lunes, 30 de noviembre de 2015

Los que fueron felices en la guerra

De los que fueron felices en la guerra (o, al menos, disfrutaron un rato)


Publicado en Revista de Libros. Blogs. Morirse de risa. 26-11-2015.

http://www.revistadelibros.com/blogs/morirse-de-risa/de-los-que-fueron-felices-en-la-guerrao-al-menos-disfrutaron-un-rato_1


“Un golpe de ataúd en tierra es algo / perfectamente serio”. Como decía un buen amigo mío, hay algo de acongojante en estos conocidos versos de Antonio Machado (“En el entierro de un amigo”, Soledades). Quizá es el tono, el matiz –el ruido seco de la caja en el hoyo-, la expresión redonda… “perfectamente serio”. Seriedad como la única opción posible ante determinados acontecimientos: la muerte, el dolor, la miseria, la guerra. Pertenezco por edad y profesión a esa generación de historiadores que, habiendo nacido bastante después de la guerra (la del 36, claro), han sentido suficientemente de cerca sus consecuencias –sin ir más lejos los rescoldos y prolongaciones del franquismo- como para tomarse en serio, muy en serio, todo lo relacionado con la contienda fratricida. Luego, por si fuera poco, el propio examen de los documentos y los testimonios de primera mano conducen a cualquiera con un mínimo de sensibilidad y empatía a mirar aquello, aparte de otras muchas consideraciones, como una inmensa tragedia. Como toda guerra, evidentemente, pero en este caso no como una guerra de esas que se otean en la distancia o se siguen en las pantallas sino que se sienten a flor de piel.
Dejemos pues claro como punto de partida ese dictamen obvio: que, más allá de las controversias políticas e historiográficas, la guerra civil fue ante todo y sobre todo una catástrofe, un desastre, una calamidad… y puede seguir cada uno poniendo los sinónimos que desee. Bien, ya lo hemos dicho. ¿Y qué más? Pues que habiendo ya pagado el inevitable tributo a nuestra conciencia (y a lo políticamente correcto, ¿por qué no decirlo?), no podemos seguir ignorando una cosa. Que para algunos –no sé si muchos o pocos- de los que vivieron aquella desgracia, la guerra no fue precisamente eso, una desdicha, ni siquiera un pequeño percance sino… otra cosa. Sí, ya sé que están pensando en tipos humanos característicos, el violento, el sádico, el que disfruta con el peligro o que carece de empatía… O quizá se les ha ocurrido el oportunista, el tipo sin escrúpulos o el simple aprovechado que hace su agosto en el río revuelto sin importarle las consideraciones morales o humanitarias. También podría ser válido dentro de esta gama de tipos citar al militante más o menos fanatizado (de uno u otro signo) que, lejos de tomar la beligerancia como un mal, se muestra entusiasmado y gozoso por poder matar y morir por la causa en la que cree. Todos ellos desde luego servirían para mostrar que la condición humana es diversa, desconcertante e impredecible y que, como mínimo, no debe ser contemplada con apriorismos y esquematismos elementales.
Pero, sin embargo, no es de ellos, de ninguno de esos tipos, de los que yo quiero hablar. Mi enfoque se sitúa…, ¿cómo decirlo?, a una altura más modesta, a ras de tierra podríamos decir. Me serviré como punto de partida de las memorias de un humorista hipocondríaco (como él mismo se definía), cuyo provocativo título nos introduce ya abruptamente en lo que quiero decir: Yo fui feliz en la guerra. Chumy Chúmez, pues de él se trata, nos presenta la guerra no como la tragedia que un adulto puede sufrir o lamentar sino desde la óptica de un niño que ve que el mundo se pone patas arriba y con ello se le presenta una ocasión única de vivir lo que en otras circunstancias normales hubiera sido completamente imposible. Dejaré que sea él mismo quien lo exprese. Después de los bombardeos, dice, “salíamos de los refugios para ver los destrozos causados por las bombas. Los mayores intentaban ahorrarnos el horror de ver los cadáveres […] Pero nosotros nos escabullíamos para ver bien de cerca los muertos […] Nosotros éramos felices en aquel hermoso desorden en el que se derrumbaban casas, morían nuestros amigos y, además, para coronar nuestra felicidad, no había escuela”. Desconcertante en su sencillez. Pero las anécdotas concretas son las que verdaderamente nos introducen en la dimensión macabra, en este caso no atemperada sino acentuada por la condición infantil de los protagonistas. Cuenta Chumy que un día un amigo les llevó…

a un huerto solitario y nos enseñó lo que fue durante mucho tiempo nuestro tesoro: la cabeza ensangrentada de una vieja. La había encontrado separada del cuerpo después de un bombardeo y se la había llevado como recuerdo. Era una vecina nuestra. Por la noche oímos los lloros de su familia que había estado todo el día buscando la cabeza de la pobre descabezada. Nosotros no nos atrevimos a decir que la teníamos en nuestro poder. Todas las tardes íbamos a ver cómo le cambiaba el gesto que cada ver era menos humano. Parecía que a aquel fragmento de difunta le hacía gracia nuestra protección. La mimábamos. En el cementerio se habría encontrado más sola seguramente. A la semana estaba ya un poco descarnada y empezaron a asomarle los dientes. Parecía que nos sonreía.

Los juegos y la muerte se entremezclan de tal modo que uno no sabe bien si sonreír o estremecerse. ¡Cuánto partido puede sacarle un niño a un muerto! No ya solo las calaveras sino hasta los propios huesos:

Yo solía ir con mis amigos con mucha frecuencia al cementerio a robar huesos […] Nosotros solíamos coger los cráneos más limpios, quitábamos luego la tierra que estaba adherida a los recovecos interiores y nos los llevábamos al barrio para jugar a los bolos. Vivíamos en una sociedad necrófila porque yo no recuerdo que nunca nadie nos prohibiese nuestros juegos macabros. Al revés. Las vecinas se partían de risa al vernos intentar colocar las tibias en posición vertical sin poder conseguirlo.

Y, en fin, el despertar sexual, como no podía ser menos, se tiñe también de elementos necrófilos:

Las chicas mayores nos habían iniciado en pequeñas liturgias sexuales y algunas niñas, sacerdotisas precoces, se ofrecían gentilmente al sacrificio ritual. Se tumbaban en el suelo y se quedaban quietas como si estuviesen muertas. Nosotros les bajábamos las braguitas húmedas aún por el susto y la emoción de los bombardeos y les acariciábamos sus tiernas entrepiernas.

Otro que vivió la guerra de niño y que también hizo del humor su profesión, José Luis Coll, relata episodios tremendamente parecidos en sus memorias (El hermano bastardo de Dios). ¡Qué divertido, por ejemplo, echar un partidillo de fútbol con cráneos a falta de balones! Con algunos inconvenientes, es verdad: “Las mandíbulas se desprendían. Las que aún tenían dientes picoteaban las baldosas, ya de por sí depauperadas. Las calaveras pequeñas rodaban mejor”. La violencia, la crueldad y la muerte, lejos de presentarse como obstáculos, se incorporan a las coordenadas vitales. No solo se puede vivir con ellas (con-vivir): se puede gozar a pesar de ellas o, lo que es más desconcertante, se puede disfrutar precisamente gracias a ellas, porque crean unas condiciones excepcionales que rompen la monotonía de la existencia. Por lo menos para los ojos de un niño (aunque, me temo, también para muchos adultos). Si los juegos infantiles tienen normalmente un componente sádico, en la guerra o en la represión de la posguerra, ese ingrediente queda legitimado como recreación exacta del mundo de los mayores. “Nuestros juegos –rememora- se hicieron más crueles, más machistas, más despiadados”. Por ejemplo, al compañero del bando contrario se le ata un árbol y se le azota. A renglón seguido, el prisionero era “meado en la cara y en el pecho” por los vencedores. Y si era un jefe, “se le obligaba a cagar sobre un pañuelo, que luego se le restregaba por ojos y boca”.
Bien es verdad que en nuestras coordenadas históricas y sociales quién más y mejor ha popularizado un enfoque cómico de la guerra ha sido el humorista Miguel Gila, hasta el punto de que la expresión “la guerra de Gila” forma parte de nuestro acervo cultural. Es casi imposible encontrar un español a quien no le suenen determinadas expresiones gilescas, empezando, claro está, por aquel recurrente “¡Que se ponga!” que anunciaba disparatadas conversaciones telefónicas con los personajes más variopintos. El teléfono era, como todos recuerdan, el arma preferida de un supuesto soldado que trenzaba disquisiciones desopilantes sobre unos presupuestos completamente surrealistas: “¿Es el enemigo? ¿Ustedes podrían parar la guerra un momento?”. O también aquel inolvidable “¿Por fin cuándo piensan atacar?… ¿A qué hora?… ¿No podrían atacar por la tarde…, después del fútbol?”. Para terminar con aquella tremenda despedida: “Adiós. ¡Que usted lo mate bien!”. Lo de matar bien era chusco pero menos simple de lo que a primera vista parecía porque una de las peores cosas en la guerra podía ser que te mataran mal, o sea, que te dejaran agonizando –sin ese remate que no por casualidad se llama “tiro de gracia”- durante interminables horas y a veces hasta días… Y es que el propio Gila confesó en diversas entrevistas y en sus propias memorias que a él lo fusilaron mal, en este caso por suerte, porque el piquete de ejecución lo componían soldados borrachos que no apuntaron cómo debían…
Hay que reconocer que Gila normalmente hablaba de la guerra sin especificar clara o explícitamente que se refería a la nuestra, la guerra civil, pero la aludida continuidad entre sus escenificaciones y sus experiencias dejaba poco lugar a dudas. Al narrar sus recuerdos como combatiente, Gila refiere anécdotas que bien podrían haber figurado en sus sketches más extravagantes. Así, por ejemplo, aquel episodio en que se encuentra perdido, sin saber dónde están los suyos y hacia dónde tiene que dirigirse. Al fin divisa un grupo de soldados y, creyendo que son los de su bando, pregunta con toda naturalidad: “¿sabéis dónde está el 5º Regimiento?”. Sin darle mayor importancia uno de los uniformados se vuelve y le responde con absoluta naturalidad: “Nosotros somos nacionales. Tu regimiento creemos que está por allí”. Le señala el camino y ahí acaba todo, sin más. ¿Real o inventado? Tenemos todo el derecho del mundo a pensar que la imaginación del humorista ha contaminado sus recuerdos involuntariamente o, en el peor de los casos, que Gila ha asumido su papel hasta tal punto que es capaz hasta de trivializar sus sufrimientos de guerra. Sea como fuere, hay una realidad que trasciende al propio Gila aunque utilicemos su apellido para caracterizarla: lo que queremos decir con ello es que, como está ampliamente documentado, la guerra civil tuvo situaciones y episodios grotescos, casi surrealistas, que podían situarse por derecho propio en el esperpento, es decir, lo que vulgarmente conocemos como “la guerra de Gila”.
Por ejemplo, lo de hablar de una trinchera a otra a voz en grito o con un altavoz no es un invento del humorista. A veces se hacía eso por iniciativa o con el consentimiento de los mandos, que entendían que una guerra de alpargatas como la nuestra debía tener, por lo que tocaba a los planteamientos ideológicos, su correspondiente dosis de propaganda cutre. Era más eficaz –o así lo entendían los concernidos- apelar al estómago que a los grandes ideales. Como decía una versión bufa del “Cara al sol” estaba bien lo de colocarse “Cara al sol / al sol que más calienta”. Cada bando prometía a sus contrincantes buenas raciones de comida, tabaco y alcohol si desertaban y se unían a sus filas. Los franquistas llegaron a prometer tres horas de siesta a los republicanos que pasaran a engrosar sus líneas. Pero no siempre era una cuestión de propaganda o, como diría Gila, de “desmoralizar” al contrario (recuerden el chiste del enano montado en el 600 para suplir la falta de tanques: “no mata, pero desmoraliza…”) A menudo, cuando las trincheras estaban estabilizadas y relativamente próximas, se trataba simplemente de diálogos de parte a parte, con las más peregrinas excusas o incluso sin ellas. Al fin y al cabo el enemigo hablaba el mismo idioma o incluso podía ser vecino, paisano, conocido… En la guerra no solo se matan hombres: casi tan importante como esto era matar el tiempo. De ahí que hubiera tantos tiempos muertos, que se hacían más insoportables por el frío, el hambre, el cansancio, los piojos… Los que podían lanzaban un globo sonda: “¡Eh, los del otro lado…! ¿Me oís?” Era el primer paso. Si había respuesta, de ahí a la confraternización había solo un paso, que se dio con frecuencia.
A pesar de que los oficiales prohibían por razones obvias esas manifestaciones de concordia con el enemigo –y amenazaban con draconianos castigos a quienes las pusieran en práctica- hay constancia de que se dieron con bastante frecuencia. Lo que nos interesa subrayar aquí es el aspecto de guerra chusca que ello inevitablemente conllevaba. Así, por ejemplo, en los citados tiempos muertos, los combatientes salían de sus trincheras respectivas, intercambiaban cigarrillos, periódicos o comida, compartían algunos tragos, se contaban impresiones y experiencias y a menudo hasta se abrazaban. En alguna que otra ocasión nos consta que se pusieron de acuerdo para salir a cazar perdices. Otras veces preparaban juntos alguna comida especial: con decir que a estas expresiones de camaradería se las llamaba “hacer paella” ya está dicho todo. Luego, cuando acababa la fiesta –normalmente al caer el sol- cada uno regresaba a su puesto. Aquella misma noche o al alba del siguiente día podía comenzar un ataque y podían ser muchos los que perecieran por una granada lanzada por la mano que poco antes habían estrechado o incluso por el disparo a bocajarro de quien les había estado abrazando. Como siempre sucede, la realidad supera a la ficción y, en este caso, hasta al humor absurdo.
Lo malo de las guerras, si adoptamos una perspectiva gilesca, es que producen muertos. Si son muertos lejanos, pase. Pero si están cerca, resultan molestos. Los cadáveres huelen, mejor dicho, hieden, apestan. Y a veces, cuando se quedan en medio de una tierra de nadie, sin enterrar, descomponiéndose poco a poco, echan un pestazo insoportable. Claro que siempre quedaba la posibilidad de ponerse de acuerdo de trinchera a trinchera para retirarlos. Y, de paso, compartir como antes apuntábamos alcohol, tabaco, algunas provisiones. Y gastar bromas, contar chistes, reír abiertamente. Y hacer así de todo ello el mejor momento del día. Algunos estudiosos de la guerra civil –pocos, a decir verdad- han indagado en esas condiciones materiales de vida que se dan en las trincheras o en los frentes de batalla. Así, por ejemplo, el hispanista Michel Seidman. Termino mi reflexión con un apunte que tomo de uno de sus libros, A ras de suelo, que pone de relieve cómo la confraternización entre los supuestos enemigos llegaba a tales niveles –no solo de diversión puntual, sino de absoluta complicidad- que se comprometieron en algunas ocasiones en avisar al bando contrario “si los oficiales ordenaban un ataque”. Y cuando algunos recién llegados -esto es, no avisados de las costumbres del frente- disparaban sus fusiles, del otro lado surgía una protesta a voz en grito: “¡Eh, no tirar, que nosotros no tenemos la culpa!”. Al final resulta que los chistes de Gila eran, no ya realismo, sino puro costumbrismo.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Historia alternativa del siglo XX

Historia alternativa del siglo XX. Más extraño de lo que cabe imaginar. John Higgs. Traducción de Mariano Peyrou. Taurus, Madrid, 2015. 360 pp.

Publicado en El Cultural, 13-11-2015.

http://www.elcultural.com/revista/letras/Historia-alternativa-del-siglo-XX/37234

¿Se puede entender el siglo XX? La pregunta puede parecer elemental pero sería bueno que nos contuviéramos unos segundos antes de contestar de forma afirmativa, que es lo que en principio nos pide el cuerpo (o las exigencias de la razón humana, que difícilmente admite que algo sea incomprensible). Todo dependerá, como se le alcanza a cualquiera, del nivel al que queramos colocar el listón del mencionado entendimiento. Si nos limitamos a lo más sencillo, a constatar lo evidente, diremos con el autor de esta obra que hay miles de libros de historia del siglo XX. La mayoría de ellos, “escritos por políticos o periodistas”, es decir, “con una fuerte orientación política”. Hay otros muchos libros que analizan el arte o la ciencia, pero coinciden con los anteriores en que “convergen en autopistas muy transitadas”. El polifacético e inquieto John Higgs (periodista, productor y ensayista de variado registro) se propone adoptar un punto de vista diferente.
Su punto de partida es una extraña impresión que le surge al visitar una exposición en la Tate Modern londinense. El brusco tránsito de un siglo XIX idílico a un XX angustioso le lleva a una reflexión perpleja e inquietante: “¿qué demonios le sucedió a la psique humana a comienzos del siglo XX?” La historia tradicional, con su insistencia en los eventos más llamativos (guerras, crisis económicas, revoluciones, etc.) “no logra explicarnos el paso al mundo actual”. Hace falta, sugiere Higgs, un cambio de perspectiva: “observar lo que fue verdaderamente nuevo, inesperado y radical”. Aunque no nos guste, debemos admitir que “el territorio del siglo XX incluye zonas oscuras, bosques espesos y profundos” que desafían las explicaciones convencionales. No es menos cierto, por otro lado, que hallar “un sendero distinto para recorrer este territorio es un reto formidable”. Ese el reto que se propone Higgs en esta obra.
Es verdad que este libro trata de las grandes guerras, los cambios políticos, las crisis económicas, los avances científicos o las innovaciones artísticas, como no podía ser menos, porque todos esos elementos forman parte del siglo XX. También menciona en múltiples ocasiones a Hitler, Stalin, Margaret Thatcher, Einstein, Bertrand Russell, Joyce o Picasso, porque ellos son algunos de los grandes protagonistas de la época que ningún ensayo puede obviar. Pero incluso cuando aborda lo más inexcusable o consabido, lo trata de hacer desde un ángulo diferente. Y siempre, en todo caso, Higgs busca el hecho nimio o el personaje de tercera fila –los ingredientes habitualmente desechados en las historias tradicionales- para convertirlos en exponentes o símbolos de un momento histórico determinado. Por si ello no fuera suficiente, el autor se empeña en hallar los lazos ocultos que ligan acontecimientos y protagonistas de mundos distintos, incluso contrapuestos: así, menciono para que se hagan una idea, vincula el terrorismo anarquista con la teoría de la relatividad, coloca “La interpretación de los sueños” de Freud tras relatar el estreno de “La consagración de la primavera” de Stravinsky y aludir a Sherlock Holmes, o explica los más alambicados conceptos de la física cuántica (Max Planck) atendiendo a una analogía desconcertante (una supuesta foto de Putin peleándose con un canguro).
Eso significa sobre todo, una cosa: si el lector quiere disfrutar este ensayo, tendrá que librarse de sus prejuicios o de ideas convencionales para entrar en el juego que le propone Higgs. Es obvio que no todo el mundo entiende ese tipo de trato y no podemos dejar de mencionar que el autor muchas veces se pasa, como decimos coloquialmente. Si están buscando un análisis sesudo y profundo de los grandes vectores del siglo, es evidente que este no es su libro. Higgs peca de superficialidad, es cuanto menos impreciso, no discrimina muchas veces lo anecdótico de lo sustancial y mete demasiadas cosas heterogéneas en el mismo saco. “Los genocidios –dice, por ejemplo- surgieron al confluir la tecnología, el nacionalismo, el individualismo y la llegada al poder político de algunos psicópatas” (p. 111). Ahora bien, si entran en el juego, es muy posible que pasen un buen rato. El libro se lee con facilidad, es ameno y en muchos momentos fresco y sorprendente. Y reconozco que en algunos pasajes hasta hace que nos replanteamos algunas verdades establecidas. No es poco.

jueves, 12 de noviembre de 2015

¿Qué es lo que te hace tanta gracia? (y II)

Publicado en Revista de Libros. Blogs. Morirse de risa. 12-11-2015.

http://www.revistadelibros.com/blogs/morirse-de-risa/que-es-lo-que-te-hace-tanta-gracia-y-ii

No sé si han oído hablar de Sarah Silverman. En España creo que no es muy conocida, aunque he pescado algunas referencias en internet, pero en Estados Unidos es al parecer relativamente popular por sus intervenciones en el mundo del espectáculo. Ya saben, ese espécimen típicamente norteamericano que combina improvisación, desenvoltura y comicidad, y que sirve tanto para escribir sketches o guiones como para actuar delante de las cámaras interpretando al modo convencional o simplemente haciendo de sí misma. Silverman ha jugado con frecuencia a transgredir lo políticamente correcto, por decirlo suavemente, con sus referencias por ejemplo a las minorías -chinos, negros o judíos-, aunque ella misma procede de familia semita. Juzguen ustedes su sentido del humor y, como suele decirse, echen unas risas: aludir a una vagina diminuta le lleva a citar a la Barbie aunque, aclara, no a Klaus Barbie, el carnicero nazi; y, bueno, hablando ya de nazis, “esos idiotas hijos de puta, llorones, malditos”, hay que reconocer que de pequeños eran (¿o son?) adorables. De pequeños, ¡eh…! Porque de mayores, como dice su sobrina, mataron a “60 millones de judíos”. Pausa. ¿60 millones? Sarah corrige: “Creo que fueron 6 millones de judíos”. Vale, dice la sobrina, “pero… ¿cuál es la diferencia?” “La diferencia es que 60 millones es imperdonable, jovencita”. Risas generalizadas del público. ¡Estas cosas del Holocausto! Sorry, corrige rápidamente, “supuesto Holocausto”. Más risas incontenibles. Su abuela, “gracias a Dios, estuvo en uno de los mejores campos de concentración”. Ja, ja, ja… Aunque, dejémonos de bobadas, “si los negros hubiesen estado en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto no habría ocurrido… O no a los judíos”. He hecho una traducción aproximada. Si tiene interés, el vídeo con esa intervención –dura pocos minutos- está a disposición de cualquiera en internet con el título de Sarah Silverman on the Holocaust.
He empezado citando esta intervención de la comediante norteamericana casi al azar, como podría haber elegido otros cientos de casos y ejemplos casi intercambiables, extraídos de cualquier programa de entretenimiento de cualquier país o lugar del mundo, porque son innumerables los humoristas, actores, presentadores y demás fauna del mundo del espectáculo que se dedican diariamente en los más variados foros a desempeñar una labor parecida. (Por cierto, si no han valorado mucho a la tal Silverman, sepan al menos que según Arcadi Espada, esta es, junto a Ricky Gervais, Bill Hicks o Lenny Bruce una representante del “humor negro gracioso sobre temas sensibles”: “10 reflexiones sobre el humor negro”). Aquí, en el fondo, la cuestión es muy simple: se hable de lo que se hable –política, sexo, religión, etc.- o, si se prefiere en términos más concretos, genocidios, estupros, profanaciones, etc., se juega con dos variables, provocación y límites. No hay humor o, por lo menos, humor del bueno, sin provocación. A su vez, no hay provocación si no se desafían los límites, sea de lo establecido culturalmente, sea de lo que antes se llamaba el “buen gusto” o sea en fin de lo que ahora se denomina lo “políticamente correcto”. Todo lo cual remite en última instancia a si debe o no haber límites. He leído por ahí a algunos abanderados de la libertad –por ejemplo, el antes citado Ricky Gervais- que dicen abiertamente que no, que el humor no admite límites. Todo límite impuesto o autoimpuesto es estigmatizado con la palabra talismán: “¡censura!” ¡Vade retro, Satanás!
El punto de partida de mi reflexión, sin embargo, es bien distinto. Baste pensar, simplemente, en nosotros mismos, en cada uno de nosotros. Hay muchas cosas que, casi con plena seguridad, a ninguno de nosotros nos va a hacer nunca mucha gracia, si estamos en nuestros cabales. Ponga cada cual los casos que prefiera: que se nos diagnostique una enfermedad dolorosa o incurable o que eso mismo le pase a la persona o personas próximas, que nos ataquen violentamente, que destruyan nuestra casa o nos expulsen de ella, que violen a nuestra hija, que se mueran nuestros padres (y no digamos ya un hijo) o, en términos menos dramáticos, que debamos hacer frente a una deuda inmediata que no podemos saldar. En todas esas situaciones, como delata el lenguaje más cotidiano, “no estamos para bromas” y si alguien pese a todo se empeña en bromear, no nos va a hacer ninguna gracia. Hasta el representante en la tierra del Dios del amor y la caridad, el papa Francisco, ha mantenido en un contexto muy discutible (el atentado contra Charlie Hebdo) que un insulto o una broma -que para esto tanto da- a alguien querido como una madre puede conllevar de forma natural un buen puñetazo al insolente o al desconsiderado.
Se dirá, sin que falte razón, que los casos aducidos se refieren a circunstancias personales, es decir, son cuestiones o problemas de contexto. Esto es precisamente lo que defiende el humorista Darío Adanti en Sin puta gracia. Lo ilustra con unos ejemplos muy sabrosos. Así, dice, “follar es una cosa maravillosa que no sólo no tiene nada de malo sino que, además, tiene todo de bueno (…) pero (…) no está bonito ponerte a follar frente al ataúd de tu abuelo en pleno velorio...” Se podría decir también, argumenta, que “el humor es como el sadomasoquismo, un juego entre partes que aceptan jugar a ese juego”. Por cierto, si hablamos de humor negro, “el sadomasoquismo también duele un poco”, pero gusta precisamente por ello. En definitiva, adonde quiere llevarnos Adanti es al reconocimiento de que el humor es un género de ficción, una representación que exige un acuerdo o pacto implícito entre todos los que van a participar en él o de él: “Entonces puedo concluir que lo que debe tener límites no es el humor sino el cuándo y el dónde de la representación del humor como acto. Es decir: lo que limita al humor es su contexto. Ese, amigas y amigos, es su límite”.
Las razones de Adanti serían convincentes si el humor y, sobre todo, el humor bestia –dicho sea así también a lo bruto, para entendernos- se practicara en recintos cerrados con oficiantes y espectadores que asistiesen libremente al espectáculo, como pasa con los clubs de intercambio de parejas, las citas sexuales y la pornografía en general. En una sociedad libre cada cual puede practicar sexo con quien desee y de la manera que desee, pero hay unos límites estrictos para que eso no afecte, dañe o simplemente moleste a otros. ¿Tiene límites la pornografía? Si es consentida y entre adultos, los límites serían muy difusos pero si afecta a menores o a los espacios públicos de convivencia ciudadana, está claro que sí. ¿No podríamos decir lo mismo del humor agresivo o incluso del humor faltón cuando traspasa determinadas barreras y llega a sectores ajenos, hiriendo determinadas sensibilidades? Olvidémonos ahora de las caricaturas de Mahoma y el integrismo y pensemos simplemente en las sensibilidades de determinados colectivos de nuestra propia sociedad tolerante, descreída y de vuelta de todo? ¿Estamos dispuestos en serio a aceptar cualquier provocación, no en un museo, un espectáculo o incluso una pantalla de internet o televisión (ámbitos relativamente acotados) sino en la plaza pública, en las iglesias, en sede parlamentaria?
Ya dije en la primera parte de esta reflexión que no entro ni quiero entrar en el terreno estrictamente legal. No estoy hablando de lo que deba o no permitirse –ni si tal asunto debe competir a instancias políticas o simplemente al Código Penal- sino de una cuestión anterior y más básica, nuestro umbral de permisividad, aceptación o tolerancia. En el humor, como bien decía antes Adanti, el contexto es fundamental. Pero entiéndase bien: eso significa que cuándo y cómo se dice algo puede ser más importante que el qué. Sin olvidar los quiénes, el emisor y el receptor. Para no andarme por las ramas, pondré un ejemplo un tanto zafio: ¿por qué no construimos un Auschwitz de bolsillo en la Plaza Mayor, ponemos en pelota picada a varios cientos de inmigrantes y les damos un susto duchándolos con gas inocuo? A ellos no les pasaría nada al fin y al cabo y nosotros… ¡lo que nos reiríamos! Ya lo decía Gila cuando hablaba de cómo se lo pasaba bien la gente del pueblo. “Somos muy amigos de las bromas”. Tanto, que cuando el Indalecio se electrocuta porque le dicen que los cables de alta tensión son los de tender, el propio padre, muerto de risa, confiesa: “me habéis dejado sin hijo pero… ¡me he reído…!” ¿Y la mujer del boticario, que se enfada porque han degollado al marido con un cepo de lobos? “Como le dijo mi madre… si no sabe aguantar una broma, márchate del pueblo”.
El humor negro de Gila no incomoda porque no ubica a sus protagonistas como seres reales en unas coordenadas identificables. En sus chistes, el parecido con una realidad reconocible debe quedar como pura coincidencia. Humor negro, pero absurdo. ¿Absurdo? ¿Seguro? Depende de cómo se mire. En nuestra guerra civil, como en general en casi todas las guerras, los soldados se han divertido mucho con fusilamientos simulados. Ya saben, se toman la molestia de preparar toda la parafernalia al amanecer, leer públicamente la lista de los elegidos, hacer la saca, transportar a los prisioneros, reír a mandíbula batiente cuando algunos de ellos se hacen encima sus necesidades menores y mayores, alinearlos ante el paredón así meados y cagados (¡ja, ja, ja, qué pestazo!), formar de inmediato el pelotón y luego… “preparados, apunten, ¡fuego…!” Entonces suenan los clicks de los fusiles, solo eso, sin disparos ni pólvora ni balas. Aun así, algunos de los reos se desploman, como si de verdad hubiesen sido pasados por las armas. Las carcajadas del pelotón se expanden incontenibles…. ¡Ja, ja, ja! ¡Desgraciados, os lo habéis creído! Dicho en los términos soeces que el jocoso acontecimiento se merece: ¡para mearse de risa!
La cuestión es que, nos guste o no reconocerlo, el humor negro se ubica en el contexto de situaciones que objetivamente son poco graciosas. (Si les parece excesivo el adverbio “objetivamente” no tengo reparo en cambiarlo por “a priori” o “aparentemente”). En esta ocasión la definición que proporciona el DRAE es enormemente precisa: “humorismo que se ejerce a propósito de cosas que suscitarían, contempladas desde otra perspectiva, piedad, terror, lástima o emociones parecidas”. Tan solo falta un matiz: que esa “otra perspectiva” es la que primero nos asalta habitualmente, la más espontánea. La razón de ello es fácil de explicar. El combustible del humor negro es el mal (más ajeno que propio, digamos de paso) y el mal por antonomasia es la muerte, lo que conduce a ella o lo que se asocia con ella (dolor, enfermedad, pérdida). La empatía que funciona normalmente en los seres humanos mueve a una cierta compasión, lo que significa literalmente que de algún modo nos ponemos en lugar del otro, del que sufre, y le comprendemos y hasta cierto punto compartimos su aflicción.
Permítanme decir ahora lo que dejé incompleto en la entrega anterior. El humor no es tragedia más tiempo, como decía Woody Allen, porque el factor determinante no es exactamente este último, sino la distancia, el distanciamiento para ser más exactos, sea este espacial, temporal o figurado. Puedo hacer un chiste sobre una víctima del terrorismo al cabo de los años o incluso ahora mismo si el atentado se ha producido a mil kilómetros de distancia, pero seguro que no lo hago si el suceso se ha producido en la puerta de mi casa y mucho menos si me ha afectado a mí o alguien próximo. El humor negro se mueve en el filo de la navaja de ese distanciamiento, que es por esencia hiriente, pero sin apartar totalmente de su horizonte la empatía, aunque sea para provocar. Por eso no funciona como chiste negro la fumigación de insectos pero sí el hecho de gasear a seres humanos.
Por todo ello en definitiva no llegaremos a puerto alguno desde mi punto de vista si nos empeñamos en circunscribir la cuestión del humor negro a una cuestión de límites. Porque pongamos donde pongamos dichos límites, el objetivo del humor negro será siempre ponerlos a prueba, desafiarlos. La provocación es consustancial al planteamiento jocoso y más en este ámbito. El problema es que la provocación está al alcance de cualquiera. Para entendernos, ese es el nivel de los quizá cientos de miles de chistes que cualquiera puede ver en miles de páginas de internet. Chistes del tipo “¿Qué hace un negro con 4 bolsas de basura? Una foto familiar”. “¿Cuál es la parte más dura de un vegetal? ¡La silla de ruedas!” Lo que falla aquí, simplemente, es el humor, sin más, sin adjetivos. No es una gracia: es una grosería, aunque concedo que es una grosería que a algunos puede hacerles gracia. Si están pensando en que pongo el listón muy bajo, les recuerdo que el gran Stockhausen reaccionó ante el 11-S diciendo que “lo que ocurrió allí fue la mayor obra de arte que jamás haya existido”. Y el gran Baudrillard apostilló: “Las Torres Gemelas fueron una perfomance absoluta, y su destrucción fue también una perfomance absoluta”. Ambos testimonios los recoge Servando Rocha en un caótico libro que, a tono muy acorde con los pirados que pueblan sus páginas, lleva el título de La facción caníbal.
La provocación inteligente está al alcance de muy pocos. Tomando como referencia la anterior definición del DRAE, llamo provocación inteligente a la que nos fuerza a ver la realidad desde otra perspectiva, enriqueciendo nuestra percepción de la misma y poniéndonos cara a cara con nuestros dilemas y contradicciones. Eso, pero sin alharacas ni engolamientos, es lo que hacen los grandes artistas del humor negro. Ante el genio de esos pocos, palidecen buena parte de las consideraciones anteriores. No, no piensen que voy a citarles a Swift, Quincey, Breton y popes parecidos sino nombres más cercanos. Ni siquiera quiero remontarme a Quevedo. Me basta decir, por ejemplo, que el distanciamiento se conjuga de manera natural con la empatía en obras maestras como El verdugo, de Berlanga. O en las viñetas de humor cruel de Summers o de humor pesimista de Chumy Chúmez, pongo por caso. Que se concibieron y se realizaron, conviene subrayarlo, en pleno franquismo. Cuando las sonrisas que no eran del régimen (Solís), sino contra el régimen, podían salir bastante caras.
Claro que, a lo mejor, llegados aquí, conviene ya que saque el último as que tenía en la manga: porque, la verdad, con tanto hablar de gracias, risas y sonrisas les he tratado de despistar un poco, como hace el prestidigitador para que no le descubran el truco. En fin, lo confesaré sin ambages y, como terminaba Fraga sus exabruptos, “no diré más”: para mí el mejor humor negro no es que el me hace reír sino el que me hace pensar.

¿Qué es lo que te hace tanta gracia? (I)

Publicado en Revista de Libros. Blogs. Morirse de risa. 29-10-2015.

http://www.revistadelibros.com/blogs/morirse-de-risa/que-es-lo-que-te-hace-tanta-gracia-i

Todo empezó cuando al tratar de un coger un libro del altillo de la estantería cayó al suelo un pequeño volumen cuya existencia yo desconocía o simplemente había olvidado. Humor negro decía en la portada. En efecto, enseguida comprobé que era una simple recopilación de chistes. Lo abrí al azar y dio la casualidad de que lo primero que encontré fue ese que dice… “cómo meter a cinco millones de judíos en un seiscientos” que yo me niego a completar aquí, porque no me da la gana. O sea el mismo chiste, exactamente el mismo, hasta con las mismas palabras, que provocó la tormentilla política de hace unos meses en el Ayuntamiento de Madrid que desembocó finalmente en la renuncia del edil Zapata a la concejalía de Cultura. Reconozco que mi primera sorpresa derivaba de mi ingenuidad: ¡yo que creía que el supuesto chiste en cuestión se lo había inventado el concejal de marras y resulta que… (miré la fecha de edición del librito) ya estaba en circulación… en 1989! Después caí en la cuenta de que si hablaba del Seiscientos era porque a lo mejor venía de los años sesenta. En fin… Seguí hojeando y ojeando y hallé al lado una viñeta con un hombre que saca a pasear a su mujer con cadena y collar de perro y que le dice a otro caballero a modo de excusa: “Es que esta semana se ha portado bien”. Vale tío. Sigo pasando páginas y llego a la sección de minusválidos. “Lo único que me consuela de haber nacido sin piernas es que de grande me llegará la picha al suelo”. Y así decenas, más aún, cientos de ellos…
Cierro el librito y me quedo pensativo, sentado en el suelo. ¿Qué tienen en común los múltiples chistes que he leído? Lo primero que se me ocurre es que son casi “intemporales”, es decir, como “de toda la vida”, chistes que no evolucionan, que se repiten clónicos de generación en generación desmintiendo el tópico ese de que hoy, con facebook, twitter y compañía, la estupidez se ha acrecentado. (En todo caso, pienso, las tonterías se han amplificado con esos nuevos altavoces, pero siguen siendo las mismas). En segundo lugar, tengo la impresión de que en sí son chistes malos, incluso muy malos, pero…, no sé, a lo mejor es una valoración muy subjetiva. Haré como Descartes, partiré de un principio irrebatible: no sé si son buenos, malos o regulares, pero lo que si sé es que ninguno de ellos me hace ni pizca de gracia. Entendámonos: no digo que me molesten ni nada de ese tipo. Me dejan indiferente o, en todo caso, me provocan esa incomodidad que produce perder el tiempo oyendo a un pelmazo. Dicho de otra manera, mi reflexión no va en la línea de cuáles son o deben ser los límites legales para el humor hiriente o la burla en una sociedad libre. Sobre esto se ha dicho ya todo o casi todo y últimamente se han repetido los alegatos en uno u otro sentido –por cierto, también los argumentos de siempre- con ocasión del atentado integrista contra Charlie Hebdo para vengar las supuestas caricaturas ofensivas contra el Islam. Tampoco quiero hablar ahora exactamente de lo socialmente admitido y de lo políticamente correcto, tan trufado a menudo de cálculos oportunistas, intereses sectarios y valoraciones hemipléjicas: como todo el mundo sabe, no es lo mismo meterse –si hablamos de religión- con la Virgen María que con el Profeta; no son lo mismo los gitanos que los judíos –si hablamos de grupos étnicos- o, incluso en un terreno más cotidiano, como ya advirtió el inefable Chumy Chúmez, suelen ser más objeto de chanza los sordomudos o los gangosos que los discapacitados psíquicos.
Retomo el hilo. Lo que me planteo es la esencia –o lo que a mí me parece la esencia del asunto-: qué nos hace gracia en la desgracia, normalmente ajena, aunque a veces también propia; qué encontramos de humorístico en situaciones profundamente desdichadas; por qué nos reímos del mal, del dolor, del sufrimiento, de la angustia, de la desesperación. Ya, ya lo sé, si nos queremos poner campanudos, podemos trazar un gran arco que vaya del estoicismo antiguo al pesimismo contemporáneo, es decir, de un Séneca o un Marco Aurelio a un Schopenhauer o un Sartre, por poner nombres señeros, que pergeñan una vida humana trágica en un universo inclemente. En ese contexto, la risa sería la forma que adaptaría la inteligencia consciente. Si me apuran, podría considerarse hasta la única rebelión posible. Podríamos decir algo parecido con los términos de andar por casa: “reír para no llorar”. Dejaremos para otra ocasión decir algo más sobre todo ello. Aun así, reconozcámoslo, con planteamientos tan panorámicos se nos desdibujan los perfiles. Hay que ir más a ras de tierra. Pero me interesa dejar claro desde ahora mismo que, si están buscando respuestas y soluciones, dejen de leer ahora mismo. Si siguen, conviene que sepan y asuman que no se las voy a dar. Por lo menos aquí y ahora. Más adelante, si prolongamos esta reflexión en otras entregas, ya veremos. Ahora es el momento de las preguntas, de los interrogantes.
Hay que preguntarse por ejemplo: ¿se puede encontrar humor en la vida –es un decir, claro- de los campos de concentración nazis? Parafraseando a Adorno, ¿puede haber humor, no después, sino durante Auschwitz? Pues si nos atenemos a la mera comprobación empírica, la respuesta obviamente es que sí, porque se han escrito relatos y se han realizado películas que han encontrado motivo para la risa en tan atroces circunstancias. Para citar un ejemplo que todo el mundo conoce, ahí está el filme de Roberto Benigni La vida es bella. Si he de ser sincero, tendría que confesar que yo, que no encontré gracia alguna en la citada película, no pude contener la risa al leer en el relato semiautobiográfico del Nobel Imre Kertész Sin destino el episodio en el que cuenta cómo calla la muerte de un compañero y convive con el cadáver en el mismo lecho para tener doble ración de comida. No sé si fue por la forma en que lo cuenta Kertész o por la propia necesidad que tiene el lector en un momento dado de relajarse o distanciarse de la tragedia, pero lo cierto es que sí, para mi propia sorpresa, me hallé a mí mismo… ¡riéndome! ¿Quién no recuerda momentos de su vida en que no puede contener la risa en momentos, no ya algo inconvenientes, sino señaladamente impropios?: una sala de hospital con enfermos terminales, un velatorio, un entierro, una cremación, un pésame…
Claro que todo esto no deja de ser una simple constatación de hechos y en modo alguno nos resuelve las preguntas anteriores sobre qué es lo que nos lleva a reír. Porque, además, no lo olvidemos, el proceso dista mucho de ser simple y unilateral: risa y profunda repulsión por esa misma risa forman una madeja que en cada caso y en cada circunstancia cada persona debe devanar. Recuerdo que cuando el famoso secuestro de Ortega Lara circulaba un chiste que a mí me pareció repulsivo, aquel que te pide el nombre de una planta que no necesita luz para vivir y cuya respuesta es… ¡la ortiga Lara! Y siempre me ha impresionado por su brutalidad machista aquel otro viejo chiste de los soldados que asaltan al convento y se disponen a cepillarse a todas las monjas. Cuando la madre superiora pide piedad al menos para la novicia más joven, esta exclama “¡Madre! ¡La guerra es la guerra!”. Hay algo, por lo demás, que debe anidar en nuestro substrato cultural –por decirlo de alguna manera- que nos lleva a una delectación morbosa en coordenadas parecidas. ¿Se acuerdan de que hace algunos años Almudena Grandes armó el taco cuando en un artículo en El País se burlaba de una monja, la madre Maravillas? La escritora venía a decir poco más o menos que las cuitas internas de la monja se hubieran solucionado con un buen polvo, más o menos forzado, en un contexto de violencia bélica: “¿Imaginan el goce que sentiría al caer en manos de una patrulla de milicianos jóvenes, armados y -¡mmm!- sudorosos?” Yo me acuerdo, muchos años atrás, que en su momento me llamó mucho la atención que la también escritora Montserrat Roig confesara que le ponía la estética nazi, noche y niebla, esvásticas y correajes… Bueno, también es verdad que por aquellos tiempos Liliana Cavani -¡siempre mujeres, para desmentir el tópico!- filmaba una película desde mi punto de vista deleznable, Portero de noche. Los cinéfilos aún recordarán a la prisionera del campo de concentración que encarnaba Charlotte Rampling contoneándose con los pechos desnudos y uniforme semimilitar ante su verdugo en el campo de concentración (un siempre fascinante Dick Bogarde).
Bueno, se dirá, en estos últimos casos hay sexo –ensoñaciones sadomasoquistas, para ser más precisos- pero no exactamente humor. Es verdad, pero el mecanismo psicológico no deja de ser en el fondo el mismo, por lo menos para lo que yo quiero expresar aquí: cómo se puede encontrar placer, delectación o gracia en situaciones objetivamente crueles, dolorosas o desgraciadas. En este punto es casi inevitable traer a colación esa feliz ocurrencia de un maestro del humor y un buen teórico del mismo, Woody Allen, que ustedes habrán oído en más de una ocasión: comedia = tragedia + tiempo. Independientemente de otras consideraciones, la fórmula es un prodigio de concisión: no se puede decir más y mejor en menos espacio. Lo cual no quiere decir que haya que suscribirla plenamente. Hay mucho de verdad en la formulación alleniana, pero también bastante imprecisión y desenfoque. Basta reflexionar un momento para constatar que, por más tiempo que pase, no toda tragedia se convierte en comedia y, complementariamente, que no siempre es imprescindible tiempo para que una situación dramática se convierta en bufa.
Dicho esto, reconozco no obstante que el vector tiempo es fundamental: yo puedo reírme en este momento del bigotito de Hitler, del bigotazo de Stalin o de la voz aflautada de Franco pero maldita la gracia que iba a encontrar si en vez de saberme seguro de sus garras, fuera ahora un ciudadano alemán, ruso o español bajo su férula. En La insoportable levedad del ser, Milan Kundera muestra con grandes dosis de humor cómo el tiempo lineal (lo que ya fue y no volverá a ser), antitético de un supuesto tiempo circular (el nietzscheano mito del eterno retorno), nos permite ver la tragedia y hasta el terror con una marcada complacencia: “Si la Revolución francesa tuviera que repetirse eternamente, la historiografía francesa estaría menos orgullosa de Robespierre […] Hay una diferencia infinita entre el Robespierre que apareció solo una vez en la historia y un Robespierre que volviera eternamente a cortarle la cabeza a los franceses”.
No hace falta irse tan lejos ni usar contrafactuales fantasiosos. Basta que nos fijemos, para no andarnos por las ramas, en el caso del terrorismo en nuestro país. Ha tenido que cesar la actividad de ETA y pasar algunos años para que la sociedad española –estoy hablando en términos sociológicos, no individuales- puede reírse de determinados aspectos de ese mundo: la película Negociador de Borja Cobeaga y, mucho más claramente, por su mayor éxito y su inmensa repercusión mediática, Ocho apellidos vascos de Emilio Martínez-Lázaro son buena muestra de ello. Pero si nos quedáramos tan solo en esos ejemplos, que ciertamente confirman la importancia del tiempo para edulcorar una determinada situación que ya creemos superada, estaríamos hurtando otra realidad, la que corresponde a la capacidad del ser humano para hacer humor, encontrar gracia y liberarse por medio de la risa en los momentos mismos en que sucede la tragedia o, si no queremos ponernos tan dramáticos, en ambientes poco acogedores, por decirlo suavemente. Antes citaba a algunos dictadores del anterior siglo y decía que yo no me atrevería a reírme de ellos si estuviera al alcance de su represión. Pues bien, lo cierto es que bajo ellos y bajo su represión, sí se desarrolló el humor, a veces blanco, pero en otras muchas ocasiones mordaz, desafiante, combativo. Piensen en La Codorniz bajo el franquismo puro y duro. En Heil Hitler. El cerdo está muerto, Rudolph Herzog ha mostrado que incluso bajo una dictadura tan férrea como la del Tercer Reich los alemanes –o, al menos, algunos de ellos- hicieron chistes sobre el cabo austriaco y sus conmilitones. A muchos les pudo hacer gracia y lo celebraron con risas. A otros, la risa y la broma les costaron la vida.

lunes, 26 de octubre de 2015

La otra cara de Franco

La otra cara del Caudillo. Mitos y realidades en la biografía de Franco. Ángel Viñas. Crítica, Barcelona, 2015. 440 pp. 22,90 €.

Publicado en El Cultural, 23-10-2015.

http://www.elcultural.com/revista/letras/La-otra-cara-del-Caudillo/37126

No hace falta ser historiador o aficionado a la historia para conocer la figura y la obra de Ángel Viñas (Madrid, 1941). Meticuloso investigador, profesor prestigioso y en los últimos tiempos polemista mordaz y vehemente en los más variados medios, Viñas ha dado a la imprenta en los últimos lustros un puñado de títulos fundamentales para conocer nuestra historia reciente y, sobre todo, deshacer leyendas e interpretaciones interesadas, aspectos estos últimos sobre los que él insiste como contribución fundamental de su tarea de historiador. Baste recordar para la mayoría su monumental tetralogía sobre la República y la guerra civil publicada entre 2006 y 2009, a la que han seguido otras obras –también sobre diversos aspectos de la República en guerra y la conspiración de Franco- no por menos publicitadas menos estimables. En todas ellas la metodología de Viñas ha operado sobre las mismas bases: un análisis minucioso de los problemas, una exposición prolija que trata de no dejar cabo suelto, la utilización de una bibliografía exhaustiva y, por encima de todo, como virtud cimera, el manejo de un impresionante acopio documental, fuentes primarias en su mayor parte, extraídas de los más variados archivos nacionales y extranjeros.
Todas esas características vuelven a ponerse de relieve en su obra más reciente, nuevamente dedicada a Franco y de nuevo también encaminada, como reconoce su propio subtítulo, a desenmascarar los mitos en torno al Caudillo para establecer la realidad, su verdadero rostro. Una vez más, Viñas adopta un tono beligerante contra la historiografía mal llamada revisionista –y en particular contra los autores de la última biografía de Franco, Stanley Payne y Jesús Palacios, que constituyen el objetivo privilegiado y sistemático de sus dardos envenenados- y subraya que su obra, pese a su carácter militantemente antifranquista, es “de neta vocación empírica y analítica”. El autor, que entra siempre al trapo de toda polémica historiográfica o política, enfatiza de manera permanente que sus afirmaciones se basan siempre en datos fehacientes y en documentos que hablan por sí solos. De hecho, Viñas, que gusta de los acrónimos, considera que el principal valor de esta obra sobre SEJE (Su Excelencia el Jefe del Estado) es la aportación y análisis crítico de nueva EPRE (Evidencia Primaria Relevante de Época).
Lo más relevante o novedoso para el gran público –aunque personalmente no me parezca lo más sustancial o interesante- pueda quizá encontrarse en el capítulo 5, cuyo propio título es tan explícito que me ahorra toda glosa: “Franco se hace millonario en la guerra y en la posguerra de la represión”. Como podrá colegirse de ello y de lo antes apuntado, se trata de un torpedo en la línea de flotación del franquismo con el fin de hundir uno de los mitos más queridos del Régimen, el de la rectitud personal a toda prueba del Generalísimo. Según Viñas el money, money también sonó bien a los oídos del Caudillo, que se preocupó discretamente de acumular un nada desdeñable patrimonio por métodos más que dudosos (“operación café”, “agradecimiento” de Telefónica y otros “donativos”, sociedad Valdefuentes). En la descripción de estos trapicheos anida la misma intención desmitificadora que el lector habrá podido apreciar antes, en los cuatro capítulos anteriores, dedicados a aspectos de más calado, aunque también quizá menos llamativos o más asumidos por la historiografía crítica con el franquismo.
Entre ellos, puede destacarse el examen que hace Viñas del despliegue de una versión doméstica del famoso Führerprinzip –principio de supremacía del jefe-, que aquí se convierte en un Francoprinzip con ribetes un tanto ridículos o surrealistas, pero no por ello con un carácter menos arbitrario y dictatorial. En concreto, esta es una de las constantes del libro, la insistencia en que el franquismo, pese a lo que ahora digan quienes desean presentar una imagen amable del mismo, fue una implacable dictadura que hizo valer para su supervivencia el despliegue inmisericorde de la fuerza bruta, siempre más dirigida hacia el interior del país que hacia el exterior. No en vano, como se dice en otro de los capítulos, Franco, lejos de ser un estadista prudente, se dejó llevar por una querencia pronazi que estaba en su ADN y que solo el rumbo posterior de la historia le forzó a disimular.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Cuando España era Celtiberia


Luis Carandell: Celtiberia Show. Prólogo de Pablo Motos. Maeva, Madrid, 2015 (Edición del 45 aniversario). 256 pp. 9,90 €.

Revista de Libros, 5-10-2015: http://www.revistadelibros.com/resenas/cuando-espana-era-celtiberia

Luis Carandell (Barcelona 1929-Madrid, 2002) perteneció a esa selecta estirpe del polígrafo o del periodista ilustrado que floreció –en España y prácticamente todo el mundo civilizado- en esa edad de oro de la prensa tradicional que comprende grosso modo el siglo y medio largo que va desde mediados del XIX a las décadas postreras del XX. Dígase lo que se quiera, a pesar de los cambios revolucionarios de estos últimos decenios, no parece que esa figura esté en peligro inmediato de extinción. Aunque lo usual en nuestros lares –y más en una reseña como la presente- sería deslizar afirmaciones del tipo “ya no quedan especímenes como Carandell en el panorama de la prensa española”, lo cierto es que a día de hoy, en la prensa digital y en la convencional, siguen apareciendo firmas que recuerdan lo mejor del periodista catalán que ahora rememoramos. Me refiero, claro está, en primer lugar, a su “saber estar”, seguido inmediatamente por su capacidad didáctica y persuasiva, fruto de una dilatada trayectoria profesional que le había llevado a recorrer el globo y a vivir largas temporadas en países lejanos, como Japón, cuando más del noventa por ciento de los periodistas hispanos no sabían idiomas ni, mucho menos, salían del terruño. Carandell, que casi siempre aparecía en público con una sonrisa dibujada en los labios, atesoraba la cualidad de exponer (su gran experiencia y sus vastos conocimientos) sin avasallar, sin perder casi nunca un fino sentido del humor y una elegancia que parecían consustanciales a su persona. De hecho, una fina e inteligente ironía en el análisis de los temas (ya fueran debates parlamentarios, cuestiones de política internacional o ásperos problemas domésticos) parecía ser la “marca de la casa” carandelliana en cualquiera de sus variopintas modalidades: en sus artículos de prensa, sus agudas crónicas parlamentarias, su labor como contertulio en radio o como presentador de informativos de televisión.
Aunque, como queda dicho, Carandell se distinguió por su versatilidad (raro era el campo de la actualidad o la situación del mundo que le fuese ajeno y más raro aún, el medio de comunicación en que no lograra dejar su sello) no resulta exagerado apuntar que la modestísima colaboración que empezó a desarrollar a mediados de 1968 en el semanario Triunfo estaba llamada a ser, aunque nadie podría haberlo adivinado entonces, uno de los legados más asociados a su memoria. Es verdad –apresurémonos a reconocer- que algo hay de injusto en ello, porque su obra es tan extensa como heterogénea y, en sentido estricto, hay muchísimas contribuciones de bastante mayor calado –sus disecciones de otros países, por ejemplo- que las recopilaciones costumbristas del solar hispano que, desde el comienzo, serían conocidas con la sensacional etiqueta (ya de por sí un impagable hallazgo) de Celtiberia Show. Lo cierto es que la página de Carandell se convirtió pronto –o, al menos, así lo percibieron los españoles de entonces- en un fiel reflejo de la situación de un país que tenía bastante de esquizofrénico, aunque solo fuera porque vivía unos momentos de cambios acelerados y modernización (en la economía, la sociedad o las costumbres) mientras que un régimen caduco, una dictadura desfasada, pretendía mantenerlos sin libertades y en una minoridad permanente.
Así que, al fin y al cabo, no les faltaba parte de razón a los corifeos de dicho régimen: en determinados sentidos, respecto a lo que ocurría allende los Pirineos, España era diferente. Y esa diferencia era lo que reflejaba Celtiberia Show con una técnica que en el fondo bebía del hontanar de la dramaturgia valleinclanesca. Bastaba simplemente poner un espejo. La realidad hispana reflejada en ese gigantesco espejo daba de modo natural el esperpento. De hecho, Carandell se propuso desde el primer momento –y ese fue uno de sus grandes aciertos- no cargar las tintas, prescindir de subrayados y acotaciones de grueso calibre. Tenía razón. Hubiera sido redundante. No hacía falta. Bastaba con mirarse en el espejo. Y probablemente esa fue también una de las claves del éxito y de la aceptación popular de Celtiberia Show, con matices de cierta ambivalencia. Los españoles se veían reflejados en ese escaparate. Y, para decirlo todo, digámoslo ya sin ambages: en algunos casos o para algunos sectores de población, no sin una acusada complacencia.
Tan inmediato o espontáneo fue el éxito de la sección carandelliana que muy poco después, hacia finales de 1970, apareció en forma de libro una antología de estos “tesoros carpetovetónicos”, por decirlo con la terminología del autor. Desde esa lejana fecha, sucesivas ediciones impresas con el rótulo de Celtiberia Show han cosechado el favor del público y el aplauso de varias generaciones de españoles. ¿Cuántas obras de la época pueden presumir de haber roto la barrera de las veinte ediciones de un modo sostenido a lo largo de casi medio siglo?
El volumen que da pie a este comentario se presenta de modo destacado en la portada y en la solapa como la edición del 45 aniversario. Se trata por otro lado de una edición que, para bien o para mal, no arroja novedad alguna con respecto a las anteriores, si exceptuamos un insulso prefacio de Pablo Motos que en el fondo nada aporta al mejor conocimiento del personaje, su obra o la España de su tiempo. Se reproducen los dos prólogos que escribió en su momento Carandell, los correspondientes a la primera edición y la de 1994. En este segundo se desliza una afirmación menos trivial de lo que a primera vista parece. Dice el autor –y no podemos estar más de acuerdo con él- que, cuando fueron entregadas por vez primera a la imprenta, estas “perlas” trenzaban “un retrato muy fidedigno de un país y de una situación social y política que tuvo que vivir toda una generación de españoles”. Un cuarto de siglo después, empero, argumenta Carandell, aunque quizá “lo celtibérico siga produciéndose”, es preciso “convenir que tiene un carácter residual” o, por decirlo desde otra perspectiva, simplemente pintoresco. Y también en este punto mostramos nuestro acuerdo.
Dicho de otra manera: si convenimos que –en el mejor de los casos- Celtiberia Show es un acertado retrato sociológico (todo lo sui generis que se quiera) de una determinada España, hay que decir que, en efecto, debe acotarse esa España a la que nos estamos refiriendo en el espacio (pues la mirada carandelliana es inevitablemente selectiva) y, sobre todo, en el tiempo. Celtiberia Show constituye uno de los retratos posibles de una sociedad y un país en un momento muy concreto de su devenir histórico. No es poco, desde luego, pero es eso y no más. No es que lo diga yo desde la atalaya del tiempo transcurrido. Es que el propio Carandell en el susodicho prólogo de 1994 reconocía que, por todo lo anteriormente expuesto, “al preparar esta edición de Celtiberia Show, no haya añadido nada y […] suprimido muy poco”. En efecto, el lector de las sucesivas ediciones del libro y, por supuesto, el lector de esta edición conmemorativa, va a encontrarse, pese al tiempo transcurrido y los cambios producidos, con el mismo libro. Casi todas las notas, noticias, anuncios, ilustraciones, titulares de prensa, hojas parroquiales, avisos, declaraciones, albaranes, esquelas y boletines que se reproducen en estas páginas pertenecen a un lapso muy específico, entre finales de la década de los sesenta y comienzos de los setenta. Lo subrayo porque creo que es deber del reseñista hacerlo, sin que en ello deba percibirse un tono reprobatorio. Hasta puedo admitir que quizá fuese esa la mejor opción, dejar el libro como espejo de la España que fue.
El problema entonces no estaría ni en el libro propiamente dicho ni en su autor sino en la mirada de todos los que, siguiendo su estela y deslumbrados por su éxito, nos hemos empeñado en prolongar el marchamo de Celtiberia Show aplicándolo a las realidades que se han seguido produciendo en el solar patrio. Porque eso nos lleva a la pregunta clave que puede y debe hacerse ante un libro como este en el momento que nos ha tocado vivir: ¿qué queda de esa Celtiberia en esta España de hoy? Desde el punto de vista de las ciencias sociales, y más concretamente de la sociología o de la historia, la respuesta sería contundente. No ya solo se constataría que la España actual tiene poco en común con aquella España, sino que la propia categoría de especificidad hispana quedaría desechada como paradigma válido de análisis social o historiográfico. Sin embargo, desde una perspectiva más a ras de tierra, más cotidiana, todos los que aquí vivimos sabemos por experiencia que la alusión a lo celtibérico constituye un socorrido recurso cuando se trata de juzgar críticamente las cosas que ocurren en nuestro ámbito de convivencia, como atestiguan expresiones de larga prosapia: “¡cosas de España!”, “¡este país!”, “¡qué país!” o, ya directamente, calificativos de celtibérico, castizo o carpetovetónico.
No es cuestión tan baladí como a primera vista pudiera parecer. De ese venero se nutre por ejemplo la ideología que sustenta el independentismo catalán (una Cataluña moderna frente a una España castiza). No deja de resultar significativo complementariamente que en la controversia política se siga endilgando el marbete de celtibérico a todo lo que nos molesta o, ya puestos, directamente al adversario. Comentando hace algunos años una edición anterior de Celtiberia Show, Alejandro Muñoz Alonso se atrevía a enmendar la plana al propio Carandell respecto al carácter menguante de lo celtibérico… ¡no en los años noventa del siglo pasado, sino en el primer decenio de este nuevo siglo!: “Apenas llegó Zapatero aquel celtiberismo residual no sólo no terminó de esfumarse sino que se incrementó, hasta adueñarse del escenario nacional. Si Carandell hubiera vivido habría hecho las delicias de todos comentando […] las hazañas de Blanco, de la anterior ministra de Cultura o de la actual de Igualdad y la de tantos otros que se han prodigados en este peculiar ruedo ibérico durante este ya largo mandarinato de Zapatero” .
Que no son alusiones circunstanciales o casuales lo pone de manifiesto el hecho de que, ahora mismo como quien dice, al comentar esta misma edición de Celtiberia que nos ocupa, desde el otro lado del espectro político, Josep Borrell lanza una andanada parecida -¡hasta los mismos términos!- mirando al tendido contrario. Tras plantearse si en la actualidad tiene sentido un nuevo Celtiberia Show y contestarse a continuación que “sin duda alguna”, da un paso más para afirmar que “ni en los mejores años de la ‘Marca España’, cuando ésta triunfaba en el mundo como la cerveza San Miguel y su anuncio del ‘Paquito, el Chocolatero’, se ha conseguido superar ese supuesto lastre genético de ‘lo celtibero’. Ya no digamos en la actualidad, en los que a causa de la crisis -de tantas cosas-, parece que regresemos al pasado al comprobar como todo un ministro del Interior invoca a la Virgen en su política antiterrorista” .
Una muestra más de que los españoles –empezando, claro está por los que escriben en los medios o en las redes sociales- se resisten a prescindir de las categorías ideológicas de lo celtibérico y otras similares (hoy tienden a decir marcaejpaña, que viene a ser lo mismo, obviamente), es que hay más de un blog por ahí que reivindica, asume o pretende proseguir el trabajo de recopilación carandelliano con incorporaciones adaptadas a los nuevos tiempos . Todo lo cual, paradójicamente, contradice, como hemos tratado de argumentar, no ya solo el espíritu carandelliano (más o menos interpretable) sino sus propias palabras, que siguen figurando en las páginas iniciales de esta nueva edición de Celtiberia.
Carandell, en definitiva, no se propuso otra cosa que hacer, en la línea de otros trabajos suyos, un retrato sin grandes pretensiones de una cierta España en un momento muy concreto de su trayectoria histórica. Era, ya entonces, una España medrosa, encerrada en sí misma, claramente a la defensiva, renuente a unos cambios que, por otro lado, desde una óptica progresista, Carandell juzgaba con toda la razón inevitables. Era la España de los curas montaraces, de los capitalistas católicos, de empresas devotas, de los pluriempleados en oficios pintorescos, de los maletillas que pedían una oportunidad, de las cruzadas infantiles antiblasfemas, de las fans del club Raphael, de los alcaldes devotos de María, de las mujeres llenitas, de cabreros y muleros, del nihil obstat, del bikini como escándalo, de la observancia peculiar de la Cuaresma, de la furia española, de los toreros como paladines de la raza y de tantos otros rasgos que algunos nos retrotraen a nuestra infancia y a otros, más jóvenes, sumergen en la perplejidad.
Por sus propios objetivos, planteamientos y metodología –recopilación y yuxtaposición de elementos heterogéneos- la labor de Carandell quedaba limitada al terreno de la observación costumbrista, la pincelada satírica, la crítica mordaz ma non troppo. Era, si se permite la licencia casticista –ya que estamos en ello-, el típico libro para leer como Baroja por su casa: en pantuflas, albornoz y mesa camilla. Y para pasar un buen rato. Ni antes ni mucho menos ahora tendría sentido exigirle lo que no podía dar: un análisis riguroso y en profundidad de un tiempo y de un país que se resistía a morir. Era obvio que para un purista o simplemente alguien exigente Celtiberia Show presentaba muchos flancos débiles: era caótica, superficial, deslavazada, irregular… Se quedaba corta con frecuencia -¡ay, la censura, que a menudo se nos olvida!-, su crítica era demasiado tenue, parecía a veces complaciente en exceso y se dejaba llevar en no pocas ocasiones por un paternalismo bonachón. Esas y muchas otras cosas más podrían decirse sin faltar a la verdad pero al mismo tiempo errando el tiro. Porque Celtiberia Show estaba confeccionada casi a imagen y semejanza del Carandell que describíamos al principio: exponía con elegancia, argumentaba sin dogmatizar, denunciaba sin perder la sonrisa, acusaba sin acritud, ironizaba sin excomulgar, plasmaba lo que veía sin mayores disquisiciones…
Quizás, como dicen algunos, la España de hoy sigue presentando ribetes celtibéricos. Yo, desde luego, no los llamaría ya así –por las connotaciones que tiene el término- pero no podría dejar de reconocer que siguen manifestándose en nuestro solar peninsular acontecimientos y actitudes que fuerzan al asombro. Pero, en fin, esa es, como quien dice, otra historia. En cualquier caso, la España reflejada en las páginas de esta Celtiberia Show ya no existe, por el bien de todos. Lo cual no empece que el lector de hoy pueda seguir disfrutando con la lectura de estas páginas. En ellas encontrará “perlas” de todos los tamaños, colores y formas: “Se prohíbe bajar en el ascensor a la servidumbre”. “Dios y los toros”, conferencia del Padre Cué. “La Circuncisión de Nuestra Señora”. “Asesino sí, pero no de personas, solo se dedica a las mujeres”. “No horinace en el azensol”. “Mantecados Santo Cristo Amarrado a la Columna”. “Huevos frescos: del culo a la boca”. “Pirri: Mi fútbol no tiene más particularidad que la de su esencia absolutamente española”. “Necesito casas para derribar libres de inquilinos”. Y, finalmente, el que en mi opinión puede servir como símbolo de aquella España, aquel cartel con grandes letras mayúsculas que rezaba: “PATRIMONIO NACIONAL. PROPIEDAD PRIVADA”.

lunes, 5 de octubre de 2015

Los últimos fusilamientos del franquismo

Mañana cuando me maten. Las últimas ejecuciones del franquismo. 27 de septiembre de 1975. Carlos Fonseca. La Esfera de los Libros, Madrid, 2015. 384 pp.

Publicado en El Cultural, 2-10-2015.

http://www.elcultural.com/revista/letras/Manana-cuando-me-maten-Las-ultimas-ejecuciones-del-franquismo/37021

En más de una ocasión –a veces desde estas mismas páginas- he lamentado el desinterés de los historiadores profesionales por la divulgación y el acercamiento al gran público. Salvo excepciones que están en la mente de todos, el grueso de la historiografía académica y universitaria se muestra renuente a salir de su pequeño mundo y rebajar sus presupuestos conceptuales y metodológicos, dejando con ello el campo abierto –porque la demanda existe- a periodistas, escritores varios y hasta simples aficionados que se aprestan a la labor de desentrañar el pasado con entusiasmo digno de mejor causa.
La reflexión anterior, que es recurrente, surge ahora de nuevo porque se cumplen cuarenta años de uno de los episodios más trágicos del final del franquismo, las ejecuciones que tuvieron lugar el 27 de septiembre de 1975, cuando el propio régimen agonizaba (“moría matando”, se dijo entonces con razón) y al propio Franco le quedaban menos de dos meses de vida. Una vez más tiene que ser un periodista, en este caso el veterano Carlos Fonseca (Madrid, 1959), bien curtido en estas lides, el que realice una investigación y puesta al día de aquellos sucesos y se apreste a trasladarla al público en general con un formato divulgativo y un lenguaje accesible.
Precisamente por ello Fonseca vuelve al tono humano –algunos dirán que incluso sensiblero- que tanto fruto le dio en su acercamiento anterior a otro espeluznante episodio de la represión franquista: Trece rosas rojas (2004) fue un best-seller que tuvo incluso su versión cinematográfica, todo un hito para una obra de esta índole. Ya el propio título, Mañana cuando me maten, pone claramente de relieve que Fonseca asume el punto de vista de las víctimas de la represión, sin que ello implique necesariamente que justifique los hechos sangrientos –los atentados, para ser claros- que les llevaron ante los Consejos de Guerra primero y ante los pelotones de fusilamiento seguidamente.
Porque el quid de la cuestión, como el autor consigna desde las páginas iniciales, estaba precisamente ahí, en dilucidar la autoría material de los actos terroristas que costaron la vida a varios agentes del orden público. Está fuera de duda que ni la dictadura en general ni los propios juicios en particular ofrecían a los imputados las mínimas garantías exigibles para su defensa. Fonseca argumenta además que si bien es verdad que estas organizaciones –FRAP y ETA- “asesinaron”, esta obviedad “no puede ocultar que la dictadura también lo hizo”. Apoyándose en la tesis –ciertamente discutible- de que el terrorismo en sentido estricto solo puede darse en sociedades democráticas, el autor toma partido y plantea explícitamente que sus protagonistas –los militantes antifranquistas que fueron pasados por las armas- “fueron víctimas de un simulacro de justicia que los sentenció antes de juzgarlos”. Como resultado de ello establece taxativamente Fonseca desde el mismo prólogo que “lo suyo fue un asesinato legal sin paliativos”. No se puede decir, pues, que las cartas no queden boca arriba desde el principio.
Dejando aparte las suspicacias que aún puedan levantar un enfoque de esas características y una posición tan contundente en un tema como el terrorismo, al que tan sensible sigue siendo -con toda razón- la sociedad española, lo más difícil de aceptar desde la óptica historiográfica es la pretensión del autor de reconstruir los hechos “con las armas del periodismo narrativo”, o sea, tomando “recursos de la ficción para contar una historia real”, de modo que quede algo tan atractivo como una buena novela. Hay que reconocer, sin embargo, que a lo largo del libro Fonseca hace un uso prudencial de esos recursos y por lo general se atiene a los hechos y a los documentos que ha podido consultar (que no han sido todos los que hubiera deseado, como se queja con razón, pues algunos de ellos, como las propias sentencias de los juicios, no están disponibles en su integridad). Los tres miembros del FRAP y los dos de ETA que fueron fusilados por la dictadura aparecen aquí como unos jóvenes impacientes, idealistas y hasta ingenuos que sufrieron el peso de un régimen implacable. Fonseca no oculta los hechos sangrientos en los que se vieron implicados pero su prioridad es trazar un retrato emotivo de todos ellos.