Qué nos ha pasado, España. De la ilusión al desencanto. Fernando Ónega. Plaza Janés, Barcelona, 2017. 403 pp. 21,90 €
Publicado en El Cultural, 28-07-2017.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Que-nos-ha-pasado-Espana-De-la-ilusion-al-desencanto/39943
Tanto el título como el subtítulo del nuevo libro del periodista Fernando Ónega (Mosteiro, Lugo, 1947) pueden inducir al interesado que contemple el volumen desde la mesa de novedades a un cierto equívoco, potenciado por la foto en blanco y negro que domina la parte superior de la portada: Adolfo Suárez, con el pitillo en la boca, ofrece fuego al otro lado de la mesa a un jovencísimo y casi melenudo Felipe González. Un nuevo retrato nostálgico de la transición, puede pensarse con esas apariencias. ¿Un ayer idealizado desde la óptica y la consciencia de que el áspero presente apenas deja resquicio a la ilusión y sí amplio campo a la incertidumbre y con ella al desencanto?
Quien siga la trayectoria del famoso periodista gallego –cosa harto fácil, dada su persistente presencia como analista político en los más variados medios (prensa, radio y televisión) durante más de cuatro décadas- sabe que Ónega, pese a su veteranía, no se limitaría a ese ejercicio de añoranza inútil. Sí que es verdad, y hay que apresurarse a reconocerlo, que hoy en día para muchos –sobre todo los más jóvenes- su dibujo de la transición parecerá como mínimo edulcorado y su aprecio por los protagonistas de la misma, excesivo o impostado. Pero lo que pasa es que Ónega fue hombre muy de su tiempo en aquella coyuntura histórica e intenta serlo también en esta otra que vivimos. Por ello mismo, su propósito es simplemente recrear un pasado que juzga admirable desde la atalaya actual. Para decirlo en términos reconocibles por el lector que haya seguido sus últimos libros, aquí se volverá a encontrar el tono y el tipo de observación que desplegó en volúmenes tan exitosos como Puedo prometer y prometo (centrado en la figura de Adolfo Suárez) y Juan Carlos I, el hombre que pudo reinar.
Si despojamos la pregunta del título de sus ribetes pesarosos, podríamos responder –y con ello sintetizar el pensamiento del autor- que a España le ha pasado algo tan sencillo de decir como intrincado de ponderar en todas sus implicaciones: que ha cambiado mucho, muchísimo, hasta el punto de que los españoles hoy vivimos en una sociedad que en múltiples aspectos –económico, laboral, cotidiano, mentalidades- poco o casi nada tiene que ver con aquellos tiempos de la transición. Ónega quiere subrayar este proceso de transformación hasta el punto de que dedica una de las partes de las tres que componen el libro a este “cambio social” (cuatro capítulos que desgranan la “revolución” producida en las relaciones personales, formas de vida, costumbres y diversiones, transportes y comunicaciones, en la sanidad, la tecnología, el papel de la mujer…) No contento con ello, insiste a continuación en una lista, quizá algo forzada pero también con matices interesantes: “Los 100 cambios de un país en cambio” (pp. 353-381).
Ahora bien, ese énfasis en la mutación del país a todos los niveles no se entendería o puede quedar cojo si no atendemos al proceso germinal, la madre de todos los cambios, que no es otro (en opinión del autor) que el éxito arrollador que conllevó el paso de un régimen político dictatorial, centralista a ultranza y aislado del mundo moderno a un sistema democrático, descentralizado e inserto en la Europa más avanzada y desarrollada. Por eso Ónega dedica los nueve primeros capítulos –toda la primera parte- a cómo se hizo la transición (“La construcción de la democracia”). El hecho de que hubiera “puntos negros” –título de la segunda parte: corrupción, crisis económica y pulsiones secesionistas- no empequeñece, siempre según él, un deslumbrante balance que debe ser motivo de satisfacción y orgullo.
lunes, 11 de septiembre de 2017
Antifascismos
Antifascismos. 1936-1945. La lucha contra el fascismo a ambos lados del Atlántico. Michael Seidman. Traducción de Hugo García. Alianza, Madrid, 2017. 442 pp.
Publicado en El Cultural. 14-07-2017.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Antifascismos-1936-1945/39874
Michael Seidman (Filadelfia, 1959) no es solo hispanista, porque su curiosidad investigadora le lleva a desbordar el ámbito hispánico. No obstante, para el público español es sobre todo el autor de dos libros innovadores sobre la guerra civil: A ras de suelo (2003) y La victoria nacional (2012). Destaco los conceptos de curiosidad e innovación porque cualquiera que haya seguido la trayectoria del historiador estadounidense sabe que lo que más descuella en su producción es su resuelta voluntad de aportar una mirada renovadora en los asuntos que aborda, deshaciendo así el lugar común, producto de la pereza intelectual, de que poco o nada original se puede decir sobre ellos.
Aunque en principio no lo parece, su nueva obra traducida al español se mueve por los mismos derroteros. Su fundamento y punto de partida es incuestionable: frente al interés historiográfico que se ha prestado al fascismo, su opuesto, el antifascismo, “ha recibido poca atención”. Seidman cuantifica la desproporción en cuarenta a uno. Una asimetría tanto menos justificable cuanto que en general “el fascismo fue un fracaso”, excepto en muy pocos lugares –entre ellos, Italia, Alemania y España-, mientras que el antifascismo fue “un éxito evidente, tal vez la ideología más potente del siglo XX”. Por ello, el propósito declarado de este volumen es “llenar esa laguna” analizando cómo se desarrolló el antifascismo en diversos países entre 1936 y 1945.
El problema que nos encontramos es de formulación sencilla pero de difícil respuesta: ¿qué es exactamente el antifascismo? De entrada, ¿puede usarse el singular al emplear el término? ¿Podemos hablar, como se hace de los movimientos fascistas, de un corpus doctrinal y una determinada praxis? Para Seidman el antifascismo se caracterizó por su flexibilidad y dinamismo, por preferir el consenso a la confrontación, por su interclasismo y capacidad para moldearse a las nuevas exigencias sociales, pero todos esos rasgos –reconoce él mismo- apenas logran atenuar su “naturaleza extremadamente diversa” y su carácter “escurridizo”.
Hubo un antifascismo revolucionario, que es el que mejor conocemos nosotros, porque se desarrolló durante la guerra civil española. Agrupaba a los sectores progresistas y aspiraba no solo a detener al fascismo, sino a construir una nueva sociedad por vía revolucionaria. Pero hubo también un antifascismo contrarrevolucionario, más habitual que el anterior, como demuestran los demás casos que Seidman analiza, en especial los de Gran Bretaña, Francia y EE.UU. Este otro tipo de antifascismo aglutinaba también a fuerzas muy variopintas, pero su rechazo al fascismo se hacía desde planteamientos y propósitos refractarios a los ideales revolucionarios.
Por tanto, es inevitable preguntarnos si los antifascismos fueron algo más que una estrategia coyuntural para contener la amenaza descomunal que representó el fascismo en sus diversas modalidades y en especial el III Reich. Aunque Seidman deja al margen a los comunistas, podría decirse para ejemplificar lo anterior que tan antifascistas eran Churchill, Roosevelt o De Gaulle como Stalin o Tito. Seidman no entra a fondo en esta cuestión porque su libro no es una obra de teoría política sino un estudio histórico con marcado carácter empírico y voluntad de síntesis. No se le puede exigir por tanto aquello que no está en sus propios objetivos.
Pero es inevitable que el libro como obra de conjunto se resienta en su unidad y sentido, reducido así a una ordenada sucesión de capítulos que abordan movimientos antifascistas heterogéneos. Parece forzada también la inclusión de algunas iniciativas, como las resistencias obreras a la disciplina laboral, que se dieron en muy diversos contextos y con significados no asimilables. La relación de estas actitudes con el antifascismo en cualquiera de sus modalidades se antoja, cuando menos, problemática. Lo que escribe Seidman siempre es interesante y sugestivo, pero a veces resulta también desconcertante.
Publicado en El Cultural. 14-07-2017.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Antifascismos-1936-1945/39874
Michael Seidman (Filadelfia, 1959) no es solo hispanista, porque su curiosidad investigadora le lleva a desbordar el ámbito hispánico. No obstante, para el público español es sobre todo el autor de dos libros innovadores sobre la guerra civil: A ras de suelo (2003) y La victoria nacional (2012). Destaco los conceptos de curiosidad e innovación porque cualquiera que haya seguido la trayectoria del historiador estadounidense sabe que lo que más descuella en su producción es su resuelta voluntad de aportar una mirada renovadora en los asuntos que aborda, deshaciendo así el lugar común, producto de la pereza intelectual, de que poco o nada original se puede decir sobre ellos.
Aunque en principio no lo parece, su nueva obra traducida al español se mueve por los mismos derroteros. Su fundamento y punto de partida es incuestionable: frente al interés historiográfico que se ha prestado al fascismo, su opuesto, el antifascismo, “ha recibido poca atención”. Seidman cuantifica la desproporción en cuarenta a uno. Una asimetría tanto menos justificable cuanto que en general “el fascismo fue un fracaso”, excepto en muy pocos lugares –entre ellos, Italia, Alemania y España-, mientras que el antifascismo fue “un éxito evidente, tal vez la ideología más potente del siglo XX”. Por ello, el propósito declarado de este volumen es “llenar esa laguna” analizando cómo se desarrolló el antifascismo en diversos países entre 1936 y 1945.
El problema que nos encontramos es de formulación sencilla pero de difícil respuesta: ¿qué es exactamente el antifascismo? De entrada, ¿puede usarse el singular al emplear el término? ¿Podemos hablar, como se hace de los movimientos fascistas, de un corpus doctrinal y una determinada praxis? Para Seidman el antifascismo se caracterizó por su flexibilidad y dinamismo, por preferir el consenso a la confrontación, por su interclasismo y capacidad para moldearse a las nuevas exigencias sociales, pero todos esos rasgos –reconoce él mismo- apenas logran atenuar su “naturaleza extremadamente diversa” y su carácter “escurridizo”.
Hubo un antifascismo revolucionario, que es el que mejor conocemos nosotros, porque se desarrolló durante la guerra civil española. Agrupaba a los sectores progresistas y aspiraba no solo a detener al fascismo, sino a construir una nueva sociedad por vía revolucionaria. Pero hubo también un antifascismo contrarrevolucionario, más habitual que el anterior, como demuestran los demás casos que Seidman analiza, en especial los de Gran Bretaña, Francia y EE.UU. Este otro tipo de antifascismo aglutinaba también a fuerzas muy variopintas, pero su rechazo al fascismo se hacía desde planteamientos y propósitos refractarios a los ideales revolucionarios.
Por tanto, es inevitable preguntarnos si los antifascismos fueron algo más que una estrategia coyuntural para contener la amenaza descomunal que representó el fascismo en sus diversas modalidades y en especial el III Reich. Aunque Seidman deja al margen a los comunistas, podría decirse para ejemplificar lo anterior que tan antifascistas eran Churchill, Roosevelt o De Gaulle como Stalin o Tito. Seidman no entra a fondo en esta cuestión porque su libro no es una obra de teoría política sino un estudio histórico con marcado carácter empírico y voluntad de síntesis. No se le puede exigir por tanto aquello que no está en sus propios objetivos.
Pero es inevitable que el libro como obra de conjunto se resienta en su unidad y sentido, reducido así a una ordenada sucesión de capítulos que abordan movimientos antifascistas heterogéneos. Parece forzada también la inclusión de algunas iniciativas, como las resistencias obreras a la disciplina laboral, que se dieron en muy diversos contextos y con significados no asimilables. La relación de estas actitudes con el antifascismo en cualquiera de sus modalidades se antoja, cuando menos, problemática. Lo que escribe Seidman siempre es interesante y sugestivo, pero a veces resulta también desconcertante.
jueves, 15 de junio de 2017
Intelectuales y III Reich
Creer y destruir. Los intelectuales en la máquina de guerra de las SS. Christian Ingrao. Traducción de José Ramón Monreal. Acantilado, Barcelona, 2017. 624 pp.
Publicado en El Cultural, 9-6-2017.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Creer-y-destruir-Los-intelectuales-en-la-maquina-de-guerra-de-las-SS/39736
“Eran apuestos, brillantes, inteligentes y cultivados. Fueron responsables de la muerte de varios cientos de miles de personas”. Con estas escuetas pero impactantes frases comienza el pormenorizado estudio que Christian Ingrao (Clermont-Ferrand, 1970), especializado en el III Reich y la violencia política del período, dedica al selecto grupo de intelectuales y profesionales cualificados que colaboraron activamente en la barbarie hitleriana desde sus diversos puestos de responsabilidad en las SS. La investigación del historiador francés se centra en un reducido conjunto de personas –ochenta- pero trata de dar una imagen representativa de una importante parcela de la sociedad alemana –ilustrada y eficiente- que ejecutó sin rechistar las consignas del régimen y, lo que es aún más significativo, se sintió profundamente seducida por la demagogia nazi hasta el punto de compartir de manera entusiasta sus objetivos últimos.
Conviene aclarar desde el principio para orientación del lector que el prolijo estudio de Christian Ingrao –con un impresionante aparato bibliográfico y manejo de fuentes de primera mano- no incluye a los intelectuales germanos más prominentes del período, los que vivieron en la retaguardia aquellos convulsos años. Para simplificar y entendernos, en estas páginas no se hallarán alusiones a filósofos como Heidegger o escritores como Jünger. Los intelectuales cuya pista se sigue en este volumen se mueven en un registro mucho más modesto y sus nombres no dirán nada al público español. En cambio sus acciones se dibujan con una nitidez espeluznante, golpeándonos con su brutalidad extrema: ¿cómo unas mentes cultivadas pudieron cometer tales atrocidades?
El volumen que comentamos procede directamente de la tesis doctoral del autor, que comenzó a trabajar en el tema en 1995 y acometió su redacción entre 1997 y 2001. Son precisiones necesarias porque, como el propio Ingrao reconoce en una especie de breve ensayo explicativo que precede a la relación bibliográfica (pp. 549-556), estas dos últimas décadas han sido trascendentales para los historiadores del período y más concretamente para los escrutadores de la Alemania nazi, por dos motivos fundamentales. El primero, la apertura de muchos archivos soviéticos, que ha permitido el acceso a múltiples documentos ignotos de valor incalculable. El segundo, el progreso del conocimiento de la sociedad alemana bajo el III Reich, con obras renovadoras y debates que han trascendido el ámbito de los especialistas. Baste citar en este sentido desde la publicación de Las benévolas de Jonathan Littell, que nuestro autor considera una especie de réplica en ficción de su trabajo, hasta la famosa polémica entre Christopher Browning y Daniel Goldhagen sobre la participación de los alemanes corrientes en la maquinaria de guerra y exterminio del régimen nazi.
El título elegido condensa bien los propósitos de la obra. En primer lugar, “creer” en el sentido de compartir los ideales de la revolución nacionalsocialista: como era previsible, antisemitismo en un lugar preponderante, pero también una serie de valores motrices como el victimismo (la famosa puñalada en la espalda de 1918), el nacionalismo beligerante y expansivo o el darwinismo social, con todo lo que ello implicaba. El segundo factor es “destruir” porque los individuos –o los sectores sociales- que asumen los antedichos ideales políticos se integran pronto, y con un entusiasmo digno de mejor causa, en una infernal e imparable dinámica de destrucción y muerte que se enseñorea del viejo continente, sobre todo la Europa Oriental. Y en tercer término, Ingrao menciona con insistencia para designar a este grupo de colaboradores activos de la belicosidad hitleriana el concepto de “intelectuales”, porque frente al tópico del antiintelectualismo nazi argumenta que se desarrolló un caldo intelectual de nuevo cuño –nietzscheísmo, racismo, eugenesia- en el que se formaron estos profesionales agresivos.
El proceso de formación está expuesto en la primera parte, titulada “Una juventud alemana”. No es casual que comience bosquejando un proceloso “mundo de enemigos”, un marchamo que se repite luego como referencia indispensable para la génesis de una cosmovisión o, como aquí se dice, un ámbito de vida (Lebensgebiet). Los individuos cuya trayectoria estudia Ingrao vivieron su niñez y se formaron en una sociedad convulsionada, traumatizada por la Gran Guerra, humillada en la derrota, embebida de rencor. Ese es el magma que subyace en lo que el autor denomina camino hacia la “nazificación del saber”. Estos “niños de la guerra” se convierten en jóvenes bien formados en sus respectivas materias pero sin salir nunca de una “cultura de guerra”.
El paso siguiente es “ser nazi” con todas sus connotaciones. Esto significa, entre otras cosas, y para seguir usando las expresiones que abundan en el volumen, “un proyecto de refundación sociobiológica”, la “apropiación de un sistema de creencias” y una “mecánica social del compromiso”. La estampa de conjunto admite no obstante “unas militancias y unas formas de reclutamiento diferentes”. Menciono esto porque Ingrao va alternando a lo largo de las páginas el retrato de una generación con el interés por caracterizar trayectorias individuales concretas, con nombres y apellidos, que ofrecen perfiles claramente diferenciados. Todos los estudiados fueron responsables de crímenes en alguna medida pero hasta en esto hay grados: no todos cometieron las mismas barbaridades.
La tercera parte del volumen, de lejos la más amplia –y también la más interesante- lleva por título “Nazismo y violencia: el paroxismo de 1939-1945”. En los diversos capítulos que la componen, Ingrao detalla cómo fueron las actitudes de los verdugos, con qué argumentos justificaron las matanzas y qué sintieron al llevarlas a cabo. Al profano le puede sorprender la persistencia de una mentalidad de guerra legítima y defensiva que se instaló en las conciencias de los soldados. Merced a ella se podía defender cualquier cosa, hasta lo inconcebible. Se podría aducir como ejemplo el testimonio escalofriante de un policía vienés, participante en una de las muchísimas matanzas en masa.
Él mismo confiesa en una carta a su mujer que al principio temblaba de nerviosismo pero al “décimo coche, apuntaba ya con calma y disparaba de manera segura a las mujeres, los niños y los numerosos bebés, consciente de que yo mismo tengo dos en casa, con los que estas hordas actuarían de igual modo, incluso quizá diez veces peor”. Y prosigue en la misma línea, con detalles como este: “Los niños de pecho salían volando al tiempo que describían una gran parábola, y nosotros los reventábamos en el aire antes de que cayeran en la fosa y el agua. Hay que acabar con estos brutos que han traído la guerra a Europa”… (p. 338).
Los capítulos que integran esta tercera parte abordan con detenimiento y hasta con detalles macabros cómo eran aquellos espantosos asesinatos colectivos. Nadie estaba a salvo. Las matanzas adquirían proporciones apocalípticas, a menudo acompañadas de una crueldad tan salvaje que hace difícil su comprensión y durísima la lectura. Ingrao sostiene que se desbordó la pura necesidad militar para desembocar de modo sistemático en el puro “placer de matar” (p. 432). Interesantísimo e imprescindible por ello el capitulo 11, “Los intelectuales de las SS sometidos a juicio”, en el que se percibe más justificación que arrepentimiento. En cualquier caso, no podía haber castigo equiparable a la magnitud de los crímenes. Aún más, en sus conclusiones el autor subraya que pese a “la dimensión traumática de la experiencia genocida, no hubo nunca ruptura del consentimiento de estos hombres a la matanza” (p. 536).
Publicado en El Cultural, 9-6-2017.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Creer-y-destruir-Los-intelectuales-en-la-maquina-de-guerra-de-las-SS/39736
“Eran apuestos, brillantes, inteligentes y cultivados. Fueron responsables de la muerte de varios cientos de miles de personas”. Con estas escuetas pero impactantes frases comienza el pormenorizado estudio que Christian Ingrao (Clermont-Ferrand, 1970), especializado en el III Reich y la violencia política del período, dedica al selecto grupo de intelectuales y profesionales cualificados que colaboraron activamente en la barbarie hitleriana desde sus diversos puestos de responsabilidad en las SS. La investigación del historiador francés se centra en un reducido conjunto de personas –ochenta- pero trata de dar una imagen representativa de una importante parcela de la sociedad alemana –ilustrada y eficiente- que ejecutó sin rechistar las consignas del régimen y, lo que es aún más significativo, se sintió profundamente seducida por la demagogia nazi hasta el punto de compartir de manera entusiasta sus objetivos últimos.
Conviene aclarar desde el principio para orientación del lector que el prolijo estudio de Christian Ingrao –con un impresionante aparato bibliográfico y manejo de fuentes de primera mano- no incluye a los intelectuales germanos más prominentes del período, los que vivieron en la retaguardia aquellos convulsos años. Para simplificar y entendernos, en estas páginas no se hallarán alusiones a filósofos como Heidegger o escritores como Jünger. Los intelectuales cuya pista se sigue en este volumen se mueven en un registro mucho más modesto y sus nombres no dirán nada al público español. En cambio sus acciones se dibujan con una nitidez espeluznante, golpeándonos con su brutalidad extrema: ¿cómo unas mentes cultivadas pudieron cometer tales atrocidades?
El volumen que comentamos procede directamente de la tesis doctoral del autor, que comenzó a trabajar en el tema en 1995 y acometió su redacción entre 1997 y 2001. Son precisiones necesarias porque, como el propio Ingrao reconoce en una especie de breve ensayo explicativo que precede a la relación bibliográfica (pp. 549-556), estas dos últimas décadas han sido trascendentales para los historiadores del período y más concretamente para los escrutadores de la Alemania nazi, por dos motivos fundamentales. El primero, la apertura de muchos archivos soviéticos, que ha permitido el acceso a múltiples documentos ignotos de valor incalculable. El segundo, el progreso del conocimiento de la sociedad alemana bajo el III Reich, con obras renovadoras y debates que han trascendido el ámbito de los especialistas. Baste citar en este sentido desde la publicación de Las benévolas de Jonathan Littell, que nuestro autor considera una especie de réplica en ficción de su trabajo, hasta la famosa polémica entre Christopher Browning y Daniel Goldhagen sobre la participación de los alemanes corrientes en la maquinaria de guerra y exterminio del régimen nazi.
El título elegido condensa bien los propósitos de la obra. En primer lugar, “creer” en el sentido de compartir los ideales de la revolución nacionalsocialista: como era previsible, antisemitismo en un lugar preponderante, pero también una serie de valores motrices como el victimismo (la famosa puñalada en la espalda de 1918), el nacionalismo beligerante y expansivo o el darwinismo social, con todo lo que ello implicaba. El segundo factor es “destruir” porque los individuos –o los sectores sociales- que asumen los antedichos ideales políticos se integran pronto, y con un entusiasmo digno de mejor causa, en una infernal e imparable dinámica de destrucción y muerte que se enseñorea del viejo continente, sobre todo la Europa Oriental. Y en tercer término, Ingrao menciona con insistencia para designar a este grupo de colaboradores activos de la belicosidad hitleriana el concepto de “intelectuales”, porque frente al tópico del antiintelectualismo nazi argumenta que se desarrolló un caldo intelectual de nuevo cuño –nietzscheísmo, racismo, eugenesia- en el que se formaron estos profesionales agresivos.
El proceso de formación está expuesto en la primera parte, titulada “Una juventud alemana”. No es casual que comience bosquejando un proceloso “mundo de enemigos”, un marchamo que se repite luego como referencia indispensable para la génesis de una cosmovisión o, como aquí se dice, un ámbito de vida (Lebensgebiet). Los individuos cuya trayectoria estudia Ingrao vivieron su niñez y se formaron en una sociedad convulsionada, traumatizada por la Gran Guerra, humillada en la derrota, embebida de rencor. Ese es el magma que subyace en lo que el autor denomina camino hacia la “nazificación del saber”. Estos “niños de la guerra” se convierten en jóvenes bien formados en sus respectivas materias pero sin salir nunca de una “cultura de guerra”.
El paso siguiente es “ser nazi” con todas sus connotaciones. Esto significa, entre otras cosas, y para seguir usando las expresiones que abundan en el volumen, “un proyecto de refundación sociobiológica”, la “apropiación de un sistema de creencias” y una “mecánica social del compromiso”. La estampa de conjunto admite no obstante “unas militancias y unas formas de reclutamiento diferentes”. Menciono esto porque Ingrao va alternando a lo largo de las páginas el retrato de una generación con el interés por caracterizar trayectorias individuales concretas, con nombres y apellidos, que ofrecen perfiles claramente diferenciados. Todos los estudiados fueron responsables de crímenes en alguna medida pero hasta en esto hay grados: no todos cometieron las mismas barbaridades.
La tercera parte del volumen, de lejos la más amplia –y también la más interesante- lleva por título “Nazismo y violencia: el paroxismo de 1939-1945”. En los diversos capítulos que la componen, Ingrao detalla cómo fueron las actitudes de los verdugos, con qué argumentos justificaron las matanzas y qué sintieron al llevarlas a cabo. Al profano le puede sorprender la persistencia de una mentalidad de guerra legítima y defensiva que se instaló en las conciencias de los soldados. Merced a ella se podía defender cualquier cosa, hasta lo inconcebible. Se podría aducir como ejemplo el testimonio escalofriante de un policía vienés, participante en una de las muchísimas matanzas en masa.
Él mismo confiesa en una carta a su mujer que al principio temblaba de nerviosismo pero al “décimo coche, apuntaba ya con calma y disparaba de manera segura a las mujeres, los niños y los numerosos bebés, consciente de que yo mismo tengo dos en casa, con los que estas hordas actuarían de igual modo, incluso quizá diez veces peor”. Y prosigue en la misma línea, con detalles como este: “Los niños de pecho salían volando al tiempo que describían una gran parábola, y nosotros los reventábamos en el aire antes de que cayeran en la fosa y el agua. Hay que acabar con estos brutos que han traído la guerra a Europa”… (p. 338).
Los capítulos que integran esta tercera parte abordan con detenimiento y hasta con detalles macabros cómo eran aquellos espantosos asesinatos colectivos. Nadie estaba a salvo. Las matanzas adquirían proporciones apocalípticas, a menudo acompañadas de una crueldad tan salvaje que hace difícil su comprensión y durísima la lectura. Ingrao sostiene que se desbordó la pura necesidad militar para desembocar de modo sistemático en el puro “placer de matar” (p. 432). Interesantísimo e imprescindible por ello el capitulo 11, “Los intelectuales de las SS sometidos a juicio”, en el que se percibe más justificación que arrepentimiento. En cualquier caso, no podía haber castigo equiparable a la magnitud de los crímenes. Aún más, en sus conclusiones el autor subraya que pese a “la dimensión traumática de la experiencia genocida, no hubo nunca ruptura del consentimiento de estos hombres a la matanza” (p. 536).
miércoles, 7 de junio de 2017
Símbolos nacionales
EL LITIGIO DE LOS SÍMBOLOS NACIONALES:
ENTRE LA REPRESENTACIÓN Y LA EXCLUSIÓN
Javier Moreno Luzón y Xosé M. Núñez Seixas: Los colores de la patria. Símbolos nacionales en la España contemporánea. Prólogo de Anne-Marie Thiesse. Tecnos, Madrid, 2017. 452 pp.
Publicado en Revista de Libros, 05-06-2017.
http://www.revistadelibros.com/resenas/el-litigio-de-los-simbolos-nacionales-entre-la-representacion-y-la-exclusion
Una típica viñeta de Mingote, que se reproduce en el libro que vamos a comentar (p. 347), muestra a una madre tradicional que en tono admonitorio se dirige a su hijo ostensiblemente irritado: “¡Mientras el himno nacional no tenga letra, no tendrás más remedio que aprender a silbar, como todos!” Y, en efecto, alrededor del chaval se bosquejan los rostros mofletudos de los compañeros, que se afanan en soltar aire para seguir los compases del chunda-chunda. El efecto buscado, obviamente, es el de una situación risible, chusca o irritante, según los matices o sensibilidades de cada cual. La caricatura de Mingote se publicó en el ABC del 23 de octubre del 87. A pesar de lo que ha llovido desde entonces, los términos del contencioso apenas se han modificado en lo esencial. Desde el fin de la dictadura, de forma periódica, casi siguiendo ciclos que de tan repetidos ya nos conocemos al dedillo, se han ido sucediendo las controversias en torno al himno, siempre polarizadas en torno a las dos manifestaciones antitéticas de determinados estamentos o sectores del país: por un lado, quienes han pretendido realzarlo como indiscutido e indiscutible símbolo patrio –y dignificarlo con una letra cantable- y por otro, los que por razones diversas y no siempre asimilables lo rechazan con vehemencia (y lo silban y abuchean públicamente a la menor ocasión). Cada una de estas iniciativas sociales o políticas despierta pasiones viscerales y, sobre todo, alienta indefectiblemente las iras de los oponentes, generando así una dinámica que solo el cansancio apacigua, hasta que cualquier nimio incidente se torna pretexto para recomenzar.
Lo dicho respecto al himno es básicamente extrapolable, mutatis mutandi, al resto de los símbolos nacionales y, en especial, al que es más importante de todos ellos por obvias razones de visibilidad, la bandera, objeto no ya solo de agrias diatribas políticas y hasta sentimentales, sino de perfomances diversas de exhibiciones y rechazos, agravios y desagravios, desde exaltaciones cuasi sacrosantas hasta quemas rituales. Ante esa palpable tensión social cabe siempre el recurso de relativizar o incluso minimizar el valor de los emblemas, aduciendo que en definitiva un símbolo es tan solo eso –ni más ni menos- o que tiene el valor que le queramos dar. Lo que es viable a escala individual –cada cual es libre de pensar o sentir lo que quiera, o incluso no sentir emoción alguna ante las representaciones de la colectividad- se hace empero más complicado en el ámbito público, en la arena política. Al fin y al cabo, vivimos en un mundo que, aunque globalizado, sigue marcado por las fronteras, parcelado en estados y naciones que buscan diferenciarse entre sí al tiempo que necesitan establecer pautas de cohesión interna. De manera complementaria, la ciudadanía en general o, en términos más concretos, el más elemental ejercicio de los derechos individuales resulta indisociable de la identidad nacional, porque la nación es el marco que posibilita todo ello. En este sentido el panorama es tan diáfano que hoy en día prácticamente cualquier impugnación de las representaciones simbólicas se hace no para abolir todas ellas –como aquellos utópicos que querían borrar las demarcaciones fronterizas- sino para sustituirlas por otras, con toda la carga política o ideológica que ello conlleva.
Todo lo cual nos conduce indefectiblemente al reconocimiento –nos guste o no- de la relevancia de las representaciones colectivas en general y, en el caso que nos interesa ahora, de los emblemas nacionales. Exactamente ese es el punto de partida del libro que tenemos entre manos. Tomando como referencia una cita de Carlos Serrano, pionero de los estudios de estas características en el caso español, Moreno Luzón y Núñez Seixas –dos reputados historiadores, con una larga trayectoria en este tipo de indagaciones- establecen que, una vez asumida la centralidad de los fenómenos culturales por las ciencias sociales –la historia entre ellas-, “el protagonismo de lo simbólico” queda fuera de toda duda. Y matizan: los símbolos “moldean las identidades nacionales, coadyuvan de manera eficaz a la tarea de nacionalizar las poblaciones y permiten legitimar regímenes y movimientos políticos nacionalistas, dotándolos de un arsenal de imágenes fácilmente reconocibles” (p. 18). La importancia que hoy se atribuye a los emblemas nacionales contrasta, en opinión de los autores, con el hecho de que es este “un campo poco frecuentado por la investigación académica”. Si ello es así, habría que reconocer de igual modo que en los últimos tiempos la llamada “historia cultural de la política” está insistiendo mucho en estos aspectos, desde la ya clásica catalogación de los denominados “lugares de memoria” –en la órbita de las aportaciones de historiadores señeros como Pierre Nora y George L. Mosse - hasta recopilaciones sistemáticas del arsenal simbólico de algunos nacionalismos ibéricos, como han hecho para el caso vasco muy recientemente algunos historiadores coordinados por Santiago de Pablo . También hace poco ha aparecido un interesante volumen sobre himnos y canciones emblemáticas como “símbolos de identidad colectiva” que ha coordinado Carlos Collado y presta atención preeminente al caso español .
Los símbolos nacionales tienen cuatro funciones básicas, con ramificaciones complejas en cada una de ellas: en primer lugar, cumplen una misión homogeneizadora y cohesiva, capaz hasta cierto punto de trascender las divisiones y conflictos latentes o explícitos en una comunidad; en segundo término, ayudan a perfilar una determinada identidad colectiva, el “nosotros” frente a todos los demás, los “otros”, los extranjeros; en tercer lugar, presentan una dúctil capacidad movilizadora, son como resortes o mecanismos para la acción, sea en defensa de una causa determinada, resistencia a una agresión exterior o consecución de un horizonte soñado; por último, los emblemas nacionales desempeñan una función sentimental o emotiva que puede canalizarse en sentidos muy diversos según las circunstancias y que en cualquier caso se refleja nítidamente en la producción cultural e intelectual. Esta esquematización está lejos de hacer justicia a la polivalencia o plasticidad de los símbolos, sobre todo cuando consideramos estos en sentido amplio o inclusivo, es decir, no solo himnos o banderas, sino también paisajes característicos, grandes monumentos, lugares emblemáticos o hasta determinados entornos urbanos. Como pasa en otros muchos campos, un símbolo es más persistente, eficaz y a la postre más fuerte cuanto mayor es su versatilidad o incluso su ambivalencia, pues grupos diversos y hasta enfrentados pueden admitir de buen grado sentirse representados por él.
Una vez dicho eso, para perfilar el campo en el que nos vamos a mover, conviene del mismo modo establecer que este libro no descarta alusiones a esa amplia simbología que configura o refleja la nación pero se centra casi exclusivamente en los dos elementos más usuales y llamativos, la bandera y el himno. No es, sin embargo, como los mismos autores aclaran desde las páginas iniciales, un estudio de vexilología (banderas), heráldica o cualquier otra modalidad centrada en la iconografía propiamente dicha, sino un recorrido histórico convencional, tanto en su contenido como en su articulación formal, que toma como eje básico las vicisitudes de la identidad nacional española, siempre “alrededor de y a partir de las cuestiones simbólicas”. Podíamos decir, pues, que estamos ante un compendio de la historia contemporánea de España a través de sus símbolos. Conviene puntualizar aún más, antes de proseguir: es, sin duda, una magnífica síntesis, muy didáctica, bien escrita, clara y precisa. La estructuración en ocho capítulos (más una introducción y unas conclusiones) sigue un orden cronológico y se atiene en la periodización, grosso modo, a los criterios usuales, con una atención creciente hacia las fases más próximas: a todo el siglo XIX se le dedica un capítulo, el siguiente al regeneracionismo, otro al reinado de Alfonso XIII y luego, sucesivamente, a la República, la guerra civil, el franquismo, la transición y, por último, la España plenamente democrática de las últimas décadas.
Aunque no se pierde de vista el contexto general en que se sitúa el caso español, apenas se abordan las cuestiones comparativas, pues no pasan de meras menciones dispersas y circunstanciales las que se dedican a Francia, Gran Bretaña, Italia, Alemania o Suiza. Sí en cambio se da bastante importancia al surgimiento desde los decenios finales del siglo XIX de unos nacionalismos periféricos, en especial el vasco y el catalán, que no solo ponen en entredicho por diversos motivos los símbolos españoles sino que ofrecen elementos alternativos (la senyera, la ikurriña) que entrarán a disputar el mismo espacio político y sentimental. En buena medida, como sugieren los autores, la historia de los símbolos nacionales españoles en los dos últimos siglos no puede entenderse sin ese desafío explícito en el propio solar hispánico. Aunque este es un punto que no llega a desarrollarse, lo que puede haber de una cierta especificidad en la trayectoria de los símbolos nacionales españoles es el fruto de esa presencia entendida como amenaza (separatismo) y, paralelamente, la ausencia de España en los grandes conflictos internacionales de la historia contemporánea, en especial la dos grandes guerras mundiales del siglo XX. En suma, desde la guerra del francés, los españoles no han sentido seriamente amenazada su integridad territorial por ninguna potencia extranjera.
La historia de los que con el paso del tiempo y no pocas vicisitudes se convertirán en emblemas nacionales empieza en una fase muy concreta del siglo XVIII, siendo monarca de España Carlos III. De las disposiciones y reglamentaciones de su reinado procede la que podría llamarse primera andadura de los principales símbolos, la bandera rojigualda (que empieza a ondear en los buques españoles desde 1785) y, por otro lado, la música militar que en principio se conoce como Marcha de granaderos o Marcha granadera y que luego, desde 1836, será Marcha Real (y más tarde se convertirá en Himno Nacional). Con todo, la adopción de esos símbolos es tan titubeante al comienzo que la resistencia de 1808 ante el invasor francés no se hace, según los autores, bajo “una única bandera que identificase a España y alentara el patriotismo de los españoles”. Por si fuera poco, la sublevación de Riego en 1820 tendrá un importante efecto en el terreno simbólico, aportando una marcha, el llamado himno de Riego, que se convertirá en desafiante competidor de la Marcha Real de modo persistente durante varios decenios, hasta el punto de que desplaza a esta como himno nacional con la instauración de la II República. En relación con esa subsistencia de determinados símbolos resulta curioso observar cómo ya también desde comienzos del siglo XIX, el color morado, que quería representar la rebelión comunera, se convierte en “distintivo de las tendencias progresistas” durante un largo período, hasta desembocar exitosamente en la bandera del régimen del 14 de abril. Motivo –ocioso es recalcarlo- por el que aún hoy sigue vigente para determinadas tendencias políticas.
Tornemos al recorrido lineal. En el tramo central del XIX, desde 1840 aproximadamente, se consolidan los dos principales símbolos, la bandera bicolor y la Marcha Real. Aunque discutidos en su función representativa e incluso desplazados en algunas fases (como la ya citada etapa republicana), desde una perspectiva de conjunto puede decirse que no tuvieron de facto alternativas viables como emblemas nacionales y que, por expresarlo en términos simplificados pero inequívocos, mantuvieron una hegemonía indiscutible, pese a todos los pesares, durante toda nuestra historia contemporánea. Es verdad que se cargan de connotaciones conservadoras –o cuando menos de un liberalismo templado- a lo largo del siglo XIX, pero no es menos cierto que resisten sin grandes problemas el vendaval revolucionario más importante del período (el Sexenio de 1868-1874) y que, como subrayan los autores, incluso la I República “no sustituyó la bicolor por tricolor alguna” (p. 61). A falta de grandes enemigos a su altura, el nacionalismo español se curtió en el norte africano con campañas coloniales que en principio despertaron grandes entusiasmos, en particular aquella “Guerra de África” (1859-1860) que encumbró a un catalán, Juan Prim, como general victorioso del ejército español. El fervor del momento es indisociable de la rojigualda, como reflejan los cuadros de la época.
Como en tantos otros aspectos de nuestra historia reciente, el 98 marca una quiebra. Ya de por si es significativo que una tonadilla zarzuelera, la Marcha de Cádiz, pudiera representar la exaltación patriótica del momento mejor que el himno oficial. En todo caso, lo decisivo fue que la pérdida colonial y la derrota ante los EE.UU., vivida como humillación, arrastraron la autoestima nacional y afectaron, como no podía ser menos, a todos los símbolos patrios, que ya no eran emblemas victoriosos sino de una nación postrada y un punto ridícula (de ahí la alusión, tan usual en la época, al “patriotismo zarzuelero”). Catalanistas y bizkaitarras hurgaron en la herida y desplegaron alternativas que se vivieron como insurgencias de nuevas Cubas, en esta ocasión en el propio solar ibérico. El regeneracionismo pudo significar una renacionalización sobre bases más sólidas pero pronto derivó hacia una repetición de los mismos errores, otra vez en suelo africano. Solo que ahora las lanzas victoriosas se tornaron reveses insondables, en una sucesión de nuevos “desastres” similares al 98 (Barranco del Lobo, Annual) que arrastraron el crédito de la nación, del patriotismo oficial y, como no podía ser menos, de sus símbolos representativos. Apurando la repetición de viejos errores hasta el esperpento, un pasodoble, La banderita (procedente de una obra, Las corsarias, que se presentaba como “humorada cómico lírica”), desplazaba nuevamente al himno nacional como expresión del sentimiento patrio. La guerra de Marruecos y la dictadura de Primo de Rivera condujeron a una indisimulada militarización de los símbolos nacionales y a una cierta patrimonialización de los mismos, con efectos excluyentes para muchos sectores sociales y políticos del país, que no se veían reflejados en aquella España. Esa España, por ejemplo, que vibraba a los sones de El novio de la muerte.
Quiero decir que, a esas alturas, los símbolos ya no solo no integraban sino que parecían concebidos para excluir, para delimitar campos. Así las cosas, nada tiene de extraño que el vuelco que supone la instauración de la II República signifique en primer lugar una completa remoción de los emblemas nacionales, con el inevitable guiño a la tradición progresista, o sea, el color morado y el himno de Riego. Con buen criterio, los autores subrayan sin embargo que la breve primavera republicana no estuvo libre de dilemas y contradicciones en el aspecto simbólico, pues tanto los elementos revolucionarios de izquierda y de derecha cuanto los nacionalismos alternativos –en especial vascos y catalanes- se encontraban mejor representados por sus símbolos específicos (himnos y banderas). Así, los catalanistas con Els Segadors, socialistas y comunistas con La Internacional, los anarquistas con ¡A las barricadas!, etc. Y de este modo, cuando se desencadena la guerra civil, cada facción conserva e incluso potencia esos símbolos, al tiempo que cada uno de los bandos contendientes coincide, como ya señaló Núñez Seixas en un estudio imprescindible, en acogerse a las esencias patrióticas, haciendo la guerra contra “el invasor” . Los invasores eran los rusos y los marxistas extranjeros para unos y los nazis alemanes y fascistas italianos para los otros. Nacionales y rojos coinciden en un punto esencial a los efectos que aquí se trata: ambos dicen representar al auténtico pueblo español. De ahí que su arsenal simbólico hurgue en las raíces nacionales y se cargue de connotaciones mitológicas, historicistas y hasta raciales. Raza, como es sabido, será entre otras cosas el título de aquella famosa película franquista.
Una vez más, sin embargo, las cosas resultan vistas de cerca menos lineales y más complejas de lo que parecen. La aparente homogeneización simbólica del franquismo –imposición solemne de la rojigualda y el himno tradicional- encubría discrepancias entre las diversas familias de esa nueva España que, por decirlo en términos simplificados, tenía que optar entre la pulsión fascista (falangista) o el confesionalismo tradicional (nacionalcatolicismo). Ya que nos movemos en el terreno simbólico, me limitaré a una constatación sobradamente conocida: una parte no despreciable de los afectos al régimen se sentían más a gusto con el Cara al sol que con un himno de resonancias monárquicas, como la vieja Marcha Real. Al cabo, los resquemores se diluyeron en la propia deriva de un sistema longevo hasta desembocar en una trivialización simbólica que implicaba la aceptación generalizada de los emblemas nacionales, pero también una cierta indiferencia, perceptible sobre todo en términos de educación sentimental. Ello hizo que muchos españoles de la época se reconocieran una vez más como tales en canciones o tonadillas alternativas: así, por ejemplo, el famoso pasodoble Suspiros de España o incluso El emigrante de Juanito Valderrama, hasta desembocar en el inefable ¡Y viva España! que popularizaría Manolo Escobar.
Si no perdemos de vista esta perspectiva, podría decirse que la “normalización” simbólica que trae consigo la democracia, a la muerte de Franco, implica por encima de todo una continuidad con el proceso de banalización simbólica perceptible en los últimos tiempos del franquismo. Desde el punto de vista oficial la transición simbólica fue menos traumática de lo que cualquiera habría predicho. El PCE, el partido más emblemático de la oposición antifranquista, renunció a la bandera tricolor a cambio de su legalización. Aquella comparecencia de Carrillo con la rojigualda marcó un hito en ese sentido y fue, ya que hablamos de símbolos, una de las expresiones simbólicas más rotundas de cómo fue aquel proceso. Ahora bien, como apuntábamos líneas arriba, la democracia a pie de calle supondrá con el tiempo y en líneas generales –hay excepciones, como de inmediato mencionaré- una aceptación banal de los emblemas nacionales compatible con una sutil distorsión: la solemnidad se trueca en frivolidad o, al menos, una espontaneidad de ribetes lúdicos. En nada es más patente esta transmutación que en la presencia recurrente del toro de Osborne como símbolo representativo de España hasta el punto de que llega a desplazar al propio escudo en el centro de la bandera en múltiples eventos festivos y deportivos. De modo complementario y en la misma línea trivial y hasta frívola, subsiste el recurso al pasodoble antedicho, “¡Y viva España!”, pero ahora eclipsado, sobre todo con ocasión de las victorias deportivas, por un estribillo aún más pedestre: “¡Yo soy español, español, español…!” Un observador distanciado no podría dejar de sorprenderse por cómo había cambiado todo desde los tiempos no tan lejanos del “¡Arriba, España!”
En la actualidad esa relativa normalización (y progresiva aceptación) de los emblemas nacionales tiene que hacer frente a un triple desafío: el primero y más obvio es una vez más el procedente de las sensibilidades de los nacionalismos alternativos. La convivencia de sus símbolos con la bicolor se sigue manifestando problemática y no digamos ya con el himno, objeto de sonoras pitadas en cuanto hay ocasión para ello. El segundo reto viene de sectores radicales de izquierda (de dentro y fuera del sistema) que han resucitado la bandera republicana como símbolo de su disconformidad con aspectos esenciales de la democracia española. La tricolor en sus manifestaciones viene a simbolizar su repudio a la corrupción, a la casta y al modo en que se gestó la propia transición desde el régimen anterior. La llamada “memoria histórica” parece aquí entroncar de un modo natural con los símbolos de la II República. Por último, no cabe ignorar que la aludida normalidad con que una gran parte de la ciudadanía acepta los emblemas oficiales es compatible con una cierta incomodidad que aún pervive en los sectores que se autodenominan progresistas y, en términos más genéricos, el escaso entusiasmo y una cierta indiferencia emocional, razón que explica la pervivencia o el surgimiento de elementos alternativos, como antes se dijo del toro o de canciones pegadizas (cuyos estribillos se corean con un entusiasmo que el himno no puede ofrecer).
Todas estas cosas están expuestas en el libro con mesura y hasta una cierta asepsia, como si los autores, en aras de una indagación científica e imparcial, hubieran decidido colocarse au dessus de la mêlée. No lo digo en términos críticos o peyorativos, porque me parece una opción razonable, pero no es menos cierto que esa perspectiva puede despertar suspicacias e incomprensiones. Así, por citar un matiz tan solo, los autores tratan de ser neutrales ante lo que consideran una tenaz pugna entre nacionalismos (empezando, claro, por el español). Se reparten así responsabilidades, pues la clave del conflicto –por y contra los símbolos en cuestión- se focaliza en la existencia de diversos proyectos y sensibilidades que luchan por su hegemonía con marcada vocación excluyente. La constante histórica, podría sintetizarse, estriba en esa voluntad de deslindar –nosotros frente a ellos- y pocas veces de integrar. Y sobre esto, viene a decirse en términos salomónicos, nadie está en condiciones de tirar la primera piedra. En buena medida ese planteamiento deriva de la no aceptación de la tesis de la debilidad del nacionalismo español y de las supuestas insuficiencias del proceso de nacionalización hispano. Muy por el contrario, la insurgencia de nacionalismos alternativos en la península vendría a delatar, según los autores, la potencia y desarrollo del nacionalismo español. Sería en cierto modo como una reacción ante el empuje avasallador de un españolismo caracterizado en la mayor parte de las fases que aquí se tratan como militarista, confesional y profundamente conservador. Bien es verdad que todo esto se apunta pero sin que se termine de profundizar ni desarrollar, pues el libro se ciñe mucho más a la pura exposición factual que al análisis político incisivo.
Del mismo modo, la sugestiva hipótesis de la “normalidad” simbólica en toda nuestra historia contemporánea, incardinada en la consabida ausencia de especificidad de la trayectoria histórica española, hubiera requerido de un mayor desarrollo teórico y un más rico cuadro comparativo con las naciones de nuestro entorno. Después de la pormenorizada relación de imposiciones, exclusiones y escaso consenso de los emblemas nacionales, resulta cuanto menos algo chocante que los autores se remitan a que todo ello entra dentro de lo habitual o normal en cualquier nación que albergue en su seno una pluralidad de grupos y regiones con intereses, emociones y objetivos políticos diversos o incluso divergentes. La nacionalización, nos recuerdan con perspicacia, no significa homogeneización y, aún más, es compatible con la existencia de múltiples discrepancias. Todo ello es cierto pero no resuelve la incógnita principal, a saber, en qué medida podemos aseverar que la permanente polémica en torno a los símbolos nacionales que distingue el conjunto de nuestra historia contemporánea entra realmente en eso que por comodidad conceptual denominamos “normalidad”. Me limito a plantear la cuestión en términos muy sencillos: ¿es normal y usual en los países de nuestro entorno un himno sin letra que no puede ejecutarse en amplias zonas del país sin sonoras manifestaciones de repudio o una bandera que despierta las iras de numerosos sectores sociales y políticos? Mientras que símbolos triviales –del toro a las tapas- han experimentado un auge en todos los sentidos –del iconográfico al merchandising-, los emblemas nacionales suscitan en amplias capas de la población una aceptación conformista pero poco vibrante, que convive además con la beligerancia de sectores más politizados que aplican a los símbolos oficiales aquel famoso eslogan de las manifestaciones indignadas del 15-M: “¡que no, que nos representan, que no!” Por lo demás, en la presente coyuntura histórica resulta particularmente llamativo el contraste entre la tibieza –por decirlo suavemente- que despiertan aquí los emblemas nacionales y lo que está sucediendo en buena parte del mundo con esa simbología, agitada con furia xenófoba por grupos, partidos y líderes nacionalistas –de Trump a Le Pen-, que conforman un fenómeno hoy por hoy impensable en el seno de la cultura política española.
ENTRE LA REPRESENTACIÓN Y LA EXCLUSIÓN
Javier Moreno Luzón y Xosé M. Núñez Seixas: Los colores de la patria. Símbolos nacionales en la España contemporánea. Prólogo de Anne-Marie Thiesse. Tecnos, Madrid, 2017. 452 pp.
Publicado en Revista de Libros, 05-06-2017.
http://www.revistadelibros.com/resenas/el-litigio-de-los-simbolos-nacionales-entre-la-representacion-y-la-exclusion
Una típica viñeta de Mingote, que se reproduce en el libro que vamos a comentar (p. 347), muestra a una madre tradicional que en tono admonitorio se dirige a su hijo ostensiblemente irritado: “¡Mientras el himno nacional no tenga letra, no tendrás más remedio que aprender a silbar, como todos!” Y, en efecto, alrededor del chaval se bosquejan los rostros mofletudos de los compañeros, que se afanan en soltar aire para seguir los compases del chunda-chunda. El efecto buscado, obviamente, es el de una situación risible, chusca o irritante, según los matices o sensibilidades de cada cual. La caricatura de Mingote se publicó en el ABC del 23 de octubre del 87. A pesar de lo que ha llovido desde entonces, los términos del contencioso apenas se han modificado en lo esencial. Desde el fin de la dictadura, de forma periódica, casi siguiendo ciclos que de tan repetidos ya nos conocemos al dedillo, se han ido sucediendo las controversias en torno al himno, siempre polarizadas en torno a las dos manifestaciones antitéticas de determinados estamentos o sectores del país: por un lado, quienes han pretendido realzarlo como indiscutido e indiscutible símbolo patrio –y dignificarlo con una letra cantable- y por otro, los que por razones diversas y no siempre asimilables lo rechazan con vehemencia (y lo silban y abuchean públicamente a la menor ocasión). Cada una de estas iniciativas sociales o políticas despierta pasiones viscerales y, sobre todo, alienta indefectiblemente las iras de los oponentes, generando así una dinámica que solo el cansancio apacigua, hasta que cualquier nimio incidente se torna pretexto para recomenzar.
Lo dicho respecto al himno es básicamente extrapolable, mutatis mutandi, al resto de los símbolos nacionales y, en especial, al que es más importante de todos ellos por obvias razones de visibilidad, la bandera, objeto no ya solo de agrias diatribas políticas y hasta sentimentales, sino de perfomances diversas de exhibiciones y rechazos, agravios y desagravios, desde exaltaciones cuasi sacrosantas hasta quemas rituales. Ante esa palpable tensión social cabe siempre el recurso de relativizar o incluso minimizar el valor de los emblemas, aduciendo que en definitiva un símbolo es tan solo eso –ni más ni menos- o que tiene el valor que le queramos dar. Lo que es viable a escala individual –cada cual es libre de pensar o sentir lo que quiera, o incluso no sentir emoción alguna ante las representaciones de la colectividad- se hace empero más complicado en el ámbito público, en la arena política. Al fin y al cabo, vivimos en un mundo que, aunque globalizado, sigue marcado por las fronteras, parcelado en estados y naciones que buscan diferenciarse entre sí al tiempo que necesitan establecer pautas de cohesión interna. De manera complementaria, la ciudadanía en general o, en términos más concretos, el más elemental ejercicio de los derechos individuales resulta indisociable de la identidad nacional, porque la nación es el marco que posibilita todo ello. En este sentido el panorama es tan diáfano que hoy en día prácticamente cualquier impugnación de las representaciones simbólicas se hace no para abolir todas ellas –como aquellos utópicos que querían borrar las demarcaciones fronterizas- sino para sustituirlas por otras, con toda la carga política o ideológica que ello conlleva.
Todo lo cual nos conduce indefectiblemente al reconocimiento –nos guste o no- de la relevancia de las representaciones colectivas en general y, en el caso que nos interesa ahora, de los emblemas nacionales. Exactamente ese es el punto de partida del libro que tenemos entre manos. Tomando como referencia una cita de Carlos Serrano, pionero de los estudios de estas características en el caso español, Moreno Luzón y Núñez Seixas –dos reputados historiadores, con una larga trayectoria en este tipo de indagaciones- establecen que, una vez asumida la centralidad de los fenómenos culturales por las ciencias sociales –la historia entre ellas-, “el protagonismo de lo simbólico” queda fuera de toda duda. Y matizan: los símbolos “moldean las identidades nacionales, coadyuvan de manera eficaz a la tarea de nacionalizar las poblaciones y permiten legitimar regímenes y movimientos políticos nacionalistas, dotándolos de un arsenal de imágenes fácilmente reconocibles” (p. 18). La importancia que hoy se atribuye a los emblemas nacionales contrasta, en opinión de los autores, con el hecho de que es este “un campo poco frecuentado por la investigación académica”. Si ello es así, habría que reconocer de igual modo que en los últimos tiempos la llamada “historia cultural de la política” está insistiendo mucho en estos aspectos, desde la ya clásica catalogación de los denominados “lugares de memoria” –en la órbita de las aportaciones de historiadores señeros como Pierre Nora y George L. Mosse - hasta recopilaciones sistemáticas del arsenal simbólico de algunos nacionalismos ibéricos, como han hecho para el caso vasco muy recientemente algunos historiadores coordinados por Santiago de Pablo . También hace poco ha aparecido un interesante volumen sobre himnos y canciones emblemáticas como “símbolos de identidad colectiva” que ha coordinado Carlos Collado y presta atención preeminente al caso español .
Los símbolos nacionales tienen cuatro funciones básicas, con ramificaciones complejas en cada una de ellas: en primer lugar, cumplen una misión homogeneizadora y cohesiva, capaz hasta cierto punto de trascender las divisiones y conflictos latentes o explícitos en una comunidad; en segundo término, ayudan a perfilar una determinada identidad colectiva, el “nosotros” frente a todos los demás, los “otros”, los extranjeros; en tercer lugar, presentan una dúctil capacidad movilizadora, son como resortes o mecanismos para la acción, sea en defensa de una causa determinada, resistencia a una agresión exterior o consecución de un horizonte soñado; por último, los emblemas nacionales desempeñan una función sentimental o emotiva que puede canalizarse en sentidos muy diversos según las circunstancias y que en cualquier caso se refleja nítidamente en la producción cultural e intelectual. Esta esquematización está lejos de hacer justicia a la polivalencia o plasticidad de los símbolos, sobre todo cuando consideramos estos en sentido amplio o inclusivo, es decir, no solo himnos o banderas, sino también paisajes característicos, grandes monumentos, lugares emblemáticos o hasta determinados entornos urbanos. Como pasa en otros muchos campos, un símbolo es más persistente, eficaz y a la postre más fuerte cuanto mayor es su versatilidad o incluso su ambivalencia, pues grupos diversos y hasta enfrentados pueden admitir de buen grado sentirse representados por él.
Una vez dicho eso, para perfilar el campo en el que nos vamos a mover, conviene del mismo modo establecer que este libro no descarta alusiones a esa amplia simbología que configura o refleja la nación pero se centra casi exclusivamente en los dos elementos más usuales y llamativos, la bandera y el himno. No es, sin embargo, como los mismos autores aclaran desde las páginas iniciales, un estudio de vexilología (banderas), heráldica o cualquier otra modalidad centrada en la iconografía propiamente dicha, sino un recorrido histórico convencional, tanto en su contenido como en su articulación formal, que toma como eje básico las vicisitudes de la identidad nacional española, siempre “alrededor de y a partir de las cuestiones simbólicas”. Podíamos decir, pues, que estamos ante un compendio de la historia contemporánea de España a través de sus símbolos. Conviene puntualizar aún más, antes de proseguir: es, sin duda, una magnífica síntesis, muy didáctica, bien escrita, clara y precisa. La estructuración en ocho capítulos (más una introducción y unas conclusiones) sigue un orden cronológico y se atiene en la periodización, grosso modo, a los criterios usuales, con una atención creciente hacia las fases más próximas: a todo el siglo XIX se le dedica un capítulo, el siguiente al regeneracionismo, otro al reinado de Alfonso XIII y luego, sucesivamente, a la República, la guerra civil, el franquismo, la transición y, por último, la España plenamente democrática de las últimas décadas.
Aunque no se pierde de vista el contexto general en que se sitúa el caso español, apenas se abordan las cuestiones comparativas, pues no pasan de meras menciones dispersas y circunstanciales las que se dedican a Francia, Gran Bretaña, Italia, Alemania o Suiza. Sí en cambio se da bastante importancia al surgimiento desde los decenios finales del siglo XIX de unos nacionalismos periféricos, en especial el vasco y el catalán, que no solo ponen en entredicho por diversos motivos los símbolos españoles sino que ofrecen elementos alternativos (la senyera, la ikurriña) que entrarán a disputar el mismo espacio político y sentimental. En buena medida, como sugieren los autores, la historia de los símbolos nacionales españoles en los dos últimos siglos no puede entenderse sin ese desafío explícito en el propio solar hispánico. Aunque este es un punto que no llega a desarrollarse, lo que puede haber de una cierta especificidad en la trayectoria de los símbolos nacionales españoles es el fruto de esa presencia entendida como amenaza (separatismo) y, paralelamente, la ausencia de España en los grandes conflictos internacionales de la historia contemporánea, en especial la dos grandes guerras mundiales del siglo XX. En suma, desde la guerra del francés, los españoles no han sentido seriamente amenazada su integridad territorial por ninguna potencia extranjera.
La historia de los que con el paso del tiempo y no pocas vicisitudes se convertirán en emblemas nacionales empieza en una fase muy concreta del siglo XVIII, siendo monarca de España Carlos III. De las disposiciones y reglamentaciones de su reinado procede la que podría llamarse primera andadura de los principales símbolos, la bandera rojigualda (que empieza a ondear en los buques españoles desde 1785) y, por otro lado, la música militar que en principio se conoce como Marcha de granaderos o Marcha granadera y que luego, desde 1836, será Marcha Real (y más tarde se convertirá en Himno Nacional). Con todo, la adopción de esos símbolos es tan titubeante al comienzo que la resistencia de 1808 ante el invasor francés no se hace, según los autores, bajo “una única bandera que identificase a España y alentara el patriotismo de los españoles”. Por si fuera poco, la sublevación de Riego en 1820 tendrá un importante efecto en el terreno simbólico, aportando una marcha, el llamado himno de Riego, que se convertirá en desafiante competidor de la Marcha Real de modo persistente durante varios decenios, hasta el punto de que desplaza a esta como himno nacional con la instauración de la II República. En relación con esa subsistencia de determinados símbolos resulta curioso observar cómo ya también desde comienzos del siglo XIX, el color morado, que quería representar la rebelión comunera, se convierte en “distintivo de las tendencias progresistas” durante un largo período, hasta desembocar exitosamente en la bandera del régimen del 14 de abril. Motivo –ocioso es recalcarlo- por el que aún hoy sigue vigente para determinadas tendencias políticas.
Tornemos al recorrido lineal. En el tramo central del XIX, desde 1840 aproximadamente, se consolidan los dos principales símbolos, la bandera bicolor y la Marcha Real. Aunque discutidos en su función representativa e incluso desplazados en algunas fases (como la ya citada etapa republicana), desde una perspectiva de conjunto puede decirse que no tuvieron de facto alternativas viables como emblemas nacionales y que, por expresarlo en términos simplificados pero inequívocos, mantuvieron una hegemonía indiscutible, pese a todos los pesares, durante toda nuestra historia contemporánea. Es verdad que se cargan de connotaciones conservadoras –o cuando menos de un liberalismo templado- a lo largo del siglo XIX, pero no es menos cierto que resisten sin grandes problemas el vendaval revolucionario más importante del período (el Sexenio de 1868-1874) y que, como subrayan los autores, incluso la I República “no sustituyó la bicolor por tricolor alguna” (p. 61). A falta de grandes enemigos a su altura, el nacionalismo español se curtió en el norte africano con campañas coloniales que en principio despertaron grandes entusiasmos, en particular aquella “Guerra de África” (1859-1860) que encumbró a un catalán, Juan Prim, como general victorioso del ejército español. El fervor del momento es indisociable de la rojigualda, como reflejan los cuadros de la época.
Como en tantos otros aspectos de nuestra historia reciente, el 98 marca una quiebra. Ya de por si es significativo que una tonadilla zarzuelera, la Marcha de Cádiz, pudiera representar la exaltación patriótica del momento mejor que el himno oficial. En todo caso, lo decisivo fue que la pérdida colonial y la derrota ante los EE.UU., vivida como humillación, arrastraron la autoestima nacional y afectaron, como no podía ser menos, a todos los símbolos patrios, que ya no eran emblemas victoriosos sino de una nación postrada y un punto ridícula (de ahí la alusión, tan usual en la época, al “patriotismo zarzuelero”). Catalanistas y bizkaitarras hurgaron en la herida y desplegaron alternativas que se vivieron como insurgencias de nuevas Cubas, en esta ocasión en el propio solar ibérico. El regeneracionismo pudo significar una renacionalización sobre bases más sólidas pero pronto derivó hacia una repetición de los mismos errores, otra vez en suelo africano. Solo que ahora las lanzas victoriosas se tornaron reveses insondables, en una sucesión de nuevos “desastres” similares al 98 (Barranco del Lobo, Annual) que arrastraron el crédito de la nación, del patriotismo oficial y, como no podía ser menos, de sus símbolos representativos. Apurando la repetición de viejos errores hasta el esperpento, un pasodoble, La banderita (procedente de una obra, Las corsarias, que se presentaba como “humorada cómico lírica”), desplazaba nuevamente al himno nacional como expresión del sentimiento patrio. La guerra de Marruecos y la dictadura de Primo de Rivera condujeron a una indisimulada militarización de los símbolos nacionales y a una cierta patrimonialización de los mismos, con efectos excluyentes para muchos sectores sociales y políticos del país, que no se veían reflejados en aquella España. Esa España, por ejemplo, que vibraba a los sones de El novio de la muerte.
Quiero decir que, a esas alturas, los símbolos ya no solo no integraban sino que parecían concebidos para excluir, para delimitar campos. Así las cosas, nada tiene de extraño que el vuelco que supone la instauración de la II República signifique en primer lugar una completa remoción de los emblemas nacionales, con el inevitable guiño a la tradición progresista, o sea, el color morado y el himno de Riego. Con buen criterio, los autores subrayan sin embargo que la breve primavera republicana no estuvo libre de dilemas y contradicciones en el aspecto simbólico, pues tanto los elementos revolucionarios de izquierda y de derecha cuanto los nacionalismos alternativos –en especial vascos y catalanes- se encontraban mejor representados por sus símbolos específicos (himnos y banderas). Así, los catalanistas con Els Segadors, socialistas y comunistas con La Internacional, los anarquistas con ¡A las barricadas!, etc. Y de este modo, cuando se desencadena la guerra civil, cada facción conserva e incluso potencia esos símbolos, al tiempo que cada uno de los bandos contendientes coincide, como ya señaló Núñez Seixas en un estudio imprescindible, en acogerse a las esencias patrióticas, haciendo la guerra contra “el invasor” . Los invasores eran los rusos y los marxistas extranjeros para unos y los nazis alemanes y fascistas italianos para los otros. Nacionales y rojos coinciden en un punto esencial a los efectos que aquí se trata: ambos dicen representar al auténtico pueblo español. De ahí que su arsenal simbólico hurgue en las raíces nacionales y se cargue de connotaciones mitológicas, historicistas y hasta raciales. Raza, como es sabido, será entre otras cosas el título de aquella famosa película franquista.
Una vez más, sin embargo, las cosas resultan vistas de cerca menos lineales y más complejas de lo que parecen. La aparente homogeneización simbólica del franquismo –imposición solemne de la rojigualda y el himno tradicional- encubría discrepancias entre las diversas familias de esa nueva España que, por decirlo en términos simplificados, tenía que optar entre la pulsión fascista (falangista) o el confesionalismo tradicional (nacionalcatolicismo). Ya que nos movemos en el terreno simbólico, me limitaré a una constatación sobradamente conocida: una parte no despreciable de los afectos al régimen se sentían más a gusto con el Cara al sol que con un himno de resonancias monárquicas, como la vieja Marcha Real. Al cabo, los resquemores se diluyeron en la propia deriva de un sistema longevo hasta desembocar en una trivialización simbólica que implicaba la aceptación generalizada de los emblemas nacionales, pero también una cierta indiferencia, perceptible sobre todo en términos de educación sentimental. Ello hizo que muchos españoles de la época se reconocieran una vez más como tales en canciones o tonadillas alternativas: así, por ejemplo, el famoso pasodoble Suspiros de España o incluso El emigrante de Juanito Valderrama, hasta desembocar en el inefable ¡Y viva España! que popularizaría Manolo Escobar.
Si no perdemos de vista esta perspectiva, podría decirse que la “normalización” simbólica que trae consigo la democracia, a la muerte de Franco, implica por encima de todo una continuidad con el proceso de banalización simbólica perceptible en los últimos tiempos del franquismo. Desde el punto de vista oficial la transición simbólica fue menos traumática de lo que cualquiera habría predicho. El PCE, el partido más emblemático de la oposición antifranquista, renunció a la bandera tricolor a cambio de su legalización. Aquella comparecencia de Carrillo con la rojigualda marcó un hito en ese sentido y fue, ya que hablamos de símbolos, una de las expresiones simbólicas más rotundas de cómo fue aquel proceso. Ahora bien, como apuntábamos líneas arriba, la democracia a pie de calle supondrá con el tiempo y en líneas generales –hay excepciones, como de inmediato mencionaré- una aceptación banal de los emblemas nacionales compatible con una sutil distorsión: la solemnidad se trueca en frivolidad o, al menos, una espontaneidad de ribetes lúdicos. En nada es más patente esta transmutación que en la presencia recurrente del toro de Osborne como símbolo representativo de España hasta el punto de que llega a desplazar al propio escudo en el centro de la bandera en múltiples eventos festivos y deportivos. De modo complementario y en la misma línea trivial y hasta frívola, subsiste el recurso al pasodoble antedicho, “¡Y viva España!”, pero ahora eclipsado, sobre todo con ocasión de las victorias deportivas, por un estribillo aún más pedestre: “¡Yo soy español, español, español…!” Un observador distanciado no podría dejar de sorprenderse por cómo había cambiado todo desde los tiempos no tan lejanos del “¡Arriba, España!”
En la actualidad esa relativa normalización (y progresiva aceptación) de los emblemas nacionales tiene que hacer frente a un triple desafío: el primero y más obvio es una vez más el procedente de las sensibilidades de los nacionalismos alternativos. La convivencia de sus símbolos con la bicolor se sigue manifestando problemática y no digamos ya con el himno, objeto de sonoras pitadas en cuanto hay ocasión para ello. El segundo reto viene de sectores radicales de izquierda (de dentro y fuera del sistema) que han resucitado la bandera republicana como símbolo de su disconformidad con aspectos esenciales de la democracia española. La tricolor en sus manifestaciones viene a simbolizar su repudio a la corrupción, a la casta y al modo en que se gestó la propia transición desde el régimen anterior. La llamada “memoria histórica” parece aquí entroncar de un modo natural con los símbolos de la II República. Por último, no cabe ignorar que la aludida normalidad con que una gran parte de la ciudadanía acepta los emblemas oficiales es compatible con una cierta incomodidad que aún pervive en los sectores que se autodenominan progresistas y, en términos más genéricos, el escaso entusiasmo y una cierta indiferencia emocional, razón que explica la pervivencia o el surgimiento de elementos alternativos, como antes se dijo del toro o de canciones pegadizas (cuyos estribillos se corean con un entusiasmo que el himno no puede ofrecer).
Todas estas cosas están expuestas en el libro con mesura y hasta una cierta asepsia, como si los autores, en aras de una indagación científica e imparcial, hubieran decidido colocarse au dessus de la mêlée. No lo digo en términos críticos o peyorativos, porque me parece una opción razonable, pero no es menos cierto que esa perspectiva puede despertar suspicacias e incomprensiones. Así, por citar un matiz tan solo, los autores tratan de ser neutrales ante lo que consideran una tenaz pugna entre nacionalismos (empezando, claro, por el español). Se reparten así responsabilidades, pues la clave del conflicto –por y contra los símbolos en cuestión- se focaliza en la existencia de diversos proyectos y sensibilidades que luchan por su hegemonía con marcada vocación excluyente. La constante histórica, podría sintetizarse, estriba en esa voluntad de deslindar –nosotros frente a ellos- y pocas veces de integrar. Y sobre esto, viene a decirse en términos salomónicos, nadie está en condiciones de tirar la primera piedra. En buena medida ese planteamiento deriva de la no aceptación de la tesis de la debilidad del nacionalismo español y de las supuestas insuficiencias del proceso de nacionalización hispano. Muy por el contrario, la insurgencia de nacionalismos alternativos en la península vendría a delatar, según los autores, la potencia y desarrollo del nacionalismo español. Sería en cierto modo como una reacción ante el empuje avasallador de un españolismo caracterizado en la mayor parte de las fases que aquí se tratan como militarista, confesional y profundamente conservador. Bien es verdad que todo esto se apunta pero sin que se termine de profundizar ni desarrollar, pues el libro se ciñe mucho más a la pura exposición factual que al análisis político incisivo.
Del mismo modo, la sugestiva hipótesis de la “normalidad” simbólica en toda nuestra historia contemporánea, incardinada en la consabida ausencia de especificidad de la trayectoria histórica española, hubiera requerido de un mayor desarrollo teórico y un más rico cuadro comparativo con las naciones de nuestro entorno. Después de la pormenorizada relación de imposiciones, exclusiones y escaso consenso de los emblemas nacionales, resulta cuanto menos algo chocante que los autores se remitan a que todo ello entra dentro de lo habitual o normal en cualquier nación que albergue en su seno una pluralidad de grupos y regiones con intereses, emociones y objetivos políticos diversos o incluso divergentes. La nacionalización, nos recuerdan con perspicacia, no significa homogeneización y, aún más, es compatible con la existencia de múltiples discrepancias. Todo ello es cierto pero no resuelve la incógnita principal, a saber, en qué medida podemos aseverar que la permanente polémica en torno a los símbolos nacionales que distingue el conjunto de nuestra historia contemporánea entra realmente en eso que por comodidad conceptual denominamos “normalidad”. Me limito a plantear la cuestión en términos muy sencillos: ¿es normal y usual en los países de nuestro entorno un himno sin letra que no puede ejecutarse en amplias zonas del país sin sonoras manifestaciones de repudio o una bandera que despierta las iras de numerosos sectores sociales y políticos? Mientras que símbolos triviales –del toro a las tapas- han experimentado un auge en todos los sentidos –del iconográfico al merchandising-, los emblemas nacionales suscitan en amplias capas de la población una aceptación conformista pero poco vibrante, que convive además con la beligerancia de sectores más politizados que aplican a los símbolos oficiales aquel famoso eslogan de las manifestaciones indignadas del 15-M: “¡que no, que nos representan, que no!” Por lo demás, en la presente coyuntura histórica resulta particularmente llamativo el contraste entre la tibieza –por decirlo suavemente- que despiertan aquí los emblemas nacionales y lo que está sucediendo en buena parte del mundo con esa simbología, agitada con furia xenófoba por grupos, partidos y líderes nacionalistas –de Trump a Le Pen-, que conforman un fenómeno hoy por hoy impensable en el seno de la cultura política española.
domingo, 4 de junio de 2017
Paulus, Salingrado.
Stalingrado y yo. Friedrich Paulus. Biografía, notas y recopilación de documentos: Walter Görlitz. Traducción de Víctor Scholz. La Esfera de los libros, Madrid, 2017. 324 pp. 21,90 €.
Publicado en El Cultural, 26-05-2017.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Stalingrado-y-yo/39673
No hace falta ser experto en la historia reciente para saber que el mero nombre de Stalingrado evoca uno de los momentos decisivos de la II Guerra Mundial y una de las batallas más devastadoras –si no la que más- de la historia de la humanidad. Todo lo que rodea a ese trágico episodio alcanza niveles desmesurados, empezando naturalmente por el número de víctimas, cuyo número exacto es difícil de determinar pero que al final pudo aproximarse grosso modo a los dos millones de personas. En casos así la mente humana no puede concebir las dimensiones de la hecatombe y termina refugiándose en la frialdad estadística. Los testimonios directos nos hablan empero de una destrucción apocalíptica, un escenario dantesco, lo más parecido que uno puede imaginar al infierno en la tierra: centenares de miles de hombres asediados, innumerables muertes por hambre, frío y epidemias, lucha despiadada casa por casa, lluvia de fuego, resistencia encarnizada, crueldades inenarrables…
Al nombre de Stalingrado está unido también indisociablemente el de Friedrich Paulus (1890-1957), uno de los grandes protagonistas de la tragedia como jefe del cercado 6º Ejército alemán en la mencionada ciudad soviética. Ascendido a Mariscal de Campo por Hitler como medida de presión para que no capitulara, Paulus tuvo no obstante que rendirse a comienzos de febrero de 1943, tras casi seis meses de sufrimiento atroz, cuando solo contaba con unos efectivos diezmados y exhaustos, unos noventa mil hombres, apenas un tercio de sus fuerzas iniciales. La derrota germana dio alas a los rusos y marcó el definitivo cambio de signo de la contienda.
El libro que nos ocupa lleva como subtítulo en portada “las memorias del hombre que rindió Stalingrado ante el Ejército Rojo”. El mencionado epígrafe, sin ser completamente falso, puede inducir a confusión por dos razones: la primera y principal, porque no son unas memorias en sentido estricto sino tan solo unos apuntes –sin un claro hilo conductor- escritos con posterioridad a los hechos y, por otro lado, una parte de su correspondencia personal y oficial. El segundo motivo se deriva de lo anterior: la falta de cohesión interna del material de primera mano ha forzado al editor, Walter Görlitz a realizar un magnífico trabajo de preparación de los textos, hasta el punto de que casi podría decirse que el resultado final, el libro que el lector tiene entre las manos, pertenece más a Görlitz que a Paulus: del primero es una larga introducción, que ocupa más de un tercio de la obra y luego, en la parte que se denomina “Documentos”, una precisa ordenación, glosa y contextualización de los diversos escritos del general germano.
Otra precisión nada despreciable: aquí no debe buscarse una visión de conjunto del drama de Stalingrado. Puede comprenderse a tenor de lo dicho que estamos por el contrario ante una evaluación sesgada, la que proviene del alto jefe alemán. Además, sin que ello suponga desestimar la meritoria labor de Walter Görlitz, debe tenerse en cuenta que este adopta el punto de vista del general hitleriano y que, más allá incluso de la batalla que da título al libro, traza una biografía justificatoria o incluso abiertamente laudatoria del militar germano. De hecho el libro –cuya edición original es de 1960- está hecho con el apoyo de la familia y lleva significativamente el prólogo del hijo de Paulus. Con estas especificaciones el lector podrá sin duda valorar en su justa medida el sentido de este volumen, como un testimonio –importante, pero al mismo tiempo parcial- para completar la comprensión de uno de los acontecimientos más cruciales de la II Guerra Mundial.
Publicado en El Cultural, 26-05-2017.
http://www.elcultural.com/revista/letras/Stalingrado-y-yo/39673
No hace falta ser experto en la historia reciente para saber que el mero nombre de Stalingrado evoca uno de los momentos decisivos de la II Guerra Mundial y una de las batallas más devastadoras –si no la que más- de la historia de la humanidad. Todo lo que rodea a ese trágico episodio alcanza niveles desmesurados, empezando naturalmente por el número de víctimas, cuyo número exacto es difícil de determinar pero que al final pudo aproximarse grosso modo a los dos millones de personas. En casos así la mente humana no puede concebir las dimensiones de la hecatombe y termina refugiándose en la frialdad estadística. Los testimonios directos nos hablan empero de una destrucción apocalíptica, un escenario dantesco, lo más parecido que uno puede imaginar al infierno en la tierra: centenares de miles de hombres asediados, innumerables muertes por hambre, frío y epidemias, lucha despiadada casa por casa, lluvia de fuego, resistencia encarnizada, crueldades inenarrables…
Al nombre de Stalingrado está unido también indisociablemente el de Friedrich Paulus (1890-1957), uno de los grandes protagonistas de la tragedia como jefe del cercado 6º Ejército alemán en la mencionada ciudad soviética. Ascendido a Mariscal de Campo por Hitler como medida de presión para que no capitulara, Paulus tuvo no obstante que rendirse a comienzos de febrero de 1943, tras casi seis meses de sufrimiento atroz, cuando solo contaba con unos efectivos diezmados y exhaustos, unos noventa mil hombres, apenas un tercio de sus fuerzas iniciales. La derrota germana dio alas a los rusos y marcó el definitivo cambio de signo de la contienda.
El libro que nos ocupa lleva como subtítulo en portada “las memorias del hombre que rindió Stalingrado ante el Ejército Rojo”. El mencionado epígrafe, sin ser completamente falso, puede inducir a confusión por dos razones: la primera y principal, porque no son unas memorias en sentido estricto sino tan solo unos apuntes –sin un claro hilo conductor- escritos con posterioridad a los hechos y, por otro lado, una parte de su correspondencia personal y oficial. El segundo motivo se deriva de lo anterior: la falta de cohesión interna del material de primera mano ha forzado al editor, Walter Görlitz a realizar un magnífico trabajo de preparación de los textos, hasta el punto de que casi podría decirse que el resultado final, el libro que el lector tiene entre las manos, pertenece más a Görlitz que a Paulus: del primero es una larga introducción, que ocupa más de un tercio de la obra y luego, en la parte que se denomina “Documentos”, una precisa ordenación, glosa y contextualización de los diversos escritos del general germano.
Otra precisión nada despreciable: aquí no debe buscarse una visión de conjunto del drama de Stalingrado. Puede comprenderse a tenor de lo dicho que estamos por el contrario ante una evaluación sesgada, la que proviene del alto jefe alemán. Además, sin que ello suponga desestimar la meritoria labor de Walter Görlitz, debe tenerse en cuenta que este adopta el punto de vista del general hitleriano y que, más allá incluso de la batalla que da título al libro, traza una biografía justificatoria o incluso abiertamente laudatoria del militar germano. De hecho el libro –cuya edición original es de 1960- está hecho con el apoyo de la familia y lleva significativamente el prólogo del hijo de Paulus. Con estas especificaciones el lector podrá sin duda valorar en su justa medida el sentido de este volumen, como un testimonio –importante, pero al mismo tiempo parcial- para completar la comprensión de uno de los acontecimientos más cruciales de la II Guerra Mundial.
miércoles, 29 de marzo de 2017
El siglo de la revolución
El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914. Josep Fontana. Crítica, Barcelona, 2017. 803 pp. 28,90 €
Publicado en El Cultural, 24-03-2017.
http://www.elcultural.com/revista/letras/El-siglo-de-la-revolucion-Una-historia-del-mundo-desde-1914/39413
No cabe duda de que el maestro Josep Fontana (Barcelona, 1931) sigue en plena forma o incluso más combativo que nunca. Su nueva obra, una historia global del último siglo, hay que situarla en el contexto de sus más recientes publicaciones, en especial Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945 (2011). A esta le siguieron El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social de comienzos del siglo XXI (2013), de carácter más ensayístico, y luego la muy polémica La formació d’una identitat. Una història de Catalunya (2014). Hay que reconocer empero que, en puridad, esa calificación de polémica tendría que hacerse extensiva a buena parte de la obra del historiador catalán y en especial a sus últimos títulos. El profesor Fontana no concibe la historia como análisis imparcial o conocimiento neutral. Más bien se apresuraría a denunciar y rebatir esa pretendida neutralidad como sometimiento tácito o explícito a las directrices e intereses de las “clases dominantes”.
Desde ese punto de vista, Fontana es, en el mejor de los sentidos, un analista predecible: nadie se puede sentir engañado. En unos tiempos de cambio acelerado en todos los sentidos, nuestro autor se distingue precisamente por su fidelidad a los presupuestos metodológicos, utillaje conceptual y objetivos últimos de la izquierda revolucionaria. Esa coherencia le ha convertido en referente o icono de un determinado sector historiográfico, que valora no solo su erudición y su incuestionable profesionalidad, sino también la coherencia de su trayectoria personal. Como suele suceder en estos casos, la devoción de unos se compensa con la animadversión de otros muchos, haciendo de este modo difícil el acercamiento desapasionado a una producción historiográfica tan rica y compleja como la del investigador barcelonés.
En concreto, el libro que nos ocupa no puede despacharse como una obra de circunstancias. Sus propias dimensiones dan buena cuenta del empeño: más de ochocientas páginas, de las cuales unas cien condensan una bibliografía apabullante, brevemente comentada. Su estructura y desarrollo siguen sin embargo cauces más convencionales: 17 capítulos (más una introducción y un apéndice) que trazan en estricto orden cronológico el devenir del mundo desde el estallido de la Gran Guerra (1914) hasta nuestros días. El tratamiento y la perspectiva siguen también las pautas habituales de los manuales al uso, con predomino abrumador de la historia política. Aunque se presta mucha atención a los aspectos económicos y sociales, aquí no se hallará –pues no es ese el objetivo del autor- ningún apartado específico de historia económica o social y mucho menos de otros ámbitos, como por ejemplo historia cultural.
Lo que distingue básicamente este volumen de tantas síntesis similares es, como apuntaba al principio, su explícita toma de partido y su carácter resueltamente transformador: conocer el pasado para transmutar el presente y conquistar el futuro. Todo ello en un sentido muy determinado, como puesta al día de los principios marxistas que, en esencia, siguen vigentes. La historia de la humanidad es la crónica de una “lucha por la libertad e igualdad, de revueltas contra los opresores” y deseos de “construir sociedades más justas, aplastados por los defensores del orden establecido”. Para Fontana, la mayor tentativa revolucionaria (Rusia, 1917) marca indeleblemente los cien años que siguen, generando monstruos como los fascismos o reacciones más comprensivas, como los avances sociales y democráticos de las sociedades occidentales en las décadas posteriores a la II Guerra Mundial (1945-1975).
La primera mitad del siglo –tomando como eje 1945- ocupa tan solo los seis primeros capítulos del libro. Aunque esas páginas son densas y en algún caso muy sugerentes, Fontana parece mucho más preocupado e interesado por la décadas que constituyen la segunda mitad, justamente cuando da comienzo lo que va a llamar “un nuevo orden mundial” marcado por la hegemonía del Imperio americano, primero en competencia con la URSS y luego sin rival a su altura. La desproporción en el conjunto del volumen es patente porque a esta fase, desde la derrota del Eje, se le dedican los once capítulos restantes, casi el doble que al período anterior.
No se trata de una cuestión anecdótica sino muy por el contrario, claramente reveladora de las inclinaciones y objetivos últimos de Fontana: su denuncia de los EE.UU. como responsables de algunos de los mayores males del mundo actual. Un mundo en el que, pese al orden impuesto por un “capitalismo a la deriva”, aún es posible albergar la esperanza en un proyecto revolucionario popular que equivalga a aquella aspiración leninista de la “revolución socialista mundial”.
Publicado en El Cultural, 24-03-2017.
http://www.elcultural.com/revista/letras/El-siglo-de-la-revolucion-Una-historia-del-mundo-desde-1914/39413
No cabe duda de que el maestro Josep Fontana (Barcelona, 1931) sigue en plena forma o incluso más combativo que nunca. Su nueva obra, una historia global del último siglo, hay que situarla en el contexto de sus más recientes publicaciones, en especial Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945 (2011). A esta le siguieron El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social de comienzos del siglo XXI (2013), de carácter más ensayístico, y luego la muy polémica La formació d’una identitat. Una història de Catalunya (2014). Hay que reconocer empero que, en puridad, esa calificación de polémica tendría que hacerse extensiva a buena parte de la obra del historiador catalán y en especial a sus últimos títulos. El profesor Fontana no concibe la historia como análisis imparcial o conocimiento neutral. Más bien se apresuraría a denunciar y rebatir esa pretendida neutralidad como sometimiento tácito o explícito a las directrices e intereses de las “clases dominantes”.
Desde ese punto de vista, Fontana es, en el mejor de los sentidos, un analista predecible: nadie se puede sentir engañado. En unos tiempos de cambio acelerado en todos los sentidos, nuestro autor se distingue precisamente por su fidelidad a los presupuestos metodológicos, utillaje conceptual y objetivos últimos de la izquierda revolucionaria. Esa coherencia le ha convertido en referente o icono de un determinado sector historiográfico, que valora no solo su erudición y su incuestionable profesionalidad, sino también la coherencia de su trayectoria personal. Como suele suceder en estos casos, la devoción de unos se compensa con la animadversión de otros muchos, haciendo de este modo difícil el acercamiento desapasionado a una producción historiográfica tan rica y compleja como la del investigador barcelonés.
En concreto, el libro que nos ocupa no puede despacharse como una obra de circunstancias. Sus propias dimensiones dan buena cuenta del empeño: más de ochocientas páginas, de las cuales unas cien condensan una bibliografía apabullante, brevemente comentada. Su estructura y desarrollo siguen sin embargo cauces más convencionales: 17 capítulos (más una introducción y un apéndice) que trazan en estricto orden cronológico el devenir del mundo desde el estallido de la Gran Guerra (1914) hasta nuestros días. El tratamiento y la perspectiva siguen también las pautas habituales de los manuales al uso, con predomino abrumador de la historia política. Aunque se presta mucha atención a los aspectos económicos y sociales, aquí no se hallará –pues no es ese el objetivo del autor- ningún apartado específico de historia económica o social y mucho menos de otros ámbitos, como por ejemplo historia cultural.
Lo que distingue básicamente este volumen de tantas síntesis similares es, como apuntaba al principio, su explícita toma de partido y su carácter resueltamente transformador: conocer el pasado para transmutar el presente y conquistar el futuro. Todo ello en un sentido muy determinado, como puesta al día de los principios marxistas que, en esencia, siguen vigentes. La historia de la humanidad es la crónica de una “lucha por la libertad e igualdad, de revueltas contra los opresores” y deseos de “construir sociedades más justas, aplastados por los defensores del orden establecido”. Para Fontana, la mayor tentativa revolucionaria (Rusia, 1917) marca indeleblemente los cien años que siguen, generando monstruos como los fascismos o reacciones más comprensivas, como los avances sociales y democráticos de las sociedades occidentales en las décadas posteriores a la II Guerra Mundial (1945-1975).
La primera mitad del siglo –tomando como eje 1945- ocupa tan solo los seis primeros capítulos del libro. Aunque esas páginas son densas y en algún caso muy sugerentes, Fontana parece mucho más preocupado e interesado por la décadas que constituyen la segunda mitad, justamente cuando da comienzo lo que va a llamar “un nuevo orden mundial” marcado por la hegemonía del Imperio americano, primero en competencia con la URSS y luego sin rival a su altura. La desproporción en el conjunto del volumen es patente porque a esta fase, desde la derrota del Eje, se le dedican los once capítulos restantes, casi el doble que al período anterior.
No se trata de una cuestión anecdótica sino muy por el contrario, claramente reveladora de las inclinaciones y objetivos últimos de Fontana: su denuncia de los EE.UU. como responsables de algunos de los mayores males del mundo actual. Un mundo en el que, pese al orden impuesto por un “capitalismo a la deriva”, aún es posible albergar la esperanza en un proyecto revolucionario popular que equivalga a aquella aspiración leninista de la “revolución socialista mundial”.
Películas para después de una guerra
PELÍCULAS PARA DESPUÉS DE UNA GUERRA
Gabriela Viadero Carral: El cine al servicio de la nación (1939-1975). Prólogo de José Álvarez Junco. Marcial Pons, Madrid, 2016. 445 pp.
Publicado en Revista de Libros, 20-03-2017.
http://www.revistadelibros.com/resenas/el-cine-al-servicio-de-la-nacion-1939-1975
Los estudios sobre nación, nacionalismo, construcción nacional y todo lo que pueda incluirse en esa órbita, hasta los diversos eventos festivos en torno a la nacionalidad, siguen gozando de buena salud en el panorama editorial, fuera y dentro de nuestras fronteras. Hace pocos meses, la misma editorial que publica el libro que nos ocupa presentaba un estimable volumen de Lara Campos Pérez, Celebrar la nación. Conmemoraciones oficiales y festejos durante la Segunda República (M. Pons, Madrid, 2016). La pervivencia de la pulsión nacionalista en un mundo globalizado –por más paradójico que resulte- y la pujanza de la ideología nacionalista como instrumento de resolución de conflictos complejos, como sucede en tantas regiones del mundo y en nuestro propio suelo peninsular, han llevado a los analistas a prestar una atención extraordinaria, pero sobradamente justificada, a todo lo relacionado con la cuestión nacional, que se ha convertido así desde hace varías décadas en verdadera estrella en las investigaciones de las ciencias sociales y, muy señaladamente, en el campo de los ensayos históricos.
A nadie puede pues extrañarle que no quede desde hace tiempo parcela cultural relevante que no se contemple o examine meticulosamente desde la perspectiva del hecho nacional o del imaginario nacionalista. En nuestros lares, la eclosión de los nacionalismos periféricos o alternativos ha propiciado el interés hacia determinadas expresiones tradicionales, supuestamente enraizadas de forma secular en diversas comunidades. Unas pautas culturales que se transforman luego en rasgos distintivos con resonancias políticas. Se ha hablado así, en la onda de Hobsbawm, de invención de la tradición vasca (Juaristi) o la tradición cántabra (Suárez Cortina) o de la importancia de algunos eventos culturales (Jocs Florals, por ejemplo) en la formación del imaginario catalanista. La construcción de una conciencia nacional española a lo largo de los siglos XIX y XX ha suscitado también el interés de los investigadores. Son decenas o, mejor dicho, centenares, las monografías que examinan el papel que han desempeñado en ese proceso la enseñanza, las fiestas, las conmemoraciones, la pintura, la literatura, la historia y, en fin, el entramado de manifestaciones culturales. Dar cuenta de esta ingente producción desvirtuaría el sentido y límites de este comentario. Sin embargo, una expresión cultural tan importante a lo largo del siglo XX como el cine –elevado a esa categoría de séptimo arte que hoy nadie cuestiona- había quedado hasta cierto punto al margen de esta tendencia.
Entiéndase bien: estamos hablando en términos relativos. En concreto, la lectura de muchos filmes en clave nacionalista ha sido moneda corriente desde hace bastantes años. Y es que, la verdad, hay largometrajes que parecen pedirlo a gritos, todos esos engendros que presentaban una historia grandilocuente de gestos y gestas, una España imperial de guardarropía, aquella España de cartón piedra de CIFESA. Me refiero a películas –cito al azar- como Raza (1941), a partir del argumento del propio Franco, Los últimos de Filipinas (1945), Locura de amor (1948), Alba de América (1951) o Jeromín (1953). De este modo, a partir normalmente de títulos específicos, la relación entre cine y nacionalismo ha sido objeto de estudio en diversos trabajos de algunos historiadores como Marta García Carrión o Santiago Juan-Navarro. Por otra parte, un puñado de investigadores ampliamente reconocidos llevan publicando desde hace tiempo estudios fundamentales sobre los más variados aspectos del cine español: los nombres de Román Gubern, Vicente Sánchez-Biosca, Carlos F. Heredero o José María Caparrós Lera, por limitarme a un ramillete representativo, le sonarán no solo a los aficionados cinematográficos sino a cualquiera que se haya interesado por los estudios culturales en el ámbito hispano. Pero, con todo, se seguía echando en falta un estudio de conjunto que proporcionara una visión global de la cinematografía bajo el franquismo en clave nacional. Dicho en otros términos, la plasmación en el séptimo arte del imaginario nacional franquista o, para expresarlo todavía más rotundamente, la España de Franco en las pantallas cinematográficas. Este es el objetivo de Gabriela Viadero en el volumen que nos ocupa.
Lo primero que es ineludible dejar claro es que el presente trabajo procede de una tesis doctoral, dirigida por el profesor Álvarez Junco. Cito el título exacto de la tesis porque ayuda, más que el título comercial, a entender el significado del estudio y los objetivos de la investigadora: La cinematografía como instrumento de construcción nacional: largometrajes de ficción, 1939-1975. Y digo que es inexcusable apuntar el dato de la procedencia porque, como sabemos los que tenemos experiencia lectora, hay libros que delatan más que otros su impronta universitaria o, para decirlo francamente, esas servidumbres que generan los trabajos para adquirir el grado de doctor. Este acusa mucho esa condición, para lo bueno (orden, estructuración, claridad, empeño exhaustivo, análisis minucioso) y para lo no tan bueno, en especial un permanente registro académico que se refleja en un análisis alicorto, excesivas reiteraciones y en términos más formales, un lenguaje algo acartonado que, mucho me temo, puede espantar al lector generalista, al simple interesado en el tema o al aficionado al cine. Quizá una revisión más completa del trabajo original hubiera podido ampliar el público potencial del mismo. De paso, podrían haberse corregido algunas erratas en los nombres propios (así el director Ladislao Vajda aparece cada vez que se le menciona como Vadja), atribuciones erróneas (Muerte de un ciclista es de J. A. Bardem, pag. 400) o simples despistes en las fechas de los filmes: Aprendiendo a morir aparece datado en 1962 en la página 290 y en 1966 en la página siguiente; Los últimos de Filipinas oscila entre 1945 (p. 170) y 1952 (p. 174); Alba de América es de 1951 (p. 158) y luego de 1952 (p. 164). Estos pequeños detalles deberían cuidarse, máxime cuando lo fundamental, la labor de investigación, es notable y sus resultados, más que meritorios. Además, desde mi punto de vista, solo por la penitencia autoinfligida del visionado de esas cuatrocientas cincuenta películas de época merece la autora nuestro reconocimiento y, en la medida en que nos cuenta o recuerda su contenido, nuestra gratitud.
El libro se abre con unas consideraciones esquemáticas sobre el hecho nacional en la historiografía reciente (Introducción). Aunque el primer capítulo lleva un título muy ambicioso (“La cinematografía bajo el franquismo”) se limita a tratar muy sucintamente el marco legal, las instituciones, los sistemas de financiación y la actividad de la censura. Es normal que la autora mencione de soslayo todo ello porque, como explicita en las páginas iniciales, le interesa tan solo el “estudio del mensaje, sin entrar a valorar cuestiones técnicas ni de montaje”, ni todo lo relativo a la industria cinematográfica durante ese período, añado yo. Los capítulos que siguen abordan temáticamente las grandes cuestiones de la “construcción nacional” tal y como la concebía el franquismo. En primer lugar, la mirada al pasado, la conformación de una historia ad hoc que recupera y recrea una concepción de España épica, heroica, gloriosa. Es la España de don Pelayo y el Cid, la nación que asombra al mundo con la Reconquista, que alcanza luego su unidad con los Reyes Católicos y que encuentra su destino providencial en el mayor Imperio del orbe, unos dominios donde no se ponía el sol. No son muchas, pero sí muy significativas las películas que se encuadran en este apartado. Por citar algunas de las más conocidas: Amaya (1952) de Luis Marquina, Locura de amor (1948) y La leona de Castilla (1950), ambas de Juan de Orduña, y Jeromín (1953) de Luis Lucía. Es interesante subrayar que aparecen en estos filmes algunas constantes que, pretendidamente enraizadas en la historia, servirán luego para proyectar una determinada concepción de España que sirva a las necesidades del régimen. Una nación fraguada en el crisol de Castilla, amenazada por múltiples enemigos, siempre objeto de envidia y por ello siempre en lucha, tentada a menudo por desavenencias internas pero que solo triunfa cuando consigue superarlas. También, por otra parte, es posible detectar en esta recreación del pasado el esquema típico del discurso nacionalista en forma de tres momentos sucesivos –paraíso, caída, redención- que luego serán utilizados en otros múltiples contextos.
Los capítulos siguientes abordan las tres vertientes fundamentales de esta España soñada, idealizada, que se mantiene poco menos que inalterable, idéntica a sí misma, a pesar de las vicisitudes históricas: primero, España católica; luego, España expansiva, a fuer de generosa (evangelización del mundo); pese a todo o, mejor dicho, precisamente por ello, España, agredida por sus enemigos (guerra de la Independencia, guerra civil). En el libro la autora opta –no sé por qué razón- por un orden inverso: aborda primero las agresiones (capítulo III) y luego sigue con la “España imperial” y la “España católica” (capítulos IV y V, respectivamente). En cualquier caso es una cuestión menor porque lo que verdaderamente importa es el análisis de los filmes que se consideran bajo cada uno de esos epígrafes y, por encima de todo, su contribución a la mitología nacionalista. En lo tocante a la reacción española frente a la invasión napoleónica, la cosa está tan clara que no merece que nos detengamos en ella. El propio éxito de la acuñación del conflicto como “guerra de la Independencia” es sobradamente significativo. Los filmes más prototípicos recrean en forma de gestas la resistencia española ante el extranjero: Agustina de Aragón (1950) de Juan de Orduña, El tambor del Bruch (1947) de Ignacio F. Iquino, Sangre en Castilla (1950) de Benito Perojo, El abanderado (1943) de Eusebio Fernández Ardavín o La guerrilla (1972) de Rafael Gil.
Más problemática resultaba la presentación de la guerra civil como guerra de liberación frente a una invasión extranjera, pero ese fue el mensaje que el régimen intentó transmitir durante las primeras décadas, entendiendo que el marxismo y sus diversos disfraces y aliados eran seculares enemigos de España, no solo externos en términos de nacionalidad sino también completamente extraños a las esencias patrias. Al fin y al cabo el Caudillo nunca abandonó el discurso de la conspiración internacional, ya fuera comunista o judeo-masónica, contra la nación que representaba más y mejor que nadie los valores católicos. En este sentido puede entenderse, como bien destaca la autora, el paralelismo de determinados hechos heroicos de la guerra civil (el Alcázar de Toledo) con otros mitos históricos como Sagunto o Numancia: la resistencia española frente al invasor a lo largo de la historia. Sin embargo aquí se va a producir una evolución desde la actitud militante de primera hora -Sin novedad en el Alcázar (1940) de Augusto Genina, Raza (1941) de J. L. Sáenz de Heredia- a unas actitudes más comprensivas, que pasan a su vez por diversas modulaciones, en las que no nos podemos detener.
Curiosamente, a pesar de la retórica del Régimen, la España imperial no ocupó el papel estelar que a priori podía haber tenido asignado en esta construcción nacional. Así, por limitarme a un dato expresivo que menciona Viadero, “el descubrimiento del continente se plasmó una única vez. Fue en Alba de America (1951)” de Juan de Orduña. En cambio la pérdida de las últimas colonias sí conectó más con la sensibilidad victimista del nacionalismo, como se reflejó en Los últimos de Filipinas (1945) de Antonio Román. Por otro lado, la España católica apareció en múltiples filmes, algunos de tanto tirón popular como Marcelino, pan y vino (1954) de Ladislao Vajda, Fray Escoba (1961) de Ramón Torrado, Sor Ye-yé (1967) de Ramón Fernández o Sor Citroën (1967) de Pedro Lazaga.
Los dos últimos capítulos se dedican a la estampa romántica y a la “España ye-yé”. Son muy desiguales, en gran medida porque hay muy distinta tela que cortar en uno y otro. Mientras que el franquismo retomó con agrado la visión decimonónica de un país de gitanas y toreros (y en menor medida bandoleros), con Andalucía y lo andaluz como quintaesencia de lo español, y hasta le sacó una rentabilidad incuestionable (Spain is different), la invasión turística y el cambio de costumbres de los años sesenta fueron más difíciles de digerir desde el punto de vista de la preservación de las esencias nacionales. La España romántica –aunque sería más exacto hablar directamente de la Andalucía gitana y torera- apareció como asunto central o telón de fondo en innumerables filmes, a veces impregnada de otros elementos adyacentes (como por ejemplo la copla o las romerías, con el Rocío en primer plano) y a menudo con tanta versatilidad que podía integrar perfectamente los cambios sociológicos que se estaban produciendo en el país. Las películas de Marisol –andaluza de pelo rubio y ojos azules; capaz de ponerse sucesivamente vaqueros, minifalda y traje de gitana- constituyen el más acabado ejemplo de esa “estudiada combinación tradición-modernidad y símbolo de la nueva España”.
Precisamente esto último enlaza con la antes aludida “España ye-yé”, mucho más problemática de integrar en la caracterización franquista de la nación. De hecho, como señala la autora, la asimilación del otro –el europeo, el turista- era prácticamente imposible. El español se definía precisamente en contraste con todo lo que el extranjero aportaba y significaba: tradición y hasta atraso (¡bendito atraso rural!) frente a modernidad; decencia (sobre todo decencia sexual femenina) frente a inmoralidad; contención frente a promiscuidad; orden y autoridad frente a libertad mal entendida (o sea, libertinaje, concepto caro a la moral del régimen). Con todo, la tentación –esas suecas en bikini que desorbitaban los ojos de un Alfredo Landa o un José Luis López Vázquez- era muy fuerte para el macho ibérico, que se veía expuesto a una ducha escocesa de sofocos y fiascos hasta que al fin llegaba a convencerse de que como en España (y con la parienta)… ¡ni hablar!
Soy consciente de que he hecho un rápido resumen que no hace justicia al rico contenido del libro. Pese a sus defectos –que no he silenciado- estamos ante un trabajo que contiene un material espléndido, susceptible de utilizarse e interpretarse más allá del propio ámbito cinematográfico, como elementos que definen una cultura política en unas coordenadas concretas: un tiempo, un país y un régimen que se caracterizaban por la apelación continua a la nación, la patria, la raza y las esencias nacionales, en definitiva, como fundamentales señas de identidad a nivel individual y colectivo. Ahora bien, entre las muchas consideraciones que me suscita la lectura de esta obra, no querría dejar en el tintero dos de ellas. La primera, de orden si se quiere menor, puede sintetizarse así: no es la primera vez que me da la impresión en los ensayos sobre nacionalismo que el autor –o, en este caso, la autora- se deja llevar por la –llamémosle- lógica nacionalista, hasta el punto de que cualquier acontecimiento termina siendo analizado desde el prisma de esta ideología, como si el mundo, necesariamente, hubiera de entenderse con esas lentes. Pongo un ejemplo. En la página 368 escribe la autora: “Sin embargo, y a pesar de ser el descubrimiento y conquista de América una de las grandes hazañas del nacionalismo español, las películas centradas en estos asuntos son escasísimas, por debajo de la decena”. Mi primera reacción fue volver sobre la frase. ¿He leído bien? ¿El descubrimiento de América, hazaña del nacionalismo español? ¡Si el marino genovés levantara la cabeza! ¡Qué diría aquella reina de Castilla que pretendía ampliar sus dominios patrimoniales! Pero, dejando a los protagonistas, ¿no habíamos quedado en que España como ente político solo tiene sentido en la edad contemporánea? ¿Y qué decir del nacionalismo? ¿Tiene sentido hablar de “nacionalismo español”, así, sin más, nada menos que en el siglo XV?
La segunda cuestión es, más que otra cosa, una reflexión personal a partir del propio objetivo de la obra, tal y como se expresa en cualquiera de los dos títulos: ¿realmente se puede hablar de “cine al servicio de la nación”? Incluso en la más precisa formulación académica, ¿sería exacto decir que la cinematografía del período era un instrumento de construcción nacional? Aunque nos decantáramos por una respuesta positiva (que, en mi caso, vendría acompañada de múltiples matizaciones), yo además me apresuraría a añadir que, como mínimo, también era un instrumento de socialización en el sentido más elemental, así como el tipo de entretenimiento más asequible en la época, fuente de esparcimiento y diversión para todos los públicos, de escapismo si se quiere para los más achuchados por una realidad sórdida, de expresión artística para muchos profesionales… Ya sé que la autora no niega –no puede negar- estas dimensiones pero su planteamiento desliza sibilinamente al lector a una prospección reduccionista o, si se prefiere, a una perspectiva sesgada, que tiene otras consecuencias. Remite en primer término al carácter de propio régimen. ¿Era el franquismo una dictadura totalitaria que controlaba absolutamente todo? Como todo el mundo sabe, lo de dictadura no es discutible pero lo de totalitaria genera una notable controversia entre los especialistas. Desde mi punto de vista, sin entrar ahora en polémicas que a nada conducen, basta recurrir a la cronología para despejar incógnitas: el franquismo de posguerra era una dictadura asfixiante, pero el régimen de los años sesenta-setenta no tuvo más remedio que transigir para su supervivencia con un aflojamiento de las riendas.
A pesar de la represión, del control y la censura, la sociedad española ponía a pruebas las costuras del régimen. Por decirlo en términos cinematográficos, es durante el franquismo cuando ruedan sus películas cineastas como Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga o Carlos Saura, cuyas obras no se tienen aquí en cuenta porque no pueden encuadrarse en el marco previamente establecido. Bajo el franquismo se hacen (y se exhiben, pese a las múltiples trabas) películas tan poco acordes con los ideales de esa España franquista como Bienvenido mister Marshall (1953), Muerte de un ciclista (1955), Calle Mayor (1956), El verdugo (1963) o La tía Tula (1964), y no cito las películas críticas de fines de los sesenta y primera mitad de los setenta, que son legión. ¿Estaba el cine al servicio de la nación? ¿Se hacían películas para servir a la causa de la construcción nacional tal y como lo entendía el franquismo? Por supuesto que sí: las películas de CIFESA y de directores como Sáenz de Heredia, Juan de Orduña, Rafael Gil y tantos otros se plegaban con gusto a la ideología y los criterios del régimen. Pero no es menos evidente que otras muchísimas películas servían a objetivos bien distintos e irreductibles. En sus conclusiones señala Viadero que en “la filmografía de ficción producida entre 1939 y 1975 existe un innegable discurso nacionalista, de mayor o menor intensidad dependiendo de la película”. Echo en falta una mirada más matizada. Pienso por ejemplo en el landismo que inunda las pantallas del tardofranquismo –No desearás al vecino del quinto (1970) como paradigma- y algo me chirría cuando trato de buscar en ese divertimento cutre el susodicho discurso nacionalista.
Gabriela Viadero Carral: El cine al servicio de la nación (1939-1975). Prólogo de José Álvarez Junco. Marcial Pons, Madrid, 2016. 445 pp.
Publicado en Revista de Libros, 20-03-2017.
http://www.revistadelibros.com/resenas/el-cine-al-servicio-de-la-nacion-1939-1975
Los estudios sobre nación, nacionalismo, construcción nacional y todo lo que pueda incluirse en esa órbita, hasta los diversos eventos festivos en torno a la nacionalidad, siguen gozando de buena salud en el panorama editorial, fuera y dentro de nuestras fronteras. Hace pocos meses, la misma editorial que publica el libro que nos ocupa presentaba un estimable volumen de Lara Campos Pérez, Celebrar la nación. Conmemoraciones oficiales y festejos durante la Segunda República (M. Pons, Madrid, 2016). La pervivencia de la pulsión nacionalista en un mundo globalizado –por más paradójico que resulte- y la pujanza de la ideología nacionalista como instrumento de resolución de conflictos complejos, como sucede en tantas regiones del mundo y en nuestro propio suelo peninsular, han llevado a los analistas a prestar una atención extraordinaria, pero sobradamente justificada, a todo lo relacionado con la cuestión nacional, que se ha convertido así desde hace varías décadas en verdadera estrella en las investigaciones de las ciencias sociales y, muy señaladamente, en el campo de los ensayos históricos.
A nadie puede pues extrañarle que no quede desde hace tiempo parcela cultural relevante que no se contemple o examine meticulosamente desde la perspectiva del hecho nacional o del imaginario nacionalista. En nuestros lares, la eclosión de los nacionalismos periféricos o alternativos ha propiciado el interés hacia determinadas expresiones tradicionales, supuestamente enraizadas de forma secular en diversas comunidades. Unas pautas culturales que se transforman luego en rasgos distintivos con resonancias políticas. Se ha hablado así, en la onda de Hobsbawm, de invención de la tradición vasca (Juaristi) o la tradición cántabra (Suárez Cortina) o de la importancia de algunos eventos culturales (Jocs Florals, por ejemplo) en la formación del imaginario catalanista. La construcción de una conciencia nacional española a lo largo de los siglos XIX y XX ha suscitado también el interés de los investigadores. Son decenas o, mejor dicho, centenares, las monografías que examinan el papel que han desempeñado en ese proceso la enseñanza, las fiestas, las conmemoraciones, la pintura, la literatura, la historia y, en fin, el entramado de manifestaciones culturales. Dar cuenta de esta ingente producción desvirtuaría el sentido y límites de este comentario. Sin embargo, una expresión cultural tan importante a lo largo del siglo XX como el cine –elevado a esa categoría de séptimo arte que hoy nadie cuestiona- había quedado hasta cierto punto al margen de esta tendencia.
Entiéndase bien: estamos hablando en términos relativos. En concreto, la lectura de muchos filmes en clave nacionalista ha sido moneda corriente desde hace bastantes años. Y es que, la verdad, hay largometrajes que parecen pedirlo a gritos, todos esos engendros que presentaban una historia grandilocuente de gestos y gestas, una España imperial de guardarropía, aquella España de cartón piedra de CIFESA. Me refiero a películas –cito al azar- como Raza (1941), a partir del argumento del propio Franco, Los últimos de Filipinas (1945), Locura de amor (1948), Alba de América (1951) o Jeromín (1953). De este modo, a partir normalmente de títulos específicos, la relación entre cine y nacionalismo ha sido objeto de estudio en diversos trabajos de algunos historiadores como Marta García Carrión o Santiago Juan-Navarro. Por otra parte, un puñado de investigadores ampliamente reconocidos llevan publicando desde hace tiempo estudios fundamentales sobre los más variados aspectos del cine español: los nombres de Román Gubern, Vicente Sánchez-Biosca, Carlos F. Heredero o José María Caparrós Lera, por limitarme a un ramillete representativo, le sonarán no solo a los aficionados cinematográficos sino a cualquiera que se haya interesado por los estudios culturales en el ámbito hispano. Pero, con todo, se seguía echando en falta un estudio de conjunto que proporcionara una visión global de la cinematografía bajo el franquismo en clave nacional. Dicho en otros términos, la plasmación en el séptimo arte del imaginario nacional franquista o, para expresarlo todavía más rotundamente, la España de Franco en las pantallas cinematográficas. Este es el objetivo de Gabriela Viadero en el volumen que nos ocupa.
Lo primero que es ineludible dejar claro es que el presente trabajo procede de una tesis doctoral, dirigida por el profesor Álvarez Junco. Cito el título exacto de la tesis porque ayuda, más que el título comercial, a entender el significado del estudio y los objetivos de la investigadora: La cinematografía como instrumento de construcción nacional: largometrajes de ficción, 1939-1975. Y digo que es inexcusable apuntar el dato de la procedencia porque, como sabemos los que tenemos experiencia lectora, hay libros que delatan más que otros su impronta universitaria o, para decirlo francamente, esas servidumbres que generan los trabajos para adquirir el grado de doctor. Este acusa mucho esa condición, para lo bueno (orden, estructuración, claridad, empeño exhaustivo, análisis minucioso) y para lo no tan bueno, en especial un permanente registro académico que se refleja en un análisis alicorto, excesivas reiteraciones y en términos más formales, un lenguaje algo acartonado que, mucho me temo, puede espantar al lector generalista, al simple interesado en el tema o al aficionado al cine. Quizá una revisión más completa del trabajo original hubiera podido ampliar el público potencial del mismo. De paso, podrían haberse corregido algunas erratas en los nombres propios (así el director Ladislao Vajda aparece cada vez que se le menciona como Vadja), atribuciones erróneas (Muerte de un ciclista es de J. A. Bardem, pag. 400) o simples despistes en las fechas de los filmes: Aprendiendo a morir aparece datado en 1962 en la página 290 y en 1966 en la página siguiente; Los últimos de Filipinas oscila entre 1945 (p. 170) y 1952 (p. 174); Alba de América es de 1951 (p. 158) y luego de 1952 (p. 164). Estos pequeños detalles deberían cuidarse, máxime cuando lo fundamental, la labor de investigación, es notable y sus resultados, más que meritorios. Además, desde mi punto de vista, solo por la penitencia autoinfligida del visionado de esas cuatrocientas cincuenta películas de época merece la autora nuestro reconocimiento y, en la medida en que nos cuenta o recuerda su contenido, nuestra gratitud.
El libro se abre con unas consideraciones esquemáticas sobre el hecho nacional en la historiografía reciente (Introducción). Aunque el primer capítulo lleva un título muy ambicioso (“La cinematografía bajo el franquismo”) se limita a tratar muy sucintamente el marco legal, las instituciones, los sistemas de financiación y la actividad de la censura. Es normal que la autora mencione de soslayo todo ello porque, como explicita en las páginas iniciales, le interesa tan solo el “estudio del mensaje, sin entrar a valorar cuestiones técnicas ni de montaje”, ni todo lo relativo a la industria cinematográfica durante ese período, añado yo. Los capítulos que siguen abordan temáticamente las grandes cuestiones de la “construcción nacional” tal y como la concebía el franquismo. En primer lugar, la mirada al pasado, la conformación de una historia ad hoc que recupera y recrea una concepción de España épica, heroica, gloriosa. Es la España de don Pelayo y el Cid, la nación que asombra al mundo con la Reconquista, que alcanza luego su unidad con los Reyes Católicos y que encuentra su destino providencial en el mayor Imperio del orbe, unos dominios donde no se ponía el sol. No son muchas, pero sí muy significativas las películas que se encuadran en este apartado. Por citar algunas de las más conocidas: Amaya (1952) de Luis Marquina, Locura de amor (1948) y La leona de Castilla (1950), ambas de Juan de Orduña, y Jeromín (1953) de Luis Lucía. Es interesante subrayar que aparecen en estos filmes algunas constantes que, pretendidamente enraizadas en la historia, servirán luego para proyectar una determinada concepción de España que sirva a las necesidades del régimen. Una nación fraguada en el crisol de Castilla, amenazada por múltiples enemigos, siempre objeto de envidia y por ello siempre en lucha, tentada a menudo por desavenencias internas pero que solo triunfa cuando consigue superarlas. También, por otra parte, es posible detectar en esta recreación del pasado el esquema típico del discurso nacionalista en forma de tres momentos sucesivos –paraíso, caída, redención- que luego serán utilizados en otros múltiples contextos.
Los capítulos siguientes abordan las tres vertientes fundamentales de esta España soñada, idealizada, que se mantiene poco menos que inalterable, idéntica a sí misma, a pesar de las vicisitudes históricas: primero, España católica; luego, España expansiva, a fuer de generosa (evangelización del mundo); pese a todo o, mejor dicho, precisamente por ello, España, agredida por sus enemigos (guerra de la Independencia, guerra civil). En el libro la autora opta –no sé por qué razón- por un orden inverso: aborda primero las agresiones (capítulo III) y luego sigue con la “España imperial” y la “España católica” (capítulos IV y V, respectivamente). En cualquier caso es una cuestión menor porque lo que verdaderamente importa es el análisis de los filmes que se consideran bajo cada uno de esos epígrafes y, por encima de todo, su contribución a la mitología nacionalista. En lo tocante a la reacción española frente a la invasión napoleónica, la cosa está tan clara que no merece que nos detengamos en ella. El propio éxito de la acuñación del conflicto como “guerra de la Independencia” es sobradamente significativo. Los filmes más prototípicos recrean en forma de gestas la resistencia española ante el extranjero: Agustina de Aragón (1950) de Juan de Orduña, El tambor del Bruch (1947) de Ignacio F. Iquino, Sangre en Castilla (1950) de Benito Perojo, El abanderado (1943) de Eusebio Fernández Ardavín o La guerrilla (1972) de Rafael Gil.
Más problemática resultaba la presentación de la guerra civil como guerra de liberación frente a una invasión extranjera, pero ese fue el mensaje que el régimen intentó transmitir durante las primeras décadas, entendiendo que el marxismo y sus diversos disfraces y aliados eran seculares enemigos de España, no solo externos en términos de nacionalidad sino también completamente extraños a las esencias patrias. Al fin y al cabo el Caudillo nunca abandonó el discurso de la conspiración internacional, ya fuera comunista o judeo-masónica, contra la nación que representaba más y mejor que nadie los valores católicos. En este sentido puede entenderse, como bien destaca la autora, el paralelismo de determinados hechos heroicos de la guerra civil (el Alcázar de Toledo) con otros mitos históricos como Sagunto o Numancia: la resistencia española frente al invasor a lo largo de la historia. Sin embargo aquí se va a producir una evolución desde la actitud militante de primera hora -Sin novedad en el Alcázar (1940) de Augusto Genina, Raza (1941) de J. L. Sáenz de Heredia- a unas actitudes más comprensivas, que pasan a su vez por diversas modulaciones, en las que no nos podemos detener.
Curiosamente, a pesar de la retórica del Régimen, la España imperial no ocupó el papel estelar que a priori podía haber tenido asignado en esta construcción nacional. Así, por limitarme a un dato expresivo que menciona Viadero, “el descubrimiento del continente se plasmó una única vez. Fue en Alba de America (1951)” de Juan de Orduña. En cambio la pérdida de las últimas colonias sí conectó más con la sensibilidad victimista del nacionalismo, como se reflejó en Los últimos de Filipinas (1945) de Antonio Román. Por otro lado, la España católica apareció en múltiples filmes, algunos de tanto tirón popular como Marcelino, pan y vino (1954) de Ladislao Vajda, Fray Escoba (1961) de Ramón Torrado, Sor Ye-yé (1967) de Ramón Fernández o Sor Citroën (1967) de Pedro Lazaga.
Los dos últimos capítulos se dedican a la estampa romántica y a la “España ye-yé”. Son muy desiguales, en gran medida porque hay muy distinta tela que cortar en uno y otro. Mientras que el franquismo retomó con agrado la visión decimonónica de un país de gitanas y toreros (y en menor medida bandoleros), con Andalucía y lo andaluz como quintaesencia de lo español, y hasta le sacó una rentabilidad incuestionable (Spain is different), la invasión turística y el cambio de costumbres de los años sesenta fueron más difíciles de digerir desde el punto de vista de la preservación de las esencias nacionales. La España romántica –aunque sería más exacto hablar directamente de la Andalucía gitana y torera- apareció como asunto central o telón de fondo en innumerables filmes, a veces impregnada de otros elementos adyacentes (como por ejemplo la copla o las romerías, con el Rocío en primer plano) y a menudo con tanta versatilidad que podía integrar perfectamente los cambios sociológicos que se estaban produciendo en el país. Las películas de Marisol –andaluza de pelo rubio y ojos azules; capaz de ponerse sucesivamente vaqueros, minifalda y traje de gitana- constituyen el más acabado ejemplo de esa “estudiada combinación tradición-modernidad y símbolo de la nueva España”.
Precisamente esto último enlaza con la antes aludida “España ye-yé”, mucho más problemática de integrar en la caracterización franquista de la nación. De hecho, como señala la autora, la asimilación del otro –el europeo, el turista- era prácticamente imposible. El español se definía precisamente en contraste con todo lo que el extranjero aportaba y significaba: tradición y hasta atraso (¡bendito atraso rural!) frente a modernidad; decencia (sobre todo decencia sexual femenina) frente a inmoralidad; contención frente a promiscuidad; orden y autoridad frente a libertad mal entendida (o sea, libertinaje, concepto caro a la moral del régimen). Con todo, la tentación –esas suecas en bikini que desorbitaban los ojos de un Alfredo Landa o un José Luis López Vázquez- era muy fuerte para el macho ibérico, que se veía expuesto a una ducha escocesa de sofocos y fiascos hasta que al fin llegaba a convencerse de que como en España (y con la parienta)… ¡ni hablar!
Soy consciente de que he hecho un rápido resumen que no hace justicia al rico contenido del libro. Pese a sus defectos –que no he silenciado- estamos ante un trabajo que contiene un material espléndido, susceptible de utilizarse e interpretarse más allá del propio ámbito cinematográfico, como elementos que definen una cultura política en unas coordenadas concretas: un tiempo, un país y un régimen que se caracterizaban por la apelación continua a la nación, la patria, la raza y las esencias nacionales, en definitiva, como fundamentales señas de identidad a nivel individual y colectivo. Ahora bien, entre las muchas consideraciones que me suscita la lectura de esta obra, no querría dejar en el tintero dos de ellas. La primera, de orden si se quiere menor, puede sintetizarse así: no es la primera vez que me da la impresión en los ensayos sobre nacionalismo que el autor –o, en este caso, la autora- se deja llevar por la –llamémosle- lógica nacionalista, hasta el punto de que cualquier acontecimiento termina siendo analizado desde el prisma de esta ideología, como si el mundo, necesariamente, hubiera de entenderse con esas lentes. Pongo un ejemplo. En la página 368 escribe la autora: “Sin embargo, y a pesar de ser el descubrimiento y conquista de América una de las grandes hazañas del nacionalismo español, las películas centradas en estos asuntos son escasísimas, por debajo de la decena”. Mi primera reacción fue volver sobre la frase. ¿He leído bien? ¿El descubrimiento de América, hazaña del nacionalismo español? ¡Si el marino genovés levantara la cabeza! ¡Qué diría aquella reina de Castilla que pretendía ampliar sus dominios patrimoniales! Pero, dejando a los protagonistas, ¿no habíamos quedado en que España como ente político solo tiene sentido en la edad contemporánea? ¿Y qué decir del nacionalismo? ¿Tiene sentido hablar de “nacionalismo español”, así, sin más, nada menos que en el siglo XV?
La segunda cuestión es, más que otra cosa, una reflexión personal a partir del propio objetivo de la obra, tal y como se expresa en cualquiera de los dos títulos: ¿realmente se puede hablar de “cine al servicio de la nación”? Incluso en la más precisa formulación académica, ¿sería exacto decir que la cinematografía del período era un instrumento de construcción nacional? Aunque nos decantáramos por una respuesta positiva (que, en mi caso, vendría acompañada de múltiples matizaciones), yo además me apresuraría a añadir que, como mínimo, también era un instrumento de socialización en el sentido más elemental, así como el tipo de entretenimiento más asequible en la época, fuente de esparcimiento y diversión para todos los públicos, de escapismo si se quiere para los más achuchados por una realidad sórdida, de expresión artística para muchos profesionales… Ya sé que la autora no niega –no puede negar- estas dimensiones pero su planteamiento desliza sibilinamente al lector a una prospección reduccionista o, si se prefiere, a una perspectiva sesgada, que tiene otras consecuencias. Remite en primer término al carácter de propio régimen. ¿Era el franquismo una dictadura totalitaria que controlaba absolutamente todo? Como todo el mundo sabe, lo de dictadura no es discutible pero lo de totalitaria genera una notable controversia entre los especialistas. Desde mi punto de vista, sin entrar ahora en polémicas que a nada conducen, basta recurrir a la cronología para despejar incógnitas: el franquismo de posguerra era una dictadura asfixiante, pero el régimen de los años sesenta-setenta no tuvo más remedio que transigir para su supervivencia con un aflojamiento de las riendas.
A pesar de la represión, del control y la censura, la sociedad española ponía a pruebas las costuras del régimen. Por decirlo en términos cinematográficos, es durante el franquismo cuando ruedan sus películas cineastas como Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga o Carlos Saura, cuyas obras no se tienen aquí en cuenta porque no pueden encuadrarse en el marco previamente establecido. Bajo el franquismo se hacen (y se exhiben, pese a las múltiples trabas) películas tan poco acordes con los ideales de esa España franquista como Bienvenido mister Marshall (1953), Muerte de un ciclista (1955), Calle Mayor (1956), El verdugo (1963) o La tía Tula (1964), y no cito las películas críticas de fines de los sesenta y primera mitad de los setenta, que son legión. ¿Estaba el cine al servicio de la nación? ¿Se hacían películas para servir a la causa de la construcción nacional tal y como lo entendía el franquismo? Por supuesto que sí: las películas de CIFESA y de directores como Sáenz de Heredia, Juan de Orduña, Rafael Gil y tantos otros se plegaban con gusto a la ideología y los criterios del régimen. Pero no es menos evidente que otras muchísimas películas servían a objetivos bien distintos e irreductibles. En sus conclusiones señala Viadero que en “la filmografía de ficción producida entre 1939 y 1975 existe un innegable discurso nacionalista, de mayor o menor intensidad dependiendo de la película”. Echo en falta una mirada más matizada. Pienso por ejemplo en el landismo que inunda las pantallas del tardofranquismo –No desearás al vecino del quinto (1970) como paradigma- y algo me chirría cuando trato de buscar en ese divertimento cutre el susodicho discurso nacionalista.
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