Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial. Svetlana Alexiévich. Traducción de Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González. Debate, Barcelona, 2016. 334 pp. 22,90 €
Publicado en El Cultural, 7-10-2016.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Ultimos-testigos/38629
Como suele suceder con los autores que obtienen el Nobel de Literatura, la obra de Svetlana Alexiévich (1948) ha conocido una rápida difusión en breve tiempo. Como es sabido, la escritora bielorrusa lo ganó en 2015. La mayor parte de sus obras importantes ha sido vertida al castellano en los últimos meses. El público español puede así tener un conocimiento bastante ajustado de sus preocupaciones, sus temas y del modo concreto en que los aborda.
Quizá lo primero y más importante que habría que destacar es que Alexiévich no responde al patrón convencional del novelista, fabulador o poeta que consiguen el prestigioso premio. Alexiévich es más bien una periodista o, si se prefiere, una ensayista en la línea del también afamado cronista de los avatares del mundo actual que fue Ryszard Kapuściński. Esto no quiere decir que ambos se parezcan porque la escritora bielorrusa tiene una voz propia y un estilo inconfundible.
Ello es así, primero, por su perspectiva femenina, es decir, por su manifiesta voluntad de dar voz a las mujeres, en su opinión no solo las mayores damnificadas de guerras y catástrofes, sino también las grandes marginadas, las permanentemente silenciadas. La obra que mejor expresa y simboliza esa recuperación de la mirada femenina es sin duda La guerra no tiene rostro de mujer. En sus páginas encontramos los testimonios de una parte de las miles de mujeres que vivieron –sufrieron- las penalidades de la Segunda Guerra Mundial, expuesto con una sinceridad desgarradora, con la mínima elaboración por parte de la autora, con el fin de no restar un ápice de protagonismo a las víctimas o testigos directos de las penalidades.
He aquí, implícito, el segundo denominador común de la obra de de Aliexiévich, su decidido empeño en dejar expresarse a los protagonistas sin interposición, sin buscar réditos literarios o estilísticos. En un mundo en el que los egos hipertrofiados están a la orden del día, no puede considerarse este un asunto menor. Así, en Voces de Chernóbil, la autora del libro permanece ostensiblemente en la penumbra para que sean los habitantes de la zona los que cuenten de primera mano las consecuencias de la catástrofe.
El tercer rasgo de la producción de la escritora bielorrusa es su afán por ceder la palabra a la gente común, esa población a la que no se le da voz ni voto pero que sufren de modo brutal las decisiones arbitrarias de los poderosos. En otra de sus obras más celebradas, Los chicos de zinc, trata de los jóvenes que fueron a morir en la desgraciada guerra de Afganistán. Por último, el cuarto gran atributo de la literatura de Aliexiévich es su vívido retrato del desplome de las ilusiones del paraíso socialista en obras como El fin del homo sovieticus y Cautivados por la muerte.
En el libro que ahora nos ocupa, Svetlana Alexiévich vuelve a poner de relieve la mayor parte de las virtudes y características señaladas en las líneas anteriores. Nuevamente, las víctimas más vulnerables, en este caso los niños; reaparece el escenario bélico, la Segunda Guerra Mundial y otra vez, las voces de los protagonistas sin apenas mediación. Tanto es así que la autora renuncia a la contextualización o incluso a una breve introducción y prefiere, dicho así en la primera página, “en lugar de prefacio…, una cita”. Una cita para recordar que en la “Gran Guerra Patria” murieron millones de niños soviéticos. Y, tras ese recordatorio, una pregunta demoledora, la que formuló Dostoievski en su momento y que aquí adquiere proporciones de lamento desgarrador: ¿es posible la absolución de un mundo que produce el sufrimiento de un niño inocente?
Las páginas que siguen recopilan testimonios de decenas de niños de entonces, hoy ya muy mayores, los “últimos testigos” que menciona el título. Privilegiados hasta cierto punto porque sobrevivieron, porque no formaron parte de los casi trece millones de niños muertos que produjo la guerra. Pero que quedaron marcados por un sufrimiento atroz: muchos vieron cómo torturaban o asesinaban a sus padres, madres o hermanos, cómo quemaban o destruían sus hogares. Pasaron sed, hambre, frío y enfermedades, malvivieron aterrorizados en guetos, prisiones o campos de exterminio. No es extraño que una de las voces que aquí se recogen resuma todo así: “Me dan miedo los hombres… Me dan miedo desde la guerra”.
martes, 11 de octubre de 2016
lunes, 12 de septiembre de 2016
Experiencia y Memoria de la División Azul
Camarada invierno. Experiencia y memoria de la División Azul (1941-1945). Xosé Manoel Núñez Seixas. Crítica, Barcelona, 2016. 576 pp. 26,90 €.
Publicado en El Cultural, 9-9-2016.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Camarada-invierno-Experiencia-y-memoria-de-la-Division-Azul-1941-1945/38509
Hará mal quien piense al ver el título de este libro que es “uno más” sobre la División Azul. Y se equivocará quien considere que se ha dicho todo sobre la famosa expedición española que se reclutó en 1941 para colaborar con el III Reich en la invasión rusa. Es verdad que han aparecido en los últimos años varias obras importantes sobre dicho episodio: La División Azul. Sangre española en Rusia (Crítica, 2004) de Moreno Juliá, autor que luego ofreció una monografía minuciosa de la Legión Azul (Actas, 2014); De héroes e indeseables. La División Azul (Espasa, 2007) de Rodríguez Jiménez y La División Azul (RBA, 2011) de Martínez Reverte. No era fácil ofrecer algo novedoso. Pero Núñez Seixas (Ourense, 1966), catedrático en Múnich, es un historiador que disfruta aceptando retos. Autor muy prolífico, sus estudios destacan por su rigor conceptual y su magnífico manejo de fuentes. Especialista en nacionalismos, ha orientado también sus indagaciones en campos como las migraciones y ha publicado brillantes síntesis divulgativas como Las utopías pendientes. Una breve historia del mundo desde 1945 (Crítica, 2015).
Difícil imaginar alguien mejor que Núñez Seixas para ofrecer una nueva mirada sobre la División Azul. Políglota, buen conocedor de archivos extranjeros y ubicado desde hace tiempo en tierras germanas, Seixas venía publicando desde hace años esclarecedores artículos sobre aspectos parciales de la contribución franquista a Hitler. Ahora ha dado el salto a una visión de conjunto. Y lo ha hecho con un acopio documental ingente (notas y bibliografía ocupan más de 150 pp., casi la tercera parte del volumen) y, sobre todo, desde la perspectiva de una “renovada mirada historiográfica” que implica una nueva concepción de la historia militar y la incorporación de la hoy pujante historia cultural de la violencia.
¿Y todo ello qué supone, qué significa en términos concretos? Pues un cambio fundamental de perspectiva. Simplificando mucho, podríamos decir que la “historia desde abajo”. Lo que interesa en estas apasionantes páginas es cómo se ve la guerra a ras de suelo –frío, suciedad, piojos, tedio-, qué siente y qué piensa el soldado, por qué lucha, cómo establece lazos de camaradería, cuál es su concepción del enemigo y del país que pisa, cómo vence el miedo, cómo afronta la muerte siempre cercana. Se trata en definitiva de desentrañar con la mayor precisión posible el conjunto de vivencias, actitudes y mentalidades que configuran la “cultura de guerra” y la “experiencia del combate”.
Pero como toda historia se hace sobre un sustrato anterior, Núñez Seixas tiene siempre muy presente la “leyenda blanca” que ha acompañado tradicionalmente a la División Azul. Tachados de idealistas o hasta ingenuos, los divisionarios parecían quedar al margen de la barbarie nazi. El autor matiza mucho este retrato, sin darle totalmente la vuelta. Es verdad que su comportamiento nunca llegó a los extremos de crueldad y sadismo de los nazis, pero no puede silenciarse que estaban allí colaborando en una guerra de exterminio. En el mejor de los casos fueron cómplices o espectadores pasivos, como pasó en lo relativo al holocausto judío. Afortunadamente para ellos no les tocó participar en los episodios más sanguinarios. Esto hasta cierto punto les salvó del oprobio posterior. Precisamente al “legado y memoria” de la División Azul (cómo fue juzgada en la España de la segunda mitad del siglo XX) dedica Seixas el último capítulo, poniendo con ello de relieve hasta el final el carácter original y ambicioso de su estudio.
Publicado en El Cultural, 9-9-2016.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Camarada-invierno-Experiencia-y-memoria-de-la-Division-Azul-1941-1945/38509
Hará mal quien piense al ver el título de este libro que es “uno más” sobre la División Azul. Y se equivocará quien considere que se ha dicho todo sobre la famosa expedición española que se reclutó en 1941 para colaborar con el III Reich en la invasión rusa. Es verdad que han aparecido en los últimos años varias obras importantes sobre dicho episodio: La División Azul. Sangre española en Rusia (Crítica, 2004) de Moreno Juliá, autor que luego ofreció una monografía minuciosa de la Legión Azul (Actas, 2014); De héroes e indeseables. La División Azul (Espasa, 2007) de Rodríguez Jiménez y La División Azul (RBA, 2011) de Martínez Reverte. No era fácil ofrecer algo novedoso. Pero Núñez Seixas (Ourense, 1966), catedrático en Múnich, es un historiador que disfruta aceptando retos. Autor muy prolífico, sus estudios destacan por su rigor conceptual y su magnífico manejo de fuentes. Especialista en nacionalismos, ha orientado también sus indagaciones en campos como las migraciones y ha publicado brillantes síntesis divulgativas como Las utopías pendientes. Una breve historia del mundo desde 1945 (Crítica, 2015).
Difícil imaginar alguien mejor que Núñez Seixas para ofrecer una nueva mirada sobre la División Azul. Políglota, buen conocedor de archivos extranjeros y ubicado desde hace tiempo en tierras germanas, Seixas venía publicando desde hace años esclarecedores artículos sobre aspectos parciales de la contribución franquista a Hitler. Ahora ha dado el salto a una visión de conjunto. Y lo ha hecho con un acopio documental ingente (notas y bibliografía ocupan más de 150 pp., casi la tercera parte del volumen) y, sobre todo, desde la perspectiva de una “renovada mirada historiográfica” que implica una nueva concepción de la historia militar y la incorporación de la hoy pujante historia cultural de la violencia.
¿Y todo ello qué supone, qué significa en términos concretos? Pues un cambio fundamental de perspectiva. Simplificando mucho, podríamos decir que la “historia desde abajo”. Lo que interesa en estas apasionantes páginas es cómo se ve la guerra a ras de suelo –frío, suciedad, piojos, tedio-, qué siente y qué piensa el soldado, por qué lucha, cómo establece lazos de camaradería, cuál es su concepción del enemigo y del país que pisa, cómo vence el miedo, cómo afronta la muerte siempre cercana. Se trata en definitiva de desentrañar con la mayor precisión posible el conjunto de vivencias, actitudes y mentalidades que configuran la “cultura de guerra” y la “experiencia del combate”.
Pero como toda historia se hace sobre un sustrato anterior, Núñez Seixas tiene siempre muy presente la “leyenda blanca” que ha acompañado tradicionalmente a la División Azul. Tachados de idealistas o hasta ingenuos, los divisionarios parecían quedar al margen de la barbarie nazi. El autor matiza mucho este retrato, sin darle totalmente la vuelta. Es verdad que su comportamiento nunca llegó a los extremos de crueldad y sadismo de los nazis, pero no puede silenciarse que estaban allí colaborando en una guerra de exterminio. En el mejor de los casos fueron cómplices o espectadores pasivos, como pasó en lo relativo al holocausto judío. Afortunadamente para ellos no les tocó participar en los episodios más sanguinarios. Esto hasta cierto punto les salvó del oprobio posterior. Precisamente al “legado y memoria” de la División Azul (cómo fue juzgada en la España de la segunda mitad del siglo XX) dedica Seixas el último capítulo, poniendo con ello de relieve hasta el final el carácter original y ambicioso de su estudio.
martes, 2 de agosto de 2016
Duelo a muerte en Sevilla
Duelo a muerte en Sevilla. Una historia española del novecientos. Miguel Martorell Linares. Ediciones del Viento/Centro de Estudios Andaluces, La Coruña, 2016. 352 pp. 21 €.
Publicado en El Cultural, 15-7-2016.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Duelo-a-muerte-en-Sevilla-Una-historia-espanola-del-novecientos/38384
“Sevilla tuvo que ser…” No sería imaginable un marco más adecuado para la historia que se cuenta en estas páginas que la capital andaluza. Desde el título, Duelo a muerte…, hasta la ilustración de la portada (un detalle del célebre cuadro de Édouard Manet Torero muerto), el lector ya sabe, antes aun de abrir el libro, que va a hallar un relato de tintes folletinescos en un ambiente que, con manifiesta impropiedad, se denomina romántico. Digo esto porque los hechos centrales que vertebran la crónica tuvieron lugar en 1904 y, pese a ser esta fecha tan tardía en relación con el genuino romanticismo, muestra no obstante unos similares patrones de conducta y un rígido código moral –ambos hoy periclitados- en unas fatídicas coordenadas de amor y muerte.
No hay toreros en esta historia pero sí casi todos los demás elementos dramáticos que servían de contrapunto excitante a aquella despreocupada sociedad burguesa que se divertía en los cafés, teatros y salones de una Europa aparentemente satisfecha: matrimonios de conveniencia, fortunas que se heredan y se dilapidan, lances de honor, conflictos de clase, deudas de juego, pugnas políticas entre civiles y militares, motines, dilemas éticos y, en el centro de todo, naturalmente, una gran dama en la que confluyen todos los hilos, todas las tramas, todos los personajes. Un mundo autosuficiente y ensimismado que estaba lejos de atisbar el precipicio al que se iba a dirigir en pocos años, en el verano de 1914.
La fábrica de loza fina de La Cartuja de Sevilla ha sido desde su fundación a comienzos del siglo XIX por el británico Carlos Pickman una auténtica institución en la vida económica, social y cultural andaluza. En 1899 heredó el título nobiliario María de las Cuevas Pickman, hija única que tuvo el segundo marqués con una obrera de la fábrica, con la que -para escándalo del pacato y alicorto entorno tradicional- terminó casándose. La elite no podía olvidar que María de las Cuevas, aunque aristócrata, era también hija de una simple trabajadora, razón que sin duda abonó su boda en 1891 con un burgués de ilustres apellidos, Rafael de León y Primo de Rivera. En la transacción, cada parte aportaba algo esencial de lo que carecía la otra, rasgo usual en las relaciones de la época.
Nada habría salido de los cauces establecidos si Rafael de León, el marqués consorte, se hubiera conformado con su incipiente carrera política o los devaneos socialmente admitidos. Pero su costosa afición a los carruajes y, sobre todo, a un tren de vida espléndido, que se veía potenciado además por un talante derrochador -más que generoso-, le condujeron a una completa bancarrota. Quiso salir de ella a la desesperada, como también era usual entonces, pidiendo préstamos en condiciones imposibles de satisfacer.
En ese punto de su vida se cruza en el camino un capitán de la Guardia Civil, Vicente Paredes. Por razones no del todo claras –aunque María de las Cuevas algo tuviera que ver en todo ello- Rafael de León abofeteó públicamente al militar. Una afrenta que, de acuerdo con el código que regía entre caballeros, tenía que solventarse en el campo del honor, esto es, mediante un duelo. Por complejas razones que el autor del libro explica muy bien, el litigio privado adquirió una dimensión pública de carácter político e institucional, pues para el capitán general de Andalucía, Agustín Luque, era imprescindible salvaguardar el honor y la supremacía militares ante lo que se reputaba como una más –pero bien notoria- entre las múltiples agresiones contra el uniforme desde el ámbito civil.
Todo el embrollo no termina ahí, como bien puede suponerse, pero no contaré más de la trama y sí en cambio señalaré que, a partir de este pequeño incidente, Miguel Martorell (Madrid, 1963), buen conocedor de la época (es autor de una magnífica biografía de Sánchez Guerra no casualmente subtitulada Un hombre de honor) ha conseguido trazar un magnífico fresco del ambiente sevillano y del momento histórico. A través de unos personajes característicos y bien perfilados accedemos al latido de una sociedad que trata de sacudirse el yugo del clericalismo y el militarismo, mientras que el país en su conjunto se muestra aún convaleciente por el reciente desastre del 98.
Publicado en El Cultural, 15-7-2016.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Duelo-a-muerte-en-Sevilla-Una-historia-espanola-del-novecientos/38384
“Sevilla tuvo que ser…” No sería imaginable un marco más adecuado para la historia que se cuenta en estas páginas que la capital andaluza. Desde el título, Duelo a muerte…, hasta la ilustración de la portada (un detalle del célebre cuadro de Édouard Manet Torero muerto), el lector ya sabe, antes aun de abrir el libro, que va a hallar un relato de tintes folletinescos en un ambiente que, con manifiesta impropiedad, se denomina romántico. Digo esto porque los hechos centrales que vertebran la crónica tuvieron lugar en 1904 y, pese a ser esta fecha tan tardía en relación con el genuino romanticismo, muestra no obstante unos similares patrones de conducta y un rígido código moral –ambos hoy periclitados- en unas fatídicas coordenadas de amor y muerte.
No hay toreros en esta historia pero sí casi todos los demás elementos dramáticos que servían de contrapunto excitante a aquella despreocupada sociedad burguesa que se divertía en los cafés, teatros y salones de una Europa aparentemente satisfecha: matrimonios de conveniencia, fortunas que se heredan y se dilapidan, lances de honor, conflictos de clase, deudas de juego, pugnas políticas entre civiles y militares, motines, dilemas éticos y, en el centro de todo, naturalmente, una gran dama en la que confluyen todos los hilos, todas las tramas, todos los personajes. Un mundo autosuficiente y ensimismado que estaba lejos de atisbar el precipicio al que se iba a dirigir en pocos años, en el verano de 1914.
La fábrica de loza fina de La Cartuja de Sevilla ha sido desde su fundación a comienzos del siglo XIX por el británico Carlos Pickman una auténtica institución en la vida económica, social y cultural andaluza. En 1899 heredó el título nobiliario María de las Cuevas Pickman, hija única que tuvo el segundo marqués con una obrera de la fábrica, con la que -para escándalo del pacato y alicorto entorno tradicional- terminó casándose. La elite no podía olvidar que María de las Cuevas, aunque aristócrata, era también hija de una simple trabajadora, razón que sin duda abonó su boda en 1891 con un burgués de ilustres apellidos, Rafael de León y Primo de Rivera. En la transacción, cada parte aportaba algo esencial de lo que carecía la otra, rasgo usual en las relaciones de la época.
Nada habría salido de los cauces establecidos si Rafael de León, el marqués consorte, se hubiera conformado con su incipiente carrera política o los devaneos socialmente admitidos. Pero su costosa afición a los carruajes y, sobre todo, a un tren de vida espléndido, que se veía potenciado además por un talante derrochador -más que generoso-, le condujeron a una completa bancarrota. Quiso salir de ella a la desesperada, como también era usual entonces, pidiendo préstamos en condiciones imposibles de satisfacer.
En ese punto de su vida se cruza en el camino un capitán de la Guardia Civil, Vicente Paredes. Por razones no del todo claras –aunque María de las Cuevas algo tuviera que ver en todo ello- Rafael de León abofeteó públicamente al militar. Una afrenta que, de acuerdo con el código que regía entre caballeros, tenía que solventarse en el campo del honor, esto es, mediante un duelo. Por complejas razones que el autor del libro explica muy bien, el litigio privado adquirió una dimensión pública de carácter político e institucional, pues para el capitán general de Andalucía, Agustín Luque, era imprescindible salvaguardar el honor y la supremacía militares ante lo que se reputaba como una más –pero bien notoria- entre las múltiples agresiones contra el uniforme desde el ámbito civil.
Todo el embrollo no termina ahí, como bien puede suponerse, pero no contaré más de la trama y sí en cambio señalaré que, a partir de este pequeño incidente, Miguel Martorell (Madrid, 1963), buen conocedor de la época (es autor de una magnífica biografía de Sánchez Guerra no casualmente subtitulada Un hombre de honor) ha conseguido trazar un magnífico fresco del ambiente sevillano y del momento histórico. A través de unos personajes característicos y bien perfilados accedemos al latido de una sociedad que trata de sacudirse el yugo del clericalismo y el militarismo, mientras que el país en su conjunto se muestra aún convaleciente por el reciente desastre del 98.
viernes, 1 de julio de 2016
La construcción de la España progresista
Jesús Torrecilla: España al revés. Los mitos del pensamiento progresista (1790-1840). Marcial Pons. Madrid, 2016. 308 pp.
Publicado en Revista de Libros, 29-06-2016.
http://www.revistadelibros.com/articulos/la-construccion-de-la-espana-progresista
¿Hay una España progresista o, por lo menos, una España que se considera tal y que así se autodenomina? Tan cierto como que hay día y noche, contestaría y constataría cualquiera, a la clásica usanza. Tan cierto, al menos, como que hay otra España que sostiene ideas contrapuestas y que, en principio o más unívocamente, resulta fácil y socorrido caracterizar cono España conservadora. Aguarde el lector apresurado: no, esto no trata de la dialéctica de las dos Españas sino solo del proceso de construcción de una idea de España, de lo que era en su momento, de lo que había sido y, por encima de todo, de lo que debía ser. Precisemos más, de un modo que nos introduzca casi imperceptiblemente en el tema: vamos a hablar, matizando la afirmación anterior, de cómo un sector de españoles examinaron en un momento determinado el conflictivo estado de la nación y su problemático papel como elite rectora: un país que, desde su punto de vista, seguía un rumbo incierto y que -esto era lo más doloroso- les daba la espalda o, peor aún, les repudiaba como antipatriotas o antiespañoles. Un país anclado en valores añejos que, según esos sectores ilustrados pero minoritarios, debían ser arrumbados para recuperar su dignidad ante el mundo y ante sí mismo. Y, precisamente, en función de esos ideales y propósitos alternativos, urdieron una determinada concepción de la historia, esto es, interpretaron el pasado en función de sus necesidades presentes y sus objetivos para el porvenir. Por decirlo, en fin, con los términos que están en el candelero desde hace décadas, construyeron un relato a su medida, la crónica de la nación que hubieran deseado más que la que realmente fue.
Ese proceso de construcción de un pasado ad hoc puede datarse históricamente, tuvo su momento fundacional. Nació y se desarrolló en un preciso intervalo, el que media entre la madurez del pensamiento ilustrado y la consolidación de una cosmovisión liberal en el sentido contemporáneo del término. Es el lapso en el que tienen lugar acontecimientos decisivos para la configuración de los Estados tal y como hoy los conocemos en casi todo el mundo civilizado: en primer lugar y sobre todo –revulsivo por antonomasia en el Viejo Continente- la revolución de 1789, la deriva subsiguiente, la expansión napoleónica y la guerra continental, con todo lo que los susodichos hechos conllevan de alteración radical del tablero europeo y, aun más, del surgimiento de una nueva mentalidad, unas nuevas aspiraciones, una eclosión en suma de sentimientos de autonomía individual e independencia de los pueblos. Si a este proceso complejo, ya de por sí perturbador del statu quo, añadimos la fuerza del romanticismo y la conmoción del nacionalismo, que convergen en el mismo punto reclamando la liberación de los naciones y los individuos, tenemos básicamente el panorama convulso que permite entender la necesidad imperiosa de nuevas concepciones del mundo –y naturalmente, dentro de él, de las colectividades nacionales- para adaptarse a los nuevos tiempos.
En una nota a pie de página al comienzo del volumen que nos ocupa (p. 10), se remite Jesús Torrecilla a un estudio fundamental sobre una de las ideologías políticas que ha configurado la España contemporánea, el libro de Javier Herrero sobre Los orígenes del pensamiento reaccionario español (Edicusa, Madrid, 1971). Y lo hace básicamente para perfilar el objetivo medular de su trabajo como la otra cara (complementaria, en gran medida) del análisis que efectuaba el rastreador del pensamiento reaccionario: “Llegaba a la conclusión [el citado Javier Herrero] de que lo que se denomina tradición española ‘ni es tradición ni es española’. Mi estudio –continúa Torrecilla- parte de un propósito similar: indagar el origen de los principales componentes que configuran el discurso progresista para apartarlo del ámbito de las esencias y enraizarlo en la historia”. Al lector mínimamente atento a la bibliografía reciente sobre nación, nacionalismos, tradiciones, memorias y reinterpretaciones varias del pasado, y no digamos ya a los especialistas en estas cuestiones, el propósito del autor de esta obra no solo no le sorprenderá sino que le sonará a dejà vu, teniendo en cuenta la inflación de obras con objetivos similares o asimilables. La variación en este caso –y por ende la originalidad (relativa, todo hay que decirlo)- del ensayo de Torrecilla estriba en que el grueso de los materiales examinados -que sirven de fuentes primarias para las tesis del libro- no son de índole directamente política (manifiestos, programas, tratados y otras proclamas semejantes) sino de carácter literario (narrativa, poesía, teatro).
Sostiene el autor que su obra trata primariamente de mitos, y los mitos “para ser eficaces, deben apelar a las emociones del receptor, algo en cierto modo fuera del alcance de la árida exposición historiográfica”. Una argumentación un poco para andar por casa porque puede argüirse que ni el relato histórico tiene que ser tan “árido” ni el mito se circunscribe exclusivamente al campo “emocional” sino también a una simplificación de la realidad y un sistema de valores. Sea como fuere, démosla por buena porque es evidente que Torrecilla busca -por si acaso- curarse en salud aduciendo que no ha pretendido “escribir un libro de historia en la acepción convencional del término”. Advertencia ociosa también a estas alturas, al menos para el curtido en estos lances. Hoy se admite como moneda corriente el papel cardinal de mitos, leyendas, invenciones, relatos fantasiosos o simples estereotipos en la formación de creencias, mentalidades, opiniones y actitudes. Si algo se cuestiona es precisamente lo que antes se daba por supuesto, la existencia de acontecimientos objetivos, registrables como datos incontrovertibles, para trazar una imagen objetiva de la realidad. En el mejor de los casos, el historiador trata de atenerse a los hechos hasta donde le es posible, pero sabe que con esos mismos sucesos pueden construirse –incluso con una inobjetable metodología y, por supuesto, la mejor de las intenciones- historias diversas y a veces hasta contrapuestas. De hecho y para no irme por las ramas, baste mencionar aquí que existe una extensísima bibliografía sobre el particular. Por lo que toca al caso español, hace ya muchos años que autores como Rafael Pérez de la Dehesa, Inman Fox, Leonardo Romero Tobar y muchos otros estudiaron el papel de la literatura en la conformación de una cosmovisión nacional. Incluso hay un opúsculo de Miguel Ramos Corrada que lleva por título La formación del concepto de historia de la literatura nacional española (Universidad de Oviedo, 2000).
Es verdad que Torrecilla no se propone stricto sensu estudiar la génesis de una concepción nacional en la España contemporánea ni por ende el papel que desempeñaron en ese sentido la literatura o las elucubraciones míticas. Para entendernos, estamos lejos de obras tan ambiciosas y omnicomprensivas como la ineludible Mater dolorosa de Álvarez Junco. El propósito de este libro es más concreto y, por ello, más modesto, la formulación de un pensamiento progresista o, acaso sería más adecuado decir, una interpretación progresista de España que constituyera la alternativa al modelo conservador dominante. La matización nos desliza algunas claves que no deben pasar inadvertidas. Arguye el autor que el planteamiento progresista no solo debía jugar a la contra –sin ir más lejos contra el añejo y enraizado modelo que amalgamaba patria, religión y corona- sino que también se desenvolvía en un entorno francamente desfavorable, porque “las ideas avanzadas venían de fuera”. Presentaba así un evidente flanco débil ante sus críticos, que tenían muy fácil tildarlos de “antipatriotas” y estigmatizarlos por ello.
Como es sabido, al compás de la incorporación reciente de España a las instituciones europeas, se ha desarrollado en la historiografía una nueva perspectiva de la trayectoria hispana que ha llevado a la sustitución de la antaño preponderante noción de “especificidad” por el llamado paradigma de “normalidad”. En este caso, sin embargo, frente a la concepción “normalizadora” de la historia reciente, representada por Gonzalo Anes, que defiende que a comienzos de la edad contemporánea “no había diferencias esenciales entre España y los países más prósperos de Europa”, Jesús Torrecilla mantiene por el contrario que “la evidencia de los textos prueba que los españoles de la época tenían una conciencia de marginalidad (o, por ponerlo en otros términos, de debilidad) muy acentuada con relación a países como Francia e Inglaterra”. Una argumentación que no tiene por qué conducir a la estigmatizada singularidad hispana: por esas fechas “había otros muchos países que se encontraban en una situación parecida y para los que la idea de modernidad estaba igualmente asociada con una realidad extranjera” (p. 12).
Ahí se inscribe, siempre según la apreciación de nuestro autor, el punto de partida de la “nueva interpretación de la historia” y la “nueva mitología” que pondrá en marcha el sector que propugnaba la modernización del país. Acusados de que sus ideas procedían de Francia (y Francia, no hace falta subrayarlo, constituía no solo el mal por antonomasia en el aspecto doctrinal sino el enemigo concreto que había invadido España), los progresistas se empeñarán en demostrar que su proyecto era genuinamente nacional. Más aún, según ellos, su programa de reformas no solo hundía sus raíces en la tradición nacional sino que era en última instancia un intento de redimir España y hallar el verdadero sentido de la historia hispana. Había que rescatar la trayectoria histórica de España del secuestro interesado y mendaz de los conservadores. Estas premisas indican claramente que, como apuntábamos antes, la alternativa progresista se construye en lucha abierta con la hegemónica representación tradicional. Solo de esa manera pueden entenderse los nuevos mitos y la función que les toca representar en sus distintos niveles. Frente a la España uniforme y dogmáticamente cristiana de la Reconquista, la reivindicación de Al-Ándalus como parte de España y hasta un cierto modo de “ser España”. Frente al absolutismo y despotismo real, una idea medieval (y, no hace falta subrayarlo, idealizada) de la monarquía como pacto entre el soberano y los territorios, respetando fueros y libertades establecidas. Frente a la preponderancia homogeneizadora y hasta castrante de Castilla, el modelo más abierto y teóricamente más respetuoso con la diversidad peninsular de la Corona de Aragón. Frente a las imposiciones e intereses de una dinastía extranjera –primero los Austrias, luego los Borbones- la defensa de una idiosincrasia genuinamente española que ya se manifestó en su momento en hechos heroicos, como el levantamiento de los comuneros. Villalar se convierte no solo en un símbolo, sino en el hito que inaugura una resistencia y permite establecer un hilo de continuidad con los catalanes en su también cerrada oposición al centralismo borbónico.
Se comprenderá ahora en todo su sentido el título que Torrecilla ha buscado para su ensayo, España al revés. “La mitología elaborada por los liberales implicaba una reacción contra los mitos de la España oficial y necesitaba distanciarse de todo lo asociado con ella. Sus mitos son contramitos. Por eso producen a veces la impresión de que su interpretación de la identidad española es una imagen invertida de la que en esos momentos existía” (p. 27). En este punto da la impresión de que en el libro se cargan demasiado las tintas en una contraposición que no fue tan rotunda y maniquea como el autor pretende y que no deja cabida a otros matices de la elaboración modernizadora, no necesariamente definidos y definibles por el conflicto abierto contra la tradición. Pero entrar en ello nos alejaría de nuestro asunto principal y nos enredaría en cuestiones menores. Porque, más allá de las gruesas líneas del dictamen del que hemos dado cuenta, los esfuerzos fundamentales de la obra se dirigen y extienden a un análisis prolijo de algunas obras y autores que representan diversos jalones en ese camino de construcción de una historia de España distinta a la establecida. En última instancia, la propia estructura del volumen viene condicionada para bien y para mal por un contraste llamativo entre, por una parte, una introducción y unas conclusiones hasta cierto punto generalistas y, por otro lado, cuatro capítulos que estudian asuntos bastante específicos. Da la impresión de que el libro se ha urdido no como obra ex novo sino como yuxtaposición de artículos previos –aunque ciertamente emparentados entre sí-, a los que se les ha procurado luego dotar de un sentido unitario con los mencionados prólogos y epílogo.
El capítulo primero aborda “la conflictiva relación de los liberales con el pueblo”, centrándose en las actitudes y escritos de un puñado de españoles que, entre fines del XVIII y primer tercio del XIX, grosso modo, vivieron y padecieron la contradicción poco menos que insoluble de que “el pueblo” del que se proclamaban adalides prefiriera la superstición y el despotismo (el consabido “¡vivan las caenas!”) antes que la ilustración y la libertad. Algunos, como Capmany, optaron por anteponer la pasión y visceralidad nacionalistas a la racionalidad ilustrada, aduciendo que en todo caso el pueblo siempre tenía razón. Otros, como Larra, sufrieron el conflicto de forma más desgarradora y por ello desembocaron en el pesimismo y la exasperación personal. Una posición hasta cierto punto intermedia o más templada, representada por José Somoza, encomendaba al tiempo y la paciencia instructora el cambio en las actitudes de un pueblo al que le quedaba mucho para llevar su educación al nivel de su heroísmo.
Estudia el segundo capítulo “el mito de los comuneros y los fueros medievales”, un asunto que recibiría un espaldarazo decisivo entre 1820 y 1823, al compás de los avatares políticos del momento. Se necesitaban referencias históricas que legitimasen la lucha contra el absolutismo (Fernando VII) como la continuación de una trayectoria secular de rebelión y resistencia del pueblo y sus representantes frente al despotismo real (entonces, Carlos V). El primer escritor que da forma literaria al mito es José Quintana, pero otros muchos literatos, como Martínez de la Rosa o el Duque de Rivas, contribuyeron con diversos enfoques a magnificar de una u otra forma a los protagonistas de la revuelta comunera. El mito comunero se abría además a interpretaciones variopintas, provenientes a veces de perspectivas e intenciones contrapuestas, aunque en el fondo convergían casi de modo complementario en lo mismo: rechazo al dominio extranjero, levantamiento contra la tiranía, defensa de las libertades tradicionales y respeto a la diversidad peninsular.
El mito de Al-Ándalus, al que se dedica el capítulo tercero, resulta especialmente significativo por cuanto supone la reelaboración de la imagen del “otro” por antonomasia en la larga trayectoria histórica de España: el musulmán, el “moro”, por decirlo en términos populares. Significa también la redefinición del mito fundacional de España como nación, primero por la gesta de don Pelayo y Covadonga e inmediatamente después por la “lucha continuada” de la cristiandad durante ocho siglos, nada menos. Lejos por tanto de la visión tradicional, estas páginas se detienen en los autores que elaboran una visión alternativa de la presencia del Islam en la península ibérica: así, el arabista José Antonio Conde, que pretende contar la historia de aquellos siglos no desde la atalaya cristiana sino desde la trinchera musulmana. Conde influyó en algunos exiliados liberales, que tendieron a ver su suerte como una nueva edición de la España intransigente expulsando de su seno a los discrepantes, ahora por motivos políticos (como antaño lo fuera por razones religiosas). Otros siguieron su estela (como, por ejemplo, José Joaquín de Mora) y finalmente terminaría cristalizando una minoritaria pero influyente tendencia maurófila que entroncaría con el romanticismo de cartón-piedra (los antes citados Rivas y Martínez de la Rosa). Como en los demás casos, el autor especifica claramente que el mito arabista no reflejaba una realidad histórica sino que servía a los propósitos “de los liberales que lo crearon a principios del siglo XIX” (p. 206).
Me parece percibir en el último capítulo un cambio de perspectiva, pues el precedente enfoque de historia de las ideas se trueca ahora en atención a las vicisitudes personales de dos “extranjeros en su patria”, Blanco White y Larra. Aunque el capítulo en sí es interesante, no puedo evitar la sensación de que está metido en el conjunto de un modo algo forzado y, en todo caso, no añade nada a lo ya reseñado. La breve parte final, bajo el epígrafe de “Conclusiones” retoma las grandes líneas desarrolladas en las páginas precedentes. Ahí, por ejemplo, insiste Torrecilla en que algún que otro mito, como el de los comuneros (que se elabora por autores que poco o nada dicen al público de hoy, como Marchena, Manuel José Quintana o incluso el Condorcet más ignoto), pervive durante toda la edad contemporánea y llega hasta hoy mismo, a veces de modo subrepticio o con símbolos insospechados. “Que no se trató de una moda irrelevante o pasajera, lo prueba el hecho de que, mucho más adelante, en los inicios de la Segunda República, se añadiría a la bandera española una tercera franja con el color del pendón por el que supuestamente lucharon los héroes de Villalar” (p. 261). El ejemplo es significativo, en mi opinión, porque representa bien la persistencia de determinados mitos en el imaginario colectivo. Y no solo eso, sino que nos ayuda a entender determinadas actitudes y realidades de la España actual. Así, no son pocos los analistas políticos que siguen manifestando su asombro por el hecho de que la izquierda española, incluso la más formalmente marxista (yo diría que sobre todo esta), lejos del internacionalismo proletario que marca la ortodoxia, no pierde ocasión de aliarse con las agrupaciones locales en una deriva centrífuga que, desde el cantonalismo, parece el rayo que no cesa en la política peninsular. Pero hay más.
Con las excepciones o matices que se quieran, la izquierda española sigue pensando –todavía a estas alturas- que Barcelona es la modernidad frente a la funcionarial Madrid, del mismo modo que Cataluña o la periferia en general representa la España tolerante frente al dogmatismo castellano. Esta misma Castilla -la Meseta, la España interior- continúa simbolizando para el pensamiento progresista el centralismo intransigente que intenta imponer su hegemonía a una España definida intrínsecamente como plural, rica y vigorosa precisamente por su diversidad. Por eso, toda defensa del idioma castellano en la España de hoy sigue siendo sospechosa para los autodenominados progresistas. La “guerra de las lenguas” en las comunidades autónomas no es más que una expresión de esa realidad y de esas convicciones. La responsabilidad del franquismo en la exacerbación de tensiones en este aspecto es incuestionable, pero no debe obviarse que las mencionadas tendencias son, como tales, anteriores a la guerra civil. De hecho, hay una continuidad de al menos dos siglos en los pilares de este pensamiento progresista. Si se me permite la esquematización inevitable, podría decirse que las izquierdas piensan España –o, si se prefiere, el mapa de España- como mosaico y, en el mejor de los casos, como voluntaria confluencia de movimientos autónomos y específicos, cada uno con su personalidad propia. O sea, mantiene que el molde castellano fue de por sí un error (con o sin franquismo) y, en términos históricos, hubiera preferido que triunfase el modelo alternativo de la Corona de Aragón o incluso la colaboración de reinos (regiones) peninsulares preexistente a la forzada unificación de los Reyes Católicos.
Si nos retrotraemos más en el tiempo, lo que se cuestiona es la Reconquista como hazaña hacedora de la nación. Primero porque, como expresó Ortega, no puede haber unidad y sentido en algo que se prolonga ocho siglos. Segundo, porque los mitos de la Reconquista –todos ellos- fueron fabricados por los vencedores y servían a sus intereses y valores. Frente a esta versión conservadora de la historia –que trata de legitimar la fusión de altar y trono- los liberales del XIX y luego los progresistas de toda laya dirigirán una mirada amistosa al otro bando, que a veces pasa por la comprensión de las razones del otro –en este sentido se habla de aquellos siglos como de guerra civil entre hermanos- y en otras ocasiones desemboca en la idealización de Al-Ándalus. Una idealización, dicho sea de paso, que persiste, sobre todo en Andalucía.
En conclusión, ¿puede hablarse de que el pensamiento progresista pergeña una “España al revés” como establece el autor desde la misma portada del volumen? El título parece un poco exagerado a la hora de hacer balance y a tenor de lo que se nos ha ofrecido. Es incuestionable, desde luego, que buena parte del pensamiento progresista se fraguó a la contra, como señala Torrecilla en el libro y –podría añadirse- en condiciones especialmente adversas. Y sí, hasta cierto punto construyeron una historia alternativa que daba una imagen invertida del país. Pero el enfoque de este libro dista de darnos una acabada visión de conjunto, por cuanto atiende casi exclusivamente a fuentes literarias, examina relativamente pocos autores y se circunscribe a un lapso muy concreto que no supera el medio siglo. Su tesis es convincente y está bien argumentada pero con las limitaciones apuntadas. Ello no resta interés a lo que se nos ofrece: de hecho, el libro no se lee, se devora, y ciertamente Torrecilla consigue a menudo dar pinceladas muy esclarecedoras, como cuando toma como referencia la pretensión monopolizadora y excluyente del pensamiento conservador (España, “martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...”). Un dogmatismo intransigente que le permite escribir: “El rechazo de la España oficial les lleva [a los progresistas] a identificarse con todos aquellos grupos que habían sido víctimas del autoritarismo y la intolerancia de sus dirigentes: con los comuneros y aragoneses que murieron en la defensa de sus fueros (…) así como con los catalanes que perdieron sus libertades tras la Guerra de Sucesión, pero también con los indígenas americanos oprimidos por brutales conquistadores sin escrúpulos, o con los judíos y musulmanes expulsados por negarse a renunciar a su credo” (p. 39). No cabe mejor repaso de la historia patria desde la perspectiva progresista. Sin tener en cuenta todo ello no puede entenderse lo que sucede en nuestros lares… a comienzos del siglo XXI. Lo cual, dicho sea de paso, no deja de tener sus ribetes melancólicos…
Publicado en Revista de Libros, 29-06-2016.
http://www.revistadelibros.com/articulos/la-construccion-de-la-espana-progresista
¿Hay una España progresista o, por lo menos, una España que se considera tal y que así se autodenomina? Tan cierto como que hay día y noche, contestaría y constataría cualquiera, a la clásica usanza. Tan cierto, al menos, como que hay otra España que sostiene ideas contrapuestas y que, en principio o más unívocamente, resulta fácil y socorrido caracterizar cono España conservadora. Aguarde el lector apresurado: no, esto no trata de la dialéctica de las dos Españas sino solo del proceso de construcción de una idea de España, de lo que era en su momento, de lo que había sido y, por encima de todo, de lo que debía ser. Precisemos más, de un modo que nos introduzca casi imperceptiblemente en el tema: vamos a hablar, matizando la afirmación anterior, de cómo un sector de españoles examinaron en un momento determinado el conflictivo estado de la nación y su problemático papel como elite rectora: un país que, desde su punto de vista, seguía un rumbo incierto y que -esto era lo más doloroso- les daba la espalda o, peor aún, les repudiaba como antipatriotas o antiespañoles. Un país anclado en valores añejos que, según esos sectores ilustrados pero minoritarios, debían ser arrumbados para recuperar su dignidad ante el mundo y ante sí mismo. Y, precisamente, en función de esos ideales y propósitos alternativos, urdieron una determinada concepción de la historia, esto es, interpretaron el pasado en función de sus necesidades presentes y sus objetivos para el porvenir. Por decirlo, en fin, con los términos que están en el candelero desde hace décadas, construyeron un relato a su medida, la crónica de la nación que hubieran deseado más que la que realmente fue.
Ese proceso de construcción de un pasado ad hoc puede datarse históricamente, tuvo su momento fundacional. Nació y se desarrolló en un preciso intervalo, el que media entre la madurez del pensamiento ilustrado y la consolidación de una cosmovisión liberal en el sentido contemporáneo del término. Es el lapso en el que tienen lugar acontecimientos decisivos para la configuración de los Estados tal y como hoy los conocemos en casi todo el mundo civilizado: en primer lugar y sobre todo –revulsivo por antonomasia en el Viejo Continente- la revolución de 1789, la deriva subsiguiente, la expansión napoleónica y la guerra continental, con todo lo que los susodichos hechos conllevan de alteración radical del tablero europeo y, aun más, del surgimiento de una nueva mentalidad, unas nuevas aspiraciones, una eclosión en suma de sentimientos de autonomía individual e independencia de los pueblos. Si a este proceso complejo, ya de por sí perturbador del statu quo, añadimos la fuerza del romanticismo y la conmoción del nacionalismo, que convergen en el mismo punto reclamando la liberación de los naciones y los individuos, tenemos básicamente el panorama convulso que permite entender la necesidad imperiosa de nuevas concepciones del mundo –y naturalmente, dentro de él, de las colectividades nacionales- para adaptarse a los nuevos tiempos.
En una nota a pie de página al comienzo del volumen que nos ocupa (p. 10), se remite Jesús Torrecilla a un estudio fundamental sobre una de las ideologías políticas que ha configurado la España contemporánea, el libro de Javier Herrero sobre Los orígenes del pensamiento reaccionario español (Edicusa, Madrid, 1971). Y lo hace básicamente para perfilar el objetivo medular de su trabajo como la otra cara (complementaria, en gran medida) del análisis que efectuaba el rastreador del pensamiento reaccionario: “Llegaba a la conclusión [el citado Javier Herrero] de que lo que se denomina tradición española ‘ni es tradición ni es española’. Mi estudio –continúa Torrecilla- parte de un propósito similar: indagar el origen de los principales componentes que configuran el discurso progresista para apartarlo del ámbito de las esencias y enraizarlo en la historia”. Al lector mínimamente atento a la bibliografía reciente sobre nación, nacionalismos, tradiciones, memorias y reinterpretaciones varias del pasado, y no digamos ya a los especialistas en estas cuestiones, el propósito del autor de esta obra no solo no le sorprenderá sino que le sonará a dejà vu, teniendo en cuenta la inflación de obras con objetivos similares o asimilables. La variación en este caso –y por ende la originalidad (relativa, todo hay que decirlo)- del ensayo de Torrecilla estriba en que el grueso de los materiales examinados -que sirven de fuentes primarias para las tesis del libro- no son de índole directamente política (manifiestos, programas, tratados y otras proclamas semejantes) sino de carácter literario (narrativa, poesía, teatro).
Sostiene el autor que su obra trata primariamente de mitos, y los mitos “para ser eficaces, deben apelar a las emociones del receptor, algo en cierto modo fuera del alcance de la árida exposición historiográfica”. Una argumentación un poco para andar por casa porque puede argüirse que ni el relato histórico tiene que ser tan “árido” ni el mito se circunscribe exclusivamente al campo “emocional” sino también a una simplificación de la realidad y un sistema de valores. Sea como fuere, démosla por buena porque es evidente que Torrecilla busca -por si acaso- curarse en salud aduciendo que no ha pretendido “escribir un libro de historia en la acepción convencional del término”. Advertencia ociosa también a estas alturas, al menos para el curtido en estos lances. Hoy se admite como moneda corriente el papel cardinal de mitos, leyendas, invenciones, relatos fantasiosos o simples estereotipos en la formación de creencias, mentalidades, opiniones y actitudes. Si algo se cuestiona es precisamente lo que antes se daba por supuesto, la existencia de acontecimientos objetivos, registrables como datos incontrovertibles, para trazar una imagen objetiva de la realidad. En el mejor de los casos, el historiador trata de atenerse a los hechos hasta donde le es posible, pero sabe que con esos mismos sucesos pueden construirse –incluso con una inobjetable metodología y, por supuesto, la mejor de las intenciones- historias diversas y a veces hasta contrapuestas. De hecho y para no irme por las ramas, baste mencionar aquí que existe una extensísima bibliografía sobre el particular. Por lo que toca al caso español, hace ya muchos años que autores como Rafael Pérez de la Dehesa, Inman Fox, Leonardo Romero Tobar y muchos otros estudiaron el papel de la literatura en la conformación de una cosmovisión nacional. Incluso hay un opúsculo de Miguel Ramos Corrada que lleva por título La formación del concepto de historia de la literatura nacional española (Universidad de Oviedo, 2000).
Es verdad que Torrecilla no se propone stricto sensu estudiar la génesis de una concepción nacional en la España contemporánea ni por ende el papel que desempeñaron en ese sentido la literatura o las elucubraciones míticas. Para entendernos, estamos lejos de obras tan ambiciosas y omnicomprensivas como la ineludible Mater dolorosa de Álvarez Junco. El propósito de este libro es más concreto y, por ello, más modesto, la formulación de un pensamiento progresista o, acaso sería más adecuado decir, una interpretación progresista de España que constituyera la alternativa al modelo conservador dominante. La matización nos desliza algunas claves que no deben pasar inadvertidas. Arguye el autor que el planteamiento progresista no solo debía jugar a la contra –sin ir más lejos contra el añejo y enraizado modelo que amalgamaba patria, religión y corona- sino que también se desenvolvía en un entorno francamente desfavorable, porque “las ideas avanzadas venían de fuera”. Presentaba así un evidente flanco débil ante sus críticos, que tenían muy fácil tildarlos de “antipatriotas” y estigmatizarlos por ello.
Como es sabido, al compás de la incorporación reciente de España a las instituciones europeas, se ha desarrollado en la historiografía una nueva perspectiva de la trayectoria hispana que ha llevado a la sustitución de la antaño preponderante noción de “especificidad” por el llamado paradigma de “normalidad”. En este caso, sin embargo, frente a la concepción “normalizadora” de la historia reciente, representada por Gonzalo Anes, que defiende que a comienzos de la edad contemporánea “no había diferencias esenciales entre España y los países más prósperos de Europa”, Jesús Torrecilla mantiene por el contrario que “la evidencia de los textos prueba que los españoles de la época tenían una conciencia de marginalidad (o, por ponerlo en otros términos, de debilidad) muy acentuada con relación a países como Francia e Inglaterra”. Una argumentación que no tiene por qué conducir a la estigmatizada singularidad hispana: por esas fechas “había otros muchos países que se encontraban en una situación parecida y para los que la idea de modernidad estaba igualmente asociada con una realidad extranjera” (p. 12).
Ahí se inscribe, siempre según la apreciación de nuestro autor, el punto de partida de la “nueva interpretación de la historia” y la “nueva mitología” que pondrá en marcha el sector que propugnaba la modernización del país. Acusados de que sus ideas procedían de Francia (y Francia, no hace falta subrayarlo, constituía no solo el mal por antonomasia en el aspecto doctrinal sino el enemigo concreto que había invadido España), los progresistas se empeñarán en demostrar que su proyecto era genuinamente nacional. Más aún, según ellos, su programa de reformas no solo hundía sus raíces en la tradición nacional sino que era en última instancia un intento de redimir España y hallar el verdadero sentido de la historia hispana. Había que rescatar la trayectoria histórica de España del secuestro interesado y mendaz de los conservadores. Estas premisas indican claramente que, como apuntábamos antes, la alternativa progresista se construye en lucha abierta con la hegemónica representación tradicional. Solo de esa manera pueden entenderse los nuevos mitos y la función que les toca representar en sus distintos niveles. Frente a la España uniforme y dogmáticamente cristiana de la Reconquista, la reivindicación de Al-Ándalus como parte de España y hasta un cierto modo de “ser España”. Frente al absolutismo y despotismo real, una idea medieval (y, no hace falta subrayarlo, idealizada) de la monarquía como pacto entre el soberano y los territorios, respetando fueros y libertades establecidas. Frente a la preponderancia homogeneizadora y hasta castrante de Castilla, el modelo más abierto y teóricamente más respetuoso con la diversidad peninsular de la Corona de Aragón. Frente a las imposiciones e intereses de una dinastía extranjera –primero los Austrias, luego los Borbones- la defensa de una idiosincrasia genuinamente española que ya se manifestó en su momento en hechos heroicos, como el levantamiento de los comuneros. Villalar se convierte no solo en un símbolo, sino en el hito que inaugura una resistencia y permite establecer un hilo de continuidad con los catalanes en su también cerrada oposición al centralismo borbónico.
Se comprenderá ahora en todo su sentido el título que Torrecilla ha buscado para su ensayo, España al revés. “La mitología elaborada por los liberales implicaba una reacción contra los mitos de la España oficial y necesitaba distanciarse de todo lo asociado con ella. Sus mitos son contramitos. Por eso producen a veces la impresión de que su interpretación de la identidad española es una imagen invertida de la que en esos momentos existía” (p. 27). En este punto da la impresión de que en el libro se cargan demasiado las tintas en una contraposición que no fue tan rotunda y maniquea como el autor pretende y que no deja cabida a otros matices de la elaboración modernizadora, no necesariamente definidos y definibles por el conflicto abierto contra la tradición. Pero entrar en ello nos alejaría de nuestro asunto principal y nos enredaría en cuestiones menores. Porque, más allá de las gruesas líneas del dictamen del que hemos dado cuenta, los esfuerzos fundamentales de la obra se dirigen y extienden a un análisis prolijo de algunas obras y autores que representan diversos jalones en ese camino de construcción de una historia de España distinta a la establecida. En última instancia, la propia estructura del volumen viene condicionada para bien y para mal por un contraste llamativo entre, por una parte, una introducción y unas conclusiones hasta cierto punto generalistas y, por otro lado, cuatro capítulos que estudian asuntos bastante específicos. Da la impresión de que el libro se ha urdido no como obra ex novo sino como yuxtaposición de artículos previos –aunque ciertamente emparentados entre sí-, a los que se les ha procurado luego dotar de un sentido unitario con los mencionados prólogos y epílogo.
El capítulo primero aborda “la conflictiva relación de los liberales con el pueblo”, centrándose en las actitudes y escritos de un puñado de españoles que, entre fines del XVIII y primer tercio del XIX, grosso modo, vivieron y padecieron la contradicción poco menos que insoluble de que “el pueblo” del que se proclamaban adalides prefiriera la superstición y el despotismo (el consabido “¡vivan las caenas!”) antes que la ilustración y la libertad. Algunos, como Capmany, optaron por anteponer la pasión y visceralidad nacionalistas a la racionalidad ilustrada, aduciendo que en todo caso el pueblo siempre tenía razón. Otros, como Larra, sufrieron el conflicto de forma más desgarradora y por ello desembocaron en el pesimismo y la exasperación personal. Una posición hasta cierto punto intermedia o más templada, representada por José Somoza, encomendaba al tiempo y la paciencia instructora el cambio en las actitudes de un pueblo al que le quedaba mucho para llevar su educación al nivel de su heroísmo.
Estudia el segundo capítulo “el mito de los comuneros y los fueros medievales”, un asunto que recibiría un espaldarazo decisivo entre 1820 y 1823, al compás de los avatares políticos del momento. Se necesitaban referencias históricas que legitimasen la lucha contra el absolutismo (Fernando VII) como la continuación de una trayectoria secular de rebelión y resistencia del pueblo y sus representantes frente al despotismo real (entonces, Carlos V). El primer escritor que da forma literaria al mito es José Quintana, pero otros muchos literatos, como Martínez de la Rosa o el Duque de Rivas, contribuyeron con diversos enfoques a magnificar de una u otra forma a los protagonistas de la revuelta comunera. El mito comunero se abría además a interpretaciones variopintas, provenientes a veces de perspectivas e intenciones contrapuestas, aunque en el fondo convergían casi de modo complementario en lo mismo: rechazo al dominio extranjero, levantamiento contra la tiranía, defensa de las libertades tradicionales y respeto a la diversidad peninsular.
El mito de Al-Ándalus, al que se dedica el capítulo tercero, resulta especialmente significativo por cuanto supone la reelaboración de la imagen del “otro” por antonomasia en la larga trayectoria histórica de España: el musulmán, el “moro”, por decirlo en términos populares. Significa también la redefinición del mito fundacional de España como nación, primero por la gesta de don Pelayo y Covadonga e inmediatamente después por la “lucha continuada” de la cristiandad durante ocho siglos, nada menos. Lejos por tanto de la visión tradicional, estas páginas se detienen en los autores que elaboran una visión alternativa de la presencia del Islam en la península ibérica: así, el arabista José Antonio Conde, que pretende contar la historia de aquellos siglos no desde la atalaya cristiana sino desde la trinchera musulmana. Conde influyó en algunos exiliados liberales, que tendieron a ver su suerte como una nueva edición de la España intransigente expulsando de su seno a los discrepantes, ahora por motivos políticos (como antaño lo fuera por razones religiosas). Otros siguieron su estela (como, por ejemplo, José Joaquín de Mora) y finalmente terminaría cristalizando una minoritaria pero influyente tendencia maurófila que entroncaría con el romanticismo de cartón-piedra (los antes citados Rivas y Martínez de la Rosa). Como en los demás casos, el autor especifica claramente que el mito arabista no reflejaba una realidad histórica sino que servía a los propósitos “de los liberales que lo crearon a principios del siglo XIX” (p. 206).
Me parece percibir en el último capítulo un cambio de perspectiva, pues el precedente enfoque de historia de las ideas se trueca ahora en atención a las vicisitudes personales de dos “extranjeros en su patria”, Blanco White y Larra. Aunque el capítulo en sí es interesante, no puedo evitar la sensación de que está metido en el conjunto de un modo algo forzado y, en todo caso, no añade nada a lo ya reseñado. La breve parte final, bajo el epígrafe de “Conclusiones” retoma las grandes líneas desarrolladas en las páginas precedentes. Ahí, por ejemplo, insiste Torrecilla en que algún que otro mito, como el de los comuneros (que se elabora por autores que poco o nada dicen al público de hoy, como Marchena, Manuel José Quintana o incluso el Condorcet más ignoto), pervive durante toda la edad contemporánea y llega hasta hoy mismo, a veces de modo subrepticio o con símbolos insospechados. “Que no se trató de una moda irrelevante o pasajera, lo prueba el hecho de que, mucho más adelante, en los inicios de la Segunda República, se añadiría a la bandera española una tercera franja con el color del pendón por el que supuestamente lucharon los héroes de Villalar” (p. 261). El ejemplo es significativo, en mi opinión, porque representa bien la persistencia de determinados mitos en el imaginario colectivo. Y no solo eso, sino que nos ayuda a entender determinadas actitudes y realidades de la España actual. Así, no son pocos los analistas políticos que siguen manifestando su asombro por el hecho de que la izquierda española, incluso la más formalmente marxista (yo diría que sobre todo esta), lejos del internacionalismo proletario que marca la ortodoxia, no pierde ocasión de aliarse con las agrupaciones locales en una deriva centrífuga que, desde el cantonalismo, parece el rayo que no cesa en la política peninsular. Pero hay más.
Con las excepciones o matices que se quieran, la izquierda española sigue pensando –todavía a estas alturas- que Barcelona es la modernidad frente a la funcionarial Madrid, del mismo modo que Cataluña o la periferia en general representa la España tolerante frente al dogmatismo castellano. Esta misma Castilla -la Meseta, la España interior- continúa simbolizando para el pensamiento progresista el centralismo intransigente que intenta imponer su hegemonía a una España definida intrínsecamente como plural, rica y vigorosa precisamente por su diversidad. Por eso, toda defensa del idioma castellano en la España de hoy sigue siendo sospechosa para los autodenominados progresistas. La “guerra de las lenguas” en las comunidades autónomas no es más que una expresión de esa realidad y de esas convicciones. La responsabilidad del franquismo en la exacerbación de tensiones en este aspecto es incuestionable, pero no debe obviarse que las mencionadas tendencias son, como tales, anteriores a la guerra civil. De hecho, hay una continuidad de al menos dos siglos en los pilares de este pensamiento progresista. Si se me permite la esquematización inevitable, podría decirse que las izquierdas piensan España –o, si se prefiere, el mapa de España- como mosaico y, en el mejor de los casos, como voluntaria confluencia de movimientos autónomos y específicos, cada uno con su personalidad propia. O sea, mantiene que el molde castellano fue de por sí un error (con o sin franquismo) y, en términos históricos, hubiera preferido que triunfase el modelo alternativo de la Corona de Aragón o incluso la colaboración de reinos (regiones) peninsulares preexistente a la forzada unificación de los Reyes Católicos.
Si nos retrotraemos más en el tiempo, lo que se cuestiona es la Reconquista como hazaña hacedora de la nación. Primero porque, como expresó Ortega, no puede haber unidad y sentido en algo que se prolonga ocho siglos. Segundo, porque los mitos de la Reconquista –todos ellos- fueron fabricados por los vencedores y servían a sus intereses y valores. Frente a esta versión conservadora de la historia –que trata de legitimar la fusión de altar y trono- los liberales del XIX y luego los progresistas de toda laya dirigirán una mirada amistosa al otro bando, que a veces pasa por la comprensión de las razones del otro –en este sentido se habla de aquellos siglos como de guerra civil entre hermanos- y en otras ocasiones desemboca en la idealización de Al-Ándalus. Una idealización, dicho sea de paso, que persiste, sobre todo en Andalucía.
En conclusión, ¿puede hablarse de que el pensamiento progresista pergeña una “España al revés” como establece el autor desde la misma portada del volumen? El título parece un poco exagerado a la hora de hacer balance y a tenor de lo que se nos ha ofrecido. Es incuestionable, desde luego, que buena parte del pensamiento progresista se fraguó a la contra, como señala Torrecilla en el libro y –podría añadirse- en condiciones especialmente adversas. Y sí, hasta cierto punto construyeron una historia alternativa que daba una imagen invertida del país. Pero el enfoque de este libro dista de darnos una acabada visión de conjunto, por cuanto atiende casi exclusivamente a fuentes literarias, examina relativamente pocos autores y se circunscribe a un lapso muy concreto que no supera el medio siglo. Su tesis es convincente y está bien argumentada pero con las limitaciones apuntadas. Ello no resta interés a lo que se nos ofrece: de hecho, el libro no se lee, se devora, y ciertamente Torrecilla consigue a menudo dar pinceladas muy esclarecedoras, como cuando toma como referencia la pretensión monopolizadora y excluyente del pensamiento conservador (España, “martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...”). Un dogmatismo intransigente que le permite escribir: “El rechazo de la España oficial les lleva [a los progresistas] a identificarse con todos aquellos grupos que habían sido víctimas del autoritarismo y la intolerancia de sus dirigentes: con los comuneros y aragoneses que murieron en la defensa de sus fueros (…) así como con los catalanes que perdieron sus libertades tras la Guerra de Sucesión, pero también con los indígenas americanos oprimidos por brutales conquistadores sin escrúpulos, o con los judíos y musulmanes expulsados por negarse a renunciar a su credo” (p. 39). No cabe mejor repaso de la historia patria desde la perspectiva progresista. Sin tener en cuenta todo ello no puede entenderse lo que sucede en nuestros lares… a comienzos del siglo XXI. Lo cual, dicho sea de paso, no deja de tener sus ribetes melancólicos…
martes, 14 de junio de 2016
Los socialistas y la Corona
Con el rey y contra el rey. Los socialistas y la monarquía. Juan Francisco Fuentes. La Esfera de los Libros, Madrid, 2016. 504 pp. 26,90 €.
Publicado en El Cultural, 10-06-2016.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Con-el-rey-y-contra-el-rey-Los-socialistas-y-la-Monarquia/38241
En el panorama historiográfico español, echamos en falta planteamientos renovadores y perspectivas que intenten salirse de lo trillado. Una de las opciones para esto último puede ser el enfoque transversal que plantea el nuevo libro del profesor J. F. Fuentes (Barcelona, 1955): la historia de los encuentros y desencuentros entre la Corona y el PSOE “de la Restauración canovista a la abdicación de Juan Carlos I (1870-2014)”. Para el aficionado a la historia política, Fuentes es el autor de una magnífica y ponderada biografía de Adolfo Suárez (Planeta, 2011), tan alejada de los excesos de Gregorio Morán como del tono complaciente de algunos periodistas que colaboraron con aquel. Pero los historiadores conocemos a Fuentes por otros muchos trabajos, clasificables grosso modo en dos ramas menos disímiles de lo que puede parecer, la historia de los conceptos y las biografías, ambas con marcado carácter político. Los que hayan seguido su trayectoria reconocerán en las páginas del libro que comentamos algunos de los temas e ideas que ya aparecían al menos en dos de sus anteriores biografías de destacados socialistas, las dedicadas a Luis Araquistáin (Biblioteca Nueva, 2002) y Largo Caballero (Síntesis, 2005).
De este modo, retomando antiguas investigaciones pero actualizando estas con nuevo material de archivo, documentación reciente y entrevistas a personajes que desempeñaron puestos relevantes en los momentos que se relatan, Fuentes ha compuesto un libro que se mueve con desenvoltura entre la crónica política y el ensayo interpretativo, entre la investigación minuciosa y la divulgación eficaz. Con un estilo ágil y un ritmo sostenido, relegando las no escasas notas al final del volumen, el autor trenza una historia cuyo interés nunca decae, no solo por lo que cuenta sino por el tono fluido y ameno con el que lo cuenta. Estamos pues ante una obra tan atractiva formalmente, tan engañosamente sencilla, que corremos el riesgo de no ponderar adecuadamente el arduo trabajo de recopilación que subyace a su absorbente exposición.
Por todo ello el valor del libro no radica exactamente en la aportación de grandes novedades respecto a lo ya conocido. Fuentes, como queda dicho, es un historiador serio y riguroso, alejado tanto del sensacionalismo en su análisis general como del regodeo en el detalle escabroso en la conducta de los personajes (algo nada trivial cuando los Borbones entran en liza). El volumen es una excelente síntesis que ofrece múltiples pormenores para la pequeña historia, así como numerosas apreciaciones particulares del autor, siempre bien fundamentadas y apoyadas por documentos específicos, aunque algunas de ellas inevitablemente entran dentro del terreno de la controversia política.
La tesis fundamental de la obra es que, desde el nacimiento de Alfonso XIII en 1886, o incluso antes, como ya vislumbró Cánovas, el artífice de la Restauración monárquica, la Corona solo podía sostenerse como cúspide del sistema si se apoyaba en dos patas que representaran las tendencias conservadora y progresista de la sociedad española. Cuando, a comienzos del siglo XX, los dos pilares tradicionales entraron en crisis, todo el régimen se cuarteó. La Corona buscó su salvación en el sable de Primo de Rivera sin percibir que es imposible sentarse sobre una espada. La dictadura excavó la tumba de la monarquía y el socialismo emergió como uno de los apoyos fundamentales del 14 de abril, ya no bajo la forma monárquica. Por eso la equiparación entre republicanismo y libertad marcaría al socialismo español durante el medio siglo de convulsiones que siguieron: el fracaso de la República, la guerra civil y el duro exilio. Algunas de las páginas más sabrosas del libro son las que Fuentes dedica al examen de conciencia del socialismo tras la guerra civil. De ahí precisamente surgiría un pragmatismo que terminaría por encarnarse, por una parte en Felipe González y por otra en Juan Carlos I. Así, los últimos capítulos del libro examinan el tránsito del republicanismo socialista a un renovado “accidentalismo” en cuanto a la forma de Estado que desembocó de facto en un abierto juancarlismo.
Publicado en El Cultural, 10-06-2016.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Con-el-rey-y-contra-el-rey-Los-socialistas-y-la-Monarquia/38241
En el panorama historiográfico español, echamos en falta planteamientos renovadores y perspectivas que intenten salirse de lo trillado. Una de las opciones para esto último puede ser el enfoque transversal que plantea el nuevo libro del profesor J. F. Fuentes (Barcelona, 1955): la historia de los encuentros y desencuentros entre la Corona y el PSOE “de la Restauración canovista a la abdicación de Juan Carlos I (1870-2014)”. Para el aficionado a la historia política, Fuentes es el autor de una magnífica y ponderada biografía de Adolfo Suárez (Planeta, 2011), tan alejada de los excesos de Gregorio Morán como del tono complaciente de algunos periodistas que colaboraron con aquel. Pero los historiadores conocemos a Fuentes por otros muchos trabajos, clasificables grosso modo en dos ramas menos disímiles de lo que puede parecer, la historia de los conceptos y las biografías, ambas con marcado carácter político. Los que hayan seguido su trayectoria reconocerán en las páginas del libro que comentamos algunos de los temas e ideas que ya aparecían al menos en dos de sus anteriores biografías de destacados socialistas, las dedicadas a Luis Araquistáin (Biblioteca Nueva, 2002) y Largo Caballero (Síntesis, 2005).
De este modo, retomando antiguas investigaciones pero actualizando estas con nuevo material de archivo, documentación reciente y entrevistas a personajes que desempeñaron puestos relevantes en los momentos que se relatan, Fuentes ha compuesto un libro que se mueve con desenvoltura entre la crónica política y el ensayo interpretativo, entre la investigación minuciosa y la divulgación eficaz. Con un estilo ágil y un ritmo sostenido, relegando las no escasas notas al final del volumen, el autor trenza una historia cuyo interés nunca decae, no solo por lo que cuenta sino por el tono fluido y ameno con el que lo cuenta. Estamos pues ante una obra tan atractiva formalmente, tan engañosamente sencilla, que corremos el riesgo de no ponderar adecuadamente el arduo trabajo de recopilación que subyace a su absorbente exposición.
Por todo ello el valor del libro no radica exactamente en la aportación de grandes novedades respecto a lo ya conocido. Fuentes, como queda dicho, es un historiador serio y riguroso, alejado tanto del sensacionalismo en su análisis general como del regodeo en el detalle escabroso en la conducta de los personajes (algo nada trivial cuando los Borbones entran en liza). El volumen es una excelente síntesis que ofrece múltiples pormenores para la pequeña historia, así como numerosas apreciaciones particulares del autor, siempre bien fundamentadas y apoyadas por documentos específicos, aunque algunas de ellas inevitablemente entran dentro del terreno de la controversia política.
La tesis fundamental de la obra es que, desde el nacimiento de Alfonso XIII en 1886, o incluso antes, como ya vislumbró Cánovas, el artífice de la Restauración monárquica, la Corona solo podía sostenerse como cúspide del sistema si se apoyaba en dos patas que representaran las tendencias conservadora y progresista de la sociedad española. Cuando, a comienzos del siglo XX, los dos pilares tradicionales entraron en crisis, todo el régimen se cuarteó. La Corona buscó su salvación en el sable de Primo de Rivera sin percibir que es imposible sentarse sobre una espada. La dictadura excavó la tumba de la monarquía y el socialismo emergió como uno de los apoyos fundamentales del 14 de abril, ya no bajo la forma monárquica. Por eso la equiparación entre republicanismo y libertad marcaría al socialismo español durante el medio siglo de convulsiones que siguieron: el fracaso de la República, la guerra civil y el duro exilio. Algunas de las páginas más sabrosas del libro son las que Fuentes dedica al examen de conciencia del socialismo tras la guerra civil. De ahí precisamente surgiría un pragmatismo que terminaría por encarnarse, por una parte en Felipe González y por otra en Juan Carlos I. Así, los últimos capítulos del libro examinan el tránsito del republicanismo socialista a un renovado “accidentalismo” en cuanto a la forma de Estado que desembocó de facto en un abierto juancarlismo.
jueves, 9 de junio de 2016
Dioses útiles
Dioses útiles. Naciones y nacionalismos. José Álvarez Junco. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2016. 316 pp.
Publicado en El Cultural, 27-05-2016.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Dioses-utiles/38145
Abre el volumen una cita de Edward Gibbon sobre las distintas religiones de la antigua Roma, “verdaderas” para el pueblo, “falsas” para el filósofo y “útiles” para el político. Si el nacionalismo es una nueva religión, es pertinente la mención de aquellos “dioses útiles” para estos “constructos” que son las naciones. Y sirve la alusión al filósofo –hoy diríamos científico- para ubicar la perspectiva racional del autor: frente a la instrumentalización política de la identidad, el análisis de las ciencias sociales. Álvarez Junco (Viella, 1942), uno de los más prestigiosos historiadores actuales, publicó en 2001 Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX (Taurus). En 2013 fue coautor de Las historias de España. Visiones del pasado y construcción de identidad (Crítica/M. Pons). El libro que ahora comentamos tiene pretensiones más modestas que los citados: aspira a una vía intermedia entre lo académico y la usual divulgación ofreciendo reflexiones originales, múltiples referencias y amplia información en un formato sintético (unas trescientas páginas) e insertando todos esos datos de modo ordenado en una visión global y comparativa.
El volumen se abre con una concisa introducción que establece la posición personal del autor, su perspectiva de estudio y los objetivos fundamentales. Tras ella, cuatro bloques claramente diferenciados: el primero, dedicado a “la revolución científica sobre los nacionalismos”, expone el cambio radical que introduce la historiografía reciente en el examen del hecho nacional. Grosso modo, el paso de una visión esencialista (o primordialista: las naciones, realidades objetivas) a una óptica constructivista (las naciones, construcciones históricas). Dicho cambio implica un vuelco en la perspectiva temporal, pues se pasa de considerar las naciones como entes remotos, existentes casi desde la noche de los tiempos, a observarlas como manifestaciones relativamente próximas, siempre dentro del mundo contemporáneo. Todo ello exige deslindar el concepto de nación cultural o comunidad diferenciada de nación política moderna, que emerge como depositaria de la soberanía. Ahí se inscriben las acuñaciones que han adquirido gran predicamento en los estudios historiográficos, como la “construcción de la identidad” o la “invención de la tradición”.
El segundo bloque repasa sucintamente los diversos “casos de construcción nacional” que se han dado en el mundo, con especial atención al Viejo Continente, por ser Europa “madre de naciones”. Se examinan así los procesos que dieron lugar a las más vetustas formaciones nacionales (Inglaterra, Francia) y a otras posteriores (Alemania, Italia), con un hueco para casos periféricos (Rusia, Turquía) y una mención, por su importancia objetiva, a los Estados Unidos. El tercer capítulo, dedicado al “caso español” empieza por el reconocimiento de “Hispania, un lugar muy antiguo” y la admisión de una identidad cultural española ya en tiempos de la “monarquía imperial”, pero no reconoce a España como nación política en sentido actual hasta las Cortes de Cádiz, lugar y fecha del “nacimiento de la nación”. Los siglos XIX y XX se vivirán en la geografía ibérica de un modo convulso y llevarán al surgimiento de “identidades alternativas a la española”, asunto al que se dedica el último capítulo, con un chequeo crítico de los nacionalismos o regionalismos peninsulares. Se podrá discrepar en matices, pero el nuevo libro de Álvarez Junco constituye una magistral interpretación de conjunto del fenómeno nacional y una reflexión serena e inteligente en un ámbito dominado por la emotividad.
Publicado en El Cultural, 27-05-2016.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Dioses-utiles/38145
Abre el volumen una cita de Edward Gibbon sobre las distintas religiones de la antigua Roma, “verdaderas” para el pueblo, “falsas” para el filósofo y “útiles” para el político. Si el nacionalismo es una nueva religión, es pertinente la mención de aquellos “dioses útiles” para estos “constructos” que son las naciones. Y sirve la alusión al filósofo –hoy diríamos científico- para ubicar la perspectiva racional del autor: frente a la instrumentalización política de la identidad, el análisis de las ciencias sociales. Álvarez Junco (Viella, 1942), uno de los más prestigiosos historiadores actuales, publicó en 2001 Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX (Taurus). En 2013 fue coautor de Las historias de España. Visiones del pasado y construcción de identidad (Crítica/M. Pons). El libro que ahora comentamos tiene pretensiones más modestas que los citados: aspira a una vía intermedia entre lo académico y la usual divulgación ofreciendo reflexiones originales, múltiples referencias y amplia información en un formato sintético (unas trescientas páginas) e insertando todos esos datos de modo ordenado en una visión global y comparativa.
El volumen se abre con una concisa introducción que establece la posición personal del autor, su perspectiva de estudio y los objetivos fundamentales. Tras ella, cuatro bloques claramente diferenciados: el primero, dedicado a “la revolución científica sobre los nacionalismos”, expone el cambio radical que introduce la historiografía reciente en el examen del hecho nacional. Grosso modo, el paso de una visión esencialista (o primordialista: las naciones, realidades objetivas) a una óptica constructivista (las naciones, construcciones históricas). Dicho cambio implica un vuelco en la perspectiva temporal, pues se pasa de considerar las naciones como entes remotos, existentes casi desde la noche de los tiempos, a observarlas como manifestaciones relativamente próximas, siempre dentro del mundo contemporáneo. Todo ello exige deslindar el concepto de nación cultural o comunidad diferenciada de nación política moderna, que emerge como depositaria de la soberanía. Ahí se inscriben las acuñaciones que han adquirido gran predicamento en los estudios historiográficos, como la “construcción de la identidad” o la “invención de la tradición”.
El segundo bloque repasa sucintamente los diversos “casos de construcción nacional” que se han dado en el mundo, con especial atención al Viejo Continente, por ser Europa “madre de naciones”. Se examinan así los procesos que dieron lugar a las más vetustas formaciones nacionales (Inglaterra, Francia) y a otras posteriores (Alemania, Italia), con un hueco para casos periféricos (Rusia, Turquía) y una mención, por su importancia objetiva, a los Estados Unidos. El tercer capítulo, dedicado al “caso español” empieza por el reconocimiento de “Hispania, un lugar muy antiguo” y la admisión de una identidad cultural española ya en tiempos de la “monarquía imperial”, pero no reconoce a España como nación política en sentido actual hasta las Cortes de Cádiz, lugar y fecha del “nacimiento de la nación”. Los siglos XIX y XX se vivirán en la geografía ibérica de un modo convulso y llevarán al surgimiento de “identidades alternativas a la española”, asunto al que se dedica el último capítulo, con un chequeo crítico de los nacionalismos o regionalismos peninsulares. Se podrá discrepar en matices, pero el nuevo libro de Álvarez Junco constituye una magistral interpretación de conjunto del fenómeno nacional y una reflexión serena e inteligente en un ámbito dominado por la emotividad.
miércoles, 18 de mayo de 2016
La transición exterior de España
La Transición exterior de España. Del aislamiento a la influencia (1976-1996). Francisco Villar. Prólogo de Felipe González. Marcial Pons, Madrid, 2016. 272 pp.
Publicado en El Cultural, 29-4-2016.
http://www.elcultural.com/revista/letras/La-Transicion-exterior-de-Espana/38005
Como es sobradamente conocido, la corta etapa que va de la muerte de Franco a la instauración del sistema democrático (lo que en España denominamos simplemente “la Transición”) ha generado una bibliografía inabarcable, solo superada en su atracción historiográfica en lo que atañe a nuestra trayectoria contemporánea por la guerra civil, con la que -por otra parte- la unen referencias ineludibles. Bien es verdad que, como sucede con otros períodos históricos, hay un marcado desequilibrio en la orientación de los estudios, muy polarizados hacia el examen meticuloso de las vicisitudes políticas internas y menos atentos a otras facetas. Entre ellas, muy señaladamente, la relativa a la política exterior. En este ámbito se inscribe la importante aportación del libro que ahora comentamos.
Su autor, Francisco Villar (Salamanca, 1945) es un diplomático de larga trayectoria que fue protagonista técnico y político de buena parte de los acontecimientos que aquí relata. Aunque enfatiza que este no es un libro de memorias sino de historia y análisis político, el lector debe tener en cuenta que Villar no enjuicia los hechos como observador imparcial o distanciado sino con la experiencia concreta y el conocimiento de primera mano de quien ocupó en aquellos momentos y en tales asuntos diversos cometidos de gran responsabilidad como miembro del gobierno español. Villar no pretende pues engañar a nadie por lo que respecta a la evaluación de aquella coyuntura: baste decir a este respecto que el volumen lleva un prólogo encomiástico de Felipe González y está dedicado a la memoria de Fernández Ordóñez y Máximo Cajal.
Desde el punto de vista teórico, el autor distingue “transición interna” (1976-1982) de “transición exterior”. Esta se prolonga hasta diciembre de 1988, cuando nuestro país consigue ser miembro de pleno derecho en los más importantes organismos e instituciones occidentales. Por decirlo en los términos que emplea Villar, el momento histórico en que “al fin España estaba en su sitio”. Llegar hasta ahí fue una ardua tarea en la que se empeñaron, con el apoyo de la inmensa mayoría de españoles, diversos gobiernos, un puñado de políticos audaces y un nutrido grupo de técnicos y funcionarios que negociaron a brazo partido en el difícil campo de las relaciones internacionales para convencer al mundo del cambio político tras la dictadura y la vocación europeísta e integradora de esa nueva España democrática.
En un tono muy sintético (el texto abarca unas 250 páginas si descontamos índices y bibliografía), Villar estructura su ensayo en cuatro capítulos muy desiguales: el primero, muy breve, trata de la labor del primer gobierno de la Monarquía, lastrado por la pesada herencia del franquismo. El segundo, más amplio, aborda el período de UCD, considerando dos fases, primero la etapa Suárez-Oreja (1976-1980) y luego de Calvo Sotelo-Pérez Llorca (1981-1982). Siendo distintas, se percibe una continuidad de objetivos y, sobre todo, un problema común, el peso muerto de los problemas domésticos: de ahí que se hable de una “normalización inconclusa”. Por contraste, el tramo siguiente, que se aborda en el bastante más extenso capítulo tercero, representa el momento en que España accede al puesto que le corresponde en el concierto internacional, siempre bajo el liderazgo de Felipe González, primero con Fernando Morán en Exteriores (1982-1985) y luego con la primera época de Fernández Ordóñez (1985-1988).
A tenor estricto del título del libro, el recorrido debía terminar ahí. Sin embargo, con buen criterio, Villar prolonga su periplo más allá de la transición propiamente dicha para darnos el capítulo más largo y sustancioso con diferencia, dedicado a la segunda etapa de Fernández Ordóñez (1989-1992) y a la fase protagonizada por Javier Solana (1992-1995). Ambos períodos conforman según el autor el ciclo más esplendoroso del país en el concierto internacional, convertido casi de la noche a la mañana en un “actor influyente”.
Posiblemente, muchos encontrarán el tono general del análisis poco crítico e incluso algo triunfalista pero debe reconocerse que, se mire como se mire, el balance fue francamente positivo. Parece que cuesta trabajo reconocerlo porque los españoles solemos tender más a flagelarnos que a festejar éxitos. Sin embargo el libro no termina con ese final feliz sino en un tono acre y desencantado (y un poco catastrofista), descalificando la política exterior que siguieron luego los gobiernos conservadores.
Publicado en El Cultural, 29-4-2016.
http://www.elcultural.com/revista/letras/La-Transicion-exterior-de-Espana/38005
Como es sobradamente conocido, la corta etapa que va de la muerte de Franco a la instauración del sistema democrático (lo que en España denominamos simplemente “la Transición”) ha generado una bibliografía inabarcable, solo superada en su atracción historiográfica en lo que atañe a nuestra trayectoria contemporánea por la guerra civil, con la que -por otra parte- la unen referencias ineludibles. Bien es verdad que, como sucede con otros períodos históricos, hay un marcado desequilibrio en la orientación de los estudios, muy polarizados hacia el examen meticuloso de las vicisitudes políticas internas y menos atentos a otras facetas. Entre ellas, muy señaladamente, la relativa a la política exterior. En este ámbito se inscribe la importante aportación del libro que ahora comentamos.
Su autor, Francisco Villar (Salamanca, 1945) es un diplomático de larga trayectoria que fue protagonista técnico y político de buena parte de los acontecimientos que aquí relata. Aunque enfatiza que este no es un libro de memorias sino de historia y análisis político, el lector debe tener en cuenta que Villar no enjuicia los hechos como observador imparcial o distanciado sino con la experiencia concreta y el conocimiento de primera mano de quien ocupó en aquellos momentos y en tales asuntos diversos cometidos de gran responsabilidad como miembro del gobierno español. Villar no pretende pues engañar a nadie por lo que respecta a la evaluación de aquella coyuntura: baste decir a este respecto que el volumen lleva un prólogo encomiástico de Felipe González y está dedicado a la memoria de Fernández Ordóñez y Máximo Cajal.
Desde el punto de vista teórico, el autor distingue “transición interna” (1976-1982) de “transición exterior”. Esta se prolonga hasta diciembre de 1988, cuando nuestro país consigue ser miembro de pleno derecho en los más importantes organismos e instituciones occidentales. Por decirlo en los términos que emplea Villar, el momento histórico en que “al fin España estaba en su sitio”. Llegar hasta ahí fue una ardua tarea en la que se empeñaron, con el apoyo de la inmensa mayoría de españoles, diversos gobiernos, un puñado de políticos audaces y un nutrido grupo de técnicos y funcionarios que negociaron a brazo partido en el difícil campo de las relaciones internacionales para convencer al mundo del cambio político tras la dictadura y la vocación europeísta e integradora de esa nueva España democrática.
En un tono muy sintético (el texto abarca unas 250 páginas si descontamos índices y bibliografía), Villar estructura su ensayo en cuatro capítulos muy desiguales: el primero, muy breve, trata de la labor del primer gobierno de la Monarquía, lastrado por la pesada herencia del franquismo. El segundo, más amplio, aborda el período de UCD, considerando dos fases, primero la etapa Suárez-Oreja (1976-1980) y luego de Calvo Sotelo-Pérez Llorca (1981-1982). Siendo distintas, se percibe una continuidad de objetivos y, sobre todo, un problema común, el peso muerto de los problemas domésticos: de ahí que se hable de una “normalización inconclusa”. Por contraste, el tramo siguiente, que se aborda en el bastante más extenso capítulo tercero, representa el momento en que España accede al puesto que le corresponde en el concierto internacional, siempre bajo el liderazgo de Felipe González, primero con Fernando Morán en Exteriores (1982-1985) y luego con la primera época de Fernández Ordóñez (1985-1988).
A tenor estricto del título del libro, el recorrido debía terminar ahí. Sin embargo, con buen criterio, Villar prolonga su periplo más allá de la transición propiamente dicha para darnos el capítulo más largo y sustancioso con diferencia, dedicado a la segunda etapa de Fernández Ordóñez (1989-1992) y a la fase protagonizada por Javier Solana (1992-1995). Ambos períodos conforman según el autor el ciclo más esplendoroso del país en el concierto internacional, convertido casi de la noche a la mañana en un “actor influyente”.
Posiblemente, muchos encontrarán el tono general del análisis poco crítico e incluso algo triunfalista pero debe reconocerse que, se mire como se mire, el balance fue francamente positivo. Parece que cuesta trabajo reconocerlo porque los españoles solemos tender más a flagelarnos que a festejar éxitos. Sin embargo el libro no termina con ese final feliz sino en un tono acre y desencantado (y un poco catastrofista), descalificando la política exterior que siguieron luego los gobiernos conservadores.
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