La otra cara del Caudillo. Mitos y realidades en la biografía de Franco. Ángel Viñas. Crítica, Barcelona, 2015. 440 pp. 22,90 €.
Publicado en El Cultural, 23-10-2015.
http://www.elcultural.com/revista/letras/La-otra-cara-del-Caudillo/37126
No hace falta ser historiador o aficionado a la historia para conocer la figura y la obra de Ángel Viñas (Madrid, 1941). Meticuloso investigador, profesor prestigioso y en los últimos tiempos polemista mordaz y vehemente en los más variados medios, Viñas ha dado a la imprenta en los últimos lustros un puñado de títulos fundamentales para conocer nuestra historia reciente y, sobre todo, deshacer leyendas e interpretaciones interesadas, aspectos estos últimos sobre los que él insiste como contribución fundamental de su tarea de historiador. Baste recordar para la mayoría su monumental tetralogía sobre la República y la guerra civil publicada entre 2006 y 2009, a la que han seguido otras obras –también sobre diversos aspectos de la República en guerra y la conspiración de Franco- no por menos publicitadas menos estimables. En todas ellas la metodología de Viñas ha operado sobre las mismas bases: un análisis minucioso de los problemas, una exposición prolija que trata de no dejar cabo suelto, la utilización de una bibliografía exhaustiva y, por encima de todo, como virtud cimera, el manejo de un impresionante acopio documental, fuentes primarias en su mayor parte, extraídas de los más variados archivos nacionales y extranjeros.
Todas esas características vuelven a ponerse de relieve en su obra más reciente, nuevamente dedicada a Franco y de nuevo también encaminada, como reconoce su propio subtítulo, a desenmascarar los mitos en torno al Caudillo para establecer la realidad, su verdadero rostro. Una vez más, Viñas adopta un tono beligerante contra la historiografía mal llamada revisionista –y en particular contra los autores de la última biografía de Franco, Stanley Payne y Jesús Palacios, que constituyen el objetivo privilegiado y sistemático de sus dardos envenenados- y subraya que su obra, pese a su carácter militantemente antifranquista, es “de neta vocación empírica y analítica”. El autor, que entra siempre al trapo de toda polémica historiográfica o política, enfatiza de manera permanente que sus afirmaciones se basan siempre en datos fehacientes y en documentos que hablan por sí solos. De hecho, Viñas, que gusta de los acrónimos, considera que el principal valor de esta obra sobre SEJE (Su Excelencia el Jefe del Estado) es la aportación y análisis crítico de nueva EPRE (Evidencia Primaria Relevante de Época).
Lo más relevante o novedoso para el gran público –aunque personalmente no me parezca lo más sustancial o interesante- pueda quizá encontrarse en el capítulo 5, cuyo propio título es tan explícito que me ahorra toda glosa: “Franco se hace millonario en la guerra y en la posguerra de la represión”. Como podrá colegirse de ello y de lo antes apuntado, se trata de un torpedo en la línea de flotación del franquismo con el fin de hundir uno de los mitos más queridos del Régimen, el de la rectitud personal a toda prueba del Generalísimo. Según Viñas el money, money también sonó bien a los oídos del Caudillo, que se preocupó discretamente de acumular un nada desdeñable patrimonio por métodos más que dudosos (“operación café”, “agradecimiento” de Telefónica y otros “donativos”, sociedad Valdefuentes). En la descripción de estos trapicheos anida la misma intención desmitificadora que el lector habrá podido apreciar antes, en los cuatro capítulos anteriores, dedicados a aspectos de más calado, aunque también quizá menos llamativos o más asumidos por la historiografía crítica con el franquismo.
Entre ellos, puede destacarse el examen que hace Viñas del despliegue de una versión doméstica del famoso Führerprinzip –principio de supremacía del jefe-, que aquí se convierte en un Francoprinzip con ribetes un tanto ridículos o surrealistas, pero no por ello con un carácter menos arbitrario y dictatorial. En concreto, esta es una de las constantes del libro, la insistencia en que el franquismo, pese a lo que ahora digan quienes desean presentar una imagen amable del mismo, fue una implacable dictadura que hizo valer para su supervivencia el despliegue inmisericorde de la fuerza bruta, siempre más dirigida hacia el interior del país que hacia el exterior. No en vano, como se dice en otro de los capítulos, Franco, lejos de ser un estadista prudente, se dejó llevar por una querencia pronazi que estaba en su ADN y que solo el rumbo posterior de la historia le forzó a disimular.
lunes, 26 de octubre de 2015
miércoles, 7 de octubre de 2015
Cuando España era Celtiberia
Luis Carandell: Celtiberia Show. Prólogo de Pablo Motos. Maeva, Madrid, 2015 (Edición del 45 aniversario). 256 pp. 9,90 €.
Revista de Libros, 5-10-2015: http://www.revistadelibros.com/resenas/cuando-espana-era-celtiberia
Luis Carandell (Barcelona 1929-Madrid, 2002) perteneció a esa selecta estirpe del polígrafo o del periodista ilustrado que floreció –en España y prácticamente todo el mundo civilizado- en esa edad de oro de la prensa tradicional que comprende grosso modo el siglo y medio largo que va desde mediados del XIX a las décadas postreras del XX. Dígase lo que se quiera, a pesar de los cambios revolucionarios de estos últimos decenios, no parece que esa figura esté en peligro inmediato de extinción. Aunque lo usual en nuestros lares –y más en una reseña como la presente- sería deslizar afirmaciones del tipo “ya no quedan especímenes como Carandell en el panorama de la prensa española”, lo cierto es que a día de hoy, en la prensa digital y en la convencional, siguen apareciendo firmas que recuerdan lo mejor del periodista catalán que ahora rememoramos. Me refiero, claro está, en primer lugar, a su “saber estar”, seguido inmediatamente por su capacidad didáctica y persuasiva, fruto de una dilatada trayectoria profesional que le había llevado a recorrer el globo y a vivir largas temporadas en países lejanos, como Japón, cuando más del noventa por ciento de los periodistas hispanos no sabían idiomas ni, mucho menos, salían del terruño. Carandell, que casi siempre aparecía en público con una sonrisa dibujada en los labios, atesoraba la cualidad de exponer (su gran experiencia y sus vastos conocimientos) sin avasallar, sin perder casi nunca un fino sentido del humor y una elegancia que parecían consustanciales a su persona. De hecho, una fina e inteligente ironía en el análisis de los temas (ya fueran debates parlamentarios, cuestiones de política internacional o ásperos problemas domésticos) parecía ser la “marca de la casa” carandelliana en cualquiera de sus variopintas modalidades: en sus artículos de prensa, sus agudas crónicas parlamentarias, su labor como contertulio en radio o como presentador de informativos de televisión.
Aunque, como queda dicho, Carandell se distinguió por su versatilidad (raro era el campo de la actualidad o la situación del mundo que le fuese ajeno y más raro aún, el medio de comunicación en que no lograra dejar su sello) no resulta exagerado apuntar que la modestísima colaboración que empezó a desarrollar a mediados de 1968 en el semanario Triunfo estaba llamada a ser, aunque nadie podría haberlo adivinado entonces, uno de los legados más asociados a su memoria. Es verdad –apresurémonos a reconocer- que algo hay de injusto en ello, porque su obra es tan extensa como heterogénea y, en sentido estricto, hay muchísimas contribuciones de bastante mayor calado –sus disecciones de otros países, por ejemplo- que las recopilaciones costumbristas del solar hispano que, desde el comienzo, serían conocidas con la sensacional etiqueta (ya de por sí un impagable hallazgo) de Celtiberia Show. Lo cierto es que la página de Carandell se convirtió pronto –o, al menos, así lo percibieron los españoles de entonces- en un fiel reflejo de la situación de un país que tenía bastante de esquizofrénico, aunque solo fuera porque vivía unos momentos de cambios acelerados y modernización (en la economía, la sociedad o las costumbres) mientras que un régimen caduco, una dictadura desfasada, pretendía mantenerlos sin libertades y en una minoridad permanente.
Así que, al fin y al cabo, no les faltaba parte de razón a los corifeos de dicho régimen: en determinados sentidos, respecto a lo que ocurría allende los Pirineos, España era diferente. Y esa diferencia era lo que reflejaba Celtiberia Show con una técnica que en el fondo bebía del hontanar de la dramaturgia valleinclanesca. Bastaba simplemente poner un espejo. La realidad hispana reflejada en ese gigantesco espejo daba de modo natural el esperpento. De hecho, Carandell se propuso desde el primer momento –y ese fue uno de sus grandes aciertos- no cargar las tintas, prescindir de subrayados y acotaciones de grueso calibre. Tenía razón. Hubiera sido redundante. No hacía falta. Bastaba con mirarse en el espejo. Y probablemente esa fue también una de las claves del éxito y de la aceptación popular de Celtiberia Show, con matices de cierta ambivalencia. Los españoles se veían reflejados en ese escaparate. Y, para decirlo todo, digámoslo ya sin ambages: en algunos casos o para algunos sectores de población, no sin una acusada complacencia.
Tan inmediato o espontáneo fue el éxito de la sección carandelliana que muy poco después, hacia finales de 1970, apareció en forma de libro una antología de estos “tesoros carpetovetónicos”, por decirlo con la terminología del autor. Desde esa lejana fecha, sucesivas ediciones impresas con el rótulo de Celtiberia Show han cosechado el favor del público y el aplauso de varias generaciones de españoles. ¿Cuántas obras de la época pueden presumir de haber roto la barrera de las veinte ediciones de un modo sostenido a lo largo de casi medio siglo?
El volumen que da pie a este comentario se presenta de modo destacado en la portada y en la solapa como la edición del 45 aniversario. Se trata por otro lado de una edición que, para bien o para mal, no arroja novedad alguna con respecto a las anteriores, si exceptuamos un insulso prefacio de Pablo Motos que en el fondo nada aporta al mejor conocimiento del personaje, su obra o la España de su tiempo. Se reproducen los dos prólogos que escribió en su momento Carandell, los correspondientes a la primera edición y la de 1994. En este segundo se desliza una afirmación menos trivial de lo que a primera vista parece. Dice el autor –y no podemos estar más de acuerdo con él- que, cuando fueron entregadas por vez primera a la imprenta, estas “perlas” trenzaban “un retrato muy fidedigno de un país y de una situación social y política que tuvo que vivir toda una generación de españoles”. Un cuarto de siglo después, empero, argumenta Carandell, aunque quizá “lo celtibérico siga produciéndose”, es preciso “convenir que tiene un carácter residual” o, por decirlo desde otra perspectiva, simplemente pintoresco. Y también en este punto mostramos nuestro acuerdo.
Dicho de otra manera: si convenimos que –en el mejor de los casos- Celtiberia Show es un acertado retrato sociológico (todo lo sui generis que se quiera) de una determinada España, hay que decir que, en efecto, debe acotarse esa España a la que nos estamos refiriendo en el espacio (pues la mirada carandelliana es inevitablemente selectiva) y, sobre todo, en el tiempo. Celtiberia Show constituye uno de los retratos posibles de una sociedad y un país en un momento muy concreto de su devenir histórico. No es poco, desde luego, pero es eso y no más. No es que lo diga yo desde la atalaya del tiempo transcurrido. Es que el propio Carandell en el susodicho prólogo de 1994 reconocía que, por todo lo anteriormente expuesto, “al preparar esta edición de Celtiberia Show, no haya añadido nada y […] suprimido muy poco”. En efecto, el lector de las sucesivas ediciones del libro y, por supuesto, el lector de esta edición conmemorativa, va a encontrarse, pese al tiempo transcurrido y los cambios producidos, con el mismo libro. Casi todas las notas, noticias, anuncios, ilustraciones, titulares de prensa, hojas parroquiales, avisos, declaraciones, albaranes, esquelas y boletines que se reproducen en estas páginas pertenecen a un lapso muy específico, entre finales de la década de los sesenta y comienzos de los setenta. Lo subrayo porque creo que es deber del reseñista hacerlo, sin que en ello deba percibirse un tono reprobatorio. Hasta puedo admitir que quizá fuese esa la mejor opción, dejar el libro como espejo de la España que fue.
El problema entonces no estaría ni en el libro propiamente dicho ni en su autor sino en la mirada de todos los que, siguiendo su estela y deslumbrados por su éxito, nos hemos empeñado en prolongar el marchamo de Celtiberia Show aplicándolo a las realidades que se han seguido produciendo en el solar patrio. Porque eso nos lleva a la pregunta clave que puede y debe hacerse ante un libro como este en el momento que nos ha tocado vivir: ¿qué queda de esa Celtiberia en esta España de hoy? Desde el punto de vista de las ciencias sociales, y más concretamente de la sociología o de la historia, la respuesta sería contundente. No ya solo se constataría que la España actual tiene poco en común con aquella España, sino que la propia categoría de especificidad hispana quedaría desechada como paradigma válido de análisis social o historiográfico. Sin embargo, desde una perspectiva más a ras de tierra, más cotidiana, todos los que aquí vivimos sabemos por experiencia que la alusión a lo celtibérico constituye un socorrido recurso cuando se trata de juzgar críticamente las cosas que ocurren en nuestro ámbito de convivencia, como atestiguan expresiones de larga prosapia: “¡cosas de España!”, “¡este país!”, “¡qué país!” o, ya directamente, calificativos de celtibérico, castizo o carpetovetónico.
No es cuestión tan baladí como a primera vista pudiera parecer. De ese venero se nutre por ejemplo la ideología que sustenta el independentismo catalán (una Cataluña moderna frente a una España castiza). No deja de resultar significativo complementariamente que en la controversia política se siga endilgando el marbete de celtibérico a todo lo que nos molesta o, ya puestos, directamente al adversario. Comentando hace algunos años una edición anterior de Celtiberia Show, Alejandro Muñoz Alonso se atrevía a enmendar la plana al propio Carandell respecto al carácter menguante de lo celtibérico… ¡no en los años noventa del siglo pasado, sino en el primer decenio de este nuevo siglo!: “Apenas llegó Zapatero aquel celtiberismo residual no sólo no terminó de esfumarse sino que se incrementó, hasta adueñarse del escenario nacional. Si Carandell hubiera vivido habría hecho las delicias de todos comentando […] las hazañas de Blanco, de la anterior ministra de Cultura o de la actual de Igualdad y la de tantos otros que se han prodigados en este peculiar ruedo ibérico durante este ya largo mandarinato de Zapatero” .
Que no son alusiones circunstanciales o casuales lo pone de manifiesto el hecho de que, ahora mismo como quien dice, al comentar esta misma edición de Celtiberia que nos ocupa, desde el otro lado del espectro político, Josep Borrell lanza una andanada parecida -¡hasta los mismos términos!- mirando al tendido contrario. Tras plantearse si en la actualidad tiene sentido un nuevo Celtiberia Show y contestarse a continuación que “sin duda alguna”, da un paso más para afirmar que “ni en los mejores años de la ‘Marca España’, cuando ésta triunfaba en el mundo como la cerveza San Miguel y su anuncio del ‘Paquito, el Chocolatero’, se ha conseguido superar ese supuesto lastre genético de ‘lo celtibero’. Ya no digamos en la actualidad, en los que a causa de la crisis -de tantas cosas-, parece que regresemos al pasado al comprobar como todo un ministro del Interior invoca a la Virgen en su política antiterrorista” .
Una muestra más de que los españoles –empezando, claro está por los que escriben en los medios o en las redes sociales- se resisten a prescindir de las categorías ideológicas de lo celtibérico y otras similares (hoy tienden a decir marcaejpaña, que viene a ser lo mismo, obviamente), es que hay más de un blog por ahí que reivindica, asume o pretende proseguir el trabajo de recopilación carandelliano con incorporaciones adaptadas a los nuevos tiempos . Todo lo cual, paradójicamente, contradice, como hemos tratado de argumentar, no ya solo el espíritu carandelliano (más o menos interpretable) sino sus propias palabras, que siguen figurando en las páginas iniciales de esta nueva edición de Celtiberia.
Carandell, en definitiva, no se propuso otra cosa que hacer, en la línea de otros trabajos suyos, un retrato sin grandes pretensiones de una cierta España en un momento muy concreto de su trayectoria histórica. Era, ya entonces, una España medrosa, encerrada en sí misma, claramente a la defensiva, renuente a unos cambios que, por otro lado, desde una óptica progresista, Carandell juzgaba con toda la razón inevitables. Era la España de los curas montaraces, de los capitalistas católicos, de empresas devotas, de los pluriempleados en oficios pintorescos, de los maletillas que pedían una oportunidad, de las cruzadas infantiles antiblasfemas, de las fans del club Raphael, de los alcaldes devotos de María, de las mujeres llenitas, de cabreros y muleros, del nihil obstat, del bikini como escándalo, de la observancia peculiar de la Cuaresma, de la furia española, de los toreros como paladines de la raza y de tantos otros rasgos que algunos nos retrotraen a nuestra infancia y a otros, más jóvenes, sumergen en la perplejidad.
Por sus propios objetivos, planteamientos y metodología –recopilación y yuxtaposición de elementos heterogéneos- la labor de Carandell quedaba limitada al terreno de la observación costumbrista, la pincelada satírica, la crítica mordaz ma non troppo. Era, si se permite la licencia casticista –ya que estamos en ello-, el típico libro para leer como Baroja por su casa: en pantuflas, albornoz y mesa camilla. Y para pasar un buen rato. Ni antes ni mucho menos ahora tendría sentido exigirle lo que no podía dar: un análisis riguroso y en profundidad de un tiempo y de un país que se resistía a morir. Era obvio que para un purista o simplemente alguien exigente Celtiberia Show presentaba muchos flancos débiles: era caótica, superficial, deslavazada, irregular… Se quedaba corta con frecuencia -¡ay, la censura, que a menudo se nos olvida!-, su crítica era demasiado tenue, parecía a veces complaciente en exceso y se dejaba llevar en no pocas ocasiones por un paternalismo bonachón. Esas y muchas otras cosas más podrían decirse sin faltar a la verdad pero al mismo tiempo errando el tiro. Porque Celtiberia Show estaba confeccionada casi a imagen y semejanza del Carandell que describíamos al principio: exponía con elegancia, argumentaba sin dogmatizar, denunciaba sin perder la sonrisa, acusaba sin acritud, ironizaba sin excomulgar, plasmaba lo que veía sin mayores disquisiciones…
Quizás, como dicen algunos, la España de hoy sigue presentando ribetes celtibéricos. Yo, desde luego, no los llamaría ya así –por las connotaciones que tiene el término- pero no podría dejar de reconocer que siguen manifestándose en nuestro solar peninsular acontecimientos y actitudes que fuerzan al asombro. Pero, en fin, esa es, como quien dice, otra historia. En cualquier caso, la España reflejada en las páginas de esta Celtiberia Show ya no existe, por el bien de todos. Lo cual no empece que el lector de hoy pueda seguir disfrutando con la lectura de estas páginas. En ellas encontrará “perlas” de todos los tamaños, colores y formas: “Se prohíbe bajar en el ascensor a la servidumbre”. “Dios y los toros”, conferencia del Padre Cué. “La Circuncisión de Nuestra Señora”. “Asesino sí, pero no de personas, solo se dedica a las mujeres”. “No horinace en el azensol”. “Mantecados Santo Cristo Amarrado a la Columna”. “Huevos frescos: del culo a la boca”. “Pirri: Mi fútbol no tiene más particularidad que la de su esencia absolutamente española”. “Necesito casas para derribar libres de inquilinos”. Y, finalmente, el que en mi opinión puede servir como símbolo de aquella España, aquel cartel con grandes letras mayúsculas que rezaba: “PATRIMONIO NACIONAL. PROPIEDAD PRIVADA”.
lunes, 5 de octubre de 2015
Los últimos fusilamientos del franquismo
Mañana cuando me maten. Las últimas ejecuciones del franquismo. 27 de septiembre de 1975. Carlos Fonseca. La Esfera de los Libros, Madrid, 2015. 384 pp.
Publicado en El Cultural, 2-10-2015.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Manana-cuando-me-maten-Las-ultimas-ejecuciones-del-franquismo/37021
En más de una ocasión –a veces desde estas mismas páginas- he lamentado el desinterés de los historiadores profesionales por la divulgación y el acercamiento al gran público. Salvo excepciones que están en la mente de todos, el grueso de la historiografía académica y universitaria se muestra renuente a salir de su pequeño mundo y rebajar sus presupuestos conceptuales y metodológicos, dejando con ello el campo abierto –porque la demanda existe- a periodistas, escritores varios y hasta simples aficionados que se aprestan a la labor de desentrañar el pasado con entusiasmo digno de mejor causa.
La reflexión anterior, que es recurrente, surge ahora de nuevo porque se cumplen cuarenta años de uno de los episodios más trágicos del final del franquismo, las ejecuciones que tuvieron lugar el 27 de septiembre de 1975, cuando el propio régimen agonizaba (“moría matando”, se dijo entonces con razón) y al propio Franco le quedaban menos de dos meses de vida. Una vez más tiene que ser un periodista, en este caso el veterano Carlos Fonseca (Madrid, 1959), bien curtido en estas lides, el que realice una investigación y puesta al día de aquellos sucesos y se apreste a trasladarla al público en general con un formato divulgativo y un lenguaje accesible.
Precisamente por ello Fonseca vuelve al tono humano –algunos dirán que incluso sensiblero- que tanto fruto le dio en su acercamiento anterior a otro espeluznante episodio de la represión franquista: Trece rosas rojas (2004) fue un best-seller que tuvo incluso su versión cinematográfica, todo un hito para una obra de esta índole. Ya el propio título, Mañana cuando me maten, pone claramente de relieve que Fonseca asume el punto de vista de las víctimas de la represión, sin que ello implique necesariamente que justifique los hechos sangrientos –los atentados, para ser claros- que les llevaron ante los Consejos de Guerra primero y ante los pelotones de fusilamiento seguidamente.
Porque el quid de la cuestión, como el autor consigna desde las páginas iniciales, estaba precisamente ahí, en dilucidar la autoría material de los actos terroristas que costaron la vida a varios agentes del orden público. Está fuera de duda que ni la dictadura en general ni los propios juicios en particular ofrecían a los imputados las mínimas garantías exigibles para su defensa. Fonseca argumenta además que si bien es verdad que estas organizaciones –FRAP y ETA- “asesinaron”, esta obviedad “no puede ocultar que la dictadura también lo hizo”. Apoyándose en la tesis –ciertamente discutible- de que el terrorismo en sentido estricto solo puede darse en sociedades democráticas, el autor toma partido y plantea explícitamente que sus protagonistas –los militantes antifranquistas que fueron pasados por las armas- “fueron víctimas de un simulacro de justicia que los sentenció antes de juzgarlos”. Como resultado de ello establece taxativamente Fonseca desde el mismo prólogo que “lo suyo fue un asesinato legal sin paliativos”. No se puede decir, pues, que las cartas no queden boca arriba desde el principio.
Dejando aparte las suspicacias que aún puedan levantar un enfoque de esas características y una posición tan contundente en un tema como el terrorismo, al que tan sensible sigue siendo -con toda razón- la sociedad española, lo más difícil de aceptar desde la óptica historiográfica es la pretensión del autor de reconstruir los hechos “con las armas del periodismo narrativo”, o sea, tomando “recursos de la ficción para contar una historia real”, de modo que quede algo tan atractivo como una buena novela. Hay que reconocer, sin embargo, que a lo largo del libro Fonseca hace un uso prudencial de esos recursos y por lo general se atiene a los hechos y a los documentos que ha podido consultar (que no han sido todos los que hubiera deseado, como se queja con razón, pues algunos de ellos, como las propias sentencias de los juicios, no están disponibles en su integridad). Los tres miembros del FRAP y los dos de ETA que fueron fusilados por la dictadura aparecen aquí como unos jóvenes impacientes, idealistas y hasta ingenuos que sufrieron el peso de un régimen implacable. Fonseca no oculta los hechos sangrientos en los que se vieron implicados pero su prioridad es trazar un retrato emotivo de todos ellos.
Publicado en El Cultural, 2-10-2015.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Manana-cuando-me-maten-Las-ultimas-ejecuciones-del-franquismo/37021
En más de una ocasión –a veces desde estas mismas páginas- he lamentado el desinterés de los historiadores profesionales por la divulgación y el acercamiento al gran público. Salvo excepciones que están en la mente de todos, el grueso de la historiografía académica y universitaria se muestra renuente a salir de su pequeño mundo y rebajar sus presupuestos conceptuales y metodológicos, dejando con ello el campo abierto –porque la demanda existe- a periodistas, escritores varios y hasta simples aficionados que se aprestan a la labor de desentrañar el pasado con entusiasmo digno de mejor causa.
La reflexión anterior, que es recurrente, surge ahora de nuevo porque se cumplen cuarenta años de uno de los episodios más trágicos del final del franquismo, las ejecuciones que tuvieron lugar el 27 de septiembre de 1975, cuando el propio régimen agonizaba (“moría matando”, se dijo entonces con razón) y al propio Franco le quedaban menos de dos meses de vida. Una vez más tiene que ser un periodista, en este caso el veterano Carlos Fonseca (Madrid, 1959), bien curtido en estas lides, el que realice una investigación y puesta al día de aquellos sucesos y se apreste a trasladarla al público en general con un formato divulgativo y un lenguaje accesible.
Precisamente por ello Fonseca vuelve al tono humano –algunos dirán que incluso sensiblero- que tanto fruto le dio en su acercamiento anterior a otro espeluznante episodio de la represión franquista: Trece rosas rojas (2004) fue un best-seller que tuvo incluso su versión cinematográfica, todo un hito para una obra de esta índole. Ya el propio título, Mañana cuando me maten, pone claramente de relieve que Fonseca asume el punto de vista de las víctimas de la represión, sin que ello implique necesariamente que justifique los hechos sangrientos –los atentados, para ser claros- que les llevaron ante los Consejos de Guerra primero y ante los pelotones de fusilamiento seguidamente.
Porque el quid de la cuestión, como el autor consigna desde las páginas iniciales, estaba precisamente ahí, en dilucidar la autoría material de los actos terroristas que costaron la vida a varios agentes del orden público. Está fuera de duda que ni la dictadura en general ni los propios juicios en particular ofrecían a los imputados las mínimas garantías exigibles para su defensa. Fonseca argumenta además que si bien es verdad que estas organizaciones –FRAP y ETA- “asesinaron”, esta obviedad “no puede ocultar que la dictadura también lo hizo”. Apoyándose en la tesis –ciertamente discutible- de que el terrorismo en sentido estricto solo puede darse en sociedades democráticas, el autor toma partido y plantea explícitamente que sus protagonistas –los militantes antifranquistas que fueron pasados por las armas- “fueron víctimas de un simulacro de justicia que los sentenció antes de juzgarlos”. Como resultado de ello establece taxativamente Fonseca desde el mismo prólogo que “lo suyo fue un asesinato legal sin paliativos”. No se puede decir, pues, que las cartas no queden boca arriba desde el principio.
Dejando aparte las suspicacias que aún puedan levantar un enfoque de esas características y una posición tan contundente en un tema como el terrorismo, al que tan sensible sigue siendo -con toda razón- la sociedad española, lo más difícil de aceptar desde la óptica historiográfica es la pretensión del autor de reconstruir los hechos “con las armas del periodismo narrativo”, o sea, tomando “recursos de la ficción para contar una historia real”, de modo que quede algo tan atractivo como una buena novela. Hay que reconocer, sin embargo, que a lo largo del libro Fonseca hace un uso prudencial de esos recursos y por lo general se atiene a los hechos y a los documentos que ha podido consultar (que no han sido todos los que hubiera deseado, como se queja con razón, pues algunos de ellos, como las propias sentencias de los juicios, no están disponibles en su integridad). Los tres miembros del FRAP y los dos de ETA que fueron fusilados por la dictadura aparecen aquí como unos jóvenes impacientes, idealistas y hasta ingenuos que sufrieron el peso de un régimen implacable. Fonseca no oculta los hechos sangrientos en los que se vieron implicados pero su prioridad es trazar un retrato emotivo de todos ellos.
lunes, 21 de septiembre de 2015
Los diarios de Rosenberg
Diarios. 1934-1944. Alfred Rosenberg. Edición a cargo de Jürgen Matthäus y Frank Bajohr. Traducción de Lara Cortés Fernández, Teófilo de Lozoya Elzdurdía, Isabel Romero Reche y Alicia Valero Martín. Crítica, Barcelona, 2015. 770 pp. 29,90 €.
Publicado en El Cultural, 18/09/2015
http://www.elcultural.com/revista/letras/Alfred-Rosenberg-Diarios-1934-1944/36951
Entre los máximos jerarcas del Tercer Reich, Alfred Rosenberg (Tallín, Estonia, 1893-Núrenberg, 1946), puede destacarse por tres rasgos profundamente interrelacionados entre sí: en primer lugar por su condición de teórico o ideólogo, algo inusual en la cúpula del régimen, con la excepción parcial del ministro de Propaganda Joseph Goebbels (y resulta significativo a este respecto que estos sean los dos únicos líderes nazis que dejaran escritas sus reflexiones en forma de diarios); en segundo lugar, por su racismo exacerbado –¡y ya era difícil destacar como xenófobo en este contexto!- que le llevó, según su más importante biógrafo, Ernst Piper, a un “antisemitismo francamente monomaníaco” e incluso a un anticristianismo militante, por las raíces judías de este credo; y en tercer lugar y sobre todo por ser el autor de la biblia del nacionalsocialismo, El mito del siglo XX (1930), con una tirada de más de un millón de ejemplares hasta el final de la guerra. Fue el único libro del movimiento que podía parangonarse con el Mein Kampf de Hitler.
A todos esos rasgos debería añadirse otro que, a la postre, resultó más decisivo aún si cabe para su carrera política y para el papel que le tocó desempeñar en los trágicos acontecimientos de la época: su condición de experto en política exterior (algo que tampoco era muy frecuente entre sus conmilitones), que le llevó a ser nombrado el 17 de julio de 1941 “ministro para los territorios ocupados del Este”. Desde este alto puesto, Rosenberg dirigió una política de “limpieza” y exterminio sin contemplaciones en toda la Europa Oriental para llevar a la realidad el objetivo teórico de un “espacio vital” para el Reich germano, y fue de este modo el responsable supremo del asesinato de millones de personas de otras etnias y nacionalidades (no solo judíos). Capturado al final de la guerra por los aliados, el tribunal de Núremberg le declaró culpable de esos crímenes y le sentenció a morir en la horca.
Aunque, como se ha dicho, la responsabilidad de Rosenberg en las matanzas en general y el Holocausto en particular está fuera de toda duda –y ello a su vez en una doble vertiente, tanto en la elaboración de una doctrina de exterminio como en la materialización de la misma- es asunto debatido entre los expertos el grado de influencia real que tuvo Rosenberg en la política concreta del Tercer Reich, en comparación con otros dirigentes como Himmler, Göring o Ribbentrop. Es significativo a este respecto que, como consigna Goebbels en sus diarios, Hitler comparara a Rosenberg con una mujer que cocina bien pero que en vez de cocinar toca el piano. La anécdota es relevante porque, como muestran estas mismas páginas que ahora comentamos, Rosenberg -como los demás gerifaltes nazis- dependían servil y hasta infantilmente de lo que opinara en cada momento el Führer, de sus estados de humor, de sus arrebatos y caprichos. Todos ellos competían entre sí por una mirada agradecida, un gesto de aprobación o una palmada en el hombro del jefe providencial.
La importancia de estos Diarios –aparte del valor más obvio, que salen a la luz completos por vez primera- es que muestran a un Rosenberg en estado puro, con sus titubeos, debilidades y contradicciones, como pone de relieve una escritura un tanto anárquica, no siempre clara, con tachones, abreviaturas, reiteraciones y hasta errores de sintaxis y faltas de ortografía. No es por ello un texto fácil de leer y requiere además un buen conocimiento del contexto. La edición que se ha hecho es modélica con una revisión minuciosa del original, múltiples notas aclaratorias, una extensa introducción que sitúa a Rosenberg y sus anotaciones en su marco histórico y, sobre todo, una extraordinaria selección de “documentos complementarios”, obras más elaboradas del propio Rosenberg que complementan perfectamente el carácter fragmentario y circunstancial de los diarios.
Una última acotación, aunque sea anecdótica: no se pierdan las menciones que hace el ideólogo nazi a Franco, José Antonio, la Iglesia católica y a España en su conjunto, ese país en el que “el judaísmo se está vengando de Isabel y Fernando” y “hasta los burros llevan imágenes de Cristo alrededor del cuello”.
Publicado en El Cultural, 18/09/2015
http://www.elcultural.com/revista/letras/Alfred-Rosenberg-Diarios-1934-1944/36951
Entre los máximos jerarcas del Tercer Reich, Alfred Rosenberg (Tallín, Estonia, 1893-Núrenberg, 1946), puede destacarse por tres rasgos profundamente interrelacionados entre sí: en primer lugar por su condición de teórico o ideólogo, algo inusual en la cúpula del régimen, con la excepción parcial del ministro de Propaganda Joseph Goebbels (y resulta significativo a este respecto que estos sean los dos únicos líderes nazis que dejaran escritas sus reflexiones en forma de diarios); en segundo lugar, por su racismo exacerbado –¡y ya era difícil destacar como xenófobo en este contexto!- que le llevó, según su más importante biógrafo, Ernst Piper, a un “antisemitismo francamente monomaníaco” e incluso a un anticristianismo militante, por las raíces judías de este credo; y en tercer lugar y sobre todo por ser el autor de la biblia del nacionalsocialismo, El mito del siglo XX (1930), con una tirada de más de un millón de ejemplares hasta el final de la guerra. Fue el único libro del movimiento que podía parangonarse con el Mein Kampf de Hitler.
A todos esos rasgos debería añadirse otro que, a la postre, resultó más decisivo aún si cabe para su carrera política y para el papel que le tocó desempeñar en los trágicos acontecimientos de la época: su condición de experto en política exterior (algo que tampoco era muy frecuente entre sus conmilitones), que le llevó a ser nombrado el 17 de julio de 1941 “ministro para los territorios ocupados del Este”. Desde este alto puesto, Rosenberg dirigió una política de “limpieza” y exterminio sin contemplaciones en toda la Europa Oriental para llevar a la realidad el objetivo teórico de un “espacio vital” para el Reich germano, y fue de este modo el responsable supremo del asesinato de millones de personas de otras etnias y nacionalidades (no solo judíos). Capturado al final de la guerra por los aliados, el tribunal de Núremberg le declaró culpable de esos crímenes y le sentenció a morir en la horca.
Aunque, como se ha dicho, la responsabilidad de Rosenberg en las matanzas en general y el Holocausto en particular está fuera de toda duda –y ello a su vez en una doble vertiente, tanto en la elaboración de una doctrina de exterminio como en la materialización de la misma- es asunto debatido entre los expertos el grado de influencia real que tuvo Rosenberg en la política concreta del Tercer Reich, en comparación con otros dirigentes como Himmler, Göring o Ribbentrop. Es significativo a este respecto que, como consigna Goebbels en sus diarios, Hitler comparara a Rosenberg con una mujer que cocina bien pero que en vez de cocinar toca el piano. La anécdota es relevante porque, como muestran estas mismas páginas que ahora comentamos, Rosenberg -como los demás gerifaltes nazis- dependían servil y hasta infantilmente de lo que opinara en cada momento el Führer, de sus estados de humor, de sus arrebatos y caprichos. Todos ellos competían entre sí por una mirada agradecida, un gesto de aprobación o una palmada en el hombro del jefe providencial.
La importancia de estos Diarios –aparte del valor más obvio, que salen a la luz completos por vez primera- es que muestran a un Rosenberg en estado puro, con sus titubeos, debilidades y contradicciones, como pone de relieve una escritura un tanto anárquica, no siempre clara, con tachones, abreviaturas, reiteraciones y hasta errores de sintaxis y faltas de ortografía. No es por ello un texto fácil de leer y requiere además un buen conocimiento del contexto. La edición que se ha hecho es modélica con una revisión minuciosa del original, múltiples notas aclaratorias, una extensa introducción que sitúa a Rosenberg y sus anotaciones en su marco histórico y, sobre todo, una extraordinaria selección de “documentos complementarios”, obras más elaboradas del propio Rosenberg que complementan perfectamente el carácter fragmentario y circunstancial de los diarios.
Una última acotación, aunque sea anecdótica: no se pierdan las menciones que hace el ideólogo nazi a Franco, José Antonio, la Iglesia católica y a España en su conjunto, ese país en el que “el judaísmo se está vengando de Isabel y Fernando” y “hasta los burros llevan imágenes de Cristo alrededor del cuello”.
martes, 1 de septiembre de 2015
Una historia del mundo actual
Las utopías pendientes. Una breve historia del mundo desde 1945. Xosé Manoel Núñez Seixas. Crítica, Barcelona, 2015. 384 pp.
Publicado en El Cultural, 24/07/2015.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Las-utopias-pendientes/36821
Xosé Manoel Núñez Seixas (Orense, 1966), profesor en la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich, tiene ya tras de sí una larga estela de títulos imprescindibles para la comprensión de aspectos claves de la historia contemporánea española. Inquieto y prolífico, el catedrático gallego se atreve ahora a pergeñar una síntesis de la evolución del mundo desde 1945, un libro de alta divulgación que se dirige no solo al especialista sino a un público más amplio. Aunque el autor procura afrontar el reto con una cierta frialdad y distanciamiento formales, no orilla las cuestiones polémicas y con ello –como es obvio e inevitable- desliza opiniones y planteamientos que se prestan a la discusión o al debate. Estamos, por tanto, no solo ante un libro de historia sino un ante un volumen que, como quiere dejar claro desde su propio título, trata de esbozar los desafíos pendientes en los albores del nuevo milenio.
Y lo hace mirando al pasado reciente y considerando el peso de ese pasado en la marcha de los acontecimientos de hoy en día. No se trata por ello de una síntesis de historia política al modo tradicional. Sin perder de vista esta dimensión imprescindible para entender el mundo actual, el autor ha querido que su presencia –siendo todo lo relevante que es- no llegue al punto de desplazar otras cuestiones que se perfilan como esenciales para tomar conciencia del horizonte al que nos dirigimos: de ahí que muchos temas de historia social y cultural adquieran en estas páginas un protagonismo, no diré que insólito en este tipo de breviarios, pero sí lo suficiente como para que la obra presente una originalidad incuestionable.
Una originalidad, por otro lado, que se manifiesta sin grandes alharacas, matizada e inserta en un discurso claro y funcional que toma como punto de partida la conversión del mundo bipolar de 1945 en el mucho más complicado mundo multipolar de 1990. A este primer capítulo le sigue otro que traza los “caminos divergentes de las sociedades mundiales” en el mismo período. Una vez expuesto el estado de las cosas a finales del siglo XX, Núñez Seixas aborda cuatro grandes temas que en puridad son mucho más que las “utopías pendientes” a las que reductivamente se alude en el título: la memoria histórica tras los horrores de los totalitarismos, la cuestión de las aspiraciones y las identidades nacionales, la “larga marcha” de las mujeres por sus derechos y el reconocimiento social y, en fin, el progresivo deterioro del medio ambiente, con un planteamiento que desborda los tópicos ecologistas para tratar seriamente asuntos tan peliagudos como la “bomba demográfica” y el cambio climático. Tras estos capítulos temáticos, el autor vuelve al planteamiento cronológico más convencional para cerrar el volumen con un breve examen de cómo es el mundo hoy, este espacio global de incertidumbres y de hegemonías discutidas y compartidas. La obra se cierra con una cronología y una bibliografía básicas, muy en consonancia con el tono didáctico y divulgativo que Núñez Seixas ha querido imprimir a su reflexión.
Publicado en El Cultural, 24/07/2015.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Las-utopias-pendientes/36821
Xosé Manoel Núñez Seixas (Orense, 1966), profesor en la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich, tiene ya tras de sí una larga estela de títulos imprescindibles para la comprensión de aspectos claves de la historia contemporánea española. Inquieto y prolífico, el catedrático gallego se atreve ahora a pergeñar una síntesis de la evolución del mundo desde 1945, un libro de alta divulgación que se dirige no solo al especialista sino a un público más amplio. Aunque el autor procura afrontar el reto con una cierta frialdad y distanciamiento formales, no orilla las cuestiones polémicas y con ello –como es obvio e inevitable- desliza opiniones y planteamientos que se prestan a la discusión o al debate. Estamos, por tanto, no solo ante un libro de historia sino un ante un volumen que, como quiere dejar claro desde su propio título, trata de esbozar los desafíos pendientes en los albores del nuevo milenio.
Y lo hace mirando al pasado reciente y considerando el peso de ese pasado en la marcha de los acontecimientos de hoy en día. No se trata por ello de una síntesis de historia política al modo tradicional. Sin perder de vista esta dimensión imprescindible para entender el mundo actual, el autor ha querido que su presencia –siendo todo lo relevante que es- no llegue al punto de desplazar otras cuestiones que se perfilan como esenciales para tomar conciencia del horizonte al que nos dirigimos: de ahí que muchos temas de historia social y cultural adquieran en estas páginas un protagonismo, no diré que insólito en este tipo de breviarios, pero sí lo suficiente como para que la obra presente una originalidad incuestionable.
Una originalidad, por otro lado, que se manifiesta sin grandes alharacas, matizada e inserta en un discurso claro y funcional que toma como punto de partida la conversión del mundo bipolar de 1945 en el mucho más complicado mundo multipolar de 1990. A este primer capítulo le sigue otro que traza los “caminos divergentes de las sociedades mundiales” en el mismo período. Una vez expuesto el estado de las cosas a finales del siglo XX, Núñez Seixas aborda cuatro grandes temas que en puridad son mucho más que las “utopías pendientes” a las que reductivamente se alude en el título: la memoria histórica tras los horrores de los totalitarismos, la cuestión de las aspiraciones y las identidades nacionales, la “larga marcha” de las mujeres por sus derechos y el reconocimiento social y, en fin, el progresivo deterioro del medio ambiente, con un planteamiento que desborda los tópicos ecologistas para tratar seriamente asuntos tan peliagudos como la “bomba demográfica” y el cambio climático. Tras estos capítulos temáticos, el autor vuelve al planteamiento cronológico más convencional para cerrar el volumen con un breve examen de cómo es el mundo hoy, este espacio global de incertidumbres y de hegemonías discutidas y compartidas. La obra se cierra con una cronología y una bibliografía básicas, muy en consonancia con el tono didáctico y divulgativo que Núñez Seixas ha querido imprimir a su reflexión.
La batalla de las Ardenas
Ardenas 1944. La última apuesta de Hitler. Antony Beevor. Traducción de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda. Crítica, Barcelona, 2015. 576 pp. 27,90 €.
Publicado en El Cultural, 17/07/2015.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Ardenas-1944/36785
Ya ha tenido lugar el desembarco de Normandía. Las fuerzas aliadas avanzan lenta pero implacablemente por el territorio francés hacia la frontera alemana. La resistencia germana, aunque tenaz, es cada vez menos efectiva ante la superioridad de elementos y materiales de norteamericanos y británicos. En la frontera este el peligro para las tropas de Hitler es más acuciante si cabe. Tras la derrota nazi en Stalingrado casi todo han sido reveses para los alemanes en el frente oriental. De hecho, Stalin solo está esperando el frío extremo del invierno en la zona para que sus tanques atraviesen los ríos helados y se planten en Berlín antes de que consigan llegar los estadounidenses. A finales de 1944 la guerra ha dado un giro espectacular. La aplastante victoria nazi, que muchos auguraban un par de años antes, ha dado paso a un escenario diametralmente distinto. El diagnóstico más generalizado es ahora que Alemania está contra las cuerdas y solo es cuestión de tiempo que tenga que aceptar la rendición.
Pero el primero que no comparte ese diagnóstico es el jefe máximo de las tropas germanas. Sería no conocer a Hitler pensar que va a tirar la toalla sin más. La situación es casi desperada, desde luego, y él lo sabe. Pero por eso mismo quiere jugar su penúltima baza: un ataque sorpresa en el frente occidental para dividir a las fuerzas aliadas. El objetivo, nada menos que tomar la ciudad belga de Amberes. Dos ejércitos completos de sus fuerzas armadas van a acometer la misión. Cuentan con el mal tiempo -niebla y nieve- para neutralizar la superioridad del enemigo. Y, por encima de todo, cuentan una vez más con la audacia de una jugada inesperada y el factor sorpresa. El 16 de diciembre de 1944 comienza la que será conocida como batalla de las Ardenas, por desarrollarse en esa comarca del territorio belga. Es la última gran ofensiva alemana en el frente occidental.
Hitler tenía razón en una cosa, que los aliados no esperaban el ataque y, sobre todo, que a esas alturas de la guerra no creían que Alemania tuviera todavía esa capacidad de reacción. Pero se equivocaba en todo lo demás: sobre el papel la iniciativa alemana era una locura y así se lo hicieron ver los generales a Hitler. Detraía fuerzas del frente oriental para combatir a los rusos (que constituían la amenaza más inmediata) y el mismo plan de llegar hasta Amberes era utópico dada la relación de fuerzas entre los contendientes. Como tantas otras veces en la historia era en el fondo una carnicería inútil.
Quizás por eso mismo la desesperación provocó una crueldad desaforada. Como dice Beevor, “los combates en las Ardenas alcanzaron un grado de brutalidad sin precedentes en el Frente Occidental”. No se refiere solo a los combates propiamente dichos en unas condiciones climatológicas espeluznantes, sino al fusilamiento de prisioneros, matanzas a sangre fría (Malmédy), asesinatos de civiles y destrucción de todo lo que se encontraban a su paso. Los alemanes fueron los principales responsables de esas crueldades (Peiper) pero los norteamericanos (por ejemplos los soldados de Bradley) se dejaron llevar a veces por la ley del Talión. En cuanto a las bajas, los dos ejércitos quedaron en tablas: unas ochenta mil en el bando alemán y otras tantas en el aliado.
Los numerosos lectores de Antony Beevor, que ha convertido la historia militar en sucesivos best-sellers (Stalingrado, La batalla de Creta, Berlín, El día D, La guerra civil española y tantos otros títulos), reconocerán aquí el estilo del autor y la maestría de la que hace gala en todas sus obras al combinar erudición y capacidad divulgativa. Los trabajos de Beevor se nutren, como cualquiera puede comprobar, de una sólida labor de archivo y un excelente manejo de fuentes de primera mano, pero se marcan como objetivo fundamental una exposición diáfana y atractiva. Beevor tiene siempre presente las grandes líneas del desarrollo de los acontecimientos pero procura no caer en la exposición fría y distanciada. Atiende por ello a los detalles humanos. En este caso, para poner de relieve que detrás de los grandes movimientos de tropas había seres humanos que perdieron la vida en condiciones atroces.
Publicado en El Cultural, 17/07/2015.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Ardenas-1944/36785
Ya ha tenido lugar el desembarco de Normandía. Las fuerzas aliadas avanzan lenta pero implacablemente por el territorio francés hacia la frontera alemana. La resistencia germana, aunque tenaz, es cada vez menos efectiva ante la superioridad de elementos y materiales de norteamericanos y británicos. En la frontera este el peligro para las tropas de Hitler es más acuciante si cabe. Tras la derrota nazi en Stalingrado casi todo han sido reveses para los alemanes en el frente oriental. De hecho, Stalin solo está esperando el frío extremo del invierno en la zona para que sus tanques atraviesen los ríos helados y se planten en Berlín antes de que consigan llegar los estadounidenses. A finales de 1944 la guerra ha dado un giro espectacular. La aplastante victoria nazi, que muchos auguraban un par de años antes, ha dado paso a un escenario diametralmente distinto. El diagnóstico más generalizado es ahora que Alemania está contra las cuerdas y solo es cuestión de tiempo que tenga que aceptar la rendición.
Pero el primero que no comparte ese diagnóstico es el jefe máximo de las tropas germanas. Sería no conocer a Hitler pensar que va a tirar la toalla sin más. La situación es casi desperada, desde luego, y él lo sabe. Pero por eso mismo quiere jugar su penúltima baza: un ataque sorpresa en el frente occidental para dividir a las fuerzas aliadas. El objetivo, nada menos que tomar la ciudad belga de Amberes. Dos ejércitos completos de sus fuerzas armadas van a acometer la misión. Cuentan con el mal tiempo -niebla y nieve- para neutralizar la superioridad del enemigo. Y, por encima de todo, cuentan una vez más con la audacia de una jugada inesperada y el factor sorpresa. El 16 de diciembre de 1944 comienza la que será conocida como batalla de las Ardenas, por desarrollarse en esa comarca del territorio belga. Es la última gran ofensiva alemana en el frente occidental.
Hitler tenía razón en una cosa, que los aliados no esperaban el ataque y, sobre todo, que a esas alturas de la guerra no creían que Alemania tuviera todavía esa capacidad de reacción. Pero se equivocaba en todo lo demás: sobre el papel la iniciativa alemana era una locura y así se lo hicieron ver los generales a Hitler. Detraía fuerzas del frente oriental para combatir a los rusos (que constituían la amenaza más inmediata) y el mismo plan de llegar hasta Amberes era utópico dada la relación de fuerzas entre los contendientes. Como tantas otras veces en la historia era en el fondo una carnicería inútil.
Quizás por eso mismo la desesperación provocó una crueldad desaforada. Como dice Beevor, “los combates en las Ardenas alcanzaron un grado de brutalidad sin precedentes en el Frente Occidental”. No se refiere solo a los combates propiamente dichos en unas condiciones climatológicas espeluznantes, sino al fusilamiento de prisioneros, matanzas a sangre fría (Malmédy), asesinatos de civiles y destrucción de todo lo que se encontraban a su paso. Los alemanes fueron los principales responsables de esas crueldades (Peiper) pero los norteamericanos (por ejemplos los soldados de Bradley) se dejaron llevar a veces por la ley del Talión. En cuanto a las bajas, los dos ejércitos quedaron en tablas: unas ochenta mil en el bando alemán y otras tantas en el aliado.
Los numerosos lectores de Antony Beevor, que ha convertido la historia militar en sucesivos best-sellers (Stalingrado, La batalla de Creta, Berlín, El día D, La guerra civil española y tantos otros títulos), reconocerán aquí el estilo del autor y la maestría de la que hace gala en todas sus obras al combinar erudición y capacidad divulgativa. Los trabajos de Beevor se nutren, como cualquiera puede comprobar, de una sólida labor de archivo y un excelente manejo de fuentes de primera mano, pero se marcan como objetivo fundamental una exposición diáfana y atractiva. Beevor tiene siempre presente las grandes líneas del desarrollo de los acontecimientos pero procura no caer en la exposición fría y distanciada. Atiende por ello a los detalles humanos. En este caso, para poner de relieve que detrás de los grandes movimientos de tropas había seres humanos que perdieron la vida en condiciones atroces.
lunes, 6 de julio de 2015
Mañana será tarde
Mañana será tarde. José Antonio Zarzalejos, Planeta, Barcelona, 2015. 320 pp.
Publicado en El Cultural 3-7-2015.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Manana-sera-tarde/36710
La confluencia de la crisis económica mundial con una serie de problemas internos, como la corrupción y el desafío catalanista, ha conducido a un patente desgaste del régimen constitucional del 78. Los defectos de nuestro ordenamiento político se han agravado o, como mínimo, se han hecho más ostensibles. La democracia española no ha sabido encarar los nuevos retos o esa es al menos la opinión mayoritaria en los medios y el debate público. De ahí que haya proliferado una corriente crítica, de corte regeneracionista que, como el regeneracionismo clásico de hace un siglo, hace hincapié en “los males de España”, simbolizados en este caso por unos partidos políticos anquilosados y una clase dirigente –la famosa “casta”- que parece haberse quedado sin respuestas ante los nuevos tiempos.
La figura de José Antonio Zarzalejos (Bilbao, 1954) no requiere presentación alguna. Profesional de los medios –como analista, contertulio o director de importantes diarios- con una larga y acreditada trayectoria, Zarzalejos se ha labrado una sólida reputación de periodista de raza, serio, ponderado, con buenas fuentes y excelentes relaciones con el establishment. Precisamente por todo ello constituye por sí misma una inequívoca señal de alarma de cómo están las cosas que un autor tradicionalmente moderado parezca apostar por una especie de “enmienda a la totalidad” con un libro que se titula de modo inquietante Mañana será tarde y cuya portada se ilustra nada menos que con un paraguas abierto y roto del mapa de España.
Bien es verdad –apresurémonos a matizar- que, tras la lectura del libro, la impresión que queda no llega a ese grado de sobresalto. No es menos cierto, por otro lado, que en los últimos tiempos se han generado en el debate político unos niveles de agresividad y descalificación que han barrido las propuestas moderadas, arrumbadas poco menos que como meros paños calientes, cuando no de expresión de una connivencia culpable con “la casta”. En cualquier caso, el análisis de Zarzalejos se aleja tanto del catastrofismo rayano en la demagogia como de la sugerencia del simple lavado de cara de un sistema que se halla, en su opinión, en una crisis tan grave como profunda.
No es por tanto cuestión de simples retoques ni de cambio de personas, aun siendo necesarias las reformas y el cambio generacional. Lo que se precisa, siempre siguiendo al autor, es un doble proceso, de limpieza por una parte y de reconstrucción por otra. Dicha limpieza de malas prácticas debe hacerse en todos los terrenos y afectar a todos, desde el titular de la Corona (¡qué retrato se hace del anterior rey!) a los grandes periódicos que buscan el amparo del poder. Y tras esa higienización de la vida pública (porque la corrupción no es solo ni principalmente un problema económico), una moralización de los comportamientos individuales y un saneamiento de las instituciones, con el diseño de unas nuevas reglas de juego basadas en la libertad, la independencia de los poderes, la honestidad y el respeto mutuo.
El objetivo principal del libro no es sin embargo establecer un catálogo de soluciones o medidas urgentes. Zarzalejos no propone nada que se pueda parecer a un programa político determinado. Se limita a señalar los males y, de pasada o de modo implícito, sugiera medidas profilácticas. Con todo, quizás la mayor inquietud que queda tras cerrar el libro es que algunos de los problemas que hoy parecen más acuciantes, como la corrupción, son peccata minuta al lado de otros profundamente enquistados, como el encaje catalán y vasco en el edificio constitucional español. Porque para esto último ni Zarzalejos ni nadie tiene hoy por hoy una respuesta satisfactoria.
Publicado en El Cultural 3-7-2015.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Manana-sera-tarde/36710
La confluencia de la crisis económica mundial con una serie de problemas internos, como la corrupción y el desafío catalanista, ha conducido a un patente desgaste del régimen constitucional del 78. Los defectos de nuestro ordenamiento político se han agravado o, como mínimo, se han hecho más ostensibles. La democracia española no ha sabido encarar los nuevos retos o esa es al menos la opinión mayoritaria en los medios y el debate público. De ahí que haya proliferado una corriente crítica, de corte regeneracionista que, como el regeneracionismo clásico de hace un siglo, hace hincapié en “los males de España”, simbolizados en este caso por unos partidos políticos anquilosados y una clase dirigente –la famosa “casta”- que parece haberse quedado sin respuestas ante los nuevos tiempos.
La figura de José Antonio Zarzalejos (Bilbao, 1954) no requiere presentación alguna. Profesional de los medios –como analista, contertulio o director de importantes diarios- con una larga y acreditada trayectoria, Zarzalejos se ha labrado una sólida reputación de periodista de raza, serio, ponderado, con buenas fuentes y excelentes relaciones con el establishment. Precisamente por todo ello constituye por sí misma una inequívoca señal de alarma de cómo están las cosas que un autor tradicionalmente moderado parezca apostar por una especie de “enmienda a la totalidad” con un libro que se titula de modo inquietante Mañana será tarde y cuya portada se ilustra nada menos que con un paraguas abierto y roto del mapa de España.
Bien es verdad –apresurémonos a matizar- que, tras la lectura del libro, la impresión que queda no llega a ese grado de sobresalto. No es menos cierto, por otro lado, que en los últimos tiempos se han generado en el debate político unos niveles de agresividad y descalificación que han barrido las propuestas moderadas, arrumbadas poco menos que como meros paños calientes, cuando no de expresión de una connivencia culpable con “la casta”. En cualquier caso, el análisis de Zarzalejos se aleja tanto del catastrofismo rayano en la demagogia como de la sugerencia del simple lavado de cara de un sistema que se halla, en su opinión, en una crisis tan grave como profunda.
No es por tanto cuestión de simples retoques ni de cambio de personas, aun siendo necesarias las reformas y el cambio generacional. Lo que se precisa, siempre siguiendo al autor, es un doble proceso, de limpieza por una parte y de reconstrucción por otra. Dicha limpieza de malas prácticas debe hacerse en todos los terrenos y afectar a todos, desde el titular de la Corona (¡qué retrato se hace del anterior rey!) a los grandes periódicos que buscan el amparo del poder. Y tras esa higienización de la vida pública (porque la corrupción no es solo ni principalmente un problema económico), una moralización de los comportamientos individuales y un saneamiento de las instituciones, con el diseño de unas nuevas reglas de juego basadas en la libertad, la independencia de los poderes, la honestidad y el respeto mutuo.
El objetivo principal del libro no es sin embargo establecer un catálogo de soluciones o medidas urgentes. Zarzalejos no propone nada que se pueda parecer a un programa político determinado. Se limita a señalar los males y, de pasada o de modo implícito, sugiera medidas profilácticas. Con todo, quizás la mayor inquietud que queda tras cerrar el libro es que algunos de los problemas que hoy parecen más acuciantes, como la corrupción, son peccata minuta al lado de otros profundamente enquistados, como el encaje catalán y vasco en el edificio constitucional español. Porque para esto último ni Zarzalejos ni nadie tiene hoy por hoy una respuesta satisfactoria.
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