miércoles, 10 de septiembre de 2014
España, 1914
ESPAÑA 1914:
LA GUERRA, LOS INTELECTUALES Y EL NACIONALISMO ESPAÑOL
Andreu Navarra Ordoño: 1914. Aliadófilos y germanófilos en la cultura española, Cátedra, Madrid, 2014. 256 pp.
Publicado en Revista de Libros, septiembre 2014, revistadelibros.com
http://www.revistadelibros.com/resenas/espana-1914
RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO
Nos hemos acostumbrado a que nuestros ritos y conmemoraciones (desde lo político en sentido amplio a lo cultural en sentido estricto) funcione a golpe de efemérides, con los inconvenientes (muchos, en mi opinión) y las ventajas (algunas, debe reconocerse) que ello supone. Aceptamos por ello con absoluta naturalidad que hay que recrear (¿re-pensar?) los grandes acontecimientos o las figuras señeras de nuestro mundo cuando se cumplen determinados años, cualquier fecha redonda para entendernos: antes eran los centenarios, pero ahora hay manga ancha para menos (diez, veinte, veinticinco, treinta, cincuenta años) y también, claro, para más (bicentenarios, tricentenarios, etc.) Bien es verdad que en esto, como en casi todo, la memoria es selectiva y por ello la rememoración –o magnificación- de algunos eventos y personajes en detrimento de otros, relegados a la indiferencia o la marginación, dice más sobre nosotros mismos que sobre los hechos o sujetos que presuntamente tratamos de evocar. Me bastará con recordar, sin irme por los cerros de Úbeda, que este año celebramos con toda pompa, apoyo político y aparato mediático el IV Centenario de la muerte del Greco, o que acaba de celebrarse un Congreso que recuerda el centenario de la publicación de un libro, las Meditaciones del Quijote de Ortega (hasta se ha hecho una edición facsímil y crítica conmemorativa de dicha obra con la participación de importantes instituciones culturales ). Sin entrar en juicios que no me competen, llama la atención –por contraste, claro- el discretísimo recordatorio de otros centenarios, como el del nacimiento de Julián Marías, una figura que, dejando ahora aparte sus valores intrínsecos, no resulta presa rentable para tirios y troyanos.
Con todo, debe reconocerse que hay centenarios y… centenarios, o sea, conmemoraciones traídas por los pelos y otras que parecen imponerse con una fuerza difícil de cuestionar. No es obviamente un asunto propio de nuestros lares, sino una tendencia general e imparable que podemos cargar sin mucho remordimiento a la cuenta de las exigencias mediáticas, que es como decir de los requerimientos de la época que nos ha tocado vivir. Todos esos hilos se anudan de modo natural, por entrar ya en materia, en la fecha de 1914, el año en que empieza la Gran Guerra –luego I Guerra Mundial- y sobre todo el año en que comienza el verdadero siglo XX (1914-1991) –el “siglo XX corto”, en la certera acuñación popularizada por el historiador Eric Hobsbawm, tan repetida que es ya un lugar común-. 1914 es la puerta que conduce a nuestro mundo, el mundo actual. Eso nadie lo discute . Podemos por ello en este caso ser más comprensivos con la avalancha conmemorativa que ha llegado a las librerías y ha tomado como motivo fundamental -como no podía ser de otra manera- el desencadenamiento de las hostilidades bélicas. No voy a entrar en ese terreno, que ya ha sido desbrozado con maestría hace pocas semanas por el historiador Borja de Riquer en estas mismas páginas . Apuntaré tan solo como complemento que, junto a la traducción española de algunas obras de referencia de notables autores extranjeros, algunos especialistas españoles se han apuntado a la evocación de aquella coyuntura, bien con obras de carácter general , bien con estudios específicos de lo que supuso la conflagración para un país neutral, como España, que la sufrió de modo indirecto . Y conviene añadir que la marea bibliográfica no solo se circunscribe al terreno historiográfico sino que llega al campo de la ficción, con algunas novelas que, por cierto, han tenido un considerable impacto mediático y un nada despreciable índice de ventas .
El libro de Andreu Navarra que motiva esta reseña, Aliadófilos y germanófilos en la cultura española, a pesar de centrarse en 1914 y tener la Gran Guerra como telón de fondo, presenta unas características muy diferentes de todo lo expuesto hasta ahora. En puridad, no trata de la magna confrontación propiamente dicha ni del nuevo escenario al que dio lugar sino tan solo de un país, España, que se apasionó por la contienda pero no intervino en la misma, y de un debate político que puede resumirse en un punto, el papel o el lugar que debía desempeñar España en el mundo (puede afinarse, si se quiere: en el viejo mundo que contendía y en el nuevo que iba a surgir de la catástrofe). Para comprender la trascendencia de esa reflexión pública , debemos hacer antes que nada un esfuerzo para pergeñar el sustrato que ocasiona la apasionada controversia. Y para ello nada mejor que tomar como punto de partida de nuestra reflexión esta sencilla pregunta: ¿qué pintaba España en el tablero internacional en 1914? Para no ser severos ni crueles nos limitaremos a decir simplemente que no mucho. No es un dictamen personal ni una apreciación derivada de nuestra presente perspectiva histórica sino una evidencia que se impone al observador –a cualquier observador, al nacional y al extranjero- el mismo año de marras. La cuestión es esencial para lo que aquí tratamos, como podrá comprobar inmediatamente quien siga leyendo.
La España de 1914 sigue siendo la España humillada del 98, que no solo se lame las heridas sino que parece regodearse en sus fracasos, que adquieren en la conciencia nacional dimensiones insondables. De Imperio colosal a país de segundo orden, las vacilantes tentativas de recuperar el prestigio en el concierto de naciones mediante una renovada política colonial, ahora en el norte africano, se saldan en el mejor de los casos con acuerdos problemáticos (Conferencia de Algeciras, 1906: España, peón de brega en la disputa franco-germana), cuando no directamente con sonoros fiascos que, para seguir la estela crepuscular son calificados de “desastres” (Barranco del Lobo, 1909; aún quedaba un tercer desastre, el de Annual, en 1921). No quiero en todo caso insistir en lo que he denominado en otra ocasión “el peso del pesimismo” en el devenir hispano del siglo XX y muy concretamente en esos primeros decenios. Me limitaré a un registro empírico que considero sumamente imparcial y al tiempo sobradamente revelador. Del conjunto de obras generales aparecidas con ocasión del centenario, he manejado tres de las más sólidas, las que firman Max Hastings, David Stevenson y Margaret MacMillan . Prácticamente no existen menciones a España en la primera de ellas; son muy escasas y circunstanciales en la del segundo (Stevenson) y algo más abundantes –aunque tampoco mucho- en la de MacMillan, pero solo para recordar que España sufrió una aplastante derrota en 1898, que fue uno de los países europeos en los que más se cebó la “propaganda por el hecho” anarquista y que, además de tener un gobierno neutral, era un Estado débil, en el que “las huelgas y la violencia estaban llevando a grandes zonas del territorio rural al borde de la guerra civil”. Sin ánimo de parecer sarcástico, creo en definitiva que podría decirse sin mucha exageración que la mención más extendida internacionalmente de nuestro país en estos años fue la que calificaba la espantosa pandemia de gripe causante de millones de muertes en 1918: la “gripe española”.
Los historiadores que destacan que algunos de los contendientes tuvieron un cierto interés en cortejar a España -bien para que participase al lado de uno u otro bando, bien (lo que fue mucho más normal y frecuente) para que mantuviera su neutralidad u obtener determinadas facilidades- reconocen por otra parte que, independientemente de esa voluntad de retraimiento de las autoridades españolas (el rey, el gobierno y los partidos dinásticos), lo verdaderamente decisivo para la no-intervención fue el hecho de que la implicación española era más un engorro que un refuerzo. En esto coincidían los gobiernos y los Estados Mayores de las potencias en liza. Con una economía débil, unas extensas costas y, sobre todo, un ejército en bancarrota, España restaba más que sumaba. Ese amargo corolario, una vez más, no es solo el producto de una aviesa mirada foránea ni una interpretación desde aquí y ahora sino una extendida convicción entre la elite española de la época, y era además compatible con actitudes neutralistas o belicistas en uno u otro sentido. Dicho análisis, como bien subraya y glosa Andreu Navarra, constituyó la línea medular de las intervenciones públicas de personajes tan diferentes en todos los sentidos como Francesc Cambó, Antonio Maura y Luis Araquistáin. Y no solo ellos. En cierto modo, era también la posición del francófilo Manuel Azaña –una figura capital en este asunto por la que, sin embargo, Navarra pasa como de puntillas-, sobre todo cuando sostenía con vehemencia –y con la retórica propia del momento- que jamás “un suceso de magnitud tamaña se ha encontrado un pueblo menos preparado que el pueblo español para afrontarlo”. Esta certidumbre enlaza además directamente con lo antes expuesto y es la que permite a Andreu Navarra recordar desde la primera página de su libro la interpretación de Azorín de que 1914 era para España, por encima de todo, un nuevo 98.
Lo que se dilucidaba en el caso español, en opinión de los más perspicaces, no era propiamente hablando una cuestión de voluntad –mantener la neutralidad o intervenir a favor de unos o de otros- sino más bien de falta o patología de aquella, es decir, de impotencia, para ser exactos. De ahí el dictamen de algunos neutralistas (la neutralidad como obligación: ¿qué otra cosa podíamos hacer?), pero también en el fondo el voluntarismo de algunos belicistas, deseosos de curar la secular impotencia hispana con terapia de choque. En cualquiera de las opciones el panorama nacional en aquel trance histórico se dibujaba con tonos particularmente sombríos: a nadie le interesaba “y menos que a nadie a Francia, que España se alinease con ella como nación beligerante (…) Entrar en la guerra hubiera expuesto a España a ser otra Bélgica (…) y Francia hubiera perdido el contacto directo con sus colonias y a un óptimo conjunto de proveedores vascos y catalanes” (pp. 57-58). Esa era la realidad de fondo, la triste realidad que trataban de enmascarar las proclamas histéricas o, en el mejor de los casos, el entusiasmo impostado de algunos sectores, básicamente aquellos que se autodenominaban aliadófilos. Bien es verdad que, llegados a este punto, se impone o debe imponerse la prudencia y la matización: ni es cierto que el país se dividió en dos bloques equivalentes enfrentados (germanófilos y aliadófilos), ni la división era un asunto ideológico y político de tintes definidos (progresistas contra conservadores), ni todos los partidarios del bando aliado estaban por la intervención, ni todo neutralismo era germanofilia encubierta, etc. Aunque esto no se explicita en el libro, no debe perderse de vista que toda esta discusión era asunto de unas elites políticas e intelectuales que poco o nada contaban con el país real, el que hubiera tenido que poner la carne y la sangre en el matadero europeo, y que previsiblemente prefería por razones obvias inhibirse por completo de la hecatombe.
Navarra insiste con razón desde las primeras páginas en que el investigador debe deshacerse “de ideas preconcebidas y de justificaciones ideológicas”, pues no “existieron ni bandos monolíticos ni discursos unitarios”. Las tradicionales “categorías de izquierda y derecha no se ajustan o lo hacen mal ante personalidades” inaprensibles, como las del 98. Unamuno, Valle-Inclán, Azorín y Baroja, cada cual a su manera, “destacaron por su heterodoxia”. Es cierto que en general hubo una cierta identificación entre conservadurismo y germanofilia por el peso de los valores que se asociaban tradicionalmente con Alemania: orden, disciplina, autoridad, fuerza, virilidad, trabajo, eficacia… De modo complementario las izquierdas eran francófilas por los ideales conexos al vecino transpirenaico: libertad, democracia, laicismo, tolerancia, reformismo, progreso, revolución… Pero las excepciones a este esquema, solo válido como punto de partida, fueron innumerables. No entraremos en ellas para no alargar en exceso este comentario pero sí debe subrayarse que las combinaciones fueron múltiples incluso dentro de cada una de las opciones. Por ello sigue teniendo toda la razón el autor cuando sugiere que “el acercamiento más fértil es siempre el que atiende a las individualidades”, y una vez más, recalca, “sin esquemas previos ni generalizaciones”. Eso es en buena medida lo que hace él mismo, al distinguir y estudiar dentro de cada sector a una serie de figuras que destacan por algún motivo, sea su originalidad, su entusiasmo o su coherencia argumental: Cambó y Gabriel Maura entre los neutralistas; Unamuno, Valle, Araquistáin, Blasco Ibáñez y Azorín entre los aliadófilos; Baroja, Benavente, Ricardo León y Salaverría en el campo germanófilo; por último, Navarra hace un rápido repaso final de las argumentaciones dentro del nacionalismo vasco y, un poco más extensamente, del catalanismo, ambos pragmáticos y posibilistas, siempre en función de sus intereses específicos de autogobierno.
Echamos en falta en este esquema, como antes dijimos, una mayor atención a una personalidad central en la política española a partir de este momento, como la de Manuel Azaña, del mismo modo que lamentamos el olvido de otra figura capital, la del mayor agitador político-cultural de la época, Ortega y Gasset. Hay que tener en cuenta además que el pensador madrileño fue en nuestra opinión una de las mentes más lúcidas en el análisis del conflicto y el examen de las consecuencias de la neutralidad española. Para Ortega la guerra era una catástrofe porque suponía el fracaso total de la convivencia europea, la muerte de su ideal europeísta. Lejos de simplificaciones y consignas, su decidida aliadofilia no suponía, como en tantos otros casos, ningún tipo de germanofobia (¡él, precisamente, formado en Alemania y rendido admirador del pensamiento y la cultura germanas!) Frente a la miopía, el oportunismo o la impaciencia de tantos compatriotas, el análisis orteguiano rehúye conscientemente todo maniqueísmo: critica ese característico talante germano, entre imperialista y autoritario, ausente de todo “talento jurídico”, pero procura evitar la caricatura de la propaganda francófila porque en la dinámica bélica, lo primero que se pisotea –por parte de todos- es la razón. Al igual que Azaña, el filósofo supo captar el triste papel reservado a España en esa hora decisiva, no exactamente por el hecho en sí de que participara o no en el conflicto, sino por razones más profundas, de orden histórico, moral y vital. La pasividad y la impotencia hispanas denotaban que estábamos ante un nuevo fracaso, al margen de Europa y del mundo, sin interés por nada ni nadie, y sin que, correlativamente, a nadie le importara esta marginación. El país –concluía Ortega- se parecía mucho a un niño que contemplaba atónito una pelea entre mayores entre el estupor y la atonía.
La parte más original y discutible del libro de Navarra viene después de su correcta exposición de las actitudes en liza. Como, según hemos ya apuntado y él mismo se encarga de recordar, los esquemas habituales derechas/izquierdas, conservadores/progresistas no sirven para definir y caracterizar los campos de germanófilos y aliadófilos, propone otra perspectiva: “señalar hasta qué punto el nacionalismo (o mejor cabría decirlo en plural, los nacionalismos) atravesaba toda la cultura española del momento, y hasta qué punto distintos diseños o proyectos regeneracionistas patrióticos dieron como resultado la aliadofilia, la germanofilia o la neutralidad” (p. 223). Aunque la redacción o formulación es mejorable, lo que parece recomendar Navarra es acudir al criterio nacionalista –de distintos nacionalismos, el español y los periféricos- para entender la controversia intelectual sobre la guerra. El problema, en mi opinión, es que entra a saco con dicha conceptuación –como una especie de arma letal- y aplicando el marchamo de nacionalista a diestro y siniestro, deja el terreno calcinado, es decir, queda una realidad necesitada de las mismas explicaciones que al comienzo del recorrido. Amén de que con ello se sitúa en las antípodas de su propia recomendación sobre el tratamiento individualizado como mejor forma de acercamiento.
Según el autor, en efecto, todo animal pensante en el solar ibérico es per se nacionalista (español o vasco o catalán). Nacionalista (español) era Pi y Margall, como también lo era todo el pensamiento liberal, toda la nómina noventaiochista, toda la derecha -¡por supuesto!-, pero también toda la izquierda… Sobre esa base común operan las diferencias: “El nacionalismo liberal de intelectuales como Miguel de Unamuno o Rafael Altamira se oponen [sic] al nacionalismo tradicionalista de Jacinto Benavente o Antonio Maura” (p. 226). De este modo, los germanófilos eran nacionalistas españoles que querían aplicar aquí los valores alemanes, pues mantenían una concepción autoritaria e imperial muy semejante a la que representaba el régimen de Berlín. Pero los aliadófilos no eran menos nacionalistas, sino nacionalistas españoles de otro tipo, que tomaban como ejemplo la República francesa y sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad. Para Navarra si pensaban en España -¡y no digamos ya si pensaban en España en términos regeneracionistas!- la cosa no admite dudas: ¡eran nacionalistas!
Empezamos ahora a barruntar que la ausencia de Ortega, anteriormente aludida, no era una casualidad: es que el filósofo madrileño no encajaba en esos esquemas tan primarios. Aunque si lo pensamos bien, podríamos decir lo mismo de heterodoxos tan recalcitrantes como Baroja (¿también nacionalista?) El uso extensivo del concepto de nacionalismo y la calificación de nacionalistas de todos los partícipes del debate público, por su inevitables consecuencias homogeneizadoras, resultan así criterios inoperantes para delimitar perfiles característicos. El propio Navarra parece en algún momento darse cuenta de ello y se excusa brevemente aludiendo a “otros factores” que “podrían haber sido claves”, de tipo personal, familiar, educativo o intelectual. Sea como fuere, insiste en que la clave nacionalista revela en su opinión “por qué esas tendencias aparecieron de pronto, con una violencia inusitada, en el espacio público de una nación no contendiente” (p. 232). Pero para explicar esto último no hace falta apelar al nacionalismo, sobre todo si queremos emplear el término con cierta propiedad. Basta, como hemos apuntado antes, con situar la polémica en el contexto –político, social, histórico, cultural e intelectual- de una nación que, ante un tiempo nuevo y un mundo en transformación, se debatía entre dos modos distintos de afrontar la modernidad: recuperar sus esencias tradicionales o imitar pragmáticamente otros modelos allende sus fronteras.
En el Gulag
En el Gulag. Españoles republicanos en los campos de concentración de Stalin. Luiza Iordache. Prólogo de Ángel Viñas. RBA, Barcelona, 2014. 672 pp.
El Cultural, 18-07-2014.
http://www.elcultural.es/revista/letras/En-el-Gulag-Espanoles-republicanos-en-los-campos-de-concentracion-de-Stalin/35005
Como consecuencia de la guerra civil española, cientos de miles de personas abandonaron España. Algunas lo hicieron desde 1936 de modo relativamente organizado pero la gran mayoría, la que huyó cuando se aproximaba el final de la contienda, lo hizo de forma improvisada y presurosa, apenas con lo puesto y algunos mínimos enseres. Las imágenes de hombres y mujeres, ancianos y niños, cansados, heridos, derrotados, cruzando en los primeros meses de 1939 la frontera pirenaica forman parte de la historia y la memoria de nuestro siglo XX. Por razones geográficas, Francia acogió la mayor parte del exilio español y no es extraño por ello que los diversos estudios historiográficos acerca de esa masiva y dramática migración se hayan centrado en detallar las vicisitudes de nuestros compatriotas en suelo galo: hambre, penurias, enfermedades, indignos centros de refugiados y luego… la guerra mundial. La participación de una parte de los republicanos españoles en la lucha contra Hitler y la posterior reclusión de muchos de ellos en los terribles campos de concentración o exterminio han sido también objeto de múltiples atenciones historiográficas.
El exilio español que atravesó el Atlántico –sobre todo a México y también, aunque en menor medida, hacia Argentina- ha sido igualmente tema privilegiado de estudio en las últimas décadas. Pero hubo otro exilio, más peculiar que todos ellos, porque se dirigió muy lejos, al otro extremo de Europa, a un país con el que no había afinidades culturales o similitudes lingüísticas, sino tan solo una singular atracción ideológica y política: la Unión Soviética. Como es sabido, ante el retraimiento de las potencias occidentales y la implicación de Hitler y Mussolini con el bando franquista, la URSS se convirtió en el único soporte internacional de la República española, a la que envió combatientes, consejeros, expertos y material bélico en cantidades considerables. No es de extrañar por ello que los gobiernos republicanos trataran de romper su aislamiento con unas relaciones privilegiadas con las autoridades soviéticas. En este contexto uno de los episodios más emocionantes y dramáticos fue el protagonizado por las diversas hornadas de niños españoles que fueron enviados a Rusia para librarles de los rigores de la guerra. Entre 1937 y 1939 cerca de tres mil niños españoles partieron de España hacia aquel país. La aventura de los “niños de la guerra” o “niños de Rusia” ha sido cuidadosamente estudiada en los últimos años por diversos historiadores españoles (Alicia Alted, Encarna Nicolás, Roger González, Susana Castillo, Verónica Sierra).
Quedaba, no obstante, lo más difícil, trazar un panorama general de la expatriación española en la URSS, más allá de peripecias concretas como la citada. Bien es verdad que, también en este caso, ya habían aparecido en los últimos años algunos libros que empezaban a desbrozar el terreno, como Los españoles de Stalin de Daniel Arasa (Belacqua, 2005) o Españoles en el Gulag. Republicanos bajo el estalinismo de Secundino Serrano (Península, 2011). Las dificultades de una investigación de esas características, los problemas del idioma y el propio hermetismo de las fuentes rusas (hay muchos archivos que siguen cerrados) hacían no obstante que persistieran muchas lagunas y numerosas estimaciones por contrastar. Luiza Iordache (Târgoviste, Rumanía, 1981), profesora en diversos centros universitarios de Barcelona, ha rastreado una treintena de archivos dentro y fuera de España –aunque paradójicamente no de Rusia- para ofrecer la investigación más exhaustiva y completa hasta la fecha de lo que fue la presencia española en la URSS entre 1937 y 1960. Fue un evento que no afectó a muchas personas, pero que presenta rasgos muy reveladores.
El libro que comentamos procede de una tesis doctoral y hay que decir que eso se nota en el tono académico y prolijo que tienen sus páginas (más de seiscientas), no aptas para cualquier tipo de público, sino dirigidas más bien al especialista o al lector muy interesado en la materia. La profusión de nombres, fechas y datos en general pueden ser en este sentido disuasorios porque el meticuloso texto de Iordache incluye por ejemplo relaciones nominales (véanse pp. 277-295) que quizá hubieran estado mejor en el anexo, junto con otras listas como las de pilotos, marinos o internados en el Gulag. Las notas, apretadas y sin puntos y aparte (pp. 577-645) tampoco son de fácil consulta, aunque suponemos que el editor ha optado por ese formato para no ampliar el ya considerable número de páginas. Estas observaciones críticas, básicamente de carácter formal, no afectan en modo alguno al contenido propiamente dicho del libro, que es del máximo interés.
¿Cuántos y quiénes fueron los españoles que dieron con sus huesos en la Unión Soviética desde los años treinta? A finales de 1939 estaban en suelo soviético cerca de 4.500 españoles, básicamente pertenecientes a cinco grupos distintos: 2895 “niños de la guerra”, 130 maestros y acompañantes de estos, 156 marinos de nueve buques estacionados en Odesa, 200 pilotos que se estaban formando en Kirovabad y 890 miembros del PCE y PSUC. A partir de ahí, el estudio de Iordache –que, por cierto, ofrece mucho más de lo que su restrictivo título indica- se articula en cuatro grandes apartados. En el primero trata de los “pilotos, marinos y buques españoles en la URSS” hasta 1944; la segunda parte, la más en consonancia con el título, aborda la represión y el Gulag, con un guiño a la obra cumbre de Vasili Grossman, “Vida y destinos (1940-1956)”; el tercer bloque se ocupa de “las políticas” de los diversos actores implicados (desde la diplomacia franquista al gobierno republicano, pasando naturalmente por el PCE y el gobierno soviético); por último, la cuarta sección analiza el “cambio de rumbo” que, una vez muerto Stalin, representan las repatriaciones, entre 1953-1960.
En principio el sentimiento predominante en aquellos exiliados era de inmensa gratitud hacia un país que los acogía con los brazos abiertos. Pero las cosas se torcieron rápidamente, en gran medida por la dramática concatenación de acontecimientos que desembocaron en la II Guerra Mundial, pero también por las características intrínsecas de la política soviética. La implacable represión estalinista, de aliento paranoico, convertía a cualquier ciudadano en sospechoso: más aún si era un extranjero que aspiraba a regresar a su tierra o, simplemente, no acataba férreamente la política oficial. Lejos de echar una mano a sus compatriotas, la cúpula dirigente del PCE (Ibárruri, Carrillo, Claudín, Uribe) se alineó con el PCUS, primero con el silencio cómplice y luego, desde 1947, abiertamente, tildando de “fascistas” y por tanto merecedores del Gulag a varios cientos de pilotos, marinos y “niños de la guerra”.
Fracasó el gobierno de la República en el exilio en su intento de liberar a los españoles del campo de Karagandá. Por otro lado, el régimen franquista también hizo discretas gestiones para la repatriación, que pasó por fases diversas y contrapuestas. Con el famoso arribo del buque Semíramis a Barcelona en 1954 se abrió una nueva etapa que culminaría con el retorno masivo de la segunda década de los cincuenta. Obviamente, no regresaron todos. Una parte de los refugiados españoles quedó para siempre en tierras rusas. La mayoría sobrevivió a las purgas y las penalidades. Y entre trescientos y cuatrocientos tuvieron que sufrir, junto a los rigores del exilio y la guerra, la estigmatización como traidores y el despiadado castigo del Gulag.
RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO
El Cultural, 18-07-2014.
http://www.elcultural.es/revista/letras/En-el-Gulag-Espanoles-republicanos-en-los-campos-de-concentracion-de-Stalin/35005
Como consecuencia de la guerra civil española, cientos de miles de personas abandonaron España. Algunas lo hicieron desde 1936 de modo relativamente organizado pero la gran mayoría, la que huyó cuando se aproximaba el final de la contienda, lo hizo de forma improvisada y presurosa, apenas con lo puesto y algunos mínimos enseres. Las imágenes de hombres y mujeres, ancianos y niños, cansados, heridos, derrotados, cruzando en los primeros meses de 1939 la frontera pirenaica forman parte de la historia y la memoria de nuestro siglo XX. Por razones geográficas, Francia acogió la mayor parte del exilio español y no es extraño por ello que los diversos estudios historiográficos acerca de esa masiva y dramática migración se hayan centrado en detallar las vicisitudes de nuestros compatriotas en suelo galo: hambre, penurias, enfermedades, indignos centros de refugiados y luego… la guerra mundial. La participación de una parte de los republicanos españoles en la lucha contra Hitler y la posterior reclusión de muchos de ellos en los terribles campos de concentración o exterminio han sido también objeto de múltiples atenciones historiográficas.
El exilio español que atravesó el Atlántico –sobre todo a México y también, aunque en menor medida, hacia Argentina- ha sido igualmente tema privilegiado de estudio en las últimas décadas. Pero hubo otro exilio, más peculiar que todos ellos, porque se dirigió muy lejos, al otro extremo de Europa, a un país con el que no había afinidades culturales o similitudes lingüísticas, sino tan solo una singular atracción ideológica y política: la Unión Soviética. Como es sabido, ante el retraimiento de las potencias occidentales y la implicación de Hitler y Mussolini con el bando franquista, la URSS se convirtió en el único soporte internacional de la República española, a la que envió combatientes, consejeros, expertos y material bélico en cantidades considerables. No es de extrañar por ello que los gobiernos republicanos trataran de romper su aislamiento con unas relaciones privilegiadas con las autoridades soviéticas. En este contexto uno de los episodios más emocionantes y dramáticos fue el protagonizado por las diversas hornadas de niños españoles que fueron enviados a Rusia para librarles de los rigores de la guerra. Entre 1937 y 1939 cerca de tres mil niños españoles partieron de España hacia aquel país. La aventura de los “niños de la guerra” o “niños de Rusia” ha sido cuidadosamente estudiada en los últimos años por diversos historiadores españoles (Alicia Alted, Encarna Nicolás, Roger González, Susana Castillo, Verónica Sierra).
Quedaba, no obstante, lo más difícil, trazar un panorama general de la expatriación española en la URSS, más allá de peripecias concretas como la citada. Bien es verdad que, también en este caso, ya habían aparecido en los últimos años algunos libros que empezaban a desbrozar el terreno, como Los españoles de Stalin de Daniel Arasa (Belacqua, 2005) o Españoles en el Gulag. Republicanos bajo el estalinismo de Secundino Serrano (Península, 2011). Las dificultades de una investigación de esas características, los problemas del idioma y el propio hermetismo de las fuentes rusas (hay muchos archivos que siguen cerrados) hacían no obstante que persistieran muchas lagunas y numerosas estimaciones por contrastar. Luiza Iordache (Târgoviste, Rumanía, 1981), profesora en diversos centros universitarios de Barcelona, ha rastreado una treintena de archivos dentro y fuera de España –aunque paradójicamente no de Rusia- para ofrecer la investigación más exhaustiva y completa hasta la fecha de lo que fue la presencia española en la URSS entre 1937 y 1960. Fue un evento que no afectó a muchas personas, pero que presenta rasgos muy reveladores.
El libro que comentamos procede de una tesis doctoral y hay que decir que eso se nota en el tono académico y prolijo que tienen sus páginas (más de seiscientas), no aptas para cualquier tipo de público, sino dirigidas más bien al especialista o al lector muy interesado en la materia. La profusión de nombres, fechas y datos en general pueden ser en este sentido disuasorios porque el meticuloso texto de Iordache incluye por ejemplo relaciones nominales (véanse pp. 277-295) que quizá hubieran estado mejor en el anexo, junto con otras listas como las de pilotos, marinos o internados en el Gulag. Las notas, apretadas y sin puntos y aparte (pp. 577-645) tampoco son de fácil consulta, aunque suponemos que el editor ha optado por ese formato para no ampliar el ya considerable número de páginas. Estas observaciones críticas, básicamente de carácter formal, no afectan en modo alguno al contenido propiamente dicho del libro, que es del máximo interés.
¿Cuántos y quiénes fueron los españoles que dieron con sus huesos en la Unión Soviética desde los años treinta? A finales de 1939 estaban en suelo soviético cerca de 4.500 españoles, básicamente pertenecientes a cinco grupos distintos: 2895 “niños de la guerra”, 130 maestros y acompañantes de estos, 156 marinos de nueve buques estacionados en Odesa, 200 pilotos que se estaban formando en Kirovabad y 890 miembros del PCE y PSUC. A partir de ahí, el estudio de Iordache –que, por cierto, ofrece mucho más de lo que su restrictivo título indica- se articula en cuatro grandes apartados. En el primero trata de los “pilotos, marinos y buques españoles en la URSS” hasta 1944; la segunda parte, la más en consonancia con el título, aborda la represión y el Gulag, con un guiño a la obra cumbre de Vasili Grossman, “Vida y destinos (1940-1956)”; el tercer bloque se ocupa de “las políticas” de los diversos actores implicados (desde la diplomacia franquista al gobierno republicano, pasando naturalmente por el PCE y el gobierno soviético); por último, la cuarta sección analiza el “cambio de rumbo” que, una vez muerto Stalin, representan las repatriaciones, entre 1953-1960.
En principio el sentimiento predominante en aquellos exiliados era de inmensa gratitud hacia un país que los acogía con los brazos abiertos. Pero las cosas se torcieron rápidamente, en gran medida por la dramática concatenación de acontecimientos que desembocaron en la II Guerra Mundial, pero también por las características intrínsecas de la política soviética. La implacable represión estalinista, de aliento paranoico, convertía a cualquier ciudadano en sospechoso: más aún si era un extranjero que aspiraba a regresar a su tierra o, simplemente, no acataba férreamente la política oficial. Lejos de echar una mano a sus compatriotas, la cúpula dirigente del PCE (Ibárruri, Carrillo, Claudín, Uribe) se alineó con el PCUS, primero con el silencio cómplice y luego, desde 1947, abiertamente, tildando de “fascistas” y por tanto merecedores del Gulag a varios cientos de pilotos, marinos y “niños de la guerra”.
Fracasó el gobierno de la República en el exilio en su intento de liberar a los españoles del campo de Karagandá. Por otro lado, el régimen franquista también hizo discretas gestiones para la repatriación, que pasó por fases diversas y contrapuestas. Con el famoso arribo del buque Semíramis a Barcelona en 1954 se abrió una nueva etapa que culminaría con el retorno masivo de la segunda década de los cincuenta. Obviamente, no regresaron todos. Una parte de los refugiados españoles quedó para siempre en tierras rusas. La mayoría sobrevivió a las purgas y las penalidades. Y entre trescientos y cuatrocientos tuvieron que sufrir, junto a los rigores del exilio y la guerra, la estigmatización como traidores y el despiadado castigo del Gulag.
RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO
Cuando la muerte no es el final
Publicado en Claves de Razón Práctica, nº 234, Mayo/Junio 2014, pp. 90-95.
http://www.elboomeran.com/upload/ficheros/noticias/090095_florencio6x.pdf
“Cuando la pena nos alcanza / por un hermano perdido, / cuando el adiós dolorido / busca en la Fe su esperanza”. Así comienza el himno “La muerte no es el final”. Aunque ustedes crean que no, lo han tenido necesariamente que oír, de modo completo o más probablemente fragmentario en muchas ocasiones, en los telediarios o en los reportajes que han dado cuenta de los funerales y actos de homenaje a las víctimas del terrorismo o a los caídos en actos de servicio (básicamente militares, aunque también civiles). De unos años a esta parte la música y la letra del himno en cuestión se han convertido en elementos característicos e insustituibles de los actos fúnebres de nuestras Fuerzas Armadas.
En contraposición a lo que suele pensarse, la composición no tiene una larga raigambre, sino que procede de la década de los ochenta del siglo pasado -unos treinta años, por tanto-, cuando el teniente general Sáenz de Tejada encargó al compositor Tomás Asiaín la adaptación musical de unos versos escritos por el sacerdote vasco Cesáreo Gabaráin. No es extraño por ello que enseguida aparezca la dimensión trascendente. En efecto, el espíritu religioso en forma de fe en otra vida superior se hace explícito de inmediato y se repite como ansiosamente en la segunda estrofa: “En Tu palabra confiamos / con la certeza que Tú / ya le has devuelto a la vida, / ya le has llevado a la luz. / Ya le has devuelto a la vida, / ya le has llevado a la luz”.
La lectura fría y en privado de esas estrofas apenas dirá nada a quien desconozca el contexto del que estamos hablando. Al fin y al cabo, técnica o literariamente hablando, no es más que una mediocre composición, equiparable a otras muchas de parecido corte y similares propósitos. El que haya participado sin embargo en uno de esos actos fúnebres tendrá forzosamente que reconocer la carga turbadora que contiene el mencionado himno cuando suena en una situación fuertemente emotiva y se canta a voz en grito en un ambiente estremecido por la muerte violenta de alguien próximo o querido, generalmente en la flor de la edad. No hace falta compartir principios políticos ni trascendentes, solo dejar que funcione la empatía.
Aunque, ciertamente, es más fácil si se comparten los antedichos principios, porque la conjunción del espíritu religioso con el patriótico deja la puerta abierta a un doble significado: por un lado, la obvia esperanza en el más allá, esa “otra vida” que reduce o convierte a esta, la terrenal, en un breve paréntesis y transforma a la muerte en un simple tránsito; por otra parte, complementariamente, la satisfacción de que, de ese modo, el sacrificio no ha sido en vano. En definitiva, la vida futura ilumina a esta y le da sentido cuando ya se han perdido todos los demás sentidos.
A riesgo de parecer un poco cínicos en asuntos que tocan las fibras más sensibles del ser humano, habría que añadir que tanta búsqueda de sentido no es una necesidad del finado sino de los vivos, que son los que en puridad precisan ser consolados y confortados. No hace falta compartir la aludida fe en la otra vida para constatar que, por vericuetos más o menos intrincados, la muerte, en efecto, no es a menudo el final, ni para los vivos -dispuestos en muchos casos a sacar réditos al difunto- ni para el propio cadáver que, lejos de “descansar en paz”, es desenterrado, traído y llevado en función de las contingencias o avatares más variopintos.
Los historiadores, antropólogos y otros científicos sociales han acuñado la rúbrica de “políticas de la muerte” para referirse a esa variada panoplia de rituales fúnebres, ceremonias religioso-políticas, establecimiento de muertes ejemplares, entierros multitudinarios, exhumación de fosas, traslados de restos, veneración de reliquias, lápidas conmemorativas y tantas otras muestras y formas de cultivar más o menos artificiosamente el recuerdo de los muertos o, aun peor, instrumentar la muerte en función de las necesidades de los vivos.
Late en el fondo de tan diversas manifestaciones necrófilas una voluntad política encaminada a obtener un reconocimiento, afianzar una identidad, lanzar un desafío, extender una influencia o legitimarse como poder, por citar -sin agotarlos- algunos de los vectores posibles en estas “políticas de la muerte”. Conviene en todo caso dejar claro para ahuyentar suspicacias que, cuando hablamos aquí del deceso, no nos referimos a la dimensión individual -el mero hecho biológico-, ni a las opciones personales o privadas, sino a las coordenadas sociales, políticas y culturales que se manifiestan en un conjunto de símbolos, en unos escenarios adaptados al efecto (iglesias, panteones, cementerios), en unos recorridos específicos (cortejos, peregrinaciones) y en una liturgia cargada de mensajes para la colectividad.
Puede afirmarse así que en algunos casos la muerte se convierte en un suceso más importante que la vida, siempre que se tenga en cuenta que nos referimos en uno y otro caso a sus “representaciones culturales”, es decir, a grandes construcciones ideológicas que sirven a las sociedades para enfrentarse a la muerte. En términos que han hecho fortuna hoy en día podría pues hablarse de una “construcción social de la muerte” que, más allá de la usual dimensión religiosa, presenta sorprendentes beneficios para determinados sectores sociales, aquellos que saben apropiarse del legado del muerto para fines inequívocamente mundanos.
La muerte puede ser también un factor que aglutine a la colectividad en una vertiente todavía más inquietante: ahora ya no es el muerto propiamente dicho el protagonista, quien concita los honores o nos deja su ejemplo, sino la muerte como objetivo, la muerte del distinto, del "extraño", como elemento que cohesiona a una sociedad y constituye su voluntad de futuro. Hay comunidades -en el pasado y ahora mismo- que recurren a la eliminación física del otro -al que previamente se ha estigmatizado-, por ser un cuerpo extraño a la comunidad ansiada. El extranjero -no necesariamente de nacionalidad- es culpable y, por tanto, ha de ser aniquilado sin contemplaciones para que la sociedad recupere su edén perdido o alcance la tierra prometida.
Los nacionalismos exacerbados y redentoristas, con su énfasis en la comunidad perfecta, prístina y homogénea, con su retórica victimista del paraíso perdido, han sido siempre un perfecto caldo de cultivo para tales actitudes de xenofobia. Las versiones más extremas, desde los nazis a los particularismos balcánicos, han enfangado de sangre todo el continente europeo a lo largo del siglo XX: el antisemitismo, los genocidios, la deportación forzosa de minorías, el holocausto o la limpieza étnica no son más que diversas manifestaciones (y grados) de esa práctica de conseguir la cohesión grupal mediante el expeditivo método de eliminar a todos los demás.
La intransigencia y el fanatismo convierten en sagrada la causa propia: de ahí que se sacralice la política o que esta se amalgame con la religión en un todo indisociable. La figura del terrorismo suicida que ha surgido en el seno del fundamentalismo islámico es una buena muestra de ello. En este caso se trata tanto de matar como de morir, dado que la muerte individual constituye el tributo a una causa que, siendo religiosa y política al mismo tiempo, hace del asesino un liberador de su pueblo y un mártir de la fe. En todos los casos el denominador común es que la muerte resulta ser más un punto de partida que un final de trayecto.
En Tus amigos no te olvidan, un peculiar libro de Luis Carandell sobre la muerte y los muertos, se deslizan unas consideraciones muy agudas sobre las manías necrófilas de los españoles. La frase ritual de “Descanse en paz” que se pronuncia sistemáticamente en todos los entierros, dice Carandell, no deja de ser una piadosa intención, cuando no lisa y llanamente una solemne mentira. Aquí, en España, no se tiene la menor intención de dejar en paz a los muertos en sus tumbas, sobre todo cuando los finados son relevantes o se puede extraer alguna rentabilidad de la exhumación. A veces no basta con ello y los pobres restos mortales son llevados de un lado para otro en función de los intereses de los vivos, intereses por lo común dignos de mejores causas. “España es uno de los países del mundo donde menos se deja en paz a los muertos y donde se les dan más paseos”, sentencia Carandell.
Es nuevamente en la esfera política y el ámbito público en general donde resulta más acusada la propensión macabra a sacarle partido a los muertos. En un país como este, sigue diciendo nuestro autor, de tan clara “vocación funeraria”, los muertos juegan un papel trascendental en política. Los españoles convierten a los muertos en objetos arrojadizos, hasta el punto, dice Carandell con tanta gracia como exageración, “lo más útil que el español hace en su vida por sus semejantes es morirse”. La historia está llena de casos que pueden resultar ejemplares en este sentido. “La imagen del Cid Campeador, a quien los suyos atan sobre el caballo después de muerto para que les conduzca a la victoria sigue estando, entre nosotros, a la orden del día”.
Sin irnos tan lejos en el tiempo, es verdad que la historia española –la historia reciente- nos ofrece múltiples ejemplos de grandes manifestaciones en torno a un féretro: Castelar, Blasco Ibáñez, Durruti, Tierno Galván… La pasión necrófila fue una constante en el franquismo, que mitificó el martirio de José Antonio, el “caído por antomasia”, trasladó solemnemente sus restos por dos veces (1939 y 1959), llenó el país de cruces y placas conmemorativas de sus muertos y construyó en fin esa basílica megalómana en Cuelgamuros (el Valle de los Caídos).
Por citar un caso aún más reciente, la memoria histórica ha sido entendida restrictivamente por algunos sectores como exhumación de fosas (siempre “de los nuestros”) con fines partidistas. Con todo, no estamos de acuerdo con Carandell, porque la utilización política de los muertos es un fenómeno generalizado que se pierde en la sima de la historia y que afecta a todas las sociedades y regímenes políticos. Miren lo que ha pasado con el último muerto ilustre: Mandela, elevado a los laicos altares con no pocas dosis de oportunismo por parte de unos y otros.
En fin, ya que se habla tanto y tan a menudo de la pulsión hispana de excavar fosas y tirarse los muertos a la cabeza -del rival o antagonista-, resulta adecuado constatar -y con ello, si cabe, consolarnos- que esta manía de abrir tumbas, trasladar cadáveres, extraer reliquias y traficar con los restos es un síndrome casi universal. En contra del piadoso deseo de “descanso eterno”, los vivos siguen empeñados en no dejar, con unas u otras excusas, a los muertos en paz. Ni siquiera desde un enfoque laico, la muerte es el final. Quod erat demonstrandum.
*Rafael Núñez Florencio es Doctor en Historia y profesor de Filosofía. Autor, junto con Elena Núñez González, de ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro (Marcial Pons, 2014). Este artículo aborda muy resumidamente uno de los temas tratados en dicha obra.
viernes, 27 de junio de 2014
El laberinto territorial español
El laberinto territorial español. Roberto L. Blanco Valdés. Alianza, Madrid, 2014. 472 pp.
El Cultural, 23-5-2014, p. 20.
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/34873/El_laberinto_territorial_espanol
“¡Está buena España!”, decía un personaje de Luces de Bohemia. Blanco Valdés rescata la exclamación como cita preliminar en su nuevo libro, que tiene un sentido distinto de La construcción de la libertad (2010) y una inquietud más acusada que Los rostros del federalismo (2012), ambos en Alianza. Ya en este se dejaba notar la desazón de Blanco –catedrático de Derecho en la Universidad de Santiago- por la deriva centrífuga del sistema político español, caracterizado en su opinión por un federalismo de facto.
Pero no es exactamente ese el problema ni radica ahí la alarma del autor. Un régimen político puede ser federal sin merma alguna de su funcionalidad y sin que el país vea por ello en peligro su unidad –la propia federación sería garante de la misma a partir del reconocimiento de la diversidad-. El problema no está en el grado de descentralización de un sistema sino en la fidelidad al mismo por parte de los protagonistas políticos que lo integran, sea cual sea su nivel de responsabilidad. Y es aquí donde falla no tanto la teoría como nuestra praxis política. La deslealtad de los nacionalismos catalán y vasco no solo se dirige frontalmente contra el artículo 2º de la Constitución –la “indisoluble unidad de la nación española”- sino que dinamita las reglas más elementales del juego democrático, de aquí y de cualquier parte, que establecen cauces determinados para los cambios políticos. Ningún ordenamiento puede transigir con que determinados sectores impongan sus exigencias a las bravas.
Sostiene Blanco que la perplejidad inicial ante esos hechos ha desembocado en irritación y hastío, mientras que los nacionalistas se muestran “siempre ofendidos, insatisfechos, disconformes”. Para estos, argumenta el autor, toda concesión es solo el apoyo de la siguiente exigencia. “¿Cómo hemos llegado a esto?”. La pregunta es la primera frase que el lector encontrará en la introducción y constituye la cuestión que se trata de desentrañar en las densas casi quinientas páginas restantes. Partiendo pues de una realidad incontrovertible, cual es el profundo grado de descentralización acometido por el sistema político español en brevísimo tiempo, el autor se plantea explícitamente cómo, lejos de calmar las aspiraciones particularistas de partidos y movimientos periféricos, dicho proceso ha dado alas al impulso secesionista hasta límites que amenazan los cimientos de la estructura política y nuestra convivencia cívica.
Como es habitual en sus obras, Blanco Valdés realiza un análisis exhaustivo que aúna las dimensiones política, histórica, jurídica y constitucional. Su tono erudito –véanse las cincuenta páginas finales de citas en letra menuda-, no descuida un registro didáctico o divulgativo que permite al lector no especializado transitar por sus páginas sin perderse. El libro se estructura en dos partes claramente diferenciadas: la primera examina los dos momentos históricos anteriores en que se ensayó la descentralización, coincidentes (no por casualidad) con las dos repúblicas que, tan bienintencionada como torpemente aspiraron a democratizar y modernizar España (1873 y 1931-36); la segunda parte, bastante más extensa, examina esa otra “república” figurada que, bajo el ropaje de restauración monárquica, supo aprender de los errores pasados y materializó un reconocimiento de la pluralidad española que satisficiera a todos. El problema actual no radica pues en hallar otra fórmula de respeto a la diversidad sino en la deriva secesionista de los sectores nacionalistas: según el autor, cuando parecía que habíamos encontrado la salida del laberinto territorial –nuestra pesadilla política contemporánea- vivimos uno de los desafíos más graves de nuestra historia.
El Cultural, 23-5-2014, p. 20.
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/34873/El_laberinto_territorial_espanol
“¡Está buena España!”, decía un personaje de Luces de Bohemia. Blanco Valdés rescata la exclamación como cita preliminar en su nuevo libro, que tiene un sentido distinto de La construcción de la libertad (2010) y una inquietud más acusada que Los rostros del federalismo (2012), ambos en Alianza. Ya en este se dejaba notar la desazón de Blanco –catedrático de Derecho en la Universidad de Santiago- por la deriva centrífuga del sistema político español, caracterizado en su opinión por un federalismo de facto.
Pero no es exactamente ese el problema ni radica ahí la alarma del autor. Un régimen político puede ser federal sin merma alguna de su funcionalidad y sin que el país vea por ello en peligro su unidad –la propia federación sería garante de la misma a partir del reconocimiento de la diversidad-. El problema no está en el grado de descentralización de un sistema sino en la fidelidad al mismo por parte de los protagonistas políticos que lo integran, sea cual sea su nivel de responsabilidad. Y es aquí donde falla no tanto la teoría como nuestra praxis política. La deslealtad de los nacionalismos catalán y vasco no solo se dirige frontalmente contra el artículo 2º de la Constitución –la “indisoluble unidad de la nación española”- sino que dinamita las reglas más elementales del juego democrático, de aquí y de cualquier parte, que establecen cauces determinados para los cambios políticos. Ningún ordenamiento puede transigir con que determinados sectores impongan sus exigencias a las bravas.
Sostiene Blanco que la perplejidad inicial ante esos hechos ha desembocado en irritación y hastío, mientras que los nacionalistas se muestran “siempre ofendidos, insatisfechos, disconformes”. Para estos, argumenta el autor, toda concesión es solo el apoyo de la siguiente exigencia. “¿Cómo hemos llegado a esto?”. La pregunta es la primera frase que el lector encontrará en la introducción y constituye la cuestión que se trata de desentrañar en las densas casi quinientas páginas restantes. Partiendo pues de una realidad incontrovertible, cual es el profundo grado de descentralización acometido por el sistema político español en brevísimo tiempo, el autor se plantea explícitamente cómo, lejos de calmar las aspiraciones particularistas de partidos y movimientos periféricos, dicho proceso ha dado alas al impulso secesionista hasta límites que amenazan los cimientos de la estructura política y nuestra convivencia cívica.
Como es habitual en sus obras, Blanco Valdés realiza un análisis exhaustivo que aúna las dimensiones política, histórica, jurídica y constitucional. Su tono erudito –véanse las cincuenta páginas finales de citas en letra menuda-, no descuida un registro didáctico o divulgativo que permite al lector no especializado transitar por sus páginas sin perderse. El libro se estructura en dos partes claramente diferenciadas: la primera examina los dos momentos históricos anteriores en que se ensayó la descentralización, coincidentes (no por casualidad) con las dos repúblicas que, tan bienintencionada como torpemente aspiraron a democratizar y modernizar España (1873 y 1931-36); la segunda parte, bastante más extensa, examina esa otra “república” figurada que, bajo el ropaje de restauración monárquica, supo aprender de los errores pasados y materializó un reconocimiento de la pluralidad española que satisficiera a todos. El problema actual no radica pues en hallar otra fórmula de respeto a la diversidad sino en la deriva secesionista de los sectores nacionalistas: según el autor, cuando parecía que habíamos encontrado la salida del laberinto territorial –nuestra pesadilla política contemporánea- vivimos uno de los desafíos más graves de nuestra historia.
lunes, 26 de mayo de 2014
Cuadernos de guerra
Louis Barthas: Cuadernos de guerra [1914-1918]. Prólogo de Rémy Cazals. Traducción de Eduardo Berti. Páginas de Espuma, Madrid, 2014. 648 pp.
El Cultural, 23-5-2014, p. 20.
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/34723/Cuadernos_de_guerra_(1914%C2%961918)
Louis Barthas era un tonelero francés nacido en Homps, departamento de Aude, en la región de Languedoc-Rosellón. Tenía treinta y cinco años cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Fui movilizado, primero como parte del ejército de reserva y luego, cuando se produjeron las primeras bajas masivas, en la primera línea de combate. A comienzos de noviembre de 1914 ya estaba participando en la terrible guerra de trincheras y en otras encarnizadas operaciones bélicas. Pasó en esa situación tres años y medio, hasta abril de 1918, fecha en la que fue destinado a la retaguardia. Durante ese período tuvo ocasión de vivir, la mayor parte del tiempo como cabo, los combates más feroces de la Gran Guerra, como las batallas de Verdún y el Somme.
Hasta donde se ha dicho la experiencia de Barthas no fue muy distinta a la de cientos de miles de compatriotas, o incluso millones de europeos de su generación (y otras generaciones más jóvenes incluso), que vivieron, sufrieron y en muchísimos casos murieron en la más cruenta contienda que había conocido hasta entonces el Viejo Continente. Lo que tiene de especial el caso de Barthas es que durante todo el tiempo que estuvo en el frente consignó meticulosamente sus experiencias en unos cuadernos escolares que, luego, terminada la guerra, pasó a limpio con el mismo esmero. El resultado de todo ello son diecinueve cuadernos (nada menos que 1732 páginas manuscritas) que dan cuenta de las vicisitudes del soldado de a pie durante esos terribles años.
Como suele ser habitual en estos casos de personajes sin gran relevancia pública o profesional, el testimonio de Barthas permaneció metido en un cajón, prácticamente inédito, hasta que en 1978 el editor François Maspero, al que algunos amigos de la familia habían hecho llegar el manuscrito, decidió que merecía la pena su publicación. Su éxito fue inmediato y su impacto, más que notable. No puede decirse propiamente que se trate de una obra insólita porque disponemos de otros testimonios semejantes desde la perspectiva de uno y otro bando, pero el libro de Barthas destaca por su amplitud, precisión y minuciosidad. No se le puede pedir desde luego la calidad literaria de –pongamos por caso- un Jünger, cuyo Diario de guerra reseñamos en estas mismas páginas no hace mucho, pero el texto constituye un fresco impresionante de la penosa vida del combatiente, entre inmundicias, lodo, frío, hambre, sed, dolores y todo tipo de angustias y padecimientos, amén naturalmente de la muerte a mansalva que es la cotidianeidad del soldado.
A partir de lo consignado puede entenderse perfectamente que Barthas no sea neutral ni frío en su relato. Todo lo contrario. Su texto está imbuido de un profundo espíritu antimilitarista. Su oposición a la guerra –“la maldita guerra”- tiene un carácter absoluto. Pero no se trata de un rechazo genérico o abstracto, sino sustentado en su experiencia concreta de soldado que ve como se deciden unas ofensivas tan sangrientas como estériles, hasta el punto de que el escenario bélico se convierte simplemente en un inmenso matadero. A tono con ello, la obediencia de los soldados se sustenta no tanto en el respeto a sus superiores como en el terror inmisericorde que estos despliegan para que se cumplan las órdenes, por muy absurdas que sean.
El último cuaderno (el que hace el número diecinueve), significativamente titulado “el final de la pesadilla”, consigna el ansiado momento de la liberación: el 14 de febrero de 1919, “un sargento chupatintas” le extiende una hoja y le dice “queda usted libre”. La página final relata la emoción del hombre que ha estado tentando a la muerte durante más de cuatro años y vuelve a sentir los placeres menudos de la vida: “tras años de pesadillas, disfruto la felicidad de vivir (…) y siento una tierna alegría” con las cosas cotidianas. Simplemente… “sentarme en mi casa, a la mesa; echarme en mi cama para acechar el sueño (…); oír cómo la inofensiva lluvia golpea contra las baldosas; contemplar una noche estrellada, serena, silenciosa”…
El Cultural, 23-5-2014, p. 20.
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/34723/Cuadernos_de_guerra_(1914%C2%961918)
Louis Barthas era un tonelero francés nacido en Homps, departamento de Aude, en la región de Languedoc-Rosellón. Tenía treinta y cinco años cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Fui movilizado, primero como parte del ejército de reserva y luego, cuando se produjeron las primeras bajas masivas, en la primera línea de combate. A comienzos de noviembre de 1914 ya estaba participando en la terrible guerra de trincheras y en otras encarnizadas operaciones bélicas. Pasó en esa situación tres años y medio, hasta abril de 1918, fecha en la que fue destinado a la retaguardia. Durante ese período tuvo ocasión de vivir, la mayor parte del tiempo como cabo, los combates más feroces de la Gran Guerra, como las batallas de Verdún y el Somme.
Hasta donde se ha dicho la experiencia de Barthas no fue muy distinta a la de cientos de miles de compatriotas, o incluso millones de europeos de su generación (y otras generaciones más jóvenes incluso), que vivieron, sufrieron y en muchísimos casos murieron en la más cruenta contienda que había conocido hasta entonces el Viejo Continente. Lo que tiene de especial el caso de Barthas es que durante todo el tiempo que estuvo en el frente consignó meticulosamente sus experiencias en unos cuadernos escolares que, luego, terminada la guerra, pasó a limpio con el mismo esmero. El resultado de todo ello son diecinueve cuadernos (nada menos que 1732 páginas manuscritas) que dan cuenta de las vicisitudes del soldado de a pie durante esos terribles años.
Como suele ser habitual en estos casos de personajes sin gran relevancia pública o profesional, el testimonio de Barthas permaneció metido en un cajón, prácticamente inédito, hasta que en 1978 el editor François Maspero, al que algunos amigos de la familia habían hecho llegar el manuscrito, decidió que merecía la pena su publicación. Su éxito fue inmediato y su impacto, más que notable. No puede decirse propiamente que se trate de una obra insólita porque disponemos de otros testimonios semejantes desde la perspectiva de uno y otro bando, pero el libro de Barthas destaca por su amplitud, precisión y minuciosidad. No se le puede pedir desde luego la calidad literaria de –pongamos por caso- un Jünger, cuyo Diario de guerra reseñamos en estas mismas páginas no hace mucho, pero el texto constituye un fresco impresionante de la penosa vida del combatiente, entre inmundicias, lodo, frío, hambre, sed, dolores y todo tipo de angustias y padecimientos, amén naturalmente de la muerte a mansalva que es la cotidianeidad del soldado.
A partir de lo consignado puede entenderse perfectamente que Barthas no sea neutral ni frío en su relato. Todo lo contrario. Su texto está imbuido de un profundo espíritu antimilitarista. Su oposición a la guerra –“la maldita guerra”- tiene un carácter absoluto. Pero no se trata de un rechazo genérico o abstracto, sino sustentado en su experiencia concreta de soldado que ve como se deciden unas ofensivas tan sangrientas como estériles, hasta el punto de que el escenario bélico se convierte simplemente en un inmenso matadero. A tono con ello, la obediencia de los soldados se sustenta no tanto en el respeto a sus superiores como en el terror inmisericorde que estos despliegan para que se cumplan las órdenes, por muy absurdas que sean.
El último cuaderno (el que hace el número diecinueve), significativamente titulado “el final de la pesadilla”, consigna el ansiado momento de la liberación: el 14 de febrero de 1919, “un sargento chupatintas” le extiende una hoja y le dice “queda usted libre”. La página final relata la emoción del hombre que ha estado tentando a la muerte durante más de cuatro años y vuelve a sentir los placeres menudos de la vida: “tras años de pesadillas, disfruto la felicidad de vivir (…) y siento una tierna alegría” con las cosas cotidianas. Simplemente… “sentarme en mi casa, a la mesa; echarme en mi cama para acechar el sueño (…); oír cómo la inofensiva lluvia golpea contra las baldosas; contemplar una noche estrellada, serena, silenciosa”…
miércoles, 14 de mayo de 2014
¡Viva la muerte! Lo macabro en la historia de España
RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO
Tempora Magazine. http://www.temporamagazine.com/viva-la-muerte-lo-macabro-en-la-historia-de-espana/
El tema de la muerte para un historiador –aquí y ahora- presenta tres grandes dificultades de características claramente diferenciadas. En primer lugar, por ir a lo más obvio, la relativa renuencia que la cuestión en sí genera en muchas personas, mero trasunto de la disposición dominante en la sociedad actual. Con razón se ha acuñado la expresión de “pornografía de la muerte” (Geoffrey Görer, The Pornography of Death), trazando así un revelador paralelismo entre ella y el sexo o, para ser más precisos, contraponiendo la distinta suerte que han corrido una y el otro en el ámbito público: mientras que las relaciones sexuales han salido de las catacumbas al ágora, el asunto de la muerte ha sufrido un proceso opuesto, pasando de ocupar un lugar preeminente en la reflexión humana y en la vida cotidiana a un rincón velado y hasta vergonzante, encomendada a unos fríos especialistas y recluida en recintos cada vez más asépticos. Por decirlo con claridad meridiana, mientras que el hombre de hace pocos siglos convivía de modo natural con la muerte, la sociedad actual la desplaza a los márgenes y, hasta donde es posible, la ignora.
En segundo término, la muerte es un tema complicado para el estudioso porque contiene tantos elementos y presenta tantas derivaciones que resulta tentador acudir a la gastada pero eficaz imagen del agua escurriéndose entre los dedos. Para no irme por las ramas, me ceñiré a un dictamen apuntalado por la experiencia y el prestigio. Quiero referirme, nada menos, que a uno de los grandes sabios en esta materia, el eminente historiador francés Philippe Ariès. En el prefacio de su magistral y ya clásica Historia de la muerte en Occidente, significativamente subtitulado “Historia de un libro que no se acaba nunca”, subraya el profesor Ariès las dificultades de su investigación (la “inmensidad de la tarea”), derivadas en gran medida de “la naturaleza metafísica de la muerte” y sus grandes líneas de fuga. En otras palabras, el estudio de la consideración de la muerte en la historia se abre al examen de las prácticas funerarias, los tipos de enterramientos, las características de los cementerios, las actitudes pías, las creencias religiosas, las ceremonias, la reutilización de las fosas, las cofradías, los testamentos y así un sinfín de factores o elementos que, paradójicamente, plantean, por decirlo con sus propias palabras, más cuestiones de las que resuelven y remiten a las más diversas fuentes, “literarias, arqueológicas, litúrgicas”.
En tercer lugar –y créanme que estoy tratando de ser sintético- pese a todo lo señalado, o como diría un malintencionado, precisamente por ello, estamos ante un campo no diré que sustancialmente desconocido (porque eso sería una exageración), pero sí con lagunas inmensas o con grandes zonas oscuras. Este punto requiere un cierto detenimiento. ¿Qué me dice usted?, pensarán muchos, ¿y qué hay de los Tenenti, Vovelle, Chaunu, el propio Ariès, por recordar ahora tan solo los nombres señeros? ¿Y en nuestro propio país? Aunque aquí no hayamos tenido un equivalente a los Annales, no han faltado contribuciones valiosas en parcelas específicas. En efecto, me apresuro a reconocer. Y no solo eso, sino que es de justicia resaltar algunas de ellas.
Así, en la década final del siglo pasado se publicaron libros tan interesantes como los de Javier Varela (La muerte del rey. El ceremonial funerario de la monarquía española, 1500-1885), F. Martínez Gil (Muerte y sociedad en la España de los Austrias) y M. García Fernández (Los castellanos y la muerte. Religiosidad y comportamientos colectivos en el Antiguo Régimen). Más recientemente, es decir, en los primeros años de nuestro siglo, se han multiplicado las contribuciones, con especial incidencia en la Edad Media (J. Aurell y J. Pavón: Ante la muerte. Actitudes, espacios y formas en la España medieval; J. Pavón Benito: Morir en la Edad Media. La muerte en la Navarra medieval); en el Barroco (J. C. Bermejo de la Cruz: Actitudes ante la muerte en el Ávila del siglo XVII; R. Novero Plaza: Mundo y trasmundo de la muerte. Los ámbitos y recintos funerarios del Barroco español) y, en menor medida, la época contemporánea (J. Casquete y R. Cruz, eds.: Políticas de la muerte. Usos y abusos del ritual fúnebre en la Europa del siglo XX). Y eso citando solo, como quien dice, a vuelapluma. ¿Entonces? ¿No desmiente ese aparente interés en el tema lo dicho hasta ahora?
Seré rotundo: no. En absoluto. Y diré más, aunque reconozco que entro así en una estimación que puede tildarse de parcial o subjetiva. Me atrevo a señalar que podría hasta cierto punto contraponerse el interés por la muerte en el arte (y en especial la pintura) y en otras vertientes del conocimiento (la antropología, la medicina, la psicología clínica, la filosofía, los mismos estudios religiosos y teológicos, hasta la propia literatura y los análisis literarios) con el relativo abandono que ha mostrado hacia ella la historiografía. Por lo menos, si me apuran, la historiografía académica, la tradicional, la más establecida. Evidentemente que hay, pese a ello, algunas obras notables que iluminan determinadas parcelas del asunto –como acabamos de reconocer-, pero no dejan de ser como fogonazos dispersos en un mar de oscuridad.
De la muerte a lo macabro
Llegados a este punto no tengo más remedio que acudir a la experiencia personal. Cuando me planteé hacer una obra de conjunto –podría decirse que algo así como un ensayo interpretativo- sobre la consideración de la muerte en la España contemporánea, el reto se convirtió al mismo tiempo en una limitación insalvable, porque uno y otra –el reto y la limitación- resultaron ser al cabo la misma cosa. Me explico: lo que para mí era el mayor atractivo del tema –el hecho de que fuera un territorio no virgen pero sí poco explorado- constituía inevitablemente un obstáculo descomunal para mis planes, porque pronto constaté que carecía de los necesarios estudios específicos que funcionaran como basamento de mi pretendida construcción. No se puede hacer una obra de síntesis cuando faltan en la medida adecuada los análisis sectoriales y las investigaciones concretas. Hablar de la muerte -en general- en esas condiciones podía trocarse fácilmente en algo tan vacuo como hablar de la vida, sin más: puras elucubraciones, disquisiciones en el vacío o, para decirlo con una expresión popular, poco más que palos de ciego.
De este modo, tras aproximadamente un año de tanteos y de concienzudo examen bibliográfico, fue perfilándose –como se perfilan estas cosas, entre el azar y la necesidad- una dimensión de la muerte que parecía especialmente propicia para mis propósitos, por resultar relativamente abarcable y por gozar de una relevancia incuestionable en nuestra historia: me refiero a la dimensión de lo macabro. Aun así, el objeto de estudio seguía presentando caracteres de excesiva amplitud. Poco a poco se fue perfilando una perspectiva aún más concreta, la utilización de lo macabro en la historia hispana como arma de control político al tiempo que ingrediente fundamental de nuestra cultura y de nuestra concepción del mundo. Por formularlo de un modo claro y expresivo, el objetivo final era el estudio de la “política y cultura de lo macabro”. El punto de partida, al ser un estudio de historia contemporánea, y muy señaladamente circunscrito al siglo XX, no podía ser otro que el grito necrófilo por excelencia (“¡Viva la muerte!”) y el acontecimiento que serviría de pórtico tampoco podía ser congruentemente otro que el famoso incidente de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936 protagonizado por el general Millán Astray y el rector de la misma, don Miguel de Unamuno.
A partir de ese punto puede decirse que, aunque no exactamente todo viniera dado, sí al menos resultaba más diáfano: el fundador de la Legión y el catedrático salmantino representaban, cada cual a su manera, dos modos de entender la muerte y lo macabro que iban a tener una larga estela a lo largo de la centuria. Por esquematizar –e, inevitablemente, simplificar- puede decirse que una de esas líneas es la glorificación de la muerte violenta en el combate, propia sobre todo de las ideologías fascistas, mientras que la otra es la incorporación de lo macabro en la visión del mundo, una característica que acompaña y acentúa el sesgo pesimista de la intelectualidad española, sobre todo a partir del 98. Aquí, sin embargo, aparecía un problema imprevisto, y no precisamente menor. Al examinar, por ejemplo, la producción filosófica de Unamuno, la dramática de Valle-Inclán o la pictórica de Gutiérrez Solana, saltaba a la vista que todos ellos se nutrían de una tradición que a todas luces tenía que explicitarse, porque la vertiente de genios o creadores de cada uno de ellos era también indisociable de la recreación –cada cual a su modo- de una determinada herencia cultural que venía de muchos siglos atrás.
Volviendo una vez más a Ariès, me acordé en esta encrucijada de una de las recomendaciones del maestro, la de abrirse al “tiempo largo” –varios siglos-, porque según él mismo experimentó, los posibles inconvenientes de esa perspectiva quedan sobradamente compensados con una comprensión más cabal de los procesos y las mentalidades. Aquí vino en mi auxilio Elena Núñez, que se encargó de una parte de la obra para la que yo no me consideraba convenientemente preparado: la relativa al Medievo, Barroco y Romanticismo.
No se trataba de hacer una historia lineal sino de efectuar tres calas en el pasado, en momentos simbólicos y en movimientos representativos, para entender mejor -como antes decía- la elaboración que se va a hacer en el siglo XX de unos temas necrófilos que habían marcado profundamente nuestra manera de ser y estar en el mundo: por acudir nuevamente a la mayor brevedad expositiva, las danzas de la muerte medievales, la vanitas barroca y la exacerbación sentimental romántica. Por eso la obra que nos propusimos no obedece una línea cronológica convencional sino que se inicia en el siglo XX y deambula por él hasta que se impone una mirada a un tiempo anterior, a esos tres momentos de la historia, para luego volver, ya con ese arsenal, a un análisis de la guerra civil y de nuestra historia más reciente desde una óptica que creemos convenientemente enriquecida.
Lo macabro en España: ¿hay una especificidad española?
A estas alturas, ustedes se habrán preguntado ya por lo que hay de macabro en la historia hispana. ¿Se distingue España por su propensión macabra, es decir, hay una cierta especificidad española en este sentido? Adelantamos ya nuestra conclusión y la expresamos sin ambages: decididamente no. Otros países, otras sociedades, otras culturas nos han superado y nos superan en ese ámbito. Aunque hay algunas constantes culturales a lo largo de los siglos, sería arriesgado proclamar que estas constituyen un entramado definido y claramente reconocible.
Rechazamos por tanto de modo terminante cualquier esencialismo, porque la metafísica poco o nada tiene que ver con la historia concreta. Ahora bien, del mismo modo tenemos que apresurarnos a fijar nuestra posición contraria al estereotipo opuesto: esa determinada tendencia de la marca España que insiste en un vitalismo unívoco como componente típico del carácter español; o ese tópico que aún perdura –y que incluso se ha potenciado en algunos aspectos- acerca de que este es solo el país del sol, de la alegría, la pasión, la juerga y las ganas de vivir. En definitiva, no suscribimos esa imagen excluyente de una España absolutamente contrapuesta a la muerte que se empeña en presentar una determinada propaganda.
O, mejor dicho, la admitimos solo como una de las diversas caras del país y de sus gentes. Para subrayar seguidamente que, junto a esa faceta, la historia y la cultura española se han distinguido también por todo lo contrario: por enfatizar los aspectos más negros de la existencia (este mundo, “valle de lágrimas”) y hasta solazarse en ellos; por una sostenida pulsión cainita que no solo se ha manifestado en las guerras civiles, sino en la persecución implacable del enemigo interior (los “malos españoles”); y por una fijación morbosa hacia el dolor, la crueldad, el tormento o la represión inmisericorde. Es verdad que en ninguno de estos aspectos España y la historia española son distintas de otras muchas naciones, probablemente la mayoría. Pero conviene no olvidar que, con más o menos razones, este país, el nuestro, sigue siendo identificado por millones de extranjeros como el país de las mazmorras de la Inquisición y de los Autos de fe; la potencia imperial dirigida por la mano de hierro de Felipe II y la saña ejecutora del Duque de Alba; y aún se sigue diciendo que los españoles no conciben la diversión y la fiesta sin derramar sangre, como se hace en la llamada “fiesta nacional”.
Como todo el mundo sabe, la concepción católica de la vida y la muerte ha marcado profunda e indeleblemente el devenir hispano. Aunque España no destacó en especial en las representaciones propiamente macabras –si entendemos por tales, aplicando el sentido etimológico, las danzas de la muerte y sus distintas variantes-, sí que siguió la tendencia general de la cristiandad en el sentido de popularizar las figuras de santos y mártires, que eran comúnmente representados en el momento culminante de sufrir todo tipo de crueldades en aras de la fe. Luego, la pintura del Siglo de Oro llevó ese encarnizamiento –la carne doliente hasta el paroxismo- a su expresión más depurada y conmovedora, hasta el punto de que ese sería uno de los rasgos del arte español que más llamaría la atención posterior de la mirada foránea.
Por otro lado, el espíritu contrarreformista y la sensibilidad barroca, de consuno, crearían el caldo de cultivo para que se potenciara una concepción tenebrista de la existencia. En el caso español a todo ello vino a sumarse el conjunto de reveses políticos y militares que marcaron el siglo XVII (el famoso asunto de la “decadencia”, cuestión objeto de controversia aún hoy), generando un peculiar estado de ánimo que llevó a preferir el sueño sobre la realidad (de Cervantes a Quevedo), a despreciar la vida mundana (de Zurbarán a Mañara), a plasmar los aspectos más deleznables de la materia (bodegones) o, en último término, a regodearse en la putrefacción de la carne (Valdés Leal).
Ese espíritu y ese ambiente se mantendrían a lo largo de todo el Antiguo Régimen. De ellos bebe otro genio, Francisco de Goya, que, a finales del siglo ilustrado (que en nuestro país fue bastante menos ilustrado de lo que suele decirse), halla en lo macabro la expresión última de un país que ha perdido la razón, sueña monstruos, devora a sus hijos, dirime sus diferencias a garrotazos y está poblado de seres espectrales (brujas, locos, sádicos, aquelarres diversos). Quizás por todo ello el romanticismo español se nos muestra marcadamente apesadumbrado, carece del espíritu positivo de un Goethe, del desgarro aventurero de un Byron, del impuso vital de un Víctor Hugo. El romanticismo español, ramplón y alicorto, piensa en el mejor de los casos en muertos y fantasmas (Espronceda, Bécquer), mientras que la mayoría de los autores pone buen cuidado en respetar convenciones y creencias arraigadas (el Tenorio de Zorrilla como paradigma).
España, un país triste, dice poco después Azorín, una nación que vive en la oscuridad (real y figurada) y solo quiere pensar en la muerte. El 98 añade, en efecto, un color aún más oscuro al cristal con el que artistas, literatos, políticos e intelectuales en general miran la realidad presente, pasada y futura de un país de eunucos (Joaquín Costa), sin pulso (Silvela), miserable (Zuloaga) o embrutecido (Baroja). Obsérvese que en todos los casos las caracterizaciones conducen más a la muerte que a la vida. La muerte por consunción, podría decirse, pero eso sería en el mejor de los casos.
Lo macabro y la guerra civil
Al mezclarse con la brutalidad, la pulsión necrófila desemboca en el escenario macabro. La muerte es el gran tema lorquiano, pero es una muerte indisociable de la represión, la violencia, la crueldad. Lo contrario, desde luego, de una muerte apacible. El mismo Lorca va a tener ocasión de comprobarlo en sus propias carnes. Denuncias anónimas, arrestos masivos, sacas, paseos, ley de fugas, fusilamientos al amanecer… No hay que olvidar la otra línea necrófila de la que hablamos antes, la de los vivas a la muerte y los mueras a la inteligencia. Al final, el fanatismo parece ser contagioso. A uno y otro lado del espectro político, constituidos en bandos irreconciliables, cientos de miles de españoles están empeñados en “limpiar” el país a base de liquidar a sus compatriotas. ¿Qué digo liquidar? Eso es un término demasiado aséptico para describir una realidad salvaje, sucia y mezquina. Una vez más, lo macabro se enseñorea del país. Ahora ya no es una metáfora, sino una sanguinaria realidad.
Cualquier guerra es un escenario apropiado para que se desplieguen los elementos macabros, pero indudablemente una guerra civil presenta siempre en este aspecto un plus mórbido y truculento, derivado del hecho de que el enemigo no es alguien ignoto, sino un vecino o hasta un familiar. La cercanía, paradójicamente, exacerba el odio, hasta el punto de que se desencadena una multitudinaria orgía de sangre. Matar no es suficiente, sabe a poco, no colma la sed de odio. En este escenario toman carta de naturaleza las sevicias, las torturas, el sadismo. Siguiendo el símil de la “limpieza”, no basta con cortar las malas hierbas: lo que se quiere es arrancar las raíces. Por eso se persigue al “otro” hasta más allá de él mismo, de manera que su descendencia o parentela sufren las mismas consecuencias. Dicho en plata, se asesina también a los hijos y familiares de aquel a quien se persigue. En ese delirio macabro la razón queda desplazada por el simple impulso visceral. Así, por ejemplo, no es raro que, después de derrotarle, se trate de humillar al vencido, a veces incluso del modo más delirante, hasta más allá de la muerte: de ahí la profanación de tumbas y, en su suprema expresión escatológica, la vejación suprema, el conocido insulto llevado a la realidad: ¡me cago en tus muertos!
No tiene nada de extraño que un acontecimiento como la guerra civil de 1936-39, más la posterior represión franquista –sobre todo en sus primeros lustros, los llamados “años de plomo”- condicione toda la historia española del siglo XX y tiña nuestra reciente trayectoria histórica de rojo y negro, es decir, de tanta sangre derramada y tantas fosas improvisadas a lo largo de los caminos. Y que todo ello afecte a la consideración de nosotros mismos y a nuestras perspectivas de futuro. Los años de posguerra quedan marcados por la conciencia de fracaso colectivo. Lo mejor de nuestras letras, en el exilio interior o exterior, expresan esa realidad de forma descarnada. Cela o Delibes, por poner ejemplos incontestables, se nos presentan obsesionados por la muerte. El tremendismo recoge la herencia de los Solana y Valle-Inclán –en el fondo, la España negra, una vez más- y la eleva a la máxima expresión. Mientras tanto, el régimen franquista -la España oficial- se empeña en conmemorar la muerte a su manera. Primero, en forma de homenaje a los caídos en cada rincón de la geografía española; segundo, como continuación de ese culto, mitificando al caído por antonomasia, José Antonio (cuyos restos son enterrados solemnemente en dos momentos distintos y en dos distintos lugares); por último, construyendo un mausoleo megalómano, el llamado Valle de los Caídos en Cuelgamuros, en la sierra de Guadarrama.
Las memorias de los que vivieron la guerra o sufrieron la atroz represión subsiguiente completan el panorama. Las experiencias son obviamente disímiles pero casi todas ellas dibujan un entramado de miseria física y moral. “Yo fui feliz en la guerra”, proclamaría provocativamente Chumy Chúmez. No hay que dejarse engañar por las apariencias: el mejor humor español se tiñe de negrura. Tenía también una ilustre tradición de referencia: la literatura picaresca. Hasta llega a ser en algunas ocasiones humor macabro, como si el español dictaminara que, ya que no puede vencer a la muerte, solo cabe la opción de burlarse de ella. Ese desaliento –en el fondo, conciencia de fracaso, término que se pone de moda en los análisis intelectuales- se mantiene hasta la muerte de Franco. Con los primeros pasos del nuevo régimen y la incorporación a la Europa democrática se produce por primera vez en mucho tiempo un cambio de óptica. Ello implica, por lo que a nosotros nos atañe, que lo macabro perderá protagonismo, tanto en su presencia objetiva como en el debate público. Una situación que se mantendrá hasta que los nietos de quienes hicieron la transición pidan cuentas por los pactos suscritos en su momento y reclamen una nueva rendición de cuentas por el pasado: la apertura de las fosas de la guerra civil en nombre de la memoria histórica. Los muertos vuelven así al primer plano de la actualidad y la controversia política.
Este rápido recorrido por nuestro pasado pone de relieve de modo incuestionable el poderoso papel que ha desempeñado lo macabro en nuestra trayectoria histórica a lo largo de varios siglos. Tanto en el arte como en la literatura, en la religión y el ensayo, en el humor y en la vida cotidiana, en la praxis política y en los referentes culturales en sentido amplio, la muerte, lejos de aparecer como el fin de la vida y ser por tanto aceptada con naturalidad, se ha presentado revestida de los más negros ropajes, poseedora de las más taimadas artes, brutal, feroz, inhumana. Como corolario de esas premisas, el mensaje reiterado –casi siempre más explícito que implícito- era congruentemente el del terror a la muerte, porque la muerte rara vez era apacible o confortaba al ser humano. Muerte violenta, muerte inesperada, muerte atroz, muerte en la flor de la edad, muerte a mansalva, muerte con insoportables sufrimientos, muerte en pecado, muerte lenta, muerte repulsiva…, todas las modalidades de una muerte torva se dan cita para configurar lo macabro. Como el hombre es un animal paradójico aun así o, mejor dicho, precisamente por ello, se recrea en el grito necrófilo: “¡Viva la muerte!”.
Algunas referencias bibliográficas
Ariès, Philippe: El hombre ante la muerte, Taurus, Madrid, 1992.
Ariès, Philippe: Historia de la muerte en Occidente: desde la Edad Media hasta nuestros días, El Acantilado, Barcelona, 2000.
Ges, Carlos: La Hermana muerte: florilegio de macabrerías a través del humorismo español, Sociedad Castellonense de Cultura, Castellón de la Plana 1953.
Núñez Florencio, Rafael y Núñez González, Elena: ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro, Marcial Pons, Madrid, 2014.
Redondo, Augustin, ed. de: La peur de la mort en Espagne au siècle d'Or. Littérature et iconographie, Publications de la Sorbonne-Presses de la Sorbonne Nouvelle, París, 1993.
Tempora Magazine. http://www.temporamagazine.com/viva-la-muerte-lo-macabro-en-la-historia-de-espana/
El tema de la muerte para un historiador –aquí y ahora- presenta tres grandes dificultades de características claramente diferenciadas. En primer lugar, por ir a lo más obvio, la relativa renuencia que la cuestión en sí genera en muchas personas, mero trasunto de la disposición dominante en la sociedad actual. Con razón se ha acuñado la expresión de “pornografía de la muerte” (Geoffrey Görer, The Pornography of Death), trazando así un revelador paralelismo entre ella y el sexo o, para ser más precisos, contraponiendo la distinta suerte que han corrido una y el otro en el ámbito público: mientras que las relaciones sexuales han salido de las catacumbas al ágora, el asunto de la muerte ha sufrido un proceso opuesto, pasando de ocupar un lugar preeminente en la reflexión humana y en la vida cotidiana a un rincón velado y hasta vergonzante, encomendada a unos fríos especialistas y recluida en recintos cada vez más asépticos. Por decirlo con claridad meridiana, mientras que el hombre de hace pocos siglos convivía de modo natural con la muerte, la sociedad actual la desplaza a los márgenes y, hasta donde es posible, la ignora.
En segundo término, la muerte es un tema complicado para el estudioso porque contiene tantos elementos y presenta tantas derivaciones que resulta tentador acudir a la gastada pero eficaz imagen del agua escurriéndose entre los dedos. Para no irme por las ramas, me ceñiré a un dictamen apuntalado por la experiencia y el prestigio. Quiero referirme, nada menos, que a uno de los grandes sabios en esta materia, el eminente historiador francés Philippe Ariès. En el prefacio de su magistral y ya clásica Historia de la muerte en Occidente, significativamente subtitulado “Historia de un libro que no se acaba nunca”, subraya el profesor Ariès las dificultades de su investigación (la “inmensidad de la tarea”), derivadas en gran medida de “la naturaleza metafísica de la muerte” y sus grandes líneas de fuga. En otras palabras, el estudio de la consideración de la muerte en la historia se abre al examen de las prácticas funerarias, los tipos de enterramientos, las características de los cementerios, las actitudes pías, las creencias religiosas, las ceremonias, la reutilización de las fosas, las cofradías, los testamentos y así un sinfín de factores o elementos que, paradójicamente, plantean, por decirlo con sus propias palabras, más cuestiones de las que resuelven y remiten a las más diversas fuentes, “literarias, arqueológicas, litúrgicas”.
En tercer lugar –y créanme que estoy tratando de ser sintético- pese a todo lo señalado, o como diría un malintencionado, precisamente por ello, estamos ante un campo no diré que sustancialmente desconocido (porque eso sería una exageración), pero sí con lagunas inmensas o con grandes zonas oscuras. Este punto requiere un cierto detenimiento. ¿Qué me dice usted?, pensarán muchos, ¿y qué hay de los Tenenti, Vovelle, Chaunu, el propio Ariès, por recordar ahora tan solo los nombres señeros? ¿Y en nuestro propio país? Aunque aquí no hayamos tenido un equivalente a los Annales, no han faltado contribuciones valiosas en parcelas específicas. En efecto, me apresuro a reconocer. Y no solo eso, sino que es de justicia resaltar algunas de ellas.
Así, en la década final del siglo pasado se publicaron libros tan interesantes como los de Javier Varela (La muerte del rey. El ceremonial funerario de la monarquía española, 1500-1885), F. Martínez Gil (Muerte y sociedad en la España de los Austrias) y M. García Fernández (Los castellanos y la muerte. Religiosidad y comportamientos colectivos en el Antiguo Régimen). Más recientemente, es decir, en los primeros años de nuestro siglo, se han multiplicado las contribuciones, con especial incidencia en la Edad Media (J. Aurell y J. Pavón: Ante la muerte. Actitudes, espacios y formas en la España medieval; J. Pavón Benito: Morir en la Edad Media. La muerte en la Navarra medieval); en el Barroco (J. C. Bermejo de la Cruz: Actitudes ante la muerte en el Ávila del siglo XVII; R. Novero Plaza: Mundo y trasmundo de la muerte. Los ámbitos y recintos funerarios del Barroco español) y, en menor medida, la época contemporánea (J. Casquete y R. Cruz, eds.: Políticas de la muerte. Usos y abusos del ritual fúnebre en la Europa del siglo XX). Y eso citando solo, como quien dice, a vuelapluma. ¿Entonces? ¿No desmiente ese aparente interés en el tema lo dicho hasta ahora?
Seré rotundo: no. En absoluto. Y diré más, aunque reconozco que entro así en una estimación que puede tildarse de parcial o subjetiva. Me atrevo a señalar que podría hasta cierto punto contraponerse el interés por la muerte en el arte (y en especial la pintura) y en otras vertientes del conocimiento (la antropología, la medicina, la psicología clínica, la filosofía, los mismos estudios religiosos y teológicos, hasta la propia literatura y los análisis literarios) con el relativo abandono que ha mostrado hacia ella la historiografía. Por lo menos, si me apuran, la historiografía académica, la tradicional, la más establecida. Evidentemente que hay, pese a ello, algunas obras notables que iluminan determinadas parcelas del asunto –como acabamos de reconocer-, pero no dejan de ser como fogonazos dispersos en un mar de oscuridad.
De la muerte a lo macabro
Llegados a este punto no tengo más remedio que acudir a la experiencia personal. Cuando me planteé hacer una obra de conjunto –podría decirse que algo así como un ensayo interpretativo- sobre la consideración de la muerte en la España contemporánea, el reto se convirtió al mismo tiempo en una limitación insalvable, porque uno y otra –el reto y la limitación- resultaron ser al cabo la misma cosa. Me explico: lo que para mí era el mayor atractivo del tema –el hecho de que fuera un territorio no virgen pero sí poco explorado- constituía inevitablemente un obstáculo descomunal para mis planes, porque pronto constaté que carecía de los necesarios estudios específicos que funcionaran como basamento de mi pretendida construcción. No se puede hacer una obra de síntesis cuando faltan en la medida adecuada los análisis sectoriales y las investigaciones concretas. Hablar de la muerte -en general- en esas condiciones podía trocarse fácilmente en algo tan vacuo como hablar de la vida, sin más: puras elucubraciones, disquisiciones en el vacío o, para decirlo con una expresión popular, poco más que palos de ciego.
De este modo, tras aproximadamente un año de tanteos y de concienzudo examen bibliográfico, fue perfilándose –como se perfilan estas cosas, entre el azar y la necesidad- una dimensión de la muerte que parecía especialmente propicia para mis propósitos, por resultar relativamente abarcable y por gozar de una relevancia incuestionable en nuestra historia: me refiero a la dimensión de lo macabro. Aun así, el objeto de estudio seguía presentando caracteres de excesiva amplitud. Poco a poco se fue perfilando una perspectiva aún más concreta, la utilización de lo macabro en la historia hispana como arma de control político al tiempo que ingrediente fundamental de nuestra cultura y de nuestra concepción del mundo. Por formularlo de un modo claro y expresivo, el objetivo final era el estudio de la “política y cultura de lo macabro”. El punto de partida, al ser un estudio de historia contemporánea, y muy señaladamente circunscrito al siglo XX, no podía ser otro que el grito necrófilo por excelencia (“¡Viva la muerte!”) y el acontecimiento que serviría de pórtico tampoco podía ser congruentemente otro que el famoso incidente de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936 protagonizado por el general Millán Astray y el rector de la misma, don Miguel de Unamuno.
A partir de ese punto puede decirse que, aunque no exactamente todo viniera dado, sí al menos resultaba más diáfano: el fundador de la Legión y el catedrático salmantino representaban, cada cual a su manera, dos modos de entender la muerte y lo macabro que iban a tener una larga estela a lo largo de la centuria. Por esquematizar –e, inevitablemente, simplificar- puede decirse que una de esas líneas es la glorificación de la muerte violenta en el combate, propia sobre todo de las ideologías fascistas, mientras que la otra es la incorporación de lo macabro en la visión del mundo, una característica que acompaña y acentúa el sesgo pesimista de la intelectualidad española, sobre todo a partir del 98. Aquí, sin embargo, aparecía un problema imprevisto, y no precisamente menor. Al examinar, por ejemplo, la producción filosófica de Unamuno, la dramática de Valle-Inclán o la pictórica de Gutiérrez Solana, saltaba a la vista que todos ellos se nutrían de una tradición que a todas luces tenía que explicitarse, porque la vertiente de genios o creadores de cada uno de ellos era también indisociable de la recreación –cada cual a su modo- de una determinada herencia cultural que venía de muchos siglos atrás.
Volviendo una vez más a Ariès, me acordé en esta encrucijada de una de las recomendaciones del maestro, la de abrirse al “tiempo largo” –varios siglos-, porque según él mismo experimentó, los posibles inconvenientes de esa perspectiva quedan sobradamente compensados con una comprensión más cabal de los procesos y las mentalidades. Aquí vino en mi auxilio Elena Núñez, que se encargó de una parte de la obra para la que yo no me consideraba convenientemente preparado: la relativa al Medievo, Barroco y Romanticismo.
No se trataba de hacer una historia lineal sino de efectuar tres calas en el pasado, en momentos simbólicos y en movimientos representativos, para entender mejor -como antes decía- la elaboración que se va a hacer en el siglo XX de unos temas necrófilos que habían marcado profundamente nuestra manera de ser y estar en el mundo: por acudir nuevamente a la mayor brevedad expositiva, las danzas de la muerte medievales, la vanitas barroca y la exacerbación sentimental romántica. Por eso la obra que nos propusimos no obedece una línea cronológica convencional sino que se inicia en el siglo XX y deambula por él hasta que se impone una mirada a un tiempo anterior, a esos tres momentos de la historia, para luego volver, ya con ese arsenal, a un análisis de la guerra civil y de nuestra historia más reciente desde una óptica que creemos convenientemente enriquecida.
Lo macabro en España: ¿hay una especificidad española?
A estas alturas, ustedes se habrán preguntado ya por lo que hay de macabro en la historia hispana. ¿Se distingue España por su propensión macabra, es decir, hay una cierta especificidad española en este sentido? Adelantamos ya nuestra conclusión y la expresamos sin ambages: decididamente no. Otros países, otras sociedades, otras culturas nos han superado y nos superan en ese ámbito. Aunque hay algunas constantes culturales a lo largo de los siglos, sería arriesgado proclamar que estas constituyen un entramado definido y claramente reconocible.
Rechazamos por tanto de modo terminante cualquier esencialismo, porque la metafísica poco o nada tiene que ver con la historia concreta. Ahora bien, del mismo modo tenemos que apresurarnos a fijar nuestra posición contraria al estereotipo opuesto: esa determinada tendencia de la marca España que insiste en un vitalismo unívoco como componente típico del carácter español; o ese tópico que aún perdura –y que incluso se ha potenciado en algunos aspectos- acerca de que este es solo el país del sol, de la alegría, la pasión, la juerga y las ganas de vivir. En definitiva, no suscribimos esa imagen excluyente de una España absolutamente contrapuesta a la muerte que se empeña en presentar una determinada propaganda.
O, mejor dicho, la admitimos solo como una de las diversas caras del país y de sus gentes. Para subrayar seguidamente que, junto a esa faceta, la historia y la cultura española se han distinguido también por todo lo contrario: por enfatizar los aspectos más negros de la existencia (este mundo, “valle de lágrimas”) y hasta solazarse en ellos; por una sostenida pulsión cainita que no solo se ha manifestado en las guerras civiles, sino en la persecución implacable del enemigo interior (los “malos españoles”); y por una fijación morbosa hacia el dolor, la crueldad, el tormento o la represión inmisericorde. Es verdad que en ninguno de estos aspectos España y la historia española son distintas de otras muchas naciones, probablemente la mayoría. Pero conviene no olvidar que, con más o menos razones, este país, el nuestro, sigue siendo identificado por millones de extranjeros como el país de las mazmorras de la Inquisición y de los Autos de fe; la potencia imperial dirigida por la mano de hierro de Felipe II y la saña ejecutora del Duque de Alba; y aún se sigue diciendo que los españoles no conciben la diversión y la fiesta sin derramar sangre, como se hace en la llamada “fiesta nacional”.
Como todo el mundo sabe, la concepción católica de la vida y la muerte ha marcado profunda e indeleblemente el devenir hispano. Aunque España no destacó en especial en las representaciones propiamente macabras –si entendemos por tales, aplicando el sentido etimológico, las danzas de la muerte y sus distintas variantes-, sí que siguió la tendencia general de la cristiandad en el sentido de popularizar las figuras de santos y mártires, que eran comúnmente representados en el momento culminante de sufrir todo tipo de crueldades en aras de la fe. Luego, la pintura del Siglo de Oro llevó ese encarnizamiento –la carne doliente hasta el paroxismo- a su expresión más depurada y conmovedora, hasta el punto de que ese sería uno de los rasgos del arte español que más llamaría la atención posterior de la mirada foránea.
Por otro lado, el espíritu contrarreformista y la sensibilidad barroca, de consuno, crearían el caldo de cultivo para que se potenciara una concepción tenebrista de la existencia. En el caso español a todo ello vino a sumarse el conjunto de reveses políticos y militares que marcaron el siglo XVII (el famoso asunto de la “decadencia”, cuestión objeto de controversia aún hoy), generando un peculiar estado de ánimo que llevó a preferir el sueño sobre la realidad (de Cervantes a Quevedo), a despreciar la vida mundana (de Zurbarán a Mañara), a plasmar los aspectos más deleznables de la materia (bodegones) o, en último término, a regodearse en la putrefacción de la carne (Valdés Leal).
Ese espíritu y ese ambiente se mantendrían a lo largo de todo el Antiguo Régimen. De ellos bebe otro genio, Francisco de Goya, que, a finales del siglo ilustrado (que en nuestro país fue bastante menos ilustrado de lo que suele decirse), halla en lo macabro la expresión última de un país que ha perdido la razón, sueña monstruos, devora a sus hijos, dirime sus diferencias a garrotazos y está poblado de seres espectrales (brujas, locos, sádicos, aquelarres diversos). Quizás por todo ello el romanticismo español se nos muestra marcadamente apesadumbrado, carece del espíritu positivo de un Goethe, del desgarro aventurero de un Byron, del impuso vital de un Víctor Hugo. El romanticismo español, ramplón y alicorto, piensa en el mejor de los casos en muertos y fantasmas (Espronceda, Bécquer), mientras que la mayoría de los autores pone buen cuidado en respetar convenciones y creencias arraigadas (el Tenorio de Zorrilla como paradigma).
España, un país triste, dice poco después Azorín, una nación que vive en la oscuridad (real y figurada) y solo quiere pensar en la muerte. El 98 añade, en efecto, un color aún más oscuro al cristal con el que artistas, literatos, políticos e intelectuales en general miran la realidad presente, pasada y futura de un país de eunucos (Joaquín Costa), sin pulso (Silvela), miserable (Zuloaga) o embrutecido (Baroja). Obsérvese que en todos los casos las caracterizaciones conducen más a la muerte que a la vida. La muerte por consunción, podría decirse, pero eso sería en el mejor de los casos.
Lo macabro y la guerra civil
Al mezclarse con la brutalidad, la pulsión necrófila desemboca en el escenario macabro. La muerte es el gran tema lorquiano, pero es una muerte indisociable de la represión, la violencia, la crueldad. Lo contrario, desde luego, de una muerte apacible. El mismo Lorca va a tener ocasión de comprobarlo en sus propias carnes. Denuncias anónimas, arrestos masivos, sacas, paseos, ley de fugas, fusilamientos al amanecer… No hay que olvidar la otra línea necrófila de la que hablamos antes, la de los vivas a la muerte y los mueras a la inteligencia. Al final, el fanatismo parece ser contagioso. A uno y otro lado del espectro político, constituidos en bandos irreconciliables, cientos de miles de españoles están empeñados en “limpiar” el país a base de liquidar a sus compatriotas. ¿Qué digo liquidar? Eso es un término demasiado aséptico para describir una realidad salvaje, sucia y mezquina. Una vez más, lo macabro se enseñorea del país. Ahora ya no es una metáfora, sino una sanguinaria realidad.
Cualquier guerra es un escenario apropiado para que se desplieguen los elementos macabros, pero indudablemente una guerra civil presenta siempre en este aspecto un plus mórbido y truculento, derivado del hecho de que el enemigo no es alguien ignoto, sino un vecino o hasta un familiar. La cercanía, paradójicamente, exacerba el odio, hasta el punto de que se desencadena una multitudinaria orgía de sangre. Matar no es suficiente, sabe a poco, no colma la sed de odio. En este escenario toman carta de naturaleza las sevicias, las torturas, el sadismo. Siguiendo el símil de la “limpieza”, no basta con cortar las malas hierbas: lo que se quiere es arrancar las raíces. Por eso se persigue al “otro” hasta más allá de él mismo, de manera que su descendencia o parentela sufren las mismas consecuencias. Dicho en plata, se asesina también a los hijos y familiares de aquel a quien se persigue. En ese delirio macabro la razón queda desplazada por el simple impulso visceral. Así, por ejemplo, no es raro que, después de derrotarle, se trate de humillar al vencido, a veces incluso del modo más delirante, hasta más allá de la muerte: de ahí la profanación de tumbas y, en su suprema expresión escatológica, la vejación suprema, el conocido insulto llevado a la realidad: ¡me cago en tus muertos!
No tiene nada de extraño que un acontecimiento como la guerra civil de 1936-39, más la posterior represión franquista –sobre todo en sus primeros lustros, los llamados “años de plomo”- condicione toda la historia española del siglo XX y tiña nuestra reciente trayectoria histórica de rojo y negro, es decir, de tanta sangre derramada y tantas fosas improvisadas a lo largo de los caminos. Y que todo ello afecte a la consideración de nosotros mismos y a nuestras perspectivas de futuro. Los años de posguerra quedan marcados por la conciencia de fracaso colectivo. Lo mejor de nuestras letras, en el exilio interior o exterior, expresan esa realidad de forma descarnada. Cela o Delibes, por poner ejemplos incontestables, se nos presentan obsesionados por la muerte. El tremendismo recoge la herencia de los Solana y Valle-Inclán –en el fondo, la España negra, una vez más- y la eleva a la máxima expresión. Mientras tanto, el régimen franquista -la España oficial- se empeña en conmemorar la muerte a su manera. Primero, en forma de homenaje a los caídos en cada rincón de la geografía española; segundo, como continuación de ese culto, mitificando al caído por antonomasia, José Antonio (cuyos restos son enterrados solemnemente en dos momentos distintos y en dos distintos lugares); por último, construyendo un mausoleo megalómano, el llamado Valle de los Caídos en Cuelgamuros, en la sierra de Guadarrama.
Las memorias de los que vivieron la guerra o sufrieron la atroz represión subsiguiente completan el panorama. Las experiencias son obviamente disímiles pero casi todas ellas dibujan un entramado de miseria física y moral. “Yo fui feliz en la guerra”, proclamaría provocativamente Chumy Chúmez. No hay que dejarse engañar por las apariencias: el mejor humor español se tiñe de negrura. Tenía también una ilustre tradición de referencia: la literatura picaresca. Hasta llega a ser en algunas ocasiones humor macabro, como si el español dictaminara que, ya que no puede vencer a la muerte, solo cabe la opción de burlarse de ella. Ese desaliento –en el fondo, conciencia de fracaso, término que se pone de moda en los análisis intelectuales- se mantiene hasta la muerte de Franco. Con los primeros pasos del nuevo régimen y la incorporación a la Europa democrática se produce por primera vez en mucho tiempo un cambio de óptica. Ello implica, por lo que a nosotros nos atañe, que lo macabro perderá protagonismo, tanto en su presencia objetiva como en el debate público. Una situación que se mantendrá hasta que los nietos de quienes hicieron la transición pidan cuentas por los pactos suscritos en su momento y reclamen una nueva rendición de cuentas por el pasado: la apertura de las fosas de la guerra civil en nombre de la memoria histórica. Los muertos vuelven así al primer plano de la actualidad y la controversia política.
Este rápido recorrido por nuestro pasado pone de relieve de modo incuestionable el poderoso papel que ha desempeñado lo macabro en nuestra trayectoria histórica a lo largo de varios siglos. Tanto en el arte como en la literatura, en la religión y el ensayo, en el humor y en la vida cotidiana, en la praxis política y en los referentes culturales en sentido amplio, la muerte, lejos de aparecer como el fin de la vida y ser por tanto aceptada con naturalidad, se ha presentado revestida de los más negros ropajes, poseedora de las más taimadas artes, brutal, feroz, inhumana. Como corolario de esas premisas, el mensaje reiterado –casi siempre más explícito que implícito- era congruentemente el del terror a la muerte, porque la muerte rara vez era apacible o confortaba al ser humano. Muerte violenta, muerte inesperada, muerte atroz, muerte en la flor de la edad, muerte a mansalva, muerte con insoportables sufrimientos, muerte en pecado, muerte lenta, muerte repulsiva…, todas las modalidades de una muerte torva se dan cita para configurar lo macabro. Como el hombre es un animal paradójico aun así o, mejor dicho, precisamente por ello, se recrea en el grito necrófilo: “¡Viva la muerte!”.
Algunas referencias bibliográficas
Ariès, Philippe: El hombre ante la muerte, Taurus, Madrid, 1992.
Ariès, Philippe: Historia de la muerte en Occidente: desde la Edad Media hasta nuestros días, El Acantilado, Barcelona, 2000.
Ges, Carlos: La Hermana muerte: florilegio de macabrerías a través del humorismo español, Sociedad Castellonense de Cultura, Castellón de la Plana 1953.
Núñez Florencio, Rafael y Núñez González, Elena: ¡Viva la muerte! Política y cultura de lo macabro, Marcial Pons, Madrid, 2014.
Redondo, Augustin, ed. de: La peur de la mort en Espagne au siècle d'Or. Littérature et iconographie, Publications de la Sorbonne-Presses de la Sorbonne Nouvelle, París, 1993.
El telón de acero
El telón de acero. La destrucción de Europa del Este, 1944-1956. Anne Applebaum. Traducción de Silvia Pons Pradilla. Debate, Barcelona, 2014. 704 pp.
El Cultural, 9-5-2014, p. 22.
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/34625/El_telon_de_acero_La_destruccion_de_Europa_del_Este_1944%C2%961956
Los lectores interesados en la historia política del s. XX recordarán probablemente Gulag. Historia de los campos de concentración soviéticos, el anterior gran libro de Anne Applebaum (Washington D.C., 1964), una obra monumental que yo mismo tuve ocasión de reseñar en estas páginas, que ganó el Pulitzer de no ficción en 2003 y que fue pronto traducido al español y publicado en la misma editorial (Debate, 2004) que ahora nos presenta El telón de acero. Diez años después la ambición y la minuciosidad investigadoras de la periodista norteamericana se mantienen en este nuevo reto, un fresco impresionante de lo que fue la vida cotidiana, económica, cultural y sobre todo política del este europeo bajo el yugo soviético. No obstante, conviene precisar a este respecto que su investigación tiene una estricta delimitación cronológica (desde los estertores de la guerra al año 56) y, aún más importante, que se centra solo en tres países (Polonia, Hungría y República Democrática Alemana), dejando el resto de las naciones de la zona en un discreto segundo plano.
Aun con esas especificaciones, estamos ante un esfuerzo colosal, que implica el dominio de varias lenguas, un gran conocimiento del contexto a varios niveles, un rastreo por innumerables archivos y una habilidad incuestionable para orientarse entre fuentes variopintas y una documentación abrumadora (solo las notas y bibliografía ocupan unas cien páginas del volumen). Pero que no se espante el simple interesado: el tono y el lenguaje de Applebaum siguen siendo lo mismo de cercanos, atractivos y diáfanos que en trabajos anteriores. En una palabra, consigue transformar la complejidad y hasta la posible aridez de una excelente monografía en el formato de la más trepidante crónica periodística.
El propósito fundamental de Applebaum es estudiar cómo se implanta en la práctica un sistema totalitario, cómo afecta a millones de personas y cómo la gente se adapta, subsiste o se rebela ante esa imposición. Ese objetivo se complementa con el examen de la destrucción premeditada de la sociedad civil y los diversos fenómenos que acompañan el proceso, desde la educación a las manifestaciones artísticas, pasando naturalmente por las formas de control de la población. Este punto, obviamente determinante para la supervivencia de los regímenes tutelados por Moscú, incluye a su vez la más variada gama de recursos, desde los burdos y brutales (ejecuciones, encarcelamientos, trabajos forzados) hasta los persuasivos (propaganda en prensa y radio). Todo ello conforma un panorama complejo de violencia, represión, silencio y miedo que marcaría de modo indeleble y uniforme, pese a la variedad de origen, a los diversos países que quedaron tras el telón de acero.
Con ser penosas las condiciones de vida –y hasta durísimas en algunos momentos o para algunas minorías-, Applebaum subraya en diversas ocasiones que lo peor fue tener que convivir con la mendacidad impuesta de forma permanente desde el poder: por decirlo con las sentenciosas palabras de uno de los más famosos disidentes, el checo Václav Havel, la obligación de “vivir en la mentira”. Lo que importaba no era tanto creer o no en la teoría como “repetirla como un ritual”. Bien es verdad por otro lado que el totalitarismo, con su voluntad desenfrenada e insaciable de controlarlo todo, tenía en sus propias entrañas las semillas de su destrucción, porque cualquier manifestación de vitalidad social, incluso la más nimia, terminaba convirtiéndose en una forma de protesta en potencia. El totalitarismo nunca funcionó, nunca cumplió los objetivos que él mismo se proponía. Se menciona en este punto un dato revelador –y curioso para el lector español- como es la comparación entre el PNB de Polonia y España entre 1950 y 1988, con un progreso apabullante de la segunda sobre la primera. Sin embargo, lo que sí consiguieron estos regímenes fue causar un daño inmenso a la sociedad civil. Según Applebaum se pone así de manifiesto cómo una minoría decidida, si cuenta con fuerza y recursos, puede destruir la libertad y las instituciones de forma duradera. Por eso, desde una perspectiva más distanciada, la autora considera que la historia de la estalinización muestra “lo frágil que puede llegar a ser la civilización”.
RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO
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