo un mausoleo megalómano, el llamado Valle de los Caídos en Cuelgamuros, en la sierra de Guadarrama.
Las memorias de los que vivieron la guerra o sufrieron la atroz represión subsiguiente completan el panorama. Las experiencias son obviamente disímiles pero casi todas ellas dibujan un entramado de miseria física y moral. “Yo fui feliz en la guerra”, proclamaría provocativamente Chumy Chúmez. No hay que dejarse engañar por las apariencias: el mejor humor español se tiñe de negrura. Tenía también una ilustre tradición de referencia: la literatura picaresca. Hasta llega a ser en algunas ocasiones humor macabro, como si el español dictaminara que, ya que no puede vencer a la muerte, solo cabe la opción de burlarse de ella. Ese desaliento –en el fondo, conciencia de fracaso, término que se pone de moda en los análisis intelectuales- se mantiene hasta la muerte de Franco. Con los primeros pasos del nuevo régimen y la incorporación a la Europa democrática se produce por primera vez en mucho tiempo un cambio de óptica. Ello implica, por lo que a nosotros nos atañe, que lo macabro perderá protagonismo, tanto en su presencia objetiva como en el debate público. Una situación que se mantendrá hasta que los nietos de quienes hicieron la transición pidan cuentas por los pactos suscritos en su momento y reclamen una nueva rendición de cuentas por el pasado: la apertura de las fosas de la guerra civil en nombre de la memoria histórica. Los muertos vuelven así al primer plano de la actualidad y la controversia política.
Este rápido recorrido por nuestro pasado pone de relieve de modo incuestionable el poderoso papel que ha desempeñado lo macabro en nuestra trayectoria histórica a lo largo de varios siglos. Tanto en el arte como en la literatura, en la religión y el ensayo, en el humor y en la vida cotidiana, en la praxis política y en los referentes culturales en sentido amplio, la muerte, lejos de aparecer como el fin de la vida y ser por tanto aceptada con naturalidad, se ha presentado revestida de los más negros ropajes, poseedora de las más taimadas artes, brutal, feroz, inhumana. Como corolario de esas premisas, el mensaje reiterado –casi siempre más explícito que implícito- era congruentemente el del terror a la muerte, porque la muerte rara vez era apacible o confortaba al ser humano. Muerte violenta, muerte inesperada, muerte atroz, muerte en la flor de la edad, muerte a mansalva, muerte con insoportables sufrimientos, muerte en pecado, muerte lenta, muerte repulsiva…, todas las modalidades de una muerte torva se dan cita para configurar lo macabro. Como el hombre es un animal paradójico aun así o, mejor dicho, precisamente por ello, se recrea en el grito necrófilo: “¡Viva la muerte!”.
Algunas referencias bibliográficas
Ariès, Philippe: El hombre ante la muerte, Taurus, Madrid, 1992.
Ariès, Philippe: Historia de la muerte en Occidente: desde la Edad Media hasta nuestros días, El Acantilado, Barcelona, 2000.
Ges, Carlos: La Hermana muerte: florilegio de macabrerías a través del humorismo español, Sociedad Castellonense de Cultura, Castellón de la Plana 1953.
Núñez Florencio, Rafael y Núñez González, Elena: ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro, Marcial Pons, Madrid, 2014.
Redondo, Augustin, ed. de: La peur de la mort en Espagne au siècle d'Or. Littérature et iconographie, Publications de la Sorbonne-Presses de la Sorbonne Nouvelle, París, 1993.
Tempora Magazine. http://www.temporamagazine.com/viva-la-muerte-lo-macabro-en-la-historia-de-espana/
El tema de la muerte para un historiador –aquí y ahora- presenta tres grandes dificultades de características claramente diferenciadas. En primer lugar, por ir a lo más obvio, la relativa renuencia que la cuestión en sí genera en muchas personas, mero trasunto de la disposición dominante en la sociedad actual. Con razón se ha acuñado la expresión de “pornografía de la muerte” (Geoffrey Görer, The Pornography of Death), trazando así un revelador paralelismo entre ella y el sexo o, para ser más precisos, contraponiendo la distinta suerte que han corrido una y el otro en el ámbito público: mientras que las relaciones sexuales han salido de las catacumbas al ágora, el asunto de la muerte ha sufrido un proceso opuesto, pasando de ocupar un lugar preeminente en la reflexión humana y en la vida cotidiana a un rincón velado y hasta vergonzante, encomendada a unos fríos especialistas y recluida en recintos cada vez más asépticos. Por decirlo con claridad meridiana, mientras que el hombre de hace pocos siglos convivía de modo natural con la muerte, la sociedad actual la desplaza a los márgenes y, hasta donde es posible, la ignora.
En segundo término, la muerte es un tema complicado para el estudioso porque contiene tantos elementos y presenta tantas derivaciones que resulta tentador acudir a la gastada pero eficaz imagen del agua escurriéndose entre los dedos. Para no irme por las ramas, me ceñiré a un dictamen apuntalado por la experiencia y el prestigio. Quiero referirme, nada menos, que a uno de los grandes sabios en esta materia, el eminente historiador francés Philippe Ariès. En el prefacio de su magistral y ya clásica Historia de la muerte en Occidente, significativamente subtitulado “Historia de un libro que no se acaba nunca”, subraya el profesor Ariès las dificultades de su investigación (la “inmensidad de la tarea”), derivadas en gran medida de “la naturaleza metafísica de la muerte” y sus grandes líneas de fuga. En otras palabras, el estudio de la consideración de la muerte en la historia se abre al examen de las prácticas funerarias, los tipos de enterramientos, las características de los cementerios, las actitudes pías, las creencias religiosas, las ceremonias, la reutilización de las fosas, las cofradías, los testamentos y así un sinfín de factores o elementos que, paradójicamente, plantean, por decirlo con sus propias palabras, más cuestiones de las que resuelven y remiten a las más diversas fuentes, “literarias, arqueológicas, litúrgicas”.
En tercer lugar –y créanme que estoy tratando de ser sintético- pese a todo lo señalado, o como diría un malintencionado, precisamente por ello, estamos ante un campo no diré que sustancialmente desconocido (porque eso sería una exageración), pero sí con lagunas inmensas o con grandes zonas oscuras. Este punto requiere un cierto detenimiento. ¿Qué me dice usted?, pensarán muchos, ¿y qué hay de los Tenenti, Vovelle, Chaunu, el propio Ariès, por recordar ahora tan solo los nombres señeros? ¿Y en nuestro propio país? Aunque aquí no hayamos tenido un equivalente a los Annales, no han faltado contribuciones valiosas en parcelas específicas. En efecto, me apresuro a reconocer. Y no solo eso, sino que es de justicia resaltar algunas de ellas.
Así, en la década final del siglo pasado se publicaron libros tan interesantes como los de Javier Varela (La muerte del rey. El ceremonial funerario de la monarquía española, 1500-1885), F. Martínez Gil (Muerte y sociedad en la España de los Austrias) y M. García Fernández (Los castellanos y la muerte. Religiosidad y comportamientos colectivos en el Antiguo Régimen). Más recientemente, es decir, en los primeros años de nuestro siglo, se han multiplicado las contribuciones, con especial incidencia en la Edad Media (J. Aurell y J. Pavón: Ante la muerte. Actitudes, espacios y formas en la España medieval; J. Pavón Benito: Morir en la Edad Media. La muerte en la Navarra medieval); en el Barroco (J. C. Bermejo de la Cruz: Actitudes ante la muerte en el Ávila del siglo XVII; R. Novero Plaza: Mundo y trasmundo de la muerte. Los ámbitos y recintos funerarios del Barroco español) y, en menor medida, la época contemporánea (J. Casquete y R. Cruz, eds.: Políticas de la muerte. Usos y abusos del ritual fúnebre en la Europa del siglo XX). Y eso citando solo, como quien dice, a vuelapluma. ¿Entonces? ¿No desmiente ese aparente interés en el tema lo dicho hasta ahora?
Seré rotundo: no. En absoluto. Y diré más, aunque reconozco que entro así en una estimación que puede tildarse de parcial o subjetiva. Me atrevo a señalar que podría hasta cierto punto contraponerse el interés por la muerte en el arte (y en especial la pintura) y en otras vertientes del conocimiento (la antropología, la medicina, la psicología clínica, la filosofía, los mismos estudios religiosos y teológicos, hasta la propia literatura y los análisis literarios) con el relativo abandono que ha mostrado hacia ella la historiografía. Por lo menos, si me apuran, la historiografía académica, la tradicional, la más establecida. Evidentemente que hay, pese a ello, algunas obras notables que iluminan determinadas parcelas del asunto –como acabamos de reconocer-, pero no dejan de ser como fogonazos dispersos en un mar de oscuridad.
De la muerte a lo macabro
Llegados a este punto no tengo más remedio que acudir a la experiencia personal. Cuando me planteé hacer una obra de conjunto –podría decirse que algo así como un ensayo interpretativo- sobre la consideración de la muerte en la España contemporánea, el reto se convirtió al mismo tiempo en una limitación insalvable, porque uno y otra –el reto y la limitación- resultaron ser al cabo la misma cosa. Me explico: lo que para mí era el mayor atractivo del tema –el hecho de que fuera un territorio no virgen pero sí poco explorado- constituía inevitablemente un obstáculo descomunal para mis planes, porque pronto constaté que carecía de los necesarios estudios específicos que funcionaran como basamento de mi pretendida construcción. No se puede hacer una obra de síntesis cuando faltan en la medida adecuada los análisis sectoriales y las investigaciones concretas. Hablar de la muerte -en general- en esas condiciones podía trocarse fácilmente en algo tan vacuo como hablar de la vida, sin más: puras elucubraciones, disquisiciones en el vacío o, para decirlo con una expresión popular, poco más que palos de ciego.
De este modo, tras aproximadamente un año de tanteos y de concienzudo examen bibliográfico, fue perfilándose –como se perfilan estas cosas, entre el azar y la necesidad- una dimensión de la muerte que parecía especialmente propicia para mis propósitos, por resultar relativamente abarcable y por gozar de una relevancia incuestionable en nuestra historia: me refiero a la dimensión de lo macabro. Aun así, el objeto de estudio seguía presentando caracteres de excesiva amplitud. Poco a poco se fue perfilando una perspectiva aún más concreta, la utilización de lo macabro en la historia hispana como arma de control político al tiempo que ingrediente fundamental de nuestra cultura y de nuestra concepción del mundo. Por formularlo de un modo claro y expresivo, el objetivo final era el estudio de la “política y cultura de lo macabro”. El punto de partida, al ser un estudio de historia contemporánea, y muy señaladamente circunscrito al siglo XX, no podía ser otro que el grito necrófilo por excelencia (“¡Viva la muerte!”) y el acontecimiento que serviría de pórtico tampoco podía ser congruentemente otro que el famoso incidente de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936 protagonizado por el general Millán Astray y el rector de la misma, don Miguel de Unamuno.
A partir de ese punto puede decirse que, aunque no exactamente todo viniera dado, sí al menos resultaba más diáfano: el fundador de la Legión y el catedrático salmantino representaban, cada cual a su manera, dos modos de entender la muerte y lo macabro que iban a tener una larga estela a lo largo de la centuria. Por esquematizar –e, inevitablemente, simplificar- puede decirse que una de esas líneas es la glorificación de la muerte violenta en el combate, propia sobre todo de las ideologías fascistas, mientras que la otra es la incorporación de lo macabro en la visión del mundo, una característica que acompaña y acentúa el sesgo pesimista de la intelectualidad española, sobre todo a partir del 98. Aquí, sin embargo, aparecía un problema imprevisto, y no precisamente menor. Al examinar, por ejemplo, la producción filosófica de Unamuno, la dramática de Valle-Inclán o la pictórica de Gutiérrez Solana, saltaba a la vista que todos ellos se nutrían de una tradición que a todas luces tenía que explicitarse, porque la vertiente de genios o creadores de cada uno de ellos era también indisociable de la recreación –cada cual a su modo- de una determinada herencia cultural que venía de muchos siglos atrás.
Volviendo una vez más a Ariès, me acordé en esta encrucijada de una de las recomendaciones del maestro, la de abrirse al “tiempo largo” –varios siglos-, porque según él mismo experimentó, los posibles inconvenientes de esa perspectiva quedan sobradamente compensados con una comprensión más cabal de los procesos y las mentalidades. Aquí vino en mi auxilio Elena Núñez, que se encargó de una parte de la obra para la que yo no me consideraba convenientemente preparado: la relativa al Medievo, Barroco y Romanticismo.
No se trataba de hacer una historia lineal sino de efectuar tres calas en el pasado, en momentos simbólicos y en movimientos representativos, para entender mejor -como antes decía- la elaboración que se va a hacer en el siglo XX de unos temas necrófilos que habían marcado profundamente nuestra manera de ser y estar en el mundo: por acudir nuevamente a la mayor brevedad expositiva, las danzas de la muerte medievales, la vanitas barroca y la exacerbación sentimental romántica. Por eso la obra que nos propusimos no obedece una línea cronológica convencional sino que se inicia en el siglo XX y deambula por él hasta que se impone una mirada a un tiempo anterior, a esos tres momentos de la historia, para luego volver, ya con ese arsenal, a un análisis de la guerra civil y de nuestra historia más reciente desde una óptica que creemos convenientemente enriquecida.
Lo macabro en España: ¿hay una especificidad española?
A estas alturas, ustedes se habrán preguntado ya por lo que hay de macabro en la historia hispana. ¿Se distingue España por su propensión macabra, es decir, hay una cierta especificidad española en este sentido? Adelantamos ya nuestra conclusión y la expresamos sin ambages: decididamente no. Otros países, otras sociedades, otras culturas nos han superado y nos superan en ese ámbito. Aunque hay algunas constantes culturales a lo largo de los siglos, sería arriesgado proclamar que estas constituyen un entramado definido y claramente reconocible.
Rechazamos por tanto de modo terminante cualquier esencialismo, porque la metafísica poco o nada tiene que ver con la historia concreta. Ahora bien, del mismo modo tenemos que apresurarnos a fijar nuestra posición contraria al estereotipo opuesto: esa determinada tendencia de la marca España que insiste en un vitalismo unívoco como componente típico del carácter español; o ese tópico que aún perdura –y que incluso se ha potenciado en algunos aspectos- acerca de que este es solo el país del sol, de la alegría, la pasión, la juerga y las ganas de vivir. En definitiva, no suscribimos esa imagen excluyente de una España absolutamente contrapuesta a la muerte que se empeña en presentar una determinada propaganda.
O, mejor dicho, la admitimos solo como una de las diversas caras del país y de sus gentes. Para subrayar seguidamente que, junto a esa faceta, la historia y la cultura española se han distinguido también por todo lo contrario: por enfatizar los aspectos más negros de la existencia (este mundo, “valle de lágrimas”) y hasta solazarse en ellos; por una sostenida pulsión cainita que no solo se ha manifestado en las guerras civiles, sino en la persecución implacable del enemigo interior (los “malos españoles”); y por una fijación morbosa hacia el dolor, la crueldad, el tormento o la represión inmisericorde. Es verdad que en ninguno de estos aspectos España y la historia española son distintas de otras muchas naciones, probablemente la mayoría. Pero conviene no olvidar que, con más o menos razones, este país, el nuestro, sigue siendo identificado por millones de extranjeros como el país de las mazmorras de la Inquisición y de los Autos de fe; la potencia imperial dirigida por la mano de hierro de Felipe II y la saña ejecutora del Duque de Alba; y aún se sigue diciendo que los españoles no conciben la diversión y la fiesta sin derramar sangre, como se hace en la llamada “fiesta nacional”.
Como todo el mundo sabe, la concepción católica de la vida y la muerte ha marcado profunda e indeleblemente el devenir hispano. Aunque España no destacó en especial en las representaciones propiamente macabras –si entendemos por tales, aplicando el sentido etimológico, las danzas de la muerte y sus distintas variantes-, sí que siguió la tendencia general de la cristiandad en el sentido de popularizar las figuras de santos y mártires, que eran comúnmente representados en el momento culminante de sufrir todo tipo de crueldades en aras de la fe. Luego, la pintura del Siglo de Oro llevó ese encarnizamiento –la carne doliente hasta el paroxismo- a su expresión más depurada y conmovedora, hasta el punto de que ese sería uno de los rasgos del arte español que más llamaría la atención posterior de la mirada foránea.
Por otro lado, el espíritu contrarreformista y la sensibilidad barroca, de consuno, crearían el caldo de cultivo para que se potenciara una concepción tenebrista de la existencia. En el caso español a todo ello vino a sumarse el conjunto de reveses políticos y militares que marcaron el siglo XVII (el famoso asunto de la “decadencia”, cuestión objeto de controversia aún hoy), generando un peculiar estado de ánimo que llevó a preferir el sueño sobre la realidad (de Cervantes a Quevedo), a despreciar la vida mundana (de Zurbarán a Mañara), a plasmar los aspectos más deleznables de la materia (bodegones) o, en último término, a regodearse en la putrefacción de la carne (Valdés Leal).
Ese espíritu y ese ambiente se mantendrían a lo largo de todo el Antiguo Régimen. De ellos bebe otro genio, Francisco de Goya, que, a finales del siglo ilustrado (que en nuestro país fue bastante menos ilustrado de lo que suele decirse), halla en lo macabro la expresión última de un país que ha perdido la razón, sueña monstruos, devora a sus hijos, dirime sus diferencias a garrotazos y está poblado de seres espectrales (brujas, locos, sádicos, aquelarres diversos). Quizás por todo ello el romanticismo español se nos muestra marcadamente apesadumbrado, carece del espíritu positivo de un Goethe, del desgarro aventurero de un Byron, del impuso vital de un Víctor Hugo. El romanticismo español, ramplón y alicorto, piensa en el mejor de los casos en muertos y fantasmas (Espronceda, Bécquer), mientras que la mayoría de los autores pone buen cuidado en respetar convenciones y creencias arraigadas (el Tenorio de Zorrilla como paradigma).
España, un país triste, dice poco después Azorín, una nación que vive en la oscuridad (real y figurada) y solo quiere pensar en la muerte. El 98 añade, en efecto, un color aún más oscuro al cristal con el que artistas, literatos, políticos e intelectuales en general miran la realidad presente, pasada y futura de un país de eunucos (Joaquín Costa), sin pulso (Silvela), miserable (Zuloaga) o embrutecido (Baroja). Obsérvese que en todos los casos las caracterizaciones conducen más a la muerte que a la vida. La muerte por consunción, podría decirse, pero eso sería en el mejor de los casos.
Lo macabro y la guerra civil
Al mezclarse con la brutalidad, la pulsión necrófila desemboca en el escenario macabro. La muerte es el gran tema lorquiano, pero es una muerte indisociable de la represión, la violencia, la crueldad. Lo contrario, desde luego, de una muerte apacible. El mismo Lorca va a tener ocasión de comprobarlo en sus propias carnes. Denuncias anónimas, arrestos masivos, sacas, paseos, ley de fugas, fusilamientos al amanecer… No hay que olvidar la otra línea necrófila de la que hablamos antes, la de los vivas a la muerte y los mueras a la inteligencia. Al final, el fanatismo parece ser contagioso. A uno y otro lado del espectro político, constituidos en bandos irreconciliables, cientos de miles de españoles están empeñados en “limpiar” el país a base de liquidar a sus compatriotas. ¿Qué digo liquidar? Eso es un término demasiado aséptico para describir una realidad salvaje, sucia y mezquina. Una vez más, lo macabro se enseñorea del país. Ahora ya no es una metáfora, sino una sanguinaria realidad.
Cualquier guerra es un escenario apropiado para que se desplieguen los elementos macabros, pero indudablemente una guerra civil presenta siempre en este aspecto un plus mórbido y truculento, derivado del hecho de que el enemigo no es alguien ignoto, sino un vecino o hasta un familiar. La cercanía, paradójicamente, exacerba el odio, hasta el punto de que se desencadena una multitudinaria orgía de sangre. Matar no es suficiente, sabe a poco, no colma la sed de odio. En este escenario toman carta de naturaleza las sevicias, las torturas, el sadismo. Siguiendo el símil de la “limpieza”, no basta con cortar las malas hierbas: lo que se quiere es arrancar las raíces. Por eso se persigue al “otro” hasta más allá de él mismo, de manera que su descendencia o parentela sufren las mismas consecuencias. Dicho en plata, se asesina también a los hijos y familiares de aquel a quien se persigue. En ese delirio macabro la razón queda desplazada por el simple impulso visceral. Así, por ejemplo, no es raro que, después de derrotarle, se trate de humillar al vencido, a veces incluso del modo más delirante, hasta más allá de la muerte: de ahí la profanación de tumbas y, en su suprema expresión escatológica, la vejación suprema, el conocido insulto llevado a la realidad: ¡me cago en tus muertos!
No tiene nada de extraño que un acontecimiento como la guerra civil de 1936-39, más la posterior represión franquista –sobre todo en sus primeros lustros, los llamados “años de plomo”- condicione toda la historia española del siglo XX y tiña nuestra reciente trayectoria histórica de rojo y negro, es decir, de tanta sangre derramada y tantas fosas improvisadas a lo largo de los caminos. Y que todo ello afecte a la consideración de nosotros mismos y a nuestras perspectivas de futuro. Los años de posguerra quedan marcados por la conciencia de fracaso colectivo. Lo mejor de nuestras letras, en el exilio interior o exterior, expresan esa realidad de forma descarnada. Cela o Delibes, por poner ejemplos incontestables, se nos presentan obsesionados por la muerte. El tremendismo recoge la herencia de los Solana y Valle-Inclán –en el fondo, la España negra, una vez más- y la eleva a la máxima expresión. Mientras tanto, el régimen franquista -la España oficial- se empeña en conmemorar la muerte a su manera. Primero, en forma de homenaje a los caídos en cada rincón de la geografía española; segundo, como continuación de ese culto, mitificando al caído por antonomasia, José Antonio (cuyos restos son enterrados solemnemente en dos momentos distintos y en dos distintos lugares); por último, construyendo un mausoleo megalómano, el llamado Valle de los Caídos en Cuelgamuros, en la sierra de Guadarrama.
Las memorias de los que vivieron la guerra o sufrieron la atroz represión subsiguiente completan el panorama. Las experiencias son obviamente disímiles pero casi todas ellas dibujan un entramado de miseria física y moral. “Yo fui feliz en la guerra”, proclamaría provocativamente Chumy Chúmez. No hay que dejarse engañar por las apariencias: el mejor humor español se tiñe de negrura. Tenía también una ilustre tradición de referencia: la literatura picaresca. Hasta llega a ser en algunas ocasiones humor macabro, como si el español dictaminara que, ya que no puede vencer a la muerte, solo cabe la opción de burlarse de ella. Ese desaliento –en el fondo, conciencia de fracaso, término que se pone de moda en los análisis intelectuales- se mantiene hasta la muerte de Franco. Con los primeros pasos del nuevo régimen y la incorporación a la Europa democrática se produce por primera vez en mucho tiempo un cambio de óptica. Ello implica, por lo que a nosotros nos atañe, que lo macabro perderá protagonismo, tanto en su presencia objetiva como en el debate público. Una situación que se mantendrá hasta que los nietos de quienes hicieron la transición pidan cuentas por los pactos suscritos en su momento y reclamen una nueva rendición de cuentas por el pasado: la apertura de las fosas de la guerra civil en nombre de la memoria histórica. Los muertos vuelven así al primer plano de la actualidad y la controversia política.
Este rápido recorrido por nuestro pasado pone de relieve de modo incuestionable el poderoso papel que ha desempeñado lo macabro en nuestra trayectoria histórica a lo largo de varios siglos. Tanto en el arte como en la literatura, en la religión y el ensayo, en el humor y en la vida cotidiana, en la praxis política y en los referentes culturales en sentido amplio, la muerte, lejos de aparecer como el fin de la vida y ser por tanto aceptada con naturalidad, se ha presentado revestida de los más negros ropajes, poseedora de las más taimadas artes, brutal, feroz, inhumana. Como corolario de esas premisas, el mensaje reiterado –casi siempre más explícito que implícito- era congruentemente el del terror a la muerte, porque la muerte rara vez era apacible o confortaba al ser humano. Muerte violenta, muerte inesperada, muerte atroz, muerte en la flor de la edad, muerte a mansalva, muerte con insoportables sufrimientos, muerte en pecado, muerte lenta, muerte repulsiva…, todas las modalidades de una muerte torva se dan cita para configurar lo macabro. Como el hombre es un animal paradójico aun así o, mejor dicho, precisamente por ello, se recrea en el grito necrófilo: “¡Viva la muerte!”.
Algunas referencias bibliográficas
Ariès, Philippe: El hombre ante la muerte, Taurus, Madrid, 1992.
Ariès, Philippe: Historia de la muerte en Occidente: desde la Edad Media hasta nuestros días, El Acantilado, Barcelona, 2000.
Ges, Carlos: La Hermana muerte: florilegio de macabrerías a través del humorismo español, Sociedad Castellonense de Cultura, Castellón de la Plana 1953.
Núñez Florencio, Rafael y Núñez González, Elena: ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro, Marcial Pons, Madrid, 2014.
Redondo, Augustin, ed. de: La peur de la mort en Espagne au siècle d'Or. Littérature et iconographie, Publications de la Sorbonne-Presses de la Sorbonne Nouvelle, París, 1993.
El telón de acero
El telón de acero. La destrucción de Europa del Este, 1944-1956. Anne Applebaum. Traducción de Silvia Pons Pradilla. Debate, Barcelona, 2014. 704 pp.
El Cultural, 9-5-2014, p. 22.
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/34625/El_telon_de_acero_La_destruccion_de_Europa_del_Este_1944%C2%961956
Los lectores interesados en la historia política del s. XX recordarán probablemente Gulag. Historia de los campos de concentración soviéticos, el anterior gran libro de Anne Applebaum (Washington D.C., 1964), una obra monumental que yo mismo tuve ocasión de reseñar en estas páginas, que ganó el Pulitzer de no ficción en 2003 y que fue pronto traducido al español y publicado en la misma editorial (Debate, 2004) que ahora nos presenta El telón de acero. Diez años después la ambición y la minuciosidad investigadoras de la periodista norteamericana se mantienen en este nuevo reto, un fresco impresionante de lo que fue la vida cotidiana, económica, cultural y sobre todo política del este europeo bajo el yugo soviético. No obstante, conviene precisar a este respecto que su investigación tiene una estricta delimitación cronológica (desde los estertores de la guerra al año 56) y, aún más importante, que se centra solo en tres países (Polonia, Hungría y República Democrática Alemana), dejando el resto de las naciones de la zona en un discreto segundo plano.
Aun con esas especificaciones, estamos ante un esfuerzo colosal, que implica el dominio de varias lenguas, un gran conocimiento del contexto a varios niveles, un rastreo por innumerables archivos y una habilidad incuestionable para orientarse entre fuentes variopintas y una documentación abrumadora (solo las notas y bibliografía ocupan unas cien páginas del volumen). Pero que no se espante el simple interesado: el tono y el lenguaje de Applebaum siguen siendo lo mismo de cercanos, atractivos y diáfanos que en trabajos anteriores. En una palabra, consigue transformar la complejidad y hasta la posible aridez de una excelente monografía en el formato de la más trepidante crónica periodística.
El propósito fundamental de Applebaum es estudiar cómo se implanta en la práctica un sistema totalitario, cómo afecta a millones de personas y cómo la gente se adapta, subsiste o se rebela ante esa imposición. Ese objetivo se complementa con el examen de la destrucción premeditada de la sociedad civil y los diversos fenómenos que acompañan el proceso, desde la educación a las manifestaciones artísticas, pasando naturalmente por las formas de control de la población. Este punto, obviamente determinante para la supervivencia de los regímenes tutelados por Moscú, incluye a su vez la más variada gama de recursos, desde los burdos y brutales (ejecuciones, encarcelamientos, trabajos forzados) hasta los persuasivos (propaganda en prensa y radio). Todo ello conforma un panorama complejo de violencia, represión, silencio y miedo que marcaría de modo indeleble y uniforme, pese a la variedad de origen, a los diversos países que quedaron tras el telón de acero.
Con ser penosas las condiciones de vida –y hasta durísimas en algunos momentos o para algunas minorías-, Applebaum subraya en diversas ocasiones que lo peor fue tener que convivir con la mendacidad impuesta de forma permanente desde el poder: por decirlo con las sentenciosas palabras de uno de los más famosos disidentes, el checo Václav Havel, la obligación de “vivir en la mentira”. Lo que importaba no era tanto creer o no en la teoría como “repetirla como un ritual”. Bien es verdad por otro lado que el totalitarismo, con su voluntad desenfrenada e insaciable de controlarlo todo, tenía en sus propias entrañas las semillas de su destrucción, porque cualquier manifestación de vitalidad social, incluso la más nimia, terminaba convirtiéndose en una forma de protesta en potencia. El totalitarismo nunca funcionó, nunca cumplió los objetivos que él mismo se proponía. Se menciona en este punto un dato revelador –y curioso para el lector español- como es la comparación entre el PNB de Polonia y España entre 1950 y 1988, con un progreso apabullante de la segunda sobre la primera. Sin embargo, lo que sí consiguieron estos regímenes fue causar un daño inmenso a la sociedad civil. Según Applebaum se pone así de manifiesto cómo una minoría decidida, si cuenta con fuerza y recursos, puede destruir la libertad y las instituciones de forma duradera. Por eso, desde una perspectiva más distanciada, la autora considera que la historia de la estalinización muestra “lo frágil que puede llegar a ser la civilización”.
RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO
miércoles, 30 de abril de 2014
El peso de la responsabilidad
El peso de la responsabilidad. Blum, Camus, Aron y el siglo XX francés. Tony Judt. Traducción de Juan Ramón Azaola. Taurus, Madrid, 2014. 288 pp.
El Cultural, 18-04-2014, p. 23.
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/34522/El_peso_de_la_responsabilidad_Blum_Camus_Aron_y_el_siglo_XX_frances
Más que un historiador, Tony Judt (Londres, 1948-N. York, 2010), ha desempeñado el papel de ensayista influyente e intelectual comprometido en esta revolucionaria era de internet en la que tan difícil resulta ejercer esos roles. Sus obras, desde Pasado imperfecto a Pensar el siglo XX, pasando por ¿Una gran ilusión?, Algo va mal y Postguerra -por citar solo las más representativas-, han gozado de una calurosa acogida no solo entre sus colegas y la crítica especializada sino entre el público en general, por su capacidad para diseccionar con rigor y claridad la complejidad del mundo contemporáneo. Cualquiera que haya leído algunas de las obras anteriores, sabe que los intelectuales y la Francia del s. XX han sido dos de sus temas recurrentes. Ambos aparecen nuevamente en este breve y peculiar ensayo.
La peculiaridad –que, en cualquier caso, no extrañará al que conozca la obra de Judt- viene dada por el singular punto de partida, una crítica descarnada de la vida pública francesa entre 1918 y 1975, “formada y deformada por tres formas de irresponsabilidad colectiva e individual que se superponían y se cruzaban”: política, moral e intelectual. En ese marco de mediocridad y cobardía destacan las figuras de tres hombres que se atrevieron a enfrentarse a sus coetáneos: Leon Blum, el “profeta desdeñado”; Albert Camus, el “moralista reticente” y Raymond Aron, el “insider periférico”. Tres hombres muy distintos pero con una cualidad en común, la de ser profundamente incómodos para sus conciudadanos.
Los tres, escribe Judt, aunque teóricamente integrados en el ambiente cultural del momento, “estaban a menudo en desacuerdo con su tiempo y su lugar”. Eran por tanto hasta cierto punto outsiders, por emplear la conceptuación del autor. Y lo que les hermana, más allá de sus ostensibles diferencias, es su “compartida cualidad de valentía moral”, su disposición para tomar partido no contra sus teóricos oponentes sino contra su propio bando. Alzaron la voz frente al conformismo político e intelectual, desafiaron el yugo de lo establecido, pagando por ello un alto precio: la soledad, la descalificación, el desprecio incluso. En este sentido, la cita de Camus con la que se abre el volumen sería de aplicación estricta a los tres: “Si existiera un partido de los que no están seguros de tener razón, yo estaría en él”. Y, como coda, no sería menos aplicable la reflexión de Aron: no se trata de elegir el bien frente al mal, sino lo preferible a lo detestable.
Todos ellos en mayor o menor medida cometieron errores. Pero supieron reconocerlos, a menudo con un gran desgaste personal, en ocasiones con riesgo y casi siempre a costa de concitar una profunda incomprensión. Era el precio de ir a contracorriente. Blum, decía Gide, nunca está seguro, siempre está indagando: demasiada inteligencia y poco carácter. Camus se enfrentaba al establishment intelectual con osadía: “¿No creéis que somos todos responsables de la ausencia de valores?” El inconformismo de Aron despertó una hostilidad indisimulada en el estamento académico e intelectual durante tres décadas. Los tres fueron anticomunistas pero, como subraya Judt, fue el modo en que lo fueron lo que les hace útiles “para la mejor comprensión del país y de su tiempo”.
No es casual que el libro esté dedicado a François Furet, porque el gran historiador francés no solo admiraba a esos tres hombres, sino que él mismo fue tratado –según Judt- de un modo no muy distinto a ellos. A su vez, el referente lejano de todos los citados sería otro gran pensador francés, Alexis de Tocqueville. Se dibuja así una línea de grandes intelectuales que, por su capacidad para desafiar las ideas y convenciones del momento que les toca vivir, brillan con luz propia, pero sufren también el resentimiento de sus próximos, son vilipendiados y, en fin, dado el servilismo imperante, no logran crear escuela: no hay escuela Furet de historia francesa, como no la hay Blum de socialismo, Camus de ética o Aron de sociología. Estos tres hombres, sostiene Judt, solo eran fieles a sus convicciones. Esa es en definitiva la razón por la que, con el tiempo, han llegado a simbolizar “lo mejor de Francia”.
RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO
lunes, 28 de abril de 2014
No solo miedo: las zonas grises del franquismo
NO SOLO MIEDO: LAS ZONAS GRISES DEL FRANQUISMO
Publicado en Revista de Libros:
http://www.revistadelibros.com/articulos/no-solo-miedolas-zonas-grises-del-franquismo
Miguel Ángel del Arco, Carlos Fuertes Muñoz, Claudio Hernández Burgos y Jorge Marco (eds.): No solo miedo. Actitudes políticas y opinión popular bajo la dictadura franquista (1936-1977), Comares, Granada, 2013. 240 págs.
Claudio Hernández Burgos: Franquismo a ras de suelo. Zonas grises, apoyos sociales y actitudes durante la dictadura (1936-1976), Universidad de Granada, Granada, 2013. 448 págs.
RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO
Hitler fue un psicópata, mucho más que un asesino, un monstruo. ¿Y Stalin? Poco más o menos lo mismo o, en la estimación de muchos, bastante peor en aspectos trascendentales, como la duración del terror y el número de víctimas . Mussolini fue un bufón ridículo, aparte de un megalómano criminal. Eso por lo que respecta a los dictadores de mediados del siglo XX. Desde otra perspectiva, aunque manteniéndonos en el mismo lapso histórico, el pueblo francés –como todo el mundo sabe- resistió gallardamente bajo la bota nazi y un considerable número de patriotas desafiaron el yugo alemán al punto de pagar esa valentía heroica con el sacrificio de la propia vida.
Son solo algunos ejemplos –bastante elementales por lo demás- de elaboración de un pasado que tranquiliza las conciencias y, hasta podría decirse, facilita la digestión de los acontecimientos incómodos y los traumas del pasado. Las sociedades concernidas -o determinadas e influyentes partes de esas colectividades, si queremos ser precisos-, acogen con fruición explicaciones que no solo las exculpan sino que en algún extremo distorsionan los hechos pretéritos para que digan lo que conviene que digan. Algunos historiadores, bastantes intelectuales, muchos políticos, una considerable porción de la prensa y otros miembros destacados del establishment se aprestan con entusiasmo a elaborar el producto que la sociedad en cuestión consume, como hemos dicho, con suma complacencia. Es verdad que esto no pasa en todas las sociedades ni en el mismo grado: por poner otro ejemplo incontrovertible, fue notorio durante mucho tiempo el contraste entre la buena conciencia francesa –se diría que más de media Francia había militado en la Resistencia- y la generalizada asunción de culpas de algunos de los vencidos en 1945, señaladamente Alemania y Japón .
No es lo mismo, sin embargo, asumir una culpa más o menos difusa que verse señalados, por ejemplo, como colaboradores activos en la consumación de un hecho atroz, como un genocidio. La publicación y, sobre todo, la masiva recepción que tuvo el libro del norteamericano Daniel Goldhagen abrió una etapa de encendidos debates sobre la participación de los alemanes corrientes en la maquinaria del Holocausto que aún llega hasta hoy y que se ha visto enriquecida con multitud de aportaciones y testimonios. Complementariamente, también terminaría por caer otro mito, el de que los sufrimientos alemanes cesaron con la caída de la dictadura nazi, el fin de la guerra y la “liberación” . El ajuste de cuentas historiográfico también le llegaría a los franceses bajo la ocupación alemana, que resultaron ser en su gran mayoría –según recientes aportaciones- menos heroicos de lo que presumían y que, más allá de ello, en una considerable proporción, dieron sobradas muestras de un indisimulado espíritu acomodaticio cuando no de actitudes francamente colaboracionistas . El examen descarnado de los hechos ha llegado a afectar a los propios judíos: según algunos autores, los supervivientes o los que se libraron de la persecución nazi no han tenido mayores reparos en instrumentalizar la Shoah para causas espurias o, como mínimo, oportunistas y sectarias .
Señalo todo lo anterior antes de entrar en el ámbito español porque aquí, en nuestros lares, ha tenido lugar un proceso que en parte guarda ciertas analogías con lo apuntado pero que presenta también rasgos específicos y muy significativos. Sobre todo en cuestión de tiempos, un detalle nada despreciable por cuanto ha supuesto que el debate historiográfico haya seguido unas pautas no coincidentes con las de la mayor parte de los países de nuestro entorno. Me explico: el modo en que se realizó la transición de la dictadura a la democracia –no ya sin revolución sino sin ruptura legal siquiera- condujo a las elites políticas, a los mass media y a los intelectuales en general a no cargar las tintas en la caracterización del antiguo régimen y sus representantes. Por supuesto que la izquierda en particular y los sectores democráticos en general abominaban del franquismo, condenaban sus métodos brutales y aspiraban a construir un sistema distinto, basado en el respeto a las libertades y la tolerancia. Pero precisamente por ello, por eso mismo, se trataba de no hacer sangre. El posibilismo, el gradualismo y la contención se dibujaban como las vías más seguras y, en todo caso, en el sentir de muchos, las únicas viables dadas las circunstancias.
El objetivo era mirar hacia delante, no hacia atrás. ¡Claro que el pasado se hacía notar como un pesado lastre, por no decir otras cosas peores! Pero no era tanto una cuestión de condenar como de superar. El silencio (relativo, dicho sea de paso) sobre ese pasado ominoso no era fruto del olvido, sino más bien todo lo contrario. El fantasma de la guerra civil gravitaba de un modo tan asfixiante sobre los artífices de la transición que estaban dispuestos casi a cualquier cosa con tal de no incidir en los mismos errores. En la estimación mayoritaria del momento la fuente de todos los errores fue la conversión del adversario o el simple discrepante en enemigo y, en consecuencia, su exclusión de la vida pública en primer término y luego de la vida sin más. La política del pacto -el consenso- surgió de esa convicción. Dos o tres décadas después, con un sistema de libertades ya asentado y con el país plenamente inserto en el contexto político europeo, las nuevas generaciones se sintieron en la obligación (moral y política) de pedir cuentas por el modo en que tuvo lugar el tránsito de régimen.
El cuestionamiento de la transición llevó a mirar el pasado anterior a ella con otros ojos. No parecía tanto una nueva valoración (al fin y al cabo el consenso no era en el fondo otra cosa que construir entre todos una alternativa al indeseado e indeseable sistema dictatorial) como un cambio de tono o una cuestión de énfasis. Bien es verdad que lo que en un principio pudo quedarse en asunto de especialistas y, a lo sumo, de matices o perspectivas, se convirtió pronto, en un ambiente político enconado, en una actitud cualitativamente distinta que afectaba tanto a la consideración del pasado como a la (des)estimación misma de la democracia española. La historia se convertía así en un arma arrojadiza en la controversia política. Una específica rememoración del pasado (que pronto fue conocida como “memoria histórica”) resultó ser un recurso muy eficaz para deslegitimar a determinados partidos o sectores. Más que un dictador a secas, Franco era un fascista solo comparable a Hitler y Mussolini. En términos militares, lisa y llanamente un criminal de guerra. Se extendió la especie –incluso en obras académicas- de que prolongó artificialmente la guerra para ejecutar una limpieza sistemática de la población civil . Era por tanto un genocida. La guerra y la represión subsiguiente constituían el holocausto español, no como metáfora, sino como espejo de la realidad . El régimen que fundó se mantuvo por consiguiente gracias al empleo sistemático del terror: juicios sumarísimos, ejecuciones, torturas, cárceles, campos de concentración, política de exterminio …
Esta interpretación, pronto hegemónica en el ámbito universitario, ha venido siendo contestada por una serie de autores y obras que, sin discutir lo esencial –la naturaleza represiva del franquismo, el uso sistemático de la violencia en todos los órdenes, etc.- han querido introducir algunos factores que conforman un escenario más complejo. Por ejemplo, empezando por la misma guerra civil, que Franco no fue un general incompetente y cobarde que triunfó tan solo gracias a la ayuda germano-italiana . O que la represión franquista, incluso en la primera hora, siendo como fue despiadada y atroz, no tuvo los caracteres de exterminio masivo que algunos le atribuyen . La importancia de las obras que aquí consideramos reside precisamente en que no siendo exactamente pioneras, sí parecen consolidar el giro que se está produciendo en la historia académica en el sentido antedicho. Sin que ello suponga que el péndulo tenga que llegar al otro extremo. Por decirlo con las certeras palabras de un buen conocedor del tema, Ismael Saz, el investigador -con los datos en la mano- no tiene más remedio que asumir que “una dictadura no se sostiene únicamente por el miedo y la represión”. No solo miedo es precisamente el título de la obra en la que se deslizan esas apreciaciones. Ahora bien, sigue diciendo Saz, afirmar “que no fue solo el miedo quiere decir exactamente eso, que no fue solo eso, pero no niega que también fuese eso” (pág. 224).
En efecto, no solo miedo, viene a ser lo mismo que decir no solo represión, no solo terror. También se podría expresar de otra manera: un régimen difícilmente se sostiene casi cuatro décadas con la resuelta oposición de la sociedad que lo sufre. Eso significa en el mejor de los casos, que solo una parte reducida -por no decir directamente pequeña- de la población estaba dispuesta a desafiar al poder con una oposición activa. Eso significa igualmente que otra parte del país, obviamente mucho más extensa, tuvo una actitud más o menos pasiva que se movió en una zona gris entre la resignación, el desentendimiento y, si acaso, la colaboración puntual. Y no hay que olvidar por último a esa porción de la sociedad española que, sin tener grandes convicciones doctrinales o políticas, se avino a formar parte del entramado institucional de una manera más o menos circunstancial u oportunista, aunque fuera en los niveles más modestos, como concejales, alcaldes de pequeñas poblaciones, delegados, representantes sindicales, etc. Frente a un cuadro de perfiles definidos en blancos y negros –verdugos y oprimidos- se postula aquí, en estos libros, un panorama sustancialmente distinto, caracterizado por la preponderancia de zonas grises, es decir, amplias capas de la población que no se distinguían por su adhesión al régimen pero que se acomodaron a él de mejor o peor gana. Junto con “no solo miedo”, “zonas grises” constituye la caracterización de la sociedad española bajo el franquismo que más se repite en estas obras (y una de ellas lo proclama abiertamente desde la misma portada).
El volumen que lleva por título No solo miedo es una obra colectiva en la que intervienen quince profesores universitarios con artículos muy diversos –como suele ser usual en estos proyectos- que abarcan en su conjunto todo el período franquista (e incluso un pequeño lapso de la transición), aunque la mayor parte de ellos aborda temas muy concretos con delimitaciones cronológicas no menos precisas. Globalmente, el subtítulo define bien el contenido de la obra: “Actitudes políticas y opinión popular bajo la dictadura franquista (1936-1977)”. Aquí encontramos de todo, desde contribuciones precisas y sugerentes hasta artículos correctos que no dicen apenas nada nuevo porque simplemente recalan en lo obvio. En la aportación que abre el volumen, Francisco Cobo sitúa el problema en la perspectiva internacional, con un somero análisis de la bibliografía que ha ido apareciendo en los últimos años acerca de “los apoyos sociales prestados al fascismo italiano y al nazismo”. Luego, en la primera parte (desde mi punto de vista, la más interesante), bajo el epígrafe de “Desde la noche de los tiempos”, se desbrozan las diversas actitudes –desde la colaboración a la resistencia, pasando por toda la gama intermedia de matices- de los españoles bajo la guerra civil y el primer franquismo. El primer trabajo que aquí aparece lo firma Claudio Hernández Burgos, el autor del segundo libro que comentamos en esta reseña. Su título, “Mucho más que egoísmo y miedo”, nos pone claramente en la pista de lo que trata: las heterogéneas razones y actitudes de los españoles que lucharon en uno y otro bando durante la guerra civil. No es cuestión que obviamente pueda resolverse en una docena de páginas, pero sus apuntes son perspicaces y ponderados.
Otro tanto podría decirse de la contribución que firma Carlos Gil Andrés sobre las diversas formas que adquirió la “colaboración ciudadana en la gran represión”, un “fenómeno complejo” en el que tuvieron cabida desde los enragés fanáticos y vengativos (o directamente sádicos) hasta –en el extremo opuesto- los intercesores que se jugaron la vida por proteger a determinadas personas. Es interesante también el ensayo de Miguel Ángel del Arco sobre las cruces de los caídos como “instrumento nacionalizador en la cultura de la victoria”. Los dos últimos artículos de esta primera parte se refieren respectivamente a los “cuadros locales de la dictadura” (o, en otras palabras, las bases sociales del régimen) y, en el extremo opuesto, las resistencias populares al franquismo, entendidas no como levantamientos ni como oposición frontal, sino como “estrategias” que, sobre todo en las zonas rurales, trataban de “mantener una valiosa distancia con respecto a las representaciones que el Estado franquista intentaba imponer en su labor de represión social y psicológica” (pág. 107).
La segunda parte contiene otros siete artículos heterogéneos, todos ellos encuadrados en la siguiente etapa cronológica -las décadas de los sesenta y setenta: desarrollismo franquista y primera transición-, una época en la que la política rígida de represión es sustituida por formas de control relativamente más sofisticadas en el contexto del nuevo marco de crecimiento económico, atenuación del aislamiento internacional y paulatinas transformaciones sociales. A propósito, se desliza aquí un lapsus llamativo, porque el epígrafe que engloba todo ello según el índice y el titular de la pág. 109 es “Nuevos rumbos, nuevos actores”, cuando en realidad querría decir, según se razona en la introducción, “Viejos rumbos, nuevos actores”, porque lo que se trata de mostrar es que “bajo los intentos de modernización política de la dictadura se escondían los ‘viejos rumbos’ de siempre” (pág. 11).
Aunque precisamente en este lapso histórico debían alcanzar todo su sentido las expresiones de “no solo miedo” y “zonas grises”, no se indaga lo suficiente en el tránsito entre la dureza de posguerra y las nuevas coordenadas sociopolíticas. Aquí se ponen de relieve las limitaciones de un volumen como este, que es una yuxtaposición de trabajos meritorios pero al que falta una columna vertebral que proporcione solidez y empaque a un conjunto que queda un tanto deslavazado. El primer artículo de esta sección, el análisis de las actitudes políticas de los españoles según la prensa extranjera, aun siendo interesante en sí, parece metido con calzador en este contexto. Da la impresión de que se impone la cuota de lo políticamente correcto con “la perspectiva de género” –el papel de la Sección Femenina-, mientras que otros trabajos analizan las “políticas sociales”, la televisión como poderosa arma de propaganda, la evolución del catolicismo o los resquicios de participación política en los estertores del franquismo. El recorrido se cierra con un análisis del papel del medio televisivo ya muerto Franco, en vísperas de la democracia.
En definitiva, un libro interesante más por sus sugerencias que por sus aportaciones concretas, al que lastra -por una parte- la ya aludida dispersión o heterogeneidad y, por otra, la misma brevedad de las contribuciones que lo integran, un factor nada desdeñable porque hace casi imposible profundizar en los asuntos que se abordan. Unas virtudes y defectos que aparecen ahora invertidos en el siguiente volumen que consideramos en esta reseña, el que firma Claudio Hernández Burgos con el título de Franquismo a ras de suelo. Resultado de la reelaboración de una tesis doctoral, se omite cuidadosamente en el título y subtítulo que se trata de un estudio circunscrito a la provincia de Granada.
Aunque podemos admitir sin problemas la distinción que se hace en las páginas introductorias entre una “historia desde lo local” (que es lo que pretende ser este trabajo) y una “historia local” stricto sensu (págs. 16-17), lo cierto es, por otro lado, que la pretendida representatividad de la demarcación andaluza que se defiende en estas páginas tendría que matizarse y, aun así, sería en cualquier caso un asunto discutible. Encontramos en este sentido un planteamiento excesivamente rígido en el texto, como cuando se dice de modo taxativo que “Granada resulta representativa del conjunto del territorio español” o cuando se afirma de una forma que nos parece apriorística o poco fundamentada que “Granada supone un campo de estudio idóneo para examinar el proceso de implantación de la dictadura y la interacción cotidiana de los ciudadanos con el Estado” (pág. 28). En efecto, en muchos de los aspectos que aquí se examinan (no en todos, sin embargo), Granada y su provincia pueden presentar importantes similitudes con algunas otras zonas españolas pero, sea como fuere, es una cuestión que no puede aceptarse sin más mientras no haya otras aportaciones que lo pongan de manifiesto.
El gran acierto del libro de Hernández Burgos es su amplio lapso histórico, los cuarenta años de franquismo en términos redondos, que le permiten trazar un panorama diáfano de la evolución de las actitudes de los granadinos y de los apoyos sociales de la dictadura desde el comienzo de la guerra civil hasta la muerte del Generalísimo. Las susodichas actitudes –en este caso de los mencionados ciudadanos andaluces, como reflejo de lo que sucedía en el conjunto del país- son, ya para empezar, de problemática catalogación. “Consentimiento, aceptación, indiferencia, resignación, resistencia o disidencia” son algunas de las categorías que han empleado los historiadores para tratar de dar cuenta de ellas. Un panorama intrincado, pues, para el que hay que rescatar una vez más la denominación de amplísimas “zonas grises” en las que se situó una mayoría de españoles que ni apoyaron ni se opusieron resueltamente a la dictadura.
A ello hay que sumar otros factores de complejidad, como la existencia de actitudes aparentemente contradictorias en los individuos y grupos sociales (apoyo, por ejemplo, de determinadas políticas del régimen y rechazo de otras) o, simplemente, comportamientos individuales y colectivos que fueron cambiando o evolucionando a lo largo de esas cuatro décadas que aquí se consideran. Podemos comprobar de este modo que, aunque el foco de estudio sea espacialmente reducido, la variable cronológica y la problemática conceptuación de las respuestas sociales hace que sea difícil, por no decir casi imposible, reducir la complejidad de este asunto a unas cuantas fórmulas estereotipadas. “Bajo la mirada de Franco –escribe Hernández- pasaron varias generaciones de españoles”. Cuarenta años dan para mucho. Tratar de poner en el mismo plano el régimen recién salido de una tremenda guerra y el franquismo tecnocrático y desmovilizador de los años setenta –con una mayoría de españoles que no había vivido la guerra- no tiene el más mínimo sentido.
De ahí que la investigación se articule, como difícilmente podría ser de otro modo, siguiendo las diversas etapas de implantación del régimen, empezando naturalmente por “una guerra que lo envolvió todo” y siguiendo de manera inevitable por una victoria aplastante que, no obstante, deja ya entrever importantes “zonas grises”. “Sobre una nación en ruinas” se construye así una dictadura que, junto a una represión implacable y un control asfixiante, trae también, a su manera, “paz y progreso”. O eso al menos es lo que quiere creer una parte de la población, la que mejor se adapta a las circunstancias. Los españoles en todo caso, por la fuerza de los hechos, terminan “acostumbrándose al régimen”, se refugian en sus asuntos particulares, aprovechan (los que pueden, claro) el tirón desarrollista y con todo, a pesar de ello –o precisamente por ello-, alientan ya en los años sesenta un desasosiego que se transformará en la década siguiente en abierta disidencia. Mantiene Hernández que básicamente las mismas razones que habían llevado al sostenimiento más o menos resignado del régimen durante tantos años hacían inviable la perduración de un franquismo sin Franco. Siempre con matices, desde luego, porque los rasgos dominantes de ese momento histórico –en torno a mediados de los setenta- distan de ser simples en uno u otro sentido. “Cansancio, incertidumbre y miedo” eran rasgos predominantes. Pero también ilusión y esperanza. “Sabían [los españoles] que no querían más franquismo, pero también conservar mucho de lo obtenido bajo el mandato de Franco” (pág. 395).
Me apresuro a reconocer que el resumen antedicho difícilmente puede hacer justicia a una obra que precisamente halla su mejor baza en el análisis y la exposición de las varias veces mencionadas “zonas grises”, esto es, el conjunto de espacios, factores y circunstancias intrincadas que tamizaron las relaciones entre la sociedad española y la dictadura. Una “convivencia” forzada que llevó a unos y otros –a los de arriba y los de abajo, pero también a los adictos y opositores- a una adaptación poco menos que inevitable, con todas las renuncias que ello implicaba (pág. 401). No faltará quien piense, con buena parte de razón, que este descubrimiento apenas supone más que el reconocimiento de una obviedad que ha estado velada por razones exclusivamente ideológicas. Sea. Pero lo cierto es que, como decíamos al principio, la tentación de demonizar y exorcizar al franquismo había llevado en los últimos tiempos a una historiografía militante a una caricatura insostenible del mismo. Bien está que empiece a abrirse camino una disposición alternativa, en la que el objetivo fundamental no sea tanto la condena sin más como la comprensión. Hay indicios de que esta última vía va ganando posiciones . Esperemos que así sea en efecto, que se mantenga y, sobre todo, que nos ofrezca un panorama más rico, complejo y matizado de la sociedad española en ese período histórico.
Publicado en Revista de Libros:
http://www.revistadelibros.com/articulos/no-solo-miedolas-zonas-grises-del-franquismo
Miguel Ángel del Arco, Carlos Fuertes Muñoz, Claudio Hernández Burgos y Jorge Marco (eds.): No solo miedo. Actitudes políticas y opinión popular bajo la dictadura franquista (1936-1977), Comares, Granada, 2013. 240 págs.
Claudio Hernández Burgos: Franquismo a ras de suelo. Zonas grises, apoyos sociales y actitudes durante la dictadura (1936-1976), Universidad de Granada, Granada, 2013. 448 págs.
RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO
Hitler fue un psicópata, mucho más que un asesino, un monstruo. ¿Y Stalin? Poco más o menos lo mismo o, en la estimación de muchos, bastante peor en aspectos trascendentales, como la duración del terror y el número de víctimas . Mussolini fue un bufón ridículo, aparte de un megalómano criminal. Eso por lo que respecta a los dictadores de mediados del siglo XX. Desde otra perspectiva, aunque manteniéndonos en el mismo lapso histórico, el pueblo francés –como todo el mundo sabe- resistió gallardamente bajo la bota nazi y un considerable número de patriotas desafiaron el yugo alemán al punto de pagar esa valentía heroica con el sacrificio de la propia vida.
Son solo algunos ejemplos –bastante elementales por lo demás- de elaboración de un pasado que tranquiliza las conciencias y, hasta podría decirse, facilita la digestión de los acontecimientos incómodos y los traumas del pasado. Las sociedades concernidas -o determinadas e influyentes partes de esas colectividades, si queremos ser precisos-, acogen con fruición explicaciones que no solo las exculpan sino que en algún extremo distorsionan los hechos pretéritos para que digan lo que conviene que digan. Algunos historiadores, bastantes intelectuales, muchos políticos, una considerable porción de la prensa y otros miembros destacados del establishment se aprestan con entusiasmo a elaborar el producto que la sociedad en cuestión consume, como hemos dicho, con suma complacencia. Es verdad que esto no pasa en todas las sociedades ni en el mismo grado: por poner otro ejemplo incontrovertible, fue notorio durante mucho tiempo el contraste entre la buena conciencia francesa –se diría que más de media Francia había militado en la Resistencia- y la generalizada asunción de culpas de algunos de los vencidos en 1945, señaladamente Alemania y Japón .
No es lo mismo, sin embargo, asumir una culpa más o menos difusa que verse señalados, por ejemplo, como colaboradores activos en la consumación de un hecho atroz, como un genocidio. La publicación y, sobre todo, la masiva recepción que tuvo el libro del norteamericano Daniel Goldhagen abrió una etapa de encendidos debates sobre la participación de los alemanes corrientes en la maquinaria del Holocausto que aún llega hasta hoy y que se ha visto enriquecida con multitud de aportaciones y testimonios. Complementariamente, también terminaría por caer otro mito, el de que los sufrimientos alemanes cesaron con la caída de la dictadura nazi, el fin de la guerra y la “liberación” . El ajuste de cuentas historiográfico también le llegaría a los franceses bajo la ocupación alemana, que resultaron ser en su gran mayoría –según recientes aportaciones- menos heroicos de lo que presumían y que, más allá de ello, en una considerable proporción, dieron sobradas muestras de un indisimulado espíritu acomodaticio cuando no de actitudes francamente colaboracionistas . El examen descarnado de los hechos ha llegado a afectar a los propios judíos: según algunos autores, los supervivientes o los que se libraron de la persecución nazi no han tenido mayores reparos en instrumentalizar la Shoah para causas espurias o, como mínimo, oportunistas y sectarias .
Señalo todo lo anterior antes de entrar en el ámbito español porque aquí, en nuestros lares, ha tenido lugar un proceso que en parte guarda ciertas analogías con lo apuntado pero que presenta también rasgos específicos y muy significativos. Sobre todo en cuestión de tiempos, un detalle nada despreciable por cuanto ha supuesto que el debate historiográfico haya seguido unas pautas no coincidentes con las de la mayor parte de los países de nuestro entorno. Me explico: el modo en que se realizó la transición de la dictadura a la democracia –no ya sin revolución sino sin ruptura legal siquiera- condujo a las elites políticas, a los mass media y a los intelectuales en general a no cargar las tintas en la caracterización del antiguo régimen y sus representantes. Por supuesto que la izquierda en particular y los sectores democráticos en general abominaban del franquismo, condenaban sus métodos brutales y aspiraban a construir un sistema distinto, basado en el respeto a las libertades y la tolerancia. Pero precisamente por ello, por eso mismo, se trataba de no hacer sangre. El posibilismo, el gradualismo y la contención se dibujaban como las vías más seguras y, en todo caso, en el sentir de muchos, las únicas viables dadas las circunstancias.
El objetivo era mirar hacia delante, no hacia atrás. ¡Claro que el pasado se hacía notar como un pesado lastre, por no decir otras cosas peores! Pero no era tanto una cuestión de condenar como de superar. El silencio (relativo, dicho sea de paso) sobre ese pasado ominoso no era fruto del olvido, sino más bien todo lo contrario. El fantasma de la guerra civil gravitaba de un modo tan asfixiante sobre los artífices de la transición que estaban dispuestos casi a cualquier cosa con tal de no incidir en los mismos errores. En la estimación mayoritaria del momento la fuente de todos los errores fue la conversión del adversario o el simple discrepante en enemigo y, en consecuencia, su exclusión de la vida pública en primer término y luego de la vida sin más. La política del pacto -el consenso- surgió de esa convicción. Dos o tres décadas después, con un sistema de libertades ya asentado y con el país plenamente inserto en el contexto político europeo, las nuevas generaciones se sintieron en la obligación (moral y política) de pedir cuentas por el modo en que tuvo lugar el tránsito de régimen.
El cuestionamiento de la transición llevó a mirar el pasado anterior a ella con otros ojos. No parecía tanto una nueva valoración (al fin y al cabo el consenso no era en el fondo otra cosa que construir entre todos una alternativa al indeseado e indeseable sistema dictatorial) como un cambio de tono o una cuestión de énfasis. Bien es verdad que lo que en un principio pudo quedarse en asunto de especialistas y, a lo sumo, de matices o perspectivas, se convirtió pronto, en un ambiente político enconado, en una actitud cualitativamente distinta que afectaba tanto a la consideración del pasado como a la (des)estimación misma de la democracia española. La historia se convertía así en un arma arrojadiza en la controversia política. Una específica rememoración del pasado (que pronto fue conocida como “memoria histórica”) resultó ser un recurso muy eficaz para deslegitimar a determinados partidos o sectores. Más que un dictador a secas, Franco era un fascista solo comparable a Hitler y Mussolini. En términos militares, lisa y llanamente un criminal de guerra. Se extendió la especie –incluso en obras académicas- de que prolongó artificialmente la guerra para ejecutar una limpieza sistemática de la población civil . Era por tanto un genocida. La guerra y la represión subsiguiente constituían el holocausto español, no como metáfora, sino como espejo de la realidad . El régimen que fundó se mantuvo por consiguiente gracias al empleo sistemático del terror: juicios sumarísimos, ejecuciones, torturas, cárceles, campos de concentración, política de exterminio …
Esta interpretación, pronto hegemónica en el ámbito universitario, ha venido siendo contestada por una serie de autores y obras que, sin discutir lo esencial –la naturaleza represiva del franquismo, el uso sistemático de la violencia en todos los órdenes, etc.- han querido introducir algunos factores que conforman un escenario más complejo. Por ejemplo, empezando por la misma guerra civil, que Franco no fue un general incompetente y cobarde que triunfó tan solo gracias a la ayuda germano-italiana . O que la represión franquista, incluso en la primera hora, siendo como fue despiadada y atroz, no tuvo los caracteres de exterminio masivo que algunos le atribuyen . La importancia de las obras que aquí consideramos reside precisamente en que no siendo exactamente pioneras, sí parecen consolidar el giro que se está produciendo en la historia académica en el sentido antedicho. Sin que ello suponga que el péndulo tenga que llegar al otro extremo. Por decirlo con las certeras palabras de un buen conocedor del tema, Ismael Saz, el investigador -con los datos en la mano- no tiene más remedio que asumir que “una dictadura no se sostiene únicamente por el miedo y la represión”. No solo miedo es precisamente el título de la obra en la que se deslizan esas apreciaciones. Ahora bien, sigue diciendo Saz, afirmar “que no fue solo el miedo quiere decir exactamente eso, que no fue solo eso, pero no niega que también fuese eso” (pág. 224).
En efecto, no solo miedo, viene a ser lo mismo que decir no solo represión, no solo terror. También se podría expresar de otra manera: un régimen difícilmente se sostiene casi cuatro décadas con la resuelta oposición de la sociedad que lo sufre. Eso significa en el mejor de los casos, que solo una parte reducida -por no decir directamente pequeña- de la población estaba dispuesta a desafiar al poder con una oposición activa. Eso significa igualmente que otra parte del país, obviamente mucho más extensa, tuvo una actitud más o menos pasiva que se movió en una zona gris entre la resignación, el desentendimiento y, si acaso, la colaboración puntual. Y no hay que olvidar por último a esa porción de la sociedad española que, sin tener grandes convicciones doctrinales o políticas, se avino a formar parte del entramado institucional de una manera más o menos circunstancial u oportunista, aunque fuera en los niveles más modestos, como concejales, alcaldes de pequeñas poblaciones, delegados, representantes sindicales, etc. Frente a un cuadro de perfiles definidos en blancos y negros –verdugos y oprimidos- se postula aquí, en estos libros, un panorama sustancialmente distinto, caracterizado por la preponderancia de zonas grises, es decir, amplias capas de la población que no se distinguían por su adhesión al régimen pero que se acomodaron a él de mejor o peor gana. Junto con “no solo miedo”, “zonas grises” constituye la caracterización de la sociedad española bajo el franquismo que más se repite en estas obras (y una de ellas lo proclama abiertamente desde la misma portada).
El volumen que lleva por título No solo miedo es una obra colectiva en la que intervienen quince profesores universitarios con artículos muy diversos –como suele ser usual en estos proyectos- que abarcan en su conjunto todo el período franquista (e incluso un pequeño lapso de la transición), aunque la mayor parte de ellos aborda temas muy concretos con delimitaciones cronológicas no menos precisas. Globalmente, el subtítulo define bien el contenido de la obra: “Actitudes políticas y opinión popular bajo la dictadura franquista (1936-1977)”. Aquí encontramos de todo, desde contribuciones precisas y sugerentes hasta artículos correctos que no dicen apenas nada nuevo porque simplemente recalan en lo obvio. En la aportación que abre el volumen, Francisco Cobo sitúa el problema en la perspectiva internacional, con un somero análisis de la bibliografía que ha ido apareciendo en los últimos años acerca de “los apoyos sociales prestados al fascismo italiano y al nazismo”. Luego, en la primera parte (desde mi punto de vista, la más interesante), bajo el epígrafe de “Desde la noche de los tiempos”, se desbrozan las diversas actitudes –desde la colaboración a la resistencia, pasando por toda la gama intermedia de matices- de los españoles bajo la guerra civil y el primer franquismo. El primer trabajo que aquí aparece lo firma Claudio Hernández Burgos, el autor del segundo libro que comentamos en esta reseña. Su título, “Mucho más que egoísmo y miedo”, nos pone claramente en la pista de lo que trata: las heterogéneas razones y actitudes de los españoles que lucharon en uno y otro bando durante la guerra civil. No es cuestión que obviamente pueda resolverse en una docena de páginas, pero sus apuntes son perspicaces y ponderados.
Otro tanto podría decirse de la contribución que firma Carlos Gil Andrés sobre las diversas formas que adquirió la “colaboración ciudadana en la gran represión”, un “fenómeno complejo” en el que tuvieron cabida desde los enragés fanáticos y vengativos (o directamente sádicos) hasta –en el extremo opuesto- los intercesores que se jugaron la vida por proteger a determinadas personas. Es interesante también el ensayo de Miguel Ángel del Arco sobre las cruces de los caídos como “instrumento nacionalizador en la cultura de la victoria”. Los dos últimos artículos de esta primera parte se refieren respectivamente a los “cuadros locales de la dictadura” (o, en otras palabras, las bases sociales del régimen) y, en el extremo opuesto, las resistencias populares al franquismo, entendidas no como levantamientos ni como oposición frontal, sino como “estrategias” que, sobre todo en las zonas rurales, trataban de “mantener una valiosa distancia con respecto a las representaciones que el Estado franquista intentaba imponer en su labor de represión social y psicológica” (pág. 107).
La segunda parte contiene otros siete artículos heterogéneos, todos ellos encuadrados en la siguiente etapa cronológica -las décadas de los sesenta y setenta: desarrollismo franquista y primera transición-, una época en la que la política rígida de represión es sustituida por formas de control relativamente más sofisticadas en el contexto del nuevo marco de crecimiento económico, atenuación del aislamiento internacional y paulatinas transformaciones sociales. A propósito, se desliza aquí un lapsus llamativo, porque el epígrafe que engloba todo ello según el índice y el titular de la pág. 109 es “Nuevos rumbos, nuevos actores”, cuando en realidad querría decir, según se razona en la introducción, “Viejos rumbos, nuevos actores”, porque lo que se trata de mostrar es que “bajo los intentos de modernización política de la dictadura se escondían los ‘viejos rumbos’ de siempre” (pág. 11).
Aunque precisamente en este lapso histórico debían alcanzar todo su sentido las expresiones de “no solo miedo” y “zonas grises”, no se indaga lo suficiente en el tránsito entre la dureza de posguerra y las nuevas coordenadas sociopolíticas. Aquí se ponen de relieve las limitaciones de un volumen como este, que es una yuxtaposición de trabajos meritorios pero al que falta una columna vertebral que proporcione solidez y empaque a un conjunto que queda un tanto deslavazado. El primer artículo de esta sección, el análisis de las actitudes políticas de los españoles según la prensa extranjera, aun siendo interesante en sí, parece metido con calzador en este contexto. Da la impresión de que se impone la cuota de lo políticamente correcto con “la perspectiva de género” –el papel de la Sección Femenina-, mientras que otros trabajos analizan las “políticas sociales”, la televisión como poderosa arma de propaganda, la evolución del catolicismo o los resquicios de participación política en los estertores del franquismo. El recorrido se cierra con un análisis del papel del medio televisivo ya muerto Franco, en vísperas de la democracia.
En definitiva, un libro interesante más por sus sugerencias que por sus aportaciones concretas, al que lastra -por una parte- la ya aludida dispersión o heterogeneidad y, por otra, la misma brevedad de las contribuciones que lo integran, un factor nada desdeñable porque hace casi imposible profundizar en los asuntos que se abordan. Unas virtudes y defectos que aparecen ahora invertidos en el siguiente volumen que consideramos en esta reseña, el que firma Claudio Hernández Burgos con el título de Franquismo a ras de suelo. Resultado de la reelaboración de una tesis doctoral, se omite cuidadosamente en el título y subtítulo que se trata de un estudio circunscrito a la provincia de Granada.
Aunque podemos admitir sin problemas la distinción que se hace en las páginas introductorias entre una “historia desde lo local” (que es lo que pretende ser este trabajo) y una “historia local” stricto sensu (págs. 16-17), lo cierto es, por otro lado, que la pretendida representatividad de la demarcación andaluza que se defiende en estas páginas tendría que matizarse y, aun así, sería en cualquier caso un asunto discutible. Encontramos en este sentido un planteamiento excesivamente rígido en el texto, como cuando se dice de modo taxativo que “Granada resulta representativa del conjunto del territorio español” o cuando se afirma de una forma que nos parece apriorística o poco fundamentada que “Granada supone un campo de estudio idóneo para examinar el proceso de implantación de la dictadura y la interacción cotidiana de los ciudadanos con el Estado” (pág. 28). En efecto, en muchos de los aspectos que aquí se examinan (no en todos, sin embargo), Granada y su provincia pueden presentar importantes similitudes con algunas otras zonas españolas pero, sea como fuere, es una cuestión que no puede aceptarse sin más mientras no haya otras aportaciones que lo pongan de manifiesto.
El gran acierto del libro de Hernández Burgos es su amplio lapso histórico, los cuarenta años de franquismo en términos redondos, que le permiten trazar un panorama diáfano de la evolución de las actitudes de los granadinos y de los apoyos sociales de la dictadura desde el comienzo de la guerra civil hasta la muerte del Generalísimo. Las susodichas actitudes –en este caso de los mencionados ciudadanos andaluces, como reflejo de lo que sucedía en el conjunto del país- son, ya para empezar, de problemática catalogación. “Consentimiento, aceptación, indiferencia, resignación, resistencia o disidencia” son algunas de las categorías que han empleado los historiadores para tratar de dar cuenta de ellas. Un panorama intrincado, pues, para el que hay que rescatar una vez más la denominación de amplísimas “zonas grises” en las que se situó una mayoría de españoles que ni apoyaron ni se opusieron resueltamente a la dictadura.
A ello hay que sumar otros factores de complejidad, como la existencia de actitudes aparentemente contradictorias en los individuos y grupos sociales (apoyo, por ejemplo, de determinadas políticas del régimen y rechazo de otras) o, simplemente, comportamientos individuales y colectivos que fueron cambiando o evolucionando a lo largo de esas cuatro décadas que aquí se consideran. Podemos comprobar de este modo que, aunque el foco de estudio sea espacialmente reducido, la variable cronológica y la problemática conceptuación de las respuestas sociales hace que sea difícil, por no decir casi imposible, reducir la complejidad de este asunto a unas cuantas fórmulas estereotipadas. “Bajo la mirada de Franco –escribe Hernández- pasaron varias generaciones de españoles”. Cuarenta años dan para mucho. Tratar de poner en el mismo plano el régimen recién salido de una tremenda guerra y el franquismo tecnocrático y desmovilizador de los años setenta –con una mayoría de españoles que no había vivido la guerra- no tiene el más mínimo sentido.
De ahí que la investigación se articule, como difícilmente podría ser de otro modo, siguiendo las diversas etapas de implantación del régimen, empezando naturalmente por “una guerra que lo envolvió todo” y siguiendo de manera inevitable por una victoria aplastante que, no obstante, deja ya entrever importantes “zonas grises”. “Sobre una nación en ruinas” se construye así una dictadura que, junto a una represión implacable y un control asfixiante, trae también, a su manera, “paz y progreso”. O eso al menos es lo que quiere creer una parte de la población, la que mejor se adapta a las circunstancias. Los españoles en todo caso, por la fuerza de los hechos, terminan “acostumbrándose al régimen”, se refugian en sus asuntos particulares, aprovechan (los que pueden, claro) el tirón desarrollista y con todo, a pesar de ello –o precisamente por ello-, alientan ya en los años sesenta un desasosiego que se transformará en la década siguiente en abierta disidencia. Mantiene Hernández que básicamente las mismas razones que habían llevado al sostenimiento más o menos resignado del régimen durante tantos años hacían inviable la perduración de un franquismo sin Franco. Siempre con matices, desde luego, porque los rasgos dominantes de ese momento histórico –en torno a mediados de los setenta- distan de ser simples en uno u otro sentido. “Cansancio, incertidumbre y miedo” eran rasgos predominantes. Pero también ilusión y esperanza. “Sabían [los españoles] que no querían más franquismo, pero también conservar mucho de lo obtenido bajo el mandato de Franco” (pág. 395).
Me apresuro a reconocer que el resumen antedicho difícilmente puede hacer justicia a una obra que precisamente halla su mejor baza en el análisis y la exposición de las varias veces mencionadas “zonas grises”, esto es, el conjunto de espacios, factores y circunstancias intrincadas que tamizaron las relaciones entre la sociedad española y la dictadura. Una “convivencia” forzada que llevó a unos y otros –a los de arriba y los de abajo, pero también a los adictos y opositores- a una adaptación poco menos que inevitable, con todas las renuncias que ello implicaba (pág. 401). No faltará quien piense, con buena parte de razón, que este descubrimiento apenas supone más que el reconocimiento de una obviedad que ha estado velada por razones exclusivamente ideológicas. Sea. Pero lo cierto es que, como decíamos al principio, la tentación de demonizar y exorcizar al franquismo había llevado en los últimos tiempos a una historiografía militante a una caricatura insostenible del mismo. Bien está que empiece a abrirse camino una disposición alternativa, en la que el objetivo fundamental no sea tanto la condena sin más como la comprensión. Hay indicios de que esta última vía va ganando posiciones . Esperemos que así sea en efecto, que se mantenga y, sobre todo, que nos ofrezca un panorama más rico, complejo y matizado de la sociedad española en ese período histórico.
lunes, 7 de abril de 2014
Guerreros y traidores
Guerreros y traidores. De la guerra de España a la guerra fría. Jorge M. Reverte. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014. 256 pp.
El Cultural, 28-03-2014, p. 24.
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/34392/Guerreros_y_traidores
Jorge M. Reverte es un autor polifacético. Editor, periodista y narrador, ha encontrado también en la historia el hueco que no han querido o sabido llenar los historiadores profesionales, haciendo una tarea básicamente de divulgación -pero también de investigación- dirigida siempre al gran público. Una labor seria y atractiva al mismo tiempo, que se ha visto justamente recompensada con el éxito de ventas y el reconocimiento de la crítica y que alcanzó sus cotas más elevadas con la trilogía bélica de la guerra civil española: La batalla del Ebro, La batalla de Madrid y La caída de Cataluña (publicados entre 2003 y 2006).
Reverte continúa ahora en esa línea con la biografía de un individuo tan desconocido como singular, un tal William (Bill) Aalto, neoyorquino de origen finlandés, nacido en 1916 y fallecido en la misma ciudad en 1958. Entre esas fechas se desarrolla una vida trepidante, la de un aventurero fornido y pendenciero, pero también un ser audaz, generoso y comprometido políticamente, que compendia en su ideología, actitudes y contradicciones buena parte de las convulsiones del s. XX. La vida adulta de Aalto empieza como camionero en los Estados Unidos de los años treinta, cuando las luchas sindicales se resolvían en batallas campales con heridos y muertos. Comunista convencido, se enrola en las Brigadas Internacionales y combate en la guerra civil española protagonizando una rocambolesca hazaña de rescate de unos prisioneros republicanos en Carchuna (Granada). Reverte reconoce en la introducción que el conocimiento de este episodio fue lo que le hizo interesarse por el personaje.
La vida de Aalto prosigue dando tumbos, entre la militancia política y el aventurerismo: tras su breve pero intensa etapa española, ya en Norteamérica, continúa su labor como activista proletario, siguiendo las directrices de Moscú. Con el estallido de la nueva guerra mundial, se enrola en el servicio secreto que dirige William Donovan (OSS), con el objetivo de formar combatientes especializados contra las fuerzas del Eje. Una confidencia inadecuada cambiará de nuevo su vida: al confesar su orientación homosexual, es denunciado por sus propios compañeros y hasta cierto punto estigmatizado. Frustrado y resentido, aún le queda otra dura prueba, la pérdida de la mano derecha al estallarle una granada. Al terminar la guerra, volverá a Europa, deambulará por diversos lugares y, de nuevo en su país, se verá afectado por la persecución anticomunista del FBI dirigido por Hoover. Enfrentado a muchos de sus compañeros y amigos por su carácter vehemente, medio borracho, marginado y enfermo, su azarosa trayectoria terminará en la indigencia y soledad.
Reverte ha rastreado por archivos, bibliotecas y hemerotecas todos los documentos posibles para reconstruir la vida de Aalto, cosa nada fácil en principio. El resultado es una narración vibrante, que no da respiro, de esas que, como quieren algunos autores y resume el tópico, se lee como una novela. Hay un atractivo añadido y es la presencia de nombres muy conocidos de la época, como Hemingway, Dos Passos o Auden, que aparecen de forma más o menos fugaz o indirecta en la biografía de Aalto. Lo peor del volumen, sin duda, ese título insustancial, no mejorado por un subtítulo genérico, que no permite adivinar al lector que en este libro se esconde un personaje de película, uno de esos perdedores románticos que inevitablemente despiertan nuestras simpatías, pese a todos sus defectos.
RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO
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