Franco. Biografía del mito. Antonio Cazorla. Traducción del autor. Alianza Editorial, Madrid, 2015. 376 pp.
Publicado en El Cultural, 10-04-2015.
http://www.elcultural.es/revista/letras/Franco-Biografia-del-mito/36262
Un libro como este, que lleva en la portada un retrato en primer plano del Caudillo y superpuestas en mayúsculas y grandes dimensiones seis letras (FRANCO), puede dar la impresión casi inevitable de que constituye una biografía más del dictador. Por eso, lo primero y más urgente para el crítico es aclarar que no se trata exactamente de eso. El subtítulo precisa más la intención del autor: trazar una biografía no tanto de la persona real -el militar, el político, el gobernante- cuanto del personaje -el “mito”- que la propaganda construyó para legitimar su poder, justificar sus decisiones y ensalzar su figura. Es verdad que este perfil de dirigente providencial se superpone al ser de carne y hueso, haciendo a menudo difícil la distinción entre uno y otro. Pero en todo caso ese el propósito que anima y singulariza este excelente estudio.
Para ello, Antonio Cazorla, profesor de la Trent University en Ontario (Canadá) y autor de otras relevantes publicaciones sobre el franquismo y su época, utiliza muchas aportaciones de los renovadores enfoques de historia social y cultural. Podría decirse por tanto que la cuestión medular de su obra es la “construcción política” de un líder mediante las técnicas y recursos del poder, desde los más brutales a los más sutiles. Su libro es una traducción, realizada por el propio autor, de un ensayo publicado primeramente en inglés, fuera de nuestras fronteras. Menciono este dato porque es relevante para encuadrar adecuadamente el volumen. Así, junto al lenguaje preciso y el tono divulgativo, el lector atento percibirá también un encomiable propósito de explicar la reciente historia española a un público no necesariamente familiarizado ni con la historia ni con España.
Otra de las virtudes del análisis de Cazorla es que adopta una sinceridad bastante inusual en nuestros lares. Tras autocalificarse de socialdemócrata pero no militante de partido, confiesa su antipatía hacia Franco, “convencido de que fue un hombre cruel, egoísta y un tirano que hizo mucho daño”. Pero a continuación se retrotrae a sus años de niñez -el ambiente familiar, el entorno almeriense- para reconocer que, cuando murió el dictador, tanto él como los que le rodeaban sintieron una gran pérdida. Muchos, aún hoy, mantienen ese reconocimiento. ¿Por qué? Ese es el motor de la investigación que le conduce durante los siguientes capítulos a tratar de explicar una historia tan complicada como fascinante: cómo se urdió “la popularidad del Caudillo”.
Ese recorrido por la vida de Franco está hábilmente distribuido en cinco capítulos que, además de seguir un orden cronológico, permiten vislumbrar una determinada faceta del General que implica un modo (distinto) de actuar y manifestarse en cada período específico. Solo al final se verá hasta qué punto esas imágenes resultan complementarias. Franco fue primero “héroe militar” (1912-1936), luego “salvador de España” en la guerra, “hombre de paz” tras la victoria, “gobernante prudente” entre 1947 y 1961 y modernizador desde comienzos de los años sesenta hasta su muerte. El capítulo sexto y último se dedica muy oportunamente a su memoria (1975-2014) para exponer en breves pinceladas cómo los historiadores, los políticos y no pocos españoles siguen juzgando ese pasado en términos de confrontación.
Cazorla mantiene por lo general un tono ponderado, sin que ello signifique en lo más mínimo una rebaja del tono crítico con respecto a la casi totalidad de los actos realizados por Franco, tanto como militar como jefe del Estado. Por otro lado, las “públicas virtudes” que tantos le admiraron –patriotismo, valor, equilibrio, paciencia, astucia- fueron, en su opinión, producto de una hábil y persistente hagiografía que empezó magnificando sus lances en tierras marroquíes y continuó hasta su lecho de muerte como “abuelo benevolente”. En el último capítulo el autor sale del ámbito histórico y se sumerge en el debate político de la memoria histórica: la necesidad de sintetizar le lleva a posiciones un tanto estereotipadas en un terreno siempre pantanoso. Concluye Cazorla su periplo arguyendo que lo peor, con todo, es que los españoles no hayan sabido construir en esta etapa democrática que ahora vivimos un legado o “espacio común” de la memoria y de la discusión racional –no visceral- sobre nuestro reciente pasado. Este libro, dice, quiere contribuir a ello.
martes, 14 de abril de 2015
jueves, 9 de abril de 2015
Dragó sobre Roldán
La canción de Roldán. Crimen y castigo. Fernando Sánchez-Dragó. Planeta, Barcelona, 2015. 632 pp.
Publicado en El Cultural, 27/03/2015.
http://www.elcultural.es/revista/letras/La-cancion-de-Roldan/36182
Uno de los rasgos de Fernando Sánchez-Dragó (Madrid, 1936) es que su locuacidad le lleva, sin que haya que esperar mucho, a que lo cuente todo o casi todo. A su manera, claro. En este caso solo hay que esperar a la p. 35 para ver todas las cartas boca arriba: el editor habitual de Dragó le cita y le tienta con el tipo de ofrecimiento que un escritor no puede rechazar. “Tenemos una bomba entre las manos (…) Un figurón de la España corrupta está dispuesto a cantar de plano”. Es verdad lo del figurón, nada menos que Luis Roldán (Zaragoza, 1943), exdirector de la Guardia Civil y uno de los personajes más característicos de la corrupción de la etapa felipista. Lo de cantar de plano es ya harina de otro costal, pero eso quedará a juicio del lector y solo al final de las más de seiscientas páginas del texto.
Lo más normal en estos casos es que el sujeto en cuestión se despache con su versión –sus “memorias”- pero Roldán no quiere ser el autor del libro y propone el nombre de Dragó para la operación. Este se resiste arguyendo que esa clase de obra no es su género ni su estilo, pero termina aceptando no tanto –sugiere- por los argumentos del editor como por la concatenación de azares o “avisos” que le llevan a apropiarse del dictamen de Javier Cercas en Anatomía de un instante: a veces no es el escritor el que elige su tema sino el tema “quien lo está buscando a él”. Una sucesión de casualidades (en París, Laos y el Teatro de los Gatos de Moscú) inclinan la balanza a favor de la aceptación, con solo una condición básica: Dragó admite el encargo pero escribirá una novela. “Una novela de no ficción”, recalca y así, literalmente, aparece en la portada del volumen.
Esto último (¿un oxímoron…, o no?) conduce de modo inevitable a una breve reflexión sobre las fronteras de los géneros. La mención a Cercas no es casual, como no lo sería tampoco aludir a su última obra (El impostor) o citar al último Muñoz Molina (Como la sombra que se va). ¿Cómo encuadrar lo que ha escrito Dragó? Su propio énfasis en calificarlo como novela delata lo controvertible del empeño. No hay aquí personajes de ficción y sí un loable ánimo de recuperar la verdad histórica, con todo lujo de detalles por cierto. La referencia inevitable sería pues A sangre fría de Truman Capote. Dragó la cita en varias ocasiones, junto con Limónov de Emmanuel Carrère, El cero y el infinito de Arthur Koestler y hasta Crimen y castigo de Dostoievski, que presta su subtítulo al libro. Para bien y para mal Dragó se pone el listón bien alto. En esta hibridación de géneros que representa La canción de Roldán, si hay invención es, en todo caso, para rellenar lagunas que, de otro modo, quedarían simplemente como espacios en blanco. Otra cosa muy distinta es que el ego de Sanchez-Dragó se expanda incontenible a lo largo de las páginas, hasta el punto de desdibujar al propio Roldán.
Consciente del reto que ha asumido, Dragó reconoce que el valor de su obra no se podrá medir por revelaciones inéditas ni aportaciones documentales (con excepción del diario de Roldán en la cárcel de Brieva, de escasa relevancia más allá del testimonio personal). Pese a que el autor, con ayuda de Javier Redondo Jordán y Anna Grau, ha intentado entrevistar a los principales protagonistas de los acontecimientos y recopilar todo el material disponible, su libro no se inscribe en la órbita del periodismo de investigación como el que realizaron en su día Antonio Rubio y Manuel Cerdán. Dragó ha escrito una obra muy personal que disecciona la figura de Roldán pero que trasciende al hombre concreto y se convierte en una reflexión sobre una cierta banalidad del mal (en este caso un mal con minúscula comparado con el Holocausto: la corrupción) en una España de mezquinos, impostores y aprovechados. Él mantiene, con su énfasis habitual, que es la España de siempre, la de la picaresca, porque este país no tiene arreglo. Por eso dice también que “Roldán somos todos”. O que todos pudimos llegar a serlo si hubiéramos estado en su situación, lo cual es ciertamente discutible. Menos cuestionable podría ser su conclusión última sobre Roldán como chivo expiatorio, en la medida en que otros a su lado cometieron iguales o mayores tropelías con muchísimo menor coste. En todo caso, si eso y la expiación de sus desmanes redime al personaje, como Dragó pretende, es algo que el lector habrá de juzgar por su cuenta.
Publicado en El Cultural, 27/03/2015.
http://www.elcultural.es/revista/letras/La-cancion-de-Roldan/36182
Uno de los rasgos de Fernando Sánchez-Dragó (Madrid, 1936) es que su locuacidad le lleva, sin que haya que esperar mucho, a que lo cuente todo o casi todo. A su manera, claro. En este caso solo hay que esperar a la p. 35 para ver todas las cartas boca arriba: el editor habitual de Dragó le cita y le tienta con el tipo de ofrecimiento que un escritor no puede rechazar. “Tenemos una bomba entre las manos (…) Un figurón de la España corrupta está dispuesto a cantar de plano”. Es verdad lo del figurón, nada menos que Luis Roldán (Zaragoza, 1943), exdirector de la Guardia Civil y uno de los personajes más característicos de la corrupción de la etapa felipista. Lo de cantar de plano es ya harina de otro costal, pero eso quedará a juicio del lector y solo al final de las más de seiscientas páginas del texto.
Lo más normal en estos casos es que el sujeto en cuestión se despache con su versión –sus “memorias”- pero Roldán no quiere ser el autor del libro y propone el nombre de Dragó para la operación. Este se resiste arguyendo que esa clase de obra no es su género ni su estilo, pero termina aceptando no tanto –sugiere- por los argumentos del editor como por la concatenación de azares o “avisos” que le llevan a apropiarse del dictamen de Javier Cercas en Anatomía de un instante: a veces no es el escritor el que elige su tema sino el tema “quien lo está buscando a él”. Una sucesión de casualidades (en París, Laos y el Teatro de los Gatos de Moscú) inclinan la balanza a favor de la aceptación, con solo una condición básica: Dragó admite el encargo pero escribirá una novela. “Una novela de no ficción”, recalca y así, literalmente, aparece en la portada del volumen.
Esto último (¿un oxímoron…, o no?) conduce de modo inevitable a una breve reflexión sobre las fronteras de los géneros. La mención a Cercas no es casual, como no lo sería tampoco aludir a su última obra (El impostor) o citar al último Muñoz Molina (Como la sombra que se va). ¿Cómo encuadrar lo que ha escrito Dragó? Su propio énfasis en calificarlo como novela delata lo controvertible del empeño. No hay aquí personajes de ficción y sí un loable ánimo de recuperar la verdad histórica, con todo lujo de detalles por cierto. La referencia inevitable sería pues A sangre fría de Truman Capote. Dragó la cita en varias ocasiones, junto con Limónov de Emmanuel Carrère, El cero y el infinito de Arthur Koestler y hasta Crimen y castigo de Dostoievski, que presta su subtítulo al libro. Para bien y para mal Dragó se pone el listón bien alto. En esta hibridación de géneros que representa La canción de Roldán, si hay invención es, en todo caso, para rellenar lagunas que, de otro modo, quedarían simplemente como espacios en blanco. Otra cosa muy distinta es que el ego de Sanchez-Dragó se expanda incontenible a lo largo de las páginas, hasta el punto de desdibujar al propio Roldán.
Consciente del reto que ha asumido, Dragó reconoce que el valor de su obra no se podrá medir por revelaciones inéditas ni aportaciones documentales (con excepción del diario de Roldán en la cárcel de Brieva, de escasa relevancia más allá del testimonio personal). Pese a que el autor, con ayuda de Javier Redondo Jordán y Anna Grau, ha intentado entrevistar a los principales protagonistas de los acontecimientos y recopilar todo el material disponible, su libro no se inscribe en la órbita del periodismo de investigación como el que realizaron en su día Antonio Rubio y Manuel Cerdán. Dragó ha escrito una obra muy personal que disecciona la figura de Roldán pero que trasciende al hombre concreto y se convierte en una reflexión sobre una cierta banalidad del mal (en este caso un mal con minúscula comparado con el Holocausto: la corrupción) en una España de mezquinos, impostores y aprovechados. Él mantiene, con su énfasis habitual, que es la España de siempre, la de la picaresca, porque este país no tiene arreglo. Por eso dice también que “Roldán somos todos”. O que todos pudimos llegar a serlo si hubiéramos estado en su situación, lo cual es ciertamente discutible. Menos cuestionable podría ser su conclusión última sobre Roldán como chivo expiatorio, en la medida en que otros a su lado cometieron iguales o mayores tropelías con muchísimo menor coste. En todo caso, si eso y la expiación de sus desmanes redime al personaje, como Dragó pretende, es algo que el lector habrá de juzgar por su cuenta.
lunes, 23 de marzo de 2015
La protesta social en España
Protestar en España. 1900-2013. Rafael Cruz. Alianza, Madrid, 2015. 336 pp.
Publicado en El Cultural, 20-03-2015.
http://www.elcultural.es/revista/letras/Protestar-en-Espana-1900-2013/36154
Hace ya bastantes años el historiador Norman F. Cantor publicó un estudio global de los movimientos sociales del s. XX con el significativo título de La era de la protesta (Alianza, 1973). Aquella brillante síntesis, escrita a rebufo de las agitaciones de los sesenta, acertaba en caracterizar la protesta social como una “de las principales preocupaciones de nuestra sociedad”. Si esa estimación era cierta en aquellas circunstancias, los acontecimientos posteriores en todo el mundo no han hecho más que ratificarla y extenderla: agitaciones estudiantiles, reivindicaciones laborales, aspiraciones sociales del más variado signo y movilizaciones por la consecución de reconocimientos políticos, entre otras muchas manifestaciones y formas de contestación, han hecho de nuestra época un tiempo de protesta casi permanente. Más aún, cuando a veces se produce cierto reflujo y parece que la sociedad se aquieta, es solo para que la protesta resurja con más virulencia: así acaba de pasar en España con el movimiento de los indignados y el 15-M.
Rafael Cruz es un historiador español con una dilatada trayectoria de investigación y publicaciones. Los interesados en la historia social, campo en el que es especialista, recordarán aquel magnífico volumen, editado por él y M. Pérez Ledesma que se tituló Cultura y movilización en la España contemporánea (Alianza, 1997). Después abordó la biografía (Pasionaria, Biblioteca Nueva, 1999), coordinó otros volúmenes colectivos (así, con Jesús Casquete, Políticas de la muerte. Usos y abusos del ritual fúnebre en la Europa del siglo XX, La Catarata, 2009) y, sobre todo, analizó desde una óptica renovadora los movimientos sociales en tiempos de la República: En el nombre del pueblo (Siglo XXI, 2006) y Una revolución elegante (Alianza, 2014). Ahora, con esta nueva obra, Cruz pretende trazar un panorama general de lo que han sido y significado las protestas sociales en nuestro país a lo largo del s. XX y hasta nuestros días. Se trata de una obra de síntesis y alta divulgación que no se dirige solo al especialista: ello explicaría que las notas a pie de página se hayan reducido a la mínima expresión y que resulte patente una contención en el empleo de cifras, cuadros y gráficos. El tono mismo del libro es claro, muy funcional y hasta didáctico.
Con respecto al contenido propiamente dicho, tras una breve introducción que establece algunas precisiones de contexto, método y conceptos (“la política de la protesta”), el grueso del volumen se estructura en tres partes claramente diferenciadas y difícilmente cuestionables en una obra de tales características: una primera que abarca desde 1900 hasta el final de la guerra civil, con vaivenes muy pronunciados, pues no cabe olvidar que en las cuatro décadas que aquí se contemplan se suceden regímenes y situaciones muy heterogéneos, desde la España convulsa -aunque liberal- posterior al 98 hasta la catástrofe bélica, pasando en el ínterin por la Dictadura de Primo y la esperanza republicana.
La segunda parte, piadosamente caracterizada como la de la protesta “en tiempos difíciles” comprende todo el período de la dictadura franquista y la primera transición, un “túnel oscuro” en el que toda manifestación de discrepancia es por definición “subversiva” y está penalizada de forma drástica. Aun con ello, el Estado y sus instrumentos represivos no logran acallar ni contener “una ola gigante de protesta” que preludia un inmediato cambio de régimen.
La tercera y última parte está dedicada a la España constitucional, un marco mucho más permisivo que, precisamente por ello, reactiva y expande la movilización social y las distintas clases de protesta. Y así hasta llegar a una nueva fase, en la que ahora estamos, en la que las formas se han transformado –incluso en el modo de convocar las concentraciones, gracias a las nuevas tecnologías- pero que en el fondo persiguen lo mismo o algo parecido: el reconocimiento por parte de los poderes públicos de determinadas aspiraciones de diversos grupos sociales. La conclusión última de estos “más de cien años de protesta”, como se trata de condensar en el epílogo, es hasta cierto punto paradójica porque el rasgo más distintivo de la protesta en el período analizado es la variedad: de formas, de contextos, de contenidos y hasta de respuestas desde el poder.
Publicado en El Cultural, 20-03-2015.
http://www.elcultural.es/revista/letras/Protestar-en-Espana-1900-2013/36154
Hace ya bastantes años el historiador Norman F. Cantor publicó un estudio global de los movimientos sociales del s. XX con el significativo título de La era de la protesta (Alianza, 1973). Aquella brillante síntesis, escrita a rebufo de las agitaciones de los sesenta, acertaba en caracterizar la protesta social como una “de las principales preocupaciones de nuestra sociedad”. Si esa estimación era cierta en aquellas circunstancias, los acontecimientos posteriores en todo el mundo no han hecho más que ratificarla y extenderla: agitaciones estudiantiles, reivindicaciones laborales, aspiraciones sociales del más variado signo y movilizaciones por la consecución de reconocimientos políticos, entre otras muchas manifestaciones y formas de contestación, han hecho de nuestra época un tiempo de protesta casi permanente. Más aún, cuando a veces se produce cierto reflujo y parece que la sociedad se aquieta, es solo para que la protesta resurja con más virulencia: así acaba de pasar en España con el movimiento de los indignados y el 15-M.
Rafael Cruz es un historiador español con una dilatada trayectoria de investigación y publicaciones. Los interesados en la historia social, campo en el que es especialista, recordarán aquel magnífico volumen, editado por él y M. Pérez Ledesma que se tituló Cultura y movilización en la España contemporánea (Alianza, 1997). Después abordó la biografía (Pasionaria, Biblioteca Nueva, 1999), coordinó otros volúmenes colectivos (así, con Jesús Casquete, Políticas de la muerte. Usos y abusos del ritual fúnebre en la Europa del siglo XX, La Catarata, 2009) y, sobre todo, analizó desde una óptica renovadora los movimientos sociales en tiempos de la República: En el nombre del pueblo (Siglo XXI, 2006) y Una revolución elegante (Alianza, 2014). Ahora, con esta nueva obra, Cruz pretende trazar un panorama general de lo que han sido y significado las protestas sociales en nuestro país a lo largo del s. XX y hasta nuestros días. Se trata de una obra de síntesis y alta divulgación que no se dirige solo al especialista: ello explicaría que las notas a pie de página se hayan reducido a la mínima expresión y que resulte patente una contención en el empleo de cifras, cuadros y gráficos. El tono mismo del libro es claro, muy funcional y hasta didáctico.
Con respecto al contenido propiamente dicho, tras una breve introducción que establece algunas precisiones de contexto, método y conceptos (“la política de la protesta”), el grueso del volumen se estructura en tres partes claramente diferenciadas y difícilmente cuestionables en una obra de tales características: una primera que abarca desde 1900 hasta el final de la guerra civil, con vaivenes muy pronunciados, pues no cabe olvidar que en las cuatro décadas que aquí se contemplan se suceden regímenes y situaciones muy heterogéneos, desde la España convulsa -aunque liberal- posterior al 98 hasta la catástrofe bélica, pasando en el ínterin por la Dictadura de Primo y la esperanza republicana.
La segunda parte, piadosamente caracterizada como la de la protesta “en tiempos difíciles” comprende todo el período de la dictadura franquista y la primera transición, un “túnel oscuro” en el que toda manifestación de discrepancia es por definición “subversiva” y está penalizada de forma drástica. Aun con ello, el Estado y sus instrumentos represivos no logran acallar ni contener “una ola gigante de protesta” que preludia un inmediato cambio de régimen.
La tercera y última parte está dedicada a la España constitucional, un marco mucho más permisivo que, precisamente por ello, reactiva y expande la movilización social y las distintas clases de protesta. Y así hasta llegar a una nueva fase, en la que ahora estamos, en la que las formas se han transformado –incluso en el modo de convocar las concentraciones, gracias a las nuevas tecnologías- pero que en el fondo persiguen lo mismo o algo parecido: el reconocimiento por parte de los poderes públicos de determinadas aspiraciones de diversos grupos sociales. La conclusión última de estos “más de cien años de protesta”, como se trata de condensar en el epílogo, es hasta cierto punto paradójica porque el rasgo más distintivo de la protesta en el período analizado es la variedad: de formas, de contextos, de contenidos y hasta de respuestas desde el poder.
jueves, 5 de marzo de 2015
Servicios Secretos del franquismo
Los Servicios Secretos de Carrero Blanco. Los orígenes del CNI. Juan María de Peñaranda. Espasa, Madrid, 2015. 312 pp.
Publicado en El Cultural, 27-02-2015.
http://www.elcultural.es/revista/letras/Los-servicios-secretos-de-Carrero-Blanco-Los-origenes-del-CNI/36031
Los especialistas e interesados en el estudio de los Servicios Secretos recordarán sin duda el libro anterior del general Peñaranda (Palencia, 1933), publicado no hace mucho en esta misma editorial con el título de Desde el corazón del CESID (2012). Se abordaba en dicha obra la evolución de los servicios de información españoles desde la muerte de Franco hasta cerca del 23-F. El volumen en cuestión era una síntesis de una parte de la tesis doctoral del autor, que había presentado en la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM bajo el título de Los servicios de inteligencia y la Transición política española (1968-1979). Como había quedado sin publicar una gran parte de la mencionada tesis, Peñaranda ofrece ahora una nueva síntesis, en esta ocasión de la primera parte de su voluminoso estudio. El lapso que cubre es, por lo ya dicho, anterior al otro libro de Espasa: desde la agitación universitaria de 1968 hasta el asesinato de Carrero Blanco en 1973.
El punto de partida es la llamada Organización Conde, creada a raíz de la inquietud que produce en el régimen franquista el posible contagio en el medio universitario español del Mayo del 68 francés. Por eso, paradójicamente, aparece implicado en estos primeros ensayos de servicios de inteligencia el Ministerio de Educación y Ciencia y su titular de entonces, Villar Palasí. Los acontecimientos de los años 1969 y 1970 (desde la proclamación de don Juan Carlos como heredero de la Jefatura del Estado al Proceso de Burgos) y, sobre todo, la agitación en otros ámbitos distintos al universitario conduce a la creación de la Organización Contrasubversiva Nacional (OCN), que dependía del Ministro de la Gobernación, entonces Garicano Goñi.
Desde esos primeros pasos, el protagonista indudable es –y lo será a todo lo largo del período- el comandante José Ignacio San Martín, con el almirante Carrero Blanco como jefe supremo de una red de documentación e información cada vez más tupida y eficaz. Esos dos personajes son fundamentales en la reorganización que lleva al nacimiento en 1972 del Servicio Central de Documentación (SECED), dependiente de la Presidencia del Gobierno. Dice Peñaranda que con la creación del mencionado Servicio “terminaba una fase en la consolidación institucional de las actividades contrasubversivas”. El capítulo siguiente describe lo que el autor llama “la actividad abierta del SECED”: son unas páginas (159-205) particularmente interesantes porque no tratan solo de la recopilación de información sino del conjunto de la vida nacional de entonces, con las preocupaciones y temores del régimen en primer plano. No estamos hablando solo de cuestiones políticas porque, como Peñaranda subraya, el SECED “se vio obligado a abrir el abanico de sus relaciones, pues el almirante Carrero también se interesaba por determinados asuntos económicos y sus protagonistas” (p. 179).
El tramo final del libro se detiene en la ascensión y muerte de Carrero, es decir, el crucial año de 1973, desde el momento en que empieza a rumorearse la designación del almirante para la Presidencia del Gobierno hasta el atentado que le costó la vida el 20 de diciembre de aquel año. Al hilo de los acontecimientos, que Peñaranda va desgranando sin añadir novedades importantes, se realiza un sucinto repaso de lo que el autor no duda en calificar de “fantasías posteriores”: se refiere básicamente a las especulaciones sobre la intervención de la CIA en el atentado de la calle Claudio Coello. Unas sospechas de todo punto infundadas, recalca una y otra vez, que provocarían hilaridad si no fuera porque, por su tergiversación expresa, producen indignación.
El lector informado sabe que no encontrará en este libro grandes revelaciones. Peñaranda es un profesional, amén de una persona discreta, y dice solo que quiere decir. Ya lo advierte Luis María Anson en las “palabras preliminares” del volumen: “deja en el aire la sospecha de que sabe mucho más de lo que cuenta”. De eso no cabe duda. El libro es valioso para el interesado en la maquinaria interna y en la organización burocrática de los servicios secretos. Supongo además que las exigencias editoriales de no hacer un volumen muy extenso han obligado a que se supriman las referencias concretas a los múltiples documentos de gran valor que Peñaranda ha debido manejar.
Publicado en El Cultural, 27-02-2015.
http://www.elcultural.es/revista/letras/Los-servicios-secretos-de-Carrero-Blanco-Los-origenes-del-CNI/36031
Los especialistas e interesados en el estudio de los Servicios Secretos recordarán sin duda el libro anterior del general Peñaranda (Palencia, 1933), publicado no hace mucho en esta misma editorial con el título de Desde el corazón del CESID (2012). Se abordaba en dicha obra la evolución de los servicios de información españoles desde la muerte de Franco hasta cerca del 23-F. El volumen en cuestión era una síntesis de una parte de la tesis doctoral del autor, que había presentado en la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM bajo el título de Los servicios de inteligencia y la Transición política española (1968-1979). Como había quedado sin publicar una gran parte de la mencionada tesis, Peñaranda ofrece ahora una nueva síntesis, en esta ocasión de la primera parte de su voluminoso estudio. El lapso que cubre es, por lo ya dicho, anterior al otro libro de Espasa: desde la agitación universitaria de 1968 hasta el asesinato de Carrero Blanco en 1973.
El punto de partida es la llamada Organización Conde, creada a raíz de la inquietud que produce en el régimen franquista el posible contagio en el medio universitario español del Mayo del 68 francés. Por eso, paradójicamente, aparece implicado en estos primeros ensayos de servicios de inteligencia el Ministerio de Educación y Ciencia y su titular de entonces, Villar Palasí. Los acontecimientos de los años 1969 y 1970 (desde la proclamación de don Juan Carlos como heredero de la Jefatura del Estado al Proceso de Burgos) y, sobre todo, la agitación en otros ámbitos distintos al universitario conduce a la creación de la Organización Contrasubversiva Nacional (OCN), que dependía del Ministro de la Gobernación, entonces Garicano Goñi.
Desde esos primeros pasos, el protagonista indudable es –y lo será a todo lo largo del período- el comandante José Ignacio San Martín, con el almirante Carrero Blanco como jefe supremo de una red de documentación e información cada vez más tupida y eficaz. Esos dos personajes son fundamentales en la reorganización que lleva al nacimiento en 1972 del Servicio Central de Documentación (SECED), dependiente de la Presidencia del Gobierno. Dice Peñaranda que con la creación del mencionado Servicio “terminaba una fase en la consolidación institucional de las actividades contrasubversivas”. El capítulo siguiente describe lo que el autor llama “la actividad abierta del SECED”: son unas páginas (159-205) particularmente interesantes porque no tratan solo de la recopilación de información sino del conjunto de la vida nacional de entonces, con las preocupaciones y temores del régimen en primer plano. No estamos hablando solo de cuestiones políticas porque, como Peñaranda subraya, el SECED “se vio obligado a abrir el abanico de sus relaciones, pues el almirante Carrero también se interesaba por determinados asuntos económicos y sus protagonistas” (p. 179).
El tramo final del libro se detiene en la ascensión y muerte de Carrero, es decir, el crucial año de 1973, desde el momento en que empieza a rumorearse la designación del almirante para la Presidencia del Gobierno hasta el atentado que le costó la vida el 20 de diciembre de aquel año. Al hilo de los acontecimientos, que Peñaranda va desgranando sin añadir novedades importantes, se realiza un sucinto repaso de lo que el autor no duda en calificar de “fantasías posteriores”: se refiere básicamente a las especulaciones sobre la intervención de la CIA en el atentado de la calle Claudio Coello. Unas sospechas de todo punto infundadas, recalca una y otra vez, que provocarían hilaridad si no fuera porque, por su tergiversación expresa, producen indignación.
El lector informado sabe que no encontrará en este libro grandes revelaciones. Peñaranda es un profesional, amén de una persona discreta, y dice solo que quiere decir. Ya lo advierte Luis María Anson en las “palabras preliminares” del volumen: “deja en el aire la sospecha de que sabe mucho más de lo que cuenta”. De eso no cabe duda. El libro es valioso para el interesado en la maquinaria interna y en la organización burocrática de los servicios secretos. Supongo además que las exigencias editoriales de no hacer un volumen muy extenso han obligado a que se supriman las referencias concretas a los múltiples documentos de gran valor que Peñaranda ha debido manejar.
lunes, 2 de febrero de 2015
Eros en la Edad de Plata
Maite Zubiaurre: Culturas del erotismo en España, 1898-1939. Traducción y adaptación de la autora. Cátedra, Madrid, 2014. 420 pp.
Revista de Libros, 26-01-2015.
http://www.revistadelibros.com/resenas/eros-en-la-edad-de-plata
Este comentario bien podría haberse titulado igualmente “La España verde”, pero me ha detenido en el uso de ese marchamo la convicción de que el lector despistado o presuroso podía creer que estábamos hablando de ecologismo, itinerarios turísticos o política ambiental. Hoy en día –no sé si me equivoco mucho- la utilización cotidiana del adjetivo o la coloración antedicha (“un chiste verde”, por ejemplo) está tan en desuso casi como aquel otro término, “sicalíptico”, que se puso de moda en la época que examina este libro. Y, no obstante, de eso, de la “España verde” o “sicalíptica” trata precisamente este documentado estudio de una autora para mí desconocida, Maite Zubiaurre, quizás porque ha desarrollado su carrera profesional fuera de nuestras fronteras. Según me entero por la contraportada, “realizó sus estudios de doctorado” en la Universidad de Columbia (Nueva York) y es actualmente “catedrática de literatura española y alemana” en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA). De hecho, este libro se publicó primeramente en inglés en 2012 por Vanderbilt University Press con el título de Cultures of the Erotic in Spain, 1898-1939. La propia autora ha realizado la traducción y adaptación de la obra original.
Vuelvo a la carga con lo de la España verde o sicalíptica porque, desde las páginas iniciales (en su “Nota” preliminar y en su larga “Introducción”), insiste Zubiaurre en la contraposición entre esa España y las más usuales España negra o España roja, hasta el punto de que se atreve a proponer como motor de su investigación la presencia o, por decirlo con sus palabras, “la existencia de una ‘tercera España’ en la que florecen abiertamente, y en el terreno de la cultura popular, el arte y la literatura eróticos, así como los múltiples aspectos de una (pseudo)ciencia sexual”. Estaríamos, según la autora, ante una “España audaz y distinta” que “escapa a las limitaciones impuestas por el prestigio intelectual de una minoría” y que ante la “avalancha erótica” que traspasa los Pirineos reacciona “a veces con abierto entusiasmo y otras, con mal disimulada resistencia” (pp. 13-14). Merece la pena que nos detengamos en algunos pormenores de la cita porque ahí podemos encontrar algunas claves para entender y encuadrar debidamente la obra que comentamos.
En primer lugar, Zubiaurre presenta sus pesquisas en este campo como una aportación decisiva en una parcela que ha sido “ninguneada por la historiografía cultural” hasta el punto de que habla en distintas ocasiones, apoyándose en Jo Labanyi, de una “España fantasmal” o una “historia fantasmal”. Se refiere, por decirlo más claramente, a que –siempre según su criterio- las manifestaciones eróticas en nuestro país han sido sistemáticamente marginadas, silenciadas o despreciadas en beneficio de una minoría selecta o de una “alta cultura” (de Unamuno a Ortega o Marañón), como si esta última fuera la única que hubiera existido o la única producción intelectual que debía tenerse en cuenta al trazar el abigarrado panorama de nuestra “Edad de Plata”. Aunque no le falta razón en parte, Zubiaurre exagera la nota pro domo sua.
Es verdad hasta cierto punto que lo que llama la “cultura erótica popular” ha recibido mucha menos atención que la otra (¿la elitista?), pero de ahí a denunciar que haya sido “ninguneada” -como víctima de una especie de conspiración de silencio- hay un salto que estimamos poco fundamentado. Sin ánimo de ser exhaustivo, ni mucho menos, este crítico, que no es especialista en erotismo pero que si ha tocado tangencialmente el tema al abordar diversas vertientes de la época en cuestión, recuerda los estudios de hace ya bastantes años de la hispanista Lily Litvak o los más recientes trabajos de Jean-Louis Guereña , las incursiones sociológicas de Amando de Miguel o la incansable labor pedagógica de Efigenio Amezúa y ello sin contar las síntesis divulgativas, como la de Federico Revilla y Lorenzo Díaz o, en el extremo opuesto, los minuciosos trabajos de investigación de distintos historiadores procedentes de diversos campos, como la antropología o la historia de la ciencia . En último extremo, la completísima bibliografía que la propia Zubiaurre consigna al final del volumen (diecisiete páginas de amplio formato y con tipografía mínima) constituye el mejor desmentido de que este sea un ámbito abruptamente preterido o taimadamente silenciado.
Zubiaurre sin embargo no se detiene ahí. Al contrario, avanza resueltamente en el mismo sentido y saca consecuencias que, como vamos a ver inmediatamente, resultan cuanto menos discutibles. Sostiene que el olvido de la cultura erótica, popular, lúdica o festiva es cualquier cosa menos casual. Es, por decirlo sin ambages, el resultado de una actitud premeditada y, sobre todo, firmemente asentada en los prejuicios ideológicos, morales y políticos de una minoría rectora –y, en este caso, básicamente una intelectualidad- que prescribe la “regeneración” como la máxima prioridad del país, y entiende que esa recuperación de las energías nacionales debe estar basada en el mantenimiento o recuperación de los roles más tradicionales. O sea, pensando como han pensado todos los varones a lo largo de la historia, la intelligentsia del momento habla en términos de energía, fuerza, virilidad, masculinidad… Dicho en otras palabras, trabajo versus ocio, responsabilidad versus despreocupación y, en fin, en última instancia, deber versus placer… La Castilla que ha de hacer o rehacer España es, pese al género gramatical, una Castilla masculina, imperiosa, ascética, guerrera (o, por lo menos, orgullosa de sus hazañas pretéritas). “Por el contrario, el afeminamiento, la inmadurez sexual y la promiscuidad rápidamente se identificaban con lo foráneo y lo no castellano, sobre todo con Andalucía, la Babilonia ibérica, contaminada de sensualidad mora, y con el donjuanismo de raigambre andaluza como epítome de ese afeminamiento extranjero y exótico” (p. 25).
Con ese bagaje emprende Zubiaurre el examen de la producción artística, literaria e intelectual del período. Como punto de partida, tres famosos lienzos le sirven para perfilar a grandes trazos esa España sedicentemente progresista que, en el fondo, preserva como su más preciado tesoro los roles tradicionales: el retrato de Unamuno de Vázquez Díaz; el “sórdido lupanar” que retrata Gutiérrez-Solana en el cuadro titulado Coristas; y, por último, la gitana de desnudos senos de Romero de Torres en Naranjas y limones. Tres miradas, tres composiciones y un mismo mensaje. No en vano, continúa la autora, el franquismo, a pesar de “su espíritu salvajemente reaccionario” (¿o precisamente por eso?), conservó, toleró y hasta magnificó las figuras de algunos de esos autores como Unamuno y Romero de Torres. Y así, en una continuidad lamentable, “lo que prevalece en tiempos democráticos (…) es precisamente aquello que el régimen de Franco decidió preservar y fomentar”. Seguimos creyendo por ello, continúa la autora, que la Edad de Plata “engendró exclusivamente Unamunos, ebrios de orgullo castellano y ruidosas glorias pretéritas, o bellezas andaluzas e intemporales, a lo Romero de Torres” (pp. 46-47). Pero lo cierto es que frente a aquella España seria y hasta sombría, hubo también en realidad una España risueña, hedonista, jaranera y hasta rijosa (dicho sea, en este caso, sin ningún ánimo peyorativo).
Como puede colegirse de los planteamientos anteriores, frente a esa España contenida, austera y ceñuda aparece la España verde o sicalíptica que mencionábamos al principio o, para ser más precisos, la reivindicación de esa otra España ligera, desenvuelta y frívola. El problema, como ya el lector atento habrá columbrado, está en los matices o gradaciones. Nada que objetar en principio al planteamiento si no se pierden las perspectivas. Zubiaurre escribe bien, argumenta con datos incontestables e ilustra sus aseveraciones con ejemplos oportunos. Pero de vez en cuando le vence la tentación de la brocha gorda. O, lo que es lo mismo, una actitud militante que casa mal con un estudio que se pretende científico y, por tanto, desapasionado. Su defensa a ultranza del hedonismo, de la “cultura popular” y de la llamada perspectiva de género termina por jugar en su contra.
Así las cosas, la autora concentra sus críticas y su ironía al enjuiciar las obras de los grandes representantes de la cultura del período –en particular, carga contra Unamuno, Ortega y Marañón, aunque otros muchos reciben balas perdidas en forma de acres reprimendas por reaccionarios, patriarcales, machistas o misóginos-. Unas cuantas citas darán idea de la munición de grueso calibre que se emplea contra ellos. Marañón y Unamuno eran los “modelos ejemplares y heroicos del amor monógamo y heterosexual (…), estandartes vivientes y con patas de la paternidad responsable (…) La intelectualidad franquista contribuyó a reforzar esa imagen, y se afanó en resaltar la fiera e hipermasculina heterosexualidad de los dos próceres” (p. 24). Con respecto a Ortega señala que su “propósito esencial aunque inconfesado (…) era preservar sus propios privilegios, es decir, las prerrogativas del patriarcado nacional y dirigente” (p. 80). Más adelante, ya en el capítulo tercero, Ramón y Cajal se lleva lo suyo como prototipo del varón nacional , pero la crítica una vez más se centra en las dos lumbreras nacionales de la época, Marañón y Ortega.
En las estimaciones de don Gregorio sobre materia sexual “resuenan con estridencia –subraya la autora- la homofobia, la demagogia patriotera y el castellanocentrismo” (p. 99). No es un desahogo ocasional. Algo después reitera que en “las reflexiones marañonianas sobre la sexualidad resuenan, con timbre de demagogia, las hazañas del imperio español y la proezas de la conquista” (p. 103). Pero “Marañón no es el único adalid de este llamativo neoimperialismo sexual” (p. 106). Ortega no le va a la zaga. El filósofo madrileño resulta ser una especie de “guerrero intelectual” (contra el erotismo pero en el fondo también contra la mujer que no cumplía su papel tradicional), en cuyo interior (en el de Ortega, claro) “es frecuente que resuenen, con repiques de nostalgia, las viejas glorias militares del muerto imperio español” (p. 120). El pensador, por otra parte, aparece alarmado ante las “perversiones” que pueden contaminar la moral patria. “Su alarma, de hecho, la acrecentaba la peligrosa proximidad geográfica y cultural del mundo árabe, y la declarada afición y tolerancia de este para con el amor homosexual” (p. 124). Ahorro al lector más perlas.
Por expresarlo en lenguaje llano, podría decirse que Zubiaurre se muestra incansable y batalladora en su empresa de descubrir mediterráneos. Al fin y al cabo, hubiera bastado con que dejara hablar a los mismos textos de los autores que analiza, sin subrayados ni alharacas. Nadie le hubiera discutido en el fondo su tesis primordial: por decirlo con sus propias palabras –por una vez contenidas- que “incluso los intelectuales más salientes, a los que se atribuía un pensamiento liberal y en ocasiones peligrosamente subversivo, en el fondo se avenían a los prejuicios más estrechos en materia de sexualidad, y contribuían a perpetuarlos” (p. 95). ¡Acabáramos! ¿Eso era todo? ¿Qué pretendía, que Unamuno hiciera sonetos al burdel, Ortega pergeñara la metafísica del amor libre o que Marañón loara al chapero? Todos ellos fueron hombres de su tiempo y tuvieron, naturalmente, una visión morigerada del erotismo y la sexualidad en general. Es verdad que hubo coetáneos suyos que trascendieron esas convenciones y vivieron una vida más libre de prejuicios, si así quiere llamárseles. Una actitud que, con discutible perspectiva histórica, Zubiaurre equipara a los Almodóvar y su troupe de la famosa movida madrileña. La autora cita por ejemplo a literatos o artistas de la talla de Álvaro Retana, Hoyos y Vinent o Pedro de Répide. Pero… ¿de verdad resulta serio sostener que hay una especie de conspiración para silenciar el legado de tales figuras? ¿O es sencillamente que ninguno le llegaba siquiera al tobillo a Unamuno, Ramón y Cajal, Ortega o Marañón, con todo lo repulsivamente machistas que hoy nos resulten las incursiones de todos ellos (de estos últimos, quiero decir) en el erotismo y la sexualidad?
Sin embargo, si el lector consigue llegar al capítulo 4 verá recompensados su esfuerzo y su aguante. Porque en buena medida a partir de aquí no diremos que se acaba pero sí que se atenúa mucho la cruzada antimachista y antipatriarcal que la autora nos ha ido endosando en las páginas anteriores. Zubiaurre parece que se olvida de los sermones y se dedica a lo suyo, a lo que debió ser objeto del libro desde el primer momento: a trazar un panorama lo más completo posible de esa sexualidad descarada y jubilosa que ha ido anunciando desde el comienzo. Resulta que la espera, aunque larga, ha merecido la pena. Ahora es el momento para gozar del libro. He utilizado el término “gozar” no por casualidad y sí con toda la intención, no solo por la amenidad del texto sino muy especialmente por el abanico de material gráfico que se reproduce a lo largo de los siguientes capítulos. Si, como se ha dicho en muchas ocasiones, el erotismo es cuestión de mirada, el erotómano encontrará sustento en cantidades masivas. Bien es verdad, para decirlo todo, que cantidad no es calidad, pese al parecido fonético, y que el mencionado despliegue gráfico da como resultado un panorama sicalíptico en el que los mejores ingredientes del erotismo -la sutileza, el ingenio o la insinuación- no constituyen precisamente los rasgos más destacados.
Las postales eróticas son en su mayor parte desnudos femeninos en posturas estereotipadas. Las llamadas novelas eróticas dejan poco resquicio a la imaginación. Me gustan las pollas largas, se titula una de 1930 y, en efecto, algunas de las ilustraciones que se reproducen en el libro nos permiten no ya suponer sino constatar las dimensiones de los mencionados gustos en cuestión. Cuando el hombre no da la talla la mujer necesitada se entrega a un equino –caballo o asno- que compensará lo forzado de ciertas posturas con la inobjetable generosidad del mencionado órgano. Recuérdese a este respecto que en alguna lámina del famosísimo volumen Los Borbones en pelota (que disfruta, por cierto, de varias reediciones actuales ) aparece Isabel II en plena faena con un burro en posición tan inverosímil como sexualmente explícita. La crítica anticlerical es también moneda corriente en estos pagos, con curas y monjas en pleno frenesí. Tampoco aquí se deja casi nada a la imaginación. Por otro lado, tríos, amores lésbicos o fetichismos diversos (como los de la bicicleta y la máquina de escribir) nos muestran que en esto del sexo, como en tantas otras cosas, no hay nada nuevo bajo el sol o está todo inventado desde hace mucho tiempo. La propia indumentaria erótica femenina –medias, velos, collares, transparencias, tacones- es casi la de nuestros días, con muy leves variantes. Ni qué decir tiene que, salvo pocas excepciones, el sujeto urdidor de las fantasías eróticas es el hombre mientras que la mujer es casi siempre objeto, bien objeto pasivo o bien desencadenadora (con su pose, su indumentaria o ausencia de ella) del deseo masculino.
El capítulo 8, “Sexo patriótico. Mantillas, cigarrillos y trasvestidos”, nos presenta un ambiente kitsch que aún no se ha perdido del todo y que incluso reaparece hoy en día con una pátina de modernidad (Almodóvar). Otros recursos están totalmente superados, como el del naturismo para amparar el desnudo: “El desnudismo científico triunfa en Cataluña” titula una revista, Pentalfa, de 1932. Aunque bien es cierto que la idea de una “sardana al desnudo” (imagen de la misma revista que se reproduce en la página 171) aún podría ser utilizada en las circunstancias actuales (desconozco, de hecho, si la propuesta se ha hecho realidad). El último capítulo analiza las “ficciones eróticas”, es decir, un campo -el de la narración, la novela popular- que conoció un desarrollo espectacular en la época. Eran historias amorosas que gozaron de amplia tirada y bajo coste. En cuanto a su tono, podían ir “desde el sensualismo más ñoño y descafeinado, hasta la pornografía más explícita y brutal” (p. 343). Algunos de sus autores se hicieron muy famosos. En esto, como en todo, hay narradores insustanciales (la mayoría) y algunos de un cierto nivel: los nombres de Felipe Trigo y Eduardo Zamacois pueden considerarse representativos de este segundo grupo. Aunque, como hemos dicho, hay para todos los gustos, un somero repaso a los títulos de esas novelitas resulta muy iluminador, tanto en lo que se refiere a su contenido como a la concepción del sexo y la mujer que albergaban los autores: Finita la perversa, Las impurezas de Pura, Cómo cayó Inocencia, Tinita la caprichosa, Lolita se pone nerviosa, Lilly y los plátanos…
El volumen de Zubiaurre termina con un breve epílogo que es también una especie de homenaje a todos aquellos que han aportado algo en el ámbito del erotismo o bien han contribuido al estudio del mismo. Y reitera finalmente los dos objetivos fundamentales de su trabajo: “rescatar ese tesoro perdido” y “dinamitar” la “imagen que todavía se tiene de la España de la llamada Edad de Plata, una España sombría y reconcentrada, la ‘España negra’ de los Gutiérrez Solanas y de los Unamunos” (p. 398). España verde frente a España negra. Como ya he señalado, desde mi punto de vista, el magnífico trabajo de Zubiaurre cumple de sobra su propósito de rescatar esa otra España frívola y hedonista. Otra cosa muy distinta es que esta última tenga la suficiente entidad como para eclipsar –no digamos ya “dinamitar”, como dice la autora- a esa otra imagen clásica de la España austera y angustiada del primer tramo del siglo XX. Y ello por dos grandes razones: la primera, porque en el debate público esta España ganaba por goleada a la nación festiva (y, podría añadirse, porque en la cruda realidad pocos, salvo una exigua minoría urbana acomodada, podía permitirse disfrutar de la fiesta). Segundo, porque los representantes tradicionales de la España seria nunca encontraron rivales de su talla en esa otra España voluptuosa. No hay un solo nombre de esta España verde que haya superado el paso del tiempo. Y no precisamente por ninguna conspiración de silencio. Bien está por tanto que hagamos un rato de voyeurs y nos riamos un poco. Pero sin más pretensiones.
Moscú, 1937
Terror y utopía. Moscú en 1937. Karl Schlögel. Traducción de José Aníbal Campo. El Acantilado, Barcelona, 2014. 1008 pp.
El Cultural, 30-1-2015.
http://www.elcultural.es/revista/letras/Terror-y-utopia-Moscu-en-1937/35876
En las escasas ocasiones en el año en las que el crítico tiene el privilegio de enfrentarse a un libro como este, siente el deber –pero también la satisfacción- de consignar desde la primera línea el reconocimiento y rendido tributo que se deben prestar a obras de estas características. Mil páginas de texto (de las cuales, cerca de 150 son de notas y bibliografía en letra pequeña) hablan bien a las claras de la ambición del trabajo del profesor Karl Schlögel (Allgäu, 1948), si nos fijamos en los aspectos cuantitativos. Más impresionante empero es la dimensión cualitativa de la obra, porque lo que el investigador alemán se propone hacer aquí es nada menos que un fresco panorámico y al tiempo pormenorizado de lo que era la capital soviética en el funesto año de 1937.
Recordemos para los menos versados en los acontecimientos históricos que la fecha citada se inscribe en la ejecutoria de la URSS con todos los merecimientos como un hito espectacular en su densa trayectoria de purgas internas, persecuciones, ajusticiamientos sumarios y horrores de toda clase y condición. 1937 es uno de los peores años del peor siglo de toda la historia rusa: es el momento en el que se desencadena uno de los más vastos movimientos de represión interna de la historia universal contemporánea. Dos millones de personas son detenidas, torturadas, encarceladas, represaliadas, deportadas o ejecutadas en una siniestra oleada de depuración que no dejó literalmente títere con cabeza. Tan siniestra como sistemática, bien planificada y llevada a término con un celo digno de mejor causa. Se instaló un estado de terror como nunca antes se había conocido en la historia.
No es que temblaran los opositores, los disidentes o los menos convencidos. Es que hasta los adictos e incluso los más fanáticos miembros del partido y la administración se hallaban en el punto de mira. Las razones de todo ello son lo más difícil de establecer porque un movimiento de esa naturaleza jamás podrá explicarse de modo totalmente satisfactorio. ¿La paranoia de Stalin? ¿La propia dinámica de un régimen que se había construido sobre el uso sistemático del terror y se sostenía gracias a él? Ni siquiera tras la lectura del libro de Schlögel podemos decir que haya una respuesta unívoca. El caso es que todos eran sospechosos. Todos eran culpables en potencia y el simple expediente de la visita policial los convertía en culpables en acto, es decir, en traidores a la causa del socialismo. Merecedores por ello mismo de la muerte, como reconocían los propios reos después de unos interrogatorios y unos procesos que asombraron al mundo entero.
El gran mérito del libro de Scholögel es que no se queda en la investigación y la documentación de esa gran oleada de terror. Su mirada es omnicomprensiva. Considera que para entender y explicar una monstruosidad de ese tipo no es posible quedarse en el hecho estricto de la represión sino encuadrarla en un marco mucho más amplio. Al fin y al cabo, Moscú, la ciudad que es el epicentro de ese terremoto sangriento, no es a esas alturas un lugar mísero, sombrío y destartalado sino todo lo contrario, una urbe moderna que vive una expansión sin precedentes, que se moderniza con rascacielos, el metro y nuevas comunicaciones, que tiene una intensa vida cultural y que se engalana hasta el punto de convertirse de puertas afueras en una de las ciudades más atractivas del mundo en ese momento histórico.
En esa ciudad aparentemente deslumbrante –mejor dicho, en la otra ciudad que se esconde tras ella, en sus mazmorras, pasadizos y cárceles secretas- es donde tienen lugar las sevicias, las delaciones, las confesiones falsas… Terror en estado puro. Pero, como dice el título del libro, terror y utopía. Simultáneos e imbricados. No es extraño por ello que el centro del terror, el lugar emblemático de Moscú, la Plaza Roja, sea a la vez “lugar de celebraciones y patíbulo”. También las sociedades pueden enloquecer, sugiere al fin Schlögel. “Y sin esa locura de toda una sociedad no habría existido el año 1937” (p. 517).
(Si hay reediciones, que alguien subsane por favor ese “De echo” que hiere la sensibilidad en la p. 853).
El Cultural, 30-1-2015.
http://www.elcultural.es/revista/letras/Terror-y-utopia-Moscu-en-1937/35876
En las escasas ocasiones en el año en las que el crítico tiene el privilegio de enfrentarse a un libro como este, siente el deber –pero también la satisfacción- de consignar desde la primera línea el reconocimiento y rendido tributo que se deben prestar a obras de estas características. Mil páginas de texto (de las cuales, cerca de 150 son de notas y bibliografía en letra pequeña) hablan bien a las claras de la ambición del trabajo del profesor Karl Schlögel (Allgäu, 1948), si nos fijamos en los aspectos cuantitativos. Más impresionante empero es la dimensión cualitativa de la obra, porque lo que el investigador alemán se propone hacer aquí es nada menos que un fresco panorámico y al tiempo pormenorizado de lo que era la capital soviética en el funesto año de 1937.
Recordemos para los menos versados en los acontecimientos históricos que la fecha citada se inscribe en la ejecutoria de la URSS con todos los merecimientos como un hito espectacular en su densa trayectoria de purgas internas, persecuciones, ajusticiamientos sumarios y horrores de toda clase y condición. 1937 es uno de los peores años del peor siglo de toda la historia rusa: es el momento en el que se desencadena uno de los más vastos movimientos de represión interna de la historia universal contemporánea. Dos millones de personas son detenidas, torturadas, encarceladas, represaliadas, deportadas o ejecutadas en una siniestra oleada de depuración que no dejó literalmente títere con cabeza. Tan siniestra como sistemática, bien planificada y llevada a término con un celo digno de mejor causa. Se instaló un estado de terror como nunca antes se había conocido en la historia.
No es que temblaran los opositores, los disidentes o los menos convencidos. Es que hasta los adictos e incluso los más fanáticos miembros del partido y la administración se hallaban en el punto de mira. Las razones de todo ello son lo más difícil de establecer porque un movimiento de esa naturaleza jamás podrá explicarse de modo totalmente satisfactorio. ¿La paranoia de Stalin? ¿La propia dinámica de un régimen que se había construido sobre el uso sistemático del terror y se sostenía gracias a él? Ni siquiera tras la lectura del libro de Schlögel podemos decir que haya una respuesta unívoca. El caso es que todos eran sospechosos. Todos eran culpables en potencia y el simple expediente de la visita policial los convertía en culpables en acto, es decir, en traidores a la causa del socialismo. Merecedores por ello mismo de la muerte, como reconocían los propios reos después de unos interrogatorios y unos procesos que asombraron al mundo entero.
El gran mérito del libro de Scholögel es que no se queda en la investigación y la documentación de esa gran oleada de terror. Su mirada es omnicomprensiva. Considera que para entender y explicar una monstruosidad de ese tipo no es posible quedarse en el hecho estricto de la represión sino encuadrarla en un marco mucho más amplio. Al fin y al cabo, Moscú, la ciudad que es el epicentro de ese terremoto sangriento, no es a esas alturas un lugar mísero, sombrío y destartalado sino todo lo contrario, una urbe moderna que vive una expansión sin precedentes, que se moderniza con rascacielos, el metro y nuevas comunicaciones, que tiene una intensa vida cultural y que se engalana hasta el punto de convertirse de puertas afueras en una de las ciudades más atractivas del mundo en ese momento histórico.
En esa ciudad aparentemente deslumbrante –mejor dicho, en la otra ciudad que se esconde tras ella, en sus mazmorras, pasadizos y cárceles secretas- es donde tienen lugar las sevicias, las delaciones, las confesiones falsas… Terror en estado puro. Pero, como dice el título del libro, terror y utopía. Simultáneos e imbricados. No es extraño por ello que el centro del terror, el lugar emblemático de Moscú, la Plaza Roja, sea a la vez “lugar de celebraciones y patíbulo”. También las sociedades pueden enloquecer, sugiere al fin Schlögel. “Y sin esa locura de toda una sociedad no habría existido el año 1937” (p. 517).
(Si hay reediciones, que alguien subsane por favor ese “De echo” que hiere la sensibilidad en la p. 853).
jueves, 8 de enero de 2015
El final de la guerra
El final de la guerra. La última puñalada a la República. Paul Preston. Traducción de Efrén del Valle y Francisco Ramos. Debate, Barcelona, 2014. 416 pp. 22,90 €.
El Cultural, 2-1-2015.
http://www.elcultural.es/revista/letras/El-final-de-la-guerra-La-ultima-punalada-a-la-Republica/35721
A pesar de que no es uno de los asuntos más analizados por los historiadores de la guerra civil, tampoco sería exacto decir que el espinoso episodio del final de la contienda (el golpe de Estado del coronel Casado) haya sido totalmente olvidado o preterido por los especialistas. Sin ánimo de exhaustividad y limitándome tan solo a los últimos años, debo mencionar primero Así terminó la guerra de España, de Javier Cervera y Ángel Bahamonde (Marcial Pons). Precisamente, el último autor acaba de publicar este mismo año Madrid 1939. La conjura del coronel Casado (Cátedra). Aunque tenía un enfoque más amplio, es decir, no centrado en el episodio en cuestión, no podemos pasar por alto tampoco el volumen que cerraba la monumental serie de estudios de Ángel Viñas sobre la República y la guerra civil: nos referimos a El desplome de la República (Crítica), escrito en colaboración con Fernando Hernández Sánchez. Con todo, no deja de tener buena parte de razón Preston cuando subraya, en recientes declaraciones, que “la mayoría de los libros de la Guerra Civil despachan en cuatro páginas los últimos tres meses”. Ese ha sido el motivo –“mi ignorancia”, confiesa sin ambages- que le ha llevado a volver al conflicto para desentrañar esta “tragedia evitable”.
La talla como historiador de Paul Preston está fuera de toda duda. Es uno de los mayores hispanistas vivos, autor de obras indispensables, figura de referencia para varias generaciones de historiadores españoles. El problema está en que en un asunto tan mediatizado por las adscripciones ideológicas y opciones partidistas como la guerra civil, Preston representa la voz más reputada de un sector –llamémosle “progresista”, aunque la propia denominación es discutible-. Una tendencia o postura que se vio revitalizada hace pocos años cuando se atrevió a usar para el propio título de su libro sobre la violencia hispana el emotivo y turbador término de “holocausto” (El Holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después, Debate). Simplificando, Preston es a la izquierda lo que Payne (que precisamente acaba de publicar una nueva biografía de Franco) es a la derecha: dos historiadores de primera magnitud que se han convertido en iconos de una determinada interpretación (en este caso antitética, naturalmente) de la guerra civil.
En su nueva obra Preston no defraudará las expectativas de sus muchos seguidores pero, de igual modo, renovará los recelos o simples rechazos que despierta entre sus críticos. No es para menos. Aquí, como en otras ocasiones, no hay medias tintas sino una franca contundencia. Preston analiza el final de la guerra en términos personalistas, con tres grandes protagonistas a los que se asigna un rol específico: Juan Negrín, el presidente del gobierno, es el héroe incomprendido o, peor aún, injustamente vilipendiado, al que se trata de no solo de comprender sino de exaltar. El coronel Casado es el traidor al que se dibuja con las más negras tintas en su triple faceta de político arrogante, militar mediocre y hombre irascible, egoísta y cínico. El tercero en discordia, el dirigente socialista Julián Besteiro aparece como una persona tan bientencionada como ingenua pero, a la postre, letal para la suerte de la República y para miles de hombres que terminaron inermes en las garras del enemigo.
Los lectores que hagan seguido las últimas aportaciones sobre la guerra civil se encontrarán por tanto con otro libro que trata de rehabilitar la figura de Negrín, en la línea de las investigaciones de Viñas o de recientes biografías (Miralles, Moradiellos, Jackson). La clave fundamental es la tesis de que incluso a las alturas del 39 la resistencia aún tenía sentido, que no era una mera ilusión esperar el impacto del estallido de la guerra mundial en el conflicto español y que, en todo caso, la forma en que se hizo la rendición fue la peor posible. A todo ello habría que añadir el oprobio de la traición para asestar, como dice el subtítulo, “la última puñalada a la República”. Como es habitual en sus obras, Preston desarrolla esta interpretación con brillantez y un considerable acopio documental, con una hábil utilización de los testimonios y memorias de los principales protagonistas del que fue el último acto de la tragedia de la República.
El Cultural, 2-1-2015.
http://www.elcultural.es/revista/letras/El-final-de-la-guerra-La-ultima-punalada-a-la-Republica/35721
A pesar de que no es uno de los asuntos más analizados por los historiadores de la guerra civil, tampoco sería exacto decir que el espinoso episodio del final de la contienda (el golpe de Estado del coronel Casado) haya sido totalmente olvidado o preterido por los especialistas. Sin ánimo de exhaustividad y limitándome tan solo a los últimos años, debo mencionar primero Así terminó la guerra de España, de Javier Cervera y Ángel Bahamonde (Marcial Pons). Precisamente, el último autor acaba de publicar este mismo año Madrid 1939. La conjura del coronel Casado (Cátedra). Aunque tenía un enfoque más amplio, es decir, no centrado en el episodio en cuestión, no podemos pasar por alto tampoco el volumen que cerraba la monumental serie de estudios de Ángel Viñas sobre la República y la guerra civil: nos referimos a El desplome de la República (Crítica), escrito en colaboración con Fernando Hernández Sánchez. Con todo, no deja de tener buena parte de razón Preston cuando subraya, en recientes declaraciones, que “la mayoría de los libros de la Guerra Civil despachan en cuatro páginas los últimos tres meses”. Ese ha sido el motivo –“mi ignorancia”, confiesa sin ambages- que le ha llevado a volver al conflicto para desentrañar esta “tragedia evitable”.
La talla como historiador de Paul Preston está fuera de toda duda. Es uno de los mayores hispanistas vivos, autor de obras indispensables, figura de referencia para varias generaciones de historiadores españoles. El problema está en que en un asunto tan mediatizado por las adscripciones ideológicas y opciones partidistas como la guerra civil, Preston representa la voz más reputada de un sector –llamémosle “progresista”, aunque la propia denominación es discutible-. Una tendencia o postura que se vio revitalizada hace pocos años cuando se atrevió a usar para el propio título de su libro sobre la violencia hispana el emotivo y turbador término de “holocausto” (El Holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después, Debate). Simplificando, Preston es a la izquierda lo que Payne (que precisamente acaba de publicar una nueva biografía de Franco) es a la derecha: dos historiadores de primera magnitud que se han convertido en iconos de una determinada interpretación (en este caso antitética, naturalmente) de la guerra civil.
En su nueva obra Preston no defraudará las expectativas de sus muchos seguidores pero, de igual modo, renovará los recelos o simples rechazos que despierta entre sus críticos. No es para menos. Aquí, como en otras ocasiones, no hay medias tintas sino una franca contundencia. Preston analiza el final de la guerra en términos personalistas, con tres grandes protagonistas a los que se asigna un rol específico: Juan Negrín, el presidente del gobierno, es el héroe incomprendido o, peor aún, injustamente vilipendiado, al que se trata de no solo de comprender sino de exaltar. El coronel Casado es el traidor al que se dibuja con las más negras tintas en su triple faceta de político arrogante, militar mediocre y hombre irascible, egoísta y cínico. El tercero en discordia, el dirigente socialista Julián Besteiro aparece como una persona tan bientencionada como ingenua pero, a la postre, letal para la suerte de la República y para miles de hombres que terminaron inermes en las garras del enemigo.
Los lectores que hagan seguido las últimas aportaciones sobre la guerra civil se encontrarán por tanto con otro libro que trata de rehabilitar la figura de Negrín, en la línea de las investigaciones de Viñas o de recientes biografías (Miralles, Moradiellos, Jackson). La clave fundamental es la tesis de que incluso a las alturas del 39 la resistencia aún tenía sentido, que no era una mera ilusión esperar el impacto del estallido de la guerra mundial en el conflicto español y que, en todo caso, la forma en que se hizo la rendición fue la peor posible. A todo ello habría que añadir el oprobio de la traición para asestar, como dice el subtítulo, “la última puñalada a la República”. Como es habitual en sus obras, Preston desarrolla esta interpretación con brillantez y un considerable acopio documental, con una hábil utilización de los testimonios y memorias de los principales protagonistas del que fue el último acto de la tragedia de la República.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)