La ciencia del alma. Locura y Modernidad en la cultura española del siglo XIX. Enric Novella. Iberoamericana/Vervuert, Madrid, 2013. 224 pp.
RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO
El Cultural, 11-10-2013.
Los estudios sobre la inserción de la medicina en la sociedad tienen una brillante tradición en nuestro país, que siempre ha contado con un destacado elenco de médicos con inquietudes humanistas y de historiadores con sensibilidad hacia esa faceta científica. Baste recordar, sin remontarnos excesivamente en el tiempo, nombres de la talla de Laín Entralgo, López Piñero, García Ballester, Luis S. Granjel, los hermanos Peset o Diego Gracia. En el ámbito específico de la medicina mental tampoco han faltado notables investigadores, como algunos de los antes mencionados y también Raquel Álvarez, Rafael Huertas, Antonio Rey, González Duro o Álvarez-Uría, por citar diversos autores casi a vuelapluma y admitiendo que dejo muchos otros nombres ilustres en el tintero. Buena parte de ellos han trabajado en el marco del CSIC, del que procede también Enric Novella, filósofo y médico que hace aquí además las funciones de historiador para trazar un cuadro detallado de los primeros pasos de la pomposamente denominada -con la inevitable retórica decimonónica- “ciencia del alma”: lo que hoy llamaríamos, de modo más llano, los inicios o la prehistoria de la psiquiatría en España.
Las consideraciones anteriores no son gratuitas porque el primer y principal acierto de Novella en esta obra es situar adecuada y meticulosamente la eclosión hispana del “alienismo” -fiel aunque pálido reflejo de lo que sucedía en otros países europeos del entorno- en el contexto de la cultura de la época, es decir, una sociedad española, la de mediados del XIX, en la que las nuevas corrientes y la mentalidad positivista en general luchaban arduamente por abrirse camino entre las rémoras de la tradición, la rutina, el autoritarismo y el dogmatismo religioso. El objetivo fundamental en esas circunstancias era lograr la conversión de la figura vulgar del “loco” en “sujeto psicológico” que requería no sólo un estudio específico sino, lo que es más importante, una atención y un tratamiento que sólo un especialista le podía proporcionar. Ese especialista, el médico, reclamaba para sí -para su profesión- un rol y un reconocimiento inéditos en aquel ambiente. Se trataba en suma de la “medicalización” progresiva de un dominio, el del alma, que hasta entonces había estado en manos del pensamiento especulativo y la religión.
Con un enfoque marcadamente empírico y una decidida voluntad sintética -el libro no llega a las doscientas páginas de texto, descontando índice y bibliografía-, Novella hace un recorrido minucioso por esos discursos y prácticas, o sea, las nuevas formas de entender y abordar la perturbación mental, demorándose en el análisis de las publicaciones periódicas y la literatura científica de la época, en la que va abriéndose paso, con dificultad, la “nueva percepción de la locura”. No se pierde de vista en ningún momento el hecho de que dichos enfoques renovadores solo tienen sentido en una época y un contexto -para entendernos, el marco de la sociedad liberal- en los que, aunque sea a trancas y barrancas, resulta patente que gana peso específico una opinión pública que acoge como irrenunciables los principios de libertad, progreso y emancipación de todos los seres humanos.
No hace falta subrayar que la moderna medicina mental se abrió paso en nuestro país con mayores dificultades y resistencias que en los países limítrofes más avanzados, por razones que a todos se nos alcanzan. Pese a ello, un puñado de médicos (no solo alienistas, sino también higienistas y forenses, entre otros) luchó denodadamente para que los nuevos enfoques alcanzaran una consolidación que, ya a fines del XIX, mostraba bien a las claras que no tenía retorno posible. Con todo, es notorio que el proceso de modernización en el caso hispano no pudo desprenderse de un fuerte aroma conservador, producto de los prejuicios seculares. En este sentido, la tentación de asociar causalmente locura y civilización moderna fue irresistible, hasta el punto de que se convirtió durante la segunda mitad del siglo, como documenta Novella, “en un lugar común del pensamiento conservador español”.
viernes, 18 de octubre de 2013
viernes, 10 de febrero de 2012
Garzón como síntoma
La sentencia del Tribunal Supremo contra el juez Garzón ha polarizado al país. Como era previsible. Pero no tanto por la sentencia en sí como porque el veredicto coincide o se aparta de las posturas a priori que tenían unos y otros. La sentencia y sus fundamentos importan muy poco, por no decir nada. Lo que importa es que se absuelva o condene a "uno de los nuestros" o a "uno de los suyos". Tanto más si ese uno no es uno, sino el adalid, el símbolo, en este caso "el juez progresista" por antonomasia. La justicia en España ha llegado a tal estado de degradación, a tal contaminación partidista (¿recuerdan el chiste de "la ley es igual para todos" que contó el rey en su último mensaje navideño?)que nadie se toma en serio que se juzgue a alguien con imparcialidad y con arreglo a las leyes establecidas, sin favoritismos ni componendas. Los más altos tribunales, empezando por el Constitucional, han marcado la pauta de acomodación vergonzosa a los dictados del ejecutivo o del partido dominante. El mismo Garzón, un juez soberbio, un megalómano insaciable, ha dado múltiples ejemplos en su trayectoria acerca de cómo se aplica la justicia con parcialidad y sectarismo. ¿De qué se queja ahora? ¿De que le apliquen su propia medicina? Y alrededor, a diestra y siniestra, el triste espectáculo de los partidos y otros sectores sociales y políticos felicitándose o escandalizándose por motivos que nada tienen que ver con la justicia. La democracia española no ha entendido todavía lo que es la separación de poderes y el respeto a las reglas. Y sin esto, podrá haber un sistema político para ir tirando, pero no una democracia. Garzón como síntoma... de todo lo que nos queda por aprender y aplicar.
miércoles, 11 de enero de 2012
La mentira como norma
Accede el PP al Gobierno y la primera medida del Consejo de Ministros es subir los impuestos, justo lo contrario de lo que habían prometido en la campaña electoral. Y lo hace un Gobierno que, también en los días previos, se había ufanado de que ellos en todo momento dirían la verdad a los españoles. En el discurso de Navidad, el rey, el jefe del Estado, a propósito de los escándalos desatados en su entorno familiar, proclama que "la justicia es igual para todos", cuando si algo sabe hasta el más lerdo de estos contornos es que en este país, por lo menos aquí y ahora, la justicia dista mucho de ser igual para todos. A estas alturas uno no es tan ingenuo de creerse las promesas electorales ni los discursos institucionales. Es más, no hay que ser puristas ni más papistas que el papa: la vida política, como la vida social, como la vida sin adjetivos, precisa de una cierta dosis de hipocresía. La discreción, las buenas formas, la elegancia y hasta la convivencia misma se nutren de un cierto disimulo. Ir con la verdad por delante a todo trapo nos convertiría al menor descuido en seres zafios y agresivos, poco menos que inaguantables para nuestros semejantes. Pero una cosa es eso y otra muy distinta entronizar la mentira como forma habitual de comportamiento. Porque entonces, en este último caso, es todo el entramado social el que se viene abajo. Tanto poner en primer plano la economía y ahora puede resultar que lo que nos falta para ser un país serio no son sólo los ajustes o el recorte del déficit, sino la capacidad para abordar los asuntos con franqueza, seriedad y rigor. Y un país serio, aparte de tener sus finanzas controladas, tiene que desterrar la mentira como norma.
lunes, 12 de diciembre de 2011
Barcelona o la corrección política
Me encanta Barcelona por tantas razones que no cabría aquí la simple enumeración de ellas. Me gusta volver a Barcelona cada cierto tiempo y tomarle el pulso a la ciudad. Creo que Barcelona no es sólo la ciudad más europea de España (se podría discutir acerca de lo que los españoles entendemos aquí por "europea", pero eso es otro cantar), sino sobre todo la más atractiva desde el punto de vista urbanístico, la más completa desde el punto de vista estético y la más literaria, se mire por dónde se mire. Una de las cosas que no deja nunca de sorprenderme en cada visita es cómo en estos tiempos de globalización y uniformidad Barcelona sigue conservando una serie de rasgos diferenciales con respecto al resto de España y, muy señaladamente, en relación a Madrid. Para lo bueno y para lo malo. El rechazo de las grandes superficies comerciales en forma de hipermercados ha posibilitado la supervivencia de miles de pequeñas tiendas que llenan de tipismo el centro histórico. La recuperación de la zona marítima, donde siempre puede verse algún tio exhibiéndose completamente desnudo, le proporciona encanto y sensualidad. Por todas partes se nota la fructificación de lo políticamente correcto. Barcelona es, de hecho, la capital de la corrección política, entendida claro está en el sentido concreto que le interesa al nacionalismo catalán: bienvenidos y bienvenidas todos y todas al reino y a la reina del buenismo, del ecologismo, del pacifismo, del igualitarismo, del feminismo, del vegetarianismo, del buenrrollismo y, por supuesto, del progresismo. Entendido todo ello, por supuesto, como le conviene a esa clase dominante que utiliza un poder blando y difuso para legitimar su poder. ¿Tolerancia? Bueno, según y cómo. Para los que somos reacios a cualquier bandera (es decir, a todas las banderas), nos parece que esto es comulgar con ruedas de molino. No en vano, por ejemplo, el castellano es facha y el catalán, progresista. Por eso la enseña rojigualda está proscrita, pero en cambio la senyera se halla hasta en la sopa. Es la ley del embudo y mucha vaselina. ¡Ah, y también mucha buena conciencia, digna de mejor causa!
viernes, 11 de noviembre de 2011
El perdón
Me tiene asombrado la ligereza con la que se utiliza en el debate público el concepto de perdón. Con el comunicado de supuesto abandono del terror por parte de ETA muchos se descolgaron diciendo "pero no piden perdón". Si yo soy una víctima del terrorismo, si me han destrozado la vida o han asesinado a alguien próximo, ¿para qué quiero que pidan perdón los asesinos? ¿Para añadir al dolor burla y escarnio? ¿Qué me soluciona que pidan perdón? ¿Cómo me restituyen lo perdido, lo destrozado? Desde mi punto de vista, el perdón necesita una cierta restitución. Se perdona cuando, en cierto modo, se puede volver a la situación anterior. Borrón y cuenta nueva, como se dice cotidianamente. Pero el perdón no se puede otorgar ante una situación irreversible. Ése es el drama de la vida humana, que la vida es única. El que siega una vida la siega una vez, pero para siempre. No hay vuelta atrás. Como mucho, ante una situación así, uno puede renunciar a la venganza. Puede incluso ser generoso con el criminal, no deseando para él el dolor que ha causado. Pero... ¿perdonar? En una obra de teatro que acaban de estrenar, "Purgatorio", de Ariel Dorfman, se aborda el tema del perdón. Su protagonista, Viggo Mortensen, ha declarado incluso que "el perdón con condiciones no es perdón". Se refería a los asesinos de ETA: supuestamente hay que perdonarles sin condiciones. Porque, sigue diciendo el actor, se puede perdonar todo, a los nazis, a tu mujer... He aquí en grado superlativo la confusión del pensamiento moderno. El "totum revolutum", el "todo vale", porque todo se mezcla y se confunde. Ya no estamos siquiera en la "banalidad del mal". Ni siquiera en la trivialidad del "pensamiento líquido". Esto es ya la pura estupidez.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Oporto: el sabor de la decadencia
Pasear por el centro histórico de Oporto invita a la melancolía. Y no me refiero a la melancolía tópica que deriva del fado o del supuesto carácter portugués, sino a una sensación más concreta que surge de la contemplación de una ciudad que, como las antiguas estrellas de cine, tuvo su momento de gloria y hoy sólo puede vivir del recuerdo, como un sueño prestado. Unos edificios que recuerdan al París de la belle époque, unos rincones que rezuman un leve aroma british, unas plazas que fueron señoriales, unas calles antaño concurridas..., todo está impregnado de un ambiente de pérdida. Es evidente que esas calles, plazas, rincones y edificios vivieron mejores épocas y hoy son el testimonio de una prosperidad lejana. ¿No es suficiente el Oporto para levantar Oporto? ¿No es factor dinamizador el turismo? Da la impresión de que todo -el puerto, el comercio, la agricultura y la industria- se ha venido abajo. Esa cuesta abajo, esa persistente caída que se percibe en el conjunto de Portugal. Paseando por estas calles decadentes y observando estas casas abandonadas me acuerdo de Buenos Aires, sumida también en un aura de declive y deterioro. Y me pregunto una vez más el por qué profundo de esa situación, que es como preguntarse sobre lo que hace prósperas y pujantes a las ciudades y a las naciones. ¿Qué es lo que falla? ¿El Estado? ¿La sociedad civil? ¿La cultura, las mentalidades, la ausencia de espíritu emprendedor? Ninguna de las respuestas posibles me resulta satisfactoria. Pero de lo que sí estoy seguro es de que la decadencia es un atractivo tema artístico o literario, no un destino envidiable. Me ha gustado Oporto pero no me gustaría vivir en ella.
viernes, 21 de octubre de 2011
El pacto ETA-PSOE
Tengo para mí que una de las grandes cuestiones que tendrán que explicar los historiadores de este tiempo es el giro ideológico de la izquierda mundial y de la izquierda española en particular desde sus clásicas posiciones internacionalistas e ilustradas al abrazo de las causas más peregrinas y, por cierto, más reaccionarias, desde el ecologismo al nacionalismo más particularista. El caso del PSOE no puede ser más sintomático en este sentido. Nunca entró en el horizonte ideológico del PSOE terminar radicalmente con ETA, hasta sus raíces. La mala conciencia burguesa de haber arrumbado la revolución y una cierta simpatía ideológica, amén de la misma matriz antifranquista, le hacía contemplar a los "abertzales" como lejanos primos descarriados, siempre recuperables en el fondo. Algo parecido a lo que siempre han sentido hacia Fidel Castro -en contraposición por ejemplo a Pinochet-, aunque la dictadura de aquél esté siendo más longeva y a la postre más letal para su pueblo. Ahora unos y otros -ETA y PSOE- escenifican un paripé de final del terrorismo, un pacto vergonzante que jamás se hubiera dado si los vascos asesinos se presentaran como neonazis o fascistas. Los que están en el ajo -interesados, oportunistas y cómplices- lanzan las campanas al vuelo, descalificando a los escépticos, que ahora resultamos ser de extrema derecha. No creo que Rosa Díez, Fernando Savater o Nicolás Redondo (y tantos otros socialistas de base) pertenezcan a la "caverna". En cualquier caso, el alborozo por la declaración de cese el fuego de ETA encubre lo esencial, que el fin del terrorismo -en el supuesto de que esto sea el fin, que está por ver- es el resultado de un desistimiento de los terroristas: ellos -y no nosotros, los demócratas- son los que han decidido poner el punto final. Esto me recuerda el alborozo por el fin del franquismo obviando que el dictador murió en la cama sin que nadie le incordiara seriamente durante casi cuarenta años de poder absoluto. ¡Y qué digan ahora que la violencia no ha servido para nada! ¡Por supuesto que ha servido! ¡Si ésta es la derrota del terrorismo, menudo futuro nos espera!
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