lunes, 2 de febrero de 2015
Eros en la Edad de Plata
Maite Zubiaurre: Culturas del erotismo en España, 1898-1939. Traducción y adaptación de la autora. Cátedra, Madrid, 2014. 420 pp.
Revista de Libros, 26-01-2015.
http://www.revistadelibros.com/resenas/eros-en-la-edad-de-plata
Este comentario bien podría haberse titulado igualmente “La España verde”, pero me ha detenido en el uso de ese marchamo la convicción de que el lector despistado o presuroso podía creer que estábamos hablando de ecologismo, itinerarios turísticos o política ambiental. Hoy en día –no sé si me equivoco mucho- la utilización cotidiana del adjetivo o la coloración antedicha (“un chiste verde”, por ejemplo) está tan en desuso casi como aquel otro término, “sicalíptico”, que se puso de moda en la época que examina este libro. Y, no obstante, de eso, de la “España verde” o “sicalíptica” trata precisamente este documentado estudio de una autora para mí desconocida, Maite Zubiaurre, quizás porque ha desarrollado su carrera profesional fuera de nuestras fronteras. Según me entero por la contraportada, “realizó sus estudios de doctorado” en la Universidad de Columbia (Nueva York) y es actualmente “catedrática de literatura española y alemana” en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA). De hecho, este libro se publicó primeramente en inglés en 2012 por Vanderbilt University Press con el título de Cultures of the Erotic in Spain, 1898-1939. La propia autora ha realizado la traducción y adaptación de la obra original.
Vuelvo a la carga con lo de la España verde o sicalíptica porque, desde las páginas iniciales (en su “Nota” preliminar y en su larga “Introducción”), insiste Zubiaurre en la contraposición entre esa España y las más usuales España negra o España roja, hasta el punto de que se atreve a proponer como motor de su investigación la presencia o, por decirlo con sus palabras, “la existencia de una ‘tercera España’ en la que florecen abiertamente, y en el terreno de la cultura popular, el arte y la literatura eróticos, así como los múltiples aspectos de una (pseudo)ciencia sexual”. Estaríamos, según la autora, ante una “España audaz y distinta” que “escapa a las limitaciones impuestas por el prestigio intelectual de una minoría” y que ante la “avalancha erótica” que traspasa los Pirineos reacciona “a veces con abierto entusiasmo y otras, con mal disimulada resistencia” (pp. 13-14). Merece la pena que nos detengamos en algunos pormenores de la cita porque ahí podemos encontrar algunas claves para entender y encuadrar debidamente la obra que comentamos.
En primer lugar, Zubiaurre presenta sus pesquisas en este campo como una aportación decisiva en una parcela que ha sido “ninguneada por la historiografía cultural” hasta el punto de que habla en distintas ocasiones, apoyándose en Jo Labanyi, de una “España fantasmal” o una “historia fantasmal”. Se refiere, por decirlo más claramente, a que –siempre según su criterio- las manifestaciones eróticas en nuestro país han sido sistemáticamente marginadas, silenciadas o despreciadas en beneficio de una minoría selecta o de una “alta cultura” (de Unamuno a Ortega o Marañón), como si esta última fuera la única que hubiera existido o la única producción intelectual que debía tenerse en cuenta al trazar el abigarrado panorama de nuestra “Edad de Plata”. Aunque no le falta razón en parte, Zubiaurre exagera la nota pro domo sua.
Es verdad hasta cierto punto que lo que llama la “cultura erótica popular” ha recibido mucha menos atención que la otra (¿la elitista?), pero de ahí a denunciar que haya sido “ninguneada” -como víctima de una especie de conspiración de silencio- hay un salto que estimamos poco fundamentado. Sin ánimo de ser exhaustivo, ni mucho menos, este crítico, que no es especialista en erotismo pero que si ha tocado tangencialmente el tema al abordar diversas vertientes de la época en cuestión, recuerda los estudios de hace ya bastantes años de la hispanista Lily Litvak o los más recientes trabajos de Jean-Louis Guereña , las incursiones sociológicas de Amando de Miguel o la incansable labor pedagógica de Efigenio Amezúa y ello sin contar las síntesis divulgativas, como la de Federico Revilla y Lorenzo Díaz o, en el extremo opuesto, los minuciosos trabajos de investigación de distintos historiadores procedentes de diversos campos, como la antropología o la historia de la ciencia . En último extremo, la completísima bibliografía que la propia Zubiaurre consigna al final del volumen (diecisiete páginas de amplio formato y con tipografía mínima) constituye el mejor desmentido de que este sea un ámbito abruptamente preterido o taimadamente silenciado.
Zubiaurre sin embargo no se detiene ahí. Al contrario, avanza resueltamente en el mismo sentido y saca consecuencias que, como vamos a ver inmediatamente, resultan cuanto menos discutibles. Sostiene que el olvido de la cultura erótica, popular, lúdica o festiva es cualquier cosa menos casual. Es, por decirlo sin ambages, el resultado de una actitud premeditada y, sobre todo, firmemente asentada en los prejuicios ideológicos, morales y políticos de una minoría rectora –y, en este caso, básicamente una intelectualidad- que prescribe la “regeneración” como la máxima prioridad del país, y entiende que esa recuperación de las energías nacionales debe estar basada en el mantenimiento o recuperación de los roles más tradicionales. O sea, pensando como han pensado todos los varones a lo largo de la historia, la intelligentsia del momento habla en términos de energía, fuerza, virilidad, masculinidad… Dicho en otras palabras, trabajo versus ocio, responsabilidad versus despreocupación y, en fin, en última instancia, deber versus placer… La Castilla que ha de hacer o rehacer España es, pese al género gramatical, una Castilla masculina, imperiosa, ascética, guerrera (o, por lo menos, orgullosa de sus hazañas pretéritas). “Por el contrario, el afeminamiento, la inmadurez sexual y la promiscuidad rápidamente se identificaban con lo foráneo y lo no castellano, sobre todo con Andalucía, la Babilonia ibérica, contaminada de sensualidad mora, y con el donjuanismo de raigambre andaluza como epítome de ese afeminamiento extranjero y exótico” (p. 25).
Con ese bagaje emprende Zubiaurre el examen de la producción artística, literaria e intelectual del período. Como punto de partida, tres famosos lienzos le sirven para perfilar a grandes trazos esa España sedicentemente progresista que, en el fondo, preserva como su más preciado tesoro los roles tradicionales: el retrato de Unamuno de Vázquez Díaz; el “sórdido lupanar” que retrata Gutiérrez-Solana en el cuadro titulado Coristas; y, por último, la gitana de desnudos senos de Romero de Torres en Naranjas y limones. Tres miradas, tres composiciones y un mismo mensaje. No en vano, continúa la autora, el franquismo, a pesar de “su espíritu salvajemente reaccionario” (¿o precisamente por eso?), conservó, toleró y hasta magnificó las figuras de algunos de esos autores como Unamuno y Romero de Torres. Y así, en una continuidad lamentable, “lo que prevalece en tiempos democráticos (…) es precisamente aquello que el régimen de Franco decidió preservar y fomentar”. Seguimos creyendo por ello, continúa la autora, que la Edad de Plata “engendró exclusivamente Unamunos, ebrios de orgullo castellano y ruidosas glorias pretéritas, o bellezas andaluzas e intemporales, a lo Romero de Torres” (pp. 46-47). Pero lo cierto es que frente a aquella España seria y hasta sombría, hubo también en realidad una España risueña, hedonista, jaranera y hasta rijosa (dicho sea, en este caso, sin ningún ánimo peyorativo).
Como puede colegirse de los planteamientos anteriores, frente a esa España contenida, austera y ceñuda aparece la España verde o sicalíptica que mencionábamos al principio o, para ser más precisos, la reivindicación de esa otra España ligera, desenvuelta y frívola. El problema, como ya el lector atento habrá columbrado, está en los matices o gradaciones. Nada que objetar en principio al planteamiento si no se pierden las perspectivas. Zubiaurre escribe bien, argumenta con datos incontestables e ilustra sus aseveraciones con ejemplos oportunos. Pero de vez en cuando le vence la tentación de la brocha gorda. O, lo que es lo mismo, una actitud militante que casa mal con un estudio que se pretende científico y, por tanto, desapasionado. Su defensa a ultranza del hedonismo, de la “cultura popular” y de la llamada perspectiva de género termina por jugar en su contra.
Así las cosas, la autora concentra sus críticas y su ironía al enjuiciar las obras de los grandes representantes de la cultura del período –en particular, carga contra Unamuno, Ortega y Marañón, aunque otros muchos reciben balas perdidas en forma de acres reprimendas por reaccionarios, patriarcales, machistas o misóginos-. Unas cuantas citas darán idea de la munición de grueso calibre que se emplea contra ellos. Marañón y Unamuno eran los “modelos ejemplares y heroicos del amor monógamo y heterosexual (…), estandartes vivientes y con patas de la paternidad responsable (…) La intelectualidad franquista contribuyó a reforzar esa imagen, y se afanó en resaltar la fiera e hipermasculina heterosexualidad de los dos próceres” (p. 24). Con respecto a Ortega señala que su “propósito esencial aunque inconfesado (…) era preservar sus propios privilegios, es decir, las prerrogativas del patriarcado nacional y dirigente” (p. 80). Más adelante, ya en el capítulo tercero, Ramón y Cajal se lleva lo suyo como prototipo del varón nacional , pero la crítica una vez más se centra en las dos lumbreras nacionales de la época, Marañón y Ortega.
En las estimaciones de don Gregorio sobre materia sexual “resuenan con estridencia –subraya la autora- la homofobia, la demagogia patriotera y el castellanocentrismo” (p. 99). No es un desahogo ocasional. Algo después reitera que en “las reflexiones marañonianas sobre la sexualidad resuenan, con timbre de demagogia, las hazañas del imperio español y la proezas de la conquista” (p. 103). Pero “Marañón no es el único adalid de este llamativo neoimperialismo sexual” (p. 106). Ortega no le va a la zaga. El filósofo madrileño resulta ser una especie de “guerrero intelectual” (contra el erotismo pero en el fondo también contra la mujer que no cumplía su papel tradicional), en cuyo interior (en el de Ortega, claro) “es frecuente que resuenen, con repiques de nostalgia, las viejas glorias militares del muerto imperio español” (p. 120). El pensador, por otra parte, aparece alarmado ante las “perversiones” que pueden contaminar la moral patria. “Su alarma, de hecho, la acrecentaba la peligrosa proximidad geográfica y cultural del mundo árabe, y la declarada afición y tolerancia de este para con el amor homosexual” (p. 124). Ahorro al lector más perlas.
Por expresarlo en lenguaje llano, podría decirse que Zubiaurre se muestra incansable y batalladora en su empresa de descubrir mediterráneos. Al fin y al cabo, hubiera bastado con que dejara hablar a los mismos textos de los autores que analiza, sin subrayados ni alharacas. Nadie le hubiera discutido en el fondo su tesis primordial: por decirlo con sus propias palabras –por una vez contenidas- que “incluso los intelectuales más salientes, a los que se atribuía un pensamiento liberal y en ocasiones peligrosamente subversivo, en el fondo se avenían a los prejuicios más estrechos en materia de sexualidad, y contribuían a perpetuarlos” (p. 95). ¡Acabáramos! ¿Eso era todo? ¿Qué pretendía, que Unamuno hiciera sonetos al burdel, Ortega pergeñara la metafísica del amor libre o que Marañón loara al chapero? Todos ellos fueron hombres de su tiempo y tuvieron, naturalmente, una visión morigerada del erotismo y la sexualidad en general. Es verdad que hubo coetáneos suyos que trascendieron esas convenciones y vivieron una vida más libre de prejuicios, si así quiere llamárseles. Una actitud que, con discutible perspectiva histórica, Zubiaurre equipara a los Almodóvar y su troupe de la famosa movida madrileña. La autora cita por ejemplo a literatos o artistas de la talla de Álvaro Retana, Hoyos y Vinent o Pedro de Répide. Pero… ¿de verdad resulta serio sostener que hay una especie de conspiración para silenciar el legado de tales figuras? ¿O es sencillamente que ninguno le llegaba siquiera al tobillo a Unamuno, Ramón y Cajal, Ortega o Marañón, con todo lo repulsivamente machistas que hoy nos resulten las incursiones de todos ellos (de estos últimos, quiero decir) en el erotismo y la sexualidad?
Sin embargo, si el lector consigue llegar al capítulo 4 verá recompensados su esfuerzo y su aguante. Porque en buena medida a partir de aquí no diremos que se acaba pero sí que se atenúa mucho la cruzada antimachista y antipatriarcal que la autora nos ha ido endosando en las páginas anteriores. Zubiaurre parece que se olvida de los sermones y se dedica a lo suyo, a lo que debió ser objeto del libro desde el primer momento: a trazar un panorama lo más completo posible de esa sexualidad descarada y jubilosa que ha ido anunciando desde el comienzo. Resulta que la espera, aunque larga, ha merecido la pena. Ahora es el momento para gozar del libro. He utilizado el término “gozar” no por casualidad y sí con toda la intención, no solo por la amenidad del texto sino muy especialmente por el abanico de material gráfico que se reproduce a lo largo de los siguientes capítulos. Si, como se ha dicho en muchas ocasiones, el erotismo es cuestión de mirada, el erotómano encontrará sustento en cantidades masivas. Bien es verdad, para decirlo todo, que cantidad no es calidad, pese al parecido fonético, y que el mencionado despliegue gráfico da como resultado un panorama sicalíptico en el que los mejores ingredientes del erotismo -la sutileza, el ingenio o la insinuación- no constituyen precisamente los rasgos más destacados.
Las postales eróticas son en su mayor parte desnudos femeninos en posturas estereotipadas. Las llamadas novelas eróticas dejan poco resquicio a la imaginación. Me gustan las pollas largas, se titula una de 1930 y, en efecto, algunas de las ilustraciones que se reproducen en el libro nos permiten no ya suponer sino constatar las dimensiones de los mencionados gustos en cuestión. Cuando el hombre no da la talla la mujer necesitada se entrega a un equino –caballo o asno- que compensará lo forzado de ciertas posturas con la inobjetable generosidad del mencionado órgano. Recuérdese a este respecto que en alguna lámina del famosísimo volumen Los Borbones en pelota (que disfruta, por cierto, de varias reediciones actuales ) aparece Isabel II en plena faena con un burro en posición tan inverosímil como sexualmente explícita. La crítica anticlerical es también moneda corriente en estos pagos, con curas y monjas en pleno frenesí. Tampoco aquí se deja casi nada a la imaginación. Por otro lado, tríos, amores lésbicos o fetichismos diversos (como los de la bicicleta y la máquina de escribir) nos muestran que en esto del sexo, como en tantas otras cosas, no hay nada nuevo bajo el sol o está todo inventado desde hace mucho tiempo. La propia indumentaria erótica femenina –medias, velos, collares, transparencias, tacones- es casi la de nuestros días, con muy leves variantes. Ni qué decir tiene que, salvo pocas excepciones, el sujeto urdidor de las fantasías eróticas es el hombre mientras que la mujer es casi siempre objeto, bien objeto pasivo o bien desencadenadora (con su pose, su indumentaria o ausencia de ella) del deseo masculino.
El capítulo 8, “Sexo patriótico. Mantillas, cigarrillos y trasvestidos”, nos presenta un ambiente kitsch que aún no se ha perdido del todo y que incluso reaparece hoy en día con una pátina de modernidad (Almodóvar). Otros recursos están totalmente superados, como el del naturismo para amparar el desnudo: “El desnudismo científico triunfa en Cataluña” titula una revista, Pentalfa, de 1932. Aunque bien es cierto que la idea de una “sardana al desnudo” (imagen de la misma revista que se reproduce en la página 171) aún podría ser utilizada en las circunstancias actuales (desconozco, de hecho, si la propuesta se ha hecho realidad). El último capítulo analiza las “ficciones eróticas”, es decir, un campo -el de la narración, la novela popular- que conoció un desarrollo espectacular en la época. Eran historias amorosas que gozaron de amplia tirada y bajo coste. En cuanto a su tono, podían ir “desde el sensualismo más ñoño y descafeinado, hasta la pornografía más explícita y brutal” (p. 343). Algunos de sus autores se hicieron muy famosos. En esto, como en todo, hay narradores insustanciales (la mayoría) y algunos de un cierto nivel: los nombres de Felipe Trigo y Eduardo Zamacois pueden considerarse representativos de este segundo grupo. Aunque, como hemos dicho, hay para todos los gustos, un somero repaso a los títulos de esas novelitas resulta muy iluminador, tanto en lo que se refiere a su contenido como a la concepción del sexo y la mujer que albergaban los autores: Finita la perversa, Las impurezas de Pura, Cómo cayó Inocencia, Tinita la caprichosa, Lolita se pone nerviosa, Lilly y los plátanos…
El volumen de Zubiaurre termina con un breve epílogo que es también una especie de homenaje a todos aquellos que han aportado algo en el ámbito del erotismo o bien han contribuido al estudio del mismo. Y reitera finalmente los dos objetivos fundamentales de su trabajo: “rescatar ese tesoro perdido” y “dinamitar” la “imagen que todavía se tiene de la España de la llamada Edad de Plata, una España sombría y reconcentrada, la ‘España negra’ de los Gutiérrez Solanas y de los Unamunos” (p. 398). España verde frente a España negra. Como ya he señalado, desde mi punto de vista, el magnífico trabajo de Zubiaurre cumple de sobra su propósito de rescatar esa otra España frívola y hedonista. Otra cosa muy distinta es que esta última tenga la suficiente entidad como para eclipsar –no digamos ya “dinamitar”, como dice la autora- a esa otra imagen clásica de la España austera y angustiada del primer tramo del siglo XX. Y ello por dos grandes razones: la primera, porque en el debate público esta España ganaba por goleada a la nación festiva (y, podría añadirse, porque en la cruda realidad pocos, salvo una exigua minoría urbana acomodada, podía permitirse disfrutar de la fiesta). Segundo, porque los representantes tradicionales de la España seria nunca encontraron rivales de su talla en esa otra España voluptuosa. No hay un solo nombre de esta España verde que haya superado el paso del tiempo. Y no precisamente por ninguna conspiración de silencio. Bien está por tanto que hagamos un rato de voyeurs y nos riamos un poco. Pero sin más pretensiones.
Moscú, 1937
Terror y utopía. Moscú en 1937. Karl Schlögel. Traducción de José Aníbal Campo. El Acantilado, Barcelona, 2014. 1008 pp.
El Cultural, 30-1-2015.
http://www.elcultural.es/revista/letras/Terror-y-utopia-Moscu-en-1937/35876
En las escasas ocasiones en el año en las que el crítico tiene el privilegio de enfrentarse a un libro como este, siente el deber –pero también la satisfacción- de consignar desde la primera línea el reconocimiento y rendido tributo que se deben prestar a obras de estas características. Mil páginas de texto (de las cuales, cerca de 150 son de notas y bibliografía en letra pequeña) hablan bien a las claras de la ambición del trabajo del profesor Karl Schlögel (Allgäu, 1948), si nos fijamos en los aspectos cuantitativos. Más impresionante empero es la dimensión cualitativa de la obra, porque lo que el investigador alemán se propone hacer aquí es nada menos que un fresco panorámico y al tiempo pormenorizado de lo que era la capital soviética en el funesto año de 1937.
Recordemos para los menos versados en los acontecimientos históricos que la fecha citada se inscribe en la ejecutoria de la URSS con todos los merecimientos como un hito espectacular en su densa trayectoria de purgas internas, persecuciones, ajusticiamientos sumarios y horrores de toda clase y condición. 1937 es uno de los peores años del peor siglo de toda la historia rusa: es el momento en el que se desencadena uno de los más vastos movimientos de represión interna de la historia universal contemporánea. Dos millones de personas son detenidas, torturadas, encarceladas, represaliadas, deportadas o ejecutadas en una siniestra oleada de depuración que no dejó literalmente títere con cabeza. Tan siniestra como sistemática, bien planificada y llevada a término con un celo digno de mejor causa. Se instaló un estado de terror como nunca antes se había conocido en la historia.
No es que temblaran los opositores, los disidentes o los menos convencidos. Es que hasta los adictos e incluso los más fanáticos miembros del partido y la administración se hallaban en el punto de mira. Las razones de todo ello son lo más difícil de establecer porque un movimiento de esa naturaleza jamás podrá explicarse de modo totalmente satisfactorio. ¿La paranoia de Stalin? ¿La propia dinámica de un régimen que se había construido sobre el uso sistemático del terror y se sostenía gracias a él? Ni siquiera tras la lectura del libro de Schlögel podemos decir que haya una respuesta unívoca. El caso es que todos eran sospechosos. Todos eran culpables en potencia y el simple expediente de la visita policial los convertía en culpables en acto, es decir, en traidores a la causa del socialismo. Merecedores por ello mismo de la muerte, como reconocían los propios reos después de unos interrogatorios y unos procesos que asombraron al mundo entero.
El gran mérito del libro de Scholögel es que no se queda en la investigación y la documentación de esa gran oleada de terror. Su mirada es omnicomprensiva. Considera que para entender y explicar una monstruosidad de ese tipo no es posible quedarse en el hecho estricto de la represión sino encuadrarla en un marco mucho más amplio. Al fin y al cabo, Moscú, la ciudad que es el epicentro de ese terremoto sangriento, no es a esas alturas un lugar mísero, sombrío y destartalado sino todo lo contrario, una urbe moderna que vive una expansión sin precedentes, que se moderniza con rascacielos, el metro y nuevas comunicaciones, que tiene una intensa vida cultural y que se engalana hasta el punto de convertirse de puertas afueras en una de las ciudades más atractivas del mundo en ese momento histórico.
En esa ciudad aparentemente deslumbrante –mejor dicho, en la otra ciudad que se esconde tras ella, en sus mazmorras, pasadizos y cárceles secretas- es donde tienen lugar las sevicias, las delaciones, las confesiones falsas… Terror en estado puro. Pero, como dice el título del libro, terror y utopía. Simultáneos e imbricados. No es extraño por ello que el centro del terror, el lugar emblemático de Moscú, la Plaza Roja, sea a la vez “lugar de celebraciones y patíbulo”. También las sociedades pueden enloquecer, sugiere al fin Schlögel. “Y sin esa locura de toda una sociedad no habría existido el año 1937” (p. 517).
(Si hay reediciones, que alguien subsane por favor ese “De echo” que hiere la sensibilidad en la p. 853).
El Cultural, 30-1-2015.
http://www.elcultural.es/revista/letras/Terror-y-utopia-Moscu-en-1937/35876
En las escasas ocasiones en el año en las que el crítico tiene el privilegio de enfrentarse a un libro como este, siente el deber –pero también la satisfacción- de consignar desde la primera línea el reconocimiento y rendido tributo que se deben prestar a obras de estas características. Mil páginas de texto (de las cuales, cerca de 150 son de notas y bibliografía en letra pequeña) hablan bien a las claras de la ambición del trabajo del profesor Karl Schlögel (Allgäu, 1948), si nos fijamos en los aspectos cuantitativos. Más impresionante empero es la dimensión cualitativa de la obra, porque lo que el investigador alemán se propone hacer aquí es nada menos que un fresco panorámico y al tiempo pormenorizado de lo que era la capital soviética en el funesto año de 1937.
Recordemos para los menos versados en los acontecimientos históricos que la fecha citada se inscribe en la ejecutoria de la URSS con todos los merecimientos como un hito espectacular en su densa trayectoria de purgas internas, persecuciones, ajusticiamientos sumarios y horrores de toda clase y condición. 1937 es uno de los peores años del peor siglo de toda la historia rusa: es el momento en el que se desencadena uno de los más vastos movimientos de represión interna de la historia universal contemporánea. Dos millones de personas son detenidas, torturadas, encarceladas, represaliadas, deportadas o ejecutadas en una siniestra oleada de depuración que no dejó literalmente títere con cabeza. Tan siniestra como sistemática, bien planificada y llevada a término con un celo digno de mejor causa. Se instaló un estado de terror como nunca antes se había conocido en la historia.
No es que temblaran los opositores, los disidentes o los menos convencidos. Es que hasta los adictos e incluso los más fanáticos miembros del partido y la administración se hallaban en el punto de mira. Las razones de todo ello son lo más difícil de establecer porque un movimiento de esa naturaleza jamás podrá explicarse de modo totalmente satisfactorio. ¿La paranoia de Stalin? ¿La propia dinámica de un régimen que se había construido sobre el uso sistemático del terror y se sostenía gracias a él? Ni siquiera tras la lectura del libro de Schlögel podemos decir que haya una respuesta unívoca. El caso es que todos eran sospechosos. Todos eran culpables en potencia y el simple expediente de la visita policial los convertía en culpables en acto, es decir, en traidores a la causa del socialismo. Merecedores por ello mismo de la muerte, como reconocían los propios reos después de unos interrogatorios y unos procesos que asombraron al mundo entero.
El gran mérito del libro de Scholögel es que no se queda en la investigación y la documentación de esa gran oleada de terror. Su mirada es omnicomprensiva. Considera que para entender y explicar una monstruosidad de ese tipo no es posible quedarse en el hecho estricto de la represión sino encuadrarla en un marco mucho más amplio. Al fin y al cabo, Moscú, la ciudad que es el epicentro de ese terremoto sangriento, no es a esas alturas un lugar mísero, sombrío y destartalado sino todo lo contrario, una urbe moderna que vive una expansión sin precedentes, que se moderniza con rascacielos, el metro y nuevas comunicaciones, que tiene una intensa vida cultural y que se engalana hasta el punto de convertirse de puertas afueras en una de las ciudades más atractivas del mundo en ese momento histórico.
En esa ciudad aparentemente deslumbrante –mejor dicho, en la otra ciudad que se esconde tras ella, en sus mazmorras, pasadizos y cárceles secretas- es donde tienen lugar las sevicias, las delaciones, las confesiones falsas… Terror en estado puro. Pero, como dice el título del libro, terror y utopía. Simultáneos e imbricados. No es extraño por ello que el centro del terror, el lugar emblemático de Moscú, la Plaza Roja, sea a la vez “lugar de celebraciones y patíbulo”. También las sociedades pueden enloquecer, sugiere al fin Schlögel. “Y sin esa locura de toda una sociedad no habría existido el año 1937” (p. 517).
(Si hay reediciones, que alguien subsane por favor ese “De echo” que hiere la sensibilidad en la p. 853).
jueves, 8 de enero de 2015
El final de la guerra
El final de la guerra. La última puñalada a la República. Paul Preston. Traducción de Efrén del Valle y Francisco Ramos. Debate, Barcelona, 2014. 416 pp. 22,90 €.
El Cultural, 2-1-2015.
http://www.elcultural.es/revista/letras/El-final-de-la-guerra-La-ultima-punalada-a-la-Republica/35721
A pesar de que no es uno de los asuntos más analizados por los historiadores de la guerra civil, tampoco sería exacto decir que el espinoso episodio del final de la contienda (el golpe de Estado del coronel Casado) haya sido totalmente olvidado o preterido por los especialistas. Sin ánimo de exhaustividad y limitándome tan solo a los últimos años, debo mencionar primero Así terminó la guerra de España, de Javier Cervera y Ángel Bahamonde (Marcial Pons). Precisamente, el último autor acaba de publicar este mismo año Madrid 1939. La conjura del coronel Casado (Cátedra). Aunque tenía un enfoque más amplio, es decir, no centrado en el episodio en cuestión, no podemos pasar por alto tampoco el volumen que cerraba la monumental serie de estudios de Ángel Viñas sobre la República y la guerra civil: nos referimos a El desplome de la República (Crítica), escrito en colaboración con Fernando Hernández Sánchez. Con todo, no deja de tener buena parte de razón Preston cuando subraya, en recientes declaraciones, que “la mayoría de los libros de la Guerra Civil despachan en cuatro páginas los últimos tres meses”. Ese ha sido el motivo –“mi ignorancia”, confiesa sin ambages- que le ha llevado a volver al conflicto para desentrañar esta “tragedia evitable”.
La talla como historiador de Paul Preston está fuera de toda duda. Es uno de los mayores hispanistas vivos, autor de obras indispensables, figura de referencia para varias generaciones de historiadores españoles. El problema está en que en un asunto tan mediatizado por las adscripciones ideológicas y opciones partidistas como la guerra civil, Preston representa la voz más reputada de un sector –llamémosle “progresista”, aunque la propia denominación es discutible-. Una tendencia o postura que se vio revitalizada hace pocos años cuando se atrevió a usar para el propio título de su libro sobre la violencia hispana el emotivo y turbador término de “holocausto” (El Holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después, Debate). Simplificando, Preston es a la izquierda lo que Payne (que precisamente acaba de publicar una nueva biografía de Franco) es a la derecha: dos historiadores de primera magnitud que se han convertido en iconos de una determinada interpretación (en este caso antitética, naturalmente) de la guerra civil.
En su nueva obra Preston no defraudará las expectativas de sus muchos seguidores pero, de igual modo, renovará los recelos o simples rechazos que despierta entre sus críticos. No es para menos. Aquí, como en otras ocasiones, no hay medias tintas sino una franca contundencia. Preston analiza el final de la guerra en términos personalistas, con tres grandes protagonistas a los que se asigna un rol específico: Juan Negrín, el presidente del gobierno, es el héroe incomprendido o, peor aún, injustamente vilipendiado, al que se trata de no solo de comprender sino de exaltar. El coronel Casado es el traidor al que se dibuja con las más negras tintas en su triple faceta de político arrogante, militar mediocre y hombre irascible, egoísta y cínico. El tercero en discordia, el dirigente socialista Julián Besteiro aparece como una persona tan bientencionada como ingenua pero, a la postre, letal para la suerte de la República y para miles de hombres que terminaron inermes en las garras del enemigo.
Los lectores que hagan seguido las últimas aportaciones sobre la guerra civil se encontrarán por tanto con otro libro que trata de rehabilitar la figura de Negrín, en la línea de las investigaciones de Viñas o de recientes biografías (Miralles, Moradiellos, Jackson). La clave fundamental es la tesis de que incluso a las alturas del 39 la resistencia aún tenía sentido, que no era una mera ilusión esperar el impacto del estallido de la guerra mundial en el conflicto español y que, en todo caso, la forma en que se hizo la rendición fue la peor posible. A todo ello habría que añadir el oprobio de la traición para asestar, como dice el subtítulo, “la última puñalada a la República”. Como es habitual en sus obras, Preston desarrolla esta interpretación con brillantez y un considerable acopio documental, con una hábil utilización de los testimonios y memorias de los principales protagonistas del que fue el último acto de la tragedia de la República.
El Cultural, 2-1-2015.
http://www.elcultural.es/revista/letras/El-final-de-la-guerra-La-ultima-punalada-a-la-Republica/35721
A pesar de que no es uno de los asuntos más analizados por los historiadores de la guerra civil, tampoco sería exacto decir que el espinoso episodio del final de la contienda (el golpe de Estado del coronel Casado) haya sido totalmente olvidado o preterido por los especialistas. Sin ánimo de exhaustividad y limitándome tan solo a los últimos años, debo mencionar primero Así terminó la guerra de España, de Javier Cervera y Ángel Bahamonde (Marcial Pons). Precisamente, el último autor acaba de publicar este mismo año Madrid 1939. La conjura del coronel Casado (Cátedra). Aunque tenía un enfoque más amplio, es decir, no centrado en el episodio en cuestión, no podemos pasar por alto tampoco el volumen que cerraba la monumental serie de estudios de Ángel Viñas sobre la República y la guerra civil: nos referimos a El desplome de la República (Crítica), escrito en colaboración con Fernando Hernández Sánchez. Con todo, no deja de tener buena parte de razón Preston cuando subraya, en recientes declaraciones, que “la mayoría de los libros de la Guerra Civil despachan en cuatro páginas los últimos tres meses”. Ese ha sido el motivo –“mi ignorancia”, confiesa sin ambages- que le ha llevado a volver al conflicto para desentrañar esta “tragedia evitable”.
La talla como historiador de Paul Preston está fuera de toda duda. Es uno de los mayores hispanistas vivos, autor de obras indispensables, figura de referencia para varias generaciones de historiadores españoles. El problema está en que en un asunto tan mediatizado por las adscripciones ideológicas y opciones partidistas como la guerra civil, Preston representa la voz más reputada de un sector –llamémosle “progresista”, aunque la propia denominación es discutible-. Una tendencia o postura que se vio revitalizada hace pocos años cuando se atrevió a usar para el propio título de su libro sobre la violencia hispana el emotivo y turbador término de “holocausto” (El Holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después, Debate). Simplificando, Preston es a la izquierda lo que Payne (que precisamente acaba de publicar una nueva biografía de Franco) es a la derecha: dos historiadores de primera magnitud que se han convertido en iconos de una determinada interpretación (en este caso antitética, naturalmente) de la guerra civil.
En su nueva obra Preston no defraudará las expectativas de sus muchos seguidores pero, de igual modo, renovará los recelos o simples rechazos que despierta entre sus críticos. No es para menos. Aquí, como en otras ocasiones, no hay medias tintas sino una franca contundencia. Preston analiza el final de la guerra en términos personalistas, con tres grandes protagonistas a los que se asigna un rol específico: Juan Negrín, el presidente del gobierno, es el héroe incomprendido o, peor aún, injustamente vilipendiado, al que se trata de no solo de comprender sino de exaltar. El coronel Casado es el traidor al que se dibuja con las más negras tintas en su triple faceta de político arrogante, militar mediocre y hombre irascible, egoísta y cínico. El tercero en discordia, el dirigente socialista Julián Besteiro aparece como una persona tan bientencionada como ingenua pero, a la postre, letal para la suerte de la República y para miles de hombres que terminaron inermes en las garras del enemigo.
Los lectores que hagan seguido las últimas aportaciones sobre la guerra civil se encontrarán por tanto con otro libro que trata de rehabilitar la figura de Negrín, en la línea de las investigaciones de Viñas o de recientes biografías (Miralles, Moradiellos, Jackson). La clave fundamental es la tesis de que incluso a las alturas del 39 la resistencia aún tenía sentido, que no era una mera ilusión esperar el impacto del estallido de la guerra mundial en el conflicto español y que, en todo caso, la forma en que se hizo la rendición fue la peor posible. A todo ello habría que añadir el oprobio de la traición para asestar, como dice el subtítulo, “la última puñalada a la República”. Como es habitual en sus obras, Preston desarrolla esta interpretación con brillantez y un considerable acopio documental, con una hábil utilización de los testimonios y memorias de los principales protagonistas del que fue el último acto de la tragedia de la República.
jueves, 11 de diciembre de 2014
La historia es un árbol de historias
La historia es un árbol de historias. Historiografía, política, literatura. Jordi Canal. Prensas de la Universidad de Zaragoza. Zaragoza, 2014. 340 pp.
Publicado en El Cultural, 5-12-2014.
http://www.elcultural.es/revista/letras/La-historia-es-un-arbol-de-historias-Historiografia-politica-literatura/35599
Jordi Canal (Olot, 1964), profesor de la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, es el prototipo de historiador que no se siente a gusto encerrado con un solo juguete temático, por decirlo al modo de Marsé. Especialista en un principio en la historia del carlismo (al que dedicó su tesis doctoral y primeros trabajos), luego ha abierto sus investigaciones en múltiples sentidos y ámbitos variopintos, como los exilios, los nacionalismos, la historia política en general, las cuestiones metodológicas, las ideologías, las relaciones entre literatura e historia, etc.
Hago este recordatorio a modo de preámbulo porque enlaza directamente -y hasta explica- el contenido del volumen que nos ocupa. Ello se pone de relieve para empezar en el propio título, tomado de una bella metáfora de La guerra del fin del mundo, la colosal novela de Mario Vargas Llosa sobre el levantamiento brasileño de Canudos. La historia, dice Canal, no puede conjugarse en singular, sino partiendo de la base de que toda historia bien realizada es o debe ser “un árbol de historias”. Lejos de ser una frase hecha, el autor ansía sacar consecuencias prácticas de ese punto de partida: debemos tener presente, dice, que leer o escribir historia es siempre escribir o leer “una de las historias posibles” porque el pasado es una compleja maraña que resulta difícil ordenar. De ahí que pueda hablarse de “compromiso” del historiador, pero no a la manera tópica del militante partidista sino en forma de rigor y fidelidad (a la “historia bien hecha”) y hasta claridad, precisión y elegancia en la escritura, porque la historia es también un relato.
Teniendo en cuenta esas premisas se entiende mejor el derrotero de Canal en este libro y en su trayectoria investigadora en general. Como dice él mismo, prefiere las preguntas fructíferas a las respuestas prefabricadas, o antepone el acercamiento a los protagonistas del pasado -seres de carne y hueso- a las doctrinas esquemáticas y abstracciones restrictivas. Todo esto no se queda en el aire, en mero desiderátum, sino que se aplica a los campos que interesan al autor. Y aquí entra en juego el subtítulo del libro: “Historiografía, política, literatura”. He ahí el marco en el que se mueven los trabajos que se recopilan en esta obra, doce en total, elaborados originalmente para diversas instancias a lo largo de los últimos quince años.
Es verdad que, desde una perspectiva amplia, puede parecer en un primer momento que, como es usual en este tipo de compilaciones, la dispersión predomine sobre la homogeneidad. Hasta cierto punto es así -sería absurdo negarlo-, pero no es menos cierto que la hábil estructuración en cuatro bloques o secciones y la propia voluntad de Canal por trascender en cada tema un tratamiento unilateral o reductivo, dota al conjunto de un tono más uniforme de lo que es habitual en estos casos. El propio relieve de los asuntos tratados contribuye por otro lado a que el libro se lea con interés en todo momento. Las dos primeras partes, que abarcan seis capítulos, se dedican a temas historiográficos, bien sea centrándose en nombres propios (Marc Bloch, Maurice Agulhon), bien sea abordando cuestiones de método o enfoque (la perspectiva americana en la historia de España, los mitos y modelos a la hora de hacer historia) o, bien sea, en fin, tratando cuestiones más específicas como la conceptuación de sociabilidad o el asunto de los exilios.
La tercera sección, bajo el epígrafe de “Guerras, políticas y emociones” se consagra a la historia política propiamente dicha, centrándose en un activista (Ruiz Zorrilla), una ciudad en un momento crucial (Gerona, 1808) y una emoción que genera un movimiento colectivo (la “Grande Peur” de 1789). Por último, el cuarto bloque está dedicado a la literatura o, mejor dicho, se centra en tres grandes escritores que tienen en común, pese a su disparidad ideológica, la decidida voluntad de plasmar en sus obras el latido del momento histórico que vivieron: Max Aub, Josep Pla y Jorge Semprún. Con ellos se propicia una reflexión en la línea del famoso aserto de Vargas Llosa: cómo con fabulaciones (técnicamente “mentiras”) se puede acceder a una verdad más profunda que la proporcionada por los hechos desnudos.
jueves, 4 de diciembre de 2014
La cripta de Franco
LA MEMORIA HISTÓRICA, LAS FOSAS,
LA CULTURA, FRANCO Y SU CRIPTA
Publicado en “Revista de Libros”, revistadelibros.com, noviembre 2014.
http://www.revistadelibros.com/resenas/la-memoria-historica-las-fosasla-cultura-franco-y-su-cripta
Jeremy Treglown: La cripta de Franco. Viaje por la memoria y la cultura del franquismo. Traducción de Joan Andreano Weyland. Ariel, Barcelona, 2014. 358 pp.
La labor del crítico se desarrolla siempre en un contexto de ideas, tendencias, convenciones e intereses (puros o espurios) que condicionan inevitablemente las valoraciones que efectúa. No obstante, uno de los artificios que todos construimos y sustentamos lleva a establecer como ideal realizable y a menudo realizado una disposición de frialdad, casi asepsia, en el examen crítico de cualquier creación, una actitud que recuerda a esas consabidas “suspensiones de incredulidad” con que nos enfrentamos a obras imaginativas. Lo cierto, empero, es que cuando el crítico se enfrenta a cualquier obra dispone de unas informaciones previas y, en función de ellas, tiene ya bosquejada una cierta idea del libro en cuestión y unas expectativas con respecto al autor, así como una determinada disposición con respecto al tema que trata, por no alargarnos ahora en otros aspectos, no siempre menores.
Si reconozco explícitamente estos lugares comunes, es porque considero que son de particular aplicación a este caso. Sabía de la investigación de Jeremy Treglown antes incluso de que se publicara la versión original, inglesa, del volumen que nos ocupa. Salió hace algo más de un año con el título de Franco’s Crypt. Spanish Culture and Memory since 1936 y, por motivos que no interesan en este momento, no pude leer entonces la publicación. Sí leí en cambio con interés por aquel tiempo una reseña de Felipe Fernández-Armesto en The Times Literary Supplement (“After the Generalísimo”, TLS, 13 de noviembre de 2013 ) y poco después una larga tribuna de Vicente Molina Foix en las páginas de El País (“Abrir la cripta de Franco”, EP, 16 de febrero de 2014 ). El análisis de Molina, una especie de larga reseña que no se declaraba como tal, llevaba como subtítulo inequívoco “Errores y omisiones en un reciente estudio británico sobre España” y era, en efecto, singularmente crítica, casi hostil, con el trabajo de Treglown. El balance claramente desfavorable que, en opinión del crítico, arrojaba el ensayo del británico quedaba potenciado por los párrafos que se resaltaban tipográficamente (“El estudio fracasa por la minusvaloración del papel de la poesía o la confusión sobre el cine”. “El autor dedica una línea a Miguel Hernández, pero habla de Massiel o de Cuéntame”) y motivó una respuesta dolida del propio Treglown que publicó el mismo periódico en sus “Cartas al director” (“Falsa impresión”, EP, 18 de marzo de 2014 ).
Confieso que el tono de Molina Foix, tan acre y displicente, provocó en mí un efecto opuesto de simpatía hacia el autor, inmediatamente potenciado por los elogios hacia el libro de un escritor, Antonio Muñoz Molina, cuyas opiniones me merecen bastante respeto: “This is the most comprehensive, most perceptive book on Spain that I have read for a long time” (esta misma frase –traducida- aparece también en la contraportada de la edición española). Por si fuera poco, mi propia experiencia investigadora con la bibliografía extranjera sobre los usos y costumbres españoles a lo largo de los siglos –desde los “curiosos impertinentes” a los “nuevos románticos”- me ha llevado desde hace tiempo a valorar e incluso a disfrutar tales aportaciones, no porque juzgue de manera ingenua o acomplejada que la extranjería signifique de algún modo un valor añadido sino sencillamente porque he podido constatar que con frecuencia la mirada foránea es capaz de aportar elementos de comprensión (el bosque en su conjunto) allá donde la proximidad no nos deja ver lo esencial. En fin, cuento todo esto para perfilar adecuadamente cuál era mi disposición previa a la lectura de la versión en castellano del libro de Treglown y también -¿por qué no decirlo?, aunque sea adelantar ya conclusiones- que mi relativa y matizada decepción final no sólo no obedece a una predisposición negativa sino que, muy al contrario, se ha producido a pesar de que abrí sus páginas con expectación rayana en la simpatía.
Si insisto en esos pormenores es porque la tesis del libro es polémica hasta el punto de que, aquí y ahora, aunque menos que hace algunos años, sigue levantando pasiones, gestos viscerales y ademanes radicales, no solo entre un público ad hoc, enragé, más o menos movilizado, sino incluso entre teóricos y especialistas, empezando claro está por los propios historiadores. Por ello quiero dejar bien claro que mi distanciamiento de Treglown no deriva de lo fundamental, porque suscribo plenamente el principio que sustenta la investigación del autor británico, el de que la cultura española bajo Franco nunca fue el erial que ha pretendido un importante sector de la oposición al dictador. Si la estimación del libro de Treglown ha de medirse por la robustez con que mantiene y ejemplifica dicha tesis, su valor es incuestionable.
En la línea que suele ser usual en el ensayismo anglosajón, el susodicho planteamiento se expone y desarrolla en términos más empíricos que especulativos (bien es verdad que a costa de acumular en ocasiones elementos heterogéneos). No obstante, el autor desliza de vez en cuando valoraciones que afectan no solo a la cantidad y calidad de la producción cultural de la época sino al hecho mismo de que se hiciera bajo la dictadura. Aquí los suspicaces tendrán otro motivo para la discordia. ¿“Bajo Franco” significa “gracias a Franco” o “a pesar de Franco”? Al comentar el memorándum de Fernández del Amo sobre lo que debía ser un museo de arte contemporáneo, se pregunta Treglown retóricamente que quién podría sospechar que tal propuesta “se escribió no solo bajo, sino para la dictadura de Franco” (p. 103). Algo más adelante, examinando la cosecha pictórica, comenta el trabajo de cuatro grandes artistas del momento, Chillida, Tàpies, Millares y Saura. Artistas, recalca, de celebridad internacional, que… “vivieron y trabajaron en la España de Franco” (p. 107). Las mejores películas que se hicieron bajo el régimen, a pesar de la censura, desafiaron la versión oficial de la historia reciente: “en el cine español nunca hubo un pacto de olvido” (p. 219). Por si fuera poco, se subraya en más de una ocasión que muchos de los males que los antifranquistas atribuyeron a la cerrazón de la dictadura estaban lejos de ser específicos de esta: “El control de la industria cinematográfica por el gobierno no fue iniciativa de los nacionales, y tampoco fue exclusivo de España” (p. 232).
Supongo que más de uno piensa a estas alturas que con esos mimbres se construye una visión edulcorada de la España franquista en la línea de cierto revisionismo historiográfico y mediático. Es verdad que se dedican excesivas páginas al fenómeno Moa (pp. 156-163), pero más como fenómeno sociológico o de arraigo de unas determinadas actitudes políticas que como historiador serio . Pero, por otro lado, el libro se abre y termina en un marco fúnebre, con exhumaciones, fosas comunes y familiares que buscan a sus víctimas (las de la guerra civil, naturalmente, o la posterior represión franquista). De hecho, a este tema se dedica una atención desmesurada para un libro que pretende ser básicamente un retrato sociológico-cultural: el capítulo 1, “Mala memoria” tiene como espacio privilegiado el cementerio de San Rafael, en Málaga, que alberga más de cuatro mil personas “ejecutadas sin juicio previo entre 1936 y 1955”. El segundo, “¿Las tumbas de quiénes?”, tiene un título tan explícito que ahorra glosa alguna. El tercero trata de otro tipo de tumbas, la de los pueblos sacrificados y sepultados para construir los famosos embalses de la dictadura, “los pantanos del caimán”. En el cuarto, como también se indica desde el propio título, “Las criptas de Franco”, volvemos a las inhumaciones, pero esta vez a lo grande, para tratar la necrofilia franquista, con el Valle de los Caídos como asunto central, aunque se abordan otros asuntos colaterales, desde la construcción de un museo local sobre la guerra civil en una pequeña localidad andaluza (Almedinilla) a la situación actual del Pazo de Meirás. En total el lector ha de esperar cerca de cien páginas –casi la tercera parte del texto, descontadas las notas- para que se aborde la cultura española de la época, y aun así, el protagonismo de la guerra en su sentido más dramático –torturas, fusilamientos, atrocidades- es poco menos que asfixiante. De hecho, el decepcionante “Posfacio”, lejos de ser una recapitulación o algo parecido a unas conclusiones, da unas pinceladas sueltas que terminan nuevamente en el mismo sitio en que empezó el recorrido, el cementerio de San Rafael.
El último capítulo de la primera parte aborda la producción artística bajo el franquismo tomando como referencia los nombres más señeros o las realizaciones más impactantes desde el punto de vista foráneo, como el Museo de Arte Abstracto de Cuenca (“el museo más hermoso del mundo”). Toda la segunda parte está dedicada a determinados campos de la cultura española desde la posguerra a nuestros días, con especial énfasis en la narrativa (a la que se dedican tres capítulos). Otro se ocupa de la historia –también con un protagonismo absorbente de la guerra: de hecho su epígrafe es “las guerras de la historia”- y uno más de la producción cinematográfica (con el incongruente título de “las películas de Franco”, cuando la tesis es precisamente que la inmensa mayoría de las películas españolas de calidad fueron “contra Franco”). No nos vamos a poner puristas a estas alturas y hacer recuento de todo lo que falta en este recorrido, como hacía Molina Foix cuando echaba en cara al autor la clamorosa ausencia de toda la cosecha poética del período. Al fin y al cabo esto no es un manual sino un ensayo y, por tanto, debe aceptarse sin cortapisas que Treglown seleccione el material y el registro más adecuado para sus fines. Otra cosa distinta que sí puede y debe juzgarse es si los resultados están acordes con los objetivos propuestos. Y he aquí, me temo, donde surgen más serias dudas acerca de la consecución del propósito.
Entrar ahora en los múltiples errores puntuales, imprecisiones o inexactitudes del texto sería tedioso. Me limito a consignar, solo a guisa de ejemplo: “hicieron falta tres años para redactar y ratificar la Constitución” (p. 23); el pintoresco uso del concepto de feudalismo (pp. 92-93: “la duquesa continuó haciendo gala de feudalismo”); a Unamuno “en 1939 se [le] había echado de su cátedra en Salamanca por estar del lado equivocado” (p. 118); Picasso en su “Sueño y mentira de Franco” ataca a este “por haber destruido la España tradicional” (p. 126). Más grave, desde el punto de vista del paradigma historiográfico vigente, es que Treglown siga sustentando en el fondo la interpretación de la especificidad española: “pese a su integración en Europa”, el país es en muchos aspectos “distintivo” o, por decirlo con toda la formulación tópica, “España aún parece diferente” (p. 5). Y más grave aún, en mi opinión, es que una persona de la formación universitaria de Treglown opte, más que por el análisis en profundidad, por el típico formato de crónica periodística: no es solo que mezcle muchas cosas y muy diversas –la guerra y su huella, el cine, Franco, la memoria histórica, las fosas, la literatura, los pantanos, la censura, la Academia de la Historia, etc.- sino que realiza un batiburrillo entre elementos nimios, anécdotas e incidentes -por una parte-, con grandes decisiones políticas, obras maestras o grandes realizaciones culturales -por otra-, sin gradación alguna, como si todo significara lo mismo o se moviera en el mismo plano.
Todo ello no obsta para reconocer que el libro de Treglown contiene no pocas páginas brillantes (sobre todo en su tramo central), certeras intuiciones y una aguda exploración de determinados autores y algunas de sus obras fundamentales (en especial cuando aborda el examen de novelas y películas). Otra cosa distinta es que se discrepe de sus valoraciones como cuando compara a Gironella con Joyce y Grossman, o a Ferlosio con Beckett. Pero en conjunto es difícil escapar a un cierto efecto de insatisfacción al acabar el libro. ¿Digno? Sí, pero nada más. Para el que desconozca todo o casi todo sobre España puede ser una aproximación útil. Pero la mirada de Treglown difícilmente aportará algo novedoso al público español. Aunque quizás, en el fondo, todo esto pueda también reducirse a una cuestión de expectativas, como se decía al comienzo de este comentario.
LA CULTURA, FRANCO Y SU CRIPTA
Publicado en “Revista de Libros”, revistadelibros.com, noviembre 2014.
http://www.revistadelibros.com/resenas/la-memoria-historica-las-fosasla-cultura-franco-y-su-cripta
Jeremy Treglown: La cripta de Franco. Viaje por la memoria y la cultura del franquismo. Traducción de Joan Andreano Weyland. Ariel, Barcelona, 2014. 358 pp.
La labor del crítico se desarrolla siempre en un contexto de ideas, tendencias, convenciones e intereses (puros o espurios) que condicionan inevitablemente las valoraciones que efectúa. No obstante, uno de los artificios que todos construimos y sustentamos lleva a establecer como ideal realizable y a menudo realizado una disposición de frialdad, casi asepsia, en el examen crítico de cualquier creación, una actitud que recuerda a esas consabidas “suspensiones de incredulidad” con que nos enfrentamos a obras imaginativas. Lo cierto, empero, es que cuando el crítico se enfrenta a cualquier obra dispone de unas informaciones previas y, en función de ellas, tiene ya bosquejada una cierta idea del libro en cuestión y unas expectativas con respecto al autor, así como una determinada disposición con respecto al tema que trata, por no alargarnos ahora en otros aspectos, no siempre menores.
Si reconozco explícitamente estos lugares comunes, es porque considero que son de particular aplicación a este caso. Sabía de la investigación de Jeremy Treglown antes incluso de que se publicara la versión original, inglesa, del volumen que nos ocupa. Salió hace algo más de un año con el título de Franco’s Crypt. Spanish Culture and Memory since 1936 y, por motivos que no interesan en este momento, no pude leer entonces la publicación. Sí leí en cambio con interés por aquel tiempo una reseña de Felipe Fernández-Armesto en The Times Literary Supplement (“After the Generalísimo”, TLS, 13 de noviembre de 2013 ) y poco después una larga tribuna de Vicente Molina Foix en las páginas de El País (“Abrir la cripta de Franco”, EP, 16 de febrero de 2014 ). El análisis de Molina, una especie de larga reseña que no se declaraba como tal, llevaba como subtítulo inequívoco “Errores y omisiones en un reciente estudio británico sobre España” y era, en efecto, singularmente crítica, casi hostil, con el trabajo de Treglown. El balance claramente desfavorable que, en opinión del crítico, arrojaba el ensayo del británico quedaba potenciado por los párrafos que se resaltaban tipográficamente (“El estudio fracasa por la minusvaloración del papel de la poesía o la confusión sobre el cine”. “El autor dedica una línea a Miguel Hernández, pero habla de Massiel o de Cuéntame”) y motivó una respuesta dolida del propio Treglown que publicó el mismo periódico en sus “Cartas al director” (“Falsa impresión”, EP, 18 de marzo de 2014 ).
Confieso que el tono de Molina Foix, tan acre y displicente, provocó en mí un efecto opuesto de simpatía hacia el autor, inmediatamente potenciado por los elogios hacia el libro de un escritor, Antonio Muñoz Molina, cuyas opiniones me merecen bastante respeto: “This is the most comprehensive, most perceptive book on Spain that I have read for a long time” (esta misma frase –traducida- aparece también en la contraportada de la edición española). Por si fuera poco, mi propia experiencia investigadora con la bibliografía extranjera sobre los usos y costumbres españoles a lo largo de los siglos –desde los “curiosos impertinentes” a los “nuevos románticos”- me ha llevado desde hace tiempo a valorar e incluso a disfrutar tales aportaciones, no porque juzgue de manera ingenua o acomplejada que la extranjería signifique de algún modo un valor añadido sino sencillamente porque he podido constatar que con frecuencia la mirada foránea es capaz de aportar elementos de comprensión (el bosque en su conjunto) allá donde la proximidad no nos deja ver lo esencial. En fin, cuento todo esto para perfilar adecuadamente cuál era mi disposición previa a la lectura de la versión en castellano del libro de Treglown y también -¿por qué no decirlo?, aunque sea adelantar ya conclusiones- que mi relativa y matizada decepción final no sólo no obedece a una predisposición negativa sino que, muy al contrario, se ha producido a pesar de que abrí sus páginas con expectación rayana en la simpatía.
Si insisto en esos pormenores es porque la tesis del libro es polémica hasta el punto de que, aquí y ahora, aunque menos que hace algunos años, sigue levantando pasiones, gestos viscerales y ademanes radicales, no solo entre un público ad hoc, enragé, más o menos movilizado, sino incluso entre teóricos y especialistas, empezando claro está por los propios historiadores. Por ello quiero dejar bien claro que mi distanciamiento de Treglown no deriva de lo fundamental, porque suscribo plenamente el principio que sustenta la investigación del autor británico, el de que la cultura española bajo Franco nunca fue el erial que ha pretendido un importante sector de la oposición al dictador. Si la estimación del libro de Treglown ha de medirse por la robustez con que mantiene y ejemplifica dicha tesis, su valor es incuestionable.
En la línea que suele ser usual en el ensayismo anglosajón, el susodicho planteamiento se expone y desarrolla en términos más empíricos que especulativos (bien es verdad que a costa de acumular en ocasiones elementos heterogéneos). No obstante, el autor desliza de vez en cuando valoraciones que afectan no solo a la cantidad y calidad de la producción cultural de la época sino al hecho mismo de que se hiciera bajo la dictadura. Aquí los suspicaces tendrán otro motivo para la discordia. ¿“Bajo Franco” significa “gracias a Franco” o “a pesar de Franco”? Al comentar el memorándum de Fernández del Amo sobre lo que debía ser un museo de arte contemporáneo, se pregunta Treglown retóricamente que quién podría sospechar que tal propuesta “se escribió no solo bajo, sino para la dictadura de Franco” (p. 103). Algo más adelante, examinando la cosecha pictórica, comenta el trabajo de cuatro grandes artistas del momento, Chillida, Tàpies, Millares y Saura. Artistas, recalca, de celebridad internacional, que… “vivieron y trabajaron en la España de Franco” (p. 107). Las mejores películas que se hicieron bajo el régimen, a pesar de la censura, desafiaron la versión oficial de la historia reciente: “en el cine español nunca hubo un pacto de olvido” (p. 219). Por si fuera poco, se subraya en más de una ocasión que muchos de los males que los antifranquistas atribuyeron a la cerrazón de la dictadura estaban lejos de ser específicos de esta: “El control de la industria cinematográfica por el gobierno no fue iniciativa de los nacionales, y tampoco fue exclusivo de España” (p. 232).
Supongo que más de uno piensa a estas alturas que con esos mimbres se construye una visión edulcorada de la España franquista en la línea de cierto revisionismo historiográfico y mediático. Es verdad que se dedican excesivas páginas al fenómeno Moa (pp. 156-163), pero más como fenómeno sociológico o de arraigo de unas determinadas actitudes políticas que como historiador serio . Pero, por otro lado, el libro se abre y termina en un marco fúnebre, con exhumaciones, fosas comunes y familiares que buscan a sus víctimas (las de la guerra civil, naturalmente, o la posterior represión franquista). De hecho, a este tema se dedica una atención desmesurada para un libro que pretende ser básicamente un retrato sociológico-cultural: el capítulo 1, “Mala memoria” tiene como espacio privilegiado el cementerio de San Rafael, en Málaga, que alberga más de cuatro mil personas “ejecutadas sin juicio previo entre 1936 y 1955”. El segundo, “¿Las tumbas de quiénes?”, tiene un título tan explícito que ahorra glosa alguna. El tercero trata de otro tipo de tumbas, la de los pueblos sacrificados y sepultados para construir los famosos embalses de la dictadura, “los pantanos del caimán”. En el cuarto, como también se indica desde el propio título, “Las criptas de Franco”, volvemos a las inhumaciones, pero esta vez a lo grande, para tratar la necrofilia franquista, con el Valle de los Caídos como asunto central, aunque se abordan otros asuntos colaterales, desde la construcción de un museo local sobre la guerra civil en una pequeña localidad andaluza (Almedinilla) a la situación actual del Pazo de Meirás. En total el lector ha de esperar cerca de cien páginas –casi la tercera parte del texto, descontadas las notas- para que se aborde la cultura española de la época, y aun así, el protagonismo de la guerra en su sentido más dramático –torturas, fusilamientos, atrocidades- es poco menos que asfixiante. De hecho, el decepcionante “Posfacio”, lejos de ser una recapitulación o algo parecido a unas conclusiones, da unas pinceladas sueltas que terminan nuevamente en el mismo sitio en que empezó el recorrido, el cementerio de San Rafael.
El último capítulo de la primera parte aborda la producción artística bajo el franquismo tomando como referencia los nombres más señeros o las realizaciones más impactantes desde el punto de vista foráneo, como el Museo de Arte Abstracto de Cuenca (“el museo más hermoso del mundo”). Toda la segunda parte está dedicada a determinados campos de la cultura española desde la posguerra a nuestros días, con especial énfasis en la narrativa (a la que se dedican tres capítulos). Otro se ocupa de la historia –también con un protagonismo absorbente de la guerra: de hecho su epígrafe es “las guerras de la historia”- y uno más de la producción cinematográfica (con el incongruente título de “las películas de Franco”, cuando la tesis es precisamente que la inmensa mayoría de las películas españolas de calidad fueron “contra Franco”). No nos vamos a poner puristas a estas alturas y hacer recuento de todo lo que falta en este recorrido, como hacía Molina Foix cuando echaba en cara al autor la clamorosa ausencia de toda la cosecha poética del período. Al fin y al cabo esto no es un manual sino un ensayo y, por tanto, debe aceptarse sin cortapisas que Treglown seleccione el material y el registro más adecuado para sus fines. Otra cosa distinta que sí puede y debe juzgarse es si los resultados están acordes con los objetivos propuestos. Y he aquí, me temo, donde surgen más serias dudas acerca de la consecución del propósito.
Entrar ahora en los múltiples errores puntuales, imprecisiones o inexactitudes del texto sería tedioso. Me limito a consignar, solo a guisa de ejemplo: “hicieron falta tres años para redactar y ratificar la Constitución” (p. 23); el pintoresco uso del concepto de feudalismo (pp. 92-93: “la duquesa continuó haciendo gala de feudalismo”); a Unamuno “en 1939 se [le] había echado de su cátedra en Salamanca por estar del lado equivocado” (p. 118); Picasso en su “Sueño y mentira de Franco” ataca a este “por haber destruido la España tradicional” (p. 126). Más grave, desde el punto de vista del paradigma historiográfico vigente, es que Treglown siga sustentando en el fondo la interpretación de la especificidad española: “pese a su integración en Europa”, el país es en muchos aspectos “distintivo” o, por decirlo con toda la formulación tópica, “España aún parece diferente” (p. 5). Y más grave aún, en mi opinión, es que una persona de la formación universitaria de Treglown opte, más que por el análisis en profundidad, por el típico formato de crónica periodística: no es solo que mezcle muchas cosas y muy diversas –la guerra y su huella, el cine, Franco, la memoria histórica, las fosas, la literatura, los pantanos, la censura, la Academia de la Historia, etc.- sino que realiza un batiburrillo entre elementos nimios, anécdotas e incidentes -por una parte-, con grandes decisiones políticas, obras maestras o grandes realizaciones culturales -por otra-, sin gradación alguna, como si todo significara lo mismo o se moviera en el mismo plano.
Todo ello no obsta para reconocer que el libro de Treglown contiene no pocas páginas brillantes (sobre todo en su tramo central), certeras intuiciones y una aguda exploración de determinados autores y algunas de sus obras fundamentales (en especial cuando aborda el examen de novelas y películas). Otra cosa distinta es que se discrepe de sus valoraciones como cuando compara a Gironella con Joyce y Grossman, o a Ferlosio con Beckett. Pero en conjunto es difícil escapar a un cierto efecto de insatisfacción al acabar el libro. ¿Digno? Sí, pero nada más. Para el que desconozca todo o casi todo sobre España puede ser una aproximación útil. Pero la mirada de Treglown difícilmente aportará algo novedoso al público español. Aunque quizás, en el fondo, todo esto pueda también reducirse a una cuestión de expectativas, como se decía al comienzo de este comentario.
domingo, 30 de noviembre de 2014
Unamuno
UNAMUNO.
EL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA
Publicado en La Aventura de la Historia, nº extra, noviembre 2014, pp. 108-115.
Un bel morir tutta la vida onora escribió Petrarca, haciéndose eco de la sabiduría clásica (“una muerte virtuosa redime una vida torpe” había enseñado Tácito). A don Miguel de Unamuno y Jugo se le podía aplicar con propiedad esa sentencia, no desde luego porque fuera torpe su vida, ni mucho menos, sino porque tuvo un final memorable y digno, propio del héroe trágico que siempre anheló ser, que le redimió a ojos de muchos de sus compatriotas de los titubeos, contradicciones e incluso torpezas que le habían granjeado tantas incomprensiones y enemistades.
En la Salamanca militarizada de 1936, cuando se había desatado una represión inmisericorde que afectaba no solo a los opositores al levantamiento franquista –partidos obreros, sindicatos, militantes izquierdistas o simpatizantes republicanos- sino a los desafectos de cualquier tipo, a los tibios o cualquiera que despertara la más mínima sospecha, el aún nominalmente rector de la Universidad (pese a llevar ya tiempo jubilado) fue la única voz que se alzó públicamente para decirles a la cara a los sublevados “Venceréis pero no convenceréis”. Desafiando las armas y los amenazantes brazos en alto, un anciano digno, valeroso, indignado y aún enérgico pronunció la pieza oratoria más emocionante de la guerra civil.
El 12 de octubre, “día de la Raza”, en el solemne acto académico del Paraninfo, en presencia de doña Carmen Polo, esposa de Franco, del general Millán Astray y sus legionarios y de todas las fuerzas vivas de la ciudad, civiles y militares, Unamuno clamó contra el odio infecundo y la sangre inútilmente derramada. Frente a la fuerza bruta mantuvo la fuerza de la razón y contra el grito histérico del mutilado fundador de la Legión (“¡Viva la muerte!”) defendió la persuasión de la inteligencia, que era precisamente lo que en su sentir faltaba a los sublevados.
En aquel clima de terror, cualquier otro que no hubiera tenido la edad y el prestigio de Unamuno no habría escapado vivo del recinto. En cierto modo, también el viejo rector salió herido de muerte. Acosado e insultado, vivió recluido en su domicilio, casi prisionero, tan solo dos meses y medio más. El último día de aquel mismo año fallecía don Miguel, aún obsesionado por el grito necrófilo que se había hecho cruenta realidad a lo largo y ancho de su país. Una patria, España, más madrastra que nunca.
Entre guerra y guerra
Es verdad que, mirados más de cerca, el comportamiento y las actitudes del pensador vasco en su último semestre de vida daban pábulo a todo tipo de interpretaciones y malentendidos. Lejos de ser ejemplar, su conducta pública desde el 18 de julio –en manifiesto contraste con las tribulaciones que confesaba en privado o sotto voce- había sido como mínimo imprudente. Su decepción por la deriva del régimen republicano, que a su modo contribuyó a hacer posible, y su particular inquina contra Azaña le habían llevado a adherirse al Alzamiento. Pensaba o, mejor dicho, quería pensar que los militares salvarían a España del caos y las hordas rojas. Creyó en fin que traerían la ansiada regeneración quienes solo entendían de depuración mediante el exterminio del disidente.
A don Miguel le gustaban las paradojas. Su vida misma estaba llena de ellas pero, además, le gustaba provocar así a sus compatriotas, no solo como recurso retórico sino sobre todo como método para sacarles de la modorra secular, al modo costista. Entre las incitaciones más repetidas a lo largo de su trayectoria intelectual estaba precisamente la de la guerra civil. ¡Un hombre culto, una inteligencia preclara, proclamando que solo la guerra civil podría salvar a España! Aunque la mayoría de las veces el filósofo aclaraba que hablaba en términos metafóricos –una guerra civil incruenta- era evidente que el uso reiterado de ese concepto en las circunstancias españolas constituía, como poco, en un hombre de su proyección pública, una gran irresponsabilidad. El propio Unamuno se dio cuenta de ello… cuando ya era demasiado tarde.
La guerra, y muy en particular la guerra civil, fue una sombra recurrente a lo largo de su vida. Había nacido en el seno de una familia de clase media en Bilbao el 29 de septiembre de 1864. A comienzos de 1874 un jovencísimo Miguel vive con expectación infantil el cerco carlista y los bombardeos de su ciudad natal, en una de aquellas guerras civiles que jalonaron el convulso siglo XIX español. El episodio le servirá para ambientar su primera novela, Paz en la guerra, publicada en 1897 (por cierto, con poco éxito).
Este último año es el tercero de la insurrección cubana, un conflicto que desangra a un país ya de por sí sumido en el atraso y la pobreza. Pese a ello, las altas autoridades civiles y militares (de Cánovas a Weyler) alardean de que se empleará “hasta el último hombre y la última peseta” en mantener los últimos restos del Imperio español en el Caribe. Unamuno, a la sazón ya catedrático de Griego en la Universidad de Salamanca, escribe en la Lucha de clases, periódico socialista dirigido por Valentín Hernández, apasionados artículos contra la guerra. Uno de ellos provocó una persecución judicial de la que Unamuno se escabulló no muy gallardamente, dejando que en su lugar se encarcelara al director de la publicación.
Algunos años más adelante, ya en la segunda década del siglo XX, toda Europa primero y el mundo entero seguidamente se convulsionan con la mayor conflagración bélica hasta entonces conocida, no en vano denominada en un principio la “Gran Guerra”. Aunque España fue de los pocos países que mantuvo una neutralidad que le libró de entrar en la carnicería, la sociedad española se conmocionó y fracturó en un durísimo debate interno –hubo quien habló de una peculiar contienda civil- entre los partidarios de uno y otro bando, aliadófilos y germanófilos. El reputado rector de Salamanca hizo valer su prestigio para apoyar con suma vehemencia la “causa de la libertad” (la opción francesa) frente al cerrado autoritarismo que se atribuía al otro sector.
Intelectual comprometido… e irritado
Esas y otras muchas tomas de posición en el debate público y la controversia política durante el convulso reinado de Alfonso XIII (al que, por cierto, profesaba una especial inquina) granjearon a Unamuno una justa vitola de intelectual comprometido con la libertad, su país y su tiempo, siempre en una línea de crítica progresista que, por decirlo con el afán de la época, podría situarse grosso modo dentro de la corriente regeneracionista. La resuelta y temprana oposición a la Dictadura de Primo de Rivera –tanto más estimable cuanto que no pocos intelectuales y políticos sedicentemente progresistas sucumbieron, por lo menos al principio, a los cantos de sirena del Dictador- le valió el destierro, primero en Fuerteventura (1924) y luego en París y Hendaya (hasta 1930).
El exilio intensificó algunos de los rasgos más negativos de su carácter, como el pesimismo, la desesperanza o la queja amarga y muchas veces injusta, por desmesurada. Los escritos en la capital francesa están llenos de lamentaciones por el panorama desalentador que halla por doquier en el sombrío y siniestro otoño parisiense. Y cuando mira a su país no ve más que motivos para el recelo, el abatimiento y la melancolía. La pasión de España se convierte así en desesperación de España (“¡España! ¿A alzar su voz nadie se atreve?” dice uno de sus sonetos).
Con razón o sin ella, Unamuno –tan egoísta en la vida cotidiana como egotista en el plano intelectual- tiende a lamentarse de todo y por todo. En realidad, hasta ese momento, no le había ido tan mal en la vida, si la situamos en el contexto de lo que era usual en la España de la época. Se había criado en el seno de una familia acomodada y en un ambiente hasta cierto punto liberal, había podido llegar a hacer estudios superiores, había ganado una cátedra en una de las más prestigiosas universidades del país, había accedido pronto (1900) al rectorado de la misma, había publicado numerosas obras de los más variados géneros que le procuraron un merecido prestigio y era en fin uno de los intelectuales más influyentes del país. Desde el punto de vista personal, se había casado en 1891 con Concha Lizárraga, que fue siempre –desde que la conoció de jovencito y hasta su muerte en 1934- la mujer de su vida. Con ella tuvo nueve hijos.
La otra cara de la moneda la constituía no tanto los sinsabores y desgracias como la forma concreta en que Unamuno había afrontado la parte menos grata de la existencia. Dicho claramente, es cierto que la enfermedad y la muerte rondaron el entorno familiar de Unamuno desde la niñez: su padre falleció en 1870, cuando apenas contaba seis años de edad y por esas mismas fechas murieron también algunos familiares muy próximos, unas contingencias –todo lo penosas que se quieran- que eran no obstante bastante usuales en la España del momento. Lo decisivo, más que esas circunstancias aciagas, fue el medio en el que se formó el joven Miguel, un ambiente opresivo, sombrío y luctuoso. Ahí se forjó el carácter que luego le distinguiría: austero, tacaño, puritano, autoritario, exaltado, huraño, neurótico.
Este último rasgo se vio intensificado por dos sucesos desgraciados de su vida, la crisis de angustia del 22 de marzo de 1897 (que marcaría un hito en su trayectoria intelectual y espiritual) y, aún en mayor medida, la terrible enfermedad y posterior fallecimiento de su querido hijo Raimundín en noviembre de 1902, con solo seis años de edad. Estos hechos infaustos incrementarán su ya asentada propensión a ver el mundo en su vertiente más negativa. El abatimiento, la amargura, el lamento, la angustia y el desgarro serán compañeros habituales de sus días y reflexiones, dibujando una trayectoria vital más amarga, íntimamente desdichada y hasta algo mezquina que propiamente trágica.
Don Quijote como héroe trágico
Sin embargo, Unamuno luchó con todas sus fuerzas para apropiarse en el plano intelectual de esa dimensión trágica de la existencia como elemento consustancial a su vida y su pensamiento. Y en cierta manera lo logró. No es exagerado decir que uno de sus títulos más emblemáticos, Del sentimiento trágico de la vida (1913), le retrata y le representa como ningún otro. Y si añadimos otra obra insoslayable, La agonía del cristianismo (1925), disponemos de las claves fundamentales para enmarcar su cosmovisión: el filósofo vasco vive y teoriza su peculiar fe cristiana como agonía, sufre en sus entrañas el dolor de España, entiende el patriotismo como militancia trágica, está obsesionado con la muerte y, sobre todo, con lo que esta representa para el ser humano (su limitación, su finitud). Unamuno, en fin, solo concibe la vida como desafío a la muerte, como combate trágico, como lucha agónica. Con razón dijo Antonio Machado que el rector salmantino fue, entre todos los pensadores hispanos que hollaron ese campo, el más rebelde y el menos senequista, porque nunca quiso someterse a su destino mortal.
Es congruente con todo ello que uno de sus héroes preferidos sea Don Quijote. En su caso no se trata propiamente de una referencia ideal o idealizada, sino de algo más complejo, pues él mismo se siente implicado en un trágico combate quijotesco contra el mundo, la vida y, en un plano más concreto, contra un país secularmente estancado y unos compatriotas abúlicos o pancistas.
Pero casi nada es lineal en nuestro autor: su fijación quijotesca pasa por dos fases bien diferenciadas, casi antitéticas. Cuando escribe En torno al casticismo (1895), asume la perspectiva progresista convencional para superar la postración española: olvidar la locura quijotesca que nos ha traído tantos males, matar incluso a Don Quijote “para que resucite Alonso Quijano el Bueno”. Diez años después, en Vida de Don Quijote y Sancho (1905), da un giro radical: hay que “rescatar el sepulcro del Caballero de la Locura del poder de los hidalgos de la Razón”. La locura quijotesca no solo es necesaria, sino redentora. Aunque lo dejen solo, el caballero heroico nos marca el camino… Es difícil sustraerse a la impresión de que Unamuno se refería no solo al héroe cervantino sino al papel que él mismo ansiaba desempeñar en la complicada coyuntura española.
Por ello, decir tan solo que don Miguel fue un incansable inconformista es quedarse muy corto. Fue un rebelde indomable y un heterodoxo recalcitrante en todos los campos que transitó, que fueron muchos: el ensayo, la filosofía, el artículo periodístico, la novela, el relato corto, el teatro, la poesía… La antes mencionada crisis de 1897 le alejó para siempre de un credo socialista sui generis y le sumió en una incertidumbre existencial que ya no abandonaría nunca. Por eso su cristianismo nada tiene de convencional. Unamuno quiere creer porque no puede entender ni, mucho menos aceptar, que estemos abocados a la nada. Por eso interpela a Dios de modo angustioso para, a renglón seguido, desesperarse con su silencio.
El hombre de carne y hueso
Frente a las abstracciones reduccionistas habituales en la reflexión filosófica –la razón, la conciencia, el sujeto, etc.- el pensador español siempre enfatizó que su punto de referencia era el ser humano concreto: la suya, decía, era siempre la perspectiva del hombre de carne y hueso, el que duda, ama, lucha y sufre. Aunque muchas veces tendamos a poner en primer plano sus contradicciones, en el pensamiento unamuniano hay también unas constantes que se reflejan no solo en sus obras más teóricas o reflexivas, sino en otras modalidades literarias aparentemente menos propicias. El pensador aprovechó su incursión por otros géneros para dar rienda suelta a sus obsesiones como preguntas sin contestaciones. Porque él sabía muy bien que las cuestiones más trascendentales para el ser humano no tenían respuesta.
Todo ello es muy patente en su poesía, injustamente minusvalorada en el conjunto de su producción. Aquí se pone de manifiesto que su fe no surge de la razón sino de la angustia y la desesperación del hombre. Es por ello una fe que se empapa en sangre. Más español que nunca, Unamuno reivindica los Cristos sanguinolentos de la tradición hispana, porque el propio Cristo culminó su misión derramando su sangre con un padecimiento atroz. A ese Cristo que no oculta el sufrimiento (Cristo de Velázquez, Cristo yacente de Santa Clara), Unamuno le hace preguntas angustiadas. Creer en Dios, escribe con sinceridad conmovedora, “es anhelar que le haya”. Para nuestro autor el tormento vital no deriva de los espantajos habituales –la posibilidad del infierno, el castigo eterno- sino del hecho ineluctable de la muerte y la posibilidad –esta sí tenebrosa- de que tras ella se abra la nada, el vacío absoluto.
En sus relatos, cuentos y novelas hay también una marcada tendencia a expresar teorías y problemas, dilemas intelectuales y conflictos existenciales. Son en su mayoría, por no decir en su totalidad, narraciones de ideas, cuando no de tesis. Están imbuidas de un espíritu triste, como si su autor volcara la imagen deprimente que le produce el país y el paisanaje (no, por cierto, el paisaje, que cantó en forma magistral en sus libros de viaje). De este modo, el conflicto individual se inserta en el marasmo colectivo. Si la vida humana es siempre de por sí debate agónico, ¿qué decir entonces de ese ser humano que ha tenido la suerte y la desdicha de nacer español? Los conceptos que suele emplear para aludir a la circunstancia española que le toca vivir son bochorno, vulgachería, anemia, decrepitud, pobreza moral… En el mejor de los casos, “somos un pueblo de pordioseros arrogantes”, clama con su característica vehemencia, desmesura y visceralidad.
Su pesimismo en cualquier caso es siempre combativo. El dolor es consustancial a la conciencia humana. A veces, sin embargo, como a todo mortal, le gana el abatimiento. Al fin y al cabo, ¿para qué tanto combate? ¿No sería mejor disolverse en la nada de una vez? El destino del hombre es ser para la muerte, se dice en diversas ocasiones y de diversas formas en Niebla (1914). Y en San Manuel Bueno, mártir (1930), nos parece oír al Unamuno más íntimo cuando confiesa: “Mi alma está triste hasta la muerte”.
Desde el punto de vista intelectual durante el primer tercio del s. XX solo Ortega y Gasset le superó en prestigio e influencia. Polemista brillante, erudito, provocador, el gran problema de don Miguel fue su ego hipertrofiado, su carácter displicente y abrupto, su individualismo exacerbado. Él mismo se justificaría con frecuencia aludiendo a que estaba en permanente guerra interior –como el machadiano guerra con sus entrañas-, pero lo cierto es que a Unamuno le costaba tener discípulos y aun simpatizantes porque su trayectoria ideológica y personal estaba llena de desplantes y zigzagueos, cuando no de clamorosas contradicciones. Más admirado que seguido, más temido que amado, fue también –quizá por todo ello- bastante incomprendido, cuando no acremente vituperado por sus coetáneos. Aun hoy, como reconocen sus propios biógrafos (Jon Juaristi, el último) sigue siendo un personaje a todas luces incómodo. Volviendo al principio, el incidente de Salamanca le dio la oportunidad postrera: la de terminar siendo al final de su vida el Quijote que siempre aspiró a ser. El Caballero heroico y solitario contra “los hunos y los otros”.
Castilla, España, Europa
Aunque vasco de nacimiento, Unamuno fue uno de los autores del s. XX –al mismo nivel, por poner dos casos paradigmáticos, de Azorín u Ortega- que más insistió en la esencia castellana de España. Castilla, lo castellano, el casticismo o la catolicidad se amalgaman así como elementos fundadores o determinantes de España: “Castilla, sea como fuese, se puso a la cabeza de la monarquía española y dio tono y espíritu a toda ella; lo castellano es, en fin de cuenta, lo castizo”. Son las reflexiones de En torno al casticismo. Unamuno enfatiza: “Castilla paralizó los centros reguladores de los demás pueblos españoles, inhibióles la conciencia histórica en gran parte, les echó en ella su idea, la idea del unitarismo conquistador, la de la catolización del mundo, y esta idea se desarrolló y siguió su trayectoria castellanizándolos. Y de los demás pueblos españoles brotaron espíritus hondamente castellanos, castizamente castellanos, de entre los cuales citaré por ejemplo a Íñigo de Loyola, un vasco. (…) Esta vieja Castilla formó el núcleo de la nacionalidad española y le dio atmós¬fera; ella llevó a cabo la expulsión de los moros, a partir del país de los castillos le¬vantados como atalayas y defensas, y clavó la cruz castellana en Granada; poco después descubrieron un Nuevo Mundo galeras castellanas con dinero de Castilla, y se siguió todo lo que el lector conoce”.
España se enfrenta así, según Unamuno, a un dilema desgarrador: debe decidir entre ser consecuente con sus esencias (Castilla, lo castizo, su peculiar historia) o seguir la vía de otras naciones del occidente europeo (europeización, cientificismo, modernización). Aunque el rector salmantino mantuvo distintas y encontradas opiniones sobre el particular a lo largo de su dilatada existencia, una de las más características y audaces de sus propuestas se cifraba en la “españolización de Europa”: “Tengo la profunda convicción, por arbitraria que sea -tanto más profunda cuanto más arbitraria, pues así pasa con las verdades de fe- (…) de que la verdadera y honda europeización de España, es decir, nuestra digestión de aquella parte de espíritu euro¬peo que puede hacerse espíritu nuestro, no empezará hasta que no trate¬mos de imponernos en el orden espiritual a Europa, de hacerles tragar lo nuestro, lo genuinamente nuestro, a cambio de lo suyo, hasta que no tratemos de españolizar a Europa...”
La patria profunda: la intrahistoria, el paisaje
Unamuno fue un hábil urdidor de frases brillantes, paradojas provocadoras y certeras conceptuaciones. Polifacético, erudito, plurilingüe y, como resultado de todo ello, maestro del lenguaje, Unamuno acuñó algunos conceptos que forman ya parte del acervo cultural español. Como por ejemplo el de “intrahistoria”, tan bien explicado por él mismo que hace ociosa glosa alguna: “Todo lo que cuentan a diario los periódicos, la historia toda del “presente mo¬mento histórico”, no es sino la superficie del mar, una superficie que se hiela y cristali¬za en los libros y registros, y una vez cristalizada así, una capa dura, no mayor con respecto a la vida intrahis¬tórica que esta pobre corteza en que vivimos con relación al inmenso foco ardiente que lleva dentro. Los periódicos nada dicen de la vida silen¬ciosa de los millones de hombres sin historia que a todas las horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que, como la de las madrépo¬ras suboceánicas, echa las bases sobre que se alzan los islotes de la Historia... Esa vida intrahis¬tórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustan¬cia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradi¬ción mentira que se suele ir a buscar al pasado enterrado en los libros y papeles y monumentos y pie¬dras...”
El alma del pueblo es indisociable del medio que lo acoge, la naturaleza física. Unamuno, gran viajero, fue también un admirador y un inspirado poeta del paisaje ibérico, como puede verse en sus hermosos libros de viaje. Entre ellos, Por tierras de Portugal y España (1911) y Andanzas y visiones españolas (1922). La amalgama entre el elemento físico y espiritual será una constante en el paisajismo unamuniano, que encuentra el alma española retratada en la soledad y aridez de la Meseta. “No despierta este paisaje sentimientos voluptuosos de alegría y de vivir”. Por el contrario, insiste, aquí “se achica el hombre” y se “siente en medio de la sequía de los campos sequedades del alma”. Sequedad del terreno, rugosidad del alma. Esa es la autentica realidad española.
BIBLIOGRAFÍA BÁSICA UNAMUNO
-González Egido, Luciano: Miguel de Unamuno, Junta Castilla y León, Valla¬dolid, 1997.
-Juaristi, Jon: Miguel de Unamuno, Taurus, Madrid, 2012.
-Rabaté, Colette y Jean-Claude: Miguel de Unamuno, Taurus, Madrid, 2009.
-Roberts, Stephen G. H.: Miguel de Unamuno o la creación del intelectual español moderno, Universidad de Salamanca, 2007.
EL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA
Publicado en La Aventura de la Historia, nº extra, noviembre 2014, pp. 108-115.
Un bel morir tutta la vida onora escribió Petrarca, haciéndose eco de la sabiduría clásica (“una muerte virtuosa redime una vida torpe” había enseñado Tácito). A don Miguel de Unamuno y Jugo se le podía aplicar con propiedad esa sentencia, no desde luego porque fuera torpe su vida, ni mucho menos, sino porque tuvo un final memorable y digno, propio del héroe trágico que siempre anheló ser, que le redimió a ojos de muchos de sus compatriotas de los titubeos, contradicciones e incluso torpezas que le habían granjeado tantas incomprensiones y enemistades.
En la Salamanca militarizada de 1936, cuando se había desatado una represión inmisericorde que afectaba no solo a los opositores al levantamiento franquista –partidos obreros, sindicatos, militantes izquierdistas o simpatizantes republicanos- sino a los desafectos de cualquier tipo, a los tibios o cualquiera que despertara la más mínima sospecha, el aún nominalmente rector de la Universidad (pese a llevar ya tiempo jubilado) fue la única voz que se alzó públicamente para decirles a la cara a los sublevados “Venceréis pero no convenceréis”. Desafiando las armas y los amenazantes brazos en alto, un anciano digno, valeroso, indignado y aún enérgico pronunció la pieza oratoria más emocionante de la guerra civil.
El 12 de octubre, “día de la Raza”, en el solemne acto académico del Paraninfo, en presencia de doña Carmen Polo, esposa de Franco, del general Millán Astray y sus legionarios y de todas las fuerzas vivas de la ciudad, civiles y militares, Unamuno clamó contra el odio infecundo y la sangre inútilmente derramada. Frente a la fuerza bruta mantuvo la fuerza de la razón y contra el grito histérico del mutilado fundador de la Legión (“¡Viva la muerte!”) defendió la persuasión de la inteligencia, que era precisamente lo que en su sentir faltaba a los sublevados.
En aquel clima de terror, cualquier otro que no hubiera tenido la edad y el prestigio de Unamuno no habría escapado vivo del recinto. En cierto modo, también el viejo rector salió herido de muerte. Acosado e insultado, vivió recluido en su domicilio, casi prisionero, tan solo dos meses y medio más. El último día de aquel mismo año fallecía don Miguel, aún obsesionado por el grito necrófilo que se había hecho cruenta realidad a lo largo y ancho de su país. Una patria, España, más madrastra que nunca.
Entre guerra y guerra
Es verdad que, mirados más de cerca, el comportamiento y las actitudes del pensador vasco en su último semestre de vida daban pábulo a todo tipo de interpretaciones y malentendidos. Lejos de ser ejemplar, su conducta pública desde el 18 de julio –en manifiesto contraste con las tribulaciones que confesaba en privado o sotto voce- había sido como mínimo imprudente. Su decepción por la deriva del régimen republicano, que a su modo contribuyó a hacer posible, y su particular inquina contra Azaña le habían llevado a adherirse al Alzamiento. Pensaba o, mejor dicho, quería pensar que los militares salvarían a España del caos y las hordas rojas. Creyó en fin que traerían la ansiada regeneración quienes solo entendían de depuración mediante el exterminio del disidente.
A don Miguel le gustaban las paradojas. Su vida misma estaba llena de ellas pero, además, le gustaba provocar así a sus compatriotas, no solo como recurso retórico sino sobre todo como método para sacarles de la modorra secular, al modo costista. Entre las incitaciones más repetidas a lo largo de su trayectoria intelectual estaba precisamente la de la guerra civil. ¡Un hombre culto, una inteligencia preclara, proclamando que solo la guerra civil podría salvar a España! Aunque la mayoría de las veces el filósofo aclaraba que hablaba en términos metafóricos –una guerra civil incruenta- era evidente que el uso reiterado de ese concepto en las circunstancias españolas constituía, como poco, en un hombre de su proyección pública, una gran irresponsabilidad. El propio Unamuno se dio cuenta de ello… cuando ya era demasiado tarde.
La guerra, y muy en particular la guerra civil, fue una sombra recurrente a lo largo de su vida. Había nacido en el seno de una familia de clase media en Bilbao el 29 de septiembre de 1864. A comienzos de 1874 un jovencísimo Miguel vive con expectación infantil el cerco carlista y los bombardeos de su ciudad natal, en una de aquellas guerras civiles que jalonaron el convulso siglo XIX español. El episodio le servirá para ambientar su primera novela, Paz en la guerra, publicada en 1897 (por cierto, con poco éxito).
Este último año es el tercero de la insurrección cubana, un conflicto que desangra a un país ya de por sí sumido en el atraso y la pobreza. Pese a ello, las altas autoridades civiles y militares (de Cánovas a Weyler) alardean de que se empleará “hasta el último hombre y la última peseta” en mantener los últimos restos del Imperio español en el Caribe. Unamuno, a la sazón ya catedrático de Griego en la Universidad de Salamanca, escribe en la Lucha de clases, periódico socialista dirigido por Valentín Hernández, apasionados artículos contra la guerra. Uno de ellos provocó una persecución judicial de la que Unamuno se escabulló no muy gallardamente, dejando que en su lugar se encarcelara al director de la publicación.
Algunos años más adelante, ya en la segunda década del siglo XX, toda Europa primero y el mundo entero seguidamente se convulsionan con la mayor conflagración bélica hasta entonces conocida, no en vano denominada en un principio la “Gran Guerra”. Aunque España fue de los pocos países que mantuvo una neutralidad que le libró de entrar en la carnicería, la sociedad española se conmocionó y fracturó en un durísimo debate interno –hubo quien habló de una peculiar contienda civil- entre los partidarios de uno y otro bando, aliadófilos y germanófilos. El reputado rector de Salamanca hizo valer su prestigio para apoyar con suma vehemencia la “causa de la libertad” (la opción francesa) frente al cerrado autoritarismo que se atribuía al otro sector.
Intelectual comprometido… e irritado
Esas y otras muchas tomas de posición en el debate público y la controversia política durante el convulso reinado de Alfonso XIII (al que, por cierto, profesaba una especial inquina) granjearon a Unamuno una justa vitola de intelectual comprometido con la libertad, su país y su tiempo, siempre en una línea de crítica progresista que, por decirlo con el afán de la época, podría situarse grosso modo dentro de la corriente regeneracionista. La resuelta y temprana oposición a la Dictadura de Primo de Rivera –tanto más estimable cuanto que no pocos intelectuales y políticos sedicentemente progresistas sucumbieron, por lo menos al principio, a los cantos de sirena del Dictador- le valió el destierro, primero en Fuerteventura (1924) y luego en París y Hendaya (hasta 1930).
El exilio intensificó algunos de los rasgos más negativos de su carácter, como el pesimismo, la desesperanza o la queja amarga y muchas veces injusta, por desmesurada. Los escritos en la capital francesa están llenos de lamentaciones por el panorama desalentador que halla por doquier en el sombrío y siniestro otoño parisiense. Y cuando mira a su país no ve más que motivos para el recelo, el abatimiento y la melancolía. La pasión de España se convierte así en desesperación de España (“¡España! ¿A alzar su voz nadie se atreve?” dice uno de sus sonetos).
Con razón o sin ella, Unamuno –tan egoísta en la vida cotidiana como egotista en el plano intelectual- tiende a lamentarse de todo y por todo. En realidad, hasta ese momento, no le había ido tan mal en la vida, si la situamos en el contexto de lo que era usual en la España de la época. Se había criado en el seno de una familia acomodada y en un ambiente hasta cierto punto liberal, había podido llegar a hacer estudios superiores, había ganado una cátedra en una de las más prestigiosas universidades del país, había accedido pronto (1900) al rectorado de la misma, había publicado numerosas obras de los más variados géneros que le procuraron un merecido prestigio y era en fin uno de los intelectuales más influyentes del país. Desde el punto de vista personal, se había casado en 1891 con Concha Lizárraga, que fue siempre –desde que la conoció de jovencito y hasta su muerte en 1934- la mujer de su vida. Con ella tuvo nueve hijos.
La otra cara de la moneda la constituía no tanto los sinsabores y desgracias como la forma concreta en que Unamuno había afrontado la parte menos grata de la existencia. Dicho claramente, es cierto que la enfermedad y la muerte rondaron el entorno familiar de Unamuno desde la niñez: su padre falleció en 1870, cuando apenas contaba seis años de edad y por esas mismas fechas murieron también algunos familiares muy próximos, unas contingencias –todo lo penosas que se quieran- que eran no obstante bastante usuales en la España del momento. Lo decisivo, más que esas circunstancias aciagas, fue el medio en el que se formó el joven Miguel, un ambiente opresivo, sombrío y luctuoso. Ahí se forjó el carácter que luego le distinguiría: austero, tacaño, puritano, autoritario, exaltado, huraño, neurótico.
Este último rasgo se vio intensificado por dos sucesos desgraciados de su vida, la crisis de angustia del 22 de marzo de 1897 (que marcaría un hito en su trayectoria intelectual y espiritual) y, aún en mayor medida, la terrible enfermedad y posterior fallecimiento de su querido hijo Raimundín en noviembre de 1902, con solo seis años de edad. Estos hechos infaustos incrementarán su ya asentada propensión a ver el mundo en su vertiente más negativa. El abatimiento, la amargura, el lamento, la angustia y el desgarro serán compañeros habituales de sus días y reflexiones, dibujando una trayectoria vital más amarga, íntimamente desdichada y hasta algo mezquina que propiamente trágica.
Don Quijote como héroe trágico
Sin embargo, Unamuno luchó con todas sus fuerzas para apropiarse en el plano intelectual de esa dimensión trágica de la existencia como elemento consustancial a su vida y su pensamiento. Y en cierta manera lo logró. No es exagerado decir que uno de sus títulos más emblemáticos, Del sentimiento trágico de la vida (1913), le retrata y le representa como ningún otro. Y si añadimos otra obra insoslayable, La agonía del cristianismo (1925), disponemos de las claves fundamentales para enmarcar su cosmovisión: el filósofo vasco vive y teoriza su peculiar fe cristiana como agonía, sufre en sus entrañas el dolor de España, entiende el patriotismo como militancia trágica, está obsesionado con la muerte y, sobre todo, con lo que esta representa para el ser humano (su limitación, su finitud). Unamuno, en fin, solo concibe la vida como desafío a la muerte, como combate trágico, como lucha agónica. Con razón dijo Antonio Machado que el rector salmantino fue, entre todos los pensadores hispanos que hollaron ese campo, el más rebelde y el menos senequista, porque nunca quiso someterse a su destino mortal.
Es congruente con todo ello que uno de sus héroes preferidos sea Don Quijote. En su caso no se trata propiamente de una referencia ideal o idealizada, sino de algo más complejo, pues él mismo se siente implicado en un trágico combate quijotesco contra el mundo, la vida y, en un plano más concreto, contra un país secularmente estancado y unos compatriotas abúlicos o pancistas.
Pero casi nada es lineal en nuestro autor: su fijación quijotesca pasa por dos fases bien diferenciadas, casi antitéticas. Cuando escribe En torno al casticismo (1895), asume la perspectiva progresista convencional para superar la postración española: olvidar la locura quijotesca que nos ha traído tantos males, matar incluso a Don Quijote “para que resucite Alonso Quijano el Bueno”. Diez años después, en Vida de Don Quijote y Sancho (1905), da un giro radical: hay que “rescatar el sepulcro del Caballero de la Locura del poder de los hidalgos de la Razón”. La locura quijotesca no solo es necesaria, sino redentora. Aunque lo dejen solo, el caballero heroico nos marca el camino… Es difícil sustraerse a la impresión de que Unamuno se refería no solo al héroe cervantino sino al papel que él mismo ansiaba desempeñar en la complicada coyuntura española.
Por ello, decir tan solo que don Miguel fue un incansable inconformista es quedarse muy corto. Fue un rebelde indomable y un heterodoxo recalcitrante en todos los campos que transitó, que fueron muchos: el ensayo, la filosofía, el artículo periodístico, la novela, el relato corto, el teatro, la poesía… La antes mencionada crisis de 1897 le alejó para siempre de un credo socialista sui generis y le sumió en una incertidumbre existencial que ya no abandonaría nunca. Por eso su cristianismo nada tiene de convencional. Unamuno quiere creer porque no puede entender ni, mucho menos aceptar, que estemos abocados a la nada. Por eso interpela a Dios de modo angustioso para, a renglón seguido, desesperarse con su silencio.
El hombre de carne y hueso
Frente a las abstracciones reduccionistas habituales en la reflexión filosófica –la razón, la conciencia, el sujeto, etc.- el pensador español siempre enfatizó que su punto de referencia era el ser humano concreto: la suya, decía, era siempre la perspectiva del hombre de carne y hueso, el que duda, ama, lucha y sufre. Aunque muchas veces tendamos a poner en primer plano sus contradicciones, en el pensamiento unamuniano hay también unas constantes que se reflejan no solo en sus obras más teóricas o reflexivas, sino en otras modalidades literarias aparentemente menos propicias. El pensador aprovechó su incursión por otros géneros para dar rienda suelta a sus obsesiones como preguntas sin contestaciones. Porque él sabía muy bien que las cuestiones más trascendentales para el ser humano no tenían respuesta.
Todo ello es muy patente en su poesía, injustamente minusvalorada en el conjunto de su producción. Aquí se pone de manifiesto que su fe no surge de la razón sino de la angustia y la desesperación del hombre. Es por ello una fe que se empapa en sangre. Más español que nunca, Unamuno reivindica los Cristos sanguinolentos de la tradición hispana, porque el propio Cristo culminó su misión derramando su sangre con un padecimiento atroz. A ese Cristo que no oculta el sufrimiento (Cristo de Velázquez, Cristo yacente de Santa Clara), Unamuno le hace preguntas angustiadas. Creer en Dios, escribe con sinceridad conmovedora, “es anhelar que le haya”. Para nuestro autor el tormento vital no deriva de los espantajos habituales –la posibilidad del infierno, el castigo eterno- sino del hecho ineluctable de la muerte y la posibilidad –esta sí tenebrosa- de que tras ella se abra la nada, el vacío absoluto.
En sus relatos, cuentos y novelas hay también una marcada tendencia a expresar teorías y problemas, dilemas intelectuales y conflictos existenciales. Son en su mayoría, por no decir en su totalidad, narraciones de ideas, cuando no de tesis. Están imbuidas de un espíritu triste, como si su autor volcara la imagen deprimente que le produce el país y el paisanaje (no, por cierto, el paisaje, que cantó en forma magistral en sus libros de viaje). De este modo, el conflicto individual se inserta en el marasmo colectivo. Si la vida humana es siempre de por sí debate agónico, ¿qué decir entonces de ese ser humano que ha tenido la suerte y la desdicha de nacer español? Los conceptos que suele emplear para aludir a la circunstancia española que le toca vivir son bochorno, vulgachería, anemia, decrepitud, pobreza moral… En el mejor de los casos, “somos un pueblo de pordioseros arrogantes”, clama con su característica vehemencia, desmesura y visceralidad.
Su pesimismo en cualquier caso es siempre combativo. El dolor es consustancial a la conciencia humana. A veces, sin embargo, como a todo mortal, le gana el abatimiento. Al fin y al cabo, ¿para qué tanto combate? ¿No sería mejor disolverse en la nada de una vez? El destino del hombre es ser para la muerte, se dice en diversas ocasiones y de diversas formas en Niebla (1914). Y en San Manuel Bueno, mártir (1930), nos parece oír al Unamuno más íntimo cuando confiesa: “Mi alma está triste hasta la muerte”.
Desde el punto de vista intelectual durante el primer tercio del s. XX solo Ortega y Gasset le superó en prestigio e influencia. Polemista brillante, erudito, provocador, el gran problema de don Miguel fue su ego hipertrofiado, su carácter displicente y abrupto, su individualismo exacerbado. Él mismo se justificaría con frecuencia aludiendo a que estaba en permanente guerra interior –como el machadiano guerra con sus entrañas-, pero lo cierto es que a Unamuno le costaba tener discípulos y aun simpatizantes porque su trayectoria ideológica y personal estaba llena de desplantes y zigzagueos, cuando no de clamorosas contradicciones. Más admirado que seguido, más temido que amado, fue también –quizá por todo ello- bastante incomprendido, cuando no acremente vituperado por sus coetáneos. Aun hoy, como reconocen sus propios biógrafos (Jon Juaristi, el último) sigue siendo un personaje a todas luces incómodo. Volviendo al principio, el incidente de Salamanca le dio la oportunidad postrera: la de terminar siendo al final de su vida el Quijote que siempre aspiró a ser. El Caballero heroico y solitario contra “los hunos y los otros”.
Castilla, España, Europa
Aunque vasco de nacimiento, Unamuno fue uno de los autores del s. XX –al mismo nivel, por poner dos casos paradigmáticos, de Azorín u Ortega- que más insistió en la esencia castellana de España. Castilla, lo castellano, el casticismo o la catolicidad se amalgaman así como elementos fundadores o determinantes de España: “Castilla, sea como fuese, se puso a la cabeza de la monarquía española y dio tono y espíritu a toda ella; lo castellano es, en fin de cuenta, lo castizo”. Son las reflexiones de En torno al casticismo. Unamuno enfatiza: “Castilla paralizó los centros reguladores de los demás pueblos españoles, inhibióles la conciencia histórica en gran parte, les echó en ella su idea, la idea del unitarismo conquistador, la de la catolización del mundo, y esta idea se desarrolló y siguió su trayectoria castellanizándolos. Y de los demás pueblos españoles brotaron espíritus hondamente castellanos, castizamente castellanos, de entre los cuales citaré por ejemplo a Íñigo de Loyola, un vasco. (…) Esta vieja Castilla formó el núcleo de la nacionalidad española y le dio atmós¬fera; ella llevó a cabo la expulsión de los moros, a partir del país de los castillos le¬vantados como atalayas y defensas, y clavó la cruz castellana en Granada; poco después descubrieron un Nuevo Mundo galeras castellanas con dinero de Castilla, y se siguió todo lo que el lector conoce”.
España se enfrenta así, según Unamuno, a un dilema desgarrador: debe decidir entre ser consecuente con sus esencias (Castilla, lo castizo, su peculiar historia) o seguir la vía de otras naciones del occidente europeo (europeización, cientificismo, modernización). Aunque el rector salmantino mantuvo distintas y encontradas opiniones sobre el particular a lo largo de su dilatada existencia, una de las más características y audaces de sus propuestas se cifraba en la “españolización de Europa”: “Tengo la profunda convicción, por arbitraria que sea -tanto más profunda cuanto más arbitraria, pues así pasa con las verdades de fe- (…) de que la verdadera y honda europeización de España, es decir, nuestra digestión de aquella parte de espíritu euro¬peo que puede hacerse espíritu nuestro, no empezará hasta que no trate¬mos de imponernos en el orden espiritual a Europa, de hacerles tragar lo nuestro, lo genuinamente nuestro, a cambio de lo suyo, hasta que no tratemos de españolizar a Europa...”
La patria profunda: la intrahistoria, el paisaje
Unamuno fue un hábil urdidor de frases brillantes, paradojas provocadoras y certeras conceptuaciones. Polifacético, erudito, plurilingüe y, como resultado de todo ello, maestro del lenguaje, Unamuno acuñó algunos conceptos que forman ya parte del acervo cultural español. Como por ejemplo el de “intrahistoria”, tan bien explicado por él mismo que hace ociosa glosa alguna: “Todo lo que cuentan a diario los periódicos, la historia toda del “presente mo¬mento histórico”, no es sino la superficie del mar, una superficie que se hiela y cristali¬za en los libros y registros, y una vez cristalizada así, una capa dura, no mayor con respecto a la vida intrahis¬tórica que esta pobre corteza en que vivimos con relación al inmenso foco ardiente que lleva dentro. Los periódicos nada dicen de la vida silen¬ciosa de los millones de hombres sin historia que a todas las horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que, como la de las madrépo¬ras suboceánicas, echa las bases sobre que se alzan los islotes de la Historia... Esa vida intrahis¬tórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustan¬cia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradi¬ción mentira que se suele ir a buscar al pasado enterrado en los libros y papeles y monumentos y pie¬dras...”
El alma del pueblo es indisociable del medio que lo acoge, la naturaleza física. Unamuno, gran viajero, fue también un admirador y un inspirado poeta del paisaje ibérico, como puede verse en sus hermosos libros de viaje. Entre ellos, Por tierras de Portugal y España (1911) y Andanzas y visiones españolas (1922). La amalgama entre el elemento físico y espiritual será una constante en el paisajismo unamuniano, que encuentra el alma española retratada en la soledad y aridez de la Meseta. “No despierta este paisaje sentimientos voluptuosos de alegría y de vivir”. Por el contrario, insiste, aquí “se achica el hombre” y se “siente en medio de la sequía de los campos sequedades del alma”. Sequedad del terreno, rugosidad del alma. Esa es la autentica realidad española.
BIBLIOGRAFÍA BÁSICA UNAMUNO
-González Egido, Luciano: Miguel de Unamuno, Junta Castilla y León, Valla¬dolid, 1997.
-Juaristi, Jon: Miguel de Unamuno, Taurus, Madrid, 2012.
-Rabaté, Colette y Jean-Claude: Miguel de Unamuno, Taurus, Madrid, 2009.
-Roberts, Stephen G. H.: Miguel de Unamuno o la creación del intelectual español moderno, Universidad de Salamanca, 2007.
martes, 18 de noviembre de 2014
Dos libros sobre Suárez
La sombra de Suárez. Eduardo Navarro. Prólogo de Jorge Trías Sagnier. Plaza Janés, Barcelona, 2014. 336 pp.
El año mágico de Adolfo Suárez. Rafael Ansón. La Esfera de los Libros, Madrid, 2014. 320 pp.
Publicado en “El Cultural”, 14-11-2014.
http://www.elcultural.es/revista/letras/La-sombra-de-Suarez-El-ano-magico-de-Suarez/35485
La Transición y la Guerra Civil son las dos fases de la reciente historia española que más atención han recibido por parte de los especialistas en las últimas décadas. Dentro del interés historiográfico hacia la Transición, el foco se ha puesto habitualmente en su artífice más mediático, Adolfo Suárez. Así lo hacen también los autores de los libros que comentamos, Eduardo Navarro y Rafael Ansón. Otros tres rasgos significativos en común presentan estos volúmenes: están escritos por estrechos colaboradores de Suárez en su etapa más decisiva, retratan con abierta admiración al político abulense y, en tercer lugar, los dos autores se presentan como hombres más cómodos entre bambalinas que en el candelero.
Lo mejor que puede decirse del libro de Navarro es que quizás sea lo más parecido a las memorias que Suárez nunca escribió. Lo peor, para el que espere con morbo revelaciones inconfesables, es que no hallará aquí tales cosas. Sí en cambio múltiples detalles reveladores de los entresijos de la Transición escritos con la ponderación y rigor de un hombre que la vivió en la trastienda. Por ello, como señala Trias Sagnier, editor y prologuista del volumen, su nombre dirá muy poco al gran público. Sin embargo, quienes estuvieron cerca del presidente saben que Navarro fue en efecto la “sombra de Suárez”. Una sombra fiel, discreta y eficaz. Un carácter opuesto al del político de Cebreros: frente al populismo, simpatía y audacia de este, Eduardo representaba el trabajo oscuro, la labor de despacho. Siempre en un segundo o tercer escalón, le faltó coraje para dar un paso adelante y asumir el protagonismo político que en teoría ansiaba. Suárez, que era irresistible cuando quería pero también acremente sincero, lo describió una vez como “impresentable”. La anécdota llegó a oídos del propio Navarro (p. 115), sin que ello supusiera el fin de su colaboración.
Suárez era alérgico a la escritura, casi ágrafo. No obstante, según certifica Trías, hubo un “plan de memorias” que pergeñaron su hija Marian y Eduardo. No es más que un esquema muy elemental, que aquí se reproduce (pp. 26 y ss.). Navarro, por otra parte, escribió su visión del proceso sin aparente intención de publicar. Lo que ahora da a la luz Trías –como antiguo amigo se hizo cargo de sus papeles y documentos- es la fotocopia de un original fechado en 1992. Es una relación estructurada en cinco capítulos, que tiene un inicio natural, el momento en el que Eduardo conoce a Adolfo (curso 1959/60) pero que termina de un modo abrupto en febrero de 1981, dos días después del intento del golpe de Estado. El lector no encontrará en este relato grandes sorpresas pero sí una minuciosa descripción del día a día de la Transición tal como la vivieron sus artífices.
Algo no muy distinto podría decirse del volumen de Ansón, solo que en este caso se acota mucho más el lapso temporal al “año mágico” (julio 1976-junio 1977) y la atención se centra en los medios de comunicación en general y en RTVE en particular. No es una decisión caprichosa, ni mucho menos, sino derivada de dos factores fundamentales: Ansón fue en esa etapa director de esta última –sabe, pues, bien de lo que habla- y además, desde un punto de vista más distanciado, considera que no se ha hecho justicia al papel trascendental que desempeñaron dichos medios y sobre todo RTVE en el éxito de la Transición. Rinde homenaje por ello a periodistas como Lalo Azcona, Eduardo Sotillos, Pedro Macía y M. A. Gozalo, entre otros, y a programas como La clave, Informe Semanal, A fondo o Estudio 1, además naturalmente de los telediarios del cambio.
El relato de Ansón, muy ameno, agiganta la figura de Adolfo Suárez, que aparece como el gobernante providencial que España necesitaba en aquel decisivo momento: osado, imaginativo, resuelto, simpático, intuitivo, carismático… Escribe Ansón en un tono mesurado, siempre comprensivo y respetuoso con todos (adversarios incluidos), quizá para estar él mismo a la altura del mensaje central que quiere transmitir: sumidos a estas alturas como país en una situación también bastante delicada, debíamos tener como referentes aquellos políticos generosos que supieron estar a la altura de lo que los tiempos demandaban.
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