viernes, 1 de julio de 2016

La construcción de la España progresista

Jesús Torrecilla: España al revés. Los mitos del pensamiento progresista (1790-1840). Marcial Pons. Madrid, 2016. 308 pp.

Publicado en Revista de Libros, 29-06-2016.

http://www.revistadelibros.com/articulos/la-construccion-de-la-espana-progresista

¿Hay una España progresista o, por lo menos, una España que se considera tal y que así se autodenomina? Tan cierto como que hay día y noche, contestaría y constataría cualquiera, a la clásica usanza. Tan cierto, al menos, como que hay otra España que sostiene ideas contrapuestas y que, en principio o más unívocamente, resulta fácil y socorrido caracterizar cono España conservadora. Aguarde el lector apresurado: no, esto no trata de la dialéctica de las dos Españas sino solo del proceso de construcción de una idea de España, de lo que era en su momento, de lo que había sido y, por encima de todo, de lo que debía ser. Precisemos más, de un modo que nos introduzca casi imperceptiblemente en el tema: vamos a hablar, matizando la afirmación anterior, de cómo un sector de españoles examinaron en un momento determinado el conflictivo estado de la nación y su problemático papel como elite rectora: un país que, desde su punto de vista, seguía un rumbo incierto y que -esto era lo más doloroso- les daba la espalda o, peor aún, les repudiaba como antipatriotas o antiespañoles. Un país anclado en valores añejos que, según esos sectores ilustrados pero minoritarios, debían ser arrumbados para recuperar su dignidad ante el mundo y ante sí mismo. Y, precisamente, en función de esos ideales y propósitos alternativos, urdieron una determinada concepción de la historia, esto es, interpretaron el pasado en función de sus necesidades presentes y sus objetivos para el porvenir. Por decirlo, en fin, con los términos que están en el candelero desde hace décadas, construyeron un relato a su medida, la crónica de la nación que hubieran deseado más que la que realmente fue.
Ese proceso de construcción de un pasado ad hoc puede datarse históricamente, tuvo su momento fundacional. Nació y se desarrolló en un preciso intervalo, el que media entre la madurez del pensamiento ilustrado y la consolidación de una cosmovisión liberal en el sentido contemporáneo del término. Es el lapso en el que tienen lugar acontecimientos decisivos para la configuración de los Estados tal y como hoy los conocemos en casi todo el mundo civilizado: en primer lugar y sobre todo –revulsivo por antonomasia en el Viejo Continente- la revolución de 1789, la deriva subsiguiente, la expansión napoleónica y la guerra continental, con todo lo que los susodichos hechos conllevan de alteración radical del tablero europeo y, aun más, del surgimiento de una nueva mentalidad, unas nuevas aspiraciones, una eclosión en suma de sentimientos de autonomía individual e independencia de los pueblos. Si a este proceso complejo, ya de por sí perturbador del statu quo, añadimos la fuerza del romanticismo y la conmoción del nacionalismo, que convergen en el mismo punto reclamando la liberación de los naciones y los individuos, tenemos básicamente el panorama convulso que permite entender la necesidad imperiosa de nuevas concepciones del mundo –y naturalmente, dentro de él, de las colectividades nacionales- para adaptarse a los nuevos tiempos.
En una nota a pie de página al comienzo del volumen que nos ocupa (p. 10), se remite Jesús Torrecilla a un estudio fundamental sobre una de las ideologías políticas que ha configurado la España contemporánea, el libro de Javier Herrero sobre Los orígenes del pensamiento reaccionario español (Edicusa, Madrid, 1971). Y lo hace básicamente para perfilar el objetivo medular de su trabajo como la otra cara (complementaria, en gran medida) del análisis que efectuaba el rastreador del pensamiento reaccionario: “Llegaba a la conclusión [el citado Javier Herrero] de que lo que se denomina tradición española ‘ni es tradición ni es española’. Mi estudio –continúa Torrecilla- parte de un propósito similar: indagar el origen de los principales componentes que configuran el discurso progresista para apartarlo del ámbito de las esencias y enraizarlo en la historia”. Al lector mínimamente atento a la bibliografía reciente sobre nación, nacionalismos, tradiciones, memorias y reinterpretaciones varias del pasado, y no digamos ya a los especialistas en estas cuestiones, el propósito del autor de esta obra no solo no le sorprenderá sino que le sonará a dejà vu, teniendo en cuenta la inflación de obras con objetivos similares o asimilables. La variación en este caso –y por ende la originalidad (relativa, todo hay que decirlo)- del ensayo de Torrecilla estriba en que el grueso de los materiales examinados -que sirven de fuentes primarias para las tesis del libro- no son de índole directamente política (manifiestos, programas, tratados y otras proclamas semejantes) sino de carácter literario (narrativa, poesía, teatro).
Sostiene el autor que su obra trata primariamente de mitos, y los mitos “para ser eficaces, deben apelar a las emociones del receptor, algo en cierto modo fuera del alcance de la árida exposición historiográfica”. Una argumentación un poco para andar por casa porque puede argüirse que ni el relato histórico tiene que ser tan “árido” ni el mito se circunscribe exclusivamente al campo “emocional” sino también a una simplificación de la realidad y un sistema de valores. Sea como fuere, démosla por buena porque es evidente que Torrecilla busca -por si acaso- curarse en salud aduciendo que no ha pretendido “escribir un libro de historia en la acepción convencional del término”. Advertencia ociosa también a estas alturas, al menos para el curtido en estos lances. Hoy se admite como moneda corriente el papel cardinal de mitos, leyendas, invenciones, relatos fantasiosos o simples estereotipos en la formación de creencias, mentalidades, opiniones y actitudes. Si algo se cuestiona es precisamente lo que antes se daba por supuesto, la existencia de acontecimientos objetivos, registrables como datos incontrovertibles, para trazar una imagen objetiva de la realidad. En el mejor de los casos, el historiador trata de atenerse a los hechos hasta donde le es posible, pero sabe que con esos mismos sucesos pueden construirse –incluso con una inobjetable metodología y, por supuesto, la mejor de las intenciones- historias diversas y a veces hasta contrapuestas. De hecho y para no irme por las ramas, baste mencionar aquí que existe una extensísima bibliografía sobre el particular. Por lo que toca al caso español, hace ya muchos años que autores como Rafael Pérez de la Dehesa, Inman Fox, Leonardo Romero Tobar y muchos otros estudiaron el papel de la literatura en la conformación de una cosmovisión nacional. Incluso hay un opúsculo de Miguel Ramos Corrada que lleva por título La formación del concepto de historia de la literatura nacional española (Universidad de Oviedo, 2000).
Es verdad que Torrecilla no se propone stricto sensu estudiar la génesis de una concepción nacional en la España contemporánea ni por ende el papel que desempeñaron en ese sentido la literatura o las elucubraciones míticas. Para entendernos, estamos lejos de obras tan ambiciosas y omnicomprensivas como la ineludible Mater dolorosa de Álvarez Junco. El propósito de este libro es más concreto y, por ello, más modesto, la formulación de un pensamiento progresista o, acaso sería más adecuado decir, una interpretación progresista de España que constituyera la alternativa al modelo conservador dominante. La matización nos desliza algunas claves que no deben pasar inadvertidas. Arguye el autor que el planteamiento progresista no solo debía jugar a la contra –sin ir más lejos contra el añejo y enraizado modelo que amalgamaba patria, religión y corona- sino que también se desenvolvía en un entorno francamente desfavorable, porque “las ideas avanzadas venían de fuera”. Presentaba así un evidente flanco débil ante sus críticos, que tenían muy fácil tildarlos de “antipatriotas” y estigmatizarlos por ello.
Como es sabido, al compás de la incorporación reciente de España a las instituciones europeas, se ha desarrollado en la historiografía una nueva perspectiva de la trayectoria hispana que ha llevado a la sustitución de la antaño preponderante noción de “especificidad” por el llamado paradigma de “normalidad”. En este caso, sin embargo, frente a la concepción “normalizadora” de la historia reciente, representada por Gonzalo Anes, que defiende que a comienzos de la edad contemporánea “no había diferencias esenciales entre España y los países más prósperos de Europa”, Jesús Torrecilla mantiene por el contrario que “la evidencia de los textos prueba que los españoles de la época tenían una conciencia de marginalidad (o, por ponerlo en otros términos, de debilidad) muy acentuada con relación a países como Francia e Inglaterra”. Una argumentación que no tiene por qué conducir a la estigmatizada singularidad hispana: por esas fechas “había otros muchos países que se encontraban en una situación parecida y para los que la idea de modernidad estaba igualmente asociada con una realidad extranjera” (p. 12).
Ahí se inscribe, siempre según la apreciación de nuestro autor, el punto de partida de la “nueva interpretación de la historia” y la “nueva mitología” que pondrá en marcha el sector que propugnaba la modernización del país. Acusados de que sus ideas procedían de Francia (y Francia, no hace falta subrayarlo, constituía no solo el mal por antonomasia en el aspecto doctrinal sino el enemigo concreto que había invadido España), los progresistas se empeñarán en demostrar que su proyecto era genuinamente nacional. Más aún, según ellos, su programa de reformas no solo hundía sus raíces en la tradición nacional sino que era en última instancia un intento de redimir España y hallar el verdadero sentido de la historia hispana. Había que rescatar la trayectoria histórica de España del secuestro interesado y mendaz de los conservadores. Estas premisas indican claramente que, como apuntábamos antes, la alternativa progresista se construye en lucha abierta con la hegemónica representación tradicional. Solo de esa manera pueden entenderse los nuevos mitos y la función que les toca representar en sus distintos niveles. Frente a la España uniforme y dogmáticamente cristiana de la Reconquista, la reivindicación de Al-Ándalus como parte de España y hasta un cierto modo de “ser España”. Frente al absolutismo y despotismo real, una idea medieval (y, no hace falta subrayarlo, idealizada) de la monarquía como pacto entre el soberano y los territorios, respetando fueros y libertades establecidas. Frente a la preponderancia homogeneizadora y hasta castrante de Castilla, el modelo más abierto y teóricamente más respetuoso con la diversidad peninsular de la Corona de Aragón. Frente a las imposiciones e intereses de una dinastía extranjera –primero los Austrias, luego los Borbones- la defensa de una idiosincrasia genuinamente española que ya se manifestó en su momento en hechos heroicos, como el levantamiento de los comuneros. Villalar se convierte no solo en un símbolo, sino en el hito que inaugura una resistencia y permite establecer un hilo de continuidad con los catalanes en su también cerrada oposición al centralismo borbónico.
Se comprenderá ahora en todo su sentido el título que Torrecilla ha buscado para su ensayo, España al revés. “La mitología elaborada por los liberales implicaba una reacción contra los mitos de la España oficial y necesitaba distanciarse de todo lo asociado con ella. Sus mitos son contramitos. Por eso producen a veces la impresión de que su interpretación de la identidad española es una imagen invertida de la que en esos momentos existía” (p. 27). En este punto da la impresión de que en el libro se cargan demasiado las tintas en una contraposición que no fue tan rotunda y maniquea como el autor pretende y que no deja cabida a otros matices de la elaboración modernizadora, no necesariamente definidos y definibles por el conflicto abierto contra la tradición. Pero entrar en ello nos alejaría de nuestro asunto principal y nos enredaría en cuestiones menores. Porque, más allá de las gruesas líneas del dictamen del que hemos dado cuenta, los esfuerzos fundamentales de la obra se dirigen y extienden a un análisis prolijo de algunas obras y autores que representan diversos jalones en ese camino de construcción de una historia de España distinta a la establecida. En última instancia, la propia estructura del volumen viene condicionada para bien y para mal por un contraste llamativo entre, por una parte, una introducción y unas conclusiones hasta cierto punto generalistas y, por otro lado, cuatro capítulos que estudian asuntos bastante específicos. Da la impresión de que el libro se ha urdido no como obra ex novo sino como yuxtaposición de artículos previos –aunque ciertamente emparentados entre sí-, a los que se les ha procurado luego dotar de un sentido unitario con los mencionados prólogos y epílogo.
El capítulo primero aborda “la conflictiva relación de los liberales con el pueblo”, centrándose en las actitudes y escritos de un puñado de españoles que, entre fines del XVIII y primer tercio del XIX, grosso modo, vivieron y padecieron la contradicción poco menos que insoluble de que “el pueblo” del que se proclamaban adalides prefiriera la superstición y el despotismo (el consabido “¡vivan las caenas!”) antes que la ilustración y la libertad. Algunos, como Capmany, optaron por anteponer la pasión y visceralidad nacionalistas a la racionalidad ilustrada, aduciendo que en todo caso el pueblo siempre tenía razón. Otros, como Larra, sufrieron el conflicto de forma más desgarradora y por ello desembocaron en el pesimismo y la exasperación personal. Una posición hasta cierto punto intermedia o más templada, representada por José Somoza, encomendaba al tiempo y la paciencia instructora el cambio en las actitudes de un pueblo al que le quedaba mucho para llevar su educación al nivel de su heroísmo.
Estudia el segundo capítulo “el mito de los comuneros y los fueros medievales”, un asunto que recibiría un espaldarazo decisivo entre 1820 y 1823, al compás de los avatares políticos del momento. Se necesitaban referencias históricas que legitimasen la lucha contra el absolutismo (Fernando VII) como la continuación de una trayectoria secular de rebelión y resistencia del pueblo y sus representantes frente al despotismo real (entonces, Carlos V). El primer escritor que da forma literaria al mito es José Quintana, pero otros muchos literatos, como Martínez de la Rosa o el Duque de Rivas, contribuyeron con diversos enfoques a magnificar de una u otra forma a los protagonistas de la revuelta comunera. El mito comunero se abría además a interpretaciones variopintas, provenientes a veces de perspectivas e intenciones contrapuestas, aunque en el fondo convergían casi de modo complementario en lo mismo: rechazo al dominio extranjero, levantamiento contra la tiranía, defensa de las libertades tradicionales y respeto a la diversidad peninsular.
El mito de Al-Ándalus, al que se dedica el capítulo tercero, resulta especialmente significativo por cuanto supone la reelaboración de la imagen del “otro” por antonomasia en la larga trayectoria histórica de España: el musulmán, el “moro”, por decirlo en términos populares. Significa también la redefinición del mito fundacional de España como nación, primero por la gesta de don Pelayo y Covadonga e inmediatamente después por la “lucha continuada” de la cristiandad durante ocho siglos, nada menos. Lejos por tanto de la visión tradicional, estas páginas se detienen en los autores que elaboran una visión alternativa de la presencia del Islam en la península ibérica: así, el arabista José Antonio Conde, que pretende contar la historia de aquellos siglos no desde la atalaya cristiana sino desde la trinchera musulmana. Conde influyó en algunos exiliados liberales, que tendieron a ver su suerte como una nueva edición de la España intransigente expulsando de su seno a los discrepantes, ahora por motivos políticos (como antaño lo fuera por razones religiosas). Otros siguieron su estela (como, por ejemplo, José Joaquín de Mora) y finalmente terminaría cristalizando una minoritaria pero influyente tendencia maurófila que entroncaría con el romanticismo de cartón-piedra (los antes citados Rivas y Martínez de la Rosa). Como en los demás casos, el autor especifica claramente que el mito arabista no reflejaba una realidad histórica sino que servía a los propósitos “de los liberales que lo crearon a principios del siglo XIX” (p. 206).
Me parece percibir en el último capítulo un cambio de perspectiva, pues el precedente enfoque de historia de las ideas se trueca ahora en atención a las vicisitudes personales de dos “extranjeros en su patria”, Blanco White y Larra. Aunque el capítulo en sí es interesante, no puedo evitar la sensación de que está metido en el conjunto de un modo algo forzado y, en todo caso, no añade nada a lo ya reseñado. La breve parte final, bajo el epígrafe de “Conclusiones” retoma las grandes líneas desarrolladas en las páginas precedentes. Ahí, por ejemplo, insiste Torrecilla en que algún que otro mito, como el de los comuneros (que se elabora por autores que poco o nada dicen al público de hoy, como Marchena, Manuel José Quintana o incluso el Condorcet más ignoto), pervive durante toda la edad contemporánea y llega hasta hoy mismo, a veces de modo subrepticio o con símbolos insospechados. “Que no se trató de una moda irrelevante o pasajera, lo prueba el hecho de que, mucho más adelante, en los inicios de la Segunda República, se añadiría a la bandera española una tercera franja con el color del pendón por el que supuestamente lucharon los héroes de Villalar” (p. 261). El ejemplo es significativo, en mi opinión, porque representa bien la persistencia de determinados mitos en el imaginario colectivo. Y no solo eso, sino que nos ayuda a entender determinadas actitudes y realidades de la España actual. Así, no son pocos los analistas políticos que siguen manifestando su asombro por el hecho de que la izquierda española, incluso la más formalmente marxista (yo diría que sobre todo esta), lejos del internacionalismo proletario que marca la ortodoxia, no pierde ocasión de aliarse con las agrupaciones locales en una deriva centrífuga que, desde el cantonalismo, parece el rayo que no cesa en la política peninsular. Pero hay más.
Con las excepciones o matices que se quieran, la izquierda española sigue pensando –todavía a estas alturas- que Barcelona es la modernidad frente a la funcionarial Madrid, del mismo modo que Cataluña o la periferia en general representa la España tolerante frente al dogmatismo castellano. Esta misma Castilla -la Meseta, la España interior- continúa simbolizando para el pensamiento progresista el centralismo intransigente que intenta imponer su hegemonía a una España definida intrínsecamente como plural, rica y vigorosa precisamente por su diversidad. Por eso, toda defensa del idioma castellano en la España de hoy sigue siendo sospechosa para los autodenominados progresistas. La “guerra de las lenguas” en las comunidades autónomas no es más que una expresión de esa realidad y de esas convicciones. La responsabilidad del franquismo en la exacerbación de tensiones en este aspecto es incuestionable, pero no debe obviarse que las mencionadas tendencias son, como tales, anteriores a la guerra civil. De hecho, hay una continuidad de al menos dos siglos en los pilares de este pensamiento progresista. Si se me permite la esquematización inevitable, podría decirse que las izquierdas piensan España –o, si se prefiere, el mapa de España- como mosaico y, en el mejor de los casos, como voluntaria confluencia de movimientos autónomos y específicos, cada uno con su personalidad propia. O sea, mantiene que el molde castellano fue de por sí un error (con o sin franquismo) y, en términos históricos, hubiera preferido que triunfase el modelo alternativo de la Corona de Aragón o incluso la colaboración de reinos (regiones) peninsulares preexistente a la forzada unificación de los Reyes Católicos.
Si nos retrotraemos más en el tiempo, lo que se cuestiona es la Reconquista como hazaña hacedora de la nación. Primero porque, como expresó Ortega, no puede haber unidad y sentido en algo que se prolonga ocho siglos. Segundo, porque los mitos de la Reconquista –todos ellos- fueron fabricados por los vencedores y servían a sus intereses y valores. Frente a esta versión conservadora de la historia –que trata de legitimar la fusión de altar y trono- los liberales del XIX y luego los progresistas de toda laya dirigirán una mirada amistosa al otro bando, que a veces pasa por la comprensión de las razones del otro –en este sentido se habla de aquellos siglos como de guerra civil entre hermanos- y en otras ocasiones desemboca en la idealización de Al-Ándalus. Una idealización, dicho sea de paso, que persiste, sobre todo en Andalucía.
En conclusión, ¿puede hablarse de que el pensamiento progresista pergeña una “España al revés” como establece el autor desde la misma portada del volumen? El título parece un poco exagerado a la hora de hacer balance y a tenor de lo que se nos ha ofrecido. Es incuestionable, desde luego, que buena parte del pensamiento progresista se fraguó a la contra, como señala Torrecilla en el libro y –podría añadirse- en condiciones especialmente adversas. Y sí, hasta cierto punto construyeron una historia alternativa que daba una imagen invertida del país. Pero el enfoque de este libro dista de darnos una acabada visión de conjunto, por cuanto atiende casi exclusivamente a fuentes literarias, examina relativamente pocos autores y se circunscribe a un lapso muy concreto que no supera el medio siglo. Su tesis es convincente y está bien argumentada pero con las limitaciones apuntadas. Ello no resta interés a lo que se nos ofrece: de hecho, el libro no se lee, se devora, y ciertamente Torrecilla consigue a menudo dar pinceladas muy esclarecedoras, como cuando toma como referencia la pretensión monopolizadora y excluyente del pensamiento conservador (España, “martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...”). Un dogmatismo intransigente que le permite escribir: “El rechazo de la España oficial les lleva [a los progresistas] a identificarse con todos aquellos grupos que habían sido víctimas del autoritarismo y la intolerancia de sus dirigentes: con los comuneros y aragoneses que murieron en la defensa de sus fueros (…) así como con los catalanes que perdieron sus libertades tras la Guerra de Sucesión, pero también con los indígenas americanos oprimidos por brutales conquistadores sin escrúpulos, o con los judíos y musulmanes expulsados por negarse a renunciar a su credo” (p. 39). No cabe mejor repaso de la historia patria desde la perspectiva progresista. Sin tener en cuenta todo ello no puede entenderse lo que sucede en nuestros lares… a comienzos del siglo XXI. Lo cual, dicho sea de paso, no deja de tener sus ribetes melancólicos…

martes, 14 de junio de 2016

Los socialistas y la Corona

Con el rey y contra el rey. Los socialistas y la monarquía. Juan Francisco Fuentes. La Esfera de los Libros, Madrid, 2016. 504 pp. 26,90 €.

Publicado en El Cultural, 10-06-2016.

http://www.elcultural.com/revista/letras/Con-el-rey-y-contra-el-rey-Los-socialistas-y-la-Monarquia/38241

En el panorama historiográfico español, echamos en falta planteamientos renovadores y perspectivas que intenten salirse de lo trillado. Una de las opciones para esto último puede ser el enfoque transversal que plantea el nuevo libro del profesor J. F. Fuentes (Barcelona, 1955): la historia de los encuentros y desencuentros entre la Corona y el PSOE “de la Restauración canovista a la abdicación de Juan Carlos I (1870-2014)”. Para el aficionado a la historia política, Fuentes es el autor de una magnífica y ponderada biografía de Adolfo Suárez (Planeta, 2011), tan alejada de los excesos de Gregorio Morán como del tono complaciente de algunos periodistas que colaboraron con aquel. Pero los historiadores conocemos a Fuentes por otros muchos trabajos, clasificables grosso modo en dos ramas menos disímiles de lo que puede parecer, la historia de los conceptos y las biografías, ambas con marcado carácter político. Los que hayan seguido su trayectoria reconocerán en las páginas del libro que comentamos algunos de los temas e ideas que ya aparecían al menos en dos de sus anteriores biografías de destacados socialistas, las dedicadas a Luis Araquistáin (Biblioteca Nueva, 2002) y Largo Caballero (Síntesis, 2005).
De este modo, retomando antiguas investigaciones pero actualizando estas con nuevo material de archivo, documentación reciente y entrevistas a personajes que desempeñaron puestos relevantes en los momentos que se relatan, Fuentes ha compuesto un libro que se mueve con desenvoltura entre la crónica política y el ensayo interpretativo, entre la investigación minuciosa y la divulgación eficaz. Con un estilo ágil y un ritmo sostenido, relegando las no escasas notas al final del volumen, el autor trenza una historia cuyo interés nunca decae, no solo por lo que cuenta sino por el tono fluido y ameno con el que lo cuenta. Estamos pues ante una obra tan atractiva formalmente, tan engañosamente sencilla, que corremos el riesgo de no ponderar adecuadamente el arduo trabajo de recopilación que subyace a su absorbente exposición.
Por todo ello el valor del libro no radica exactamente en la aportación de grandes novedades respecto a lo ya conocido. Fuentes, como queda dicho, es un historiador serio y riguroso, alejado tanto del sensacionalismo en su análisis general como del regodeo en el detalle escabroso en la conducta de los personajes (algo nada trivial cuando los Borbones entran en liza). El volumen es una excelente síntesis que ofrece múltiples pormenores para la pequeña historia, así como numerosas apreciaciones particulares del autor, siempre bien fundamentadas y apoyadas por documentos específicos, aunque algunas de ellas inevitablemente entran dentro del terreno de la controversia política.
La tesis fundamental de la obra es que, desde el nacimiento de Alfonso XIII en 1886, o incluso antes, como ya vislumbró Cánovas, el artífice de la Restauración monárquica, la Corona solo podía sostenerse como cúspide del sistema si se apoyaba en dos patas que representaran las tendencias conservadora y progresista de la sociedad española. Cuando, a comienzos del siglo XX, los dos pilares tradicionales entraron en crisis, todo el régimen se cuarteó. La Corona buscó su salvación en el sable de Primo de Rivera sin percibir que es imposible sentarse sobre una espada. La dictadura excavó la tumba de la monarquía y el socialismo emergió como uno de los apoyos fundamentales del 14 de abril, ya no bajo la forma monárquica. Por eso la equiparación entre republicanismo y libertad marcaría al socialismo español durante el medio siglo de convulsiones que siguieron: el fracaso de la República, la guerra civil y el duro exilio. Algunas de las páginas más sabrosas del libro son las que Fuentes dedica al examen de conciencia del socialismo tras la guerra civil. De ahí precisamente surgiría un pragmatismo que terminaría por encarnarse, por una parte en Felipe González y por otra en Juan Carlos I. Así, los últimos capítulos del libro examinan el tránsito del republicanismo socialista a un renovado “accidentalismo” en cuanto a la forma de Estado que desembocó de facto en un abierto juancarlismo.

jueves, 9 de junio de 2016

Dioses útiles

Dioses útiles. Naciones y nacionalismos. José Álvarez Junco. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2016. 316 pp.

Publicado en El Cultural, 27-05-2016.

http://www.elcultural.com/revista/letras/Dioses-utiles/38145

Abre el volumen una cita de Edward Gibbon sobre las distintas religiones de la antigua Roma, “verdaderas” para el pueblo, “falsas” para el filósofo y “útiles” para el político. Si el nacionalismo es una nueva religión, es pertinente la mención de aquellos “dioses útiles” para estos “constructos” que son las naciones. Y sirve la alusión al filósofo –hoy diríamos científico- para ubicar la perspectiva racional del autor: frente a la instrumentalización política de la identidad, el análisis de las ciencias sociales. Álvarez Junco (Viella, 1942), uno de los más prestigiosos historiadores actuales, publicó en 2001 Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX (Taurus). En 2013 fue coautor de Las historias de España. Visiones del pasado y construcción de identidad (Crítica/M. Pons). El libro que ahora comentamos tiene pretensiones más modestas que los citados: aspira a una vía intermedia entre lo académico y la usual divulgación ofreciendo reflexiones originales, múltiples referencias y amplia información en un formato sintético (unas trescientas páginas) e insertando todos esos datos de modo ordenado en una visión global y comparativa.
El volumen se abre con una concisa introducción que establece la posición personal del autor, su perspectiva de estudio y los objetivos fundamentales. Tras ella, cuatro bloques claramente diferenciados: el primero, dedicado a “la revolución científica sobre los nacionalismos”, expone el cambio radical que introduce la historiografía reciente en el examen del hecho nacional. Grosso modo, el paso de una visión esencialista (o primordialista: las naciones, realidades objetivas) a una óptica constructivista (las naciones, construcciones históricas). Dicho cambio implica un vuelco en la perspectiva temporal, pues se pasa de considerar las naciones como entes remotos, existentes casi desde la noche de los tiempos, a observarlas como manifestaciones relativamente próximas, siempre dentro del mundo contemporáneo. Todo ello exige deslindar el concepto de nación cultural o comunidad diferenciada de nación política moderna, que emerge como depositaria de la soberanía. Ahí se inscriben las acuñaciones que han adquirido gran predicamento en los estudios historiográficos, como la “construcción de la identidad” o la “invención de la tradición”.
El segundo bloque repasa sucintamente los diversos “casos de construcción nacional” que se han dado en el mundo, con especial atención al Viejo Continente, por ser Europa “madre de naciones”. Se examinan así los procesos que dieron lugar a las más vetustas formaciones nacionales (Inglaterra, Francia) y a otras posteriores (Alemania, Italia), con un hueco para casos periféricos (Rusia, Turquía) y una mención, por su importancia objetiva, a los Estados Unidos. El tercer capítulo, dedicado al “caso español” empieza por el reconocimiento de “Hispania, un lugar muy antiguo” y la admisión de una identidad cultural española ya en tiempos de la “monarquía imperial”, pero no reconoce a España como nación política en sentido actual hasta las Cortes de Cádiz, lugar y fecha del “nacimiento de la nación”. Los siglos XIX y XX se vivirán en la geografía ibérica de un modo convulso y llevarán al surgimiento de “identidades alternativas a la española”, asunto al que se dedica el último capítulo, con un chequeo crítico de los nacionalismos o regionalismos peninsulares. Se podrá discrepar en matices, pero el nuevo libro de Álvarez Junco constituye una magistral interpretación de conjunto del fenómeno nacional y una reflexión serena e inteligente en un ámbito dominado por la emotividad.

miércoles, 18 de mayo de 2016

La transición exterior de España

La Transición exterior de España. Del aislamiento a la influencia (1976-1996). Francisco Villar. Prólogo de Felipe González. Marcial Pons, Madrid, 2016. 272 pp.

Publicado en El Cultural, 29-4-2016.

http://www.elcultural.com/revista/letras/La-Transicion-exterior-de-Espana/38005

Como es sobradamente conocido, la corta etapa que va de la muerte de Franco a la instauración del sistema democrático (lo que en España denominamos simplemente “la Transición”) ha generado una bibliografía inabarcable, solo superada en su atracción historiográfica en lo que atañe a nuestra trayectoria contemporánea por la guerra civil, con la que -por otra parte- la unen referencias ineludibles. Bien es verdad que, como sucede con otros períodos históricos, hay un marcado desequilibrio en la orientación de los estudios, muy polarizados hacia el examen meticuloso de las vicisitudes políticas internas y menos atentos a otras facetas. Entre ellas, muy señaladamente, la relativa a la política exterior. En este ámbito se inscribe la importante aportación del libro que ahora comentamos.
Su autor, Francisco Villar (Salamanca, 1945) es un diplomático de larga trayectoria que fue protagonista técnico y político de buena parte de los acontecimientos que aquí relata. Aunque enfatiza que este no es un libro de memorias sino de historia y análisis político, el lector debe tener en cuenta que Villar no enjuicia los hechos como observador imparcial o distanciado sino con la experiencia concreta y el conocimiento de primera mano de quien ocupó en aquellos momentos y en tales asuntos diversos cometidos de gran responsabilidad como miembro del gobierno español. Villar no pretende pues engañar a nadie por lo que respecta a la evaluación de aquella coyuntura: baste decir a este respecto que el volumen lleva un prólogo encomiástico de Felipe González y está dedicado a la memoria de Fernández Ordóñez y Máximo Cajal.
Desde el punto de vista teórico, el autor distingue “transición interna” (1976-1982) de “transición exterior”. Esta se prolonga hasta diciembre de 1988, cuando nuestro país consigue ser miembro de pleno derecho en los más importantes organismos e instituciones occidentales. Por decirlo en los términos que emplea Villar, el momento histórico en que “al fin España estaba en su sitio”. Llegar hasta ahí fue una ardua tarea en la que se empeñaron, con el apoyo de la inmensa mayoría de españoles, diversos gobiernos, un puñado de políticos audaces y un nutrido grupo de técnicos y funcionarios que negociaron a brazo partido en el difícil campo de las relaciones internacionales para convencer al mundo del cambio político tras la dictadura y la vocación europeísta e integradora de esa nueva España democrática.
En un tono muy sintético (el texto abarca unas 250 páginas si descontamos índices y bibliografía), Villar estructura su ensayo en cuatro capítulos muy desiguales: el primero, muy breve, trata de la labor del primer gobierno de la Monarquía, lastrado por la pesada herencia del franquismo. El segundo, más amplio, aborda el período de UCD, considerando dos fases, primero la etapa Suárez-Oreja (1976-1980) y luego de Calvo Sotelo-Pérez Llorca (1981-1982). Siendo distintas, se percibe una continuidad de objetivos y, sobre todo, un problema común, el peso muerto de los problemas domésticos: de ahí que se hable de una “normalización inconclusa”. Por contraste, el tramo siguiente, que se aborda en el bastante más extenso capítulo tercero, representa el momento en que España accede al puesto que le corresponde en el concierto internacional, siempre bajo el liderazgo de Felipe González, primero con Fernando Morán en Exteriores (1982-1985) y luego con la primera época de Fernández Ordóñez (1985-1988).
A tenor estricto del título del libro, el recorrido debía terminar ahí. Sin embargo, con buen criterio, Villar prolonga su periplo más allá de la transición propiamente dicha para darnos el capítulo más largo y sustancioso con diferencia, dedicado a la segunda etapa de Fernández Ordóñez (1989-1992) y a la fase protagonizada por Javier Solana (1992-1995). Ambos períodos conforman según el autor el ciclo más esplendoroso del país en el concierto internacional, convertido casi de la noche a la mañana en un “actor influyente”.
Posiblemente, muchos encontrarán el tono general del análisis poco crítico e incluso algo triunfalista pero debe reconocerse que, se mire como se mire, el balance fue francamente positivo. Parece que cuesta trabajo reconocerlo porque los españoles solemos tender más a flagelarnos que a festejar éxitos. Sin embargo el libro no termina con ese final feliz sino en un tono acre y desencantado (y un poco catastrofista), descalificando la política exterior que siguieron luego los gobiernos conservadores.

La guerra secreta

La guerra secreta. Espías, códigos y guerrillas, 1939-1945. Max Hastings. Traducción de Cecilia Belza y David León. Crítica, Barcelona, 2016. 792 pp. 27,90 €.

Publicado en El Cultural, 13-05-2016.
http://www.elcultural.com/revista/letras/La-guerra-secreta-Espias-codigos-y-guerrillas-1939-1945/38078

Del mismo modo que se habla en general de una historia oficial o institucional, los grandes acontecimientos tienen una cara establecida y reconocible. En el caso de la II Guerra Mundial hablaríamos de decisiones políticas, movimientos estratégicos, grandes batallas o cambios de fronteras, asuntos todos ellos sobre los que hay una inmensa bibliografía y que en sus líneas esenciales todo el mundo puede identificar. Pero detrás de esos hechos hay una trastienda, una vertiente oculta. Antes que los efectivos se enfrenten en el campo de batalla o los batallones desembarquen en un determinado punto, otros muchos (militares y civiles) han trabajado en la sombra en cada uno de los bandos para averiguar las intenciones del enemigo y anticiparse a sus movimientos.
Es, para decirlo con el título del libro que nos ocupa, La guerra secreta, la historia silenciosa y silenciada de los “espías, códigos y guerrillas” que entre 1939 y 1945 se desplegaron en todas partes con el fin de ganar la guerra o, al menos, inclinar la balanza, descifrando claves, interceptando comunicaciones o tendiendo trampas al enemigo. Su autor, Max Hastings (Londres, 1945), es un veterano periodista, antiguo director de prestigiosos diarios británicos, curtido en las labores de divulgación seria, sobre todo en el ámbito de la II Guerra Mundial. Los lectores interesados en esta vertiente de la historia recordarán algunos de sus títulos, vertidos al castellano, como La guerra de Churchill (2010) o Se desataron todos los infiernos (2011).
En esta nueva obra, Hastings asume el reto de describirnos en un solo volumen (de denso contenido y considerable extensión, casi 800 pp.) todo el entramado de actividades clandestinas y elementos encubiertos que se extendieron de un confín a otro del globo al servicio de sus respectivos países. En términos humanos, hallamos personajes “fascinantes”, dice el autor desde el principio. Patriotas casi todos, valientes la mayoría, héroes algunos, no faltaron también aventureros, aprovechados, delatores y criminales, amén de los inevitables agentes dobles, bien fuera por ideales políticos o solo al servicio del mejor postor. Salvo los que desempeñaron estrictas labores técnicas (por ejemplo, descifrado), los demás tenían en común su condición implacable: aunque sus fines fueran dispares y quizá defendibles, usaron de grado o por fuerza los medios menos confesables, incluyendo el robo, la extorsión e incluso el asesinato. Todo valía para la causa. No era poco lo que estaba en juego. Las circunstancias no eran aptas para pusilánimes.
Hastings no hace labor de investigación sino de recopilación y divulgación. Se basa en las grandes obras sobre el tema y en los mejores especialistas, como Stephen Budiansky, David Kahn y Christopher Andrew. Pretende dar una visión de conjunto, compensando con una mayor atención a los servicios secretos rusos el mayor desconocimiento que el público occidental tiene de ese campo. El lector español se encontrará así que, junto con nombres y siglas que le sonarán si es aficionado a la materia (el M16, el Abwehr, el NKVD, el Bletchley Park) aparecen otros muchos actores y servicios de los que muy probablemente nunca ha oído hablar, no porque desempeñaran una labor más secundaria sino porque se ha tendido a dar protagonismo a determinados casos aislados. En este sentido, por ejemplo, enfatiza Hastings, se magnifica a los famosos “cinco de Cambridge”, desconociendo a los “quinientos de Washington y Berkeley, un pequeño ejército de izquierdistas” camuflados al servicio de la URSS.
Más allá de los nombres propios, hay dos cuestiones cruciales que el libro aborda pero no resuelve (no por insuficiencia sino porque son irresolubles). La primera, la esencia misma del espionaje como actividad inaprensible, de tintes tan sorprendentes por lo que sabemos (la punta del iceberg) que parecen propios de la fantasía más desaforada. Algunos episodios, confiesa Hastings, son increíbles por cómicos, ridículos o insensatos. La segunda, y en el fondo más trascendental, es la contribución real de los servicios de inteligencia al resultado final del conflicto. ¿Fueron decisivos? Hastings señala que la certidumbre en este campo es imposible pero se inclina -como la mayoría de los especialistas- por encuadrar y limitar su trascendencia. Advierte en este sentido que la mayor parte de las actividades de espionaje fueron… perfectamente inútiles. Y las que sirvieron, tuvieron por lo general, un alcance relativo.

lunes, 25 de abril de 2016

La sátira como arma de combate

LA SÁTIRA COMO ARMA DE COMBATE

Publicado en Revista de Libros, 11-4-2016.

http://www.revistadelibros.com/resenas/el-humor-frente-al-poder

Enrique Bordería Ortiz, Francesc-Andreu Martínez Gallego y Josep Lluis Gómez Mompart (Eds.): El humor frente al poder. Prensa humorística, cultura política y poderes fácticos en España (1927-1987). Biblioteca Nueva, Madrid, 2015. 224 pp.

En las primeras tres líneas de este libro se deslizan dos afirmaciones que, aunque en principio independientes, marcarán en su confluencia el sentido y desarrollo de las páginas que siguen. La primera es de M. Batjin y en el fondo no va más allá de una constatación empírica al alcance de cualquier historiador: “la risa tiene historia”. La segunda, más arriesgada, pertenece a uno de los grandes humoristas españoles del siglo XX, Wenceslao Fernández Flórez: “no hay nada tan serio como el humor”. La convergencia de esos dos enunciados lleva a un planteamiento que a estas alturas resulta difícilmente discutible: la risa es un buen espejo de las mentalidades (o, si se prefiere, en sentido más amplio, de la cultura y la sociedad) a lo largo de la historia y por tanto esta, la historiografía, haría bien en no minusvalorar esa faceta para la adecuada comprensión de las distintas coyunturas del pasado. Cuando hace ya tiempo que los historiadores han aceptado con naturalidad que se puede hacer historia de todo, desde el culo a los inodoros, desde las lágrimas al corsé, no tendría el más mínimo sentido regatear al humor el puesto que le corresponde como elemento significativo en la sociabilidad en general o, más concretamente, en las costumbres, la vida cotidiana y hasta el debate político.
Y sin embargo… Por lo menos en nuestros lares lo cierto es que resulta sorprendente la extraordinaria escasez de investigaciones y estudios serios sobre el humor. Digo estudios serios –con toda la carga paradójica- porque, en cambio, cualquier lector curioso encontrará en sus pesquisas bibliográficas mucha morralla o, en el mejor de los casos, antologías y compilaciones, un poco a tono con ese dictamen implícito que la mayoría parece compartir de que el humor no es asunto importante. Más bien, por esencia y de modo inevitable, pura bagatela. Es verdad que, como se sostiene aquí en la misma introducción (aunque no sé si con demasiado optimismo), “las cosas están cambiando”. Concedamos en cualquier caso como adecuada esa estimación, dado que el propio volumen que se reseña es una buena muestra de ese cambio: un amplio equipo universitario denominado GRICOHUSA (“Grupo de Investigación en Comunicación Humorística y Satírica”) desarrolla desde hace algunos años un proyecto de investigación sobre una de las facetas más llamativas del humor, la sátira contra las instituciones y los poderes establecidos. Lleva por título “El humor frente al poder: la Monarquía, el Ejército y la Iglesia a través de la comunicación satírica en la historia contemporánea de España”. Uno de los frutos de ese proyecto es este ejemplar que conserva la primera frase, la más elocuente, “El humor frente al poder”, a la que se ha añadido un subtítulo mucho más preciso, aunque no por ello del todo exacto: “Prensa humorística, cultura política y poderes fácticos en España (1927-1987)”. Aunque solo fuera por la singularidad del empeño, merece pues la pena que nos ocupemos del libro en cuestión.
Empezaré por aclarar la anterior alusión a la no total exactitud, que me permitirá entrar de lleno en el examen de algunas de las características fundamentales de la obra. La delimitación cronológica 1927-1987 sugiere una continuidad temporal que, de hecho, es inexistente. En estas páginas no se aborda, salvo alusiones mínimas, el humor en la guerra ni sobre la guerra (1936-1939), del mismo modo que brilla por su ausencia un análisis del humor bajo el franquismo, a excepción de los últimos años, ya en la década de los setenta (lo que suele conocerse como tardofranquismo). La razón de esas lagunas es sencilla y nos remite a la propia estructura de la obra, un conjunto de investigaciones sobre aspectos puntuales que luego detallaré y que se han agrupado en dos partes desiguales y claramente diferenciadas correspondientes a dos tramos cronológicos: el primero, la Dictadura de Primo de Rivera y la República; el segundo, los estertores del franquismo y el tránsito a la democracia. Martínez Gallego, uno de los editores y responsable de la introducción, trata de justificar la elección de esos dos períodos aludiendo al carácter transicional de ambos. Si bien es incuestionable ese rasgo en la deriva política de los años setenta-ochenta, parece bastante más forzada su asignación a la década de los años veinte-treinta, pues supone concebir la dictablanda de Primo como un tobogán hacia el 14 de abril. Incluso si se diera por bueno ese enfoque finalista, no podría explicarse bajo ese paraguas la atención dispensada al humor bajo el régimen republicano cuando ya estaba asentado.
La segunda cuestión, que resulta tan chocante como decisiva a la hora de hacer un cómputo de los frutos de este proyecto, radica en la propia elección de las instituciones supuestamente cuestionadas o satirizadas, nada menos que los antaño denominados grandes pilares de la sociedad -por lo menos de nuestra sociedad- a lo largo de la historia contemporánea y, me atrevería a decir, a lo largo de toda nuestra historia desde los tiempos imperiales: Corona, Iglesia y Ejército. A nadie se le oculta que, durante buena parte del siglo XX, España no ha gozado precisamente de un moderno sistema de libertades y, por tanto, no ha sido la tierra prometida en lo tocante al uso y disfrute de la libertad de expresión. Siendo así, la elección de unos pilares como los citados se nos antoja una especie de ejercicio del más difícil todavía… Dicho en otras palabras, en un ámbito en el que a duras penas se ejercitaba la libertad, el rey, las Fuerzas Armadas y la Iglesia católica representaban exactamente lo más intocable en nuestro sistema de convivencia. A nadie puede por tanto extrañarle que una de las conclusiones más repetidas en el variopinto conjunto de artículos que integran el volumen sea, con pequeñas variantes, la coletilla de “escasean la crítica, la sátira o los ataques” contra las mencionadas instituciones.
Bien es verdad, para no dejar nada en el tintero, que no todos los artículos abordan, como se anuncia al principio, la sátira contra esa Santa Trinidad. La susodicha diversidad de planteamientos y objetivos se extiende hasta el punto de que algunas contribuciones tratan el humor en un sentido no tan restrictivo, simplemente como actitud más o menos combativa de determinados medios ante el ejercicio del poder o, incluso como crítica ácida o amable de la vida política y social. De hecho, tal es el caso nada menos que de tres de los cuatro capítulos que constituyen el primer bloque: los que se dedican a “Gutiérrez, semanario español de humorismo (1927-1934)”, “Gracia y Justicia o la demolición satírica de la democracia en la Segunda República” y “La Campana de Gracia (1930-1934)”. En cambio, hay más uniformidad en este sentido en los artículos que configuran el segundo bloque, pues seis de las nueve aportaciones focalizan el análisis en la monarquía, el estamento castrense o el clero.
A propósito de este último, resulta sintomático el giro que se produce en los años sesenta en el tradicional anticlericalismo español: los sectores de izquierda -republicanos, socialistas y anarquistas- que durante la mayor parte de la época contemporánea habían criticado y satirizado a la Iglesia por su hipocresía (por estar apegada de facto al poder terrenal y entregada a los placeres de la carne, en el doble sentido del término), modifican el discurso a medida que muchos curas se identifican con la “clase obrera”, se incorporan a la lucha antifranquista y, además, parte de la cúpula eclesial marca sus distancias respecto al régimen. Así se advierte explícitamente en el análisis de Por favor (p. 113) y luego puede comprobarse empíricamente en los dos últimos capítulos, que se centran exclusivamente en las actitudes de determinados medios (los diarios El Alcázar y Tele/Express por un lado y la revista valenciana Saó por otro) ante la evolución ideológica y política de la Iglesia en España en ese período.
Es también muy significativa la disparidad en el tratamiento de la figura del monarca entre determinada prensa republicana de los años treinta y los periódicos y revistas de la transición en la etapa postfranquista. La prensa satírica de izquierda fue, más que implacable, abiertamente cruel y descarnada con el destronado Alfonso XIII. La Traca en particular le dedicó unas viñetas despiadadas, asociándolo con calaveras y esqueletos, fantaseando con que fuera juzgado y encarcelado y, en fin, culminando con una ilustración macabra en la que se ve al rey Alfonso colgado de la horca, ya con la lengua fuera, y un Juan Español que le contempla complacido y sonriente mientras expresa su opinión en estos términos: “Por ahí se debía haber empezado para que en España brillara el sol de la justicia”. En contraposición, los periódicos y revistas satíricas de la transición mostraron un respeto reverencial hacia Juan Carlos I. En parte, como se señala en múltiples ocasiones, era un problema de censura: durante el tránsito a la democracia, la Corona, más que ninguna otra institución, era intocable y no podía ser objeto de crítica o befa, bajo riesgo de denuncia, multa, secuestro o suspensión. No estaba el horno para bollos. Ahora bien, no es menos cierto que, cuando se aflojó un poco el dogal del poder, los medios periodísticos no tantearon como en otros casos los límites de lo permitido sino que se decantaron por el extremo opuesto, es decir, la representación del monarca en términos laudatorios, comprensivos o simplemente neutros. Humoristas vitriólicos a la hora de poner en solfa a los poderes establecidos y, en todo caso, alejados de veleidades conservadoras, como Perich, Martinmorales, Máximo o Peridis, mostraban un tacto exquisito -cuando no una franca simpatía- no tanto hacia la institución monárquica per se cuanto a la figura y al papel que desempeñaba don Juan Carlos en ese momento histórico.
Por lo que respecta en fin a la institución militar, el obligado respeto que también se dispensaba a la Corona y, en menor medida, a la Iglesia, se revestía aquí también de una marcada antipatía y un indisimulado temor. Estamos hablando naturalmente de las actitudes predominantes en los medios periodísticos de izquierda o autodenominados progresistas porque, como era previsible, la prensa conservadora –que también hacía humor- no compartía aquellos presupuestos. Con todo, el denominador común en unos y otros era nuevamente el mismo, es decir, el cuidado primoroso en no ofender al estamento castrense o que las altas esferas militares no se sintieran ofendidas. Al fin y al cabo, la sombra del incidente del ¡Cu-cut! era lo suficientemente alargada como para que, en el mejor de los casos, los humoristas trataran de nadar y guardar la ropa. Es comprensible que el aludido temor al ruido de sables llegara a su paroxismo con el asalto de Tejero al Congreso de los diputados (el 23-F): un capítulo de la obra se dedica a cómo se vio el incidente desde la revista humorística El Jueves. El conjunto de las viñetas arroja un balance inequívoco, simbolizado en aquella portada inolvidable de un señor haciendo sus necesidades mientras escuchaba el transistor. Dicho en términos escatológicos, que estábamos todos cagados de miedo. La revista refleja ese miedo y se ríe de él, bien es verdad que a toro pasado. Con una derivada que remite a lo dicho anteriormente: los ojos se vuelven agradecidos al supuesto salvador y “El Jueves se deshace en elogios hacia el papel de la Corona” (p. 173).
En conclusión, los trece capítulos que integran la obra constituyen una mina de información para el historiador, el investigador o el simple interesado en la sátira política. Los autores se han atenido a una cierta uniformidad, planteando en cada caso claramente cuál es el objeto de estudio (en la mayor parte de los casos una publicación concreta), el marco cronológico y los propósitos de su trabajo. En la mayoría de los capítulos se incorporan conclusiones y bibliografía específica, amén de ilustraciones muy jugosas que complementan adecuadamente el análisis propiamente dicho. Es verdad que todo ello presta al conjunto un carácter excesivamente académico, como de tesis doctoral, con planteamientos estereotipados, exposiciones a menudo encorsetadas y, en general, un lenguaje aséptico (incluso francamente mejorable desde el punto de vista gramatical). Pese a esos defectos, básicamente más formales que de fondo, estamos ante una obra más que estimable en un ámbito -el de la sátira y el humor- que, como decíamos al principio, ha sido sistemáticamente preterido en la investigación histórica. Lo más importante sería que se siguiera profundizando en ese camino.

Nación y nacionalismo español

NACIÓN Y NACIONALISMO ESPAÑOL:
UN RELATO EN IMÁGENES

Publicado en Revista de Libros, 1-3-2016.

http://www.revistadelibros.com/articulos/nacion-y-nacionalismo-espanol-un-relato-en-imagenes

Tomás Pérez Vejo: España imaginada. Historia de la invención de una nación. Galaxia Gutenberg/Fundación Alfonso Martín Escudero, Barcelona, 2015. 620 pp.

La nación como entidad política, el nacionalismo como ideología y los movimientos nacionalistas como grandes agitadores de masas: tres elementos (aparentemente) distintos y un solo dios verdadero, el Estado-nación como modelo universal de convivencia. Desde hace un par de siglos esta religión ha sustituido a la tradicional y, como ella antaño, agita conciencias, mueve montañas y desata tempestades. Los que pronosticaron el seguro declive del nacionalismo a manos de otras doctrinas alternativas (del marxismo en todas sus modalidades a las también variopintas soluciones autoritarias) erraron espectacularmente el pronóstico. Hoy por hoy, el nacionalismo resiste incólume en todo el globo (¡incluso a la globalización!) y hasta se permite legitimarse, como han hecho todos los credos que en el mundo han sido, mediante su inserción en un supuesto orden natural: la humanidad se divide de forma espontánea en naciones y, como consecuencia de ello, la aspiración legítima de toda comunidad es ejercer su soberanía como tal nación. Parafraseando al célebre personaje de Molière en El burgués gentilhombre, que hablaba en prosa sin saberlo, los nacionalistas nos espetan a las primeras de cambio cuando se ponen en cuestión sus principios que, aunque no lo sepamos o queramos reconocerlo, “todos somos nacionalistas” de un tipo u otro.
El espectacular éxito del nacionalismo en todas partes ha concitado la atención, como no podía ser menos, de los expertos en ciencias sociales, en especial sociólogos, politólogos e historiadores. Desde hace varias décadas la bibliografía sobre el fenómeno se ha disparado hasta el punto de que es ya absolutamente inabarcable. Se impone por ello la adopción de perspectivas sectoriales aunque estas, a su vez, presenten también un panorama cada vez más abigarrado. Acotemos, pues, sin más dilaciones: hablaremos de historia y del ámbito español. Antes de proseguir, sin embargo, no podemos dejar en el tintero que, aun con las especificaciones apuntadas, todo estudio en este campo es deudor de aportaciones previas y enfoques establecidos o renovados. Desde que el historiador británico Erich J. Hobsbawm popularizó el marchamo de “la invención de la tradición”, prácticamente nadie ha querido o sabido resistirse a la seducción de ese punto de vista. De ahí que se hayan extendido ad nauseam los análisis que desenmascaran “tradiciones inventadas”, que detallan cómo tiene lugar la “invención de la nación”, que examinan la “construcción de la memoria”, que muestran los porqués de la “creación de mitos”, o, ya metidos en el análisis de esos complejos procesos, que coinciden en la utilización de un utillaje conceptual muy característico, con la reiteración de términos como “constructos”, “imágenes sociales”, “representación social de la realidad” o la mucha más popularizada “memoria histórica”. Para situar en este contexto el libro que nos ocupa, basta fijarse en su título, que alude a cómo se “imagina” una nación, España y, por si queda alguna duda, un subtítulo aún más explícito, que remacha: “historia de la invención de una nación”.
En última instancia esas formulaciones no son más que el resultado inevitable de unos presupuestos analíticos que constituyen una enmienda a la totalidad a la ensoñación nacionalista. Las naciones, lejos de constituir -como sostienen estos- entes naturales que buscan Estado, son el resultado de la movilización promovida por unas elites y de la cristalización de una determinada imagen colectiva (“voluntad de ser”, dijeron otros, una expresión mucho más discutible). En contra de lo que en principio podría pensarse, este reconocimiento de la artificialidad o incluso la arbitrariedad en el nacimiento de la nación como depositaria de la soberanía no socava las bases de nuestros argumentos frente al nacionalismo, sino todo lo contrario. Uno de los equívocos más frecuentes de los alegatos contra el pensamiento nacionalista deriva precisamente del empeño por partir de las mismas premisas que éste, la nación como realidad natural. En este libro, Tomás Pérez Vejo invierte la relación nación-Estado de la propaganda nacionalista en unos términos inequívocos: con el fin del Antiguo Régimen y los imperios, las naciones –las nuevas y las que ya existían previamente- se convertirán “en lo que nunca antes habían sido, sujetos políticos depositarios de la soberanía”.
El nuevo Estado-nación exige homogeneidad. A construirla van a dedicar todas sus energías los grupos que disponen del poder. Ahí tenemos, pues, a los “Estados inventando naciones” y no al revés. Esto explica que los Estados “que no fueron capaces de construir o imaginar naciones a su medida acabaron desapareciendo”, como la Gran Colombia o el reino de las Dos Sicilias. Con esas postulados no es difícil definir el propósito de este libro: explicar “la imaginación de una de estas naciones, España, a partir de la crisis de uno de aquellos imperios anacionales, la Monarquía católica”. Pérez Vejo lleva a continuación el agua a su molino cuando matiza que en esa construcción de la nación no solo ni principalmente hay una labor política sino una “invención cultural”. La materia con la que trabaja esta invención es inevitablemente el pasado, concebido de un modo específico, un pasado a la medida naturalmente o, dicho de otro modo, una sucesión o “conjunto de mitos fundacionales” que sirvan de soporte y argumento explicativo a la nación. Y, por fin, para desembocar ya de modo más concreto en la materia de esta obra, digamos que nuestra atención se va a centrar en lo que, según el autor, será uno de los factores más relevantes en el proceso de construcción nacional: la llamada pintura de historia oficial.
“Las exposiciones nacionales definen lo que podemos llamar la visión oficial, España según el Estado”. Pérez Vejo sostiene de un modo explícito a veces y de manera implícita en todo momento (pues es el fundamento de su ensayo) que en una sociedad, como la española del siglo XIX, con altísimos índices de analfabetismo, las imágenes podían llegar más lejos y más hondo que los libros de historia o incluso las recreaciones literarias. Demos por buena la afirmación, aunque necesitaría de algunas acotaciones o matizaciones que aquí nos llevaría demasiado espacio efectuar. En todo caso, lo que interesa subrayar es que, según el autor, esas grandes (grandes por el tamaño y grandes también por una solemnidad impostada) pinturas oficiales se convirtieron a lo largo de la centuria decimonónica en el mejor escaparate o espejo de la nación. Reflejaban la nación y su historia exactamente cómo quería verse a sí misma y como ansiaba ser vista por los otros (incluyendo aquí, naturalmente, otras naciones). “España como es”, una realidad nacional incontrovertible en su presente y en su trayectoria secular. Una forma de ser que traspasa la historia: hunde sus raíces en un pasado remoto, muestra episodios ejemplares a lo largo de los siglos, llega al presente y sirve incluso como expresión de los anhelos del futuro. En la confección de ese relato los nuevos “intelectuales laicos” desempeñarán un papel fundamental. Pero entre ellos hay un pequeño grupo que concita la atención del autor, los pintores de los cuadros de historia oficial. “El pintor decimonónico –escribe Pérez Vejo- se convirtió así en un creador de realidad, modelador de opiniones y casi en un profeta social”.
A los lectores que no les suenen extraños estos planteamientos les vendrá enseguida a la cabeza el más conocido ensayo histórico sobre la misma temática (el nacionalismo), el mismo ámbito (España), la misma época (siglo XIX) y el mismo enfoque (construcción político-cultural de la nación), la tan celebrada y citada Mater dolorosa, de José Álvarez Junco. Aunque sea la más renombrada, esta obra dista mucho de ser la única que ha transitado por esos vericuetos. Más bien podría decirse lo contrario, que en los últimos años han proliferado estudios de la más diversa índole sobre esa temática, bien haciendo evaluaciones de conjunto, bien centrándose en un determinado ámbito (la historia, los libros de texto, la literatura, el pensamiento político, la educación, las ideologías políticas, etc.) Historiadores españoles y foráneos como M. Pérez Ledesma, R. Cruz, A. Morales Moya, C. Boyd, R. García Cárcel, J. S. Pérez Garzón, A. de Blas Guerrero, I. Fox, J. P. Fusi o F. García de Cortázar –y cito casi a voleo, pues sería imposible aquí hacer mención de todos- han abordado diversas vertientes del asentamiento de una cosmovisión nacional con premisas, interpretaciones y resultados no siempre coincidentes. En esa lista debe incluirse muy especialmente –aunque merece mención aparte- el investigador que más ha estudiado el campo de la pintura decimonónica desde la perspectiva de la historia de las ideas y la historia de la cultura en general: nos referimos a Carlos Reyero, autor entre muchas obras, de Imagen histórica de España (1850-1900) y La pintura de historia: esplendor de un género en el siglo XIX.
Debe de quedar pues claro –sin que ello signifique menoscabo alguno para su brillante ensayo- que Pérez Vejo, lejos de transitar por un campo yermo, se ha beneficiado de las aportaciones de una larga serie de obras y autores, muchos más de los que figuran en una bibliografía que imaginemos habrá sido recortada para no alargar en demasía el ya considerable número de páginas del volumen. Es verdad que eso hace inevitablemente que muchas de sus observaciones, a menudo expuestas con una contundencia necesitada de ciertas matizaciones, nos suenen a algo ya bastante conocido. Quizá en este aspecto pueda decirse que el autor se ha zambullido excesiva y hasta excluyentemente en el objeto de su trabajo, las pinturas de historia de las Exposiciones Nacionales. Es posible que no hubiera estado de más en este sentido evitar la pulsión exhaustiva –que hace al libro en muchas ocasiones prolijo y reiterativo- y dar cabida, aunque fuera solo en forma de pinceladas, a algunos apuntes sobre otros aspectos del ambiente intelectual, cultural y político del momento, que hubieran servido de complemento o contrapunto al discurso sobre el sentido y significado de la pintura y los pintores que se llevan el protagonismo absoluto.
Una vez dicho eso, debe quedar claro que nos encontramos ante una obra magnífica, sólidamente estructurada y convincentemente argumentada, meticulosa en su planteamiento e implacable en sus conclusiones. Una precisa introducción, que expone con claridad los objetivos del trabajo y acota el campo de juego, plantea sin ambages la importancia que adquieren desde los primeros compases del siglo XIX las imágenes artísticas como recurso político. La línea argumental que, como un hilo de Ariadna, recorrerá dichas imágenes será “una cierta idea de España”, con modulaciones y matices, dependiendo de las etapas históricas y las concepciones ideológicas. Por lo que respecta a las primeras, serán cinco las fases en las que se estructura el siglo XIX: desde la guerra de la Independencia a la muerte de Fernando VII, desde 1833 a la Revolución de 1854, desde ésta a la Gloriosa, el Sexenio Revolucionario y, por fin, en quinto y último lugar, el período de la Restauración canovista, considerado aquí solo hasta los estertores del siglo.
Hay una diferenciación más sutil que la meramente cronológica, la que se deriva de las concepciones ideológicas y políticas que recorren la centuria y se amoldan a los requerimientos de cada una de las fases apuntadas. Grosso modo, nos referimos a los dos “relatos nacionales” que rivalizarán por la hegemonía a lo largo de todo el período: el progresista, que verá la esencia nacional expresada en la lucha secular contra el despotismo y por la libertad; y el moderado, que insistirá en una visión más integradora del devenir nacional, materializada en asambleas consultivas, desde las Cortes medievales a la Constitución gaditana. A una y otra las separan, más que nada, diferencias de matiz. Las mismas, para decirlo de una forma más gráfica, que llevan a distinguir la obra pictórica de Antonio Gisbert (piénsese en el famoso cuadro de los comuneros en el patíbulo) de la de José Casado de Alisal (El Juramento de las Cortes de Cádiz).
Como suele suceder en estos casos, los pintores –estrictamente hablando- no inventaron nada. Se limitaron a poner en imágenes, a menudo de un modo obsesivo en el cuidado de los detalles, lo que señalaban las historias canónicas del momento. Una vez más, como ya señalaron otros analistas del fenómeno nacionalista, topamos aquí con la Historia General de Modesto Lafuente, cuya importancia es difícil de exagerar. Por encima de cualquier otra, esta obra se convirtió desde su publicación en el tramo central del siglo en el libro de referencia, hasta el punto, escribe Pérez Vejo, que hay una “correspondencia, casi exacta, entre el discurso ideológico de Lafuente y el relato de nación de la pintura de historia”. Hubo, naturalmente, otros libros de historia, de la misma manera que hubo en todo el proceso de formación de imágenes nacionales una serie de complejidades y tonos en los que aquí no podemos entrar. Lo importante es que se iba construyendo la memoria de la nación. Y si bien es cierto que los que recuerdan son los individuos, “las imágenes de lo que debían recordar se las daba el Estado”. Unas pocas imágenes simbólicas, nunca muchas, para que pudieran ser más efectivas. Y tampoco muchos episodios históricos, solo unos pocos, estratégicamente seleccionados. Hasta tal punto que, subraya el autor, tres períodos quedaban sobrerrepresentados en detrimento del resto de la trayectoria histórica: los Reyes Católicos, los Austrias (sobre todo los dos primeros) y el siglo XIX (en especial la guerra de la Independencia).
Con todo, el panorama no quedaría completo si no se aludiera al papel fundamental que, como sucede en la escala individual o psicológica, juega el olvido en todo este entramado de imágenes. Como es bien sabido, el olvido dice tanto de nosotros –y en este caso del nosotros ampliado que quiere ser la nación- como lo que efectivamente se recuerda. Al seleccionar determinados períodos históricos –y, dentro de ellos, momentos muy concretos- se están pretiriendo e incluso negando muchos otros (non gratos) que pueden poner en cuestión la imagen que queremos construir y transmitir. A lo largo de su denso recorrido, Pérez Vejo no pierde ocasión de señalar que, al lado de lo que se recuerda –y que se recuerda de una determinada manera- hay otros múltiples episodios que casualmente se olvidan. Para decirlo más exactamente, lo que se recuerda constituye la punta del iceberg en relación con la historia en su conjunto. Los ejemplos podrían ser innumerables, pero me limitaré a cuatro verdaderamente escandalosos: los ocho siglos de presencia musulmana en la península apenas merecen la atención del pintor de historia como no sea, desde el extremo opuesto, para cantar las glorias de la Reconquista; desde el medievo, y más claramente, desde la edad moderna, el sesgo castellanizante –una determinada concepción de Castilla, por otra parte- eclipsa la presencia de otros componentes del cuerpo nacional; frente al gigantesco Carlos I y al controvertido pero ineludible Felipe II, nos encontramos con que los Austrias menores desaparecen del relato político nacional (solo se les reconoce su mecenazgo en el campo cultural: el Siglo de Oro); y para culminar el escamoteo, uno de los más reveladores: ¡desaparece todo el siglo XVIII, por lo que tiene de extranjerizante y ajeno a las esencias patrias!
La historia de España resultante sigue las pautas de un ciclo típicamente decimonónico, similar al de otras naciones vecinas: nacimiento, muerte y resurrección. España, según esta interpretación, es ya una realidad antes de la invasión romana, con los primitivos habitantes de Iberia, que se distinguen por unos rasgos (valentía, amor a la libertad y sed de independencia) que defienden con tenacidad indómita hasta el sacrificio supremo: Viriato, Numancia, Sagunto. Tras la romanización, la llegada de los visigodos queda asumida por la conversión al catolicismo: Recaredo. La “pérdida de España” (batalla de Guadalete) abre un período caracterizado por la voluntad indomeñable de los españoles por reconquistar su nación. Es el momento de los grandes héroes guerreros, desde Don Pelayo al Cid pasando por los diversos reyes cristianos comprometidos con la magna empresa (batalla de las Navas Tolosa como símbolo) que desemboca en la fase de los Reyes Católicos, etapa culminante de la historia patria, consecución de la ansiada unidad nacional, que produce algunas de las imágenes más imperecederas de la historia de España: conquista de Granada, presencia de Colón, descubrimiento de América. Pese al reconocimiento de toda la trayectoria anterior, la mitología decimonónica concede que solo en esta coyuntura histórica es cuando verdaderamente nace España como nación. Y, de manera casi inmediata, llega la oportunidad gloriosa que coincide con el reinado de los primeros Austrias: el Imperio, el dominio de casi todo el mundo conocido, la evangelización de todo un continente. Tras el apogeo, llega la decadencia y casi muerte de España. Pero 1808 anuncia la resurrección, el pueblo español resurge y reacciona con más fuerza que nunca ante el ejército más poderoso del mundo. ¡Gloriosa España, la del 2 de Mayo, Daoíz y Velarde, la defensa de Zaragoza, la Virgen del Pilar y Agustina de Aragón, el sitio de Gerona y tantos episodios heroicos, tantos mártires por la libertad e independencia de la patria!
Si se puede condensar en unas líneas el retrato resultante, diríamos que España es según esta interpretación, una nación de guerreros, descubridores y conquistadores, una nación imperial que en su constitución interna reconoce en la religión católica y en la acción de sus mejores monarcas los pilares más firmes de su cohesión nacional. De hecho, la historia de la nación es indisociable de la de sus reyes, y sus empresas apelan a un mensaje trascendente. No en vano soldados, mártires y santos son los elementos más característicos del ser español a lo largo de los siglos y las grandes gestas participan de ese sentir: Covadonga, la Reconquista, Santiago, América… Una nación, una cultura nacional, un carácter nacional: una vez más, lo que hará la pintura de historia será fijar unos rasgos estereotipados que quedarán como representativos y característicos de lo español ante el mundo y ante sí mismos. Según Pérez Vejo, esos atributos serían “valor, orgullo, desprecio a la muerte, caballerosidad, religiosidad, espíritu belicoso…”
Solamente las últimas veinte páginas que culminan su brillante ensayo, darían para una discusión que no podría tener cabida en un comentario como el presente. Pérez Vejo las titula “¿historia de un fracaso?”, así, entre interrogantes, básicamente porque confiesa no estar seguro de si cabe hablar de ausencia de éxito en términos estrictos en la plasmación de una identidad nacional común al conjunto de los españoles. Mejor dicho, si miramos al presente que vivimos no queda más remedio que constatar el fracaso de facto –la existencia de los nacionalismos periféricos como alternativas cada vez más amenazantes- pero no cree el autor que esa situación sea imputable tanto a un modelo decimonónico, que básicamente funcionó bien, cuanto al resultado de un traumático siglo XX, con la presencia determinante de una larguísima dictadura (el franquismo) que, al apropiarse sectariamente de la nación, dejó tierra quemada a su alrededor.
Concretamente, aduce el autor, “si es que tenemos que hablar de fracaso, no sería tanto en la creación de una imagen nacional, sino en su difusión”. Aquí, obviamente, hay mucha tela que cortar. Es verdad, por una parte, todo lo que argumenta Pérez Vejo en el sentido de las insuficiencias del Estado y la administración decimonónicos para implementar una efectiva nacionalización del país, en la enseñanza, en la difusión cultural, en las propias instituciones: altísimo índice de analfabetismo, escasa penetración del Estado en la sociedad real, malos servicios, deficientes prestaciones, etc. Aun siendo todo ello incuestionable, como se ha dicho, no resulta una explicación totalmente convincente, por cuanto otros países europeos con las mismas dificultades e insuficiencias –pensemos simplemente en Italia, cuya unidad nacional fue además muy posterior- no presentan a día de hoy un cuestionamiento tan virulento y masivo de la identidad nacional.
Y por lo que respecta a la también antes aludida responsabilidad del Régimen del 18 de julio, a quien se atribuye la apropiación indebida de la imagen nacional decimonónica (y su conversión de liberal en autoritaria y excluyente), hay que decir que la explicación de los nacionalismos periféricos hispanos como fenómeno reactivo al franquismo es aún más incompleta e insuficiente. Baste solo apuntar dos datos: si seguimos en la perspectiva comparada, otras naciones –como Alemania, sin ir más lejos- vivieron un siglo XX aun más traumático que el español con la presencia de una dictadura atroz que llevó el nacionalismo alemán al paroxismo, y no por eso la Alemania de hoy rechaza en la misma medida que España sus principios políticos identitarios. En segundo lugar, el mero examen empírico del pasado arroja un dato tan elemental como contundente: los nacionalismos catalán, vasco y gallego son muy anteriores al franquismo. Es obvio que este exacerbó la tendencia de esas pulsiones nacionalistas pero desde luego ni la guerra civil ni el Caudillo ni su Régimen explican las tendencias centrífugas que se dan muy acusadamente hoy, pero de modo más contenido y latente a lo largo de casi toda la España contemporánea.
Junto a ello, Pérez Vejo argumenta que otra explicación posible del cuestionamiento actual de la nación española en amplias capas del país –no solo en los estratos nacionalistas sino en las izquierdas en general- estaría en lo que llama el carácter casticista de la idea de España que elaboró el pensamiento político decimonónico. Nuevamente se impone la matización o el recurso a los hechos. Reconociendo una vez más lo rechazable que resulta para un importante sector de la población española (por razones políticas, culturales o sociológicas) esos ecos de la España imperial de los Reyes Católicos, no debe olvidarse empero que los nacionalismos alternativos –por ejemplo, el catalanismo y, aún más claramente, el nacionalismo vasco- surgen con un componente conservador, reaccionario y hasta xenófobo que no ha sido obstáculo para su desarrollo y su pervivencia hasta nuestros días. ¿Es que se puede rechazar una España “de charanga y pandereta” en nombre de Sabino Arana, por poner un ejemplo? ¿Representa este acaso la modernidad? En este sentido, para culminar mi objeción, debo añadir que las izquierdas españolas, tan susceptibles a la hora de aparecer alineadas con un nacionalismo español que les ha resultado siempre (cuanto menos) sospechoso, no han tenido reparo alguno en aliarse siempre que han tenido ocasión con esos otros nacionalismos periféricos. Me limito a constatar un hecho repetido en nuestra reciente historia política, sin entrar en valoraciones.
Una última acotación sobre todas esas cuestiones. Los lectores menos familiarizados con el pensamiento político pueden pensar que la insistencia que se hace en este libro en un pasado inventado y en la ilusión de una idea nacional (española) realiza un flaco favor a la cohesión del país en unos momentos ciertamente complicados. Nada más lejos de la realidad en nuestra opinión. Como antes apuntamos, es un error el empeño de muchos de refutar determinados planteamientos nacionalistas en nombre de otro nacionalismo supuestamente genuino o anterior, pues esto supone aceptar sus presupuestos básicos. Apuntarse al concurso de cuál es la “auténtica nación” en el solar ibérico es un ejercicio tan estéril como melancólico. Dígase lo que se quiera en la controversia partidista, políticamente hablando y en las coordenadas actuales el nacionalismo español, acomplejado y vergonzante, no constituye el problema fundamental ni, mucho menos, supone una amenaza desde ningún punto de vista. Más bien, como dice Pérez Vejo, la clave estuvo en que, cuando llegó el momento de desmontar el tinglado de la dictadura, los artífices de la transición pensaron que el problema prioritario era el Estado, no la nación. Acometieron por ello la hercúlea tarea de edificar un nuevo tipo de estructura (no solo democrática sino ampliamente descentralizada: el llamado Estado de las autonomías), abandonando con ello a su suerte –a la indigencia más absoluta- un asunto decisivo, el de la identidad nacional, que necesitaba de un urgente reacomodo a la nueva situación. Ya se sabe que en política, más aún que en otros menesteres, el vacío lo llena rápidamente el más oportunista. Para decirlo al modo con que aquí lo expresa el autor, la “paulatina y creciente deshistorización de España” supuso la correspondiente “sobrehistorización de regiones y nacionalidades”.
En definitiva, para concluir, esas son las coordenadas que enmarcan la situación actual. A estas alturas, por tanto, empeñarse en plantear una vez más las supuestas peculiaridades españolas o volver a los términos esencialistas sería perfectamente inútil. Se impone un análisis más concreto. Pérez Vejo matiza al final de su libro que su objetivo no era explicar “por qué fracasó, si es que lo hizo, el proceso de construcción nacional en España, sino mostrar las principales características del retrato que le dio sustento”. No obstante, deja inmediatamente antes un apunte para la reflexión: “Quizás el problema sea mucho más de unas élites políticas, las españolas actuales, cuya indigencia intelectual a la hora de construir un proyecto de nación, no solo de Estado, resulta casi pavorosa”.