lunes, 25 de mayo de 2015

El fotógrafo del horror

El fotógrafo del horror. Benito Bermejo. Prólogo de Javier Cercas. RBA, Barcelona, 2015, 2º ed. 268 pp.

El Cultural, 22-5-2015.

http://www.elcultural.com/revista/letras/El-fotografo-del-horror-La-historia-de-Francisco-Boix-y-las-fotos-robadas-a-las-SS-en-Mauthausen/36502

Las relaciones entre memoria e historia han dado lugar en muchos países en los últimos tiempos a enconados debates. Si la controversia toma como centro la llamada “memoria histórica” –un oxímoron, según reputados historiadores- las posiciones se hacen más irreductibles. En España la polémica se ha centrado en la represión de la guerra civil y la inmediata postguerra, pero no ha sido solo una discusión teórica o académica como muestran las disposiciones políticas adoptadas bajo el gobierno Zapatero y los diversos movimientos ciudadanos que reivindicaban la exhumación de fosas comunes. En ese ambiente puede entenderse el impacto –no exento de resquemores y desaprobaciones- de una obra inclasificable como la de Javier Cercas, El impostor, que solo desde una perspectiva alicorta puede calificarse de novela sin más.
Los lectores que conocen dicho libro de Cercas saben que en cierto modo el personaje principal es el propio autor, que se plantea un reto que, envuelto en formas literarias, nada tiene que ver con la ficción y sí mucho con la manera de recuperar el pasado, un pasado tan real y conflictivo que aún gravita sobre nuestro presente y nuestro futuro. Desde el punto de vista narrativo el protagonista del libro de Cercas es Enric Marco, pero este no tendría entidad alguna en ese contexto si no fuera porque queda desenmascarado como impostor por alguien que se toma la molestia de encajar pacientemente las piezas del pasado buscando algo tan simple pero tan desacreditado en estos “tiempos líquidos” como la verdad. Ese alguien es un modesto historiador llamado Benito Bermejo (Salamanca, 1963) que, paradojas del mundo que vivimos y las promociones publicitarias, adquiere de pronto una súbita relevancia. Hasta tal punto que se reedita ahora –con prólogo de Cercas- un viejo libro suyo de 2002, que había pasado inadvertido en su momento, sobre uno de los españoles de Mauthausen, Francisco Boix (1920-1951).
Si bien es verdad que la editorial apuesta ahora por el libro de Bermejo y, como consecuencia de lo anteriormente expuesto, los medios le prestan la atención que antes le negaron, no es menos cierto -y debe quedar claro en un examen crítico- que el volumen que nos ocupa es un trabajo excelente que muestra sin veladuras el horror del campo de concentración al que fueron a parar (y, en un porcentaje elevadísimo, a morir) la mayoría de los españoles que habían atravesado los Pirineos después de la guerra civil. Para diseccionar este aterrador panorama el autor pone su foco de atención en las andanzas de Boix, de manera que el volumen puede leerse al mismo tiempo como una biografía de la corta trayectoria de este fotógrafo catalán, un testimonio de las penalidades que sufrieron los reclusos (no solo los españoles) y una denuncia pormenorizada de la crueldad de la maquinaria nazi.
Aunque la fotografía suele ser mero complemento documental, en este caso y por todo lo dicho no debe dejarse en un segundo plano, pues constituye el material mismo que está en el origen y el núcleo del testimonio histórico. Además, frente a otras fuentes documentales, la fotografía (sobre todo cuando hablamos de miles de fotos, como aquí sucede) nos muestra una realidad que difícilmente se presta a interpretaciones interesadas y mucho menos a banalizaciones. En efecto, el horror en estado puro que se muestra en estas páginas está desnudo, en carne viva, como los esqueletos vivientes, los ojos aterrorizados, los cuerpos exánimes apilados para la incineración. Aunque parezca increíble, la totalidad de los testimonios de la vida (aunque este concepto es aquí un sarcasmo) en el campo durante el funcionamiento de este procede de los propios soldados y guardianes nazis. Los verdugos, lejos de esconder las sevicias, realizaron miles de instantáneas de los prisioneros, las actividades cotidianas en el campo, las atrocidades y las muertes. Lo que hizo Foix, poniendo en riesgo su estatus privilegiado en Mauthausen, fue sustraer una parte de esas fotografías (según él cerca de 20.000, aunque se conservan muchísimas menos) para que sirvieran de acusación. De hecho, y precisamente por el asunto de las fotos, Foix declaró en los procesos contra los criminales nazis de Nuremberg y Dachau. Parte de esas interesantísimas manifestaciones se reproducen en estas páginas.
Cuando llegó la derrota alemana, Boix pasó de ser ladrón de fotografías ajenas a reportero gráfico de la liberación. Con las fotos salvadas clandestinamente de la destrucción y las tomadas por él mismo, se documenta este magnífico volumen, ejemplo palmario él mismo de cómo es posible conjugar armónicamente la recuperación de la memoria con el rigor historiográfico.

martes, 12 de mayo de 2015

El fin de la "clase ociosa"

El fin de la clase ociosa. De Romanones al estraperlo, 1900-1950. Miguel Artola Blanco. Alianza Ensayo. Madrid, 2015. 312 páginas. 22 euros.

Publicado en El Cultural, 8-5-2015.

http://www.elcultural.com/revista/letras/El-fin-de-la-clase-ociosa-De-Romanones-al-estraperlo/36428

“Poseer no es un vicio sino un talento del cual son capaces los menos”. Esta cita de Oswald Spengler, que figura en mayúsculas en la contraportada, nos introduce con precisión en el tono y el ambiente del selecto círculo de privilegiados que retrata con esmero el joven historiador Miguel Artola Blanco. “Clase ociosa” la llama con acierto el autor siguiendo a Thorstein Veblen y utilizando en su caracterización algunas acuñaciones teóricas de las recientes aportaciones de la historia cultural y la sociología (Lawrence Stone, David Cannadine, Pierre Bourdieu), sin que en principio quepa entender que ello conlleva matiz peyorativo alguno.
No obstante, forzoso es reconocer que, en un medio como el nuestro, todo lo relativo a la aristocracia despierta sentimientos contradictorios, una fascinación algo morbosa compatible con un discurso políticamente correcto de rechazo frontal, deudor de la ética del mérito y el trabajo. Creo que esa es precisamente la razón de que existan tan pocos estudios sobre ese segmento social en el ámbito historiográfico español, como si estudiar a “los ricos” fuera un objetivo innoble –por decirlo de modo paradójico- o incluso sospechoso (de simpatía o connivencia). Excepciones serían en este contexto los libros de Mercedes Cabrera (que firma aquí el prólogo) y Fernando del Rey sobre la clase empresarial, a los que habría que añadir las biografías sobre personajes o familias excepcionalmente relevantes en ese medio, como Romanones, Gamazo, Medinaceli, Urquijo, Primo de Rivera, Alba, etc.
Pero el fin que persigue Artola en este libro no es tanto centrarse en las figuras más relumbrantes de ese “gran mundo” –aunque algo de ello resulta inevitable- como retratar un modo de vida (ocio, lujo, prestigio) y, sobre todo, documentar de modo pormenorizado una época (la primera mitad del s. XX) que significa el canto del cisne de la aristocracia tradicional. Para cumplir ese propósito Artola se centra en la capital, Madrid, y utiliza fuentes muy diversas –algunas inéditas o poco estudiadas, como los informes de rentas del período-, así como otros materiales de archivo, memorias y documentos de la época. No en vano el libro que comentamos procede de una tesis doctoral, cosa que se nota para bien (en su pretensión de exhaustividad) y en casi nada para mal, porque está escrito de forma clara y amena.
Dividido en dos partes que tienen a la proclamación de la República (1931) como momento clave de bisagra, la primera analiza las bases económicas del sector (sus fuentes de riqueza: rentas, posesiones, cargos), sus “señas de identidad”, sus “espacios exclusivos”, las formas de consumo y los tentáculos políticos. En la segunda parte se da más importancia a la situación política y social, porque las grandes convulsiones del período –las reformas republicanas, la guerra civil y el triunfo del franquismo- significarán un cambio fundamental en las bases de poder, condiciones de vida y estatus de esta elite conservadora y tradicional.
Frente a la visión convencional y maniquea de que el nuevo Estado instaurado por el Caudillo supuso la vuelta de esta rancia nobleza a sus antiguos privilegios, Artola muestra que, aunque en una pequeña parte fue así, en conjunto el sistema político que se consolida en España tras la contienda conlleva el socavamiento del poder de esta aristocracia, sustituida por un sector más oportunista y dinámico de estraperlistas, comerciantes y nuevos ricos. Es decir, el fin definitivo de la clase ociosa, un sector que en buena parte de Europa y América había conocido su momento de esplendor entre las décadas finales del siglo XIX y la I Guerra Mundial.
En España ese declive llegó un poco más tarde, pero se produjo de forma no muy distinta a lo que ocurrió en otras partes del mundo. En las coordenadas españolas la guerra civil fue indudablemente un factor que aceleró el proceso pero que no constituyó exactamente, como suele pensarse, un antes y un después. Simplemente, el franquismo impuso una modernización autoritaria del país que necesitaba de nuevos protagonistas económicos, sociales y políticos. En esa coyuntura la “clase ociosa” (terratenientes, rentistas, etc.) no podía actuar como si nada hubiera pasado y recuperar sin más el estatus del que había gozado durante la Restauración. Ya no pintaba nada en un mundo que se había transformado drásticamente.

martes, 14 de abril de 2015

Franco como mito

Franco. Biografía del mito. Antonio Cazorla. Traducción del autor. Alianza Editorial, Madrid, 2015. 376 pp.

Publicado en El Cultural, 10-04-2015.

http://www.elcultural.es/revista/letras/Franco-Biografia-del-mito/36262

Un libro como este, que lleva en la portada un retrato en primer plano del Caudillo y superpuestas en mayúsculas y grandes dimensiones seis letras (FRANCO), puede dar la impresión casi inevitable de que constituye una biografía más del dictador. Por eso, lo primero y más urgente para el crítico es aclarar que no se trata exactamente de eso. El subtítulo precisa más la intención del autor: trazar una biografía no tanto de la persona real -el militar, el político, el gobernante- cuanto del personaje -el “mito”- que la propaganda construyó para legitimar su poder, justificar sus decisiones y ensalzar su figura. Es verdad que este perfil de dirigente providencial se superpone al ser de carne y hueso, haciendo a menudo difícil la distinción entre uno y otro. Pero en todo caso ese el propósito que anima y singulariza este excelente estudio.
Para ello, Antonio Cazorla, profesor de la Trent University en Ontario (Canadá) y autor de otras relevantes publicaciones sobre el franquismo y su época, utiliza muchas aportaciones de los renovadores enfoques de historia social y cultural. Podría decirse por tanto que la cuestión medular de su obra es la “construcción política” de un líder mediante las técnicas y recursos del poder, desde los más brutales a los más sutiles. Su libro es una traducción, realizada por el propio autor, de un ensayo publicado primeramente en inglés, fuera de nuestras fronteras. Menciono este dato porque es relevante para encuadrar adecuadamente el volumen. Así, junto al lenguaje preciso y el tono divulgativo, el lector atento percibirá también un encomiable propósito de explicar la reciente historia española a un público no necesariamente familiarizado ni con la historia ni con España.
Otra de las virtudes del análisis de Cazorla es que adopta una sinceridad bastante inusual en nuestros lares. Tras autocalificarse de socialdemócrata pero no militante de partido, confiesa su antipatía hacia Franco, “convencido de que fue un hombre cruel, egoísta y un tirano que hizo mucho daño”. Pero a continuación se retrotrae a sus años de niñez -el ambiente familiar, el entorno almeriense- para reconocer que, cuando murió el dictador, tanto él como los que le rodeaban sintieron una gran pérdida. Muchos, aún hoy, mantienen ese reconocimiento. ¿Por qué? Ese es el motor de la investigación que le conduce durante los siguientes capítulos a tratar de explicar una historia tan complicada como fascinante: cómo se urdió “la popularidad del Caudillo”.
Ese recorrido por la vida de Franco está hábilmente distribuido en cinco capítulos que, además de seguir un orden cronológico, permiten vislumbrar una determinada faceta del General que implica un modo (distinto) de actuar y manifestarse en cada período específico. Solo al final se verá hasta qué punto esas imágenes resultan complementarias. Franco fue primero “héroe militar” (1912-1936), luego “salvador de España” en la guerra, “hombre de paz” tras la victoria, “gobernante prudente” entre 1947 y 1961 y modernizador desde comienzos de los años sesenta hasta su muerte. El capítulo sexto y último se dedica muy oportunamente a su memoria (1975-2014) para exponer en breves pinceladas cómo los historiadores, los políticos y no pocos españoles siguen juzgando ese pasado en términos de confrontación.
Cazorla mantiene por lo general un tono ponderado, sin que ello signifique en lo más mínimo una rebaja del tono crítico con respecto a la casi totalidad de los actos realizados por Franco, tanto como militar como jefe del Estado. Por otro lado, las “públicas virtudes” que tantos le admiraron –patriotismo, valor, equilibrio, paciencia, astucia- fueron, en su opinión, producto de una hábil y persistente hagiografía que empezó magnificando sus lances en tierras marroquíes y continuó hasta su lecho de muerte como “abuelo benevolente”. En el último capítulo el autor sale del ámbito histórico y se sumerge en el debate político de la memoria histórica: la necesidad de sintetizar le lleva a posiciones un tanto estereotipadas en un terreno siempre pantanoso. Concluye Cazorla su periplo arguyendo que lo peor, con todo, es que los españoles no hayan sabido construir en esta etapa democrática que ahora vivimos un legado o “espacio común” de la memoria y de la discusión racional –no visceral- sobre nuestro reciente pasado. Este libro, dice, quiere contribuir a ello.

jueves, 9 de abril de 2015

Dragó sobre Roldán

La canción de Roldán. Crimen y castigo. Fernando Sánchez-Dragó. Planeta, Barcelona, 2015. 632 pp.

Publicado en El Cultural, 27/03/2015.

http://www.elcultural.es/revista/letras/La-cancion-de-Roldan/36182

Uno de los rasgos de Fernando Sánchez-Dragó (Madrid, 1936) es que su locuacidad le lleva, sin que haya que esperar mucho, a que lo cuente todo o casi todo. A su manera, claro. En este caso solo hay que esperar a la p. 35 para ver todas las cartas boca arriba: el editor habitual de Dragó le cita y le tienta con el tipo de ofrecimiento que un escritor no puede rechazar. “Tenemos una bomba entre las manos (…) Un figurón de la España corrupta está dispuesto a cantar de plano”. Es verdad lo del figurón, nada menos que Luis Roldán (Zaragoza, 1943), exdirector de la Guardia Civil y uno de los personajes más característicos de la corrupción de la etapa felipista. Lo de cantar de plano es ya harina de otro costal, pero eso quedará a juicio del lector y solo al final de las más de seiscientas páginas del texto.
Lo más normal en estos casos es que el sujeto en cuestión se despache con su versión –sus “memorias”- pero Roldán no quiere ser el autor del libro y propone el nombre de Dragó para la operación. Este se resiste arguyendo que esa clase de obra no es su género ni su estilo, pero termina aceptando no tanto –sugiere- por los argumentos del editor como por la concatenación de azares o “avisos” que le llevan a apropiarse del dictamen de Javier Cercas en Anatomía de un instante: a veces no es el escritor el que elige su tema sino el tema “quien lo está buscando a él”. Una sucesión de casualidades (en París, Laos y el Teatro de los Gatos de Moscú) inclinan la balanza a favor de la aceptación, con solo una condición básica: Dragó admite el encargo pero escribirá una novela. “Una novela de no ficción”, recalca y así, literalmente, aparece en la portada del volumen.
Esto último (¿un oxímoron…, o no?) conduce de modo inevitable a una breve reflexión sobre las fronteras de los géneros. La mención a Cercas no es casual, como no lo sería tampoco aludir a su última obra (El impostor) o citar al último Muñoz Molina (Como la sombra que se va). ¿Cómo encuadrar lo que ha escrito Dragó? Su propio énfasis en calificarlo como novela delata lo controvertible del empeño. No hay aquí personajes de ficción y sí un loable ánimo de recuperar la verdad histórica, con todo lujo de detalles por cierto. La referencia inevitable sería pues A sangre fría de Truman Capote. Dragó la cita en varias ocasiones, junto con Limónov de Emmanuel Carrère, El cero y el infinito de Arthur Koestler y hasta Crimen y castigo de Dostoievski, que presta su subtítulo al libro. Para bien y para mal Dragó se pone el listón bien alto. En esta hibridación de géneros que representa La canción de Roldán, si hay invención es, en todo caso, para rellenar lagunas que, de otro modo, quedarían simplemente como espacios en blanco. Otra cosa muy distinta es que el ego de Sanchez-Dragó se expanda incontenible a lo largo de las páginas, hasta el punto de desdibujar al propio Roldán.
Consciente del reto que ha asumido, Dragó reconoce que el valor de su obra no se podrá medir por revelaciones inéditas ni aportaciones documentales (con excepción del diario de Roldán en la cárcel de Brieva, de escasa relevancia más allá del testimonio personal). Pese a que el autor, con ayuda de Javier Redondo Jordán y Anna Grau, ha intentado entrevistar a los principales protagonistas de los acontecimientos y recopilar todo el material disponible, su libro no se inscribe en la órbita del periodismo de investigación como el que realizaron en su día Antonio Rubio y Manuel Cerdán. Dragó ha escrito una obra muy personal que disecciona la figura de Roldán pero que trasciende al hombre concreto y se convierte en una reflexión sobre una cierta banalidad del mal (en este caso un mal con minúscula comparado con el Holocausto: la corrupción) en una España de mezquinos, impostores y aprovechados. Él mantiene, con su énfasis habitual, que es la España de siempre, la de la picaresca, porque este país no tiene arreglo. Por eso dice también que “Roldán somos todos”. O que todos pudimos llegar a serlo si hubiéramos estado en su situación, lo cual es ciertamente discutible. Menos cuestionable podría ser su conclusión última sobre Roldán como chivo expiatorio, en la medida en que otros a su lado cometieron iguales o mayores tropelías con muchísimo menor coste. En todo caso, si eso y la expiación de sus desmanes redime al personaje, como Dragó pretende, es algo que el lector habrá de juzgar por su cuenta.

lunes, 23 de marzo de 2015

La protesta social en España

Protestar en España. 1900-2013. Rafael Cruz. Alianza, Madrid, 2015. 336 pp.

Publicado en El Cultural, 20-03-2015.

http://www.elcultural.es/revista/letras/Protestar-en-Espana-1900-2013/36154

Hace ya bastantes años el historiador Norman F. Cantor publicó un estudio global de los movimientos sociales del s. XX con el significativo título de La era de la protesta (Alianza, 1973). Aquella brillante síntesis, escrita a rebufo de las agitaciones de los sesenta, acertaba en caracterizar la protesta social como una “de las principales preocupaciones de nuestra sociedad”. Si esa estimación era cierta en aquellas circunstancias, los acontecimientos posteriores en todo el mundo no han hecho más que ratificarla y extenderla: agitaciones estudiantiles, reivindicaciones laborales, aspiraciones sociales del más variado signo y movilizaciones por la consecución de reconocimientos políticos, entre otras muchas manifestaciones y formas de contestación, han hecho de nuestra época un tiempo de protesta casi permanente. Más aún, cuando a veces se produce cierto reflujo y parece que la sociedad se aquieta, es solo para que la protesta resurja con más virulencia: así acaba de pasar en España con el movimiento de los indignados y el 15-M.
Rafael Cruz es un historiador español con una dilatada trayectoria de investigación y publicaciones. Los interesados en la historia social, campo en el que es especialista, recordarán aquel magnífico volumen, editado por él y M. Pérez Ledesma que se tituló Cultura y movilización en la España contemporánea (Alianza, 1997). Después abordó la biografía (Pasionaria, Biblioteca Nueva, 1999), coordinó otros volúmenes colectivos (así, con Jesús Casquete, Políticas de la muerte. Usos y abusos del ritual fúnebre en la Europa del siglo XX, La Catarata, 2009) y, sobre todo, analizó desde una óptica renovadora los movimientos sociales en tiempos de la República: En el nombre del pueblo (Siglo XXI, 2006) y Una revolución elegante (Alianza, 2014). Ahora, con esta nueva obra, Cruz pretende trazar un panorama general de lo que han sido y significado las protestas sociales en nuestro país a lo largo del s. XX y hasta nuestros días. Se trata de una obra de síntesis y alta divulgación que no se dirige solo al especialista: ello explicaría que las notas a pie de página se hayan reducido a la mínima expresión y que resulte patente una contención en el empleo de cifras, cuadros y gráficos. El tono mismo del libro es claro, muy funcional y hasta didáctico.
Con respecto al contenido propiamente dicho, tras una breve introducción que establece algunas precisiones de contexto, método y conceptos (“la política de la protesta”), el grueso del volumen se estructura en tres partes claramente diferenciadas y difícilmente cuestionables en una obra de tales características: una primera que abarca desde 1900 hasta el final de la guerra civil, con vaivenes muy pronunciados, pues no cabe olvidar que en las cuatro décadas que aquí se contemplan se suceden regímenes y situaciones muy heterogéneos, desde la España convulsa -aunque liberal- posterior al 98 hasta la catástrofe bélica, pasando en el ínterin por la Dictadura de Primo y la esperanza republicana.
La segunda parte, piadosamente caracterizada como la de la protesta “en tiempos difíciles” comprende todo el período de la dictadura franquista y la primera transición, un “túnel oscuro” en el que toda manifestación de discrepancia es por definición “subversiva” y está penalizada de forma drástica. Aun con ello, el Estado y sus instrumentos represivos no logran acallar ni contener “una ola gigante de protesta” que preludia un inmediato cambio de régimen.
La tercera y última parte está dedicada a la España constitucional, un marco mucho más permisivo que, precisamente por ello, reactiva y expande la movilización social y las distintas clases de protesta. Y así hasta llegar a una nueva fase, en la que ahora estamos, en la que las formas se han transformado –incluso en el modo de convocar las concentraciones, gracias a las nuevas tecnologías- pero que en el fondo persiguen lo mismo o algo parecido: el reconocimiento por parte de los poderes públicos de determinadas aspiraciones de diversos grupos sociales. La conclusión última de estos “más de cien años de protesta”, como se trata de condensar en el epílogo, es hasta cierto punto paradójica porque el rasgo más distintivo de la protesta en el período analizado es la variedad: de formas, de contextos, de contenidos y hasta de respuestas desde el poder.

jueves, 5 de marzo de 2015

Servicios Secretos del franquismo

Los Servicios Secretos de Carrero Blanco. Los orígenes del CNI. Juan María de Peñaranda. Espasa, Madrid, 2015. 312 pp.

Publicado en El Cultural, 27-02-2015.

http://www.elcultural.es/revista/letras/Los-servicios-secretos-de-Carrero-Blanco-Los-origenes-del-CNI/36031

Los especialistas e interesados en el estudio de los Servicios Secretos recordarán sin duda el libro anterior del general Peñaranda (Palencia, 1933), publicado no hace mucho en esta misma editorial con el título de Desde el corazón del CESID (2012). Se abordaba en dicha obra la evolución de los servicios de información españoles desde la muerte de Franco hasta cerca del 23-F. El volumen en cuestión era una síntesis de una parte de la tesis doctoral del autor, que había presentado en la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM bajo el título de Los servicios de inteligencia y la Transición política española (1968-1979). Como había quedado sin publicar una gran parte de la mencionada tesis, Peñaranda ofrece ahora una nueva síntesis, en esta ocasión de la primera parte de su voluminoso estudio. El lapso que cubre es, por lo ya dicho, anterior al otro libro de Espasa: desde la agitación universitaria de 1968 hasta el asesinato de Carrero Blanco en 1973.
El punto de partida es la llamada Organización Conde, creada a raíz de la inquietud que produce en el régimen franquista el posible contagio en el medio universitario español del Mayo del 68 francés. Por eso, paradójicamente, aparece implicado en estos primeros ensayos de servicios de inteligencia el Ministerio de Educación y Ciencia y su titular de entonces, Villar Palasí. Los acontecimientos de los años 1969 y 1970 (desde la proclamación de don Juan Carlos como heredero de la Jefatura del Estado al Proceso de Burgos) y, sobre todo, la agitación en otros ámbitos distintos al universitario conduce a la creación de la Organización Contrasubversiva Nacional (OCN), que dependía del Ministro de la Gobernación, entonces Garicano Goñi.
Desde esos primeros pasos, el protagonista indudable es –y lo será a todo lo largo del período- el comandante José Ignacio San Martín, con el almirante Carrero Blanco como jefe supremo de una red de documentación e información cada vez más tupida y eficaz. Esos dos personajes son fundamentales en la reorganización que lleva al nacimiento en 1972 del Servicio Central de Documentación (SECED), dependiente de la Presidencia del Gobierno. Dice Peñaranda que con la creación del mencionado Servicio “terminaba una fase en la consolidación institucional de las actividades contrasubversivas”. El capítulo siguiente describe lo que el autor llama “la actividad abierta del SECED”: son unas páginas (159-205) particularmente interesantes porque no tratan solo de la recopilación de información sino del conjunto de la vida nacional de entonces, con las preocupaciones y temores del régimen en primer plano. No estamos hablando solo de cuestiones políticas porque, como Peñaranda subraya, el SECED “se vio obligado a abrir el abanico de sus relaciones, pues el almirante Carrero también se interesaba por determinados asuntos económicos y sus protagonistas” (p. 179).
El tramo final del libro se detiene en la ascensión y muerte de Carrero, es decir, el crucial año de 1973, desde el momento en que empieza a rumorearse la designación del almirante para la Presidencia del Gobierno hasta el atentado que le costó la vida el 20 de diciembre de aquel año. Al hilo de los acontecimientos, que Peñaranda va desgranando sin añadir novedades importantes, se realiza un sucinto repaso de lo que el autor no duda en calificar de “fantasías posteriores”: se refiere básicamente a las especulaciones sobre la intervención de la CIA en el atentado de la calle Claudio Coello. Unas sospechas de todo punto infundadas, recalca una y otra vez, que provocarían hilaridad si no fuera porque, por su tergiversación expresa, producen indignación.
El lector informado sabe que no encontrará en este libro grandes revelaciones. Peñaranda es un profesional, amén de una persona discreta, y dice solo que quiere decir. Ya lo advierte Luis María Anson en las “palabras preliminares” del volumen: “deja en el aire la sospecha de que sabe mucho más de lo que cuenta”. De eso no cabe duda. El libro es valioso para el interesado en la maquinaria interna y en la organización burocrática de los servicios secretos. Supongo además que las exigencias editoriales de no hacer un volumen muy extenso han obligado a que se supriman las referencias concretas a los múltiples documentos de gran valor que Peñaranda ha debido manejar.

lunes, 2 de febrero de 2015

Eros en la Edad de Plata


Maite Zubiaurre: Culturas del erotismo en España, 1898-1939. Traducción y adaptación de la autora. Cátedra, Madrid, 2014. 420 pp.

Revista de Libros, 26-01-2015.

http://www.revistadelibros.com/resenas/eros-en-la-edad-de-plata

Este comentario bien podría haberse titulado igualmente “La España verde”, pero me ha detenido en el uso de ese marchamo la convicción de que el lector despistado o presuroso podía creer que estábamos hablando de ecologismo, itinerarios turísticos o política ambiental. Hoy en día –no sé si me equivoco mucho- la utilización cotidiana del adjetivo o la coloración antedicha (“un chiste verde”, por ejemplo) está tan en desuso casi como aquel otro término, “sicalíptico”, que se puso de moda en la época que examina este libro. Y, no obstante, de eso, de la “España verde” o “sicalíptica” trata precisamente este documentado estudio de una autora para mí desconocida, Maite Zubiaurre, quizás porque ha desarrollado su carrera profesional fuera de nuestras fronteras. Según me entero por la contraportada, “realizó sus estudios de doctorado” en la Universidad de Columbia (Nueva York) y es actualmente “catedrática de literatura española y alemana” en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA). De hecho, este libro se publicó primeramente en inglés en 2012 por Vanderbilt University Press con el título de Cultures of the Erotic in Spain, 1898-1939. La propia autora ha realizado la traducción y adaptación de la obra original.
Vuelvo a la carga con lo de la España verde o sicalíptica porque, desde las páginas iniciales (en su “Nota” preliminar y en su larga “Introducción”), insiste Zubiaurre en la contraposición entre esa España y las más usuales España negra o España roja, hasta el punto de que se atreve a proponer como motor de su investigación la presencia o, por decirlo con sus palabras, “la existencia de una ‘tercera España’ en la que florecen abiertamente, y en el terreno de la cultura popular, el arte y la literatura eróticos, así como los múltiples aspectos de una (pseudo)ciencia sexual”. Estaríamos, según la autora, ante una “España audaz y distinta” que “escapa a las limitaciones impuestas por el prestigio intelectual de una minoría” y que ante la “avalancha erótica” que traspasa los Pirineos reacciona “a veces con abierto entusiasmo y otras, con mal disimulada resistencia” (pp. 13-14). Merece la pena que nos detengamos en algunos pormenores de la cita porque ahí podemos encontrar algunas claves para entender y encuadrar debidamente la obra que comentamos.
En primer lugar, Zubiaurre presenta sus pesquisas en este campo como una aportación decisiva en una parcela que ha sido “ninguneada por la historiografía cultural” hasta el punto de que habla en distintas ocasiones, apoyándose en Jo Labanyi, de una “España fantasmal” o una “historia fantasmal”. Se refiere, por decirlo más claramente, a que –siempre según su criterio- las manifestaciones eróticas en nuestro país han sido sistemáticamente marginadas, silenciadas o despreciadas en beneficio de una minoría selecta o de una “alta cultura” (de Unamuno a Ortega o Marañón), como si esta última fuera la única que hubiera existido o la única producción intelectual que debía tenerse en cuenta al trazar el abigarrado panorama de nuestra “Edad de Plata”. Aunque no le falta razón en parte, Zubiaurre exagera la nota pro domo sua.
Es verdad hasta cierto punto que lo que llama la “cultura erótica popular” ha recibido mucha menos atención que la otra (¿la elitista?), pero de ahí a denunciar que haya sido “ninguneada” -como víctima de una especie de conspiración de silencio- hay un salto que estimamos poco fundamentado. Sin ánimo de ser exhaustivo, ni mucho menos, este crítico, que no es especialista en erotismo pero que si ha tocado tangencialmente el tema al abordar diversas vertientes de la época en cuestión, recuerda los estudios de hace ya bastantes años de la hispanista Lily Litvak o los más recientes trabajos de Jean-Louis Guereña , las incursiones sociológicas de Amando de Miguel o la incansable labor pedagógica de Efigenio Amezúa y ello sin contar las síntesis divulgativas, como la de Federico Revilla y Lorenzo Díaz o, en el extremo opuesto, los minuciosos trabajos de investigación de distintos historiadores procedentes de diversos campos, como la antropología o la historia de la ciencia . En último extremo, la completísima bibliografía que la propia Zubiaurre consigna al final del volumen (diecisiete páginas de amplio formato y con tipografía mínima) constituye el mejor desmentido de que este sea un ámbito abruptamente preterido o taimadamente silenciado.
Zubiaurre sin embargo no se detiene ahí. Al contrario, avanza resueltamente en el mismo sentido y saca consecuencias que, como vamos a ver inmediatamente, resultan cuanto menos discutibles. Sostiene que el olvido de la cultura erótica, popular, lúdica o festiva es cualquier cosa menos casual. Es, por decirlo sin ambages, el resultado de una actitud premeditada y, sobre todo, firmemente asentada en los prejuicios ideológicos, morales y políticos de una minoría rectora –y, en este caso, básicamente una intelectualidad- que prescribe la “regeneración” como la máxima prioridad del país, y entiende que esa recuperación de las energías nacionales debe estar basada en el mantenimiento o recuperación de los roles más tradicionales. O sea, pensando como han pensado todos los varones a lo largo de la historia, la intelligentsia del momento habla en términos de energía, fuerza, virilidad, masculinidad… Dicho en otras palabras, trabajo versus ocio, responsabilidad versus despreocupación y, en fin, en última instancia, deber versus placer… La Castilla que ha de hacer o rehacer España es, pese al género gramatical, una Castilla masculina, imperiosa, ascética, guerrera (o, por lo menos, orgullosa de sus hazañas pretéritas). “Por el contrario, el afeminamiento, la inmadurez sexual y la promiscuidad rápidamente se identificaban con lo foráneo y lo no castellano, sobre todo con Andalucía, la Babilonia ibérica, contaminada de sensualidad mora, y con el donjuanismo de raigambre andaluza como epítome de ese afeminamiento extranjero y exótico” (p. 25).
Con ese bagaje emprende Zubiaurre el examen de la producción artística, literaria e intelectual del período. Como punto de partida, tres famosos lienzos le sirven para perfilar a grandes trazos esa España sedicentemente progresista que, en el fondo, preserva como su más preciado tesoro los roles tradicionales: el retrato de Unamuno de Vázquez Díaz; el “sórdido lupanar” que retrata Gutiérrez-Solana en el cuadro titulado Coristas; y, por último, la gitana de desnudos senos de Romero de Torres en Naranjas y limones. Tres miradas, tres composiciones y un mismo mensaje. No en vano, continúa la autora, el franquismo, a pesar de “su espíritu salvajemente reaccionario” (¿o precisamente por eso?), conservó, toleró y hasta magnificó las figuras de algunos de esos autores como Unamuno y Romero de Torres. Y así, en una continuidad lamentable, “lo que prevalece en tiempos democráticos (…) es precisamente aquello que el régimen de Franco decidió preservar y fomentar”. Seguimos creyendo por ello, continúa la autora, que la Edad de Plata “engendró exclusivamente Unamunos, ebrios de orgullo castellano y ruidosas glorias pretéritas, o bellezas andaluzas e intemporales, a lo Romero de Torres” (pp. 46-47). Pero lo cierto es que frente a aquella España seria y hasta sombría, hubo también en realidad una España risueña, hedonista, jaranera y hasta rijosa (dicho sea, en este caso, sin ningún ánimo peyorativo).
Como puede colegirse de los planteamientos anteriores, frente a esa España contenida, austera y ceñuda aparece la España verde o sicalíptica que mencionábamos al principio o, para ser más precisos, la reivindicación de esa otra España ligera, desenvuelta y frívola. El problema, como ya el lector atento habrá columbrado, está en los matices o gradaciones. Nada que objetar en principio al planteamiento si no se pierden las perspectivas. Zubiaurre escribe bien, argumenta con datos incontestables e ilustra sus aseveraciones con ejemplos oportunos. Pero de vez en cuando le vence la tentación de la brocha gorda. O, lo que es lo mismo, una actitud militante que casa mal con un estudio que se pretende científico y, por tanto, desapasionado. Su defensa a ultranza del hedonismo, de la “cultura popular” y de la llamada perspectiva de género termina por jugar en su contra.
Así las cosas, la autora concentra sus críticas y su ironía al enjuiciar las obras de los grandes representantes de la cultura del período –en particular, carga contra Unamuno, Ortega y Marañón, aunque otros muchos reciben balas perdidas en forma de acres reprimendas por reaccionarios, patriarcales, machistas o misóginos-. Unas cuantas citas darán idea de la munición de grueso calibre que se emplea contra ellos. Marañón y Unamuno eran los “modelos ejemplares y heroicos del amor monógamo y heterosexual (…), estandartes vivientes y con patas de la paternidad responsable (…) La intelectualidad franquista contribuyó a reforzar esa imagen, y se afanó en resaltar la fiera e hipermasculina heterosexualidad de los dos próceres” (p. 24). Con respecto a Ortega señala que su “propósito esencial aunque inconfesado (…) era preservar sus propios privilegios, es decir, las prerrogativas del patriarcado nacional y dirigente” (p. 80). Más adelante, ya en el capítulo tercero, Ramón y Cajal se lleva lo suyo como prototipo del varón nacional , pero la crítica una vez más se centra en las dos lumbreras nacionales de la época, Marañón y Ortega.
En las estimaciones de don Gregorio sobre materia sexual “resuenan con estridencia –subraya la autora- la homofobia, la demagogia patriotera y el castellanocentrismo” (p. 99). No es un desahogo ocasional. Algo después reitera que en “las reflexiones marañonianas sobre la sexualidad resuenan, con timbre de demagogia, las hazañas del imperio español y la proezas de la conquista” (p. 103). Pero “Marañón no es el único adalid de este llamativo neoimperialismo sexual” (p. 106). Ortega no le va a la zaga. El filósofo madrileño resulta ser una especie de “guerrero intelectual” (contra el erotismo pero en el fondo también contra la mujer que no cumplía su papel tradicional), en cuyo interior (en el de Ortega, claro) “es frecuente que resuenen, con repiques de nostalgia, las viejas glorias militares del muerto imperio español” (p. 120). El pensador, por otra parte, aparece alarmado ante las “perversiones” que pueden contaminar la moral patria. “Su alarma, de hecho, la acrecentaba la peligrosa proximidad geográfica y cultural del mundo árabe, y la declarada afición y tolerancia de este para con el amor homosexual” (p. 124). Ahorro al lector más perlas.
Por expresarlo en lenguaje llano, podría decirse que Zubiaurre se muestra incansable y batalladora en su empresa de descubrir mediterráneos. Al fin y al cabo, hubiera bastado con que dejara hablar a los mismos textos de los autores que analiza, sin subrayados ni alharacas. Nadie le hubiera discutido en el fondo su tesis primordial: por decirlo con sus propias palabras –por una vez contenidas- que “incluso los intelectuales más salientes, a los que se atribuía un pensamiento liberal y en ocasiones peligrosamente subversivo, en el fondo se avenían a los prejuicios más estrechos en materia de sexualidad, y contribuían a perpetuarlos” (p. 95). ¡Acabáramos! ¿Eso era todo? ¿Qué pretendía, que Unamuno hiciera sonetos al burdel, Ortega pergeñara la metafísica del amor libre o que Marañón loara al chapero? Todos ellos fueron hombres de su tiempo y tuvieron, naturalmente, una visión morigerada del erotismo y la sexualidad en general. Es verdad que hubo coetáneos suyos que trascendieron esas convenciones y vivieron una vida más libre de prejuicios, si así quiere llamárseles. Una actitud que, con discutible perspectiva histórica, Zubiaurre equipara a los Almodóvar y su troupe de la famosa movida madrileña. La autora cita por ejemplo a literatos o artistas de la talla de Álvaro Retana, Hoyos y Vinent o Pedro de Répide. Pero… ¿de verdad resulta serio sostener que hay una especie de conspiración para silenciar el legado de tales figuras? ¿O es sencillamente que ninguno le llegaba siquiera al tobillo a Unamuno, Ramón y Cajal, Ortega o Marañón, con todo lo repulsivamente machistas que hoy nos resulten las incursiones de todos ellos (de estos últimos, quiero decir) en el erotismo y la sexualidad?
Sin embargo, si el lector consigue llegar al capítulo 4 verá recompensados su esfuerzo y su aguante. Porque en buena medida a partir de aquí no diremos que se acaba pero sí que se atenúa mucho la cruzada antimachista y antipatriarcal que la autora nos ha ido endosando en las páginas anteriores. Zubiaurre parece que se olvida de los sermones y se dedica a lo suyo, a lo que debió ser objeto del libro desde el primer momento: a trazar un panorama lo más completo posible de esa sexualidad descarada y jubilosa que ha ido anunciando desde el comienzo. Resulta que la espera, aunque larga, ha merecido la pena. Ahora es el momento para gozar del libro. He utilizado el término “gozar” no por casualidad y sí con toda la intención, no solo por la amenidad del texto sino muy especialmente por el abanico de material gráfico que se reproduce a lo largo de los siguientes capítulos. Si, como se ha dicho en muchas ocasiones, el erotismo es cuestión de mirada, el erotómano encontrará sustento en cantidades masivas. Bien es verdad, para decirlo todo, que cantidad no es calidad, pese al parecido fonético, y que el mencionado despliegue gráfico da como resultado un panorama sicalíptico en el que los mejores ingredientes del erotismo -la sutileza, el ingenio o la insinuación- no constituyen precisamente los rasgos más destacados.
Las postales eróticas son en su mayor parte desnudos femeninos en posturas estereotipadas. Las llamadas novelas eróticas dejan poco resquicio a la imaginación. Me gustan las pollas largas, se titula una de 1930 y, en efecto, algunas de las ilustraciones que se reproducen en el libro nos permiten no ya suponer sino constatar las dimensiones de los mencionados gustos en cuestión. Cuando el hombre no da la talla la mujer necesitada se entrega a un equino –caballo o asno- que compensará lo forzado de ciertas posturas con la inobjetable generosidad del mencionado órgano. Recuérdese a este respecto que en alguna lámina del famosísimo volumen Los Borbones en pelota (que disfruta, por cierto, de varias reediciones actuales ) aparece Isabel II en plena faena con un burro en posición tan inverosímil como sexualmente explícita. La crítica anticlerical es también moneda corriente en estos pagos, con curas y monjas en pleno frenesí. Tampoco aquí se deja casi nada a la imaginación. Por otro lado, tríos, amores lésbicos o fetichismos diversos (como los de la bicicleta y la máquina de escribir) nos muestran que en esto del sexo, como en tantas otras cosas, no hay nada nuevo bajo el sol o está todo inventado desde hace mucho tiempo. La propia indumentaria erótica femenina –medias, velos, collares, transparencias, tacones- es casi la de nuestros días, con muy leves variantes. Ni qué decir tiene que, salvo pocas excepciones, el sujeto urdidor de las fantasías eróticas es el hombre mientras que la mujer es casi siempre objeto, bien objeto pasivo o bien desencadenadora (con su pose, su indumentaria o ausencia de ella) del deseo masculino.
El capítulo 8, “Sexo patriótico. Mantillas, cigarrillos y trasvestidos”, nos presenta un ambiente kitsch que aún no se ha perdido del todo y que incluso reaparece hoy en día con una pátina de modernidad (Almodóvar). Otros recursos están totalmente superados, como el del naturismo para amparar el desnudo: “El desnudismo científico triunfa en Cataluña” titula una revista, Pentalfa, de 1932. Aunque bien es cierto que la idea de una “sardana al desnudo” (imagen de la misma revista que se reproduce en la página 171) aún podría ser utilizada en las circunstancias actuales (desconozco, de hecho, si la propuesta se ha hecho realidad). El último capítulo analiza las “ficciones eróticas”, es decir, un campo -el de la narración, la novela popular- que conoció un desarrollo espectacular en la época. Eran historias amorosas que gozaron de amplia tirada y bajo coste. En cuanto a su tono, podían ir “desde el sensualismo más ñoño y descafeinado, hasta la pornografía más explícita y brutal” (p. 343). Algunos de sus autores se hicieron muy famosos. En esto, como en todo, hay narradores insustanciales (la mayoría) y algunos de un cierto nivel: los nombres de Felipe Trigo y Eduardo Zamacois pueden considerarse representativos de este segundo grupo. Aunque, como hemos dicho, hay para todos los gustos, un somero repaso a los títulos de esas novelitas resulta muy iluminador, tanto en lo que se refiere a su contenido como a la concepción del sexo y la mujer que albergaban los autores: Finita la perversa, Las impurezas de Pura, Cómo cayó Inocencia, Tinita la caprichosa, Lolita se pone nerviosa, Lilly y los plátanos…
El volumen de Zubiaurre termina con un breve epílogo que es también una especie de homenaje a todos aquellos que han aportado algo en el ámbito del erotismo o bien han contribuido al estudio del mismo. Y reitera finalmente los dos objetivos fundamentales de su trabajo: “rescatar ese tesoro perdido” y “dinamitar” la “imagen que todavía se tiene de la España de la llamada Edad de Plata, una España sombría y reconcentrada, la ‘España negra’ de los Gutiérrez Solanas y de los Unamunos” (p. 398). España verde frente a España negra. Como ya he señalado, desde mi punto de vista, el magnífico trabajo de Zubiaurre cumple de sobra su propósito de rescatar esa otra España frívola y hedonista. Otra cosa muy distinta es que esta última tenga la suficiente entidad como para eclipsar –no digamos ya “dinamitar”, como dice la autora- a esa otra imagen clásica de la España austera y angustiada del primer tramo del siglo XX. Y ello por dos grandes razones: la primera, porque en el debate público esta España ganaba por goleada a la nación festiva (y, podría añadirse, porque en la cruda realidad pocos, salvo una exigua minoría urbana acomodada, podía permitirse disfrutar de la fiesta). Segundo, porque los representantes tradicionales de la España seria nunca encontraron rivales de su talla en esa otra España voluptuosa. No hay un solo nombre de esta España verde que haya superado el paso del tiempo. Y no precisamente por ninguna conspiración de silencio. Bien está por tanto que hagamos un rato de voyeurs y nos riamos un poco. Pero sin más pretensiones.