miércoles, 29 de marzo de 2017

El siglo de la revolución

El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914. Josep Fontana. Crítica, Barcelona, 2017. 803 pp. 28,90 €

Publicado en El Cultural, 24-03-2017.

http://www.elcultural.com/revista/letras/El-siglo-de-la-revolucion-Una-historia-del-mundo-desde-1914/39413

No cabe duda de que el maestro Josep Fontana (Barcelona, 1931) sigue en plena forma o incluso más combativo que nunca. Su nueva obra, una historia global del último siglo, hay que situarla en el contexto de sus más recientes publicaciones, en especial Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945 (2011). A esta le siguieron El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social de comienzos del siglo XXI (2013), de carácter más ensayístico, y luego la muy polémica La formació d’una identitat. Una història de Catalunya (2014). Hay que reconocer empero que, en puridad, esa calificación de polémica tendría que hacerse extensiva a buena parte de la obra del historiador catalán y en especial a sus últimos títulos. El profesor Fontana no concibe la historia como análisis imparcial o conocimiento neutral. Más bien se apresuraría a denunciar y rebatir esa pretendida neutralidad como sometimiento tácito o explícito a las directrices e intereses de las “clases dominantes”.
Desde ese punto de vista, Fontana es, en el mejor de los sentidos, un analista predecible: nadie se puede sentir engañado. En unos tiempos de cambio acelerado en todos los sentidos, nuestro autor se distingue precisamente por su fidelidad a los presupuestos metodológicos, utillaje conceptual y objetivos últimos de la izquierda revolucionaria. Esa coherencia le ha convertido en referente o icono de un determinado sector historiográfico, que valora no solo su erudición y su incuestionable profesionalidad, sino también la coherencia de su trayectoria personal. Como suele suceder en estos casos, la devoción de unos se compensa con la animadversión de otros muchos, haciendo de este modo difícil el acercamiento desapasionado a una producción historiográfica tan rica y compleja como la del investigador barcelonés.
En concreto, el libro que nos ocupa no puede despacharse como una obra de circunstancias. Sus propias dimensiones dan buena cuenta del empeño: más de ochocientas páginas, de las cuales unas cien condensan una bibliografía apabullante, brevemente comentada. Su estructura y desarrollo siguen sin embargo cauces más convencionales: 17 capítulos (más una introducción y un apéndice) que trazan en estricto orden cronológico el devenir del mundo desde el estallido de la Gran Guerra (1914) hasta nuestros días. El tratamiento y la perspectiva siguen también las pautas habituales de los manuales al uso, con predomino abrumador de la historia política. Aunque se presta mucha atención a los aspectos económicos y sociales, aquí no se hallará –pues no es ese el objetivo del autor- ningún apartado específico de historia económica o social y mucho menos de otros ámbitos, como por ejemplo historia cultural.
Lo que distingue básicamente este volumen de tantas síntesis similares es, como apuntaba al principio, su explícita toma de partido y su carácter resueltamente transformador: conocer el pasado para transmutar el presente y conquistar el futuro. Todo ello en un sentido muy determinado, como puesta al día de los principios marxistas que, en esencia, siguen vigentes. La historia de la humanidad es la crónica de una “lucha por la libertad e igualdad, de revueltas contra los opresores” y deseos de “construir sociedades más justas, aplastados por los defensores del orden establecido”. Para Fontana, la mayor tentativa revolucionaria (Rusia, 1917) marca indeleblemente los cien años que siguen, generando monstruos como los fascismos o reacciones más comprensivas, como los avances sociales y democráticos de las sociedades occidentales en las décadas posteriores a la II Guerra Mundial (1945-1975).
La primera mitad del siglo –tomando como eje 1945- ocupa tan solo los seis primeros capítulos del libro. Aunque esas páginas son densas y en algún caso muy sugerentes, Fontana parece mucho más preocupado e interesado por la décadas que constituyen la segunda mitad, justamente cuando da comienzo lo que va a llamar “un nuevo orden mundial” marcado por la hegemonía del Imperio americano, primero en competencia con la URSS y luego sin rival a su altura. La desproporción en el conjunto del volumen es patente porque a esta fase, desde la derrota del Eje, se le dedican los once capítulos restantes, casi el doble que al período anterior.
No se trata de una cuestión anecdótica sino muy por el contrario, claramente reveladora de las inclinaciones y objetivos últimos de Fontana: su denuncia de los EE.UU. como responsables de algunos de los mayores males del mundo actual. Un mundo en el que, pese al orden impuesto por un “capitalismo a la deriva”, aún es posible albergar la esperanza en un proyecto revolucionario popular que equivalga a aquella aspiración leninista de la “revolución socialista mundial”.


Películas para después de una guerra

PELÍCULAS PARA DESPUÉS DE UNA GUERRA

Gabriela Viadero Carral: El cine al servicio de la nación (1939-1975). Prólogo de José Álvarez Junco. Marcial Pons, Madrid, 2016. 445 pp.

Publicado en Revista de Libros, 20-03-2017.

http://www.revistadelibros.com/resenas/el-cine-al-servicio-de-la-nacion-1939-1975

Los estudios sobre nación, nacionalismo, construcción nacional y todo lo que pueda incluirse en esa órbita, hasta los diversos eventos festivos en torno a la nacionalidad, siguen gozando de buena salud en el panorama editorial, fuera y dentro de nuestras fronteras. Hace pocos meses, la misma editorial que publica el libro que nos ocupa presentaba un estimable volumen de Lara Campos Pérez, Celebrar la nación. Conmemoraciones oficiales y festejos durante la Segunda República (M. Pons, Madrid, 2016). La pervivencia de la pulsión nacionalista en un mundo globalizado –por más paradójico que resulte- y la pujanza de la ideología nacionalista como instrumento de resolución de conflictos complejos, como sucede en tantas regiones del mundo y en nuestro propio suelo peninsular, han llevado a los analistas a prestar una atención extraordinaria, pero sobradamente justificada, a todo lo relacionado con la cuestión nacional, que se ha convertido así desde hace varías décadas en verdadera estrella en las investigaciones de las ciencias sociales y, muy señaladamente, en el campo de los ensayos históricos.
A nadie puede pues extrañarle que no quede desde hace tiempo parcela cultural relevante que no se contemple o examine meticulosamente desde la perspectiva del hecho nacional o del imaginario nacionalista. En nuestros lares, la eclosión de los nacionalismos periféricos o alternativos ha propiciado el interés hacia determinadas expresiones tradicionales, supuestamente enraizadas de forma secular en diversas comunidades. Unas pautas culturales que se transforman luego en rasgos distintivos con resonancias políticas. Se ha hablado así, en la onda de Hobsbawm, de invención de la tradición vasca (Juaristi) o la tradición cántabra (Suárez Cortina) o de la importancia de algunos eventos culturales (Jocs Florals, por ejemplo) en la formación del imaginario catalanista. La construcción de una conciencia nacional española a lo largo de los siglos XIX y XX ha suscitado también el interés de los investigadores. Son decenas o, mejor dicho, centenares, las monografías que examinan el papel que han desempeñado en ese proceso la enseñanza, las fiestas, las conmemoraciones, la pintura, la literatura, la historia y, en fin, el entramado de manifestaciones culturales. Dar cuenta de esta ingente producción desvirtuaría el sentido y límites de este comentario. Sin embargo, una expresión cultural tan importante a lo largo del siglo XX como el cine –elevado a esa categoría de séptimo arte que hoy nadie cuestiona- había quedado hasta cierto punto al margen de esta tendencia.
Entiéndase bien: estamos hablando en términos relativos. En concreto, la lectura de muchos filmes en clave nacionalista ha sido moneda corriente desde hace bastantes años. Y es que, la verdad, hay largometrajes que parecen pedirlo a gritos, todos esos engendros que presentaban una historia grandilocuente de gestos y gestas, una España imperial de guardarropía, aquella España de cartón piedra de CIFESA. Me refiero a películas –cito al azar- como Raza (1941), a partir del argumento del propio Franco, Los últimos de Filipinas (1945), Locura de amor (1948), Alba de América (1951) o Jeromín (1953). De este modo, a partir normalmente de títulos específicos, la relación entre cine y nacionalismo ha sido objeto de estudio en diversos trabajos de algunos historiadores como Marta García Carrión o Santiago Juan-Navarro. Por otra parte, un puñado de investigadores ampliamente reconocidos llevan publicando desde hace tiempo estudios fundamentales sobre los más variados aspectos del cine español: los nombres de Román Gubern, Vicente Sánchez-Biosca, Carlos F. Heredero o José María Caparrós Lera, por limitarme a un ramillete representativo, le sonarán no solo a los aficionados cinematográficos sino a cualquiera que se haya interesado por los estudios culturales en el ámbito hispano. Pero, con todo, se seguía echando en falta un estudio de conjunto que proporcionara una visión global de la cinematografía bajo el franquismo en clave nacional. Dicho en otros términos, la plasmación en el séptimo arte del imaginario nacional franquista o, para expresarlo todavía más rotundamente, la España de Franco en las pantallas cinematográficas. Este es el objetivo de Gabriela Viadero en el volumen que nos ocupa.
Lo primero que es ineludible dejar claro es que el presente trabajo procede de una tesis doctoral, dirigida por el profesor Álvarez Junco. Cito el título exacto de la tesis porque ayuda, más que el título comercial, a entender el significado del estudio y los objetivos de la investigadora: La cinematografía como instrumento de construcción nacional: largometrajes de ficción, 1939-1975. Y digo que es inexcusable apuntar el dato de la procedencia porque, como sabemos los que tenemos experiencia lectora, hay libros que delatan más que otros su impronta universitaria o, para decirlo francamente, esas servidumbres que generan los trabajos para adquirir el grado de doctor. Este acusa mucho esa condición, para lo bueno (orden, estructuración, claridad, empeño exhaustivo, análisis minucioso) y para lo no tan bueno, en especial un permanente registro académico que se refleja en un análisis alicorto, excesivas reiteraciones y en términos más formales, un lenguaje algo acartonado que, mucho me temo, puede espantar al lector generalista, al simple interesado en el tema o al aficionado al cine. Quizá una revisión más completa del trabajo original hubiera podido ampliar el público potencial del mismo. De paso, podrían haberse corregido algunas erratas en los nombres propios (así el director Ladislao Vajda aparece cada vez que se le menciona como Vadja), atribuciones erróneas (Muerte de un ciclista es de J. A. Bardem, pag. 400) o simples despistes en las fechas de los filmes: Aprendiendo a morir aparece datado en 1962 en la página 290 y en 1966 en la página siguiente; Los últimos de Filipinas oscila entre 1945 (p. 170) y 1952 (p. 174); Alba de América es de 1951 (p. 158) y luego de 1952 (p. 164). Estos pequeños detalles deberían cuidarse, máxime cuando lo fundamental, la labor de investigación, es notable y sus resultados, más que meritorios. Además, desde mi punto de vista, solo por la penitencia autoinfligida del visionado de esas cuatrocientas cincuenta películas de época merece la autora nuestro reconocimiento y, en la medida en que nos cuenta o recuerda su contenido, nuestra gratitud.
El libro se abre con unas consideraciones esquemáticas sobre el hecho nacional en la historiografía reciente (Introducción). Aunque el primer capítulo lleva un título muy ambicioso (“La cinematografía bajo el franquismo”) se limita a tratar muy sucintamente el marco legal, las instituciones, los sistemas de financiación y la actividad de la censura. Es normal que la autora mencione de soslayo todo ello porque, como explicita en las páginas iniciales, le interesa tan solo el “estudio del mensaje, sin entrar a valorar cuestiones técnicas ni de montaje”, ni todo lo relativo a la industria cinematográfica durante ese período, añado yo. Los capítulos que siguen abordan temáticamente las grandes cuestiones de la “construcción nacional” tal y como la concebía el franquismo. En primer lugar, la mirada al pasado, la conformación de una historia ad hoc que recupera y recrea una concepción de España épica, heroica, gloriosa. Es la España de don Pelayo y el Cid, la nación que asombra al mundo con la Reconquista, que alcanza luego su unidad con los Reyes Católicos y que encuentra su destino providencial en el mayor Imperio del orbe, unos dominios donde no se ponía el sol. No son muchas, pero sí muy significativas las películas que se encuadran en este apartado. Por citar algunas de las más conocidas: Amaya (1952) de Luis Marquina, Locura de amor (1948) y La leona de Castilla (1950), ambas de Juan de Orduña, y Jeromín (1953) de Luis Lucía. Es interesante subrayar que aparecen en estos filmes algunas constantes que, pretendidamente enraizadas en la historia, servirán luego para proyectar una determinada concepción de España que sirva a las necesidades del régimen. Una nación fraguada en el crisol de Castilla, amenazada por múltiples enemigos, siempre objeto de envidia y por ello siempre en lucha, tentada a menudo por desavenencias internas pero que solo triunfa cuando consigue superarlas. También, por otra parte, es posible detectar en esta recreación del pasado el esquema típico del discurso nacionalista en forma de tres momentos sucesivos –paraíso, caída, redención- que luego serán utilizados en otros múltiples contextos.
Los capítulos siguientes abordan las tres vertientes fundamentales de esta España soñada, idealizada, que se mantiene poco menos que inalterable, idéntica a sí misma, a pesar de las vicisitudes históricas: primero, España católica; luego, España expansiva, a fuer de generosa (evangelización del mundo); pese a todo o, mejor dicho, precisamente por ello, España, agredida por sus enemigos (guerra de la Independencia, guerra civil). En el libro la autora opta –no sé por qué razón- por un orden inverso: aborda primero las agresiones (capítulo III) y luego sigue con la “España imperial” y la “España católica” (capítulos IV y V, respectivamente). En cualquier caso es una cuestión menor porque lo que verdaderamente importa es el análisis de los filmes que se consideran bajo cada uno de esos epígrafes y, por encima de todo, su contribución a la mitología nacionalista. En lo tocante a la reacción española frente a la invasión napoleónica, la cosa está tan clara que no merece que nos detengamos en ella. El propio éxito de la acuñación del conflicto como “guerra de la Independencia” es sobradamente significativo. Los filmes más prototípicos recrean en forma de gestas la resistencia española ante el extranjero: Agustina de Aragón (1950) de Juan de Orduña, El tambor del Bruch (1947) de Ignacio F. Iquino, Sangre en Castilla (1950) de Benito Perojo, El abanderado (1943) de Eusebio Fernández Ardavín o La guerrilla (1972) de Rafael Gil.
Más problemática resultaba la presentación de la guerra civil como guerra de liberación frente a una invasión extranjera, pero ese fue el mensaje que el régimen intentó transmitir durante las primeras décadas, entendiendo que el marxismo y sus diversos disfraces y aliados eran seculares enemigos de España, no solo externos en términos de nacionalidad sino también completamente extraños a las esencias patrias. Al fin y al cabo el Caudillo nunca abandonó el discurso de la conspiración internacional, ya fuera comunista o judeo-masónica, contra la nación que representaba más y mejor que nadie los valores católicos. En este sentido puede entenderse, como bien destaca la autora, el paralelismo de determinados hechos heroicos de la guerra civil (el Alcázar de Toledo) con otros mitos históricos como Sagunto o Numancia: la resistencia española frente al invasor a lo largo de la historia. Sin embargo aquí se va a producir una evolución desde la actitud militante de primera hora -Sin novedad en el Alcázar (1940) de Augusto Genina, Raza (1941) de J. L. Sáenz de Heredia- a unas actitudes más comprensivas, que pasan a su vez por diversas modulaciones, en las que no nos podemos detener.
Curiosamente, a pesar de la retórica del Régimen, la España imperial no ocupó el papel estelar que a priori podía haber tenido asignado en esta construcción nacional. Así, por limitarme a un dato expresivo que menciona Viadero, “el descubrimiento del continente se plasmó una única vez. Fue en Alba de America (1951)” de Juan de Orduña. En cambio la pérdida de las últimas colonias sí conectó más con la sensibilidad victimista del nacionalismo, como se reflejó en Los últimos de Filipinas (1945) de Antonio Román. Por otro lado, la España católica apareció en múltiples filmes, algunos de tanto tirón popular como Marcelino, pan y vino (1954) de Ladislao Vajda, Fray Escoba (1961) de Ramón Torrado, Sor Ye-yé (1967) de Ramón Fernández o Sor Citroën (1967) de Pedro Lazaga.
Los dos últimos capítulos se dedican a la estampa romántica y a la “España ye-yé”. Son muy desiguales, en gran medida porque hay muy distinta tela que cortar en uno y otro. Mientras que el franquismo retomó con agrado la visión decimonónica de un país de gitanas y toreros (y en menor medida bandoleros), con Andalucía y lo andaluz como quintaesencia de lo español, y hasta le sacó una rentabilidad incuestionable (Spain is different), la invasión turística y el cambio de costumbres de los años sesenta fueron más difíciles de digerir desde el punto de vista de la preservación de las esencias nacionales. La España romántica –aunque sería más exacto hablar directamente de la Andalucía gitana y torera- apareció como asunto central o telón de fondo en innumerables filmes, a veces impregnada de otros elementos adyacentes (como por ejemplo la copla o las romerías, con el Rocío en primer plano) y a menudo con tanta versatilidad que podía integrar perfectamente los cambios sociológicos que se estaban produciendo en el país. Las películas de Marisol –andaluza de pelo rubio y ojos azules; capaz de ponerse sucesivamente vaqueros, minifalda y traje de gitana- constituyen el más acabado ejemplo de esa “estudiada combinación tradición-modernidad y símbolo de la nueva España”.
Precisamente esto último enlaza con la antes aludida “España ye-yé”, mucho más problemática de integrar en la caracterización franquista de la nación. De hecho, como señala la autora, la asimilación del otro –el europeo, el turista- era prácticamente imposible. El español se definía precisamente en contraste con todo lo que el extranjero aportaba y significaba: tradición y hasta atraso (¡bendito atraso rural!) frente a modernidad; decencia (sobre todo decencia sexual femenina) frente a inmoralidad; contención frente a promiscuidad; orden y autoridad frente a libertad mal entendida (o sea, libertinaje, concepto caro a la moral del régimen). Con todo, la tentación –esas suecas en bikini que desorbitaban los ojos de un Alfredo Landa o un José Luis López Vázquez- era muy fuerte para el macho ibérico, que se veía expuesto a una ducha escocesa de sofocos y fiascos hasta que al fin llegaba a convencerse de que como en España (y con la parienta)… ¡ni hablar!
Soy consciente de que he hecho un rápido resumen que no hace justicia al rico contenido del libro. Pese a sus defectos –que no he silenciado- estamos ante un trabajo que contiene un material espléndido, susceptible de utilizarse e interpretarse más allá del propio ámbito cinematográfico, como elementos que definen una cultura política en unas coordenadas concretas: un tiempo, un país y un régimen que se caracterizaban por la apelación continua a la nación, la patria, la raza y las esencias nacionales, en definitiva, como fundamentales señas de identidad a nivel individual y colectivo. Ahora bien, entre las muchas consideraciones que me suscita la lectura de esta obra, no querría dejar en el tintero dos de ellas. La primera, de orden si se quiere menor, puede sintetizarse así: no es la primera vez que me da la impresión en los ensayos sobre nacionalismo que el autor –o, en este caso, la autora- se deja llevar por la –llamémosle- lógica nacionalista, hasta el punto de que cualquier acontecimiento termina siendo analizado desde el prisma de esta ideología, como si el mundo, necesariamente, hubiera de entenderse con esas lentes. Pongo un ejemplo. En la página 368 escribe la autora: “Sin embargo, y a pesar de ser el descubrimiento y conquista de América una de las grandes hazañas del nacionalismo español, las películas centradas en estos asuntos son escasísimas, por debajo de la decena”. Mi primera reacción fue volver sobre la frase. ¿He leído bien? ¿El descubrimiento de América, hazaña del nacionalismo español? ¡Si el marino genovés levantara la cabeza! ¡Qué diría aquella reina de Castilla que pretendía ampliar sus dominios patrimoniales! Pero, dejando a los protagonistas, ¿no habíamos quedado en que España como ente político solo tiene sentido en la edad contemporánea? ¿Y qué decir del nacionalismo? ¿Tiene sentido hablar de “nacionalismo español”, así, sin más, nada menos que en el siglo XV?
La segunda cuestión es, más que otra cosa, una reflexión personal a partir del propio objetivo de la obra, tal y como se expresa en cualquiera de los dos títulos: ¿realmente se puede hablar de “cine al servicio de la nación”? Incluso en la más precisa formulación académica, ¿sería exacto decir que la cinematografía del período era un instrumento de construcción nacional? Aunque nos decantáramos por una respuesta positiva (que, en mi caso, vendría acompañada de múltiples matizaciones), yo además me apresuraría a añadir que, como mínimo, también era un instrumento de socialización en el sentido más elemental, así como el tipo de entretenimiento más asequible en la época, fuente de esparcimiento y diversión para todos los públicos, de escapismo si se quiere para los más achuchados por una realidad sórdida, de expresión artística para muchos profesionales… Ya sé que la autora no niega –no puede negar- estas dimensiones pero su planteamiento desliza sibilinamente al lector a una prospección reduccionista o, si se prefiere, a una perspectiva sesgada, que tiene otras consecuencias. Remite en primer término al carácter de propio régimen. ¿Era el franquismo una dictadura totalitaria que controlaba absolutamente todo? Como todo el mundo sabe, lo de dictadura no es discutible pero lo de totalitaria genera una notable controversia entre los especialistas. Desde mi punto de vista, sin entrar ahora en polémicas que a nada conducen, basta recurrir a la cronología para despejar incógnitas: el franquismo de posguerra era una dictadura asfixiante, pero el régimen de los años sesenta-setenta no tuvo más remedio que transigir para su supervivencia con un aflojamiento de las riendas.
A pesar de la represión, del control y la censura, la sociedad española ponía a pruebas las costuras del régimen. Por decirlo en términos cinematográficos, es durante el franquismo cuando ruedan sus películas cineastas como Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga o Carlos Saura, cuyas obras no se tienen aquí en cuenta porque no pueden encuadrarse en el marco previamente establecido. Bajo el franquismo se hacen (y se exhiben, pese a las múltiples trabas) películas tan poco acordes con los ideales de esa España franquista como Bienvenido mister Marshall (1953), Muerte de un ciclista (1955), Calle Mayor (1956), El verdugo (1963) o La tía Tula (1964), y no cito las películas críticas de fines de los sesenta y primera mitad de los setenta, que son legión. ¿Estaba el cine al servicio de la nación? ¿Se hacían películas para servir a la causa de la construcción nacional tal y como lo entendía el franquismo? Por supuesto que sí: las películas de CIFESA y de directores como Sáenz de Heredia, Juan de Orduña, Rafael Gil y tantos otros se plegaban con gusto a la ideología y los criterios del régimen. Pero no es menos evidente que otras muchísimas películas servían a objetivos bien distintos e irreductibles. En sus conclusiones señala Viadero que en “la filmografía de ficción producida entre 1939 y 1975 existe un innegable discurso nacionalista, de mayor o menor intensidad dependiendo de la película”. Echo en falta una mirada más matizada. Pienso por ejemplo en el landismo que inunda las pantallas del tardofranquismo –No desearás al vecino del quinto (1970) como paradigma- y algo me chirría cuando trato de buscar en ese divertimento cutre el susodicho discurso nacionalista.



miércoles, 1 de marzo de 2017

José Antonio

José Antonio. Realidad y mito. Joan Maria Thomàs. Debate, Barcelona, 2017. 510 pp. 23,90 €

Publicado en El Cultural, 24-02-2017.

http://www.elcultural.com/revista/letras/Jose-Antonio-Realidad-y-mito/39272

La figura del fundador de la Falange ha despertado desde siempre la curiosidad de los historiadores profesionales que, antes que nada, han tenido que abrirse paso hacia la realidad del personaje desbrozando la intensa y extensa literatura apologética que, como un incensario, derramó el régimen franquista durante cuatro décadas. El pionero fue Stanley G. Payne, con sus diversos estudios sobre el fascismo español en general y sus prohombres en particular, con José Antonio en primer término, naturalmente. Por ese camino transitaron autores tan diversos –y con intereses tan variopintos- como Herbert R. Southworth (casi coetáneamente a Payne) y luego, José-Carlos Mainer, Salvador de Brocà, Javier Pradera o Ismael Saz, por citar algunos de los más relevantes. Mención especial en este ámbito merecen Ian Gibson y Julio Gil Pecharromán, autores de sendas biografías de José Antonio que pueden considerarse por su rigor y planteamientos innovadores directos antecedentes del libro que ahora nos ocupa.
En efecto, el autor de este volumen, Joan Maria Thomàs (Palma de Mallorca, 1953), profesor de la Universidad Rovira i Virgili, tiene la elegancia de proclamarse deudor de toda esta bibliografía anterior, a pesar de que él mismo tiene una dilatada obra sobre diversos aspectos de la Falange y de la cultura política de la época: entre ellas, Roosevelt y Franco. De la guerra civil española a Pearl Harbor (Edhasa, 2007), El gran golpe. El “caso Hedilla” o cómo Franco se quedó con Falange (Debate, 2014) y Franquistas contra franquistas (Debate, 2016). Ahora se enfrenta a la figura cenital del fascismo español con los mismos recursos de sus estudios anteriores: un conocimiento exhaustivo de la época y del contexto político, una amplia documentación de primera mano y una bibliografía sólida manejada con gran pericia.
El reto aquí es conseguir un retrato equilibrado del personaje en cuestión, equidistante tanto de los ditirambos de unos como del odio cerval de sus adversarios políticos. No se trata de apuntarse al término medio –eso sería muy primario- sino algo mucho más complejo: hallar al verdadero José Antonio entre la maraña de interpretaciones de su vida, sus actos y su doctrina. Podemos adelantar ya que Thomàs sale muy airoso del empeño. Obviamente el retrato que hace del dirigente en estas páginas no es el único posible –siempre caben otras interpretaciones- pero no se puede poner en duda que el autor ha hecho un gran esfuerzo por comprender al líder carismático, al ideólogo y al hombre sin hurtar ninguna de sus aristas.
Para ello ha dividido su estudio en cinco grandes capítulos claramente diferenciados. El primero trata de la familia Primo de Rivera, con el dictador en primer plano. Aquí está la médula de la educación político-sentimental de José Antonio, “tanto el deseo de emulación del padre como el de llegar a ostentar por sí mismo un poder político de tipo autoritario” (p. 95). En consecuencia, el primogénito emerge como figura carismática con esa dualidad (capítulo 2), aunque las circunstancias personales y generales irán conformando un “segundo Primo de Rivera como Salvador de España”. Esta última acuñación deviene el núcleo de todo, hasta el punto de que da título al capítulo tercero, aunque aquí el autor del libro se permite un guiño irónico: “Salvando ya España”. Una salvación que, como es sabido, nunca llega a ser tal, ni siquiera desde la perspectiva joseantoniana porque el rumbo de los acontecimientos, aunque fuese grosso modo en el sentido autoritario que Falange auspiciaba, llevará a la soledad del líder falangista. Una soledad política acentuada dramáticamente en el plano personal por su prisión y su muerte en la cárcel de Alicante el 20 de noviembre de 1936.
Ahí termina la corta trayectoria política de José Antonio, pero empieza la larga estela de su mitificación, su elevación a los altares patrios como un nuevo Jesucristo, conformando así “el culto más importante del franquismo, después del dedicado a Franco” (capítulo 5). Antes de desbrozar la santificación del “Ausente”, se dedica un enjundioso capítulo a su ideario. Thomàs insiste en tres puntos importantes: subraya que José Antonio nunca llegó a ser un auténtico intelectual fascista (como Ledesma Ramos), analiza sus ambivalencias (entre el posibilismo y la radicalidad) y, sobre todo, matiza que sus grandes ideales patrióticos e integradores diferían en aspectos significativos del nuevo Estado que, al final de la guerra, se apropió de su legado.

La Resistencia francesa

Combatientes en la sombra. La historia definitiva de la Resistencia francesa. Robert Gildea. Traducción de Federico Corriente. Taurus, Barcelona, 2016. 645 pp. 33,90 €.

Publicado en El Cultural, 10-02-2017.

http://www.elcultural.com/revista/letras/Combatientes-en-la-sombra-La-historia-definitiva-de-la-Resistencia-francesa/39226

De entre los múltiples episodios concretos que se aglutinan en los dramáticos años de la Segunda Guerra Mundial, el que se conoce como resistencia a la ocupación nazi de Francia –brevemente, la Résistance- ocupa un lugar central para la identidad nacional en el país vecino. No solo se contempla así, explícitamente, en varios lugares de este libro (véanse por ejemplo pp. 18 y 453) sino que el historiador se propone a partir de este reconocimiento la tarea de desligar los sucesos contrastados de la construcción legendaria posterior, explicando al mismo tiempo la génesis y función de este mito fundacional de la conciencia identitaria.
El historiador en el caso que nos ocupa es Robert Gildea (Egham, 1952), fellow del Worcester College de la Universidad de Oxford. La tarea hercúlea que emprende en este libro es la de iluminar las entrañas y los contornos reales de la resistencia tomando como punto de partida el paradigma gaullista, que no es otra cosa que una elaboración parcial e interesada que ha gozado durante muchos años -sobre todo en las décadas inmediatamente posteriores al fin del conflicto- del rango de interpretación canónica y doctrina oficial (aunque, en verdad, casi siempre también objeto de debate). “Para hacer frente al trauma de la derrota, la ocupación y una guerra civil en potencia”, escribe Gildea, se desarrolló un potente mito que cubría tres importantes flancos: presentaba la resistencia como reacción tenazmente mantenida por el pueblo francés durante cuatro años (1940-1944), expresión del sentir de todo el país –salvo una ínfima minoría de traidores y colaboracionistas- y, en última instancia, lo que era más importante de todo, dejaba a salvo el orgullo patrio manteniendo que la liberación de Francia había sido obra de los propios franceses.
Podemos adelantar ya que el minucioso escrutinio del historiador oxoniense no deja bien parados ninguno de esos tres pilares de la versión oficial y, aún más, pone en solfa otros mitos accesorios –por ejemplo, todo lo relativo a las actitudes ante los judíos- y de paso esclarece o trae a primer plano aspectos hasta ahora desatendidos, como el papel que desempeñaron las mujeres y los extranjeros. Robert Gildea no solo impugna la explicación gaullista, sino que desmonta también el relato alternativo que durante largos años pugnó con aquel por la supremacía en la sociedad francesa, el de los comunistas. El libro ofrece así un retrato de la resistencia muy complejo y matizado y, por esto mismo, se presta poco a que pueda resumirse con una mínima fidelidad con el trazo grueso de la esquematizaciones tradicionales. Pese a ello, sí puede decirse sin traicionar en exceso su planteamiento que el historiador británico derriba sin contemplaciones la quimera de la resistencia como un movimiento homogéneo, “militar, patriótico y masculino”. Insiste, por el contrario, en que la resistencia tuvo un notable abigarramiento en su composición interna y hasta albergaba una sorprendente disparidad ideológica en sus integrantes, desde la extrema derecha a la extrema izquierda.
En este sentido, una de las cuestiones trascendentales que se impone desentrañar el autor en su investigación es la que atañe a las razones concretas que movieron a cientos de personas a integrarse en las filas resistentes. No puede darse aquí tampoco una respuesta unívoca: había patriotas en el sentido más tradicional del término, pero también comunistas franceses que luchaban contra el fascismo, republicanos españoles, alemanes escapados de las garras de Hitler, judíos centroeuropeos… El prototipo de héroe resistente, a imagen y semejanza de Jean Moulin (figura elevada a los altares patrios), no puede ya sostenerse a estas alturas, porque ignora o margina a otros colectivos, como los cientos de mujeres que desempeñaron un papel decisivo en una imprecisa segunda línea o incluso con las armas en la mano. Otro colectivo al que se presta aquí gran atención son los judíos. De hecho, argumenta Gildea, la resistencia se contempla con otra perspectiva a la luz del Holocausto. En definitiva, queda seriamente cuestionada la estampa de una resistencia monolítica, constante en su lucha y clara en sus objetivos. Ni siquiera fue tan inequívocamente francesa: no era toda Francia, ni mucho menos, la que estaba por esa labor heroica ni fueron solo franceses los que se consagraron a la causa.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Los últimos de Filipinas

Los últimos de Filipinas. Mito y realidad del sitio de Baler. Miguel Leiva y Miguel Ángel López de la Asunción. Editorial Actas, Madrid, 2016. 415 pp.

Publicado en El Cultural, 16-12-2016.

http://www.elcultural.com/revista/letras/Los-ultimos-de-Filipinas-Mito-y-realidad-del-sitio-de-Baler/38955

Hoy día no se puede escribir historia de manera inocente. Los hechos no son aquellas cosas que sucedieron y permanecen inalterables sino unos acontecimientos que, filtrados por el tiempo y la memoria, adquieren significados cambiantes en cada momento del presente. Un pequeño episodio en el contexto de la guerra del 98 que fácilmente hubiera podido pasar inadvertido en aquellos aciagos días rebosantes de avatares trascendentales, se convirtió al cabo de los años –bastante después, por cierto, en pleno franquismo- en un asunto que marcaría de modo indeleble nuestro modo de enfocar el fin del dominio colonial español.
En 1945 se rodó la película Los últimos de Filipinas. Millones de españoles –los que tienen cierta edad- recuerdan el tema principal de su banda sonora, aquel lánguido Yo te diré… que potenciaba el sentido crepuscular del filme. El argumento: la heroica resistencia de un puñado de soldados españoles cercados en una iglesia por fuerzas incomparablemente más numerosas en la pequeña localidad de Baler (isla de Luzón, Filipinas). Aguantaron la friolera de 337 días (entre junio de 1898 y junio de 1899) en condiciones tan penosas que casi resultan inverosímiles. Lo hicieron además ignorando que dicha resistencia no tenía sentido, pues España ya había capitulado, renunciando a la soberanía de los territorios de Ultramar
Cuando los autores de este libro reconstruyen de nuevo aquellos sucesos no tienen más remedio que aceptar como punto de partida el modo en que la sociedad española evoca aquel episodio. Pero al mismo tiempo tratan de ser lo más fieles posibles a los hechos documentados. De ese designio contradictorio emerge un subtítulo que nos pone en la pista de su objetivo último: desentrañar mito y realidad del sitio de Baler. Así, rastreando periódicos y archivos, utilizando nuevas fuentes documentales y hasta recogiendo testimonios de familiares de aquellos combatientes, Leiva y López de la Asunción acometen la titánica empresa de establecer casi día a día lo que pasó en aquellos escasos trescientos metros cuadrados –la humilde iglesia, el campanario- bajo un fuego inmisericorde y unas privaciones pavorosas (cf. cap. 15, “La llegada del hambre”).
En el sitio de Baler pasó casi de todo. Hubo heroísmo y deserciones, locura y mezquindad, enfermedades y proezas casi lunáticas, patriotismo y religiosidad. Hubo hasta ejecuciones sumarias, probablemente justificadas por las circunstancias extremas. Como reconocen los autores, no siempre es fácil reconstruir los detalles, porque los protagonistas callaron sobre algunas cuestiones. Al final, se impone el tono encomiástico: “Si fuertes fueron los muros de la iglesia, más fuerte resultó el valor de aquellos héroes. Sus adversarios tuvieron la grandeza de reconocerlo. Dicen que aquella fue la última guerra entre caballeros” (p. 202). Al margen de las valoraciones, este libro constituye sin duda la investigación más sistemática y minuciosa sobre el dramático sitio de Baler. No pasen por alto la extensa parte final –más de cien páginas- que contiene una sucinta biografía de los protagonistas y documentos de carácter heterogéneo pero muy reveladores de las condiciones del asedio y las actitudes de aquellos hombres.

El sabio en el café

Santiago Ramón y Cajal: Charlas de café. Pensamientos, anécdotas y confidencias. Edición, introducción y notas de Francisco Fuster. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2016. 386 pp.

Publicado en Revista de Libros, 19-12-2016.

http://www.revistadelibros.com/resenas/charlas-de-cafe-pensamientos-anecdotas-y-confidencias-ramon-y-cajal

El sabio es don Santiago Ramón y Cajal (Petilla de Aragón, 1852-Madrid, 1934) y el café podría ser cualquiera de los que frecuentaba el investigador, al igual que otros muchos notables de la capital (en su caso, el Suizo, el Castilla o el café del Prado, entre otros) para hablar largo y tendido de lo divino y lo humano, o sea, de religión, política, artes y letras y, por supuesto, de mujeres. Sabido es que a don Santiago le gustaba salir del estrecho ámbito del laboratorio e incluso del más vasto pero también limitado de la cátedra universitaria para expansionarse y mantener el tipo de relaciones sociales que eran propias de la época. Estamos hablando, naturalmente, del ambiente político y cultural de Madrid y la España del primer tercio del siglo XX, un momento histórico que hoy vemos como de esplendor cultural (la edad de Plata), moderado despegue económico, urbanización acelerada, modernización en todos los órdenes y efervescencia política. En ese marco don Santiago era ya una figura destacada (había recibido el premio Nobel en 1906), aunque no un intelectual a la clásica usanza –por lo menos en nuestro país-, pues su adscripción al campo científico e investigador le convertían en una rara avis en un panorama dominado por literatos, artistas, abogados y filósofos.
De hecho, Ramón y Cajal, a pesar de su incuestionable prestigio, jamás tuvo el tirón de las grandes personalidades del período y, mucho menos, de los grandes referentes, como Unamuno y Ortega y Gasset. Probablemente contribuyó a ello su propio carácter, su mesura y su sentido de la prudencia, que le impedían sentar cátedra en todos aquellos asuntos (culturales, sociales, políticos) que, además de opinables, quedaban claramente fuera de su esfera de especialización. Ello no le frenaba en participar gustoso en los debates y polémicas del momento, pero siempre con un registro de moderación y un tono refractario al dogmatismo. De ahí que con gusto pero también con una actitud humilde –a veces parecía como si quisiera hacerse perdonar- cogiera la pluma para expresar sus opiniones sobre el mundo que le rodeaba. También en su caso, como en las tertulias urbanas, para explayarse sobre lo humano y lo divino: sobre algunas cuestiones frívolas, sobre la condición humana, sobre la vida en general, sobre el país que le había tocado en suerte y, naturalmente, sobre los grandes temas concretos que estaban en el candelero. Todo eso es lo que llena las páginas de este clásico que denominó Charlas de café, un título de la cosecha cajaliana que habría que poner en el apartado de su producción biográfica y humanística, con esos otros volúmenes tan celebrados como Recuerdos de mi vida y El mundo visto a los ochenta años.
No diré que Charlas de café es un libro muy conocido entre los lectores de hoy día (porque me temo que a Cajal no se le lee ni poco ni mucho, sino más bien nada), pero sí me atrevo a señalar que es una obra que al público culto le suena y aún despierta cierta curiosidad. De hecho, es un título que conoció cuatro ediciones -en vida del autor- que sufrieron sucesivas modificaciones e incorporaciones: a la edición original, la de 1920, le siguió muy pronto –dos meses después- una segunda notablemente ampliada; solo dos años más tarde salió a la luz una tercera, también revisada, y, por último, en 1932 se publicó la cuarta, con nuevas correcciones. Luego, tras la muerte de Cajal, el libro se reeditó a lo largo de los años con un moderado pero sostenido tirón, de manera que no es muy arriesgado suponer que muchos de los lectores que lean este comentario tendrán en mente o en los anaqueles de su biblioteca el librito de marras en el inolvidable formato de la colección Austral de Espasa-Calpe. De hecho, el que yo poseo es la undécima reimpresión, fechada en 1982. Ahora Fondo de Cultura Económica presenta una nueva edición, con un estudio introductorio y notas a cargo de Francisco Fuster.
Fuster es un joven historiador valenciano que se ha ido forjando en los últimos años una sólida reputación con estudios originales, ediciones y compilaciones de los más destacados representantes de la edad de Plata. Además de su exhaustivo análisis de El árbol de la ciencia (Baroja y España. Un amor imposible, Fórcola, 2014), Fuster ha rescatado artículos desconocidos o semiolvidados de Azorín o del propio Baroja y ha publicado diversas ediciones críticas de dichos autores y también de otros coetáneos, en especial de Julio Camba, autor que parece interesarle especialmente puesto que entre 2013 y 2015 ha recopilado textos y prologado cuatro diferentes libros del humorista gallego. También se ha ocupado de recuperar al Rubén Darío menos conocido editando dos obras menores del nicaragüense y ha extendido sus tentáculos a autores tan diversos como Feijoo, Cela o García Mercadal, siempre en esa misma línea de desempolvar artículos remotos o editar textos postergados o hasta cierto punto ignorados. Su edición de las Charlas de café es ejemplar, con una pequeña introducción que ubica con precisión al autor y a la obra en su contexto, y unas notas aclaratorias, sobre todo en el sentido de precisiones bibliográficas, que proporcionan información suplementaria sin atosigar al lector con alardes eruditos. Su magnífico trabajo solo tiene una leve sombra al no corregir con una nota aclaratoria un despiste de Cajal que atribuye erróneamente al “espiritual poeta Manuel Machado” una conocidísima cita de su hermano Antonio. Por si fuera poco, la transcripción que hace el propio don Santiago es incorrecta porque computa “que de diez cabezas dos discurren y ocho embisten”, cuando Antonio Machado -más pesimista- elevaba como es sabido la desproporción: “de diez cabezas, nueve embisten y una piensa”.
Bueno… y, a todo esto y, sobre todo, a estas alturas, ¿qué aportan estas Charlas de café al lector de hoy? Permítanme antes de entrar en harina casi una confesión personal. Tenía de este libro quizá una imagen idealizada. Lo leí hace mucho tiempo, varias décadas atrás. Para algunos de mis estudios había utilizado algunas de las notas que extraje en su momento pero sin volver a examinarlo en su integridad. Ahora, la relectura que, en el fondo, viene a ser casi lectura a secas porque obviamente mis recuerdos eran difusos, me ha dejado una impresión ambivalente. Es innegable que algunas (o incluso puedo conceder que muchas) de sus páginas nos hablan de aspectos de la condición humana que resultan casi atemporales: así, las referidas a la amistad, el odio, el dolor, la vejez, la muerte, la gloria, el talento o la necedad. Otras, sin embargo, delatan con crudeza que el tiempo no pasa en vano y aparecen no ya solo como distantes de nuestra sensibilidad sino descarnadamente anacrónicas. Paradójicamente, siendo o pretendiendo ser Cajal por encima de todo un científico, las estimaciones de este tenor resisten mal el paso de los años, debido obviamente al avance espectacular que se ha producido en este ámbito. Con todo, lo peor hasta el punto de hacer penosa o hasta risible su lectura es el capítulo dedicado al amor y las mujeres. Si Cajal hubiera escrito sus observaciones pongamos que hasta medio siglo antes, hubiéramos dicho que respondían inevitablemente al espíritu de la época. Pero en los años veinte y treinta del siglo pasado, sus opiniones sobre las mujeres y sus criterios para juzgar lo femenino resultaban, por decirlo suavemente, impropios de una mentalidad abierta a su tiempo.
Cajal no niega que algunas mujeres puedan tener talento. Lo que les niega en tal circunstancia es su condición de mujeres (p. 54). En el mejor de los casos, la mujer es o debe ser pura pasividad, que resulta –obvio es decirlo- virtud o elemento indispensable para adaptarse a la horma masculina. En el peor, una hembra de celos iracundos, no por perder un amante sino porque se cierra un bolsillo (p. 62). En el fondo, da la impresión de que la pobre opinión que tiene el eminente doctor de la otra mitad de la humanidad deriva de su propia insatisfacción personal por no tener a su lado alguien de su altura intelectual. Así se deduce de la alabanza involuntariamente cómica –vista desde nuestra atalaya- del matrimonio proletario: “el esposo goza de un excelso privilegio pocas veces concedido a los hombres de refinada cultura: la posibilidad de dialogar con su mujer” (pp. 59-60). Con todo, es de justicia aclarar que estas y otras consideraciones de parecida índole llenan tan solo una pequeña parte del volumen y, por otro lado, no es menos cierto que se ven atemperadas por algunas otras reflexiones que, a su modo, reivindican la dignidad femenina y los derechos de la mujer, como en la cuestión de los apellidos (pp. 83-84).
Dicho lo malo, queda lo bueno, que es casi todo lo demás. Pero, antes que nada, hay que partir de la base de cual era el objetivo de Cajal al escribir estos “pensamientos, anécdotas y confidencias”, como reza el preciso subtítulo. Con ello evitaremos fundamentalmente el equívoco de buscar en estas páginas lo que no podemos hallar o pedir las peras que el olmo no nos puede dar. En las tres introducciones que se incluyen en esta edición, la primera escrita en 1921, la segunda en 1922 y la tercera en 1932, hallamos un común denominador, que no es otro que el énfasis del autor en el carácter ligero de su obra, una “colección de fantasías, divagaciones” que no pretendían “sentar doctrina” ni aspirar siquiera a la originalidad; “verdaderas humoradas” –matizaba más adelante- que solo aspiran a “entretener y, cuando más, a sugerir”; y, a riesgo de repetirse hasta casi con las mismas palabras, comenzaba su presentación de la última edición que pudo preparar insistiendo “todavía más sobre el carácter frívolo de la mayoría de pensamientos de este libro”. Es obvio que Cajal pretendía resguardarse de las críticas -que, de todas formas le llovieron, en contraste con el aprecio del público, como señala Fuster (pp. 15-16)- rebajando el alcance de su obra. Visto con cierta distancia, podría juzgarse salomónicamente que ni tanto ni tan calvo. El libro no es, ni mucho menos, tan frívolo como su autor pregona con cierta afectación, pero, para decirlo de modo brusco pero claro, tampoco tiene nada que ver con los Essais de Montaigne.
Si tuviera que dar un resumen rápido del contenido, me atrevería a decir que estas páginas contienen un Cajal en estado puro, el Cajal más auténtico, al mismo nivel –como mínimo- que sus otras obras autobiográficas. De hecho, como el propio autor advierte en sus prólogos, hay mucho de su experiencia vital en estas reflexiones pero no solo eso, porque el relato de sus vivencias, la evocación de múltiples anécdotas y la mención a circunstancias concretas de su vida se adoban en este caso con opiniones y manifestaciones (y también, ¿por qué no?, simples prejuicios) que dibujan un panorama muy completo de la personalidad de Santiago Ramón y Cajal. Como él mismo se retrató en sus diversas facetas en varias de sus obras, no voy a entrar en ese apartado nada más que de soslayo. Racionalidad, moderación, laboriosidad, tolerancia, amabilidad, exigencia personal y autocontrol serían algunos de esos rasgos de carácter que, en su conjunto, se armonizarían para producir una incuestionable bonhomía. Quisiera destacar sin embargo que, lejos de la actitud complaciente o benévola hacia sus semejantes que podría suponerse de tales premisas, nuestro investigador confiesa aquí su deplorable opinión de la condición humana. O, al menos, de esos humanos que pululan a su alrededor, sus compatriotas. Don Santiago ve a los españoles vociferantes, hipócritas, aduladores, perezosos, pedigüeños, ingratos, vanidosos… Los resortes que les mueven son todos negativos: la mezquindad, la desconfianza mutua, el fanatismo, la indignación sin motivo sólido, las apariencias, las rivalidades absolutamente vacuas y, por encima de todo, siguiendo el gran tópico de la época, la envidia, el gran pecado nacional. En otras palabras, la verdad, el mérito y la justicia serían no ya virtudes desconocidas entre nosotros sino perseguidas con saña (pp. 43-46).
Como consecuencia directa de ello, me gustaría subrayar que cae por su base la habitual caracterización optimista de nuestro hombre. No podría ser de otro modo. Si hay un ideal característico de Cajal, sin duda es su concepción redentora del trabajo, no solo desde la perspectiva personal sino colectiva. Siendo y sintiéndose don Santiago profundamente patriota, subraya reiteradamente que no hay mejor muestra de patriotismo que la entrega abnegada al trabajo bien hecho. “El trabajo perseverante y heroico crea la aptitud” (p. 218). El “trabajo intelectual socialmente útil” es una de las máximas fundamentales para alcanzar la dicha (p. 222) “¡Santa fatiga del trabajo!” (p. 228). Los españoles, sus compatriotas, representan justo lo contrario. Cualquier comparación con naciones vecinas o más avanzadas causa rubor al español consciente. Baste un aforismo: “Los hombres del Norte actúan: nosotros, charlamos” (p. 215). Cuanto más se profundice, peor. España es un país de costumbres seculares…, como las “corridas de toros y el vicio de la lotería” (p. 221). Ningún reformador se ha atrevido en serio a suprimirlas. Con ello, Cajal desemboca en uno de los diagnósticos típicos de la mentalidad ilustrada a lo largo de toda nuestra historia contemporánea: “el problema de España es un problema de cultura” (p. 229).
El “problema de España”, he ahí una de las obsesiones de un hombre que se entrega al trabajo, a la ciencia, a la investigación, en un marco refractario a esos esfuerzos y en un ambiente poco propicio siquiera a valorarlos. Nuestro autor apenas se recata en mostrar que sangra por la herida. Una buena parte del libro pero en especial el capítulo X (“Sobre política, guerra, cuestiones sociales, etc.”) pueda leerse en clave regeneracionista clásica. De este modo, con la terminología característica de dicho movimiento, habla con frecuencia de “los males inveterados de España”, de nuestra “pobreza e ignorancia”, de nuestra “desidia secular”, de la ausencia de “ciencia e industria”... Cita con frecuencia a Costa, Unamuno y Ortega, pero también menciona a Mallada o Macías Picavea, porque se siente parte de ese esfuerzo regenerador. ¡Hasta recoge, sin mencionar a Masson, su famoso dictamen sobre lo (poco o nada, se sobreentiende) que debe Europa a España! (p. 313). Insisto, pues, en que don Santiago hurga en la herida, la suya y la de España, no desde luego con el tono catastrofista que desarrollaron algunos de los ensayistas coetáneos pero sí desde la óptica de un “pesimismo comprensivo y crítico”. No cree que pueda haber otro talante porque los males son profundos y es absurdo hacerse ilusiones al respecto. “Solo por el trabajo alcanzará nuestra Patria su pleno florecimiento. Hay que combatir en muchos frentes a la vez”. Entre el derrotismo y la candidez, pugna por hallar una vía propia. La recuperación de la dignidad nacional tal vez sea una quimera quijotesca, pero hay que intentarlo. “¿Ensueños? Quizá, pero nadie vive y trabaja sin ideales” (p. 339).
En última instancia, como ya se ha apuntado de soslayo, debe reconocerse que Cajal no alcanza en sus reflexiones de café la talla del hombre de laboratorio, pero sus aforismos, apuntes, anécdotas y confesiones mantienen por lo general un nivel digno y delatan una notable perspicacia, factores que permiten leerle al cabo de casi exactamente un siglo con un interés sostenido, una franca complacencia y, bastante a menudo, con la sonrisa en los labios. Personalmente, prefiero las partes en que aborda los ribetes más perennes de la existencia humana: el silencio como mejor terapia ante las injurias; las diversas modalidades de ingratitud humana; el amor como pasión irracional; el fútil anhelo de gloria (“la gloria no es otra cosa que un olvido aplazado”, p. 121); la importancia de mantener la consciencia hasta el último suspiro (es penoso, señala, vivir “cual héroe o pensador genial” y morir “como imbécil o demente”, p. 123); el valor, pero también la peligrosidad de la verdad (“un ácido corrosivo que salpica casi siempre al que lo maneja”, p. 191); el trasfondo siempre mezquino del hombre (“poco vales si tu muerte no es deseada por muchas personas”, p. 139). Si, a pesar de todo, no sintonizan con don Santiago, aún cabe otra posibilidad de leer estas páginas con sumo provecho: como un excelente retrato de un ayer entrañable -un mundo cercano y distante al mismo tiempo- y, sobre todo, como el fiel exponente de la cosmovisión de un español ilustrado de comienzos del siglo XX. En este último sentido, el lector de hoy podrá hallar sin dificultad -uno por uno- todos los elementos que constituían el horizonte vital de antaño para un hombre como Cajal: su patriotismo, sus aspiraciones, sus coordenadas culturales, sus temores, su moral y, como trasfondo, hasta el tipo de relaciones sociales que entonces se mantenían. Si no es por todas, por alguna de esas razones merece la pena todavía leer las Charlas de café.

viernes, 16 de diciembre de 2016

La Edad Moderna

La Edad Moderna (siglos XV-XVIII). Luis Ribot. Marcial Pons, Madrid, 2016. 1011 pp.

Publicado en El Cultural, 2-12-2016.

http://www.elcultural.com/revista/letras/La-Edad-Moderna-siglos-XV-XVIII/38886

En la periodización del pasado que se sigue estudiando en nuestras Universidades se usa la denominación de Edad Moderna para una etapa imprecisa pero con caracteres definidos que empieza en la segunda mitad del s. XV y se prolonga hasta el derrumbamiento del Antiguo Régimen. La susodicha dificultad de los límites no ha sido obstáculo para el asentamiento como disciplina específica de la Historia Moderna (Universal y de España) y para la floración de destacados especialistas en el período aludido.
Uno de ellos, y de los más reconocidos, es el autor del libro que comentamos. Luis Ribot (Valladolid, 1951) fue durante muchos años catedrático en la Universidad de su ciudad natal, hasta que en 2005 pasó a ocupar la cátedra de la UNED. Dos años antes obtuvo el Premio Nacional de Historia por su libro La Monarquía de España y la Guerra de Mesina (1674-1678). En 2009 fue elegido como miembro de la Real Academia de la Historia. Ribot tiene pues una larga experiencia docente y una fructífera trayectoria investigadora que le acreditan como uno de los mejores candidatos para acometer el ambicioso empeño de trazar un fresco general de la Edad Moderna que sirva al mismo tiempo de obra introductoria, manual universitario y síntesis divulgativa, y con ello pueda ser útil tanto al estudiante de la materia como al simple interesado en esos tres siglos largos (del XV al XVIII) que aquí se consideran.
Esos son los objetivos que intenta abarcar este volumen y que, puede decirse ya, cumple con creces, con una disposición clara y didáctica, un lenguaje accesible y una capacidad analítica que solo puede ofrecer un maestro en la materia. El planteamiento general obedece, como no podía ser de otra manera, a un patrón que pudiera denominarse clásico. El enfoque es predominantemente europeo (y, si se quiere más precisión, europeo occidental), con un gran protagonismo de las naciones e Imperios que rivalizaron ente sí por conquistar el conjunto de Europa y, en la medida de lo posible, todo el orbe conocido. España, Francia e Inglaterra son aquí como los tres mosqueteros que no cejan en la pugna por la supremacía y en función de las contingencias del momento tejen complejos y sucesivos juegos de alianzas. A su alrededor se despliega la acción de otras potencias como Prusia y Rusia, que participan en el susodicho entramado de coaliciones. Por supuesto se atiende a otros ámbitos extraeuropeos (Asia, África, América hispana, los Estados Unidos), pero siempre en una escala subalterna. Una jerarquía, ocioso es subrayarlo, que se limita a reflejar el orden de prioridades de la época.
Se colige por otro lado de lo que acabamos de señalar que en estas páginas el lector hallará un predominio muy ostensible de la historia política, tanto en lo referente al análisis de la constitución interna de los Estados como en el examen del ya mencionado y siempre cambiante tablero geopolítico. Junto con la política, se presta atención a la economía –muy ligada a la explicación del surgimiento y expansión de las potencias-, se atiende a las variables demográficas en cada caso, se resalta la importantísima influencia que tuvieron los descubrimientos geográficos del período y se traza un certero cuadro de cómo era la sociedad estamental. Esto último fuerza al autor a dedicar algunas decenas de páginas a un factor tan decisivo como fue la religión, con la “ruptura de la cristiandad” y las ulteriores guerras de religión como acontecimientos cardinales.
La voluntad totalizadora de Ribot es tan evidente que incluso los aspectos científicos, filosóficos y literarios tienen su hueco (varios capítulos íntegramente dedicados a esas manifestaciones culturales) y reciben un tratamiento adecuado, dentro de las limitaciones que a buen seguro ha debido imponerse el autor. Nos referimos sin ir más lejos a un imperativo de control de la extensión para no aumentar el grosor de un volumen que ya de por sí contiene 35 densos capítulos y alcanza las mil páginas. Por ello mismo debemos felicitarnos de que aun se sigan publicando libros con este nivel de exigencia y haya editoriales como Marcial Pons que en los difíciles tiempos que corren para el sector, asuman el desafío de lanzar obras de estas características.